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Archivo de la categoría ‘Violencia’

Me llamo Sara y no soy pecado

Por Maribel Maseda

Sara es musulmana, comprende y comparte la libertad de culto y se rebela contra la alienación de la mujer -y más aún cuando se obliga a aceptarla como prueba de fe-. Su historia de abanderada de los derechos de la mujer comienza, sin saberlo, en el seno de una familia en la que se entrega a las hijas al hombre llegada la edad apropiada para ello.  Sara se niega a ello y se enamora de un hombre que: “me deja que estudie y que vaya a la Universidad. Me trataba con importancia”.

“Si las mujeres fuéramos un pecado, Dios no nos hubiera creado. Si solo quisiera a los hombres, no nos habría hecho a nosotras”. Imagen de Maribel Maseda.

Poco tiempo después se casan y, en uno de sus viajes al país de él -y embarazada de su primer hijo-, le comunica que no volverán a Europa. A partir de ese momento todo comienza a cambiar aunque Sara tarda en reconocerlo. En casa los gritos y los insultos se suceden y poco a poco él comienza a incorporar actitudes propias de un secuestro. No se le permite utilizar el teléfono ni siquiera para comunicarse con su familia, tampoco asomarse a la ventana, que debía mantener cerrada. Embarazada ya de su segundo hijo, permanece encerrada en la casa día y noche, sin comida ni mantas. Tampoco puede ver a su hijo mayor, que se había llevado su familia política. Pasaba así días enteros hasta que el marido volvía por la noche y ella debía mantener relaciones sexuales con él.

Un día convence al marido para viajar a su país. En su mente estaba la idea de poder escapar, pero cuando llega el momento del viaje, de nuevo le informan de que su hijo mayor, de dos años, no viajará con ellos. De esta manera renuncia a la idea de la huida y continua su cautiverio, esperando la ocasión para intentarlo pero sin separarse de sus hijos. Es golpeada y amenazada de muerte, y las escasas veces que puede salir a la calle debe hacerlo cubriéndose con los ropajes tradicionales a los que ella no está acostumbrada. Debe sujetar la tela con la boca, por lo que no puede hablar libremente y, si se le cae mostrando su rostro o su pelo, será castigada severamente.

Pasa meses alimentándose solamente de leche materna. Y recuerda como una vecina ataba mendrugos de pan a un palo y lo deslizaba por su ventana hasta llegar a la de ella, cuando alguna vez podía abrirla. Una vez él olvida la llave en la puerta. Pero ya le ha quitado su voluntad, está muy débil, en los huesos y asustada. Ve la llave pero se preguntaba qué hará si sale a la calle, a donde acudirá, quien la ayudará.

Decide salir e ir a denunciar que le han quitado a sus hijos. Las autoridades contactan con el marido, quien promete dejarle la llave y verlos. Y todo se olvida. Nada cambia. Vuelven a llevarse a sus hijos y vuelven a encerrarla. Pero no se rinde. A pesar de su muy deteriorado estado físico, la idea de conseguir huir con ellos le da la paciencia necesaria para esperar. Uno de los días en los que la suegra la encierra,  ella se abalanza sobre la mujer hasta que le quita la llave. Se enfrenta de tal manera a su suegra que nunca más se atreve a encerrarla. Sara ya no puede perder nada más.

No tiene ningún plan de huida, pero necesita dinero para comer y para cuando llegue la ocasión de escapar. Han pasado ya casi 4 años. Por más que lo pide, nadie se atreve a ayudarle a ver a sus hijos; su familia política amenaza de muerte a quien lo intente.

Pero una noche, el marido por fin trae a los dos niños y, tras mantener relaciones sexuales con ella, se marcha y los deja allí, convencido de que ya no tiene ni voluntad ni fuerza ni recurso para salir de aquella casa.

Sara cree firmemente que aquella puede ser la única ocasión en la que poder huir con sus dos niños. A las 6 de la mañana está lista a pesar de no tener ningún plan, ninguna ayuda, ningún amigo o familiar. Ha preparado dos biberones, pan, pañales y algún dinero que ha podido esconder. Se viste con  prisa.  La frontera está a casi 200 quilómetros, por lo que se dirige al lugar donde hay taxis y,  en su desesperación, pide abiertamente ayuda para cruzar la frontera. Al oírla, todos los hombres quieren devolverla a su casa. Pero Sara no está dispuesta a perder lo que está convencida de que es la salvación para ella y sus hijos y, como si hubiera perdido el control sobre sí misma, comienza a gritar: “o me decís por donde se cruza  la frontera o me mato aquí mismo”. Le indican con un dedo “ por allí”. Se introduce en un bosque sola, sin saber orientarse, con sus dos hijos en brazos y camina y camina esperando ir en la dirección apropiada. Un soldado la frena poniendo una metralleta en su pecho, ella aparta un poco su ropa y muestra a su niño… el soldado entonces baja el arma y le indica como llegar a su país.

Camina durante 24 horas.  Cuando para, no quiere cerrar los ojos y quedarse dormida temiendo por sus hijos. Pero en un vagón de tren el sueño le vence y cuando despierta, se da cuenta de que le han robado el poco dinero que llevaba. Por suerte, durante el viaje siempre encuentra a alguien que, compadecido, la ayuda. Es una ruta durísima en la que el cansancio, el hambre, el terror de no conseguirlo, de que sus hijos no lo consigan, convierten en una tortura, pero nunca pensó en echarse atrás.

Ha educado a sus hijos en su religión y tradición. Ha intentado inculcarles los valores de la honestidad y  del respetoPorque la verdad no solo está en lo acertado, sino en aquello que uno puede libremente reflexionar, cuestionar y aceptar o no como tal. Quizá no hay que buscar el error en  la tradición o el culto, sino en el hecho de que su imposición, sin posibilidad de revisión, evita que uno utilice la capacidad de discernimiento. Sara ha decidido mantener su fe, con plena conciencia de que la alienación de la mujer no es parte de ninguna religión. Ha sido y es perseguida por mantenerlo, a pesar de que en su “me deja estudiar” aún podamos ver en marcha parte de su necesario proceso de discernimiento, que antes iniciaron otras mujeres de religiones diferentes.

Conozco a Sara desde hace muchos años. La recuerdo un día que nevaba intensamente. Apareció en mi puerta protegida solamente con una fina camisa blanca y un gorrito en la cabeza; toda su ropa se había destruido en el incendio que se produjo inesperadamente en su casa. Me dio los buenos días con su habitual sonrisa, franca, espontánea, abierta, como si a pesar de las desgracias, el hecho de poder mostrarla hiciera de todo lo demás una mera anécdota. Su vida aún es difícil, “pero puedo ser yo, aquí tengo derechos, porque sé que los tengo. Quiero mi libertad, la de ser como soy, con mi propia naturaleza”.  La libertad para elegir, por igual, para todos, es la señal inconfundible de que la sociedad evoluciona. Pero yo añadiría que debe ir acompañada por la libertad para comprender, para imaginarse momentos diferentes, incluso para imaginarse a uno mismo de forma diferente. Sara es un ejemplo de fortaleza y  valentía; ha perdido mucho, pero mantener sus principios le hace sentirse triunfadora en un mundo que la ha repudiado precisamente por lo mismo. Su mirada es una mezcla de tristeza, cansancio y esperanza, la de ser ella misma. No es la del rencor y la rabia de no poder cambiar a otros, a los que la secuestraron en aras de una ideología o de su propia egolatría.  Y es que la facilidad con la que algunos o algunas ejercen de persona, -no de hombre o de mujer-, en otras, se convierte en “atreverse” a serlo. La conciencia de esta grave diferencia marca a estas mujeres y niñas, pero con el sello de un  valor y certeza en los derechos humanos que los que los reclamamos en un entorno protegido, desconocemos. Personas como Sara son las que se convierten, sin pretenderlo, en portadoras de una verdad irrebatible tan peligrosa para otros que su precio asciende nada más y nada menos que a la propia vida.

El sentirse dueña de la suya, en un país que se lo permitió durante los años que tuvo que mantenerse escondida, hizo que nunca dejara de sonreír; ni el hambre, ni la pobreza, ni la soledad, han podido con ella.

Hay cosas que no por no verlas- desde cualquier “desde aquí”-, dejan de existir.

Admirable Sara.

Maribel Maseda es Diplomada Universitaria en Enfermería, especialista en psiquiatría y experta en técnicas de autoconocimiento. Autora de obras como Háblame, El tablero iniciático, y La zona segura. Coach de vida.

El amor no duele

Por Flor de Torres 

Más allá de actos, lazos y recuento de víctimas, en la lucha contra la violencia de género aún queda pendiente una revolución desde el interior. Aquella a la que debemos ir juntos mujeres y hombres en armonía e igualdad. Una batalla, una revolución desde la profunda defensa de las víctimas y de sus familias para que el desgarro de la pérdida de vidas no vaya acompañado por la incomprensión y la frustración. Porque el amor no duele.

El amor no duele. Imagen de Vladislav Muslakov en Slack.

Pero esta revolución debe venir también del lado masculino. Hombres y mujeres debemos compartir una idea: la violencia de género está instalada en la desigualdad. La sociedad aún no puede ganar la partida porque, pese a que el Estado y la ley se han volcado en las víctimas, aún se pone en entredicho la violencia de género y se hace contrapeso con falacias sobre falsas denuncias o indeterminados privilegios en la atención a las víctimas.

Se acaba de presentar la Memoria de la Fiscalía General del Estado en la apertura del Año Judicial. De un total de142.893 denuncias en Violencia de Genero en 2016 resultaron condenadas o en causas tramitadas por denuncia falsa sólo 14 de ellas. Solo un 0,01%. Empírica y científicamente queda fuera de toda duda la veracidad y contundencia de la violencia de género.

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Con apenas ocho años: niños ante la violencia de género

Por Flor de Torres Porras

Con  apenas 8 años, una niña presenció el día  24 de Mayo de 2015 unos escalofriantes hechos que  ya son  firmes e indubitados. Están  recogidos del relato acreditado en  la Sentencia del Tribunal Supremo   Nº 447/17 de fecha 26/6/17. El  nombre de María no es real, lo utilizamos para proteger su identidad sobre hechos reales Juzgados y condenados en la referida Sentencia Firme)

María  es hija de Juan Ramón  y Mabel. Tiene diagnosticado un trastorno de espectro autista atípico y trastorno de aprendizaje. Desde la ruptura de sus padres en Junio de 2013  su madre tiene otorgada la custodia con un régimen de visitas a su padre.

A las 20 horas del día 24 de mayo de 2015,  tras estar con su padre en el estipulado ejercicio del derecho de visitas, Juan Ramón fue a entregarla a Mabel, desplazándose hasta el portal del edificio donde ella tiene su domicilio en compañía de su amiga Josefa, dueña del piso donde vive.

Niñas y niños se ven afectados por la tragedia social del maltrato. Imagen de Varshesh Joshi.

Una vez que Mabel recogió a la menor la subió al piso, diciéndole a su ex que esperase porque tenían que hablar de temas relacionados con su hija. Después bajó al portal, donde conversaron. En el curso del diálogo Juan Ramón le pidió, insistiendo en ello, que retirase unas denuncias que le había puesto por impago de pensiones. Le manifestó que quería conocer y hablar con María Josefa, la dueña de la casa donde convivían madre e hija, y a la que el hombre hacía responsable de que Mabel no reanudara su relación con él.

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Violación correctiva

Por Nuria Coronado

A la argentina Eva Analía De Jesús, conocida como Higui, el 16 de octubre de 2016 se le ha quedado grabada en el alma para siempre. Aquel fatídico día “ser mujer, lesbiana y pobre”, tal y como ella misma confiesa, le pasaron una terrible factura. Un grupo de 10 hombres intentó cometer lo que se conoce como una “violación correctiva” contra ella. La violación colectiva de lesbianas por parte de hombres con el fin de hacerlas mujeres y que sepan cómo se siente probar a un verdadero hombre” es desgraciadamente una realidad en muchos lugares.

Pintadas en defensa de Higui. Imagen facilitada por su campaña de apoyo.

A Higui, esta manada de seres (que no humanos) la acorralaron en el pasillo del edificio en el que vivía una de sus hermanas – donde había ido a celebrar el día de la madre-  para según ellos, cambiarla a la acera correcta. La tiraron al suelo, golpearon, dieron patadas y sentenciaron: “Te voy a hacer sentir mujer, forra lesbiana“, le dijo uno de los agresores, mientras le rompía los pantalones. “Vamos a empalar a la torta”, decía otro.

Ella no solo sacó fuerzas de donde pudo, también un pequeño cuchillo que llevaba por prevención en el pecho – no era la primera vez que la insultaban, amenazaban e incluso apedreaban por ser homosexual-. En el forcejeo, Cristian Espósito, uno de los agresores  (se le echó encima, intentó quitarle el pantalón y bajarle las bragas) y cayó herido por el puñal. Murió a las pocas horas.

Pese a lo terrible del suceso, como ocurre en demasiadas ocasiones, la víctima se convirtió en verdugo y además culpable de lo sucedido. Varios de los participantes en el hecho la denunciaron ante la policía por el apuñalamiento y posterior desenlace. No importó el testimonio de Higui, ni sus moratones, ni su miedo. Las autoridades decidieron que debía estar en un penal de mujeres hasta la celebración del juicio. La violación esta vez no solo era grupal y correctiva, también era institucional.

La madre de Higui en una movilización por su libertad. Imagen de Sebastián Hacher.

Esta otra violación continuaba en la Comisaría 2da donde al tomarle declaración de los hechos los funcionarios no la creían. Llegaron a reírse y decir “¡quién te va a querer violar con lo fea que eres!”. El resto le vino dado por la Unidad Funcional de Instrucción nª 25 de Malvinas Argentinas, el Juzgado de Garantías en lo Penal nª 6 de San Martín. Las declaraciones de los agresores la llevaron a prisión preventiva y al inicio de un juico por homicidio.

En la cárcel ha pasado ocho meses terribles. Pero su celda no han sido las cuatro paredes que la han cobijado. Su calabozo lo ha construido el machismo y la homofobia que recorre el mundo. De su cruel mazmorra ha salido gracias a las de siempre: a las mujeres valientes como su madre y sus hermanas, a las periodistas feministas que la han acompañado en este calvario, a las organizaciones LGTB que se han manifestado con la bandera de la libertad y el arrojo. El no callar de todas ellas durante estos meses, junto al escándalo internacional que ha conllevado, ha servido para que los jueces reconsiderasen su decisión y la dejaran en libertad, por la noche, casi a hurtadillas, a la espera del juicio.

En la prisión ha sufrido pesadillas por el encierro pero también se ha sentido acompañada por otras mujeres. Y es que, tal y como ha explicado en una carta de puño y letra publicada por el portal La Poderosa nada más salir del penal compartió celda “con ocho pibas amigables, entre clases y deportes que practicábamos dos veces a la semana, de modo que pude volver a correr. Y volver a respirar… Aun en los peores momentos, busqué la fuerza en las notitas que me mandaban mis sobrinos y en los dibujos que me hicieron con todo su amor, entre otras cartas que fui recibiendo y los gritos de ustedes, gargantas poderosas. Todos esos gestos me ayudaron a seguir, sostenida por sus abrazos… Tenía esperanzas de poder salir en cualquier momento, porque confiaba en ustedes, en esa fuerza que pusieron muchísimas mujeres desde afuera, para que yo la sintiera desde adentro”.

Higui se arrepiente de lo sucedido, ha llorado, se ha indignado. “Sin embargo solo tenía una elección: su vida o la de él”, me contaba Azucena su hermana. “Pese al calvario de verla en prisión, era mejor el truculento viaje de tres horas desde nuestro domicilio al Magdalena, Unidad 51 del Servicio Penitenciario Bonarense y los duros registros que sufríamos al entrar, que el tener que ir a verla a un cementerio. Hemos dado gracias, y las damos, porque siga viva”, añade.

Ahora ya en libertad, Higui no piensa callar. Tampoco le amedrentan las amenazas que está recibiendo por Facebook (hacia ella y su familia) y que ya ha denunciado a las autoridades. ¿Por qué hacerlo? Solo quiere ser ella. “Hay que seguir gritando, ¡la libertad no se mancha! Antes de pasar este calvario que me llevó a la cárcel, la vida tampoco me había resultado sencilla. Me discriminaban por la forma de caminar y no me aceptaban en ningún trabajo, sin tener en cuenta nada de mi interior, ni cómo soy en realidad, ni cuánto soy capaz de dar. Debí arreglármelas como pude, haciendo esas changas de jardinería que hoy me apasionan, porque siempre me gustó trabajar, sin techo, al aire libre. Y sí, por ser lesbiana debí soportar muchas agresiones; tantas que, llegado un punto, no me quedó otra que mudarme. Pero no fue suficiente, ni eso alcanzó para evitar que me atacaran con total impunidad: la Justicia portándose mal conmigo y mis atacantes en libertad. ¿Por qué todo esto? ¡Por pobre y por lesbiana! Pero ahora soy libre. ¡Soy libre, carajo!”.

Nuria Coronado es periodista, consultora en comunicación y editora.

Niños fuertes, no hombres rotos

Por Flor de Torres Porras

UNICEF señala que, aunque no se les ponga la mano encima, presenciar o escuchar situaciones violentas del maltratador tiene efectos psicológicos negativos en los hijos. La presión psicológica ejercida al menor por exposición al maltrato de la madre es una forma de maltrato infantil, algo que se expone en la Convención Internacional de los Derechos del Niño (1989), ratificada por España. No en vano la Academia Americana de Pediatría (AAP) reconoce que ‘ser testigo de violencia de género puede ser tan traumático para el niño como ser víctima de abusos físicos o sexuales’.

Los niños son víctimas invisibilizadas de la violencia de género. Imagen de Kevin Gent.

Pero creo que hay que ir un poco más allá. La expresión de ‘maltrato infantil‘ no visibiliza adecuadamente la esencia de esta forma de maltrato, pues se produce como una forma añadida de maltrato a la mujer.

Debería de acuñarse el término ‘maltrato infantil de género’, no sólo el de la exposición de los menores como víctimas directas a la violencia de género, sino además aquel que persigue como única razón el seguir ejerciendo la violencia de género en determinados casos donde ya no se puede ejercer de forma directa sobre la victima, pero cuyo único fin es seguir atentando contra la mujer.
Solo es necesario acudir al sentido común para que denigrantes actos como el vivido en el Caso Bretón se infiera la violencia extrema a los menores en un contexto de maximizar el dolor que puede inferirse a una mujer. Son tantas las situaciones en las que los menores son usados como instrumentos de venganza, de presión, y como armas arrojadizas contra la madre, para seguir martirizándola en esa espiral emprendida, que es en esencia otra forma de violencia de género. Y lo es cuando ya, en pleno proceso de divorcio, no se puede proyectar o ejercer a la víctima en su presencia y con la hegemonía con que se hacía.
El catálogo de conductas del maltratador se estira a través de los menores sin importarles que además son sus hijos, o el sufrimiento que les genera. Los menores son auténticas víctimas de esa violencia de género iniciada con la madre y continuada en ellos, porque persiguen idéntico fin. Pero además ellos sí que están indefensos.

Recordando también a Leonor, y en su memoria, podemos entender que los menores son víctimas directas de la violencia de género. Leonor fue asesinada por su padre en un régimen de visitas el 21 de Marzo de 2013 en Campillos (Málaga), tras ser su madre amenazada con la frase ‘voy a darte donde más te duele’. Esta víctima de 7 años inició el contador de las víctimas invisibles de la violencia de género que también lo eran en derechos en 2014: los y las menores. Ella fue la primera menor considerada legalmente víctima directa de la violencia de genero cuyos derechos tuve el honor de defender. Su asesinato se contabilizó por primera vez en España a través de la Delegación del Gobierno de Violencia de Género como menor víctima directa de este tipo específico de violencia.

Si tomamos como referencia los casos de los 6 menores asesinados por sus padres en los últimos meses, estos niños estaban bajo la tutela de sus madres en 4 ocasiones y solo una de ellas había denunciado con medida de protección. Los demás no estaban protegidos legalmente por no existir denuncias previas.

Cuando un menor vive situaciones de violencia de género de su padre sobre su madre, su influencia es siempre directa. Le produce consecuencias físicas o psíquicas. Y sin duda porque el hijo o la hija de un maltratador tiene muchas posibilidades de sufrir alguna o varias de estas situaciones:

  • agresiones en el embarazo,
  • agresiones al proteger a la madre,
  • ser víctima directa de violencia física o psicológica del padre para multiplicar los efectos y sufrimiento a la madre,
  • como testigos presenciales de los malos tratos al escuchar la agresión desde su propia habitación
  • observando las heridas o secuelas producidas de forma inmediata a la madre,
  • presenciando el enfrentamiento previo o posterior del maltratador
  • en situaciones de maltrato físico o psicológico en el régimen de visitas para aumentar deliberadamente y como violencia de genero instrumentalizada a la madre

No. No son testigos o víctimas indirectas de la violencia de género. Son víctimas directas de la violencia de género por las consecuencias físicas o psíquicas que les producen tales hechos.

Hablemos con propiedad: un menor expuesto a la violencia de género es víctima directa y no indirecta de la violencia de género. Se ejerce sobre ellos maltrato infantil de género.
Los menores son aún más invisibles que sus madres. Y no solo eso. Les vinculan las decisiones de madres que sin asumir su condición de víctimas por su estado de dependencia emocional, quieren volver a estar con sus parejas sin reconocer que sus acciones vinculan a menores que no han sido visibles, que no se les ha oído sobre esa posibilidad de volver a convivir con el padre maltratador y más aún, no se les ha interesado ninguna protección frente a él.

Desde 2015, normas como la Ley de Protección de Infancia y Adolescencia  o el Estatuto de la víctima reconocen que un menor como mínimo ha de ser escuchado judicialmente como víctima directa de la violencia de género y de forma independiente a su madre.
La práctica nos ha enseñado que estos héroes de la violencia del género tienen mucho que contar sobre lo que sufren en primera persona como niños fuertes para no ser en un futuro hombres rotos, si son niños, y si son niñas, para no repetir la condición de víctimas que han visto en sus madres.

Pero para ello todos y todas hemos de hacerlos visibles también en derechos y dignidad porque con ellos también deconstruiremos la violencia de género que pasa de padres a hijos, eliminaremos su germen. Romperemos en mil pedazos los roles de chicos y chicas basados en sistemas patriarcales. Solo así avanzaremos a relaciones de pareja igualitarias en nuestros menores.

Serán nuestros niños fuertes, y no hombres rotos.

Flor de Torres Porras es Fiscal Delegada de la Comunidad Autónoma de Andalucía de Violencia a la mujer y contra la Discriminación sexual. Fiscal Decana de Málaga.

Guatemala: dolor, memoria y verdad

 

‘‘Solo me violó un soldado porque los demás agarraron a una mujer cada uno. Todas las mujeres fueron violadas, escuché cuando las mujeres gritaban. En ese tiempo tenía 16 años’’.

Estas palabras pronunciadas con valentía, llenas de dolor, de memoria y de verdad fueron parte del testimonio rendido por María Cavinal Rodríguez, una mujer indígena maya ixil sobreviviente del genocidio guatemalteco. Ella fue una de las diez valientes mujeres que en el año 2013 declararon ante un tribunal en Guatemala durante el juicio contra el ex dictador Efraín Ríos Montt por la matanza generalizada y sistemática contra el pueblo maya ixil. Allí, frente a quienes las deshumanizaron y quebraron su dignidad, sus vidas y sus cuerpos, relataron las crueldades a las que fueron sometidas.

Llegar a juicio ha sido un hito histórico para las mujeres de Guatemala. Ilustración de Mercedes Cabrera para Womens Link Worldwide.

Históricamente la violencia de género y, concretamente, la violencia sexual se ha utilizado como arma de guerra en los conflictos armados y en los ataques contra la población civil. Esta situación persiste hoy en día. Aunque se han conseguido avances importantes, aún se trata de una violencia invisibilizada y persisten serios obstáculos que impiden su investigación y su castigo. Lee el resto de la entrada »

Cuando el delito está en las palabras

Por Flor de Torres

“No hay tradición cultural que no justifique el monopolio masculino de las armas y de la palabra, ni hay tradición popular que no perpetúe el desprestigio de la mujer o que no la denuncie como peligro”

                 Eduardo Galeano

Estas palabras llenas de compromiso de Eduardo Galeano encierran el activismo que hemos de tener contra la violencia de género. Desde las formas invisibles e imperceptibles que se esconden y se asientan en la desigualdad hasta las más visibles que todos podemos distinguir. Porque la violencia a la mujer está también en las profundidades ocultas del lenguaje, sepultada e invisible en actitudes proyectadas a las víctimas, en el control a través de las redes sociales, los insultos, las desvalorizaciones, los desprecios, el abuso de autoridad.

No. Imagen de Gemma Evans.

Es la violencia de género que se asienta en la falta de respeto: interrumpiendo, no escuchando ni respondiendo a la pareja, la que distorsiona el sentido de sus palabras. Lee el resto de la entrada »

22 lágrimas de esperanza

Por Beatriz Blanco

“Bajo del  autobús en la loma para contemplar el pueblo. Con el título de Trabajadora Social obtenido durante su reclusión, lucharía porque ninguna mujer padeciera los usos y costumbres. La vista de la hacienda detonó los recuerdos”.

Así comienza “Los Ancianos Sabios”, primer premio del I Concurso de relatos cortos sobre violencia de género convocado por la Fundación Luz Casanova. Los textos finalistas de este certamen internacional han sido recogidos en el libro Lágrimas de esperanza, que se presenta el próximo miércoles 17 de mayo.

“No molestar nunca más”. Ilustración de Rogelio Núñez ‘pARTido’ para el libro Lágrimas de Esperanza de la Fundación Luz Casanova.

Editado por San Pablo, el libro recoge los 22 finalistas de los 547 relatos que se presentaron al concurso llegados desde dentro y fuera de España. Prologado por la periodista Carmen Sarmiento, recoge títulos tan sugerentes como “Policía o secaría” , “Más que una noche” , “Navegar sin agua” o “La vergüenza del sol” e ilustraciones de Rogelio Núñez Partido.

La Fundación Luz Casanova trabaja en la prevención y atención de mujeres víctimas de violencia de género y en este marco se encuadra la convocatoria de este concurso de relatos y su posterior fallo y edición.

Las cifras son escalofriantes. A 8 de mayo, según datos del Ministerio de Sanidad, Servicios Sociales e Igualdad, han sido asesinadas por sus maridos, ex maridos o compañeros sentimentales 23 mujeres y 9 menores y un caso más estaba siendo investigado.

Pero el crimen es el último acto de la violencia, pero no el único. Desgraciadamente muchas mujeres son víctimas durante muchos años, algunas pueden convivir con su agresor toda su vida de pareja. “Un viejo refrán kirguís dice que todo buen matrimonio debe comenzar con lágrimas. Las mías corren libres, abundantes, sin rumbo inundando  mi presente y mi futuro. Lágrimas, cascadas de tristeza, ríos de vidas rotas”, finaliza el relato “Lágrimas”.

Pero hay esperanza, de la violencia se puede escapar. Y lo que es mejor prevenirla, para ello nada más sencillo que educar a hijas e hijos en los valores de la igualdad. Erradicar el machismo de nuestra sociedad es la única manera de combatir esta bien llamada lacra social.

“A pesar de las cifras abrumadoras sobre la violencia contra la mujer (…) cada vez somos más las que nos unimos para decir con fuerza en un solo y alto grito. Ni una mujer menos. Nos queremos vivas”, escribe Carmen Sarmiento.

El libro Lágrimas de esperanza se presenta el próximo miércoles 17 de mayo en la librería San Pablo de Madrid (Plaza de Jacinto Benavente, 2), a las 19 horas.

Beatriz Blanco es periodista especializada en Violencia de Género, y colabora con la Fundación Luz Casanova

Terroristas: mujeres invisibles

Por Clara Herranz

En 1985, durante la guerra civil libanesa, se produjo el primer atentado terrorista suicida protagonizado por una mujer. Su nombre era Khyadali Sana Mehaidali. Más de quince años antes, la militante palestina Leila Khaled fue la primera mujer en secuestrar un avión. Pero la participación de mujeres en organizaciones terroristas se remonta a los orígenes del terrorismo. Ya en el siglo XIX, donde la mayoría de historiadores sitúan el origen del terrorismo subversivo, Sófya Peróvskaya, fue una de las responsables de dirigir y coordinar el atentado contra el zar Alejandro II.

La palestina Leila Khaled se ha convertido en un icono. Imagen de palestinalibre.org

A pesar de que las mujeres terroristas siempre han estado presentes, su participación en organizaciones terroristas ha sido un fenómeno muy poco explorado e investigado. Esta escasa atención por parte de instituciones, academia y medios de comunicación se debe a que el papel de las mujeres suele considerarse subalterno, aunque en muchos casos han ocupado puestos de liderazgo y han participado en la toma de decisiones, como es el caso de la Fracción del Ejército Rojo (RAF) en Alemania, el Sendero Luminoso en Perú o la propia ETA.

Las escasas investigaciones realizadas al respecto, son profundamente esencialistas y estereotipadas. Por un lado, es habitual que las mujeres terroristas sean tratadas de forma muy condescendiente. De entre las motivaciones de las mujeres para unirse al terrorismo suelen destacarse las de tipo emocional o personal, eliminando las de tipo ideológico o político de la ecuación como si las mujeres no fueran sujetos políticos. Las mujeres, además, son consideradas víctimas de la manipulación, lo que elimina su capacidad de agencia y las reduce a sujetos pasivos. El hecho es que hombres y mujeres son igualmente susceptibles de ser manipulados o de dejarse llevar por sus emociones.

Por otro lado, es habitual que se juzgue de manera mucho más severa una atrocidad si esta ha sido cometida por una mujer. Esto se debe a que sigue imperando una visión dominada por los estereotipos de género: la dulzura y pasividad femenina frente a la agresividad masculina. Por ello la involucración de mujeres en actividades violentas se considera un atentado contra la propia naturaleza femenina, motivo por el cual son duramente juzgadas e incluso demonizadas.

Es por tanto conveniente comenzar a prestar atención a este fenómeno y analizarlo sin caer en visiones reduccionistas y estereotipadas del género. Sólo así se logrará comprender de forma más adecuada esta realidad y hacer frente al terrorismo de forma más eficaz. Porque si bien las mujeres han tenido un papel esencial en la actividad terrorista, su implicación en las estrategias de prevención, pacificación y resolución de conflictos es igualmente crucial.

Clara Herranz es graduada en Comunicación Audiovisual y Ciencias Políticas y colaboradora de la revista Dispara Magazine.

Antes de que termine marzo

Por Beatriz Blanco

La semana pasada, el 8 de marzo, el violeta se mezcló con el negro en las calles por las mujeres muertas por violencia de género y se realizó un paro simbólico en muchos lugares del mundo para reivindicar la igualdad. Desde la Fundación Luz Casanova nos unimos al Paro Internacional de Mujeres y nuestras voces se alzaron junto a las de miles de mujeres de más de 23 países. El objetivo: conseguir que la igualdad sea una realidad y ninguna mujer sufra injustas condiciones  laborales, exceso de cargas de trabajo, sueldos inferiores, abusos sexuales, violaciones, matrimonios forzados… ni mucho menos que sean asesinadas. La Fundación Luz Casanova, junto con otras organizaciones también decoramos la madrileña Plaza de Chamberí con mandalas tejidas en distintos talleres de igualdad. Porque #MadridNecesitaFeminismo

Hay que destinar más recursos a proteger a las víctimas y prevenir la violencia. Imagen de Mohamed Nohassi.

Hubo quién planteó: ‘¿y para cuándo el día de los hombres?’ La respuesta, sencilla: ojalá que no existiese el Día de la Mujer, porque ello significaría que se ha acabado con desigualdad salarial (en torno al 24%), que ya se ha roto el techo de cristal, y por supuesto que ya no existe violencia de género en ninguna de sus manifestaciones.

Está claro que algo no se hace bien cuando cada año siguen muriendo a manos de sus parejas o ex parejas una media de sesenta mujeres y solo el 1,8% de la población, según el CIS de enero, lo considera un problema grave. Es casi inconcebible esta percepción, sobre todo porque las muertes son solo la punta del iceberg del maltrato.

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