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Archivo de la categoría ‘Salud física y mental’

Silencio es una palabra

Por Natalia Sánchez 

Alguna vez, alguien dijo de mí que fui “la más silenciosa” del grupo, y tuvo razón. Mi silencio proviene de tantos intersticios míos que ya no sé cuál es su origen certero o el que debería contar. Mi silencio podría provenir de esa duda: ¿qué debo decir? O de esta: ¿por qué lo voy a decir? O, tal vez, de esta: ¿debo decir? Antes de hablar, silencio. Para mí, las palabras no son ligeras. Por eso, hago lo que hago a pesar de su paradoja: el silencio cesa cuando empieza la escritura. O, más bien, el silencio se transforma cuando empieza la escritura. El silencio no es un espacio vacío. ¿Qué comunica el silencio entonces? ¿Estoy siendo consecuente?

De pronto, es mi turno de hablar sola y frente a la cámara. Micrófono sobre blusa blanca, pantalón y saco negros. Sentada en una banca en medio del jardín botánico de Medellín cuando acaba de detenerse la lluvia. Indicaciones: no mires a la cámara, mira a la periodista que se ha sentado al lado de ella y habla como lo haces normalmente.

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Las mujeres viudas luchan por la supervivencia en la crisis de Lago Chad

Por Nafkote DabiNafkote Dabi

Decenas de miles de hombres y chicos han desaparecido desde que comenzó el conflicto en Noreste de Nigeria hace ocho años. Algunos han sido asesinados o secuestrados por Boko Haram; otros han sido detenidos por el ejército y nunca se les ha vuelto a ver. Hombres y chicos se han convertido en objetivo para ambas partes del conflicto. Las mujeres y los niños que dejan atrás enfrentan una crisis humanitaria sin protección, con poco o ningún apoyo, y bajo la amenaza de explotación y abusos sexuales. Pese a todo, su lucha por la supervivencia en un ambiente lleno de inseguridad no deja de sorprenderme.

Aisatu junto a un grupo de mujeres en la entrada al campo de desplazados de Muna Garage a las afueras de Maiduguri. Foto: Pablo Tosco/Oxfam

Un grupo de mujeres en la entrada al campo de desplazados de Muna Garage a las afueras de Maiduguri, Nigeria. Foto: Pablo Tosco/Oxfam

“Muchas mujeres son viudas. Tienen que ir al mercado para vender pequeñas cosas para poder alimentar a su familia, o mendigar en la calle para sobrevivir”. Aisha, mujer desplazada de 40 años.

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Herederas de las ruinas en República Centroafricana

Por Júlia Serramitjana

Josephine Mbette es una de las mujeres que conocimos junto al fotoperiodista Pablo Tosco el año pasado en Bangui, la capital de República Centroafricana. Fue en Mukassa, uno de los campos de desplazados en los que, en esa época, se mezclaban sentimientos de frustración, nostalgia y esperanza. El campo se empezaba a vaciar y algunas mujeres estaban volviendo a sus casas en ruinas para intentar regresar a una vida normal.

Josephine era una de ellas. Había sufrido mucho por el conflicto, pero, a la vez, transmitía serenidad y valentía.

Josephine entre las ruinas de su casa destruida, dónde regresa a limpiar las hierbas ya recoger vegetales silvestres para comer. Huyó cuando quemaron su casa y mataron a sus vecinos. Foto: Pablo Tosco/Oxfam

Josephine entre las ruinas de su casa destruida, dónde regresa a limpiar las hierbas ya recoger vegetales silvestres para comer. Huyó cuando quemaron su casa y mataron a sus vecinos. Foto: Pablo Tosco/Oxfam

Conocimos a muchas como ella, mujeres a quiénes el conflicto les había arrebatado familiares, hogar, pertenencias, la cotidianidad, incluso la dignidad, y había convertido su vida en ruinas. Pero se levantaban todos los días y seguían adelante.

Durante el tiempo que estuve trabajando en este país pude ver como muchas mujeres acababan normalizando la violencia, las agresiones y los abusos sexuales a los que, a menudo, son sometidas, ellas y su entorno familiar.

Aun así, me sorprendía la valentía y la capacidad de sobreponerse a las situaciones adversas. Y es de lo que trata el proyecto ‘Herederas de las ruinas’, un recorrido fotográfico por la resiliencia de las mujeres en este conflicto silenciado.

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“Organízate si no quieres que te organicen”: Las Kellys luchan contra la precariedad laboral

Las Kellys

Por Las Kellys

Seguro que alguna vez os ha pasado, estás en la habitación del hotel y llaman a la puerta despacito: “Toc-Toc, permiso, camarera, servicio de habitaciones, limpieza.

Somos las camareras de pisos, Las Kellys, las mujeres “Kellympiamos” las habitaciones en los hoteles. Mujeres, hasta hace poco invisibles, que se mueven sin parar y desarrollan un trabajo feminizado poco valorado pero imprescindible, estructural. Sin él, los hoteles no podrían existir ni promocionarse porque nadie paga por dormir en una habitación sucia.

Sobre el departamento de pisos los hoteleros depositan la responsabilidad de hacer que los clientes se sientan como en su propia casa durante la estancia. El problema es que no suelen proveer el tiempo ni los medios para ello. Además, el turismo low cost no siempre se acuerda de meter el civismo en la maleta cuando viaja, todo hay que decirlo.

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Un caballo de Troya para los derechos de las mujeres en Brasil

Por Jurema Werneck

“Brasil lleva el estigma de la flagelación en su alma”. Esta frase de la investigadora Sonia Correa llama la atención sobre las ideas y prácticas de castigo, violencia y tortura como métodos de control y dominación de determinados segmentos de la población. No me refiero solo a las millones de las personas negras esclavizadas y a sus actuales descendientes relegados a la marginalidad y expuestos a todo tipo de violencia en Brasil. Me refiero también a las amenazas que las propuestas de reformas legislativas en el Congreso Nacional significan para las mujeres brasileñas de todas las razas.

Recientemente hemos seguido de cerca una propuesta de enmienda a la Constitución cuyo supuesto propósito es proporcionar importantes beneficios a la salud reproductiva de las mujeres. El proyecto de ley propone extender el período de licencia por maternidad en los casos de parto prematuro, con el objetivo de mejorar la salud de los recién nacidos.

Sin embargo, este proyecto de ley es un caballo de troya que oculta una trampa peligrosa: la propuesta de reforma de los artículos 1° y 5° de la Constitución plantea extender la idea de inviolabilidad de la vida al momento de la concepción. De esta manera, el embrión gozaría de la misma protección que el recién nacido. Al establecer que la vida es inviolable desde la etapa embrionaria, esta maniobra prohíbe interrumpir el embarazo en cualquier situación, incluso en aquellos casos en que la ley lo permite: cuando el embarazo es el resultado de una violación, cuando el feto no puede sobrevivir después del parto y cuando constituye un riesgo para la salud o para la vida de la madre.

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En el Día Internacional por la Despenalización del Aborto: Ni muertas, ni presas, ni clandestinas. Nos queremos vivas y libres.

Por Sílvia Aldavert Garcia

 

Hoy me he sentado a escribir como un ejercicio de autogestión emocional, de esa que repensamos tanto y, a las activistas, nos cuesta horrores. Mis piernas no quieren estar sentadas, quieren estar en la calle, en la que es mía y nuestra. Pero mi cabeza, con el ruido del helicóptero clavado en la sien, sabe que poner negro sobre blanco es imprescindible para avanzar en una lucha que es de todas.

Hoy 28 de septiembre celebramos el Día Internacional de la Despenalización del Aborto declarado el 1990 por la Asamblea del Movimiento Feminista en el V Encuentro Feminista Latinoamericano. Es nuestro día, las feministas nos lo apropiamos para exigir, año tras año, la despenalización del aborto y su acceso seguro a los gobiernos de todo el mundo. ¿Por qué? Las cifras de la Organización Mundial de la Salud hablan por sí solas:

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Me llamo Sara y no soy pecado

Por Maribel Maseda

Sara es musulmana, comprende y comparte la libertad de culto y se rebela contra la alienación de la mujer -y más aún cuando se obliga a aceptarla como prueba de fe-. Su historia de abanderada de los derechos de la mujer comienza, sin saberlo, en el seno de una familia en la que se entrega a las hijas al hombre llegada la edad apropiada para ello.  Sara se niega a ello y se enamora de un hombre que: “me deja que estudie y que vaya a la Universidad. Me trataba con importancia”.

“Si las mujeres fuéramos un pecado, Dios no nos hubiera creado. Si solo quisiera a los hombres, no nos habría hecho a nosotras”. Imagen de Maribel Maseda.

Poco tiempo después se casan y, en uno de sus viajes al país de él -y embarazada de su primer hijo-, le comunica que no volverán a Europa. A partir de ese momento todo comienza a cambiar aunque Sara tarda en reconocerlo. En casa los gritos y los insultos se suceden y poco a poco él comienza a incorporar actitudes propias de un secuestro. No se le permite utilizar el teléfono ni siquiera para comunicarse con su familia, tampoco asomarse a la ventana, que debía mantener cerrada. Embarazada ya de su segundo hijo, permanece encerrada en la casa día y noche, sin comida ni mantas. Tampoco puede ver a su hijo mayor, que se había llevado su familia política. Pasaba así días enteros hasta que el marido volvía por la noche y ella debía mantener relaciones sexuales con él.

Un día convence al marido para viajar a su país. En su mente estaba la idea de poder escapar, pero cuando llega el momento del viaje, de nuevo le informan de que su hijo mayor, de dos años, no viajará con ellos. De esta manera renuncia a la idea de la huida y continua su cautiverio, esperando la ocasión para intentarlo pero sin separarse de sus hijos. Es golpeada y amenazada de muerte, y las escasas veces que puede salir a la calle debe hacerlo cubriéndose con los ropajes tradicionales a los que ella no está acostumbrada. Debe sujetar la tela con la boca, por lo que no puede hablar libremente y, si se le cae mostrando su rostro o su pelo, será castigada severamente.

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Violación correctiva

Por Nuria Coronado

A la argentina Eva Analía De Jesús, conocida como Higui, el 16 de octubre de 2016 se le ha quedado grabada en el alma para siempre. Aquel fatídico día “ser mujer, lesbiana y pobre”, tal y como ella misma confiesa, le pasaron una terrible factura. Un grupo de 10 hombres intentó cometer lo que se conoce como una “violación correctiva” contra ella. La violación colectiva de lesbianas por parte de hombres con el fin de hacerlas mujeres y que sepan cómo se siente probar a un verdadero hombre” es desgraciadamente una realidad en muchos lugares.

Pintadas en defensa de Higui. Imagen facilitada por su campaña de apoyo.

A Higui, esta manada de seres (que no humanos) la acorralaron en el pasillo del edificio en el que vivía una de sus hermanas – donde había ido a celebrar el día de la madre-  para según ellos, cambiarla a la acera correcta. La tiraron al suelo, golpearon, dieron patadas y sentenciaron: “Te voy a hacer sentir mujer, forra lesbiana“, le dijo uno de los agresores, mientras le rompía los pantalones. “Vamos a empalar a la torta”, decía otro.

Ella no solo sacó fuerzas de donde pudo, también un pequeño cuchillo que llevaba por prevención en el pecho – no era la primera vez que la insultaban, amenazaban e incluso apedreaban por ser homosexual-. En el forcejeo, Cristian Espósito, uno de los agresores  (se le echó encima, intentó quitarle el pantalón y bajarle las bragas) y cayó herido por el puñal. Murió a las pocas horas.

Pese a lo terrible del suceso, como ocurre en demasiadas ocasiones, la víctima se convirtió en verdugo y además culpable de lo sucedido. Varios de los participantes en el hecho la denunciaron ante la policía por el apuñalamiento y posterior desenlace. No importó el testimonio de Higui, ni sus moratones, ni su miedo. Las autoridades decidieron que debía estar en un penal de mujeres hasta la celebración del juicio. La violación esta vez no solo era grupal y correctiva, también era institucional.

La madre de Higui en una movilización por su libertad. Imagen de Sebastián Hacher.

Esta otra violación continuaba en la Comisaría 2da donde al tomarle declaración de los hechos los funcionarios no la creían. Llegaron a reírse y decir “¡quién te va a querer violar con lo fea que eres!”. El resto le vino dado por la Unidad Funcional de Instrucción nª 25 de Malvinas Argentinas, el Juzgado de Garantías en lo Penal nª 6 de San Martín. Las declaraciones de los agresores la llevaron a prisión preventiva y al inicio de un juico por homicidio.

En la cárcel ha pasado ocho meses terribles. Pero su celda no han sido las cuatro paredes que la han cobijado. Su calabozo lo ha construido el machismo y la homofobia que recorre el mundo. De su cruel mazmorra ha salido gracias a las de siempre: a las mujeres valientes como su madre y sus hermanas, a las periodistas feministas que la han acompañado en este calvario, a las organizaciones LGTB que se han manifestado con la bandera de la libertad y el arrojo. El no callar de todas ellas durante estos meses, junto al escándalo internacional que ha conllevado, ha servido para que los jueces reconsiderasen su decisión y la dejaran en libertad, por la noche, casi a hurtadillas, a la espera del juicio.

En la prisión ha sufrido pesadillas por el encierro pero también se ha sentido acompañada por otras mujeres. Y es que, tal y como ha explicado en una carta de puño y letra publicada por el portal La Poderosa nada más salir del penal compartió celda “con ocho pibas amigables, entre clases y deportes que practicábamos dos veces a la semana, de modo que pude volver a correr. Y volver a respirar… Aun en los peores momentos, busqué la fuerza en las notitas que me mandaban mis sobrinos y en los dibujos que me hicieron con todo su amor, entre otras cartas que fui recibiendo y los gritos de ustedes, gargantas poderosas. Todos esos gestos me ayudaron a seguir, sostenida por sus abrazos… Tenía esperanzas de poder salir en cualquier momento, porque confiaba en ustedes, en esa fuerza que pusieron muchísimas mujeres desde afuera, para que yo la sintiera desde adentro”.

Higui se arrepiente de lo sucedido, ha llorado, se ha indignado. “Sin embargo solo tenía una elección: su vida o la de él”, me contaba Azucena su hermana. “Pese al calvario de verla en prisión, era mejor el truculento viaje de tres horas desde nuestro domicilio al Magdalena, Unidad 51 del Servicio Penitenciario Bonarense y los duros registros que sufríamos al entrar, que el tener que ir a verla a un cementerio. Hemos dado gracias, y las damos, porque siga viva”, añade.

Ahora ya en libertad, Higui no piensa callar. Tampoco le amedrentan las amenazas que está recibiendo por Facebook (hacia ella y su familia) y que ya ha denunciado a las autoridades. ¿Por qué hacerlo? Solo quiere ser ella. “Hay que seguir gritando, ¡la libertad no se mancha! Antes de pasar este calvario que me llevó a la cárcel, la vida tampoco me había resultado sencilla. Me discriminaban por la forma de caminar y no me aceptaban en ningún trabajo, sin tener en cuenta nada de mi interior, ni cómo soy en realidad, ni cuánto soy capaz de dar. Debí arreglármelas como pude, haciendo esas changas de jardinería que hoy me apasionan, porque siempre me gustó trabajar, sin techo, al aire libre. Y sí, por ser lesbiana debí soportar muchas agresiones; tantas que, llegado un punto, no me quedó otra que mudarme. Pero no fue suficiente, ni eso alcanzó para evitar que me atacaran con total impunidad: la Justicia portándose mal conmigo y mis atacantes en libertad. ¿Por qué todo esto? ¡Por pobre y por lesbiana! Pero ahora soy libre. ¡Soy libre, carajo!”.

Nuria Coronado es periodista, consultora en comunicación y editora.

Desde las entrañas de un divorcio

Por Irene Núñez Cid

Soy hija de padres divorciados. Mis padres se separaron cuando yo tenía 7 años y mi hermano 5. Confieso que al principio fue algo que me costó entender y asimilar. En 1991 era la única niña de la clase cuyos padres ‘habían dejado de quererse’ y la noticia llegó a todas las aulas del colegio.

Después de un divorcio pueden surgir nuevas formas de familia. Imagen de Jon Tyson.

Con el tiempo aprendí que el amor se puede acabar, y no pasa nada. Todo lo contrario, el fin de una etapa representa la oportunidad de vivir nuevas y mejores experiencias y, en mi caso, pasar a formar parte de lo que Roser de Tienda denomina como familias reconstruidas.

Familias que suman y que se enfrentan al reto de que esa suma funcione. Familias formadas a partir de otras familias que en su día se disolvieron para crear una nueva. Familias donde niñas  niños que quizás ni se conocían se convierten en hermanos de la noche a la mañana. Familias donde la pareja busca el equilibrio y el bienestar de todos sus miembros, intentando no descuidar a ninguno. Familias que tratan de llevarse bien con todas las partes. Familias que intentan hacerlo lo mejor posible.

Sin embargo, hasta hace recientemente poco tiempo, no me planteé en profundidad cómo había sido esa difícil experiencia para mis padres, en concreto para mi madre. Ha sido ahora, y tras la lectura de este libro, cuando me he puesto en su piel a través de las historias reales de mujeres auténticas como Remedios, Begoña o Mercedes. Mujeres que buscan salir adelante y comparten su experiencia como lección de vida y aprendizaje.

En uno de los capítulos de su libro, la autora, que vivió esta experiencia en primera persona pero desde el punto de vista de una madre, aporta consejos y reflexiones sobre cómo intentar gestionar esta fase con buena voluntad y sentido común.

Reconoce que, lógicamente, no siempre es fácil. Es un proceso en el que a priori intervienen dos personas, pero que finalmente afecta a muchas más.

Si con algo me quedo de toda esta lectura es que la clave está en tratar de perdonar para seguir adelante. Intentar ser honesto. Querer ser amable y, sobre todo, ser ejemplo para esos hijos e hijas que no merecen encontrarse en medio de un fuego cruzado.

Necesitamos voces como la de Roser, que sepan acompañar desde la cercanía y la complicidad muchos de los retos a los que se enfrenta una mujer en nuestro siglo, con historias conmovedoras que nos ayudan a sentirnos identificadas, además de aportar soluciones y terapias de vanguardia para vivir una vida más fácil y feliz. No es anecdótico que su último libro se llame Hazte la vida fácil.

Irene Núñez Cid es traductora y profesional de la Comunicación Social.

Niños fuertes, no hombres rotos

Por Flor de Torres Porras

UNICEF señala que, aunque no se les ponga la mano encima, presenciar o escuchar situaciones violentas del maltratador tiene efectos psicológicos negativos en los hijos. La presión psicológica ejercida al menor por exposición al maltrato de la madre es una forma de maltrato infantil, algo que se expone en la Convención Internacional de los Derechos del Niño (1989), ratificada por España. No en vano la Academia Americana de Pediatría (AAP) reconoce que ‘ser testigo de violencia de género puede ser tan traumático para el niño como ser víctima de abusos físicos o sexuales’.

Los niños son víctimas invisibilizadas de la violencia de género. Imagen de Kevin Gent.

Pero creo que hay que ir un poco más allá. La expresión de ‘maltrato infantil‘ no visibiliza adecuadamente la esencia de esta forma de maltrato, pues se produce como una forma añadida de maltrato a la mujer.

Debería de acuñarse el término ‘maltrato infantil de género’, no sólo el de la exposición de los menores como víctimas directas a la violencia de género, sino además aquel que persigue como única razón el seguir ejerciendo la violencia de género en determinados casos donde ya no se puede ejercer de forma directa sobre la victima, pero cuyo único fin es seguir atentando contra la mujer.
Solo es necesario acudir al sentido común para que denigrantes actos como el vivido en el Caso Bretón se infiera la violencia extrema a los menores en un contexto de maximizar el dolor que puede inferirse a una mujer. Son tantas las situaciones en las que los menores son usados como instrumentos de venganza, de presión, y como armas arrojadizas contra la madre, para seguir martirizándola en esa espiral emprendida, que es en esencia otra forma de violencia de género. Y lo es cuando ya, en pleno proceso de divorcio, no se puede proyectar o ejercer a la víctima en su presencia y con la hegemonía con que se hacía.
El catálogo de conductas del maltratador se estira a través de los menores sin importarles que además son sus hijos, o el sufrimiento que les genera. Los menores son auténticas víctimas de esa violencia de género iniciada con la madre y continuada en ellos, porque persiguen idéntico fin. Pero además ellos sí que están indefensos.

Recordando también a Leonor, y en su memoria, podemos entender que los menores son víctimas directas de la violencia de género. Leonor fue asesinada por su padre en un régimen de visitas el 21 de Marzo de 2013 en Campillos (Málaga), tras ser su madre amenazada con la frase ‘voy a darte donde más te duele’. Esta víctima de 7 años inició el contador de las víctimas invisibles de la violencia de género que también lo eran en derechos en 2014: los y las menores. Ella fue la primera menor considerada legalmente víctima directa de la violencia de genero cuyos derechos tuve el honor de defender. Su asesinato se contabilizó por primera vez en España a través de la Delegación del Gobierno de Violencia de Género como menor víctima directa de este tipo específico de violencia.

Si tomamos como referencia los casos de los 6 menores asesinados por sus padres en los últimos meses, estos niños estaban bajo la tutela de sus madres en 4 ocasiones y solo una de ellas había denunciado con medida de protección. Los demás no estaban protegidos legalmente por no existir denuncias previas.

Cuando un menor vive situaciones de violencia de género de su padre sobre su madre, su influencia es siempre directa. Le produce consecuencias físicas o psíquicas. Y sin duda porque el hijo o la hija de un maltratador tiene muchas posibilidades de sufrir alguna o varias de estas situaciones:

  • agresiones en el embarazo,
  • agresiones al proteger a la madre,
  • ser víctima directa de violencia física o psicológica del padre para multiplicar los efectos y sufrimiento a la madre,
  • como testigos presenciales de los malos tratos al escuchar la agresión desde su propia habitación
  • observando las heridas o secuelas producidas de forma inmediata a la madre,
  • presenciando el enfrentamiento previo o posterior del maltratador
  • en situaciones de maltrato físico o psicológico en el régimen de visitas para aumentar deliberadamente y como violencia de genero instrumentalizada a la madre

No. No son testigos o víctimas indirectas de la violencia de género. Son víctimas directas de la violencia de género por las consecuencias físicas o psíquicas que les producen tales hechos.

Hablemos con propiedad: un menor expuesto a la violencia de género es víctima directa y no indirecta de la violencia de género. Se ejerce sobre ellos maltrato infantil de género.
Los menores son aún más invisibles que sus madres. Y no solo eso. Les vinculan las decisiones de madres que sin asumir su condición de víctimas por su estado de dependencia emocional, quieren volver a estar con sus parejas sin reconocer que sus acciones vinculan a menores que no han sido visibles, que no se les ha oído sobre esa posibilidad de volver a convivir con el padre maltratador y más aún, no se les ha interesado ninguna protección frente a él.

Desde 2015, normas como la Ley de Protección de Infancia y Adolescencia  o el Estatuto de la víctima reconocen que un menor como mínimo ha de ser escuchado judicialmente como víctima directa de la violencia de género y de forma independiente a su madre.
La práctica nos ha enseñado que estos héroes de la violencia del género tienen mucho que contar sobre lo que sufren en primera persona como niños fuertes para no ser en un futuro hombres rotos, si son niños, y si son niñas, para no repetir la condición de víctimas que han visto en sus madres.

Pero para ello todos y todas hemos de hacerlos visibles también en derechos y dignidad porque con ellos también deconstruiremos la violencia de género que pasa de padres a hijos, eliminaremos su germen. Romperemos en mil pedazos los roles de chicos y chicas basados en sistemas patriarcales. Solo así avanzaremos a relaciones de pareja igualitarias en nuestros menores.

Serán nuestros niños fuertes, y no hombres rotos.

Flor de Torres Porras es Fiscal Delegada de la Comunidad Autónoma de Andalucía de Violencia a la mujer y contra la Discriminación sexual. Fiscal Decana de Málaga.