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La justicia llega tarde para Sam Wagstaff, novio y educador de Mapplethorpe

Polaroids de Robetr Mapplethorpe, 1972-1973. Izquierda: Wagstaff. Derecha: autorretrato de Mapplethorpe. Gift of The Robert Mapplethorpe Foundation to the J. Paul Getty Trust and the Los Angeles County Museum of Art

Polaroids de Robetr Mapplethorpe, 1972-1973. Izquierda: Sam Wagstaff. Derecha: Autorretrato de Mapplethorpe © The Robert Mapplethorpe Foundation to the J. Paul Getty Trust and the Los Angeles County Museum of Art

Entre las dos Polaroid transcurrieron solo unos meses. El hombre en ropa interior de la izquierda, Sam Wagstaff, tenía más o menos 50 años y era tan millonario como lo había sido en la cuna —el dinero llegaba por ambas líneas consanguíneas: el padre, superabogado y la madre, judía polaca, ilustradora de confianza de Harper’s Baazar—.

El chico encuerado de la derecha, Robert Mapplethorpe, de 25, pretendía convertirse en fotógrafo, en artista, comerse el mundo, ser un nuevo Elvis

Se conocieron en una fiesta licenciosa en uno de esos lofts de Nueva York donde entrabas por una cualquiera de estas dos condiciones: ser bello o ser un poco menos bello pero tener mucho cash.

Se acostaron juntos la misma noche y fueron amantes durante quince años. Ambos murieron de sida con una diferencia que fue caritativa para el sentimiento de pérdida de Robert: Wagstaff en 1987 y Mapplethorpe en 1989.

Los dos decesos ocurrieron en invierno, pero la nieve solo parece haber caído sobre la memoria de Wagstaff.
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Cuando Goya y la duquesa de Alba eran amantes

"Duquesa de Alba peinándose" (Goya, 1796)

“Duquesa de Alba peinándose” – Goya, 1796 (Wikimedia Commons)

En la aguada de tinta china, con leves retoques a lápiz negro y pluma, aparece la más poderosa noble de España del siglo XVIII: doña María del Pilar Teresa Cayetana de Silva Álvarez de Toledo, décimotercera duquesa de Alba.

Hay algo turbador en el retrato solo bosquejado, un aroma a después del amor, a licencia, a sábanas y placeres recientes, a pelo revuelto por la cadencia del sexo. El dibujo es uno de los muchos que Francisco de Goya hizo de la duquesa. La leyenda dice que fueron amantes y, como sucede con todo lo legendario, es agradable pensar que se la leyenda se hizo carne.

En el libro Goya: pintor de retratos (Madrid, 1916) Aurelio de Beruete y Moret describe a María Teresa de Silva con una encendida prosa en la que es posible presentir, aunque el autor no es capaz de afirmarlo, que desearía dar validez histórica al affaire del maestro con la “dama más maja de su tiempo”:

Fue una mujer poco vulgar. Era lo que pudiera llamarse una modernista de su tiempo. Rompiendo con las tradiciones rigoristas de la aristocracia española, hizo una vida independiente y despreocupada, que la granjeó desde luego la simpatía del pueblo, el asombro de la clase media y la enemiga de los linajudos, sus iguales. Arrogante, esbelta, gentil y graciosa, de tez blanca y pelo negro, expresiva e inteligente, triunfó en Madrid la duquesa de Alba, compitiendo con la de Benavente y aun con la misma Reina María Luisa, a las que igualaba en lujo y esplendidez y superaba en belleza. Aficionada y protectora de las artes y modelo ella misma admirable para un artista refinado como Goya, la de Alba y el pintor tenían fatalmente que encontrarse y entenderse. Sus relaciones artísticas fueron origen de amistad, de protección y de simpatía. La intimidad de ambos personajes ha pasado a la Historia.

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“12 zapatos para 12 amantes”, arte sobre relaciones fallidas

'La roca', zapato nº 12, dedicado a Alice - Sebastian Errazuriz

Alice sabía que estaríamos juntos mucho antes de que yo lo supiera.
También sabía que al final romperíamos, aunque yo siempre quise creer lo contrario.
Ninguno de nosotros supo que sería tan corto.
La quería tanto.
Siempre la querré.

La historia, apenas el boceto de una experiencia, es la última de una serie de 12. En cada narración (en tono amargo, humorístico, melancólico, misterioso…), el artista residente en Nueva York Sebastián Errazuriz (Chile, 1977) relata una relación sentimental fallida. Adjuntos al relato, un par de zapatos de tacón ilustran el calzado imaginario de la amante, a la que ha cambiado el nombre para preservar su intimidad. A Alice le corresponde ser La roca y el autor crea para ella un pedregoso y contundente zapato en el que ni siquiera se distingue el tacón.

En 12 SHOES for 12 LOVERS (12 ZAPATOS para 12 AMANTES) Errazuriz modifica o esculpe cada par de modo que hacen referencia al carácter de la mujer, a la ruptura de la pareja o a una experiencia común: el zapato número 10 —verde y con un soldado de juguete en la puntera— es de Barbara, cuyo padre era coronel. El zapato número 6 —rojo, como chorreando sangre— representa a la escandalosa Caroline, que arrastró al artista a montar un número en la boda de un familiar. Dorado y con una figura masculina a modo de tacón, el zapato número 3 representa a Alison, demasiado obsesionada con tener un novio rico como para aceptar que el artista no tuviera una boyante cuenta corriente.

“Cuando empecé con este proceso nunca me imaginé dónde terminaría. Ha sido infinitamente más complejo, revelador y difícil de lo que pensaba”, declara el autor, que ha sido testigo de cómo la iniciativa artística se convertía con rapidez en una colección de confesiones íntimas ahora disponibles en la pantalla de ordenador de cualquiera que entre en la página web del proyecto.

Helena Celdrán

Shoe 9 - 'Hot Bitch' - Sebastian Errazuriz

Shoe 9 – ‘Hot Bitch’ – Sebastian Errazuriz

Shoe 3 - 'Gold Digger' - Sebastian Errazuriz

Shoe 3 – ‘Gold Digger’ – Sebastian Errazuriz

Shoe 9 - 'The Boss' - Sebastian Errazuriz

Shoe 9 – ‘The Boss’ – Sebastian Errazuriz

Shoe 10 - 'GI Jane' - Sebastian Errazuriz

Shoe 10 – ‘GI Jane’ – Sebastian Errazuriz

Shoe 7 - 'The Virgin' - Sebastian Errazuriz

Shoe 7 – ‘The Virgin’ – Sebastian Errazuriz

Shoe 2 - 'Cry Baby' - Sebastian Errazuriz

Shoe 2 – ‘Cry Baby’ – Sebastian Errazuriz

Las ‘sombras’ sexuales de la escritora que prefería ser hombre

Patricia Highsmith, 1942

Patricia Highsmith, 1942, retratada por Rolf Tietgens

La chica que posa desnuda en 1942 tiene 21 años y todavía se llama Mary Patricia Plangman. Cuatro años después adoptará legalmente el apellido de su padrastro y empezará a usar la identidad por la que todos la conocemos: Patricia Highsmith (1921-1995).

La foto, el ánimo de suave orgullo y autoconfianza de muchacha salvaje de la modelo son anomalías excepcionales: Pat, como prefería que la llamasen, odiaba su aspecto y sentía bastante asco hacia los humanos, sobre todo hacia las mujeres. “Son sucias, físicamente sucias”, dijo en una ocasión. “Me aburren”, añadió en otra.

Vivió obsesionada con el disgusto certero de que el mundo es una sociedad de detritus y dejó sin escribir la novela que quizá se acercase más a sus sentimientos profundos. Tenía claro que el personaje principal sería alguien aquejado de neurosis hacia los desechos: basuras, fetos, deposiciones biológicas, pañales, compresas, toallas de papel, tumores, órganos extirpados…

Pat en Nueva York, a comienzos de los años treinta

Pat en Nueva York, a comienzos de los años treinta

La “poeta de la aprensión”, como la llamó con exactitud Graham Greene, basó su imponente obra (más de veinte novelas, ocho colecciones de relatos y algún ensayo) en la perversidad del infundio, en el equívoco de la felicidad, en la creencia en el pesimismo más radical, en la adhesión a la idea de que sólo somos quienes realmente deseamos ser cuando residimos en la intranquilidad de la Bella Sombra, nombre revelador de la casita de alta burguesía, con clavicémbalo en la sala de música y obras de arte en las paredes, en la que vivía en los libros de Highsmith el más famoso de sus personajes, el encantador y amoral asesino Tom Ripley.

Sin llegar a insertar nunca una escena sexual en sus tramas, toda la obra de la escritora supura sexo y late como carne febril. Ripley tiene los ojos de un reptil y goza en un éxtasis frío cuando mata a seres “supestamente humanos”.

Hoy dedicamos la sección Cotilleando a… a las bellas sombras sexuales de Patricia Highsmith. Con ellas a mano es más fácil entender a una mujer que vivía con dos gatos porque los prefería a los humanos, tomaba una botella de whisky al día, se sentía como un hombre en un cuerpo de mujer e hizo el amor con muchas y con casi todas acabó peleada.

Acaso el tono de esta pieza abuse del cacareo rosa de los secretos de alcoba, pero, además de que todos los protagonistas están muertos y han hablado sin tapujos ante los biográfos de la escritora, considero que a Tom Ripley le encantaría este catálogo de las debilidades de su señora madre malencarada.

Rolf Tietgens

Rolf Tietgens

1. El amante gay. En el verano de 1942, Pat conoció al fotógrafo alemán Rolf Tietgens (1911-1984). Se prendó de su estilo (alto, bien parecido, moreno), aunque sabía que era homosexual y ella también lo era. “Algún día me casaré con un hombre como él”, escribió en su diario. Se dejó retratar por Rolf -el desnudo del inicio de esta entrada, por ejemplo- porque él consideraba que el aspecto de ella era “muy de chico” y Pat se sintió halagada por el piropo. Le confesó los grandes secretos del pasado: el borroso suceso de abusos deshonestos cuando tenía seis años (cuyos detalles no lograba precisar pero presentía como reales entre la niebla de los recuerdos), los contactos lésbicos en el instituto, el miedo a la locura, la falta de confianza en sus habilidades como escritora… Leían en voz alta a Kafka y, aunque pasaron muchas noches juntos, nunca lograron hacer el amor con penetración sexual, porque Rolf era incapaz de la erección con una chica. En 1953 volvieron a verse por casualidad en Nueva York y tuvieron un lío de una vez que, según Highsmith, “fue muy placentero”. Tietgens, que se dedicó a la fotografía comercial cuando aceptó que no estaba dotado para la artística, nunca olvidó a Pat.

Marc Brandel

Marc Brandel

2. El prometido traidor. El segundo hombre en la vida de Pat fue el escritor inglés de tercera categoría Marc Brandel (1919-1994), al que había conocido durante una estancia en la colonia de artistas de Yaddo. Él era tan insistente en mostrarle lo enamorado que estaba, que Pat se sometió a un delirante tratamiento de psicoterapia freudiana para intentar ser heterosexual. Llegaron a estar prometidos, viajaron a Inglaterra para que la novia conociese a la familia Brandel y señalaron una fecha para la boda: el día de Navidad de 1949. La ceremonia no llegó a celebrarse por las dudas de Pat, que no estaba convencida del todo. La amistad entre ambos se enfrió cuando Brandel cometió la bellaquería de publicar una novela, The Choice (1950), en la que uno de los personajes es una torturada lesbiana que deseaba ser escritora pero no pasaba de los guiones para cómics, trabajo que Highsmith hizo para ganarse la vida entre 1942 y 1943 (escribió tramas para episodios de, entre otros superhéroes, Golden Arrow, Spy Smasher y Captain Midnight). Lo más productivo que obtuvo Pat de su relación con Brandel fue conocer Europa, continente con cuya callada decadencia se quedó prendada. Desde 1963 hasta su muerte vivió en varios países europeos y está enterrada, por su expreso deseo, en un pequeño pueblo suizo.

Virginia Kent

Virginia Kent

3. La millonaria alcohólica. La mujer que hizo más feliz a Pat fue Virginia Kent (1951-2002), hija de una familia de la alta sociedad de Filadelfia, educada en París y habitual en los ecos de sociedad de la época. Se casó con un banquero pero se divorciaron en 1941 tras la intervención de detectives y fotógrafos pagados por el marido en un encuentro sexual entre Victoria y otra mujer. Pat la conoció tres años más tarde en una fiesta y fueron amantes inseparables durante dos años. Rompieron porque Virginia, alcohólica y autodestructiva, se lío con otra y Pat las econtró en la cama. Pensó en matar a su rival (“el crimen llena mi corazón esta noche”, escribió en su diario), pero decidió retirarse, concentrarse en escribir y cultivar el recuerdo de Virginia, que ocuparía en el futuro un lugar central en sus obras y cuya proyección puede verse, por ejemplo, en los personajes centrales de El temblor de la falsificación (1969), El diario de Edith (1977) y, mucho antes, en El precio de la sal, la novela sobre amores prohibidos entre mujeres que Pat publicó en 1952 con seudónimo (Claire Morgan) y se convirtió en un éxito underground entre los grupos de lesbianas en los años cincuenta [En 1990 republicó el libro con su nombre real y otro título, Carol].

Kathleen Senn y el libro que inspiró

Kathleen Senn y el libro que inspiró sin saberlo

4. Carol. Las más turbadora y hermosa de las muchas historias de amor de Pat fue platónica y no implicó ni siquiera un intercambio casual de palabras. En diciembre de 1948, pocos días después de haber empezado a trabajar en el departamento de juguetes de Bloomingdale’s, se quedó prendada de una cliente elegante y rubia con un abrigo de visón que eligió una muñeca para una de sus hijas y dejó el nombre y la dirección para que la enviaran. Pat, que no la había atendido porque estaba demasiado aturdida por el flechazo, tomó buena nota de los detalles y los anotó en su diario. Sentía que había experimentado “una visión” y estaba “enamorada” de ella. Al día siguiente se manifestaron los primeros síntomas de una varicela. “Con el germen vino la fiebre y con la fiebre vino el libro”. A partir de la clienta (de cuya imagen y rescoldo no podía apartarse) inició la redacción de El precio de la sal. Fue tanto el impacto que, dos años más tarde, Pat seguía obsesionada. Para completar la novela -un libro complicado y delicado, uno de los primeros en tratar abiertamente el lesbianismo-, se dedicó a espiar a la mujer, que vivía, con su marido e hijas, en un suburbio de Nueva Jersey. Pudo verla, siempre a escondidas, sin hacerse notar pero temblando de deseo. “Me sentí cerca del asesinato (…) El asesinato es una forma de hacer el amor (…) Quise asaltarla, poner mis manos en su garganta, que en realidad quiero besar, hacerle una foto, dejarla en un instante fría y rígida como una estatua“, escribió tras una de aquellas expediciones. El precio de la sal es la obra más autobiográfica de Pat, que combinó en la figura de una de las protagonistas, Carol, a varias de sus amantes, aunque la referencia inspiradora central fue la mujer de la juguetería, de la que nunca pudo olvidarse aunque sólo conocía su nombre, Kathleen Senn, y la dirección del domicilio familiar. Andrew Wilson, autor de Beautiful Shadow, la mejor de las biografías de la escritora, completó el epílogo de la historia. Kathleen Senn nunca tuvo oportunidad de leer la novela que inspiró. El 30 de octubre de 1951 entró en el garaje, cerró las puertas, encendió el contacto del coche y se dejó morir. Nunca supo que era la musa y el amor platónico de una escritora. Pat también murió sin saber que su Carol de la vida real, quizá incapaz de luchar contra las bellas sombras, se había suicidado.

Ellen Hill

Ellen Hill

5. La socióloga esnob. En 1951 Pat conoció en Munich (Alemania) a la socióloga Ellen Hill, inteligente, estirada y algo esnob. En la segunda cita hicieron el amor. Estuvieron juntas durante cuatro años seguidos y gozaron tanto como para olvidar las muchas crisis de celos y peleas. Ellen opinaba que Pat era “la mejor amante del mundo” y afirmaba que nunca había tenido sexo con nadie tan apasionado y experto. Viajaron y vivieron juntas en Italia, París y México. Los problemas eran constantes y Ellen criticaba a Pat cualquier descuido o nadería, pero el sexo lo solucionaba todo. Cuando Ellen intentó suicidarse por segunda vez en un ceremonial que parecía escenificado para llamar la atención, Pat decidió dejarla. Para entonces tenía un grave problema de alcoholismo porque, casi sin enterarse, había intentado mitigar la angustia y la presión de cuatro años de amor enfermo bebiendo sin parar. Entre 1954 y 1962 Pat abandonó una de las costumbres que más placer le producían: escribir cada día en su diario. Tenía miedo de que Ellen, como había sucedido durante su vida en común, lo leyese a sus espaldas y le echase algo en cara. La socióloga, que sobrevivió a su amante, no perdonó la ruptura y no asistió al funeral de Pat.

Mariom Aboudaram

Mariom Aboudaram

6. La falsa periodista. Entre 1975 y 1978 Pat estuvo liada con la traductora Mariom Aboudaram. La diferencia de edad (56 y 35 años) asustó a la novelista en un primer momento, pero Mariom la adoraba y había leído varias veces cada una de sus novelas. Traductora y escritora, había accedido a Pat con un engaño: le dijo que quería entrevistarla por encargo de Cosmopolitan, una soberana mentira. Durante su apasionado noviazgo hacían el mucho el amor, se escribían cuando estaban separadas y se hacían regalos de cumpleaños: en el caso de Mariom, delicados (un clavicémbalo), y en el de Pat, extraños (una fregona y una escoba). La escritora seguía bebiendo desde que se despertaba ginebra, whisky y cerveza (“pobrecilla, te has casado con una borracha”, decía a su pareja), se negaba a instalar calefacción en su casa de las montañas suizas y, según Mariom, era refractaria a las relaciones duraderas: “Tenía miedo a abrirse y convertir las relaciones en rutinarias. Necesitaba cambiar de pareja tanto como escribir un nuevo libro”. Cuando supo que sobraba en la vida de Pat, Mariom se apartó en silencio.

Tabea Blumenschein

Tabea Blumenschein

7. Madame X. Uno de los últimos affaires sexuales de Pat fue otoñal y descarado. Se lió en 1978 con la actriz alemana de películas lésbicas Tabea Blumenschein (estrella del film de culto Madame X), que tenía por entonces 25 años, cultivaba una estética punk y no establecía límites para sus experiencias vitales. Pat le gustaba (“es algo ruda, pero muy guapa, se parece a Gertrude Stein“) y la idea de mantener un idilio con una escritora de fama le gustaba más aún. Viajaron juntas a Londres, compraron discos en mercadillos y se pavonearon por algunas reuniones literarias en la ciudad. Pat se enganchó de modo enfermizo a su joven partenaire. “Me gustaría tirarte a una piscina y ahogarte. Lo haría con una sonrisa”, le escribió en una carta. “Tus besos me llenan de terror”, le dijo en otra.  Cuando la llama se apagó y la novedad dejó de serlo, Tabea cortó la relación por escrito, con un mensaje brutal pero honesto (“las cosas duran lo que duran”). Pat se hundió en una profunda depresión, un “abismo de miseria”.

Ánxel Grove