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¿Por qué y cómo usar las ocho semanas del permiso de paternidad?

Por Teresa Jurado

Desde el 1 de abril de 2019 los padres afiliados a la Seguridad Social tienen derecho a cogerse ocho semanas de permiso de paternidad, pagadas al 100% de su base de cotización a la Seguridad Social. Hemos pasado de las dos semanas concedidas en 2007 a cuadruplicar las semanas para que los papás puedan cuidar de su criatura recién nacida. La nueva prestación por nacimiento y cuidado de menor es intransferible, es decir, si el papá no la usa, se la pierde él y su familia. Con esta reforma, cuyo objetivo es la equiparación de la duración del permiso de paternidad con el de maternidad hasta 2021, España se posiciona junta a Islandia, Noruega, Suecia y Portugal en el grupo de países que más incentivan a los papás a corresponsabilizarse de los cuidados de sus bebés (OECD 2019). En estos países los padres usan entre dos y tres meses de permiso de paternidad y/o permiso parental.

  • ¿Para qué un permiso para el padre, si ya cuida la madre?

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Teatro necesario para abrir los ojos ante el maltrato

Por Nuria Coronado

Hay veces que la vida te regala conocer a mujeres que admiras y que son el bálsamo del mundo. Así me paso con Marina Marroquí, una luchadora y superviviente de la violencia de género a quien la primera vez que entrevisté me dijo una frase que se me quedó clavada para siempre. “La mayor venganza que se le puede hacer a un maltratador es ser feliz”. ¡Qué verdad más inmensa y más empoderante! Ella, como tantas otras, hablaba a sabiendas de lo que son los golpes físicos y emocionales, de lo que es dejar de sonreír y ser persona porque alguien le decía que no valía nada o que bastante suerte tenía con tenerle a él. Ese “él” que a los ojos de cualquiera es “el hombre perfecto”. Ese él que le hizo bajar al infierno, desaparecer de sí misma, marchitarse, dejar de existir.

Marina creyó después de tanto escuchar a la voz de su amo y maltratador que no merecía nada. Hasta que un día dijo basta. Se levantó de sus cenizas y se demostró que valía oro, que era la mejor en todo lo que se propusiera y que necesitaba respirar de nuevo. Se apoyó en su familia, y dejándose la piel de sus manos y de su alma, tuvo los ovarios de empezar a subir por la cuerda del pozo en el que había caído. Y el milagro se hizo. Salió de ese territorio que ninguna mujer se merece y puso en marcha el contador de la vida en mayúsculas.

Los actores Cecilia Sarli y Chema Coloma.

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Comercio justo para crecer

Por María Mercedes Alemán

 

En la comunidad  de San Francisco de los Cedros, a 41 kilómetros de la cabecera del departamento de Jinotega, Nicaragua, vive la productora Flora Estela Tinoco, un ejemplo de superación y una mujer que, junto a su esposo, todos los días trabaja sus tierras cultivadas con café y hortalizas. Su objetivo de ver a sus cinco hijos profesionalizarse.

Flora Estela es una mujer activa, sencilla y austera, responsable y de un carácter alegre pero firme a la hora de tomar decisiones y educar a sus hijos. Para ella es fundamental hacerles entender el respeto a los mayores, la naturaleza y el trabajo rural. 

 

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Salvavidas contra la mutilación

Por Eloísa Molina 

Celebramos el Día Internacional de la Tolerancia Cero con la Mutilación Genital Femenina el 6 de febrero para poner el foco en la magnitud de esta práctica y la forma en que devasta las vidas de las niñas y mujeres jóvenes. Las cifras globales sugieren que los genitales de una niña se cortan cada 10 segundos. Actualmente se estima que hay tres millones de niñas en riesgo de sufrir mutilación genital femenina cada año. Ante esta situación, es necesario poner todos los recursos y esfuerzos en frenar esta lacra que pone en riesgo la salud física y mental de las niñas. Las casas refugios son clave en este proceso.

Niñas jugando en un centro en Ghana. Imagen World Vision.

La mutilación genital femenina (MGF) o ablación es practicada por algunos grupos étnicos en 29 países de África. Entre otros motivos este proceso ocurre por las creencias sobre lo que se considera adecuado en el comportamiento sexual de las mujeres y lo que es necesario para prepararlas para el matrimonio. Ubicando a Kenia en el lugar número 17 entre los 29 países de África que llevan a cabo la práctica, en la comunidad de Samburu y Somalia, nueve de cada diez niñas han sido sometidas a la ablación.

“Las niñas entre las edades de 0 a 14 años tienen más probabilidades de someterse a la MGF si su madre se sometió a la práctica tradicional”, dice el Director Nacional de World Vision en Kenia, Dickens Thunde. “Aunque las tasas de prevalencia de la MGF han disminuido en los últimos años en Kenia, tres millones de niñas siguen siendo cortadas cada año a nivel mundial. Cada una de ellas sufrirá dolor emocional y físico a largo plazo, todos necesitamos hacer más para acabar con la MGF”, explica Thunde.

Las casas refugio son espacios puestos en marcha para ayudar a proteger a las niñas que huyen de la MGF en todo Kenia. Es la única Organización No Gubernamental (ONG) que trabaja en la región de Narok, con alta prevalencia de la ablación, con el único objetivo de proteger a las niñas que viven con el temor de ser cortadas.

“Mi papá me ordenó que dejara de estudiar y que las mujeres me instruyeran mientras maduraba para el corte de mis genitales. Mi madre se resistió a la idea, pero fue encerrada. Quería que me mutilaran y me casara a cambio de ganado y cabras “, dice Antonina. “Aunque mi padre me ha repudiado por no honrarlo, estoy convencida, tengo razón al elegir la educación en lugar de seguir el rito. Ahora, cuando vuelvo a casa, las chicas con las que me cruzo me consideran una campeona”.

Promover la educación para las niñas, los rituales alternativos para dar el paso a la mujer adulta, volver a capacitar a los practicantes de la MGF para que renuncien a este trabajo y la reeducación de los padres son solo algunas de las formas que estamos empleando para abordar la MGF”, explica el Sr. Thunde.

A pesar de haber registrado algunos avances en los últimos años, Kenia sigue en rojo con una de las tasas de prevalencia de MGF más altas del mundo, que se estima en un 21 por ciento entre las mujeres de 15 a 49 años, aunque estas cifras varían ampliamente según la edad, ubicación, grupo étnico y religión.

Naseiyo tiene 15 años de edad, es alumna de séptimo curso en una escuela primaria pública local ubicada en Kenia donde World Vision lleva a cabo uno de sus programas. Es la responsable de uno de los dormitorios y delegada de su clase. Una niña aplicada, educada y fascinante que tiene muy clara la importancia de la educación para mejorar su vida. No ha sido un viaje fácil para ella.

La vida estaba a punto de cambiar para Naseiyo. Sus padres estaban haciendo planes para que ella se sometiera a la mutilación genital. Tenía apenas 10 años y todo lo que quería era lograr sus sueños y no deseaba experimentar la dolorosa mutilación como una práctica cultural obligatoria en su comunidad.

“Mi propia madre fue una de las principales defensoras de mi participación en el rito. Lo triste es que me dijeron que obviamente no continuaría con mi educación después”, dice Naseiyo. “Para salvarme, tuve que contactar con mi maestra que trabajaba estrechamente con World Vision. Me escapé de casa a Naroosura, donde están ubicadas las oficinas de la ONG. Me preguntaron qué es lo que yo quería; todo lo que dije fue que necesitaba continuar con mi educación”, dice Naseiyo.

“El personal de la organización me trajo a esta escuela refugio que sirve de internado para las niñas que estamos estudiando en la escuela local. Más tarde me llevaron a casa para conocer a mis padres”, cuenta Naseiyo. “Mis padres no sabían nada de mi paradero después de mi desaparición de casa. Han cambiado de opinión sobre la ablación”. Naseiyo se desmorona en esta parte del relato…. “Sí, estoy segura de que podría quedarme en casa con mis padres. Sin embargo, solo voy a la casa familiar dos veces al año”. Tiene miedo y desconfianza.

Naseiyo conoce perfectamente el impacto de la MGF. Ella dice que ha visto los problemas de salud de las niñas que han sufrido la experiencia de la mutilación. Conoce personalmente a cinco chicas que son sus amigas, con graves problemas de salud. Le cambia la cara y el tono al contarnos la historia de una amiga que se sometió a la ablación y debido a un sangrado excesivo durante el parto murió.

Eloisa Molina es coordinadora de comunicación de World Vision España

Soy todo lo que odias

Por Ana Gómez Pérez-Nievas

Ana Gómez Pérez-Nievas, periodista en Amnistía Internacional España

“A veces tu existencia es un problema, simplemente por ser mujer”, explicaba Nurcan Baysal, activista y periodista kurda. En el Día Internacional de las Defensoras de Derechos Humanos, recordamos a quienes son atacadas no solo por lo que hacen en su lucha contra las injusticias, sino también por quienes son.

La periodista kurda Nurcan Baysal / AI

Hace 70 años se firmó en París la Declaración Universal de Derechos Humanos. Gracias a la activista Hansa Mehta, el conjunto de estos 30 artículos de referencia mundial buscaba la protección de “los seres humanos”, no solo del “hombre”. Hacía bien Mehta en especificar esa referencia: 70 años después, la mitad de la población sufre violencia y discriminación por su condición de género. También en la capital francesa se adoptó hace dos décadas la Declaración de la ONU sobre defensores/as de derechos humanos. Y también son las mujeres defensoras las se siguen llevando la peor parte: no solo son hostigadas por su lucha contra el racismo, la represión y la discriminación, sino, además, por ser mujeres, un factor de riesgo que no sufren los hombres.

“Comencé a trabajar de manera voluntaria para los campos de personas yazidíes en Iraq y Turquía. Ahí escuché las terribles historias que habían vivido las mujeres y decidí que había que informar al público de esas experiencias y elevar sus voces. Si están vendiendo a mujeres cerca de ti no puedes simplemente cerrar los ojos”, explica la periodista Nurcan Baysal. Tras más de 20 años de activismo en favor de las minorías, se enfrenta a dos procesos judiciales por criticar las actuaciones turcas en territorio kurdo y sirio, tanto en sus artículos como en redes sociales: “De los tuits que publiqué el que más impacto tuvo no era de los que criticaban directamente la deplorable operación turca en Afrin (Siria), sino uno que decía: `Sí, soy mujer, soy yazidí, soy armenia, soy judía, soy árabe, soy kurda, soy gitana, soy LGBTI, soy todo lo que odias. Se lo tomaron de forma literal, respondían: `¿Ves? ¡Es todo menos turca!`”, ironiza.

El otro proceso judicial que le queda pendiente también le sorprendió. “He criticado al régimen turco muchas veces, pero no fue hasta que describí lo que vi cuando entré en las casas donde se alojaban los soldados turcos el día después de que se levantara el toque de queda en Cizre, Turquía, en 2016, que llegaron las amenazas: zorra, qué escribes, decían, nuestros hijos están luchando ahí”. El revuelo, explica, se montó porque, entre otras cosas, narraba cómo había condones usados por todas partes, y eso mostraba la magnitud de las barbaridades que habían cometido las fuerzas turcas. “Otros periodistas lo vieron, pero decidieron no escribirlo”, lamenta.

Defender los derechos humanos en cualquier parte del mundo tiene doble riesgo si eres mujer. Determinadas violaciones de derechos humanos, como la agresión sexual o violación, los ataques a menores o la violencia dentro del ámbito doméstico se infligen de manera específica contra las mujeres. En países donde la desigualdad de género es más visible, las defensoras de derechos humanos también pueden ser sometidas a otras violaciones tales como las restricciones a la libertad de movimiento, o la negación de determinados derechos como la libertad de reunión o participación política. Asimismo, las leyes y prácticas discriminatorias (incluidas las dictadas por preceptos o influencia religiosa) a menudo hacen uso de ideas sexistas para restringir derechos de las mujeres, algo que por supuesto determina la manera en que las mujeres pueden participar en su activismo. También otras personas, como el colectivo LGBTI puede sufrir este tipo de violencia basada en el género o en la forma de que una persona tiene de percibirlo.

Cuando Isabel (nombre ficticio), trabajadora sexual de Niterói, ciudad del estado de Río de Janeiro, Brasil, denunció públicamente la violencia, incluido el uso de la violación, la extorsión policial, el hostigamiento y el desalojo forzoso contra trabajadoras sexuales en junio de 2014, no se imaginaba lo que pasaría dos semanas más tarde. Cuatro hombres le obligaron a subir a un automóvil y le hicieron cortes en los brazos con una cuchilla de afeitar, le mostraron fotografías de su hijo entrando en la escuela y le ordenaron que dejara de hacer acusaciones contra la policía y de hablar con periodistas.

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Genderbullying: en qué es diferente el acoso escolar a las niñas

Por Nuria Martínez Moreno 

Sí, existe acoso escolar por discriminación de sexo, y son las niñas las que más lo padecen. ¿Por qué? Pues porque aún no existen las condiciones necesarias para que niños y niñas crezcan en igualdad. A las mujeres, desde la escuela, se nos sigue discriminando, no ya sólo por los niños, sino sobre todo por las propias niñas que maltratan, física y psicológicamente a otras compañeras, con excusas variadas, como “por ser más listas”, “por llevar gafas”, por “no tener la mochila o el estuche de moda”, o simplemente por ser diferentes.

El acoso a las niñas y adolescentes tiene características específicas. Imagen de Harris Ananiadis / Unsplash

Los estudios y las autoridades educativas afirman que uno de cada cuatro niños sufre acoso escolar. Los colectivos más afectados: alumnos con diversidad funcional, niños pertenecientes al colectivo LGTBI y, por supuesto, las niñas.

Estas situaciones de acoso se agravan durante la adolescencia, y afectan especialmente a aquellas jóvenes que no cumplen con los canones estéticos establecidos; otra situación es que por un desarrollo temprano, el acoso comienza a teñirse de connotaciones sexuales. Me viene ahora a la mente la serie producida y distribuida por Netflix “Por trece razones”, cuando a su protagonista Hannah Baker llega un día a clase y descubre horrorizada que todos sus compañeros han recibido en sus móviles imágenes comprometedoras suyas o mensajes peyorativos escritos por compañeros despechados.

El silencio y el manido argumento de “son cosas de críos”, no sirven para solucionar el problema que conlleva secuelas mentales que pueden prolongarse en la etapa adulta si no se detectan a tiempo y reciben tratamiento terapéutico; y en algunos casos provocar desenlaces fatales.

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De mayor quiero ser putero

Por Beatriz Ranea

Imagina una sociedad en la que los niños coleccionan publicidad de prostitución y la intercambian como cromos en el colegio. Imagina los chistes que hacen a las niñas: que si se parecen a las mujeres de las fotos; que si ellas también son unas putas o podrán serlo cuando crezcan; les preguntarán a sus propias compañeras de cole cuánto cobran… Ahora imagina que esos mismos niños a los 14, 15 o 16 años con el dinero de la paga, reúnen 20-30 euros entre varios y se “invitan” a casas de prostitución para tener la que será quizá su primera experiencia sexual (más allá de la masturbación).

Foto de Ken Treloar, de unsplash. ¿Por qué se venden los cuerpos de las mujeres?

Sigue imaginando a ese niño que transita hacia el mundo adulto cuando cumpla la mayoría de edad y pueda entrar en clubs de alterne a celebrar o acabar noches de fiesta. Imagina esas noches en las que sale con sus amigos a tomar unas cervezas y uno pregunta: ‘¿nos vamos de putas?!’Como si de una opción de ocio se tratase. Imagina que estos chicos, ya hombres, siguen acudiendo a la prostitución en las fiestas universitarias; o en el descanso del trabajo en el polígono; cualquier tarde llamando a un piso de los muchos que existen; o por la noche desplazándose a cualquier burdel.

Este breve ejercicio de imaginación no requiere mucho esfuerzo porque es una realidad con la que convivimos: niños que crecen en una sociedad que normaliza y banaliza la prostitución. Niños que aprenden que la experiencia sexual puede verse reducida a pagar por follarse a una mujer que no les desea. Niños que reproducen un modelo de sexualidad donde el deseo sexual de las mujeres no es importante y el consentimiento se convierte en un producto que se compra por un precio determinado. Niños que se convierten en hombres adultos con una visión de las mujeres fuertemente deshumanizada y cosificada.

Por esto, cuando pensamos en la prostitución una de las preguntas que habríamos de plantearnos tiene que ver con el modelo de sociedad hacia el que queremos avanzar: no es posible educar en igualdad a niños y niñas si se normaliza la prostitución porque el modelo de masculinidad que se aprende y se reproduce en los espacios de prostitución es claramente incompatible con la igualdad de género. Una sociedad en la que hay tantos elementos que facilitan que los niños puedan convertirse en puteros plantea serias contradicciones: ¿cómo podemos señalar la violencia sexual fuera de los espacios de prostitución, pero permitir que esos hombres que identificaríamos como babosos, acosadores y/o agresores, sin embargo, dentro del burdel se conviertan en “clientes” sin más? ¿Cómo podemos plantear nuevos modelos de masculinidad más justos y más igualitarios si el prostíbulo va a estar ahí para que la masculinidad machista y patriarcal siga teniendo un refugio?

Afortunadamente no todo está perdido: frente a los nuevos puteros, nos encontramos a chicos jóvenes que construyen modelos de masculinidad que tratan de desactivar estos mandatos patriarcales. Pero si regulamos la prostitución, si la prostitución se reconoce como “trabajo sexual” no sólo todas las mujeres nos convertimos en objetos prostituibles; sino que los hombres se convierten en puteros potenciales y la industria de la prostitución incrementará la publicidad para conseguir generar más demanda buscando aumentar sus beneficios a costa de la explotación sexual de mujeres y niñas. Estamos a tiempo de frenarlo si generamos conciencia crítica que identifique la prostitución como una barrera infranqueable en el camino hacia sociedades más justas y más igualitarias.

Beatriz Ranea Triviño es investigadora feminista especializada en el estudio la prostitución y las desigualdades sociales. 

 

Una mirada jurídica al miedo de las víctimas

Por Flor de Torres Porras

Decía Stuart Mill,  precursor en el siglo XIX  del movimiento liberador de la mujer y sufragista de Gran Bretaña:

La mujer es la única persona (…) que, después de probado ante los jueces que ha sido víctima de una injusticia, se queda entregada al injusto, al reo. Por eso las mujeres apenas se atreven, ni aún después de malos tratamientos muy largos y odiosos, a reclamar la acción de las leyes que intentan protegerlas; y si en el colmo de la indignación o cediendo a algún consejo recurren a ellas, no tardan en hacer cuanto sea posible por ocultar sus miserias, por interceder en favor de su tirano y evitarle el castigo que merece’

Esta reflexión de Stuart Mill lo sitúa  como profundo  conocedor de la  situación  de las víctimas de violencia de género que atraviesan procesos judiciales largos, contradictorios y  sometidos  a las fluctuaciones  de dependencia emocional y psicológica respecto a su agente estresor, de su maltratador.

Imagen de Julius Drost (Unsplash)

Esas fluctuaciones provocan silencios como los vividos por Ana y su hija María, por su estado extremo de terror emocional. Ambas sufrieron durante 18 años brutales agresiones por parte de su  esposo y padre, respectivamente. A Ana en una ocasión la agredió y le rompió el tímpano y a María, tras entregarle tarde las notas, la cogió del cuello para asfixiarla. Su madre se interpuso para evitar males mayores y el agresor aprovechó para partirle la nariz de un puñetazo. Al ser alertada la policía,  no le  abrieron por miedo a represalias tras previas amenazas. Pero la lesión de Ana fue a peor y tuvo que ir a urgencias. Allí recogieron el parte médico que delató al maltratador. Él las siguió amenazando de muerte si declaraban en el juzgado, incluso llego a violar a Ana analmente. Luego la despertó de madrugada de un fuerte golpe y la obligó a velarle hasta que él se durmiera. 

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El por qué de las muy necesarias auditorías de género

Por Clara Calbet

En los medios de comunicación las mujeres son sujeto y fuente en un 28% de informaciones, según el Proyecto de Monitoreo Global de Medios (2015). Los hombres, del 72% restante. Cuando la temática es economía, las mujeres aparecen en el 17% de informaciones. Solamente se llega a la igualdad de representación en las noticias de crimen y violencia (51% mujeres). Por ello, incorporar la perspectiva de género es básico para hacer un buen periodismo.

Y sí, es cierto, cada vez más algunos medios están tomando conciencia de ello. Es un primer paso muy importante que se debe poner en valor, pero no es suficiente. Lamentablemente vivimos en una sociedad donde la visión androcéntrica y patriarcal está muy arraigada e impregna poros de los que ni siquiera éramos conscientes. Una auditoría de género permite analizar si se está aplicando la perspectiva de género en los contenidos, las dinámicas y la organización del medio, y en qué aspectos se puede mejorar. Y es que no se trata solamente de hacer aparecer mujeres en las informaciones, o de utilizar un lenguaje inclusivo que no las invisibilice (que también es importante). Una auditoría va mucho más allá de buscar fórmulas que eviten recurrir al genérico masculino o a desdoblamientos: hay que incorporar a las mujeres en las distintas fases del proceso. Resulta fundamental ser consciente de qué mirada se tiene, qué estereotipos sexistas se reproducen, qué roles desempeñan las mujeres que aparecen en las informaciones, en qué contextos aparecen, el porcentaje de voces expertas de mujeres, qué temáticas se tratan, si se desagregan datos por género… Todo ello es determinante a la hora de hacer un periodismo con o sin perspectiva de género.

‘Mind the gap’, cuidado con la brecha, logotipo de la campaña estudiantil feminista británica del mismo nombre, que se inspira en un cartel del metro londinense. Imagen: Mind The Gap

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Refugiadas sirias en Jordania: la vida en un polvorín

Por Rosa Tristán

Ha sido el Día Mundial de las personas refugiadas. Si algo tienen en común todas ellas es que sólo sueñan con  recuperar la vida.  Por ello, la mayoría se quedan cerca de lo que sigue siendo su hogar, en las fronteras de la guerra: ‘Aquí lo tenemos cerca, casi lo vemos, ¿cómo nos vamos a ir más lejos?’, me decían cuando las visité en la ciudad jordana de Mafraq. En Líbano, en Jordania, en Turquía o Irak se calcula que hay 5,4 millones de personas refugiadas. Más de la mitad son mujeres. Más de la  mitad son menores de edad.

Llevan casi 8 años soportando una situación vital de anormalidad. Las menos, en campos de refugiados; las más, intentando sobrevivir en las sociedades de acogida, donde su presencia cada día es menos tolerada. Y Europa mira desde la otra orilla.

Regugiadas en el campo de refugiados de Zaatari, por Rosa Tristán.

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