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Archivo de la categoría ‘Pobreza’

Las manos invisibles

Por Alba Trepat

Ambur es una ciudad árida y polvorienta situada en la carretera nacional que va de Bengaluru a Chennai, al norte del estado sureño de Tamil Nadu, en la India. La ciudad y los pueblos de los alrededores dependen de la industria del cuero, con más de un centenar de curtidurías, fábricas y pequeños talleres. Fuera de los centros formales de producción, cientos de mujeres del estatus social más bajo y las castas inferiores trabajan desde su domicilio en la región, empleadas principalmente para coser las piezas de cuero que forman la pala – la parte superior que luego se une a la suela – de los zapatos.

Todas ellas suponen mano de obra barata y flexible para un sector fuertemente globalizado. Es decir que la labor que realizan no es artesanal o tradicional, sino que está integrada a los procesos de producción modernos de las principales marcas y distribuidores occidentales. El modelo de zapato, el número de puntadas, el hilo y el método de trabajo dependen completamente de las indicaciones de la fábrica.

Sin embargo, las trabajadoras a domicilio no obtienen los encargos directamente de las fábricas ni son reconocidas como trabajadoras de estas, sino que reciben los pedidos a través de intermediarios quienes, a su vez, consiguen el encargo de una fábrica subcontratada por la fábrica principal. Debido a su dispersión por el territorio no tienen ningún poder de negociación.

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Avanzadoras: en el camino del reconocimiento

Por Belén de la Banda

Lo que no se reconoce, no existe. Cuando se acerca la fecha del 8 de marzo, en la redacción de 20minutos y en las oficinas de Oxfam Intermón sentimos una emoción muy especial. Llega el momento del reconocimiento.

Entrega del premio Avanzadoras 2016. Mariú d’Errico y voluntarias de su organización, ACOPE, en compañía de Arsenio Escolar, director de 20 Minutos, Melisa Tuya y Sole Giménez. Imagen de Elena Buenavista / 20 minutos.

Nos hemos empeñado en abrir cada año una oportunidad para que cientos de personas piensen en las mujeres de su entorno que merecen ser mucho más conocidas de lo que son, recibir más apoyo del que tienen. Mujeres con compromiso, con criterio, con liderazgo. Mujeres con causa.

Así que cada año por estas fechas convocamos el concurso Avanzadoras. Buscamos a esas personas que con su actividad hacen mejor el mundo a su alrededor. Se nos ocurren muchos ejemplos, pero sobre todo, sabemos por experiencia que hay personas que conocen muchos más.

No quisiera estar en la piel de María Solanas, Coordinadora de Proyectos del Real Instituto Elcano, de Melisa Tuya, editora de blogs y especiales de 20 Minutos, o de Marcela Ospina, Directora de Comunicación de Oxfam Intermón, que compondrán el jurado este año.

En las ediciones anteriores, gracias al premio Avanzadoras, conocimos a Sagrario Mateo, una Avanzadora navarra contra la violencia que ayuda a otras mujeres a superar lo que ella misma había sufrido.

En 2015 celebramos el compromiso de 360 grados de Mabel Lozano contra la trata de personas, convertido en la mayor implicación audiovisual y personal que puede tenerse. Con su documental ‘Chicas nuevas 24 horas’ ha viajado por todo el mundo para visibilizar la trata y contribuir a erradicarla de una vez por todas.

Y el año pasado nos encontramos con Mariú d’Errico, una voluntaria que durante más de treinta años ha acompañado y ofrecido oportunidades de reinserción a mujeres presas de diferentes prisiones en nuestro país. Fueron sus compañeras de voluntariado quienes pensaron que el premio Avanzadoras ayudaría a crear conciencia social sobre la situación de estas mujeres.

Cada año, las premiadas y las finalistas nos llenan de esperanza. Y nos emociona la cantidad y calidad de las propuestas. Vemos que con su liderazgo y su pasión hacen posibles muchos cambios en nuestra sociedad.

Seguro que se te ocurren ejemplos. Si conoces a una Avanzadora que merezca un homenaje, preséntanosla. Cuéntanos su historia. Haz posible que el 8 de marzo miles de personas tengan oportunidad de conocerla y apoyar su causa.

Belén de la Banda es periodista y trabaja en Oxfam Intermón. Comprometida con el Proyecto Avanzadoras.

La ruta del peligro múltiple

Por Tania Sordo Ruz

Con las pretensiones de Trump de construir muros, tanto visibles como simbólicos, muchos líderes y lideresas europeos se están llevando las manos a la cabeza por el trato que el gobierno de Estados Unidos está dando a las personas migrantes y refugiadas. Mientras, paradójicamente, en Europa se cierran fronteras, existen numerosos muros y vallas,  y vivimos una violación masiva y continua de los derechos humanos de las personas que llegan a nuestro territorio en busca de refugio.

Una refugiada siria abraza a su hijo en un edificio abandonado en Atenas. Imagen de Laura Martínez Valero / Women’s Link Worldwide

En Women’s Link Worldwide hemos documentado la violencia específica que sufren las mujeres y niñas migrantes y refugiadas en territorio europeo. Tienen mayor riesgo de ser víctimas de trata con fines de explotación sexual, de ver vulnerados sus derechos sexuales y reproductivos o de que se obstaculice su derecho al asilo, simplemente por ser mujeres. Además, las precarias condiciones de alojamiento, aseo, iluminación y seguridad en los campamentos las ponen en riesgo ante la violencia sexual. El acceso a servicios de salud es mínimo, las mujeres embarazadas no están recibiendo tratamiento médico adecuado y tampoco hay asistencia médica para bebés recién nacidos y niños pequeños, que se encuentran expuestos a múltiples enfermedades.

Sin embargo, la Unión Europea y sus instituciones han ignorado de forma sistemática esta situación, tomando decisiones basadas en intereses políticos y económicos, y no en los derechos humanos. El Acuerdo entre la Unión Europea y Turquía es uno de los máximos exponentes de estas decisiones. Por ello, desde Women’s Link interpusimos una queja ante la Defensora del Pueblo Europeo en la que exigimos que la Comisión Europea llevara a cabo una evaluación del impacto que el Acuerdo ha tenido en las vidas de las mujeres y las niñas, como debería haber hecho desde el inicio.

La Defensora admitió nuestra queja, inició una investigación y recientemente ha emitido su decisión, que ha sido muy clara: la Comisión no ha cumplido sus obligaciones con los derechos humanos. A partir de ahora, mientras el Acuerdo esté vigente, la Comisión tiene la obligación de incluir en sus informes una sección independiente centrada en el respeto de los derechos humanos, con una perspectiva de género y de protección de los niños y las niñas.

La Comisión ha anunciado que presentará su próximo informe en marzo. A la espera de dicho informe, continuaremos vigilantes para lograr que la decisión de la Defensora del Pueblo Europeo se convierta en una nueva oportunidad para la Unión Europea de hacer las cosas bien. Es el momento de que actúe conforme a sus principios y valores y demuestre que le interesa proteger a las personas y no a los muros.

Tania Sordo Ruz es abogada de Women’s Link Worldwide 

La bicicleta que cambia la vida

Por Bárbara Lazcano

Ana tiene 15 años y nunca se había subido a una bicicleta. Cuando empezó con los talleres de ciclismo en el marco del proyecto “Chicas Bici-bles” la vimos caerse una y otra vez. Pero también la vimos levantarse. A casi un año de que aprendió a rodar con el resto del equipo de Promoción Juvenil Comunitaria de SiKanda, Ana platica que le gusta andar en bicicleta porque le sirve para distraerse, “Si tengo problemas, me voy en mi bici”.

Vista desde la cima del vertedero de Oaxaca. Imagen del proyecto Chicas Bici-bles de SiKanda.

La bicicleta puede ser una herramienta de transformación muy poderosa. Ayuda a derribar todo tipo de barreras, tanto personales, como de género. Nos permite combatir la violencia, la discriminación y forjar comunidad. Es por ello que nació Chicas Bici-bles, proyecto dirigido a adolescentes que viven y estudian en la zona alrededor del basurero más grande del estado de Oaxaca.

Trabajo en equipo. Imagen de SiKanda.

Buscando fortalecer la autonomía y empoderar a las jóvenes, el proyecto brinda durante dos años capacitación y acompañamiento.  Como dice Adriana, “Al principio van a tener miedo. Como se van subiendo en la bici se van a sentir más seguras de sí mismas y van a agarrar más valor de andar solas en las calles o carreteras, o en cualquier lugar donde vayan”.

Las Chicas Bici-bles no sólo aprenden a rodar juntas. Participan en talleres sobre derechos humanos, género, derechos sexuales y reproductivos, habilidades para la vida y prevención de violencia. Forman parte de un equipo de Promoción Juvenil Comunitaria, en donde comparten con sus pares lo aprendido y organizan actividades dentro y fuera de las escuelas.

Todo lo anterior sucede en el municipio de Villa de Zaachila, donde se encuentra un basurero que recibe alrededor de 700 toneladas de residuos, provenientes de más de 20 municipios, todos los días.

SiKanda, asociación civil oaxaqueña, trabaja en la zona desde su fundación en 2009. Desde hace cuatro años, implementa proyectos junto con las y los jóvenes de la localidad. Un reto particularmente grande es enfrentar la inequidad y violencia de género. Por ello, Chicas Bici-bles promueve que las jóvenes mujeres se hagan visibles a nivel local, apropiándose de una herramienta que normalmente sólo sus pares hombres utilizan con regularidad: la bicicleta.

Durante dos años las y los Promotores Juveniles participan en el programa. Con sus bicis idénticas, cascos y chalecos fosforescentes, es difícil no detenerse para mirarles pasar. Al rodar por su comunidad se reapropian y resiginifican el espacio. Al hacerlo juntas, construyen familia y comunidad.  

En febrero de 2017, el nuevo equipo de Chicas Bici-bles estará listo para recibir sus corceles de aluminio.

Este proyecto necesita apoyo. Es posible adoptarlo compartiéndolo o haciendo una donación.  Más información en la web Si-Kanda.org, en la página de Facebook de la organización o en twitter: @sikanda_oaxaca

Bárbara Lazcano es maestra en Desarrollo Local por la Universidad Autónoma de Chiapas (UNACH). Actualmente colabora con Solidaridad Internacional Kanda A.C. (SiKanda) como Coordinadora de Comunicación y Vinculación.

Golpes del clima

Por Anna Pérez Català

¿Los impactos del cambio climático afectan de forma diferente a los hombres que a las mujeres? Pues sí, varios informes indican que la cultura, las tradiciones, y los diferentes roles dentro de la sociedad hacen que las mujeres se vean mucho más afectadas por las consecuencias del cambio climático alrededor del mundo.

Proyecto de energías limpias en Bhutan. Imagen: Asian Development Bank.

Proyecto de energías limpias en Bhutan. Imagen: Asian Development Bank.

El informe Género y Clima recoge algunos ejemplos de estas diferencias. Por ejemplo, los estereotipos y roles sociales en algunas culturas, como en Filipinas, hacen que las mujeres no puedan salir de la casa sin los hombres, o que no puedan aprender a nadar, y esto las afecta profundamente en caso de un evento meteorológico extremo, como un tifón. O el hecho que culturalmente no puedan expresar su opinión libremente, hace que sus necesidades no se vean contempladas en planes de adaptación al cambio climático, como se ha visto en Nepal.

Después del huracán Katrina en Estados Unidos, las mujeres perdieron una media del 7% de sus ganancias, mientras que las de los hombres incrementaron un 23%, simplemente por la diferencias en el mercado laboral. Igualmente, después de las inundaciones en Reino Unido en 2007, se comprobó que las mujeres tenían 1.7 más probabilidades que los hombres a tener depresión debido a este evento.

Pero no sólo la forma cómo nos impacta el cambio climático se ve afectada por los roles de género, también encontramos grandes diferencias de género en las soluciones.

La Agencia Internacional de la Energía demuestra en un informe presentado este año que actualmente más de 8.1 millones de personas trabajan en el sector de las energías renovables a nivel mundial. En su capítulo sobre género, explica que las mujeres representaron el 35% de la fuerza de trabajo en esas compañías, es decir, menos que la mitad. Curiosamente, en la industria energética en general (incluyendo combustibles fósiles), las mujeres representan entre un 20 y un 25%. Es decir, las mujeres tenemos más representación en el mundo renovable!

Como explica Karina Larsen, del Centro y Network de Clima y Tecnología (CTCN por sus signas en inglés) de la convención de cambio climático, hay dos retos principales cuando hablamos de género y tecnología:

Aún hay la percepción que las mujeres son las beneficiarias, y no las que deciden los proyectos’, explica Karina. La participación es muy importante para que la implementación de energías renovables tenga en cuenta las diferentes necesidades y perspectivas que pueden tener las mujeres. Debido a los roles que tradicionalmente se les asigna, las voces de las mujeres son necesarias para hacer una tecnología más inclusiva e adaptada a sus necesidades.

Además, la tecnología es vista como neutral en género. Pero no es así. La tecnología puede crear trabajo y empoderar, pero también puede destruirlo y poner barreras para las mujeres, y es algo que estamos estudiando’.

De acuerdo con la oficina de Género Global de la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (IUCN, por sus siglas en Inglés), la mujer se encuentra en desventaja, tanto por su vulnerabilidad como a sus posibilidades de desarrollo: más de 2 millones de mujeres en el mundo viven en situación de pobreza energética y sólo un 10% de los créditos otorgados por instituciones financieras para proyectos de energías renovables son brindados a mujeres.

Debemos apoyar a las mujeres, especialmente  a aquellas en ámbitos rurales, para que construyan sus capacidades y se empoderen para tener control y poder. Así pueden movilizarse y convertirse en un agente de cambio contra los impactos del cambio climático’, dice Shaila Sahid, de Gender CC.

La inclusión de las mujeres en el diseño y la puesta en práctica de soluciones al impacto cambio climático es muy importante, ya que se ven diferentemente afectadas y entienden sus consecuencias de una forma única.

Anna Pérez Català es ambientóloga especialista en el cambio climático.

Una cárcel sin casilla de salida

Por Ana Gómez Pérez-Nievas

Tiene lágrimas secas pegadas en la cara y otras que sigue derramando, tratando de limpiar con un pañuelo empapado. A veces mira al infinito, otras toquetea intranquila un móvil que lleva unos cascos enganchados. ‘Me lo han dejado para escuchar música, a ver si me calmo‘, indica. Está nerviosa, eso es seguro. ‘He adelgazado, yo antes era gorda‘, declara. Y es verdad que su cuerpo, ahora menudo, parece haber albergado algo más grande.

Ellas no pasan por la valla, no cruzan la frontera por puestos habilitados, ni en ferry. Llegan en pequeñas embarcaciones o escondidas en vehículos que atraviesan la frontera. Son las víctimas de redes de trata, y no son las únicas mujeres que sufren las peores consecuencias de la migración y el asilo.

Mariam, de 27 años y nacionalidad argelina. Imagen de Amnistía Internacional.

Mariam, de 27 años y nacionalidad argelina. Imagen de Amnistía Internacional.

Del total de personas que solicitaron protección internacional en España en 2015, solo un 2,5% eran mujeres procedentes de África Subsahariana, cuando la mayoría de las organizaciones coinciden en señalar esta región como una de las principales rutas del tráfico de personas. Lo cierto es que apenas se están concediendo solicitudes de asilo a posibles víctimas de trata, y éstas no están siendo adecuadamente identificadas.

Así lo hemos visto en una nueva visita a Ceuta y Melilla de Amnistía Internacional para conocer la situación de las personas más vulnerables en los CETI (Centros de Estancia Temporal para Inmigrantes). El propio director del CETI de Ceuta se lamentaba así: ‘El 99% de las mujeres procedentes de África Subsahariana que llega aquí son víctimas de trata’.

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Las tres vidas de Fati Marmoussa

Por Yasmina Bona

Fati sonreía cuando la conocí y cuando me despedí de ella. Sentadas bajo un cobertizo de paja en el patio de su casa, me explicaba cómo es su día a día en esta zona rural del centro de Burkina Faso, uno de los países más pobres del mundo. Ella es agricultora, mujer y madre. Reúne tres características que la convierten en un perfil muy vulnerable ante los efectos que el cambio climático está provocando en su país. Sequías e inundaciones extremas ponen en peligro la supervivencia de sus habitantes, y las mujeres, especialmente, están en la cuerda floja.

Como el 80% de la población de Burkina Faso, Fati es agricultora y se alimenta gracias a lo que consigue hacer crecer en sus campos. Su vida acumula muchas horas de trabajo cultivando. No fue a la escuela, lo aprendió todo de sus padres, y ahora es ella quien mañana y tarde trabaja en el campo junto a su marido para asegurar que sus tres hijos tengan algo para comer.

Pero en los últimos años, la cesta de Fati está más vacía. El clima ha cambiado, llueve menos y cuando lo hace, la lluvia es tan violenta que provoca inundaciones. Sus cosechas de sorgo y maíz apenas sobreviven a los antojos de un clima cada vez más extremo e impredecible. Las sequías se eternizan y los alimentos escasean. Y entonces, llega el hambre: ‘Vendemos nuestros animales para pagar los cereales, pero aún así tener comida sigue siendo un problema´ comenta Fati sin perder la sonrisa, como tratando de evitar la desesperación: ‘Hubo un momento en el que ya no llegaba a alimentar a mis hijos. No tenía nada más’.

Fati Marmoussa, en su campo de sorgo, en el centro de Burkina Faso. Imagen: Pablo Tosco/Oxfam Intermón.

Fati Marmoussa, en su campo de sorgo, en el centro de Burkina Faso. Imagen: Pablo Tosco/Oxfam Intermón.

En los países más vulnerables a los efectos del cambio climático, las mujeres son las que más padecen sus consecuencias por varias razones relacionadas con su papel en la sociedad. Cuando falta la comida porque la cosecha ha sido mala debido a la sequía o las inundaciones, son las mujeres las que reducen la ingesta de alimentos, con los consiguientes efectos: cansancio y problemas en su salud y en la de sus bebés.
Con 26 años, Fati ya tiene tres hijos, y con ellos tiene que caminar largas horas para acudir al médico cuando enferman. Aunque desde hace un tiempo percibe que las enfermedades se han reducido en su comunidad. La instalación de un pozo de agua potable en Tafgo, donde vive, ha sustituido al estanque en el que antes las mujeres se aprovisionaban de agua sucia que usaban para beber y cocinar. ‘Hubo un cambio positivo en nuestras vidas porque antes bebíamos y cocinábamos con agua del estanque, y teníamos muchas enfermedades’.

Fati recuerda la instalación del pozo como un día de celebraciones entre las mujeres de su pueblo. Ir a buscar agua es una tarea tradicionalmente encomendada a mujeres y niñas, por lo que tener agua cerca, permite a las mujeres ahorrar tiempo que pueden dedicar a otras actividades productivas y a las niñas, poder ir a la escuela.

La malnutrición infantil es uno de los frentes de batalla del país que en los últimos años el cambio climático no ha hecho más que agravar. En la zona del Sahel, castigada con crisis alimentarias recurrentes, unos 5,9 millones de menores de cinco años sufren de malnutrición aguda
Fati participa en talleres para prevenir la malnutrición de sus hijos. La comunidad de Tougouri, donde vive, forma parte de un proyecto desarrollado por la organización local ATAD y Oxfam Intermón para fortalecer la capacidad de adaptación de las personas de las zonas rurales más pobres del país ante unas condiciones climáticas extremas. En las formaciones, madres como ella aprenden a sacar mayor provecho de los alimentos que cocinan para suministrar los nutrientes necesarios a sus hijos en función de la edad, y conocen mejor las normas de higiene que pueden seguir para evitar enfermedades. ‘He cambiado de hábitos respecto a la alimentación de mi familia. Cubro los platos que tienen comida y no los dejo en cualquier sitio. Con las formaciones, tenemos salud’, comenta Fati, que comienza a ser dueña de su propio desarrollo.
Agricultora, mujer y madre africana, Fati tiene todas las papeletas para sufrir mucho ante los efectos del cambio climático. Junto con millones de personas más que viven en el lado más vulnerable del planeta, necesita que nos movilicemos para exigir compromiso. Vidas como la de Fati deberían estar sobre la mesa en la cumbre de Cambio Climático de Marrakech, para que quienes más contaminan se hagan cargo de su responsabilidad. El cambio climático es un fenómeno más de desigualdad: afecta más a quienes tienen menos. Pero podemos pararlo.

Yasmina Bona es periodista y trabaja en el equipo de comunicación de Oxfam Intermón. Ha viajado a Burkina Faso para conocer directamente cómo sufren las comunidades campesinas del centro del país las consecuencias del cambio climático.

Cómo enfocar -y saltar- las barreras invisibles

Por Paz Casillas

Hoy la pobreza ya no se mide exclusivamente como magnitud económica en función de los ingresos económicos obtenidos por la persona. Hemos aprendido que “no tener” significa sólo una parte en el proceso de estar socialmente excluido. Y aquí es importante hablar desde ya de género, porque las mujeres, por el mero hecho de serlo somos más vulnerables, es decir, contamos con menos oportunidades para ser partícipes de la sociedad y disfrutar de una ciudadanía con los derechos plenos.

Obra de Señora Milton.

Obra de Señora Milton.

En Fundación Atenea llevamos 30 años estudiando el fenómeno de la feminización de la pobreza y su invisibilidad. Y para abordar esta desigualdad y aportar soluciones hemos analizado nueve ámbitos sociolaborales que marcan la vulnerabilidad con tres variables: edad, etnicidad y/ó lugar de procedencia y género. Con ellos nos acercamos más a lo que significa ser hoy pobre, un hecho que tiene, principalmente rostro de mujer y que queda casi siempre oculto.

El problema es serio, porque lo que no se nombra no existe y los estudios que analizan los complejos fenómenos de exclusión social y las políticas, programas y proyectos desde una perspectiva de género son escasos. Es decir, están pensados para una realidad normativa que discrimina permanentemente a las mujeres y no contempla los mandatos de género partiendo de un tremendo error de diagnóstico.

Los nueve escenarios sobre los que analizamos la exclusión social son indicadores de economía, empleo, educación, salud, alojamiento, aspectos socio-relacionales y macro-sociales, ámbito personal y participación social ciudadana. Consideramos estos ámbitos como necesidades humanas a las que dar cobertura desde los Estados de Bienestar de las sociedades desarrolladas, derechos para estar integrados.

Y no, no valen excusas, ni crisis, ni austeridades. En el siglo XXI no podemos renunciar a ese sueño de bienestar conseguido, en gran parte. Los estados deben ser conscientes de que si no las cubren están vulnerando las posibilidades de una ciudadanía plena.

Por ello, y si hablamos de justicia social para todos y todas, ha llegado el momento de hablar claro y de manera contundente: sin un análisis de género las políticas seguirán sin favorecer a las personas y familias en situación de exclusión, principalmente mujeres.Si las políticas no cuentan con esta perspectiva pueden provocar el resultado contrario al que persiguen. Mientras se fomente que únicamente las mujeres se encarguen del cuidado, el 52 por ciento de la población seguirá estando en una situación de desventaja y condenada a empleos precarios y una situación de salud peor. La realidad confirma que las políticas muchas veces expulsan a las mujeres del mercado laboral, dificultan su permanencia y promoción y producen sobrecarga, enfermedad y malestar.

Muchas cosas han cambiado en la sociedad española, especialmente los modelos de familia. Por más que los gobiernos se empeñan en favorecer el modelo tradicional, la España del siglo XXI es cada vez más diversa y las mujeres ya no se definen en función de un segundomasculino. La igualdad de oportunidades es la base del desarrollo económico por más que el modelo neoliberal y patriarcal vigente se empeñe en darnos el mensaje contrario… Si no desaparecen los privilegios por clase y género, no habrá progreso. Ejemplos: las prestaciones de viudedad y, sobre todo, nuestro sistema fiscal vigente que sigue permitiendo el modelo de tributación conjunta. Ambas herramientas son discriminatorias y seguirán desincentivando la incorporación igualitaria de la mujer en el mercado laboral.

Las soluciones pasan por contemplar el género desde el análisis social, y no como algo residual en los presupuestos. Porque un sistema tan desigual sólo puede cambiar con apuestas políticas claras para acabar con estructuras que producen desigualdad y rechazo hacia las mujeres. Sobre todo ello tuvimos ocasión de reflexionar en octubre en la jornada sobre Género e Inclusión Social con la que Fundación Atenea ha conmemorado su 30 aniversario. Un espacio de conocimiento y reflexión para acabar con la exclusión de las mujeres.

Paz Casillas es directora de la Fundación Atenea

Mi tierra es mi vida

Por Julia García

‘Las mujeres rurales deben estar orgullosas porque gracias a su valor y al trabajo de sus manos están alimentando a África. El fortalecimiento de las capacidades de las mujeres rurales es esencial, no solo para que puedan gestionar los ingresos agrícolas, sino también para mejorar el rendimiento de todo el continente’.

Son las palabras de Justine N’Tsibiro Bulebe, agricultora africana que a partir de su propia experiencia, se convirtió en una defensora de los derechos de las mujeres rurales en África. Actualmente preside del Colectivo de mujeres de Masisi, en la Republica Democrática del Congo.

Las mujeres rurales africanas se han organizado para marchar hasta la cima del Kilimanjaro y reclamar sus derechos. Imagen: Oxfam.

Las mujeres rurales africanas se han organizado para marchar hasta la cima del Kilimanjaro y reclamar sus derechos. Imagen: Oxfam.

Justine perdió su terrenos de cultivo, el único medio de vida que podía tener, tras la muerte de su marido: por ser mujer no tenía derecho a heredar las tierras de la familia. La costumbre africana no reconoce a la mujer potestad sobre la gestión de la tierra, del mismo modo que no esta autorizada a participar en las reuniones celebradas por los hombres o acceder a los recursos comunitarios.

Mañana, Día Internacional de la Mujer Rural, mujeres como Justine venidas de todos los puntos del continente africano, se reúnen a los pies el monte Kilimanjaro – icono de cambio y victoria – para formalizar sus demandas hacia la garantía de la plena igualdad de derechos entre hombres y mujeres. Como representantes de todo el movimiento, un grupo de cincuenta mujeres han emprendido una valerosa escalada para que, desde el punto más alto de África, sus voces sean escuchadas en todo el mundo. Una movilización histórica que busca trascender de las palabras a los hechos.

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Una historia desde Perú

Por Laura Martínez Valero

Cuando estás en Lima, es difícil mirar hacia los cerros que rodean la ciudad sin que se te encoja un poco el corazón. Secos y polvorientos, hasta donde alcanza la vista están cubiertos por pequeñas casitas de colores. Es un paisaje hermoso, pero también tiene algo de terrible, como si todo aquello no debiera estar ahí. No así.

Conocí a Sara Torres en uno de esos cerros, entre esas coloridas construcciones que vistas de cerca dan cuenta real de su precariedad. En las zonas más altas son apenas cuatro palos y una lona. En las más bajas, se pueden ver paredes de ladrillo con más frecuencia. Mi compañero Pablo y yo habíamos llegado allí para conocer el día a día de la gente que vive en las colinas, con las que nuestra organización, Oxfam, trabaja en la preparación ante un posible terremoto.

Enérgica y optimista, Sara te arrastra, literalmente, ladera arriba, ladera abajo. Muy querida por su comunidad, ha sido dirigente durante 6 años en El Trébol, uno de los miles de asentamientos humanos que pueblan las montañas. Decir que ha sido dirigente significa que se ha encargado de movilizar a todos los vecinos y vecinas para mejorar sus condiciones y construir carreteras, negociar el suministro de agua y electricidad u organizar formaciones sobre género y reducción del riesgo ante terremotos. Porque aquí si quieres algo te lo tienes que hacer tú misma. El estado se encarga de muy poco.

Sara Torres en el muro de la desigualdad, que separa los asentamientos pobres de la zona rica de La Molina. (c) Pablo Tosco

Sara Torres contempla desde lo alto el asentamiento donde vive. (c) Pablo Tosco

A medida que pasaban los días y convivíamos con Sara nos fuimos dando cuenta de que detrás de ese carácter fuerte, se escondía una Sara diferente, que se abrió a nosotros cuando menos lo esperábamos. Y comenzó a hablar: “Yo no quería tener esposo. Nunca quise tener esposo. No sé si será trauma o no sé, algo que había nacido en mí, que yo no quería tener esposo, pero si quería tener hijos”. Aún así convivió más de 20 años con un hombre con el que acabó teniendo dos hijos en común. Sin quererle, sin amarle. Rezó y rezó para que en ella se despertara un sentimiento hacia él. Pero no lo logró.

A los tres años de convivir juntos, él empezó a agredirla. Y ella también se defendía a golpes. Sara comenzó a alternar los periodos en los que justificaba esa violencia con otros en los que se le abrían los ojos. “¿Para qué hacernos daño tanto él como yo si no hay nada que nos ate a nosotros?”, se preguntaba. Pero siguió aguantando.

Aguantando porque creía que eso es lo que una líder hacía. Aguantando porque tenía una imagen y no podía perderla. “Yo no podía decir nada porque yo era dirigente. Era presidenta del comedor. Yo era una mujer ejemplo para las demás. ‘Sara, vecina Sara, está pasando esto con la vecina’. Y yo corría. ‘Vecina Sara están asaltando allá’. Y yo corría”, nos explicó.

Pero llegó un momento en el que Sara dejó de correr y se separó. Ya hace tres años de ello. Ahora recuerda aquella época con otra mirada. Se da cuenta de la gran paradoja que vivió: “Yo era la que traía gente profesional para que les dé charlas a las mujeres, para decirles: “¿Saben qué, señoras? Ustedes tienen estos derechos. Como ustedes mujeres tienen que hacer respetar sus derechos. No deben hacerse agredir con los hombres. Ustedes tienen que denunciar. Eso yo debería haber hecho hace mucho tiempo”, nos confesó en un susurro.

Querida Sara, siempre has sido una líder. Pero ahora lo eres más que nunca.

Laura Martínez Valero trabaja en el equipo de comunicación de Oxfam Intermón y participa en el proyecto Avanzadoras,