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Captura de la web oficial de Punk London

Captura de la web oficial de Punk London

La Alcaldía de Londres —ocupada por el clon british de Trump, Boris Johnson— se ha maridado con la Lotería Británica —una unión de severa naturalidad: el gestor de la municipalidad y los juegos de azar— para organizar algo que llaman Punk London y que explican en una línea: “40 años de cultura subversiva”. Las groserías cortas son las peores.

El evento, acudamos al término-cliché para definirlo, se convierte en circo cuando uno despliega la lista de actos que deben celebrarse a lo largo de todo 2016: desde talleres de tatuaje a charlas, exposiciones y películas. Por supuesto hay una tienda virtual que por ahora tiene los estantes vacíos —a no ser que el mensaje “coming soon” de la web sea un guiño al nihilismo punk— y ese aplique de supuesta interconectividad que no puede faltar en la vida moderna, un hashtag, .

“El punk fue siempre algo más que una camiseta o una canción con volumen alto: era una actitud irreprimible“, explican, conjugando en pasado los verbos de la oración, no vayamos a creer que la dinamita todavía tiene mecha.

Los fastos, en los que están implicados, dinero en mano —y mercadotecnia de armamento de repetición en la otra—, el British Film Institute, el British Fashion Council, el Museum of London y la British Library por parte pública y Live Nation y Universal Music por parte de las mafias privadas dedicadas a la explotación del entretenimiento y el lavado de cerebros. No han detallado de qué fondos públicos disponen y quién pone cuánto, pero la fundación de la lotería, que al menos no se esconde, ha soltado casi 150.000 euros para empezar.

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El suceso musical del año: editan las cintas perdidas de Can

"The Lost Tapes" (Can)

"The Lost Tapes" (Can)

Entre 1968 y 1977 en la burguesa ciudad alemana de Weilerswist, veinte kilómetros al sur de Colonia y a tiro de piedra de la frontera con Holanda, la pausada vida luterana centroeuropea era quebrada por las vibraciones dionisíacas generadas por un grupo de  comedores de hongos psicoactivos y sustancias químicas de similares efectos aperturistas.

Los músicos de Can se encerraban en su estudio campestre y volaban. Dos de los fundadores del grupo, el teclista Irmin Schimdt y el bajista Holger Czukay, eran desertores de la música clásica, capaces de interpretar a Brahms y de reconocer que Brahms era, sobre todo, profundamente aburrido.

Del compositor Karlheinz Stockhausen, a cuyas clases académicas habían asistido ambos, aprendieron a gozar de la electrónica, el serialismo, la música espacial y el punctualismo. De la Velvet Underground admiraban la capacidad de corromper el pop con ruido controlado y feedback. De Sly Stone y James Brown tomaron la consideración del síncope como componente primario. De la música africana, la posilibilidad de alcanzar la embriaguez mística con la sola ayuda del ritmo encadenado.

Can

Can

En 1968 montaron una primera unidad de vanguardia. Se llamaban, de manera muy apropiada, Inner Space. El nombre era demasiado textual, se lo pusieron al estudio de grabación y sustituyeron el del grupo por unas siglas no menos reveladoras: CAN, de comunismo, anarquismo y nihilismo.

No era una declaración ideológica sino musical. Can practicaba la “composición instantánea” de canciones que nacían al tiempo en que eran interpretadas y mientras los músicos se comunicaban entre sí por lo que llamaban “telepatía del ritmo”. Nada amigos de explicarse, sino de ofrecer descargas epifánicas que trasladaban a  los oyentes a otros confines, Czukay fue quien más se acercó a una declaración de pretensiones: “La ineptitud es la madre de la carencia y la carencia es la abuela de las actuaciones imaginativas”. Ya ven, actitud punk a principios de los setenta.

A la comunidad se unieron otras almas en busca de elevación: primero el batería Jaki Liebezeit y el guitarrista Mikel Karoli y más tarde, el cantante, poeta y artista Malcom Mooney y, para sustituir a éste —aquejado de paranoia clínica—, el nómada japonés Damo Suzuki, que improvisaba las letras y siempre se negó con radical vehemencia a transcribirlas en papel.

El grupo grabó discos que asombraban por su libertad. La trilogía consecutiva Monster Movie (1969), Tago Mago (1971) y Ege Bamyasi (1972) los convirtió en el mejor grupo europeo de entonces (Reino Unido incluido) en la construcción de madejas improvisadas donde el funk rítmico se combinaba con el jazz libre, el ambient repetitivo que prefiguraba el trance y la psicodelia. Casi veinte años después comenzaron a ser citados como precursores por Joy Division, Talking Heads, John Lydon, Radiohead, The Fall, Sonic Youth, The Mars Volta, The Jesus and Mary Chain, The Flaming Lips… Incluso Kanye West ha sampleado a Can.

Era conocido que Can registraba casi todo lo que interpretaba en las largas sesiones de grabación de Inner Space, que a veces se prolongaban durante noches enteras. Sin embargo, la venta del estudio y su traslado de ciudad, hizo que las cintas se traspapelaran. Tras un trabajo de búsqueda de dos años, varias bobinas con 30 horas de grabación fueron encontradas en un viejo mueble archivador. El 18 de junio la discográfica Mute anuncia la edición del disco triple The Lost Tapes (Las cintas perdidas). Irmin Schmidt ha participado en la reconstrucción y nueva mezcla del material.

No se trata de una recopilación de descartes o tomas alternativas, sino de música original que no llegó a los discos por razones de espacio. Si juzgamos por lo único que se ha filtrado —los salvajes tres minutos y medio de Millionenspiel del vídeo de abajo—, estamos ante el suceso musical del año.

Ánxel Grove