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Mujeres y tecnología, la garantía del sector agrario

Por María Quiroga Gili

Bien es sabido que en muchos países y culturas del planeta, la sociedad sigue siendo acusadamente patriarcal y, sin embargo, las mujeres siguen representando un pilar fundamental para las familias, encargándose del cuidado de ellas y de su economía. La desigualdad social entre ambos géneros se hace especialmente notoria en los espacios públicos, donde la participación de las mujeres es realmente baja y, por tanto, su posición a la hora de tomar decisiones dentro de sus comunidades.

Como directora de Agrónomos Sin Fronteras, la experiencia en Tanzania nos lleva a la conclusión que los cultivos podrían aumentar su productividad si la tierra se usara de manera eficiente, si se facilitara la disponibilidad de insumos agrícolas (tales como semillas y/o fertilizantes) al alcance de todos y si hubiera mayor accesibilidad a mercados competentes. Todo esto sería reversible si se hiciera especial hincapié en dos aspectos: aplicando las tecnologías y conocimientos pertinentes y favoreciendo la participación de las mujeres, ampliamente demostrado, mejores líderes y gestoras.

@ Pixabay

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Confluencias feministas y ecofeminismo

Por Analía Woloszczuk

Lourdes Benería, cuyo trabajo de investigación se ha centrado en las cuestiones de desarrollo, trabajo y género, se preguntaba en un conocido artículo publicado en distintos foros sobre género y economía global (1), si puede el feminismo contribuir a la búsqueda de nuevas directrices a favor del desarrollo humano. La respuesta que daba a ese dilema era, en primer lugar que las actividades económicas deben ponerse al servicio del desarrollo humano y estar en las “agendas los temas de distribución, desigualdad, ética, el medio ambiente y la misma naturaleza de la felicidad individual, el bienestar colectivo y el cambio social”(2). En segundo lugar, señalaba que este cambio de paradigma requiere de un esfuerzo transformador y que también debe basarse en la aportación de las mujeres. Estos son los lineamientos de una economía feminista que impulsa un camino alternativo, donde se cuestione la lógica del sistema capitalista, un paradigma que se nutre de la gratuidad de los cuidados de las mujeres y en un modelo extractivista de los recursos naturales para hacerlo funcionar.

@Pixbay (imagen gratuita)

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Mujeres, brecha de género y coronavirus

Por Lola Liceras

Reclusión, aislamiento, incomunicación, confinamiento. Son palabras que hoy forman parte de nuestro lenguaje ante el coronavirus. Y, claro, no es igual, pero son las mismas palabras que usamos en Amnistía Internacional para denunciar la privación de libertad de mujeres como Nasrin Sotoudeh. Encarcelada en Irán por defender la libertad de las mujeres, hoy está en huelga de hambre para que las defensoras y defensores de derechos humanos salgan también de las cárceles insalubres ante el riesgo de contagio. Irán es uno de los países más afectados por el virus.

@Pixbay

Son también las mismas palabras con las que hemos descrito la inhumana situación de las mujeres refugiadas atrapadas en los campamentos superpoblados de Grecia. Más de 37.000 personas hacinadas en esos campamentos con capacidad para poco más de 6.000. La falta de servicios para la higiene personal y las enfermedades multiplican el riesgo de contagio por coronavirus.

Hoy, aquí, en España, esas mismas palabras nos alertan del riesgo de que la violencia de género aumente y se agrave la situación de las mujeres que ya la sufren, como ya sucedió el pasado 20 de marzo cuando un hombre asesinó a su pareja delante de sus hijos menores en Almassora, Castellón. Aisladas, incomunicadas y obligadas a convivir con el agresor todo el día, su casa es su cárcel. ONU Mujeres y el propio Ministerio de Igualdad han lanzado la alarma. A las autoridades corresponde activar los servicios de asistencia integral y considerarlos esenciales, es un problema de salud pública. Y a la ciudadanía nos toca abrir ojos y oídos y ser una antena de alerta, denuncia y protección.

Segregación ocupacional, inestabilidad laboral, precariedad. Son las palabras que caracterizan buena parte del empleo de las mujeres. Ahora las consecuencias económicas de la epidemia se vuelven también contra ellas. Casi el 90% de las mujeres trabajan en el sector servicios y la caída de la actividad se ceba en el comercio, la hostelería, la educación.

Las mujeres pierden sus empleos en esos sectores y la red de protección social no siempre les alcanza. Muchos contratos precarios no dan derecho a cobrar el desempleo, un ejemplo claro son las empleadas de hogar. Y habrá muchas pequeñas empresas que cierren directamente y despidan a sus trabajadoras en vez de acogerse a un expediente de regulación de empleo temporal, una de las medidas que ha incentivado el gobierno para mantener los empleos.

Atender, cuidar, presencia, proximidad. La brecha de género laboral también pone en riesgo la salud de las mujeres. Éstas, en las actividades sanitarias y de servicios sociales, representan el 75% del empleo. Pero también son mayoría las cajeras en los supermercados, las limpiadoras, las cuidadoras de la infancia y de las personas mayores. En estas tareas no vale el teletrabajo. Queremos su presencia física, no virtual, las queremos a nuestro lado, que nos hablen, nos atiendan y nos sirvan. Asumen la carga física y emocional y se arriesgan a infectarse.

Ahora que los espacios de socialización -el trabajo, la escuela, los centros de día de mayores- desaparecen por el necesario confinamiento, y sus funciones se transfieren al ámbito doméstico, la carga de su gestión también recae mayoritariamente en las mujeres ¡Qué gran oportunidad para que los hombres asuman su cuota de responsabilidad!

La incomunicación afecta especialmente a las mujeres dependientes. Entre las mujeres con diversidad funcional aumenta el riesgo de violencia sexual por parte de las personas que deberían cuidarlas. Entre las mujeres mayores -son el 56% de la población con más de 65 años y muchas viven solas-, el aislamiento acentúa su soledad. En estas circunstancias, la debilidad del Sistema Nacional de Dependencia se ha hecho ahora muy visible.

Pero en estos días tan raros también pasan otras cosas extraordinarias. Emocionan los aplausos diarios a las personas del sector sanitario y sorprende la solidaridad comunitaria de los grupos de apoyo creados en los barrios, las ofertas en cada portal, para ayudar a quienes lo necesitan.

La Declaración Universal de los Derechos Humanos nació ante las terribles consecuencias de la Segunda Guerra Mundial con el compromiso de los Estados de proteger a cada persona y construir una comunidad de iguales en derechos y libertades. Cuando venzamos a la pandemia deberíamos repensar el compromiso. Para extender su universalidad, para llegar a los márgenes, para tirar el muro simbólico de nosotros frente a los otros. Nos pasan las mismas cosas y podemos ponernos en su lugar. 

Quizás después del coronavirus nada vuelva a ser igual. Debiera no serlo. Habremos sentido que la sanidad pública es nuestra protección y la urgencia de invertir en los servicios públicos y blindarlos frente a la privatización. Que las personas mayores no son desechables y necesitan de los servicios públicos. Que las tareas de cuidado son valiosas y los hombres son también responsables de lo doméstico. Que el trabajo de las mujeres en el espacio público es igualmente valioso y debe ser justamente retribuido. Que la discriminación estructural de género y cualquier forma de violencia hacia las mujeres interpela a toda la sociedad para acabar con ella. Que podemos vivir más despacio, cuidar el medio ambiente…

“Que cuando esta epidemia acabe nos quede la memoria”,  Yan Lianke

Lola Liceras es Coordinadora del Equipo Mujeres y Derechos Humanos de Amnistía Internacional.

20 historias para cambiar la realidad

Por Patricia Álvarez

Como editora, sé que cada vez que uno de nuestros libros llega a las manos de alguien, a sus ojos impacientes y su curiosidad, se generando un impacto. Elegir lo que publicamos habla de nosotros mucho más que cualquier campaña de comunicación. Igual que el caprichoso orden de las palabras marca la distancia entre la emoción y la indiferencia, el catálogo de una editorial habla de su compromiso con la sociedad a la que decide mostrar su trabajo.

El libro se puede descargar de manera gratuita en libros.com

Editar libros es una aventura maravillosa. Las editoriales somos el ejemplo de que algo puede ser mucho más que la suma de sus partes. Aquí colaboramos editoras, diseñadores, maquetadores, expertas en el marketing y la comunicación… Una suma de talentos e ilusiones para hacer libros.

Un libro es mucho más que letras ordenadas de modo determinado y, a la vez, no es más que eso. Ahí es donde reside su poder, en el núcleo mismo del lenguaje. ¿Por qué cuando las palabras se ordenan de una manera nos conmueven de forma radicalmente diferente a si sus compañeras de viaje fueran otras? Qué bonito es vivir en un mundo en el que las palabras tienen ese poder transformador.

Las palabras son importantísimas, porque son preciosas. Por bonitas y por necesarias. No tenemos mayor refugio cultural, filosófico ni moral. En las palabras encontramos todo lo que somos. Por eso es importante poner nombre a las cosas. En el colegio nos enseñaron que la diferencia entre un nombre propio y un nombre común es lo particular y personal del primero. Y que va en mayúscula.

A la Violencia de Género hay que ponerle letra capital porque, si no, corremos el riesgo de creer que es una violencia más, un delirio, un espejismo. Identificar las cosas ayuda a entenderlas, combatirlas y expulsarlas de la sociedad cuando es necesario.

Por eso el lenguaje es maravilloso. Por eso es la herramienta más poderosa que albergamos. Por eso tenemos una responsabilidad enorme.

Participar junto a la Fundación Luz Casanova en el IV Concurso de Relatos Cortos contra la Violencia de Género y publicarlo en abierto es un orgullo lleno de responsabilidad. Hemos leído decenas de historias cargadas de verdad. Eso es lo más duro de todo: hacernos conscientes de la verdad detrás de cada golpe, detrás de cada desprecio. Detrás de cada palabra. Hemos editado con mucha emoción un libro que reúne los 20 mejores, los que más capacidad transformadora creemos que tienen. 20 historias que pueden ayudar a cambiar la sociedad desde el poder de las palabras.

María Victoria Rosell Aguilar, magistrada Delegada del Gobierno contra la Violencia de Género, plasma con precisión en una frase la necesidad de hablar de la violencia de género: «Es nuestra responsabilidad colectiva que la realidad silenciada no pase a ser un minuto de silencio». Porque la realidad sin palabras que la sustantiven no es más que un ensueño, un mito colectivo que no somos capaces de abordar.

Gracias a las mujeres valientes que se atrevieron a hablar, estamos aquí. Pero también estamos por las que ya no pueden hacerlo. Por sus familias, que las vieron marchar porque las arrancaron de su vida. Por sus hijas y sus nietas. Somos notarias de su historia para dar fe de una lacra que tenemos la responsabilidad colectiva de erradicar.

Patricia Álvarez es editora de libros.com

Poetas

Por Eva Guillamón

Cuando en 2015 vi el documental Se dice poeta, de Sofía Castañón, comprendí por qué siempre, y de una manera inexplicable, me había molestado que me llamaran poetisa. No es una palabra malsonante o despectiva. Ni siquiera me parece una palabra fea. La Isa es un canto y baile del folclore canario que, como el sol o el mar, te dan ese puntito de alegría que a veces no encuentras en otro lado. Poeta + Isa no es una mala combinación, pero a mí me arañaba sin saña, como mis gatos jugando o esa canción con la que aún te escuece el pecho. Al escuchar la reflexión de otras compañeras, comprendí que a veces las cosas que más molestan o duelen no son las más evidentes. A veces es lo invisible lo que se clava, poco a poco, sin poder evitarlo, porque desconocemos las consecuencias de ese filo. Así que voy a hablar de poetas que han sabido atravesar su propia frontera para llegar al mundo de afuera.

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Mujeres extraordinarias y amores que no lo fueron tanto

Por Lucía Etxebarria

Juana de Castilla no conoce a Felipe de Flandes hasta el día de la boda. Él debía estar esperando en Flandes para hacerle una recepción por todo lo alto. Pero la dejó plantada, no apareció en dos semanas. Y es que no le llamaban El Hermoso por guapo, que no lo era, sino por mujeriego. Casada, Juana tuvo una vida muy triste. Felipe se esforzó en aislarla. No le entregaba el dinero que desde España se le enviaba para que ella pudiera comprar ropa o disponer de camareras y doncellas. Y se exhibía con muchísimas otras mujeres.

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Porque hablar de sexualidad no es lo mismo que de sexo

Por Silvia Cintrano de la Torre

Hablar de educación está de moda, y no siempre es para algo positivo. En este momento, se pone de manifiesto la dificultad que existe para hablar de ciertos temas con los menores de edad, en particular sobre educación sexual. Pudiera parecer que hablar de sexualidad es lo mismo que hablar de sexo, y que esto último es una provocación para las y los adolescentes, incitándoles a llevar conductas sexuales prematuras o a llenarse la cabeza de pájaros que les hagan cambiar de orientación o de identidad sexual.

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Follar, ¿sin o con celebración?

Por María Astrid Toscano – María Maracas
Mi sobri Ale tenía seis años cuando en el karaoke de mi casa tomó el micrófono para cantar el vallenato La ventana marroncita. De repente, para avivar su canto, gritó: “¡ay hombe’!”, como suele exclamarse en el canto tradicional. Y en seguida, casi sin parar, gritó: “¡ay mujer!” Yo lo miré atónita, con el pecho hinchándose de orgullo y mi cabeza y mi corazón celebrando al pensar: hemos creado un hombre no machista. 
Juan, mi último “amor de verano” (o de invierno, más bien, para corresponder con el calendario), por darle una categoría al tipo con el que más follé en las últimas vacaciones, ya pasa de sus treinta años. Quizás es uno de los tipos más libres que he conocido, crudamente honesto, lo que permite conversar y actuar en igualdad de condiciones, sin manipulaciones ni juegos emocionales innecesarios. 

Abuelas vapuleadas

Por Lula Gómez

“La violencia de género prolongada en el tiempo en mujeres mayores provoca efectos devastadores en la autoestima, en la toma de decisiones y hasta en la pérdida de identidad de quienes la sufren”. Ana Gil Rituerto, psicóloga de la Fundación Luz Casanova, arrancaba así su ponencia hace unos días en el Colegio de Abogados de Madrid. La intención: debatir, exponer y sacar a la luz pública los terribles efectos de las violencias machistas en mujeres que han cumplido los 60. También su invisibilización. También para el Derecho.

Su batalla es enorme. Por un lado se enfrentan a los estereotipos, a la necesidad de cuidar impuestas y hasta autoimpuestas y a las 1.001 incoherencias que toda víctima sufre en un sistema que las enseñó a callar, soportar y ser “buena mujer”, señalaron las expertas convocadas, especialistas en tratar a mujeres mayores desde distintas disciplinas. Pero por el otro, jurídicamente hablando, deben resolver las dificultades para demostrar una violencia ocurrida, callada y sufrida durante años, unos hechos no tan sencillos de probar. “Viven la violencia de forma solitaria. No se atreven ni a contar. En ese sentido, el grupo terapéutico donde trabajamos con ellas, se plantea como un espacio para compartir y trata de romper la culpa”, afirmaba Gil Rituerto.

Imagen del proyecto Hazte visible, hazme visible © Fundación Luz Casanova.

María Ángeles Jaime de Palo, presidenta de la Asociación de Juristas Themis, subrayaba la necesidad que tienen muchas de las víctimas de una atención doble: jurídica y psicológica, porque más allá de la denuncia, deben poder resolver asuntos tan vitales como la dependencia económica, la carga de los hijos, las discapacidades o los cuidados no remunerados. Jaime de Pablo destacaba cómo, mientras que las mujeres mayores no suponen la mayoría del porcentaje de víctimas mortales que lamentablemente nos “desayunamos cada año”, sí lo son los perpetradores de esas violencias, casi siempre hombres de edades avanzadas. Un punto que lanzó a la sala para estudiar las masculinidades y destacar la importancia de la educación.

Para la antropóloga y especialista en gerontología Mónica Ramos Toro, lo primero que debemos hacer es “romper con la sensación –también entre profesionales- de que esas violencias ocurren porque son mayores y, que por lo tanto, son normales. Para resolver esa barbarie, la especialista sugiere pegarse a sus biologías y no biografías y a los muchos años de dolor. No es fácil, ya que hace falta sacarlas de unos relatos de sus vidas escritos por sus maridos y enmarcados en un sistema patriarcal, advertía. “Son mujeres que no han elegido. Antes de la denuncia, tenemos que decirlas que decirles que la vejez es una gran oportunidad y que tienen la posibilidad de hacer lo que quieran”.

Según explicó Isabel Fernández Pérez, psiquiatra, para atender a estas mujeres es necesario “despatologizar” a las mujeres que llegan a sus consultas. No son ansiosas. No están deprimidas. No están enfermas ni sufren psicosis: son mujeres maltratadas y violentadas y hay que tratarlas como tal. Para la experta, los profesionales deben perder miedos para entender el problema y si no temen preguntar si sus pacientes beben o tienen cualquier otra adicción, también deben saber indagar sobre si sufren violencia de género, señaló. La geriatra Ainhoa Esteve incidíó en las familias como una de las dificultades para visibilizar el problema. “Cuanto más dependientes son, más riesgo tienen de sufrir malos tratos”, señalaba.

“Como no se avance en igualdad, se retrocede”, afirmó contundente la fiscal Teresa Peramato en su turno de palabra, que aprovechó para afirmar la necesidad de revisar las normas jurídicas en relación a la violencia de género, donde lógicamente hay que aplicar perspectiva de género y una mirada especializada a la realidad que sufren esas mayores. Un doble enfoque que es responsabilidad del Estado, puntualizó.

Para cerrar, dos de las máximas escuchadas en el foro del Colegio de Abogados de Madrid para estar y apoyar a estas “abuelas vapuleadas”: información, formación y prevención. Y contra su invisibilización en medios de comunicación y publicidad: empezar a contar sus historias y ponerles cara. “Porque, ¿cómo se van a sentir interpeladas si en los carteles, anuncios y spots solo aparecen jóvenes hablando por whatsup”, preguntaba Ramos Toro.

Lula Gómezescritora y periodista. Dirige su propia agencia de comunicación desde la que propone contenidos, edita, crea y ejecuta ideas de comunicación. Colabora también con la Fundación Luz Casanova.

Zoila, una jefa indígena que quiere romper techos

Por Charo Zapata Vásquez

Esta es la historia de Zoila Samaniego, una mujer de 35 años empoderada, madre de dos hijos, esposa, profesora de primaria, regidora y jefa de la comunidad nativa de San Miguel Centro Marankiari. Ella es una mujer indígena asháninka, de la selva central  del Perú.

Zoila se siente muy orgullosa de ser asháninka, conserva su lengua, sus cantos, sus costumbres, su forma de vestir. Los asháninka son un pueblo indígena amazónico con principios básicos del cuidado de la naturaleza. Sin embargo, no podemos negar que hubo una ancestral discriminación, desigualdad, inequidad entre las mujeres y varones en sus culturas, y lo que es peor aún, una desigualdad que llega hasta la modernidad de nuestros tiempos. 

 

Para Zoila Samaniego, dirigente indígena: “En la vida hay que atreverse, es posible fallar, pero no hay que dejar de intentarlo, no hay límites por ser mujer”© Charo Zapata.

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