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Dos historias de Yemen

Por Júlia SerramitjanaJulia Serramitjana

Hace unos días en Yemen conocí a Fátima. Me rompió los esquemas de cómo es una mujer detrás de un burka. A pesar de no mostrar ni un centímetro de su piel, su carácter e iniciativa me asombraron. La conocí cerca del mar, en una región árida llamada Khor Omeira, un lugar casi desértico donde vivir es muy duro: no hay agua potable ni servicios básicos. Me contó lo complicado que se había hecho su día a día desde que hay guerra en su país en el lugar donde vive, ya antes castigado por la pobreza. Hablamos de la subida de los precios, de la tristeza, del precio del combustible, y otra vez de la tristeza. Conversamos a la orilla del mar, pero nunca supe cómo era su cara o de qué color eran sus ojos.

Fátima tirando las redes en su barca, en la región de Khor Omeira. © Pablo Tosco/Oxfam Intermón


Tiene nueve hijos y se dedica a la pesca. Sale todas las mañanas al mar con su barca. Se levanta sobre las tres de la madrugada para salir y normalmente lo hace sola porque prefiere que sus hijos se queden para ir a la escuela.

Fátima me habló de lo dura que es la vida cuando el viento no sopla a tu favor y nada es propicio, pero también de cómo su iniciativa la mantiene a flote a ella y a su familia. No le da miedo ir a lo más profundo y no duda en tirarse al agua para bucear cuando ve que puede conseguir conchas y otros moluscos que crecen allí. Su padre fue quien la enseñó a pescar.

En Yemen la violencia contra las mujeres se ha manifestado de manera histórica en todas sus formas. Por eso este país es considerado uno de los peores para ser mujer. La violencia armada que ahora está presente y que hace cinco años que dura supone una doble carga para ellas: a las atrocidades de las que es objeto toda la población civil hay que sumarle las discriminaciones y desigualdades preexistentes contra las mujeres. Pero, a la vez, los conflictos también las obligan a a salirse de su rol tradicional. Bien poniéndose a la cabeza de la familia o aprovechando otras fuentes de ingresos. Y este es el caso de Fátima.

Reena, Responsable de Género de Oxfam Yemen, en un barrio destruido por las bombas en las afueras de Aden © Pablo Tosco/Oxfam Intermon

En su barco es ella quien maneja el timón y arranca el motor. Mientras, su marido y uno de sus hijos escuchan lo que me cuenta asintiendo con la cabeza. Con mucho ímpetu, tira y recoge las redes una y otra vez: “Yo soy una mujer fuerte”, dice.

De la guerra que asola Yemen también me habló Reena, otra mujer yemení que trabaja en Oxfam para que mujeres como Fátima tengan una vida menos complicada. Ella vive en la ciudad de Adén, fue a la universidad y estudió Ciencias Sociales. Circulamos juntas en coche por las afueras de la ciudad, contemplando un horizonte de casas destruidas y algunas reconstruidas: “Podemos reconstruir las casas, pero no a las personas”, dice.


Ese día volvíamos de hablar con Amin, un hombre que hace 4 años está viviendo bajo unos plásticos en el campo de personas desplazadas de “Al Mashqafa”, a las afueras de Adén, intentando juntar de nuevo piezas para reconstruir su vida. Reena me ayuda traduciendo del árabe al inglés. Amin cuenta algo que no logro entender y ella le devuelve sonrisa tierna y se le humedecen los ojos: “Me dan ganas de llorar”, dice. “Amin dice que lo que más echa de menos es el olor, el olor de su casa y que sólo piensa en sentirla de nuevo”, me explica emocionada.

Reena lo ha pasado mal durante la guerra. Estuvo muchos meses separada de su familia, trabajando en Saná y mandando dinero y comida no sólo para ellos sino también para los vecinos que no tenían suficiente. Es un ejemplo de perseverancia y vocación. Empezó a trabajar en varias ONG y aprendió el inglés así. Lo habla perfecto. “Quiero ayudar a mi gente”, me dice.

Pienso que Reena tiene razón: reconstruir una casa es más factible que reconstruir una vida pero seguro que mujeres como ella o Fátima ponen las cosas más fáciles para que sea posible.

Júlia Serramitjana es periodista. Trabaja en Oxfam Intermón

 

 

Del horror a la esperanza: el camino de las niñas soldado

Por Eloisa Molina

Mary tiene 17 años y fue secuestrada por un grupo armado mientras estaba en su casa junto a su padre y algunos vecinos. “Nos hicieron caminar durante tres días sin descansar ni comer. Me sentía débil y cansada, pero seguía moviéndome por miedo a que me mataran”, cuenta sobre su terrible experiencia. “Nos llevaron a la selva y me entregaron a uno de los comandantes del grupo que me trató mal. Sin embargo, lo que más me asustó no fue mi propia experiencia, sino ver a personas asesinadas”.

Mary se casó a la temprana edad de 13 años. Ella afirma que estuvo de acuerdo con la propuesta de su esposo; pensaba que esa opción le salvaría de la pobreza y facilitaría la vida de su familia. Más tarde se dio cuenta de lo equivocada que estaba. Tras dar a luz a su segundo hijo, su marido les abandonó y ella tuvo que regresar con su familia en busca de apoyo. En ese momento fue secuestrada por la guerrilla.

La historia de  Rose empezó de una forma totalmente diferente, su padre era pastor y siempre creyó en la importancia de que su hija estudiara. Soñaba con ser matrona y sus padres nunca dudaron que conseguiría llegar a serlo. “Eran exactamente las 9:00 de la mañana de 2015 cuando un grupo de hombres armados irrumpió en nuestra clase de matemáticas. A once niños, cinco niñas, incluyéndome a mí, se nos dijo que nos pusiéramos de pie y camináramos sin hacer ruido. Nos advirtieron que cualquiera que resista sería fusilado”, recuerda la joven. Después del secuestro en la escuela, Rose pasó seis meses en el campamento del grupo armado en el monte.

La experiencia de las niñas soldado

Mary y Rose fueron obligadas durante meses, junto con otros niños secuestrados, a atacar y robar a las personas. Habitualmente, las niñas eran las que más sufrían las malas condiciones del día a día: no había suministros para sus necesidades básicas y siempre eran las últimas en recibir en los repartos. Aparte, ellas tenían que realizar tareas extra solo por el hecho de ser niñas. “Le hacía la colada al comandante, cocinaba y, a veces, me obligaban a golpear a las personas que intentaban escapar. Tenía que hacerlo o recibiría el castigo. Después de tres meses, un grupo de hombres vino por la noche. Nos violaron una y otra vez. Quedé embarazada y me dijeron que me fuera a casa, pero también se me ordenó regresar después de tener al bebé”, cuenta Rose.

Tras dar a luz a su hijo, Rose asistió al Centro para el Desarme, Desmovilización y Reintegración. “Compartí mi historia con ellos y me inscribí para recibir ayuda y asesoramiento. Sabía que la capacitación iba a cambiar mi vida”.

En el caso de Mary solo consiguió escapar tras una exitosa negociación para su liberación. Sin embargo, la liberación es solo el primer paso para la nueva vida de un niño y niña ex soldado. La ONG World Vision, con la ayuda de UNICEF, el gobierno y otros socios locales, comienza en ese punto su trabajo con los niños y niñas facilitando sus servicios de apoyo psicosocial y laboral después de trabajar en la reunificación con las familias.

“Nada más salir comencé a visitar el Centro Vocacional de Tindoka, allí tenía acceso a diversos servicios de apoyo psicológico. Elegí aprender a coser ropa y me dieron una bicicleta para poder acudir a la escuela a diario”, dice Mary. “Gracias a la formación que he recibido monté mi propio negocio y ahora puedo mantener a mis hijos y a mis padres. Mis vecinos están felices porque puedo coserles la ropa. Pero no voy a quedarme aquí”, afirma Mary. Al graduarse, como parte del proceso de recuperación y reintegración, recibió un “kit de inicio” para poner en marcha su propio negocio. Actualmente está pensando en dar un paso más y está tratando de ahorrar suficiente dinero para comprar máquinas de coser y expandir su negocio.

Por su parte, Rose, después de graduarse en mayo de 2019 recibió un kit de inicio que incluía una máquina de coser, un rollo de tela y todos los materiales necesarios para el trabajo de costura. La joven comenzó a coser y vender ropa a un precio muy asequible. Gracias a esos ingresos, ha podido seguir luchando por sus sueños y regresar a la escuela, entusiasmada con la idea de que pronto podrá convertirse en matrona y ayudar a otras mujeres en Sudán del Sur. “Trabajo los fines de semana y asisto a la escuela de lunes a viernes para pagar mis tarifas escolares. La trabajadora social que conocí al abandonar el grupo armado nunca me dejó. Ella me visita regularmente y me orienta en mis decisiones”, agrega Rose. “Ya no me avergüenzo de lo que me pasó. Tengo un futuro por el que luchar”.

(Los nombres de las dos protagonistas de esta historia son ficticios)

Eloisa Molina es Coordinadora de Comunicación de World Vision

Trump, armas y mujeres

Por Laura Hurtado

Hace unos días, el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, anunció su voluntad de retirarse del Tratado Internacional de Comercio de Armas. Si esto llegara a ocurrir, el primer exportador de armas del mundo podría vender bombas y municiones a países que violan los derechos humanos o a grupos organizados de delincuentes y terroristas, lo que podría alimentar conflictos brutales. Sería un duro golpe a los esfuerzos de muchas personas para promover la paz y la seguridad internacionales. Pero sobre todo para quienes hoy viven en contextos de violencia armada.

En las últimas dos décadas, los conflictos civiles se han más que duplicado pasando de 30 en 2001 a 70 en 2016. No hay quien escape de las garras devastadoras de una guerra. Para las mujeres puede ser un punto de no retorno, pero también les puede abrir nuevas oportunidades, según un informe reciente de Oxfam Intermón. A través de los casos de Irak, Territorio Palestino Ocupado y Yemen, el estudio Mujeres en zona de conflicto constata que mujeres y niñas se enfrentan a brutales casos de violencia sexual, cuentan con menos recursos para protegerse y sobrevivir, pierden a sus seres queridos quedándose a cargo de sus familias, son forzadas a convertirse en combatientes o a huir dejando todo atrás. De hecho, el 76% de las personas desplazadas por las guerras son mujeres con hijos e hijas.

Pero al mismo tiempo hay cientos de ejemplos que muestran como las mujeres son capaces de superar los inmensos estragos de la guerra, adaptarse y transformarse, tanto en el ámbito privado como en el público. Los conflictos las obligan a salirse de su rol tradicional, hecho que a veces se traduce en un empoderamiento que las lleva a alzar su voz, movilizarse (destacan campañas para liberar personas presas en Yemen), mediar (hay numerosos ejemplos de mujeres iraquíes que conviven en paz con mujeres vinculadas con el ISIS) o liderar programas de construcción de paz.

Laura Hurtado es  periodista y directora de Comunicación de Oxfam Intermón

Libanesas y sirias hermanadas por un futuro mejor

Por Paula San Pedro

6 julio 2018. La guerra en Siria dura ya siete años. Siete años que ha roto en pedazos la vida y las esperanzas de los 22 millones de sirios. Mientras pasa el tiempo, este conflicto no deja de sumar trágicos récords. Es ya la mayor crisis de desplazamiento del mundo y ha provocado que más de la mitad de la población haya tenido que huir de sus casas. Es también la más cara de la historia, Naciones Unidas ha pedido casi ocho mil millones de dólares para responder a las necesidades.

Aparte, las infraestructuras en el país están completamente devastadas, más del 60% de los hospitales han sido destrozados, un cuarto de las escuelas han sido cerradas y dos tercios de la población no tiene acceso al agua.

Asentamiento de Majdaloum, Siria, por Pablo Tosco

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“Tened fe en las mujeres sirias. Podemos lograrlo todo”

Por Jenny EnarssonJenny Enarsson

Días después de la cumbre de alto nivel sobre cómo acabar con la violencia sexual en los conflictos de Londres, un grupo de mujeres sirias se reunió en Amman (Jordania). En esta reunión no hubo personas famosas ni cámaras de televisión. De hecho, su hubiese habido cámaras, muchas de las mujeres no habrían podido participar.

Se trataba de una iniciativa de la Syrian Women’s Initiative for Peace and Democracy (SWIPD), una red de organizaciones de mujeres de la sociedad civil cuyo objetivo es influir en la búsqueda de una solución política a la crisis que sigue asolando Siria y afectando a toda la región. Tras tres años de largo conflicto, el ambiente en Amman era sincero. Una de las participantes subrayó: La comunidad internacional ha estado mirando a otro lado mientras nos íbamos sumiendo en esta situación; en este infierno’.

 

Una mujer coge a su hija mientras la aviación siria bombardea un barrio cercano a su casa. Foto: Sam Tarling / Oxfam

Una mujer coge a su hija mientras la aviación siria bombardea un barrio cercano a su casa. Foto: Sam Tarling / Oxfam

La coalición, que cuenta con 49 organizaciones, se formó en vistas de las esperadas negociaciones de paz de Ginebra II que comenzaron en enero de este año para fracasar tras semanas de negociación entre las distintas partes del conflicto. Algunas organizaciones están consolidadas y tienen vínculos internacionales, mientras que otras son grupos pequeños que están respondiendo a esta crisis sobre el terreno y que no pueden ser ignoradas. En los meses previos a Ginebra II, las líderesas de las organizaciones miembro, tanto de dentro como de fuera de Siria, hicieron recomendaciones para garantizar que en el proceso de construcción de paz y de recuperación las mujeres participaran activamente y se tuvieran en cuenta las cuestiones relacionadas con el género así como las demandas de las organizaciones de mujeres. Aunque sabemos por los conflictos que existen en todo el mundo que una mayor participación de las mujeres incrementa las posibilidades de éxito de los procesos de construcción de paz, finalmente estas organizaciones fueron excluidas de las negociaciones.

Trabajando para la paz en distintas esferas
En Amman, la reunión se centró en planificar los próximos pasos. La labor de Syrian Women’s Initiative for Peace and Democracy se centra principalmente en abogar por la reanudación de las negociaciones de paz, pero sus integrantes están convencidas de que esta se debe desarrollar nivel local, regional e internacional al mismo tiempo. Esto significa que las organizaciones de la sociedad civil, así como otras organizaciones comunitarias de base y las personas a título individual, deben participar y trabajar juntas y de forma paralela a los debates políticos de alto nivel entre Gobiernos, Naciones Unidas y otros actores internacionales para que la paz sea sostenible a largo plazo. La coalición argumenta que para ello, se debe incrementar el rol de las mujeres como portadoras de este mensaje de paz civil y seguridad. ‘A veces, los países occidentales solo quieren vernos como madres, mujeres y hermanas. Pero no queremos ser víctimas de estereotipos. Tenemos el derecho de participar en las negociaciones y en las decisiones sobre el futuro de nuestro país. Ese es nuestro papel y debe ser tomado muy en serio’.

La Syrian Women’s Initiative for Peace and Democracy (SWIPD) reúne lideresas de 49 organizaciones. Fuente: http://swipad.org/node/45

La Syrian Women’s Initiative for Peace and Democracy (SWIPD) reúne lideresas de 49 organizaciones. Fuente: http://swipad.org/node/45

La voz de la amplia mayoría debe ser escuchada
Para que esta amplia gama de partes interesadas puedan colaborar en pro de la paz, es necesario fomentar la confianza para que las personas sirias de todo tipo de afiliación puedan trabajar juntas. ‘Necesitamos empezar un proceso de paz basado en los intereses y preocupaciones comunes de todas las personas participantes. El pueblo sirio está cansado y quiere una solución pacífica. Las personas extremistas son solo el 5% en ambos bandos del conflicto. Debemos centrarnos en el 90% restante.

La implicación de la comunidad internacional es clave
Pero no solo las organizaciones de mujeres deben coordinar sus esfuerzos. También la comunidad internacional. Las integrantes de la coalición fueron claras en cuanto a qué querían. Una de las participantes explicó: ‘Necesitamos que la comunidad internacional presione para que las negociaciones de paz se reanuden. Y necesitamos apoyo para que nuestra voz sea tenida en cuenta en el proceso de paz. Queremos que la comunidad internacional nos ayude a construir un Estado democrático; el Estado con el que soñamos’.

Cuando la reunión en Amman estaba a punto de terminar y todas las participantes se pusieron en pie dispuestas a marcharse, una de ellas tomó el micrófono:
‘Antes de que nos marchemos, quiero contaros una historia. Hace un año, un grupo armado entró en mi pueblo. Actuaron con violencia. Los hombres no podían salir a la calle porque corrían el peligro de ser tiroteados o secuestrados. Al final, fueron las mujeres quienes rodearon a los combatientes y los echaron del pueblo. Me gustaría decirle a la comunidad internacional que tenga fe en las mujeres sirias. Podemos lograrlo todo‘.

Jenny Enarsson, asesora en temas de género en la respuesta humanitaria de Oxfam en Siria

Sudán del Sur: cuando las mujeres se llevan la peor parte

Por Júlia SerramitjanaJulia Serramitjana

La semana pasada tuvo lugar en Londres la cumbre contra la violencia sexual como arma de guerra organizada por Naciones Unidas, en la que se reunieron más de 100 gobiernos, los directores de ocho agencias de Naciones Unidas y casi un millar de expertos. El objetivo: sellar un compromiso internacional para que se investiguen y documenten estos crímenes; para que se persiga a los que los han cometido y se garantice asistencia a los que les han sufrido; la mayoría mujeres y niñas.

Mujeres en Sudán del Sur

Una mujer en el campo de desplazados de Mingkaman, en Sudán del Sur. Imagen: Pablo Tosco

Mientras leía la carta de conclusiones firmada por Angelina Jolie y William Hague me pregunté: ¿Servirá de algo? Debería. Al menos para visibilizar esta situación e impulsar medidas para frenarlo. Son muchos los lugares en el mundo dónde este drama sigue destrozando las vidas de millones de personas, principalmente mujeres, que tienen que convivir con la frustración de ver cómo los terribles abusos que han sufrido quedan impunes y olvidados.

Y es que la cultura de la impunidad que ampara esos crímenes es bien arrelada en muchos países como Sudán del Sur, un país que acaba de cumplir un triste aniversario: seis meses de conflicto armado. Medio año de guerra y dolor.

Cuando estuve allí, hace ya un par de meses, conocí a Edmund Yakani, director de CEPO, una organización defensora de los derechos civiles, que está documentando, entre otros temas, el impacto que tiene el conflicto entre las mujeres. Y lo hacen en un contexto realmente difícil.

Edmund me contaba que en este conflicto, como en muchos otros, las mujeres se están llevando la peor parte. En situaciones de violencia como la que está viviendo Sudán del Sud, nos contaba que son las principales víctimas de violaciones, humillaciones y asesinatos.

Yakani explicaba la razón por la cual esto es así: en las guerras las mujeres juegan un papel primordial en el cuidado de la familia, ejerciendo un rol de protección y estabilidad. Con sus maridos muertos o en el frente, muchas de ellas, ahora, solas y con varios hijos e hijas a su cargo, se encargan de mantener a toda la familia. Se encargan de buscar y preparar la comida y el agua, de garantizar un techo para resguardarse, de cuidar de las personas mayores y de los pequeños.

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Edmund Yakani, director de CEPO, organización pro derechos civiles. Imagen: Pablo Tosco

Ambos bandos son conscientes del papel que juegan las mujeres en este conflicto. De cómo ellas salvaguardan la vida en un contexto dominado por la muerte, así que la forma para causar aún más dolor entre los hombres en el frente es humillando, violando y matando a sus mujeres. Es así como usan la violencia sexual como arma de guerra. Y es así como destrozan la vida, que precisamente ellas representan.

Ahora, seis meses después que empezara la guerra, recuerdo cómo me impresionó conocer a Yakani. Cómo me chocó su valentía y determinación a la hora de trabajar y denunciar la violencia sexual presente en su país en guerra en y el sentimiento de entrega, preseverancia y compromiso que transmitía a la hora de contarlo. Ojalá un día ya no deba de seguir luchando por ello.

 

Júlia Serramitjana es periodista y trabaja en Oxfam Intermón

La cooperante y el guerrillero, o cómo atraer la atención hacia Sudán del Sur

Por Laura HurtadoLaura Hurtado

Hace unos días terminé de leer La guerra de Emma (Ed. Marbot, 2011) donde la periodista norteamericana Deborah Scroggins cuenta la historia de Emma McCune, una británica de buena familia que lo dejó todo para impulsar un proyecto de educación en Sudán del Sur, cuando todavía no se había separado de Sudán. En medio de la guerra más larga de África y de una de las primeras hambrunas mediáticas, Emma se enamoró de Riek Machar, entonces un líder guerrillero del Ejército Popular de Liberación de Sudán (EPLS). Machar terminaría ocupando la vicepresidencia del nuevo país independiente en 2011 como representante de la etnia nuer, pero actualmente permanece escondido tras ser acusado por el presidente Salva Kiir -de la etnia dinka- de encabezar un golpe de Estado el pasado mes de diciembre.

La británica Emma McCunne con su marido guerrillero, Riek Machar, en Sudán del Sur

La británica Emma McCunne con su marido guerrillero, Riek Machar, en Sudán del Sur. Imagen: www.theage.com.au

Como os podéis imaginar, la relación entre la cooperante inglesa y el guerrillero sursudanés nunca fue fácil. Por un lado, los cooperantes extranjeros que eran colegas de Emma no entendieron que se casara y se fuera a vivir con un ‘señor de la guerra’ y de esta forma tomara partido en el conflicto, poniendo en riesgo la neutralidad que deben tener las personas que trabajan para las ONG con el fin de garantizar su labor en el país: ayudar a la población civil a sobrevivir en medio de la brutalidad. Por otro lado, los miembros del EPLS afines a Riek Machar insinuaban que no era suficiente duro para disciplinar a sus tropas debido a la influencia de su esposa ‘khawaja’ (término árabe que usan los sudaneses para referirse a los blancos). De hecho, ‘la guerra de Emma’ fue el nombre que algunos miembros del EPLS dieron a la guerra que estalló en 1991 entre los seguidores de la John Garang, el líder del EPLS, y los de sus lugartenientes Riek Machar, Lam Akol y Gordon Kong, como si ella fuera la culpable de todo. Un clásico, por cierto, como Eva en el Paraíso, por citar un ejemplo.

Emma McCune fue una mujer comprometida con la población afectada por la guerra en Sudán del Sur

Emma McCune fue una mujer comprometida con la población afectada por la guerra en Sudán del Sur. Imagen: louderthanwar.org

De todas formas, la intención del libro no es ni mucho menos contar una historia de amor. El controvertido romance solo sirve como excusa para intentar comprender la guerra civil sudanesa que, exceptuando pequeños paréntesis de paz, duró más de 50 años (1955-2005) y dejó millones de muertos (sí, millones). Todo ello para conseguir  ‘atraer el interés de los lectores occidentales’, según confiesa la autora en las primera páginas.

A lo largo del libro, Scroggins relata escenas horripilantes que vivió en su propia piel cuando viajó a Sudán del Sur para cubrir la hambruna en 1988 o la guerra en 1990 para un periódico de Atlanta (EEUU). Miles de personas hambrientas peleándose por la comida que distribuían unas pocas ONG, en un país abandonado a su suerte por Occidente y víctima de los ‘señores de la guerra’ locales, que sacan partido de sembrar el caos.

Pero lo peor de todo es que, mientras leía el libro, los enfrentamientos en Sudán del Sur estallaron de nuevo. De repente, la historia se repetía. Y el horror también. Casi un millón de personas (1 de cada 8 sursudaneses) ha tenido que abandonar su hogar repentinamente, atemorizadas, dejando atrás sus tierras y su ganado, es decir, su medio de subsistencia. Se calcula que 5 millones de personas necesitan alimentos, agua y refugio, mientras Occidente mira a otro lado. De los 1,27 billones de dólares que pidió Naciones Unidas a la comunidad internacional para esta emergencia solo se ha conseguido una tercera parte.

Por suerte, algunas ONG seguimos allí, dispuestas a salvar vidas.

 

Laura Hurtado es periodista, feminista y trabaja en Oxfam Intermón. Si quieres, puedes ayudarnos a responder a la emergencia en Sudán del Sur.

Siria: ‘nunca pensé que esto podría pasarnos’

Por Claire Seaward Claire Seaward

Recientemente he conocido a Reema*, una joven siria de 19 años de edad, en un campo de refugiados de Líbano. En Siria, Reema tenía toda la vida por delante. Acababa de terminar la escuela secundaria y estaba a punto de entrar en la universidad. Estaba ansiosa por trabajar y forjarse un futuro.

Pero en ese momento su casa fue bombardeada y ella, sus padres y hermanas tuvieron que huir. Ahora espera sentada en un campo sin posibilidad de acceder a la educación superior, sin perspectivas de independizarse, y –tal como refleja su mirada- sin esperanza para un futuro mejor.

Lamentablemente, la historia de Reema es solo una de muchas en Siria. En los últimos cuatro meses, he conocido a muchas mujeres refugiadas en el Líbano y Jordania. Me siento honrada de escuchar sus historias. En una crisis como ésta, las opiniones y preocupaciones de la gente común a menudo son difíciles de encontrar. Las voces de las mujeres son especialmente raras.

Muchas mujeres sirias están luchando para hacer frente a esta nueva realidad. Como tú o como yo, tenían casas, trabajo, agua, electricidad, educación y salud. Algunas son profesoras universitarias, arquitectas, y sus maridos son diseñadores de jardines, albañiles y empresarios. Hasta que, un día, todo desapareció.

A muchas madres que he conocido lo que más les preocupa son sus hijos. Muchas huyeron de Siria porque temían por sus vidas. Están preocupadas porque sus hijos e hijas no pueden ir a la escuela, porque el agua que beben les provoca enfermedades, o porque no serán capaces de darles la comida que necesitan. Las mujeres embarazadas están preocupadas por dar a luz y criar a sus bebés en un campo polvoriento y sucio.

Samira se ha visto obligada a vivir en un campo de refugiados de Líbano. © Luca Sola/Oxfam.

Samira se ha visto obligada a vivir en un campo de refugiados de Líbano. © Luca Sola/Oxfam.

Escuchar estas historias hace que sea consciente de la suerte que tengo de haber crecido en un país estable y próspero como Australia. Cuando estoy enferma, voy a ver a mi médico de cabecera. Cuando abro un grifo, tengo agua potable. ¿Qué haría yo si mañana me convirtiera en una refugiada? Sinceramente, no lo sé. Y suelo pensar que eso no me pasará nunca.  Aunque estas mujeres sirias pensaban lo mismo que yo. De hecho, una de las frases que más he escuchado entre las personas refugiadas de Siria es: “Nunca pensé que esto nos iba a pasar a nosotros.”

Desde que comenzó el conflicto hace tres años, 1,8 millones de personas han tenido que abandonar Siria para encontrar seguridad en los países vecinos, a veces con nada más que la ropa que llevaban puesta. Otros 4,25 millones de personas están todavía dentro de Siria, pero han tenido que huir de sus hogares para tratar de encontrar un lugar seguro para vivir.

Oxfam (donde yo trabajo), y muchas otras organizaciones, son capaces de ayudar con los problemas inmediatos que enfrentan las personas refugiadas. Por ejemplo, en Oxfam estamos trabajando con organizaciones locales para proporcionar dinero en efectivo y cupones para que las familias puedan comprar alimentos y tener un techo sobre sus cabezas, aunque ese techo sea un sótano, que forma parte de un edificio abandonado, o láminas de plástico para hacer una tienda de campaña.

Pero la ayuda que dan los gobiernos y las personas individuales es lo que realmente marca la diferencia, es lo que está salvando vidas.

La ONU acaba de pedir a Estados Unidos 5 millones de dólares para proporcionar a las personas afectadas por la crisis de Siria durante el 2013. Se trata de una enorme cantidad de dinero, pero es lo que se necesita para proporcionar la ayuda esencial, como alimentos, agua, refugio y atención médica a millones de personas afectadas.

Lo que Oxfam y otros organismos de ayuda no podemos hacer es que Siria vuelva a ser lo suficientemente segura para que su población pueda volver. Los gobiernos y los grupos de la oposición dentro de Siria tienen que lograrlo y les instamos enérgicamente a encontrar una solución pacífica a la crisis lo antes posible.

Las mujeres con las que he hablado quieren desesperadamente volver a casa. Ellas aman Siria. Pero hasta que no sea seguro volver, se sientan en el limbo, en países como Líbano y Jordania, sin saber cuál será su destino.

Para ayudar a las mujeres como Reema a volver a su hogar, puedes hacer un donativo para la emergencia de Siria.

 

 

* Reema no es su verdadero nombre. Hemos tenido que cambiarlo por motivos de seguridad.

Claire Seaward es responsable de campañas de Oxfam. Durante los últimos 9 años ha trabajado en Gran Bretaña,  África y  Asia. Defiende los derechos de los refugiados sirios en el Líbano y Jordania desde febrero de 2013.