Archivo de la categoría ‘Mujeres’

Mujeres y fronteras

Por Juliana (BeJack)
Cuando pensamos en esta columna (Mujeres y fronteras), lo hicimos desde el lugar de enunciación de las autoras que la sostendrían: dos mujeres, que se reconocen como mujeres, que se relacionan con su entorno desde su condición de mujeres, y que además están geográficamente ubicadas en una frontera política: Colombia-Venezuela (puntualmente, una ciudad del norte de Colombia: Cúcuta). Además, una de las columnistas se comprende a sí misma fuera de algunos condicionamientos heteronormativos, socialmente construidos, que establecen cómo debe ser el comportamiento de una “mujer de verdad”; y la otra se ubica desde una frontera sexual, a veces considerada tierra de nadie (la tercera letra, la bisexualidad).

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Mujeres extraordinarias y amores que no lo fueron tanto

Por Lucía Etxebarria

Juana de Castilla no conoce a Felipe de Flandes hasta el día de la boda. Él debía estar esperando en Flandes para hacerle una recepción por todo lo alto. Pero la dejó plantada, no apareció en dos semanas. Y es que no le llamaban El Hermoso por guapo, que no lo era, sino por mujeriego. Casada, Juana tuvo una vida muy triste. Felipe se esforzó en aislarla. No le entregaba el dinero que desde España se le enviaba para que ella pudiera comprar ropa o disponer de camareras y doncellas. Y se exhibía con muchísimas otras mujeres.

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La desigualdad hecha norma

Por Sandra Martín Tremoleda

Cada día, me levanto y como un ritual inconsciente me ducho y me paro delante del armario para escoger la ropa que me pondré. La mayoría de los días este pequeño acto es, en mayor o menor medida, espontáneo, pero hay momentos en que este gesto se convierte en una pequeña decisión política: según el lugar al que vaya a ir, de qué personas vaya a estar rodeada y por dónde transcurra el camino de vuelta a casa, elegiré (o al menos dudaré) de si ponerme minifalda, si llevar o no sujetador y analizaré cómo mi imagen puede ser sexualmente leída.

Imagen de la Guía de la buena esposa

Si pienso en cuándo empecé a tener en cuenta el entorno para decidir mi atuendo podría retroceder a la adolescencia, pero seguro que desde la infancia ya estuve digiriendo sin procesar los millones de mensajes que, a través de la publicidad, las películas y series, los juguetes, las leyendas, los cuentos, y un largo etcétera, cosifican y sexualizan el cuerpo de las mujeres. Pero es en la adolescencia cuando aprendí que como mujer yo tenía la responsabilidad de escoger “adecuadamente” mi indumentaria porque si algún hombre me manoseaba en el metro, me seguía de camino a casa de noche o un grupo de desconocidos me piropeaba y rodeaba al estar tranquilamente paseando, podía tener algo que ver con alguna parte de mi cuerpo más visible, más ajustada o más escotada. Y este mensaje culpabilizador se repetía como un mantra en los artículos de prensa donde se hablaba de cómo vestía la mujer que había sido violada, en las normas de vestimenta del instituto que penalizaban que la ropa interior asomara por cualquier costura, en los comentarios de algunos padres y madres que exigían centímetros de más en la ropa, y en las miradas ajenas de adultos desconocidos. Y al final aprendí que vestirse “adecuadamente”, más que una opinión compartida por algunas personas, era una norma socialmente aceptada y que interiorizarla no sólo reducía los riesgos cotidianos sino también mi sentimiento de responsabilidad.

Es cierto que como seres simbólicos y sociales necesitamos normas que nos faciliten la convivencia, y que cada grupo, comunidad o sociedad las va creando a lo largo de su historia y las transmite de generación en generación a través de su cultura y de la educación. Pero también sabemos que, además de normas sociales que regulan nuestras interacciones y responden a necesidades funcionales reales (por ejemplo, ponernos de acuerdo en el sentido por el que los coches deben circular), también existen aquellas que ordenan la jerarquización social en capas superpuestas en las que unos están por encima de los otros creyendo tener acceso y derecho sobre los cuerpos y vidas del resto.

Cada persona, y la sociedad en su conjunto, somos responsables de ese universo mental que colaboramos a mantener de manera irreflexiva con cada una de nuestros pequeños gestos, valoraciones, juicios, e interacciones con otras personas, pero tenemos el maravilloso poder de aceptar acríticamente el legado de cada una de esas normas y naturalizarlas como verdades incuestionables, o evidenciar que existen normas injustas que excluyen y discriminan a grupos de personas y que es imprescindible denunciarlas para que la sociedad cambie. Y en este dilema la educación tiene un papel imprescindible y no es gratuito que se haya concebido como uno de los campos de batalla más disputados históricamente.

Desafortunadamente, pasar una media de 16-20 años como estudiante en la educación formal no garantiza que se aprenda que algunas normas sociales y creencias no son ni más ni menos que justificaciones ficticias para legitimar el abuso, la exclusión, la discriminación y la violencia contra diversos grupos sociales para mantener el estatus quo de unos pocos. Por eso, es imprescindible que la educación tenga un enfoque crítico que promueva la curiosidad y el descubrimiento y la capacidad de cuestionar el mundo en el que vivimos y los mecanismos (como lo son las normas sociales) que sustentan las desigualdades, para que puedan libremente re-construir su realidad social y cultural a partir de la propia experiencia.

Enseñar a reflexionar sobre que la realidad está mediada por una cultura patriarcal, capitalista y colonial, que es injustamente arbitraria, es una de las mejores herramientas de comprensión de un mundo complejo que una docente (71,9 % del profesorado de enseñanzas no universitarias en mujer, según datos del Ministerio de Educación) puede transmitir a su alumnado. “Pónganse como meta enseñarles a pensar, que duden, que se hagan preguntas…” así lo resumía Fernando a sus estudiantes de Magisterio en la película de Aristarain Lugares comunes. Y pregunta tras pregunta, quizá lleguen a comprender que la responsabilidad de la violencia sexual es únicamente del hombre que la ejerce y que nada tiene que ver con la manera de vestir ni el camino escogido para llegar a casa, o que la exclusión social, la pobreza y la desigualdad social no son inevitables como si de un reparto de cartas de juego de rol se tratara.

Sandra Martín Tremoleda es responsable de educación para zona este de Oxfam Intermón. 

 

Educación afectivo sexual para la paz y la No violencia

Por Laura Alonso Cano 

La escuela en un Estado democrático debe aspirar a educar a una ciudadanía crítica, consciente, activa y comprometida con los avances científicos, culturales y sociales de nuestro tiempo. Desde esa perspectiva es necesario considerar un avance científico, cultural y social el cuerpo teórico, los conocimientos y los saberes que emanan desde las vidas de las mujeres y que el movimiento feminista lleva abanderando desde hace ya más de un siglo. 

Sin embargo, hace meses que asistimos con perplejidad al creciente cuestionamiento de algunos consensos que sentíamos muy firmes que afectan a nuestro sistema educativo a través de medios de comunicación y redes sociales.

© Flickr/ Ángel Cantero

En el proceso civilizatorio que están protagonizando los seres humanos, las mujeres están tomando un gran liderazgo, a pesar de que sus aportes están lejos de obtener socialmente el reconocimiento debido. Uno de sus relevantes aportes es el diagnóstico y diseño de herramientas y políticas con perspectiva de género que permitan enfrentar muchas violencias (contra las personas , la naturaleza, las generaciones futuras…), y violencias que conculcan derechos humanos universales que aplican de forma específica a la vida de las mujeres.

En este Día Escolar de la Paz y la No Violencia (DENYP) que celebramos cada 30 de enero, parece preciso recordar a nuestros representantes políticos que enfrentar las violencias machistas a través de la más poderosa herramienta de transformación social de la que disponemos, nuestro sistema educativo, debe quedar fuera de cualquier cálculo partidista. Para ello necesitamos el conocimiento riguroso de los estudios feministas y de género que ofrecen un diagnóstico y unas herramientas que han sabido abrirse paso en el ordenamiento jurídico de los países más avanzados de nuestro entorno. Conocimiento y saberes que llevan insistentemente reclamando menos penas de cárcel ejemplarizantes y más educación afectivo sexual en nuestras aulas. Porque el problema no está en el comportamiento violento de algunos individuos aislados, sino en una cultura de la violencia que destroza las vidas de miles de personas y que es urgente dejar de alimentar para dar paso a una Cultura de Paz y Noviolencia.

Si queremos una sociedad mejor para todos y para todas, reclamemos colectivamente más recursos para la educación pública universal, de calidad y gratuita, para una educación que apueste por la justicia social, la convivencia,  la Cultura de Paz y la “Noviolencia”. También más recursos para una educación afectivo sexual universal y de calidad en las escuelas, porque será allí donde la deslegitimación de las violencias machistas tomará rango de saber colectivo.

Laura Alonso es Presidenta de WILPF España

 

 

Davos 2020, tiempo para el cuidado.

Por Pilar Orenes

Con enero, llega Davos un año más a nuestras pantallas. Y ya son 50 años. Élites políticas y económicas reflexionando y debatiendo sobre el futuro del mundo. Sobre nuestro futuro.  Muchos años y mucha concentración de poder: solo unos pocos hablando sobre mucha gente.

 Y es que, hablan de economía en un contexto en el que la mitad de la población vive con menos de 5,5 dólares al día y 735 millones de personas está en situación de pobreza. ¿Cómo se piensa en el futuro desde este presente? ¿Es un futuro mejor para las personas más desfavorecidas o es seguir pensando en cómo crecer “como sea”, aun a costa de ellas? Nosotras proponemos empezar por reconocer y hablar de desigualdad. Ya sabemos que la razón no es escasez de recursos sino una mala distribución. El número de milmillonarios se ha duplicado en la última década. No es una distribución fortuita, es fruto de un sistema pensado y funcionando solo para unos pocos, unas minorías que marcan sus intereses y disfrutan de sus beneficios.

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Bolivia: 12 feminicidios en 240 horas

Por Rosa M. Tristán

Hace unos años, en una visita a una comunidad de los alrededores de Tarija, en el sur de Bolivia, una mujer joven se me acercó, quizás pensando que era del sector sanitario: “Tengo 24 años y cinco hijos. Doña, yo no quiero más, pero mi marido me obliga y no me deja tomar nada porque dice que quiero la pastilla para irme con otros. ¿Qué puedo hacer? Si se entera que le cuento esto, me pegará fuerte”. No supe qué responder. El marido en cuestión se acercaba ya a curiosear lo que me contaba. Dos días después me la encontré en el centro de salud: aquel energúmeno la había dado una tremenda paliza.

Las bolivianas alzan estos días la voz frente a la violencia que las mata, de una en una, en sus casas, en sus vecindarios, en el seno de sus familias, siempre a escondidas, sin que puedan escapar de los criminales con los que conviven. En apenas 10 días de este nuevo año, ya han sido 12 las mujeres asesinadas por ser mujeres y cinco los infanticidios. En 2019, hubo 117 muertas y 66 infanticidios, una cifra que superó la de años anteriores y que sitúa a Bolivia, con una población de 11 millones de habitantes, en el tercer puesto de todo el continente en tan funesto ránking. En España, en el mismo periodo se contabilizaron 55 y somos 47 millones. Luego están las que no mueren, como la joven de Tarija cuyo nombre no recuerdo, esposas y novias que son agredidas un día si y otro también: de cada 100 bolivianas, 75 dicen que han sufrido o sufren violencia por parte de sus parejas según los últimos datos oficiales. Sólo en esos mismos 10 primeros días de las 12 muertas, se denunciaron 685 agresiones físicas y 163 agresiones sexuales. El pico del peligroso iceberg de violencia que nunca llegará a una comisaría…

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Poner patas arriba un sistema escandaloso

Por Zinnia Quirós

Este año tiene lugar la 50ª edición del Foro Económico Mundial de Davos, esa cumbre que reúne a las élites políticas y económicas para compartir conocimiento, debatir y tomar decisiones que son clave para el conjunto de la ciudadanía global. En esta ocasión, avanzar hacia el Acuerdo de París y los Objetivos de Desarrollo Sostenible es el tema principal del que se hablará en el foro.

Aunque a priori nos parezca algo lejano, en ese paraíso de la montaña suiza se decide cómo va a ser el futuro de nuestra vida cotidiana. Pero de nada sirven estos debates si no vamos a la raíz de la urgencia global que nos oprime, y es que el sistema que impera no está colocando a las personas, a la sostenibilidad de la vida y sus cuidados, en el centro. El sistema que tenemos de hecho está expoliando nuestras vidas.

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Follar, ¿sin o con celebración?

Por María Astrid Toscano – María Maracas
Mi sobri Ale tenía seis años cuando en el karaoke de mi casa tomó el micrófono para cantar el vallenato La ventana marroncita. De repente, para avivar su canto, gritó: “¡ay hombe’!”, como suele exclamarse en el canto tradicional. Y en seguida, casi sin parar, gritó: “¡ay mujer!” Yo lo miré atónita, con el pecho hinchándose de orgullo y mi cabeza y mi corazón celebrando al pensar: hemos creado un hombre no machista. 
Juan, mi último “amor de verano” (o de invierno, más bien, para corresponder con el calendario), por darle una categoría al tipo con el que más follé en las últimas vacaciones, ya pasa de sus treinta años. Quizás es uno de los tipos más libres que he conocido, crudamente honesto, lo que permite conversar y actuar en igualdad de condiciones, sin manipulaciones ni juegos emocionales innecesarios. 

¿Tenemos Gobierno feminista o no?

Por Lara ContrerasLara Contreras

Por fin y, tras meses de espera, tenemos un gobierno progresista de coalición que pone el feminismo en el centro de sus políticas. ¿Pero será de verdad un gobierno feminista o no lo será? ¿Será un gobierno que cambiará el modelo económico y social para poner a las personas en el centro?

Si valoramos los primeros pasos que van dando, hay luces y sombras. El pacto de gobierno sí incluye medidas feministas tanto en el empleo como en la lucha contra la violencia machista. Pero no define un programa donde el feminismo esté en el centro y que lo impregne todo, sino que propone medidas concretas en estos dos apartados. Desde las organizaciones sociales y de desarrollo hemos echado de menos el compromiso con una política exterior feminista, compromiso que el Presidente sí hizo el pasado septiembre en Naciones Unidas y que, por ejemplo, priorizaba la protección y la voz de las mujeres en los conflictos.

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2020. El futuro en construcción

Por Pilar Orenes


No creo que sea evidente poner calificativos a los años. La lectura del 2019 puede ser muy diferente en función de los ojos con los que lo mires y dónde quieras centrar la atención. Encontrar una palabra que recoja todo lo vivido es difícil y si además quieres que esa palabra genere consenso, resulta tarea imposible.

El año que se va, nos ha confrontado de nuevo con realidades que nos entristecen o indignan. O las dos cosas. Millones de personas obligadas a abandonar sus hogares, asesinatos de defensores y defensoras de derechos humanos, captura del espacio político con libertades recortadas, violencias machistas, países como Siria o Yemen con conflictos que parecen interminables… Realidades ya existentes, que se han hecho presentes este año de manera más flagrante, pero que, aun así, no han provocado la respuesta política que requiere la gravedad de la situación.

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