Reflexiones de una librera Reflexiones de una librera

Reflexiones de una librera
actualizada y decidida a interactuar
con el prójimo a librazos,
ya sea entre anaqueles o travestida
en iRegina, su réplica digital

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¡Alunizo con Julio Verne!

Han pasado casi cincuenta años de la teórica llegada del hombre a la Luna y yo lo festejo como mejor sé: a librazo limpio. Por eso no titubeé el sábado al reconducir en reginaexlibeislandia a mi trinchera de anaqueles un acalorado debate sobre si las míticas imágenes de Neil Armstrong paseándose por la superficie lunar fueron una retransmisión televisiva o una burda ficción catódica made in Universal Studios.

Sí, queridos, porque cuando un reginaexlibrislandiano asiduo y uno de mis libreros insistían en que metiera baza en su discusión sobre montajes, carreras espaciales, Apollos 11 y astronautas me atusé el pelucón a lo Barbarella y adoptando la pose entre sinuosa y firme de la diva intergaláctica setentera esputé a quemarropa:

 

– Regina: Ay, que yo sólo alunizo con Julio Verne. – Cliente: ¿Perdona?

– R.: Lo que oyes, que en reginaexlibrislandia lo que cuentan son los libros, y poco más. Así que, ya sabéis…¡a la luna a lomos de cualquier libro, queridos!

– Librero1: Vaya telita, cómo estamos hoy…

– R.: A ver, ya que el mundo se acuerda de Armstrong y compañía dejarme que yo desenpolve a Julio Verne, ¿no? Después de todo, un siglo antes de la NASA el francés ya escribió De la Tierra a la Luna y Alrededor de la Luna, su continuación.

– C.: ¡Anda! Pero, ¿eran dos? Yo solo conocía De la Tierra a la Luna y, si te digo la verdad, no me la leí. De Verne sólo La vuelta al mundo en 80 días y 20.000 leguas de viaje submarino…

– L1: Me vas a matar, Regina, yo tampoco sabía nada de Alrededor de la Luna. Y la otra, de oídas, pero tampoco me la leí.

– Regina: ¿Veis? Pues eso. Primero publicó De la Tierra a la Luna, en la que se centra en narrar los preparativos para lanzar un proyectil a la Luna. Los implicados eran los dueños de una empresa especializada en construcción de cañones y de otra de escudos que, acabada la Guerra de Secesión, se plantean realizar esa hazaña porque ya no tienen que fabricar ni cañones ni balas ni nada de eso. Vamos, que se aburren, y se lanzan a la ‘carrera espacial’. Luego se les une un intrépido francés para ofrecerse como piloto…

– C.: Ya veo, ¿Pero llegan?

– R.: Eso mejor lo lees en el libro, ¿no? Lo que si te digo es que su continuación, Alrededor de la Luna, ficciona el viaje en sí abordo de la bala de cañón-cohete y lo que sus tripulantes descubren sobre el reverso de la Luna. Y lo más alucinante es pensar que se inventó ambas historias en 1865 y 1870 respectivamente… Cuando los leáis veréis cómo a veces la ficción supera a la realidad o, al menos, ¡se le adelanta!

– L.: Pues nada, otros dos libros para la lista. Aunque os diré que los cuelo, porque me picó la curiosidad y me los llevaré hoy. ¿Los tenemos, no, Regina?

– R.: Sí, en Edaf. Por suerte pedí tres de cada la semana pasada, cuando empezó el bombardeo mediático recordándonos que se acercada este 20 de julio.

– C.: ¡Eres grande, Regina! Yo también me los llevo. Me marcho una semanita a Canarias, uno de los mejores observatorios celestes del mundo, y no imagino mejor entorno para leerme los alunizajes de Verne, la verdad.

 

Y poco después, mientras echaba el cierre regino aún con la Barbarella que llevo dentro puesta, decidí que yo también me llevaría De la Tierra a la Luna y Alrededor de la Luna del maestro visionario Jules Verne para festejar el 20 de julio a librazos con un alunizaje verniano en toda regla.

Pero lo haré no sin antes regalaros dos grandes hitos televisivos:

 

La llegada de Neil Armstrong a la Luna (¿o no?) en 1969:

Y el trailer original de la mítica Barbarella que en 1968 protaginizara Jane Fonda en su adaptación cinematográfica:

 

Y vosotros, reginaexlibrislandianos de pro, ¿leísteis De la Tierra a la Luna? ¿Y Alrededor de la Luna? ¿Qué otra lectura de alunizajes sugeriríais?

Contra el calor Miguel Strogoff y Colmillo Blanco

Imaginaos una tórrida tarde de sábado con los termómetros al rojo vivo en reginaexlibrislandia. El aire acondicionado en pie de guerra, unas cuantas cajas por mover y el agotamiento acumulado tras una cadena de noches de mal dormir.

Con la neurona a punto de ebullición uno de mis libreros y yo buscábamos alguna manera de devolver a esta bendita estación sus golpes de calor ‘a lo regina’, es decir, a librazo limpio

¿Y si leyendo algo ambientado en lugares gélidos pudieras dar esquinazo a estos calores estivales?

Solté mientras rumiaba la certeza de otra noche más de pegajoso insomnio.

Librero: Mmmm, bueno, puede funcionar. Si hay libros que me despiertan unas ansias irrefrenables de hacer según que viaje, como En el camino de Kerouac, o La ciudad de los ángeles caídos de John Berendt, igual hay otros que me quitan estos calores…

Regina: ¡Claro! O esos otros con manjares de letras que te empujan a la nevera para atiborrarte de lo que encuentres, en plan Como agua para Chocolate, o la misma Chocolat de Joane Harris.

L: Si, la verdad es que podíamos probar, porque otra noche infernal de éstas acabarán conmigo. Pero tiene que ser algo glacial pero ligerito, como de aventuras.

R: ¡Uy! Yo creo que voy a probar con Miguel Strogoff, de Julio Verne. Llevo décadas sin volver a él pero me apetece un paseito frenético por la estepa siberiana a bajo cero, con toda esa nieve y a Nadia llegando a ser mis ojos. Si, seré ‘el correo del zar’.

L: A ver, déjame que piense

R: ¿Qué tal algo de Dickens? Siempre hay alguna criaturita pelada de frío en ese sórdido Londres

L: No, creo que Dickens no. Mejor Jack London, sí, eso ¡Colmillo Blanco! Para mi vergüenza te diré que no lo leí, pero es uno de esos títulos que siempre están ‘en mi lista’ de lecturas pendientes. Va a ser esta noche, mira tú…

Así que echamos el cierre y abandonamos reginaexlibrislandia él con Colmillo Blanco de Jack London, y yo con Miguel Strogoff de Jules Verne bajo el brazo con la promesa de darnos parte mutuo esta mañana del resultado de nuestro experimento literario.

Y así hicimos vía telefónica:

Regina: ¿Qué tal por Alaska con Colmillo Blanco?

Librero: Increíble, pero funcionó. Me aisló del calorazo de tal manera que cuando me quedé frito fue como si mi cuerpo hubiera regulado la temperatura corporal. ¿Y tú?

Regina: Pues lo cierto es que yo también dormí como una reinona tras una velada siberiana con Storgoff

Y vosotros, queridos, ¿utilizasteis alguna vez un libro como regulador térmico? ¿Alguna otra sugerencia de lectura ‘bajo cero’ para combatir a librazo limpio los golpes de calor el resto del verano?

“Quiero un libro para construirme un submarino”

Tengo que evitar a toda costa las corrientes de aire, porque en una de estas se me van a congelar las facciones en una mueca de perpetuo asombro.

Si, queridos, algo parecido a esas muñecas hinchables o love dolls con la boca y los ojos muy, muy abiertos. A primera hora del sábado pasado entró en reginaexlibrislandia un caballero. Quería ver todo lo que tuviera relacionado con el Tibet y, de paso, con el Yeti. Mientras le acompañaba a la zona de viajes inició un monólogo que me dejó total y absolutamente petrificada. Héte aqui un fragmento:

“Soy católico, apostólico, romano y creo en los extraterrestres, señorita. Existen. Somos híbridos, los seres humanos somos híbridos. Dios todopoderoso creó a una primera generación de hombres que se unieron a distintos tipos de extraterrestres y de ahí las diferentes razas. ¿Ve? Chinos, negros o nosotros, nadie es mejor ni peor, simplemente diferentes Y esa diferencia viene por el tipo de extraterrestre y sus particularidades. Pero, eso si, todos vamos mal. Tenemos que rezar, rezar y rezar para dar gracias a Dios y ser más humildes, para poder ser tolerantes. Y en el fondo somos energía, si, bolas cargadas de energía. Por ejemplo, a mi todos los días a las 4 de la madrugada me despiertan cinco ánimas del purgatorio: veo sus bolas de luz en el techo de mi dormitorio. Están allí, pero vienen a despertarme, porque saben que rezo, rezo mucho señorita, todo el mundo debería rezar. Rezar y estudiar, seleccionar un área de conocimiento y no parar de investigar. Si no lo haces te vuelves loco. Por eso me he especializado en ovnis, en el Yeti y en las religiones tibetanas. Llevo veinte años leyendo sin parar. Y orando. Así que se mucho, pero no dejo que nadie lo sepa. Hay gente poderosa a la que no le interesa que sepamos, por eso tengo que ser discreto. ¡Mire! Me llevo este libro de montaña. Adiós, y rece”.

Recuerdo que tardé unos minutos en reaccionar. Me daba vueltas la cabeza, y sus palabras me zumbaron en el cerebro durante todo el día como si fueran un enjambre de abejas. Me lo imaginaba leyendo y absorbiendo información sin parar para consolidar los pilares de su universo espiritual.

El caso es que este sábado regresó, a la misma hora:

Él: Verá, quiero construirme un submarino y necesito un libro que explique cómo hacerlo.

R.E.: Me temo que no tengo nada.

Él: Vaya, es que no me lo puedo quitar de la cabeza.

R.E.: Podría leerse 20.000 leguas de viaje submarino, de Julio Verne. No es lo que busca, pero para ambientarse nada mejor que el capitán Nemo y su Nautilus.

Le di un ejemplar ilustrado y empezó a ojearlo. Parecía entusiasmado.

Si, si, sin duda esto es lo que buscaba, si. Me lo llevo. Por cierto, la semana que viene doy una conferencia sobre el Yeti aquí cerca. Venga si puede. Y rece. Adiós.

No fui capaz de verbalizar mi ‘adiós’. Me pregunto qué será lo próximo que quiera leer y si volverá.

Por cierto, ¿alguien conoce libros sobre cómo construir submarinos en casa?