Entradas etiquetadas como ‘padres’

¿Tengo que ir al pediatra cada vez que mi hijo tiene fiebre?

Muchos de los que nos leéis habitualmente habréis respondido a la pregunta que encabeza este post de forma inmediata con un no. Un NO en mayúsculas. Y lo hacéis desde el convencimiento de que la fiebre no es nada más que un síntoma que aparece asociado a una infección que está sufriendo vuestro hijo en ese momento.

Sin embargo, algunos padres llevan muy mal el ver a sus hijos con fiebre ya que piensan que algo malo les va a ocurrir o que la propia fiebre les puede hacer daño, lo que provoca que acaben acudiendo al pediatra a ver qué le puede estar pasando al niño a las primeras décimas que asoman en el termómetro sin tener en cuenta nada más (y nada menos). No obstante, si preguntásemos a la gran mayoría de los pediatras del mundo, estos contestarían que no es necesario que cada vez que un niño empieza con fiebre sea valorado por un pediatra.

Para que entendáis por qué somos tan “tajantes” en este tema, nos gustaría repasar con vosotros algunos aspectos sobre las infecciones y lo que podéis esperar cada vez que vuestros hijos tienen fiebre.

¿Qué es la fiebre?

No existe un consenso absoluto sobre la definición exacta de fiebre, sin embargo, la gran mayoría de las sociedades científicas acepta como fiebre la elevación de la temperatura corporal por encima de 38ºC a nivel axilar.

En niños, la fiebre está provocada (casi) siempre por infecciones, ya sean éstas consecuencia de un virus o de una bacteria. La fiebre aparece porque los leucocitos -las células de nuestro organismo que nos defienden de las infecciones- segregan unas sustancias que dan la orden al hipotálamo, una parte del cerebro que actúa de termostato, de elevar nuestra temperatura corporal.

Seguramente os estaréis preguntando que por qué hace eso nuestro cuerpo, con lo incómoda que es la fiebre. Pues bien, tenéis que saber que la fiebre es nuestra “amiga” ya que sirve de mecanismo de defensa contra las infecciones ya que tiene cierto poder para inhibir el crecimiento tanto de virus como de bacterias.

Dependiendo del tipo de infección y el niño que la sufre, la fiebre será más alta o más baja y durará más o menos días. Sin embargo, ninguna de estas características se ha asociado con que la infección sea más grave.

La fiebre no hace daño

Por tanto, la fiebre es un síntoma más de los muchos que podemos tener durante una infección, como la diarrea en una gastroenteritis o los mocos en un catarro.

Pero además, la fiebre no hace daño a vuestros hijos. Aunque sea muy alta y no baje, aunque lleven muchos días con ella, la fiebre ni provoca daño cerebral ni ninguna otra cosa rara que se os esté pasando por la cabeza. En todo caso, lo que sí puede preocuparnos a los pediatras es la infección que provoca esa fiebre, pero en ningún caso nos asusta que el termómetro haya subido más o menos.

Y aunque la fiebre no hace daño, lo que ésta sí que provoca es malestar: el corazón late más rápido, la respiración se acelera y, en general, los niños se encuentran decaídos respecto a su estado normal. Este el motivo por el que hay que tratar la fiebre, para que los niños se encuentren mejor. Si conseguimos este objetivo, ya habremos ganado mucho, otra cosa será que la temperatura baje.

Entonces, ¿cuándo debo llevar a mi hijo al pediatra a que lo valore si tiene fiebre?

Muchos pensaréis que todo eso está muy bien pero que cuando lleváis al niño al pediatra con fiebre de unas pocas horas de evolución es para que os saquen de dudas sobre si esa fiebre se debe a un catarro o es algo más grave. Y la verdad es que eso sería estupendo, que a las primeras de cambio os pudiéramos decir lo que va a durar la fiebre o a que se debe. Sin embargo, cuando un niño solo han presentado un pico de fiebre o cuando han pasado unas pocas horas desde el inicio de la misma, es prácticamente imposible que los pediatras podamos saber cuál es la causa y cuánto va a durar, ya que de momento no usamos bolas mágicas de cristal para adivinar el futuro.

Por probabilidad, lo más frecuente será que se deba a un virus, pero poco más podemos hacer en esos primeros momentos de fiebre salvo decir si el niño está grave y hay que derivarlo a Urgencias para valorar si necesita ingreso o si se encuentra bien y os podéis ir a casa.

Este es uno de los motivos por el que los pediatras os decimos que es mejor esperar un poco antes de acudir a Urgencias cuando un niño tiene fiebre. Si esperáis, es muy probable que hayan aparecido otros síntomas y os podamos decir con más seguridad a qué se debe la fiebre que tiene vuestro hijo. Además, cuando un niño lleva poco tiempo con fiebre, tampoco sirve de nada realizar una analítica de sangre o una radiografía ya que estas pruebas requieren de unas horas para que se alteren.

Os aseguramos que si tenéis paciencia, lo más probable es que en un par de días la fiebre habrá desaparecido porque, como decíamos, la gran mayoría de las infecciones en pediatría están provocadas por virus y se resuelven solas con un poco de tiempo. Así que tened paciencia y esperad un poco en casa a ver qué pasa en los siguientes días.

Por el contrario, las circunstancias que hacen que sea “necesario” acudir con vuestros hijos al médico para que sea valorado son:

  • Cuando el niño está muy irritable o adormilado.
  • Cuando tenga mal aspecto o dificultad para respirar.
  • Si le aparecen manchas en la piel.
  • Si el niño tiene menos de 3 meses de edad, siempre debe ser valorado por un profesional sanitario.
  • Cuando la fiebre dura más de 2 o 3 días.

Como habéis podido ver, en ningún lado pone que por el mero hecho de tener fiebre los niños deban ir al pediatra o porque el termómetro haya llegado a una temperatura concreta. Al contrario, en lo que se hace mucho hincapié en estas recomendaciones es en el estado general del niño ya que esto es lo que marca la gravedad de una infección.

Vigilad el estado general y no miréis tanto el termómetro

Para acabar, queremos reforzar este concepto. Como ya os hemos dicho, la gravedad de una infección viene determinada por otros parámetros distintos a la fiebre. Una de las cosas que transmitimos a los padres de nuestros pacientes es que preferimos mil veces atender a un niño que se encuentra mal o que presenta alguno de esos “signos de alarma” que a uno que tiene fiebre, aunque esta sea alta o no le baje, pero se encuentra aceptablemente bien.

Por eso, es muy importante que os fijéis en esas otras cosas que pueden aparecer cuando un niño tiene fiebre, ya que éstas garantizan una visita a Urgencias en ese momento, y que sea el pediatra el que decida si al niño le pasa realmente algo grave o era una falsa alarma.

Por último, tampoco merece la pena poner al niño el termómetro cada dos por tres ya que esto sólo os va a provocar más ansiedad si la fiebre no baja lo que esperabais o vuelve a subir antes de lo previsto.


Si queréis saber más sobre la fiebre os recomendamos que leáis el decálogo de la fiebre de la Asociación Española de Pediatría de Atención Primaria que podéis descargar en este link.

¿Por qué los padres tienen tanto miedo a la fiebre?

Si hiciéramos una encuesta en la sala de espera de un Servicio de Urgencias de Pediatría cualquiera sobre los temores de los padres con un hijo enfermo, la fiebre estaría en el top 3, si no el primero, con toda seguridad. Cuando un niño tiene fiebre, a sus padres se les enciende una alarma interior que les hace pensar que su hijo está muy enfermo o que algo malo le puede pasar.

Hoy en el blog hablaremos de la fiebre en los niños pero sobre todo de ese temor que tienen los padres a que a sus hijos les pase “algo malo” cuando les sube la temperatura. Hablaremos desde nuestra experiencia como pediatras tras haber visto a miles de niños con fiebre con padres preocupados, pero también desde nuestro punto de vista personal después de haber pasado muchas noches sin dormir vigilando el estado general de nuestros hijos cuando tienen fiebre.

La incertidumbre de la fiebre

No es la primera vez que decimos que la fiebre es uno más de todos los posibles síntomas asociados a una infección, como también pueden ser los mocos de un catarro o la diarrea de una gastroenteritis.

Sin embargo, la fiebre causa pavor a muchos padres. Yo siempre digo a mis pacientes que la fiebre no me preocupa, que lo que me preocupa es que esa fiebre se pueda deber a una apendicitis, a una meningitis o a una neumonía, es decir, me preocupa la enfermedad que provoca la fiebre, pero que la fiebre en sí, los que es la simple elevación de la temperatura corporal, no me preocupa en absoluto.

Muchos padres lo entienden porque se dan cuenta que lo importante cuando un niño tiene fiebre es descubrir por qué la tiene, o en otras ocasiones, descartar enfermedades graves que podrían provocarla. Esto es así porque lo que debe hacer el pediatra al ver a un niño con fiebre es descartar enfermedades para asegurarse que algo grave no es el causante de la fiebre. Por ejemplo, siempre que atendemos a un niño con fiebre y dolor abdominal, realizamos una exploración física en la que tocamos la tripa para descartar esa apendicitis o, si el paciente se queja de dolor de cabeza, miramos si el cuello está rígido para desechar la posibilidad de una meningitis.

Esto que parece tan sencillo, descartar la posibilidad de una enfermedad grave, en ocasiones no es tan fácil como parece. Cuando un niño tiene fiebre, sobre todo un niño pequeño, es muy probable que en las primeras horas de el proceso febril, incluso durante los 2 o 3 primeros días, el niño solo presente fiebre sin otros síntomas acompañantes. Esto nos pone a los pediatras ante una posición que manejamos habitualmente que se conoce como “Fiebre sin foco”, lo que traducido a un lenguaje sencillo querría decir “tu hijo tiene fiebre pero todavía no sabemos a qué se debe”. Debido a que el 90% de los procesos febriles en niños están causados por virus, la gran mayoría de esas veces en las que no sabemos por qué el niño tiene fiebre se acabará curando solo.

Pero al otro lado de la mesa de la consulta están unos padres recibiendo un mensaje que simple y llanamente lo que les pide es que tengan paciencia para que la enfermedad siga su curso y nos aporte datos nuevos con los que poder hacer un diagnóstico más ajustado. Y esa paciencia que “recetamos” es en ocasiones muy difícil de conseguir. Cuando un niño tiene fiebre los minutos se convierten en horas y las horas en días y estar en casa con un niño con fiebre sin saber a qué se debe acaba minando la seguridad y la confianza de cualquier padre.

Seguramente ese es uno de los motivos por los que muchos padres tienen miedo a la fiebre, el no saber a qué se debe y el tener que esperar ante la incertidumbre de la posibilidad de que todo se deba a la remota posibilidad de una enfermedad grave cuando un virus banal y tontorrón es casi siempre el causante de la fiebre en los niños.

La fiebre no hace daño

El otra gran motivo por el que los padres tienen miedo a la fiebre es porque piensan que la fiebre, o mejor dicho, la “fiebre alta” o la “fiebre que no baja” es mala y puede provocar daños irreparables en sus hijos, uno de los mitos más asociados a la fiebre. Sin embargo, se equivocan.

La fiebre no es ni mala ni buena, solo es un síntoma más de infección. Por esto mismo, la “fiebre alta” no es peor que la fiebre de bajo grado ni significa que la infección que provoca la fiebre sea más grave. La “fiebre que no baja” tampoco debe ser más preocupante que la que responde bien a los antitérmicos porque la respuesta a los mismos no nos da mayor información sobre la causa o la gravedad del proceso.

A pesar de todo, muchos padres creen que la fiebre puede provocar daños en el cerebro o que si no bajan a toda costa la temperatura de sus hijos es muy probable que convulsionen. Está más que demostrado que la fiebre asociada a una infección no hace daño al cerebro. Por otro lado, las convulsiones febriles ocurren en niños que están predispuestos a convulsionar y, como solemos decir, que convulsionen no depende de que bajemos esa fiebre si no de que el niño tenga “mala suerte” y le toque pertenecer al 5% de niños que ha convulsionado alguna vez al tener fiebre. Así que no hace falta alternar antitérmicos, ya que con ello no vamos a conseguir un mejor control de la infección que provoca la fiebre.

Lo que si que ocurre con la fiebre es que es muy incomoda. Lo habitual es que el cuerpo reaccione a la elevación de la temperatura con unos cambios fisiológicos como son la elevación de la frecuencia cardiaca o la respiración agitada. Todos esos cambios generan malestar y es muy normal que un niño cuando tiene fiebre no quiera jugar, no quiera comer o le duela la cabeza. Por eso, cuando damos un antitérmico a un niño lo hacemos para tratar el malestar que provoca la fiebre y no tanto por bajar la temperatura del niño. Si el niño mejora con eso, ya habremos ganado mucho.

Lo que sí nos da “miedo” a los pediatras

Cuando explico la fiebre a los padres en Urgencias siempre les digo lo mismo: prefiero mil veces ver a un niño con 40ºC de temperatura que entra corriendo en la consulta y salta a la camilla que a uno con 38ºC pero que tiene mal aspecto.

Como ya hemos apuntado, lo que importa cuando un niño tiene fiebre es su estado general y no el grado de temperatura que marca el termómetro. Las infecciones graves, además de provocar fiebre, provocan otros síntomas como mal color o manchitas en la piel, decaimiento muy llamativo, dificultad respiratoria… y esos son los niños que “asustan” de verdad. Un niño con 40ºC de fiebre que corre y salta es muy probable que tenga un virus y el tiempo y su inmunidad harán su trabajo y tras unos pocos días el niño estará como una rosa. Por el contrario, si un niño con “fiebre baja” y mal aspecto no es atendido a tiempo puede que la infección que padece se acabe complicando.

Por todo ello, los pediatras siempre insistimos mucho a los padres en los signos de alarma que deben vigilar:  si su hijo empeora el estado general, presenta dificultad respiratoria o le salen manchitas en la piel… tiene que acudir a Urgencias a que valoremos qué está ocurriendo. Ya habrá tiempo después de decidir si el niño está realmente mal o solo es la impresión equivocada de los padres.

La desesperanza de los padres ante un niño con fiebre

Solo cuando tienes hijos puedes entender la desesperanza y ese temor que tienen los padres cuando sus hijos tienen fiebre. Cuando no los tienes no valoras todo el esmero, dedicación y cuidado que un padre o una madre dedica a su hijo cuando está enfermo. A los pediatras, cuando vemos a un niño con fiebre en la Urgencia, nos suelen bastar unos 5 o 10 minutos para decir a los padres lo que tiene el niño y lo que ellos tienen que hacer en casa. Pero tras esa consulta, esos padres se tiene que enfrentar a unos días que se hacen interminables mirando a sus hijos en casa esperando a que la infección remita.

Como os decía, solo siendo padre o madre se es capaz de entender lo que viven los padres con un niño enfermo: noches en blanco al lado de su cama comprobando si todo sigue bien, días y días haciendo piruetas en el trabajo para poder dejar al niño en casa y no llevarlo a la guardería, favores de familiares que te echan una mano para que no falte de nada en la nevera y, sobre todo, sobren besos y palabras de ánimo. Todo ello, minuto a minuto, hora a hora, día a día, acaba generando un desgaste y un cansancio que hace que muchos padres pierdan la confianza en que lo que le pasa a su hijo se va a curar sin ningún tratamiento especial en unos días. Sobre todo teniendo en cuenta que durante los primeros años de escolarización de los niños estos procesos que provocan fiebre se repiten constantemente. Pero la cordura debe imponerse siempre: que unos padres estén cansados por la enésima fiebre de un hijo y la ya incontable noche sin dormir no significa que el niño tenga algo más grave ni que el tratamiento deba ser distinto.

Las fiebres al final se acaban yendo y el cansancio acumulado de los padres se compensa con besos y abrazos. Porque, nos guste o no, la fiebre de los niños pone a prueba a cualquier padre y solo enfrentándonos a ella de una manera segura y sosegada seremos capaces de vencer nuestros miedos sobre la salud de nuestros hijos.

El cansancio de los niños al final del verano

Se acerca el final del verano y algunos padres acudirán a las consultas de pediatría porque no ven “bien” a sus hijos y creen que están enfermos. A diferencia de lo que ellos esperarían tras un periodo vacacional de casi tres meses, encuentran muy cansados a sus hijos y, en muchos casos, presentan dificultades a la hora de conciliar el sueño o simplemente no rinden como sus progenitores esperarían.

Por fortuna, los pediatras conocemos de sobra esta situación y sabemos cómo actuar ante este tipo de “patología”. En este post te contamos los intringulis de por qué algunos niños están más cansados al acabar el verano.

Parte de este post ha sido elaborado con los datos de una encuesta que planteamos hace unos días en Twitter (puedes ver los resultados en este link) en la que participaron cerca de 2.000 personas.

“Al principio del verano mi hijo estaba a tope, pero desde hace unas semanas está cada vez más cansado e irritable…”

Esta frase suele ser lo primero que nos cuentan los padres al llegar a la consulta de pediatría, preocupados porque encuentran a sus hijos más cansados de lo que ellos esperarían tras el descanso de los meses de verano. Es un tipo de consulta que se repite año tras año en niños de todas las edades con un pico en aquellos en edad preescolar (de 2 a 6 años).

El relato de la historia de este cansancio suele ser siempre la mismo. Al inicio del verano los niños se encontraban espléndidos, con ganas de hacer de todo, con una energía descomunal. Estos niños eran capaces de realizar todas las actividades que los adultos les propusiéramos: piscina, campamentos de verano, largos paseos por la montaña, playa de sol a sol…

Los adultos sabemos que si ese ritmo nos lo aplicaramos a nosotros mismos tardaríamos una o dos semanas en caer rendidos y necesitaríamos varios días de descanso sin movernos del sofá para recuperarnos. Sin embargo, los niños son capaces de recuperarse con una siesta ligerita después de comer o un plácido sueño nocturno y continuar con ese ritmo agotador al que les hemos sometido para mantenerles entretenidos en verano.

Pero todo tiene un límite y ahí esta el quid de la cuestión.

La exigencia física de un niño tiene un límite

Como os decíamos, todos -adultos y niños- tenemos un límite en lo que al cansancio físico se refiere.

Los niños necesitan descansar para poder afrontar el día a día. A lo largo del año escolar, los padres tenemos muy interiorizado que los niños deben cumplir unos horarios para que las cosas vayan rodadas: por la tarde se juega hasta las 20.00h, luego el baño, cena a las 21.00h, cuentos varios a las 21.30h y a las 22.00h todos dormidos. Sin embargo, en verano somos más flexibles y solemos levantar la mano, en el fondo son vacaciones y hacemos excepciones.

Este plan “perfecto” que seguimos en época escolar (con las variaciones propias de la edad de vuestros hijos) se acopla a la exigencia física del niño en su día a día. Sabemos que si en la guardería o el colegio han tenido una clase de educación física y por la tarde han realizado una actividad extraescolar será más fácil dormirles por el cansancio que presentan. Si nos salimos de ese plan (cosa que suele ocurrir los fines de semana) la cosa se empieza a desmadrar y se traduce en niños cansados que no rinden como los padres esperan.

Durante el verano, los padres planeamos un montón de actividades que en algunas ocasiones acaban agotando las reservas de energía de nuestros hijos. Por fortuna, los niños tienen una alta capacidad de recuperación y aguantan lo que les echemos encima día tras día.

En la encuesta que os mencionábamos, en la que participaron cerca de 2.000 padres, muchos confesaban que la rutina de descanso de sus hijos durante el verano era diferente respecto al resto del año: niños que se acostaban más tarde por la noche (cerca del 90%), que se levantaban más tarde por las mañanas (entorno al 80%) y que además lo hacían sin un horario fijo (cerca del 90% de los encuestados respondió a esta pregunta de forma afirmativa) o niños que dormían más siesta de lo habitual (un 21%)…

Junto a esta alteración en las rutinas de descanso de nuestros hijos, según la encuesta, también se alteran tanto los horarios (67%) como la “calidad” de las comidas (45%). La comida es una rutina muy importante que si se pierde puede alterar los ritmos del día a día del niño. Por ello, estas variaciones respecto al resto del año influyen negativamente en el descanso de los niños.

El 15% de los padres encuentra a sus hijos más cansados que al inicio del verano

Estos datos vendrían a confirmar que esas rutinas se pierden en esta época del año, lo que al final se traduce en un tiempo de descanso inadecuado para los niños.

Además, tenemos que tener en cuenta que en verano hace calor, lo que convierte en más exigente cualquier actividad física que realicemos.

Pero todo tiene un límite. Hasta un 15% de los encuestados respondió que encontraba a sus hijos más cansados que al inicio del verano.

Con el paso de los días y las semanas los niños van acumulando cansancio y llega un momento en que no son capaces de recuperarse con el descanso que les proporciona la noche.

Esto se traduce en niños que duermen mal (uno de cada tres encuestados reconocía que les costaba más dormir a sus hijos que en otras épocas del año), que no realizan con alegría o energía las actividades del día a día, incluso niños que prefieren no hacer nada a salir a jugar un rato con los amigos. En los niños más pequeños estos síntomas se traducen en irritabilidad ante cualquier motivo con llantos y rabietas que antes no ocurrían, mientras que en los niños mayores podemos encontrar síntomas físicos como dolores de cabeza al caer la tarde.

Un dato llamativo de la encuesta fue que algo más del 50% de los padres se encontraban más cansados al final del verano. Has leído bien, los padres, no los hijos. Esto que parece la parte cómica de la encuesta tiene mucha importancia ya que un padre cansado es un padre con poco aguante y menos tolerante frente al cansancio de su propio hijo. Esto, a la postre, podría magnificar la percepción del cansancio de su propio hijo pudiendo ofrecerle una visión equivocada de que su hijo en vez de cansado se encuentra enfermo.

El cansancio no es una enfermedad

Volviendo al inicio de este post, con la llegada del final del verano, algunos padres de ese 15% que reconocía que sus hijos estaban más cansados al final del verano acudirá a la consulta del pediatra por si el cansancio se debe a alguna enfermedad.

Estos padres nos preguntan si no será por falta de hierro, si no le habrán bajado las defensas al crío o por si cupiera la posibilidad de que todo se debiera a una enfermedad grave que se esté manifestando con el cansancio como síntoma principal.

Sin embargo, el cansancio puro y duro no es una enfermedad. Las enfermedades que cuentan con el cansancio entre sus síntomas presentan además otras manifestaciones clínicas. Por eso, la historia clínica y la exploración física de estos niños es fundamental para comprobar que no se acompaña de otros síntomas como perdida de peso, mala coloración de piel o fiebre, los cuales apuntarían a otro tipo de enfermedades.

Los que tienes que tener claro es que si te preocupa la situación de tu hijo porque no le notas “bien” debes acudir a tu pediatra para que pueda comprobar si hay algo más detrás esa percepción tuya.

El único tratamiento para el cansancio es el descanso

Parece de perogrullo pero es así. Un niño cansado se recupera descansando.

Piensa que cuando tu hijo vuelva a las rutinas propias de la etapa escolar cogerá un ritmo al que su cuerpo se irá acoplando poco a poco y empezará a rendir al 100% al cabo de unas semanas. No en vano, muchos de los comentarios que surgieron a raíz de la encuesta mencionaban que los padres estaban deseando que empezaran las guarderías y colegios.

Quizá los primeros días de guardería o colegio sean duros y parecerá que ese cansancio se acentúa, pero veréis como en 15 o 20 días todo vuelve a la normalidad.

El pediatra prudente, y siempre que todo lo demás esté dentro de la normalidad, explicará a los padres la situación y les recomendará que esperen 2 o 3 semanas para ver si con la vuelta al cole el cansancio desaparece. Si pasado ese tiempo persiste el cansancio o han aparecido síntomas nuevos, estaría justificado emprender alguna exploración complementaria para descartar la presencia de alguna enfermedad concreta.

Lo que si es muy importante es que huyáis de supuestos tratamientos que sirven para mejorar el cansancio de vuestros hijos: complejos vitamínicos, homeopatía, infusiones de plantas… ninguno ha demostrado ser eficaz para mejorar el rendimiento físico de los niños. Además, estos “tratamientos” no están exentos de efectos secundarios por lo que mejor ni os los planteéis.


Por último, una reflexión. Si habéis entendido que el cansancio es algo “normal” en los niños al acabar el verano quizá nos debamos plantear el año que viene si debemos relajar la exigencia física a la que los sometemos durante esta época. Todos tenemos claro que las vacaciones son una época para que los niños disfruten y que hagan aquellas cosas que, en muchas ocasiones, en invierno les prohibimos, como acostarse tarde o dormir más siesta de lo habitual. Sin embargo, debemos conocer hasta qué punto podemos agotar a nuestros hijos con estos ritmos. Quizá sea mejor que los niños nos marquen el ritmo y no seamos los adultos los que impongamos unas actividades que al final acaban agotando a nuestros hijos.

Y vosotros, ¿cómo vivís el final del verano?, ¿están vuestros hijos más cansados de lo que esperábais?, ¿estáis realmente preocupados por si vuestros hijos están enfermos?.

NOTA: la encuesta a la que nos hemos referido a lo largo del post tiene muchos sesgos, es decir, incorrecciones metodologías que podrían dar lugar a resultados no fiables al 100%. En ningún caso hemos pretendido que tenga una alta calidad científica. Sin embargo, el tamaño muestral (cerca de 2.000 respuestas) nos genera una visión general que resulta creíble. Podéis consultar toda la encuesta siguiendo el hilo del enlace de aquí abajo y mil gracias a todos aquellos que colaboraron con la difusión así como a aquellos que decidieron contestarla: