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Time is Up! Tendamos puentes por las personas refugiadas

Por Berta de la Dehesa 

Cuando todos los cauces se han explorado. Cuando las formas del sistema van en contra de los derechos fundamentales. Cuando ya percibimos que todo está yendo mal y no hay voluntad política de cambio, solo queda una posibilidad de acción: crear.

Un grupo de alemanes, españoles, holandeses, italianos, marroquíes y sirios nos unimos por coincidencias de la vida alrededor de un espacio que nunca debió existir, un campo de refugiados. ¿Cómo cambiar esta realidad? ¿Cómo evitar que esto exista? Vivimos, observamos, estudiamos, comprendimos la realidad y la denunciamos. La denunciamos a las instituciones, a los gobiernos, al Parlamento Europeo, ninguna respuesta, ninguna propuesta.

Ante tanta frustración a veces dan ganas de tirar la toalla, ¿para qué seguir gritando? Hay que buscar nuevas formas.

Estamos cansadas de palabras, tantas noticias manipuladas, tantos discursos políticos, tantas  discusiones en el bar. Cambiemos de acción, construyamos.

Erijamos un símbolo que represente nuestro sueño. Una estructura mitad física mitad imaginada que cruce todas las fronteras: “Si las fronteras son líneas imaginarias que separan los países, nosotras preferimos imaginarnos puentes que los unan”.

Mapa de actividades dentro de la iniciativa #Sickofwaiting, que tienen lugar este fin de semana.

El 30 de septiembre más de treinta ciudades se han unido a esta propuesta y ya van apareciendo muchísimos puentes: cantados, de cartón, actuados con el cuerpo, poéticos… pero entre todos ellos, dos creaciones son el germen de este intento de reformulación de nuestro imaginario. Dos medios puentes conectados por nuestras ganas de estar juntos.

En Atenas, el corazón de la protesta, nacerá un puente diseñado por Buenaventura Visconte di Modrone y Edoardo Giancola, dos arquitectos italianos que buscan nuevas formas y sentidos. Trabajaremos con el Athens Makerspace, uniendo así manos de diversas nacionalidades: italianas, griegas, sirias, españolas… levantaremos la estructura en la que todo el mundo está invitado a dejar su huella. Un lienzo de 75m2 para plasmar nuestros deseos, nuestras frustraciones y la espera. Esa que, como si de una tortura se tratara, va minando la capacidad de proyectar un futuro.

Desde allí, sobrevolando Europa, llegaremos Madrid donde se levantará la otra mitad del puente. Ana Caos, una artista comprometida con una forma de vida sostenible que preserve un mundo en el que todos podamos vivir, finalizará este puente materializando las cifras de la vergüenza. Esta creación nos pone delante la falta de compromiso del gobierno español que, en dos años, no ha sido capaz de asumir ni siquiera un 12% de las personas a las que se comprometió a acoger. Su propuesta de cuerdas que todos iremos atando, nos muestra en dos colores las personas que han llegado y las que quedan esperando al otro lado. Cada nudo, cada cuerda que sumamos a la estructura, nos conecta con cada persona afectada y a su vez nos ayuda a  trazar ese puente que nos unirá a todos.

Os invitamos a participar, a hacer red, a conectarnos: busca el evento más cercano en www.sickofwaiting.org  Ya empieza a no bastar con creer en un mundo mejor, ha llegado el momento de crearlo.

Berta de la Dehesa  ha estado trabajando como voluntaria en un campo de refugiados en Ioannina, Grecia y es una de las impulsoras del movimiento #SickOfWaiting

Y Silvia cogió su mochila

Por Alejandra Luengo Alejandra Luengo

Silvia (no es su nombre real) tenía menos de cuarenta años cuando la conocí. Me contó que años atrás había escapado en un camión junto a su hermana huyendo de la violencia de su país. Salió una madrugada con una mochila pequeña, después de haber pagado una cantidad desorbitada para intentarlo. Fue afortunada y logró primero seguir con vida y más tarde trabajar cuidando a una señora mayor. Pero la incertidumbre, la ansiedad, la pérdida de referencias, la soledad y el miedo del camino habían transformado y dejado una profunda huella en su personalidad.

Zakia Abdullah, una mujer siria, sobre los escombros de su vivienda tras la explosión de un misil en Alepo. Imagen de Pablo Tosco/Oxfam Intermón.

Zakia Abdullah, una mujer siria, sobre los escombros de su vivienda tras la explosión de un misil en Alepo. Imagen de Pablo Tosco/Oxfam Intermón.

Hace cinco días leí la noticia de los 71 refugiados muertos en un camión frigorífico. Hace tres días, que al menos 37 habían fallecido al hundirse su embarcación frente a las costas libias. Hace dos días, que cuatro refugiados murieron y más de mil fueron rescatados en aguas del Mediterráneo intentando llegar a Italia. Ayer, que al menos doce refugiados sirios, de los que cinco eran niños, murieron ahogados de madrugada al intentar alcanzar la isla griega de Kos en dos barcas…

Las noticias nos sacuden diariamente, aunque posiblemente la realidad es infinitamente más dramática. No soy una experta del tema y mi conocimiento sobre refugiados es escaso. Por circunstancias laborales, en determinados momentos de mi vida he acompañado a algunas de esas personas y familias que tuvieron que dejar sus países por amenazas, guerras, violencia extrema, inseguridad, y desesperanza. No podía evitar quedarme abrumada ante todos los pasos que tuvieron que dar para poder disponer de un horizonte vital.

Ahora en Europa estamos siendo espectadores de la desesperanza, de la necesidad de escapar de un sitio donde no hay futuro, del sacrificio, de las masas movilizadas para huir de la muerte. Países desbordados reforzando sus límites y construyendo muros para que no entren, discursos sobre fronteras y derechos, y mientras las personas mueren, se hacinan y buscan la forma de entrar, cueste lo que cueste. Esas mujeres, hombres y niños llevan sobre sus espaldas una mochila donde posiblemente hay muchas experiencias traumáticas y de dolor tanto en su país de origen como en el hecho de escapar.

Por supuesto que el problema es difícil y en absoluto tengo la respuesta, pero según la Organización Internacional para las Migraciones alrededor de 3.600 personas han muerto intentando llegar a Italia, Grecia y España por mar durante los últimos doce meses. Estamos hablando de casi 100 personas que fallecen al día simplemente por el hecho de querer sobrevivir y escapar de un lugar donde la vida no vale nada. ¿Quién se beneficia con este tráfico de personas?, ¿Acaso no escaparíamos de un lugar hostil si pudiésemos pagarlo? ¿Escapar, huir, buscar un futuro?

Me surge entonces una pregunta ¿La vida de un refugiado cuánto valor tiene?, ¿La de Silva cuando huía mochila al hombro sin saber qué iba a ser de ella?  ¿La de ese niño ahogado en la orilla de la playa que llenaba las portadas y las redes sociales? ¿Nada?

Bueno sí que parece valer para aquellos que se lucran del tráfico de personas, aquellos que les cobran por ejemplo en Libia entre 900 y 1.200 euros para una plaza en una lancha neumática que los lleve a una de las cercanas islas griegas.

Por supuesto que el problema está en los países de origen donde han ido proliferando regímenes totalitarios o donde se han ido gestando guerras civiles. Está claro que si uno se siente bien y seguro en su casa, no expone su vida para irse a otro sitio, eso es de lógica. Estas personas no son aventureros, son supervivientes y luchadores que se ven forzados a desplazarse. ¿Las diferentes religiones qué tienen que decir sobre todo esto? Y para quien no sea religioso, ¿la ética, la moral, los derechos humanos, la humanidad, la política que puede añadir? No hay decisiones fáciles, pero sí humanitarias.

Viendo la imagen del niño varado en la playa de Turquía me preguntaba por la impotencia de esas madres, padres que tienen que exponer a sus hijos a un viaje donde el final es incierto y frecuentemente dramático, sólo por el hecho de que la mera casualidad nos ha hecho nacer y vivir en lugar geográfico distinto. ¡Qué dolor ver a tu hijo morir así!

Los campos de refugiados está claro que no son la solución, ya que es perder en vida a personas con capacidades y recursos, pero pueden ser alternativas temporales en un momento dado. También en esta situación mujeres y hombres tendremos que salir de nuestro círculo de confort y comodidad para que las soluciones no sean meramente políticas, sino también ciudadanas en las que podamos participar de alguna manera.

Las secuelas psicológicas de la guerra, de la violencia, del escapar, de la masificación, de las muertes ¿Quién las trata?, ¿Quién acompaña? Son heridas que el tiempo no las cicatriza y que afectan en el terreno personal, familiar y social ¿Quién mira a los ojos de estas refugiadas y refugiados?

Varias organizaciones en nuestro país, como CEAR o el SJR reclaman y llaman la atención sobre la situación. No sólo es el momento de ver: escuchemos sus propuestas para evitar tanto dolor y tanto sufrimiento.

Alejandra Luengo. Psicóloga clínica,  combino la atención psicológica en servicios públicos con la consulta privada. Creo firmemente que se pueden cambiar las cosas y en esa dirección camino. Autora del blog unterapeutafiel.