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Libanesas y sirias hermanadas por un futuro mejor

Por Paula San Pedro

6 julio 2018. La guerra en Siria dura ya siete años. Siete años que ha roto en pedazos la vida y las esperanzas de los 22 millones de sirios. Mientras pasa el tiempo, este conflicto no deja de sumar trágicos récords. Es ya la mayor crisis de desplazamiento del mundo y ha provocado que más de la mitad de la población haya tenido que huir de sus casas. Es también la más cara de la historia, Naciones Unidas ha pedido casi ocho mil millones de dólares para responder a las necesidades.

Aparte, las infraestructuras en el país están completamente devastadas, más del 60% de los hospitales han sido destrozados, un cuarto de las escuelas han sido cerradas y dos tercios de la población no tiene acceso al agua.

Asentamiento de Majdaloum, Siria, por Pablo Tosco

Los más de cinco millones de personas que han logrado huir, la gran mayoría a los países vecinos, tampoco están en una situación mucho mejor. No cuentan con permisos para trabajar, apenas tienen medios para sobrevivir, viven en habitáculos indecentes y sufren todo tipo de abusos. Por si fuera poco, los índices de pobreza de los refugiados se han disparado; el 70% de ellos vive bajo ese umbral en países como Líbano, Turquía o Jordania.  Pero estos países tampoco dan mucho más de sí y parecen mantenerse en un frágil punto de ebullición.

Mientras, la comunidad internacional ha dado la espalda a estos países y sólo unos pocos (Noruega, Alemania y Canadá principalmente) han asumido su responsabilidad acogiendo a la cuota de refugiados que les corresponde según su nivel de riqueza.

Al tiempo, Siria se ha convertido en este tiempo en el tablero de ajedrez de los juegos estratégicos, políticos y económicos de la región respaldados por Estados Unidos y Rusia. Y lejos de que la fatiga militar haya minado a ninguno de los grupos armados, los conflictos secundarios se han convertido en la nueva fórmula bélica. En este año hemos visto ataques en la ciudad de Dara’a en el sur del país, en Damasco, en el norte en Idlib, entre otros puntos calientes. Sólo en estos seis meses se ha producido más desplazamiento que en ningún otro periodo desde que se inició la guerra.

Nada indica que la situación mejore. Y la esperanza quedó en el olvido. Todos los refugiados con los que hablo han optado por no mirar más hacia el futuro, por no generarse expectativas, ni aún por sus hijos. El pragmatismo y la frustración más absoluta es lo único que mantienen vivo.

Ahora impera la narrativa del retorno “voluntario”. Se les empuja a volver a Siria a pesar de que no se da ninguna de las condiciones mínimas para hacerlo. No quieren volver, saben que lo que les espera es aún peor de lo que tienen. Ellos y ellas están atemorizados de todo, de las represalias, de la violencia, de no encontrar sus casas, de no poder vivir. Es inimaginable cómo debe ser sentir que no eres bienvenido en ningún país.

Pero como en todo, también hay esperanza en medio de toda esta desolación. En Tripolí, la segunda ciudad más importante de Líbano, y una de las más afectadas por la violencia y la pobreza, he encontrado esta muestra de optimismo. Oxfam trabaja apoyando a dos organizaciones; una de mujeres y otra de jóvenes. Ambas están formadas por población siria y libanesa. Les une problemáticas comunes (la constante discriminación femenina y el alto paro juvenil). Consideran que tienen algo que decir, una causa común por la que luchar. Las refugiadas sirias se encuentran más seguras siendo apoyadas por las libanesas, las libanesas

Paula San Pedro es responsable de Incidencia Política en Acción Humanitaria de Oxfam Intermón

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