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Archivo de la categoría ‘Salud física y mental’

Me llamo Sara y no soy pecado

Por Maribel Maseda

Sara es musulmana, comprende y comparte la libertad de culto y se rebela contra la alienación de la mujer -y más aún cuando se obliga a aceptarla como prueba de fe-. Su historia de abanderada de los derechos de la mujer comienza, sin saberlo, en el seno de una familia en la que se entrega a las hijas al hombre llegada la edad apropiada para ello.  Sara se niega a ello y se enamora de un hombre que: “me deja que estudie y que vaya a la Universidad. Me trataba con importancia”.

“Si las mujeres fuéramos un pecado, Dios no nos hubiera creado. Si solo quisiera a los hombres, no nos habría hecho a nosotras”. Imagen de Maribel Maseda.

Poco tiempo después se casan y, en uno de sus viajes al país de él -y embarazada de su primer hijo-, le comunica que no volverán a Europa. A partir de ese momento todo comienza a cambiar aunque Sara tarda en reconocerlo. En casa los gritos y los insultos se suceden y poco a poco él comienza a incorporar actitudes propias de un secuestro. No se le permite utilizar el teléfono ni siquiera para comunicarse con su familia, tampoco asomarse a la ventana, que debía mantener cerrada. Embarazada ya de su segundo hijo, permanece encerrada en la casa día y noche, sin comida ni mantas. Tampoco puede ver a su hijo mayor, que se había llevado su familia política. Pasaba así días enteros hasta que el marido volvía por la noche y ella debía mantener relaciones sexuales con él.

Un día convence al marido para viajar a su país. En su mente estaba la idea de poder escapar, pero cuando llega el momento del viaje, de nuevo le informan de que su hijo mayor, de dos años, no viajará con ellos. De esta manera renuncia a la idea de la huida y continua su cautiverio, esperando la ocasión para intentarlo pero sin separarse de sus hijos. Es golpeada y amenazada de muerte, y las escasas veces que puede salir a la calle debe hacerlo cubriéndose con los ropajes tradicionales a los que ella no está acostumbrada. Debe sujetar la tela con la boca, por lo que no puede hablar libremente y, si se le cae mostrando su rostro o su pelo, será castigada severamente.

Pasa meses alimentándose solamente de leche materna. Y recuerda como una vecina ataba mendrugos de pan a un palo y lo deslizaba por su ventana hasta llegar a la de ella, cuando alguna vez podía abrirla. Una vez él olvida la llave en la puerta. Pero ya le ha quitado su voluntad, está muy débil, en los huesos y asustada. Ve la llave pero se preguntaba qué hará si sale a la calle, a donde acudirá, quien la ayudará.

Decide salir e ir a denunciar que le han quitado a sus hijos. Las autoridades contactan con el marido, quien promete dejarle la llave y verlos. Y todo se olvida. Nada cambia. Vuelven a llevarse a sus hijos y vuelven a encerrarla. Pero no se rinde. A pesar de su muy deteriorado estado físico, la idea de conseguir huir con ellos le da la paciencia necesaria para esperar. Uno de los días en los que la suegra la encierra,  ella se abalanza sobre la mujer hasta que le quita la llave. Se enfrenta de tal manera a su suegra que nunca más se atreve a encerrarla. Sara ya no puede perder nada más.

No tiene ningún plan de huida, pero necesita dinero para comer y para cuando llegue la ocasión de escapar. Han pasado ya casi 4 años. Por más que lo pide, nadie se atreve a ayudarle a ver a sus hijos; su familia política amenaza de muerte a quien lo intente.

Pero una noche, el marido por fin trae a los dos niños y, tras mantener relaciones sexuales con ella, se marcha y los deja allí, convencido de que ya no tiene ni voluntad ni fuerza ni recurso para salir de aquella casa.

Sara cree firmemente que aquella puede ser la única ocasión en la que poder huir con sus dos niños. A las 6 de la mañana está lista a pesar de no tener ningún plan, ninguna ayuda, ningún amigo o familiar. Ha preparado dos biberones, pan, pañales y algún dinero que ha podido esconder. Se viste con  prisa.  La frontera está a casi 200 quilómetros, por lo que se dirige al lugar donde hay taxis y,  en su desesperación, pide abiertamente ayuda para cruzar la frontera. Al oírla, todos los hombres quieren devolverla a su casa. Pero Sara no está dispuesta a perder lo que está convencida de que es la salvación para ella y sus hijos y, como si hubiera perdido el control sobre sí misma, comienza a gritar: “o me decís por donde se cruza  la frontera o me mato aquí mismo”. Le indican con un dedo “ por allí”. Se introduce en un bosque sola, sin saber orientarse, con sus dos hijos en brazos y camina y camina esperando ir en la dirección apropiada. Un soldado la frena poniendo una metralleta en su pecho, ella aparta un poco su ropa y muestra a su niño… el soldado entonces baja el arma y le indica como llegar a su país.

Camina durante 24 horas.  Cuando para, no quiere cerrar los ojos y quedarse dormida temiendo por sus hijos. Pero en un vagón de tren el sueño le vence y cuando despierta, se da cuenta de que le han robado el poco dinero que llevaba. Por suerte, durante el viaje siempre encuentra a alguien que, compadecido, la ayuda. Es una ruta durísima en la que el cansancio, el hambre, el terror de no conseguirlo, de que sus hijos no lo consigan, convierten en una tortura, pero nunca pensó en echarse atrás.

Ha educado a sus hijos en su religión y tradición. Ha intentado inculcarles los valores de la honestidad y  del respetoPorque la verdad no solo está en lo acertado, sino en aquello que uno puede libremente reflexionar, cuestionar y aceptar o no como tal. Quizá no hay que buscar el error en  la tradición o el culto, sino en el hecho de que su imposición, sin posibilidad de revisión, evita que uno utilice la capacidad de discernimiento. Sara ha decidido mantener su fe, con plena conciencia de que la alienación de la mujer no es parte de ninguna religión. Ha sido y es perseguida por mantenerlo, a pesar de que en su “me deja estudiar” aún podamos ver en marcha parte de su necesario proceso de discernimiento, que antes iniciaron otras mujeres de religiones diferentes.

Conozco a Sara desde hace muchos años. La recuerdo un día que nevaba intensamente. Apareció en mi puerta protegida solamente con una fina camisa blanca y un gorrito en la cabeza; toda su ropa se había destruido en el incendio que se produjo inesperadamente en su casa. Me dio los buenos días con su habitual sonrisa, franca, espontánea, abierta, como si a pesar de las desgracias, el hecho de poder mostrarla hiciera de todo lo demás una mera anécdota. Su vida aún es difícil, “pero puedo ser yo, aquí tengo derechos, porque sé que los tengo. Quiero mi libertad, la de ser como soy, con mi propia naturaleza”.  La libertad para elegir, por igual, para todos, es la señal inconfundible de que la sociedad evoluciona. Pero yo añadiría que debe ir acompañada por la libertad para comprender, para imaginarse momentos diferentes, incluso para imaginarse a uno mismo de forma diferente. Sara es un ejemplo de fortaleza y  valentía; ha perdido mucho, pero mantener sus principios le hace sentirse triunfadora en un mundo que la ha repudiado precisamente por lo mismo. Su mirada es una mezcla de tristeza, cansancio y esperanza, la de ser ella misma. No es la del rencor y la rabia de no poder cambiar a otros, a los que la secuestraron en aras de una ideología o de su propia egolatría.  Y es que la facilidad con la que algunos o algunas ejercen de persona, -no de hombre o de mujer-, en otras, se convierte en “atreverse” a serlo. La conciencia de esta grave diferencia marca a estas mujeres y niñas, pero con el sello de un  valor y certeza en los derechos humanos que los que los reclamamos en un entorno protegido, desconocemos. Personas como Sara son las que se convierten, sin pretenderlo, en portadoras de una verdad irrebatible tan peligrosa para otros que su precio asciende nada más y nada menos que a la propia vida.

El sentirse dueña de la suya, en un país que se lo permitió durante los años que tuvo que mantenerse escondida, hizo que nunca dejara de sonreír; ni el hambre, ni la pobreza, ni la soledad, han podido con ella.

Hay cosas que no por no verlas- desde cualquier “desde aquí”-, dejan de existir.

Admirable Sara.

Maribel Maseda es Diplomada Universitaria en Enfermería, especialista en psiquiatría y experta en técnicas de autoconocimiento. Autora de obras como Háblame, El tablero iniciático, y La zona segura. Coach de vida.

Violación correctiva

Por Nuria Coronado

A la argentina Eva Analía De Jesús, conocida como Higui, el 16 de octubre de 2016 se le ha quedado grabada en el alma para siempre. Aquel fatídico día “ser mujer, lesbiana y pobre”, tal y como ella misma confiesa, le pasaron una terrible factura. Un grupo de 10 hombres intentó cometer lo que se conoce como una “violación correctiva” contra ella. La violación colectiva de lesbianas por parte de hombres con el fin de hacerlas mujeres y que sepan cómo se siente probar a un verdadero hombre” es desgraciadamente una realidad en muchos lugares.

Pintadas en defensa de Higui. Imagen facilitada por su campaña de apoyo.

A Higui, esta manada de seres (que no humanos) la acorralaron en el pasillo del edificio en el que vivía una de sus hermanas – donde había ido a celebrar el día de la madre-  para según ellos, cambiarla a la acera correcta. La tiraron al suelo, golpearon, dieron patadas y sentenciaron: “Te voy a hacer sentir mujer, forra lesbiana“, le dijo uno de los agresores, mientras le rompía los pantalones. “Vamos a empalar a la torta”, decía otro.

Ella no solo sacó fuerzas de donde pudo, también un pequeño cuchillo que llevaba por prevención en el pecho – no era la primera vez que la insultaban, amenazaban e incluso apedreaban por ser homosexual-. En el forcejeo, Cristian Espósito, uno de los agresores  (se le echó encima, intentó quitarle el pantalón y bajarle las bragas) y cayó herido por el puñal. Murió a las pocas horas.

Pese a lo terrible del suceso, como ocurre en demasiadas ocasiones, la víctima se convirtió en verdugo y además culpable de lo sucedido. Varios de los participantes en el hecho la denunciaron ante la policía por el apuñalamiento y posterior desenlace. No importó el testimonio de Higui, ni sus moratones, ni su miedo. Las autoridades decidieron que debía estar en un penal de mujeres hasta la celebración del juicio. La violación esta vez no solo era grupal y correctiva, también era institucional.

La madre de Higui en una movilización por su libertad. Imagen de Sebastián Hacher.

Esta otra violación continuaba en la Comisaría 2da donde al tomarle declaración de los hechos los funcionarios no la creían. Llegaron a reírse y decir “¡quién te va a querer violar con lo fea que eres!”. El resto le vino dado por la Unidad Funcional de Instrucción nª 25 de Malvinas Argentinas, el Juzgado de Garantías en lo Penal nª 6 de San Martín. Las declaraciones de los agresores la llevaron a prisión preventiva y al inicio de un juico por homicidio.

En la cárcel ha pasado ocho meses terribles. Pero su celda no han sido las cuatro paredes que la han cobijado. Su calabozo lo ha construido el machismo y la homofobia que recorre el mundo. De su cruel mazmorra ha salido gracias a las de siempre: a las mujeres valientes como su madre y sus hermanas, a las periodistas feministas que la han acompañado en este calvario, a las organizaciones LGTB que se han manifestado con la bandera de la libertad y el arrojo. El no callar de todas ellas durante estos meses, junto al escándalo internacional que ha conllevado, ha servido para que los jueces reconsiderasen su decisión y la dejaran en libertad, por la noche, casi a hurtadillas, a la espera del juicio.

En la prisión ha sufrido pesadillas por el encierro pero también se ha sentido acompañada por otras mujeres. Y es que, tal y como ha explicado en una carta de puño y letra publicada por el portal La Poderosa nada más salir del penal compartió celda “con ocho pibas amigables, entre clases y deportes que practicábamos dos veces a la semana, de modo que pude volver a correr. Y volver a respirar… Aun en los peores momentos, busqué la fuerza en las notitas que me mandaban mis sobrinos y en los dibujos que me hicieron con todo su amor, entre otras cartas que fui recibiendo y los gritos de ustedes, gargantas poderosas. Todos esos gestos me ayudaron a seguir, sostenida por sus abrazos… Tenía esperanzas de poder salir en cualquier momento, porque confiaba en ustedes, en esa fuerza que pusieron muchísimas mujeres desde afuera, para que yo la sintiera desde adentro”.

Higui se arrepiente de lo sucedido, ha llorado, se ha indignado. “Sin embargo solo tenía una elección: su vida o la de él”, me contaba Azucena su hermana. “Pese al calvario de verla en prisión, era mejor el truculento viaje de tres horas desde nuestro domicilio al Magdalena, Unidad 51 del Servicio Penitenciario Bonarense y los duros registros que sufríamos al entrar, que el tener que ir a verla a un cementerio. Hemos dado gracias, y las damos, porque siga viva”, añade.

Ahora ya en libertad, Higui no piensa callar. Tampoco le amedrentan las amenazas que está recibiendo por Facebook (hacia ella y su familia) y que ya ha denunciado a las autoridades. ¿Por qué hacerlo? Solo quiere ser ella. “Hay que seguir gritando, ¡la libertad no se mancha! Antes de pasar este calvario que me llevó a la cárcel, la vida tampoco me había resultado sencilla. Me discriminaban por la forma de caminar y no me aceptaban en ningún trabajo, sin tener en cuenta nada de mi interior, ni cómo soy en realidad, ni cuánto soy capaz de dar. Debí arreglármelas como pude, haciendo esas changas de jardinería que hoy me apasionan, porque siempre me gustó trabajar, sin techo, al aire libre. Y sí, por ser lesbiana debí soportar muchas agresiones; tantas que, llegado un punto, no me quedó otra que mudarme. Pero no fue suficiente, ni eso alcanzó para evitar que me atacaran con total impunidad: la Justicia portándose mal conmigo y mis atacantes en libertad. ¿Por qué todo esto? ¡Por pobre y por lesbiana! Pero ahora soy libre. ¡Soy libre, carajo!”.

Nuria Coronado es periodista, consultora en comunicación y editora.

Desde las entrañas de un divorcio

Por Irene Núñez Cid

Soy hija de padres divorciados. Mis padres se separaron cuando yo tenía 7 años y mi hermano 5. Confieso que al principio fue algo que me costó entender y asimilar. En 1991 era la única niña de la clase cuyos padres ‘habían dejado de quererse’ y la noticia llegó a todas las aulas del colegio.

Después de un divorcio pueden surgir nuevas formas de familia. Imagen de Jon Tyson.

Con el tiempo aprendí que el amor se puede acabar, y no pasa nada. Todo lo contrario, el fin de una etapa representa la oportunidad de vivir nuevas y mejores experiencias y, en mi caso, pasar a formar parte de lo que Roser de Tienda denomina como familias reconstruidas.

Familias que suman y que se enfrentan al reto de que esa suma funcione. Familias formadas a partir de otras familias que en su día se disolvieron para crear una nueva. Familias donde niñas  niños que quizás ni se conocían se convierten en hermanos de la noche a la mañana. Familias donde la pareja busca el equilibrio y el bienestar de todos sus miembros, intentando no descuidar a ninguno. Familias que tratan de llevarse bien con todas las partes. Familias que intentan hacerlo lo mejor posible.

Sin embargo, hasta hace recientemente poco tiempo, no me planteé en profundidad cómo había sido esa difícil experiencia para mis padres, en concreto para mi madre. Ha sido ahora, y tras la lectura de este libro, cuando me he puesto en su piel a través de las historias reales de mujeres auténticas como Remedios, Begoña o Mercedes. Mujeres que buscan salir adelante y comparten su experiencia como lección de vida y aprendizaje.

En uno de los capítulos de su libro, la autora, que vivió esta experiencia en primera persona pero desde el punto de vista de una madre, aporta consejos y reflexiones sobre cómo intentar gestionar esta fase con buena voluntad y sentido común.

Reconoce que, lógicamente, no siempre es fácil. Es un proceso en el que a priori intervienen dos personas, pero que finalmente afecta a muchas más.

Si con algo me quedo de toda esta lectura es que la clave está en tratar de perdonar para seguir adelante. Intentar ser honesto. Querer ser amable y, sobre todo, ser ejemplo para esos hijos e hijas que no merecen encontrarse en medio de un fuego cruzado.

Necesitamos voces como la de Roser, que sepan acompañar desde la cercanía y la complicidad muchos de los retos a los que se enfrenta una mujer en nuestro siglo, con historias conmovedoras que nos ayudan a sentirnos identificadas, además de aportar soluciones y terapias de vanguardia para vivir una vida más fácil y feliz. No es anecdótico que su último libro se llame Hazte la vida fácil.

Irene Núñez Cid es traductora y profesional de la Comunicación Social.

Niños fuertes, no hombres rotos

Por Flor de Torres Porras

UNICEF señala que, aunque no se les ponga la mano encima, presenciar o escuchar situaciones violentas del maltratador tiene efectos psicológicos negativos en los hijos. La presión psicológica ejercida al menor por exposición al maltrato de la madre es una forma de maltrato infantil, algo que se expone en la Convención Internacional de los Derechos del Niño (1989), ratificada por España. No en vano la Academia Americana de Pediatría (AAP) reconoce que ‘ser testigo de violencia de género puede ser tan traumático para el niño como ser víctima de abusos físicos o sexuales’.

Los niños son víctimas invisibilizadas de la violencia de género. Imagen de Kevin Gent.

Pero creo que hay que ir un poco más allá. La expresión de ‘maltrato infantil‘ no visibiliza adecuadamente la esencia de esta forma de maltrato, pues se produce como una forma añadida de maltrato a la mujer.

Debería de acuñarse el término ‘maltrato infantil de género’, no sólo el de la exposición de los menores como víctimas directas a la violencia de género, sino además aquel que persigue como única razón el seguir ejerciendo la violencia de género en determinados casos donde ya no se puede ejercer de forma directa sobre la victima, pero cuyo único fin es seguir atentando contra la mujer.
Solo es necesario acudir al sentido común para que denigrantes actos como el vivido en el Caso Bretón se infiera la violencia extrema a los menores en un contexto de maximizar el dolor que puede inferirse a una mujer. Son tantas las situaciones en las que los menores son usados como instrumentos de venganza, de presión, y como armas arrojadizas contra la madre, para seguir martirizándola en esa espiral emprendida, que es en esencia otra forma de violencia de género. Y lo es cuando ya, en pleno proceso de divorcio, no se puede proyectar o ejercer a la víctima en su presencia y con la hegemonía con que se hacía.
El catálogo de conductas del maltratador se estira a través de los menores sin importarles que además son sus hijos, o el sufrimiento que les genera. Los menores son auténticas víctimas de esa violencia de género iniciada con la madre y continuada en ellos, porque persiguen idéntico fin. Pero además ellos sí que están indefensos.

Recordando también a Leonor, y en su memoria, podemos entender que los menores son víctimas directas de la violencia de género. Leonor fue asesinada por su padre en un régimen de visitas el 21 de Marzo de 2013 en Campillos (Málaga), tras ser su madre amenazada con la frase ‘voy a darte donde más te duele’. Esta víctima de 7 años inició el contador de las víctimas invisibles de la violencia de género que también lo eran en derechos en 2014: los y las menores. Ella fue la primera menor considerada legalmente víctima directa de la violencia de genero cuyos derechos tuve el honor de defender. Su asesinato se contabilizó por primera vez en España a través de la Delegación del Gobierno de Violencia de Género como menor víctima directa de este tipo específico de violencia.

Si tomamos como referencia los casos de los 6 menores asesinados por sus padres en los últimos meses, estos niños estaban bajo la tutela de sus madres en 4 ocasiones y solo una de ellas había denunciado con medida de protección. Los demás no estaban protegidos legalmente por no existir denuncias previas.

Cuando un menor vive situaciones de violencia de género de su padre sobre su madre, su influencia es siempre directa. Le produce consecuencias físicas o psíquicas. Y sin duda porque el hijo o la hija de un maltratador tiene muchas posibilidades de sufrir alguna o varias de estas situaciones:

  • agresiones en el embarazo,
  • agresiones al proteger a la madre,
  • ser víctima directa de violencia física o psicológica del padre para multiplicar los efectos y sufrimiento a la madre,
  • como testigos presenciales de los malos tratos al escuchar la agresión desde su propia habitación
  • observando las heridas o secuelas producidas de forma inmediata a la madre,
  • presenciando el enfrentamiento previo o posterior del maltratador
  • en situaciones de maltrato físico o psicológico en el régimen de visitas para aumentar deliberadamente y como violencia de genero instrumentalizada a la madre

No. No son testigos o víctimas indirectas de la violencia de género. Son víctimas directas de la violencia de género por las consecuencias físicas o psíquicas que les producen tales hechos.

Hablemos con propiedad: un menor expuesto a la violencia de género es víctima directa y no indirecta de la violencia de género. Se ejerce sobre ellos maltrato infantil de género.
Los menores son aún más invisibles que sus madres. Y no solo eso. Les vinculan las decisiones de madres que sin asumir su condición de víctimas por su estado de dependencia emocional, quieren volver a estar con sus parejas sin reconocer que sus acciones vinculan a menores que no han sido visibles, que no se les ha oído sobre esa posibilidad de volver a convivir con el padre maltratador y más aún, no se les ha interesado ninguna protección frente a él.

Desde 2015, normas como la Ley de Protección de Infancia y Adolescencia  o el Estatuto de la víctima reconocen que un menor como mínimo ha de ser escuchado judicialmente como víctima directa de la violencia de género y de forma independiente a su madre.
La práctica nos ha enseñado que estos héroes de la violencia del género tienen mucho que contar sobre lo que sufren en primera persona como niños fuertes para no ser en un futuro hombres rotos, si son niños, y si son niñas, para no repetir la condición de víctimas que han visto en sus madres.

Pero para ello todos y todas hemos de hacerlos visibles también en derechos y dignidad porque con ellos también deconstruiremos la violencia de género que pasa de padres a hijos, eliminaremos su germen. Romperemos en mil pedazos los roles de chicos y chicas basados en sistemas patriarcales. Solo así avanzaremos a relaciones de pareja igualitarias en nuestros menores.

Serán nuestros niños fuertes, y no hombres rotos.

Flor de Torres Porras es Fiscal Delegada de la Comunidad Autónoma de Andalucía de Violencia a la mujer y contra la Discriminación sexual. Fiscal Decana de Málaga.

Menopausia: el doble reto

Por Roser de Tienda

La menopausia es el principio de una etapa con más libertad para la mujer. Nos ofrece la posibilidad de comprender y explorar el poder femenino, pero solo si es capaz de abrirse paso entre la negatividad cultural que desde siglos la ha rodeado.

La menopausia es un momento especial para muchas mujeres. Imagen de Pablo Basagoiti.

Liberadas de la crianza, es nuestro momento. Sin embargo, el 85% de las mujeres experimenta durante la menopausia alguno de estos síntomas:

  • Agotamiento físico y mental
  • Sofocos
  • Dolor crónico
  • Vaginitis
  • Insomnio
  • Enfermedades autoinmunes crónicas
  • Estrés glucémico por dietas altas en carbohidratos o sub-óptimas nutricionalmente
  • Preocupación
  • Sentimiento de culpa
  • Rabia
  • Miedo
  • Ansiedad
  • Depresión

Pero, además una de las novedades que nos suele traer la menopausia es el nuevo estado de “mujer invisible”. Ya nadie nos mira “como antes” y de alguna manera, pasamos a un segundo plano. Cuando llega la menopausia muchas mujeres observan los cambios que se han ido produciendo a lo largo de los años en sus cuerpos y aparece el fantasma o miedo de perder su belleza externa. Durante siglos la mujer ha vivido sometida a unos cánones y estereotipos que definen lo que es belleza, otorgando al aspecto físico demasiado poder.

Pero si consigues estar bien contigo misma y aceptar los cambios y la realidad presente, la menopausia puede ser un momento espectacular. De forma proporcional a tu estado de invisibilidad, aumenta la paz interior y el “me da igual lo que pienses” que, aunque ya era así muchas veces, ahora es todo el tiempo así. Un buen vino y conversar hasta las tantas con tu estupendo o con los amigos, sin preocuparte de pintarte como un cuadro, o de si llevas sujetador. Si estamos realizadas y en paz con nosotras mismas, la belleza interior supera a la belleza exterior. Y eso nos hace visibles de otra manera. ¡La menopausia puede ser un momento espectacular!

6 claves para mejorar tu salud durante la menopausia

  • Conexión. Realiza ajustes quiroprácticos con regularidad. Un sistema nervioso libre de interferencias mejora tu salud y frena el envejecimiento.
  • Nutrición. Somos lo que comemos. Un endocrino nos ayudará a revisar qué alimentos nos son más necesarios y qué suplementos vitamínicos necesitamos.
  • Movimiento. Hacer ejercicio moderado, nos mantendrá flexibles y activas.
  • Pensamiento. Aprender técnicas que nos ayuden a vivir conscientes en el momento presente para mantener un apropiado equilibrio emocional, nos alejará del estrés.
  • Eliminación. Cuidemos nuestros mecanismos de eliminación de toxinas para mantener nuestro cuerpo limpio y en perfectas condiciones para asimilar nutrientes.
  • Propósito. Replantea tus prioridades y a qué vas a dedicar tus esfuerzos. Esta es la segunda etapa más importante de tu vida, atrévete con todo.

Estos sencillos 6 pasos a tener en cuenta nos ayudarán a encarar esta nueva etapa sin miedo a los cambios, no sólo para sanarnos, sino también para mantenernos energéticas y activas, añadiendo más vida a nuestros años.

Roser de Tienda es doctora quiropráctica con especialidad en salud de la mujer y los niños.