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La primera mujer que ejerció el fotoperiodismo en los EE UU

Haciendo una foto desde un vagón de tren, entre 1905 y 1910

Haciendo una foto desde un vagón de tren, entre 1905 y 1910

Ahí la tienen, montada en un vagón de tren para hacer la foto que deseaba hacer. Con la misma técnica de escalada logró tomar la primera imagen en los EE UU de una sesión de un juicio por asesinato, escenario entonces vedado para los fotoperiodistas: se subió a una pila de cajas y retrató la vista desde una ventana hasta que la descubrieron y detuvieron.

A Jessie Tarbox Beals (1870-1942) no le faltaban descaro y agallas para ejercer como reportera a principios de siglo, cuando ser mujer convertía la tarea en doblemente complicada —la discrimanación era masiva y el vestuario canónico de faldones, corsé y sombrero no era precisamente cómodo—. Superó las trabas, se enferntó a los prejuicios, regañó a los moscones, se enfrentó con los agentes de policía y fue allá donde su instinto le recomendaba ir para que las revistas y diarios le comprasen las fotos que hacía con el equipo de casi 30 kilos que cargaba a cuestas: una cámara de placas, un cuarto oscuro portátil fabricado con tela negra y los líquidos químicos que necesitaba para revelar in situ.

Nacida en Ontario (Canadá), había comprado su primera cámara a los 18 años tras vender subscripciones de revistas de puerta en puerta. Cinco años más tarde viajó a Chicago, donde se celebrara la Exposición Universal y logró, por insistencia y tozudez, que los organizadores la nombrasen fotógrafa oficial del evento. Pocos meses después fue aceptada como reportera en plantilla por dos diarios, el Buffalo Inquirer y Courier. Fue la primera mujer contratada en un medio impreso como fotógrafa.

Casada con Alfred Tennyson Beals, que la ayudaba como asistente, la pareja se estableció en Nueva York en 1905. Abrieron un estudio estable en la Sexta Avenida, pero la fotógrafa seguía prefiriendo la calle: documentó la vida de la ciudad con una sensibilidad abierta y desprovista de prejuicios. De la educación crsitiana que había recibido en casa —dos de sus hermanos eran misioneros en Sudamérica— aprendió que las verdades sólo admiten los decorados naturales.

Estas fotos pertenecen a la serie que Tarbox Beals hizo en los años veinte del barrio neoyorquino del Greenwich Village, ya por entonces refugio de bohemia y excentricidad. Le gustaron tanto la ilusión y las ganas de vivir que encontró en las librerías, estudios de arte y tiendas de curiosidades que decidió establecerse en la zona. El nacimiento de una hija extramarital, Nanette, había roto el matrimonio unos meses antes.

Aunque los archivos de la primera fotoperiodista estadounidense se han conservado con bastante decencia y están disponibles [Universidad de Harvard, Biblioteca del Congreso, Sociedad Histórica de Nueva York], los historiadores no suelen mencionarla y, cuando lo hacen, le hurtan la importancia debida. Es cierto que no se trataba de una superdotada como Margaret Bourke-White, la primera reportera que, unos años más tarde, fue tratada como superestrella, y que la mirada de Tarbox Beals no tenía pretensiones porque hacía fotos testimoniales como necesidad vital y no con la pretensión de crear arte, pero el olvido es injusto.

Después de gastar todo lo que ganaba en los cuidados médicos que requería la artritis reumatoide de Nanette y de buscar mitigar las consecuencias de la Gran Depresión iniciada en 1929 trasladánsose a California, la primera mujer fotoperiodista de los EE UU regresó al Greenwich Village en 1933. Los tiempos eran otros, la fotografía estaba explotando como medio de expresión y el gran coraje con que se había enfrentado al mundo en el pasado ya no era el mismo. Jessie Tarbox Beals murió en la ruina a los 61 años en un hospital de beneficencia.

Ánxel Grove

Karen Dalton, la Billie Holiday del folk

"In My Own Time" - Karen Dalton, 1971

“In My Own Time” – Karen Dalton, 1971

La foto de la cubierta del disco no contiene códigos secretos. Al contrario, dice la verdad textual: una mujer vestida de oscuro, el suelo embarrado del camino hacia las ruinas de un granero, la nieve que mutila el paisaje invernal…

Karen Dalton (1937-1993), al contrario, pasó por el mundo conjugando el verbo esconder, aquejada de mucho dolor, reteniendo un latido mortuorio que sólo dejaba presentir cuando cantaba.Vivió y fracasó: ése es el resumen más justo. Tres matrimonios antes de los 21 años, tres rupturas, dos hijos, una errancia desatinada, alcohol y heroína y unos cuantos discos en los que puedes palpar el peso de tanto resbalón.

Las pocas canciones que nos dejó Dalton son para oídos y almas cansadas. Sólo cantaba versiones porque consideraba que no era necesario componer nuevas canciones si otros han escrito lo que deseas decir: eligiese lo que eligiese (Motown, country, pop…), todo sonaba a lamento, nunca buscó el premio de la fama, trastabilló una y otra vez y murió a los 56 años, tan olvidada que ni siquiera están claras las circunstancias —sida, dicen unos; abandono, sostienen otros—.

Karen Dalton (1937-1993) - Foto: Elliott Landy

Karen Dalton (1937-1993) – Foto: Elliott Landy

Tras irse a los 22 años del pueblo natal, Enid, Oklahoma, aterrizó a mediados de los años sesenta en los antros del Greenwich Village donde estaba naciendo el nuevo folk. Dejó con la boca abierta a todos los niñatos blancos que leían a Sartre y soñaban con ser existencialistas. Bob Dylan, que la acompañó a la armónica tres o cuatro veces, escribiría muchos años más tarde en su libro de memorias que Dalton “era la mejor, la más pura y descarnada, cantaba como una cantante de blues y tocaba la guitarra como Jimmy Reed“.

Hizo falta poco, porque es casi lógico cuando escuchas como pasa Dalton sobre las melodías con voz trémula y espíritu sufriente, para que la comparasen con Billie Holiday. Alguien dijo que sus interpretaciones eran demasiado bluesy para los folkies y demasiado folkies para los bluesy. Otros sostuvieron que el dolor intenso que emanaba de la voz de Dalton provenía del factor genético: le atribuyeron sangre cherokee aunque se trataba de un error que alguien difundió para intentar venderla como racial: sus ancestros procedían de una tierra de turba negra, Irlanda.

Barrida de la escena por la locura incendiaria de los años setenta, la gran cantante se perdió en la miseria del vino barato y la heroína. Dejó sólo dos discos, reeditados y ampliados con alguna colección de grabaciones perdidas cuando Dalton fue redescubierta y mencionada como primogénita hija de la oscuridad por artistas contemporáneos como Nick Cave, que la considera la mejor cantante de blues de la historia.

Una sola recomendación: no escuches a Karen Dalton si quieres felicidad. En sus canciones sólo manda la pena.

Ánxel Grove