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Cinco falsos mitos sobre la leche

Por Ascensión Marcos (CSIC)*

Durante los últimos años, la leche de vaca se ha convertido en uno de los alimentos más controvertidos en materia de salud. Aunque se considera uno de los alimentos más nutritivos y completos, también se asegura que es dañina para la salud, debido a su composición particular. En el momento actual ha descendido el consumo de leche de vaca y sus derivados, e incluso algunas personas han dejado de consumirla, sustituyendo estos productos por las mal denominadas ‘leches vegetales’ de almendras, soja, tofu, etc. Antes de tomar una decisión de este tipo, es importante informarse sobre los mitos y realidades alrededor del consumo de leche de vaca y sus derivados.

La leche de vaca tiene mayor valor nutritivo que las conocidas como ‘leches vegetales’. / Patty Jansen

Por este motivo, la Fundación Iberoamericana de Nutrición (FINUT) y la Fundación Española de la Nutrición (FEN) elaboraron un informe que la Federación Española de Sociedades de Nutrición, Alimentación y Dietética (FESNAD) apoyó científicamente.

Veamos algunos falsos mitos en torno a la leche:

  • La leche debería consumirse solo en la niñez porque el ser humano no está hecho para tomarla. La evolución del ser humano le ha permitido tomar leche más allá de la infancia. En un principio, la leche era sinónimo de veneno, ya que el ser humano precisaba de la enzima lactasa para tolerar y digerir la lactosa, el azúcar de la leche. En el Neolítico, hace unos 11.000 años, comenzó la domesticación de los animales y con ello la obtención de leche y elaboración de productos lácteos en el norte de Europa y en el Medio Oriente. Poco a poco el ser humano comenzó a producir esta enzima y pudo digerir la leche y con ello aprovechar un alimento muy rico en nutrientes.
  • La leche sin lactosa es mejor. La intolerancia a la lactosa es un trastorno de metabolización del organismo que impide digerir este azúcar. No hay ninguna necesidad de tomar la leche sin lactosa si no sufrimos de intolerancia, ya que no hay estudios que confirmen que este producto sea mejor para la digestión, tal y como se nos quiere hacer creer. Incluso se está investigando si podría crearse una intolerancia a la lactosa por dejar de consumir leche y derivados lácteos. De hecho, el mayor riesgo de intolerancia aparece en África y Asia (65-100%), mientras que en España es mucho menor la incidencia (10-15%) y los niveles más bajos se dan en los países nórdicos (5%).
  • Las ‘leches vegetales’ son buenos sustitutos de la leche de vaca. Las bebidas vegetales no tienen las mismas propiedades que las leches de origen animal. Los lácteos contienen proteínas de un elevado valor biológico, muchas más vitaminas, calcio y otros micronutrientes, además de una mejor biodisponibilidad (son fácilmente asimilables por el organismo). Incluso UNICEF elaboró un informe en el que solicitó la eliminación de este término (leche) para las bebidas vegetales, y la Autoridad Europea de Seguridad Alimentaria (EFSA) se ha pronunciado recientemente sobre este asunto, ya que puede confundir al consumidor.

    Surtido de bebidas vegetales./Amodo

  • La leche engorda. La grasa de la leche no es la responsable de la obesidad. Como todo lo que ingerimos, los excesos aumentan el riesgo de subir de peso. Lo recomendable es consumir entre 2 y 4 lácteos al día, y que la mayor ingesta se produzca en la infancia y adolescencia, así como en el embarazo, durante la lactancia y en personas mayores para compensar algún déficit nutricional.
  • La leche sube el colesterol. Aunque la leche entera y los productos lácteos con elevado contenido graso podrían aumentar los niveles de colesterol total, su consumo tiene un efecto muy pequeño sobre el aumento del colesterol malo. De hecho, se ha demostrado que el riesgo de contraer una enfermedad cardiovascular es menor en individuos que consumen leche, debido al aumento del colesterol bueno favorecido por el tipo de ácidos grasos de la leche, y por la presencia de derivados de sus proteínas, que tienen incluso un efecto hipotensor.

La población española está disminuyendo de forma preocupante la ingesta de calcio y vitamina D. La leche tiene un alto contenido de estos nutrientes y su bajo consumo puede contribuir a un mayor riesgo de osteoporosis en la edad adulta. Actualmente el 40-60% de la población española no alcanza las ingestas diarias recomendadas de calcio, mientras que en el caso de la vitamina D esa cifra se eleva al 80%.

Se sugiere consumir entre 2 y 4 lácteos al día. / Pezibear

La leche es la principal y mejor fuente dietética de calcio, tanto por los altos niveles de este mineral en su composición, como por su elevada biodisponibilidad, que facilita la absorción de este micronutriente.

En ciertos colectivos especialmente vulnerables (niños, adolescentes, adultos mayores inactivos, mujeres embarazadas y postmenopáusicas, deportistas o fumadores), la mejor opción es consumir leches enriquecidas en calcio y vitamina D para mejorar su perfil nutricional.

* Ascensión Marcos es Directora del Grupo de Inmunonutrición del Dpto. de Metabolismo y Nutrición en el Instituto de Ciencia y Tecnología de los Alimentos y Nutrición (ICTAN) y Presidenta de la Federación Española de Sociedades de Nutrición, Alimentación y Dietética (FESNAD).

Padres y madres corresponsables, ¿una utopía real?

Por Teresa Martín García (CSIC)*, Teresa Jurado (UNED) y M. José González (Universität Pompeu Fabra)

Las largas jornadas laborales dificultan el reparto equitativo de las tareas domésticas / Flickr

Las largas jornadas laborales dificultan el reparto equitativo de las tareas domésticas / Flickr

No se conoce un solo país en el mundo que realmente fomente un modelo de familia en la que el padre y la madre se corresponsabilicen por igual en la organización de la vida doméstica y el cuidado de sus hijos. A pesar de que cada vez más jóvenes se identifican con la igualdad de género, el número de parejas con un reparto igualitario de las tareas domésticas y de cuidado sigue siendo minoritario. En el modelo familiar de “dos ingresos y dos cuidadores”, denominado así por Janet Gornick y Marcia Meyers, hombres y mujeres son empleados y cuidadores en diferentes etapas de su vida, sin que ninguno se quede atrás o esté penalizado laboralmente por ausentarse temporalmente del mercado de trabajo o reducir su jornada laboral. Las virtudes de esta familia utópica que planteamos son muchas, pero podemos resumirlas con tres argumentos.

En primer lugar, este modelo implica y fomenta relaciones de género igualitarias. Las mujeres tienen un papel cada vez más importante en el mercado de trabajo, pero nuestras sociedades han sido incapaces de erradicar las desigualdades de género, especialmente entre hombres y mujeres con hijos. Las madres con niños pequeños suelen tener jornadas laborales más reducidas que los padres, generalmente disfrutan de permisos por maternidad más largos, a menudo ocupan puestos de menor responsabilidad y con frecuencia cobran menos que sus coetáneos varones. En ningún país de la OCDE se ha alcanzado la paridad salarial entre hombres y mujeres con responsabilidades familiares. Paralelamente, aunque los hombres se implican cada día más en el cuidado de sus hijos, su dedicación no es proporcional a los cambios que han experimentado las mujeres en el mercado laboral. El reparto de las tareas domésticas sigue siendo bastante desigual, tanto en España como en otros países occidentales.

En segundo lugar, la familia de “dos ingresos y dos cuidadores” no solo valora la dedicación profesional, sino también el tiempo dedicado a los cuidados. La incorporación de la mujer al mercado laboral ha mejorado los ingresos de los hogares, pero también ha generado nuevos problemas relacionados con la escasez de tiempo y con la crisis de los cuidados. En España, en 2013, el promedio semanal de horas trabajadas en una jornada a tiempo completo fue de 42,6 horas para los hombres y de 40 para las mujeres. En Dinamarca, de 39,6 horas para los hombres y 36,8 para las mujeres, según datos de la OCDE. Estas largas jornadas, sobre todo en el sur de Europa, son un hándicap para la implicación de padres y madres en la corresponsabilidad de los cuidados y el reparto equitativo de las tareas domésticas. Generalmente la llegada de los hijos hace que ellas opten por una reducción de la jornada laboral, mientras que ellos la mantienen o incluso la amplían.

 El modelo de familia de "dos ingresos y dos cuidadores" valora también el bienestar de la infancia / Wikipedia

El modelo de familia de “dos ingresos y dos cuidadores” valora también el bienestar de la infancia / Wikipedia

En tercer lugar, las familias de “dos ingresos y dos cuidadores” contribuyen al bienestar de la infancia, porque en ellas los padres tienen tiempo para estar con sus hijos y estos pueden disfrutar de sus padres. Hasta ahora las políticas de conciliación se han preocupado de las necesidades de los progenitores que trabajan y han desatendido las de los niños. Solo se ha pensado en cómo liberar tiempo para el empleo, sobre todo de las madres, mediante la creación de escuelas infantiles. Pero no se ha planteado qué necesita un niño de corta edad o hasta qué punto es beneficioso para un bebé pasar más de ocho horas diarias en un centro educativo. El empleo de los padres o de la madre en particular no es perjudicial para los niños, todo lo contrario, pero determinados turnos y jornadas de trabajo o muchas horas en centros educativos durante los primeros años ponen en riesgo el bienestar de la infancia.

Ahora bien, este modelo de familia –más justo y equitativo– requiere importantes cambios en las políticas públicas, la organización de las empresas y a nivel familiar, por lo que hoy sigue siendo una aspiración más que una realidad. En nuestro país, las trayectorias igualitarias en cuanto al reparto del trabajo doméstico y de los cuidados solo se dan bajo relativamente buenas condiciones laborales de las mujeres y cuando ellas se han emparejado con hombres que tienen ideales igualitarios y, en general, recursos relativos y de tiempo similares a los de ellas. Las condiciones de empleo de los hombres tienen que ser también relativamente buenas para que ellos puedan cuidar o, en su defecto, haber tenido una prestación contributiva por desempleo generosa. Además, ambos miembros de la pareja tienen que nadar a contracorriente de muchos estereotipos de género entre sus referentes, y deben luchar contra sus propias interiorizaciones de ideas y formas de hacer patriarcales. Estas madres y padres no solo se enfrentan a rasgos culturales machistas, sino también a las políticas empresariales y públicas vigentes.

Este modelo familiar con un reparto igualitario del trabajo no remunerado consigue unir igualdad de oportunidades para ambos géneros, satisfacción con la conciliación y seguridad económica para todos los miembros de la familia, pero requiere un apoyo público que vaya más allá de meras campañas de publicidad a favor de un reparto equilibrado del trabajo doméstico y en contra de la discriminación de las mujeres en el mercado laboral. Urgen medidas que fomenten y normalicen –tanto en la sociedad en general como en el mercado de trabajo en particular– nuevas concepciones de la maternidad y la paternidad como un fenómeno que atañe por igual a mujeres y hombres y cuya protección debe garantizarse a ambos sexos. De nuestras investigaciones se desprende que hay aún un gran margen de mejora para favorecer estrategias de conciliación más corresponsables y satisfactorias. Especialmente entre los hombres que en el momento del embarazo presentan actitudes igualitarias y deseos de paternidad compartida, pero cuyos planes se ven limitados por unos constreñimientos laborales muy fuertes. Se trata, en definitiva, de promover el cambio en el mercado de trabajo y en el diseño de las políticas de familia por el que ha abogado el paradigma feminista de Gornick y Meyers con el que abríamos este post y que busca compatibilizar un triple objetivo: promover la igualdad de género, la conciliación y el bienestar en la infancia.

 

* Teresa Martín García es investigadora en el Instituto de Economía, Geografía y Demografía del CSIC. Este post ha sido extraído del libro Padres y madres corresponsables. Una utopía real (Catarata, 2015), del que es coautora.

 

¿Tenemos el número de hijos que queremos?

Por Mar Gulis (CSIC)*

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La tasa de fertilidad en España se sitúa en 1,3 hijos por mujer / Wikipedia

La respuesta es no. Al menos esa es la conclusión del libro El déficit de natalidad en Europa. La singularidad del caso español, en el que han intervenido Teresa Castro, del Centro de Ciencias Humanas y Sociales del CSIC, y otros investigadores. Según esta demógrafa, los españoles y españolas arrastramos un ‘déficit de bienestar’ porque tenemos menos hijos de los que nos gustaría.

Los datos del Instituto Nacional de Estadística sitúan la tasa de fertilidad en nuestro país en 1,3 hijos por mujer. Esta cifra nos aleja considerablemente de lo que se considera el mínimo para asegurar el reemplazo generacional: 2,1 hijos por mujer. En realidad el caso español no es una excepción en el continente europeo, donde el declive demográfico trae de cabeza a muchos Gobiernos desde hace años. Una sociedad con pocos niños, que además envejece a marchas forzadas por el aumento de la esperanza de vida, plantea problemas económicos en el medio plazo. Si escasean las generaciones jóvenes y crece la población mayor, el sostenimiento del Estado de bienestar –por ejemplo, el sistema de pensiones– queda en entredicho. Pero más allá de la dimensión económica, que por otro lado aparece en los medios con frecuencia, esta situación tiene también implicaciones sociales como el ‘malestar’ al que se refiere el libro. De esto se habla bastante menos.

Según Castro, las encuestas de las últimas décadas demuestran que “las aspiraciones reproductivas no han cambiado en 30 años”. Es decir, al preguntar a la gente cuántos hijos quiere tener, la respuesta es la misma: “La mayoría responde dos”, afirma la investigadora. “Si al final no tiene ninguno o tiene uno, está por debajo de sus expectativas”, añade. Así que, a su juicio, si tenemos pocos niños es más por “una cuestión de barreras que de deseos”. De ahí el malestar o déficit de bienestar.

La cuestión no es baladí porque puede ayudar a derribar algunos tópicos. ¿Por qué entonces optamos por tener menos hijos? Como en todo fenómeno social, no se puede apuntar a una sola causa; más bien han confluido varias circunstancias que han hecho caer la natalidad en todas las economías avanzadas. Digamos, para no entrar en detalles, que la modernización y todas sus implicaciones (transición demográfica, avance de los sistemas anticonceptivos, incorporación de las mujeres al mercado laboral, cambios en el sistema de valores…) han derivado en la pauta de tener menos descendencia.

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La educación infantil pública y de calidad es una de las políticas sociales que pueden facilitar la conciliación / Flickr

Sin embargo, a menudo se señala la incorporación de la mujeres al mercado laboral como la principal causa del descenso de nuestra natalidad. Castro derriba esta tesis. Al menos, de acuerdo con sus análisis, es solo una verdad a medias. La demostración la encontramos en las sociedades de los países nórdicos o incluso en Francia, que tanto geográfica como culturalmente nos resulta más cercano. En todos ellos la gente tiene más hijos. De hecho, estos países son prácticamente la excepción en una Europa cada vez más envejecida, puesto que allí la tasa de fecundidad se acerca o incluso en algún caso supera los dos hijos por mujer. La cosa tiene miga, porque se trata de sociedades en las que las mujeres se incorporaron al mercado laboral mucho antes que aquí y además lo hicieron de forma más masiva. ¿Qué explica entonces que allí se tengan más hijos? Para Castro la clave son las políticas sociales, y más concretamente las destinadas a la familia. Ejemplos: permisos de maternidad y paternidad de igual duración, instransferibles y pagados al 100%, escuelas infantiles públicas de calidad para los menores de tres años, posibilidades de reducción de jornada, horarios más flexibles, ayudas económicas por hijo a cargo… Aquí este tipo de medidas brillan por su ausencia.

A modo de conclusión, Castro explica: “La tesis de nuestro libro es que se ha pasado de una familia en la que el padre trabajaba y la madre cuidaba, lo cual favorecía la natalidad, a un momento de transición en el que la mujer tiene un perfil laboral cada vez más similar al del hombre; pero éste no cambia porque no asume la misma responsabilidad en los cuidados. Y las políticas sociales tampoco cambian, así que la sociedad no se adapta a este nuevo escenario y la fecundidad baja. Si se supera esta etapa de transición y predominan las familias igualitarias y las políticas sociales que favorecen la conciliación, la fecundidad vuelve a subir”. Ese es su diagnóstico: ayudas sociales+ educación para la igualdad entre ambos géneros=aumento de la natalidad.