Archivo de marzo, 2020

¿Cómo puedo saber si a mi hijo le cuesta respirar?

Las infecciones respiratorias son uno de los motivos más frecuentes de consulta en pediatría. Cada día los centros de salud se llenan de niños que presentan tos y mucosidad, ya sea por un catarro, una laringitis, una bronquitis o una neumonía. Tras una exploración física adecuada, los pediatras somos capaces de establecer un diagnóstico y plantear qué tratamiento necesita cada niño. La gran mayoría de los casos evolucionarán de forma adecuada resolviéndose en unos pocos días.

Sin embargo, durante estos procesos uno de los signos de alarma que debéis vigilar es la dificultad respiratoria, ya que aparece cuando los mecanismos que pone el cuerpo humano en marcha para sobrellevar una enfermedad respiratoria no son suficientes. Por ello, es muy importante que los padres aprendáis a reconocer cuándo a vuestros hijos les cuesta respirar para que solicitéis atención médica en ese momento.

En este post os enseñamos qué debéis vigilar para apreciar la dificultad respiratoria de un niño.

La velocidad a la que respira un niño

La dinámica respiratoria de un niño y un adulto es muy diferente. Mientras una persona mayor respira en reposo unas 12 veces por minuto, un recién nacido puede hacerlo hasta 45 veces. A medida que crece, la frecuencia respiratoria disminuye hasta asemejarse en la adolescencia a la de los adultos. A lo largo del día puede variar en función de los esfuerzos que hagamos ya que, cuando el cuerpo necesita más oxígeno, la respiración se acelera para cubrir esa demanda, volviendo a la normalidad al volver al reposo.

Por otro lado, cuando al aire le cuesta entrar a los pulmones (por ejemplo por una bronquitis) o hay alguna zona pulmonar afectada por una infección (como en una neumonía), lo que hace el cuerpo para compensar la dificultad para hacer llegar el oxígeno a la sangre es respirando más deprisa. Por ello, el aumento de frecuencia respiratoria se considera un signo precoz de dificultad respiratoria en la infancia.

A pesar de ello, no es necesario que los padres cuenten con un reloj cuántas veces respiran sus hijos cada minuto si sufren alguna enfermedad respiratoria. Basta con que os deis cuenta de que respiran más deprisa de lo que lo hacen habitualmente para apreciar que la dificultad respiratoria ha hecho acto de presencia. En ocasiones esta situación la describís como que el niño jadea o presenta fatiga a pesar de estar en reposo o no haber realizado esfuerzo.

También es importante que sepáis que cuando un niño tiene fiebre, por cada grado de temperatura “extra” respira diez veces más por minuto. De esta forma, un niño de uno o dos años cuya frecuencia respiratoria en reposo es de 20-25 por minuto, si tiene 39ºC es normal que pase a respirar unas 40-50 veces por minuto. Tras ceder la fiebre, la frecuencia respiratoria volverá a su estado habitual, lo que os permite diferenciar cuando un niño respira más deprisa porque le cuesta respirar o es simplemente por la fiebre. Este pequeño detalle es muy importante ya que la fiebre es otro de los síntomas frecuentes en el caso de una infección respiratoria.

El “tiraje”

Hasta ahora sabemos que cuando al aire le cuesta entrar a los pulmones, lo que hace el cuerpo de un niño para compensarlo es respirar más deprisa. Pero ¿qué pasa si no es suficiente?

La respiración normal se realiza gracias a la contracción del diafragma, ese músculo invisible a simple vista que está situado debajo de los pulmones. Cuando se contrae genera un cambio de presión dentro de la caja torácica que hace que el aire fluya hacia los pulmones y cuando se relaja que salga. Como os podéis imaginar, ante una enfermedad respiratoria que impide la correcta llegada del aire a los pulmones, el diafragma se contrae más fuerte en un intento de meter más aire, lo que normalmente va acompañado de un aumento de frecuencia respiratoria que vimos en el apartado anterior. Cuando ese esfuerzo adicional no es suficiente se ponen en marcha otros músculos para sobrellevar lo que el diafragma ya no es capaz de hacer.

Básicamente son tres grupos musculares: los musculosos del abdomen, los que existen entre las costillas y los del cuello. Estos músculos no se utilizan habitualmente para respirar, aunque sí que lo hacen cuando existe dificultad respiratoria. Con su contracción “tiran” de la caja torácica para meter más aire, motivo por el que cuando esta situación aparece decimos que el niño tiene “tiraje”, aunque también podemos decir algo más técnico como distrés respiratorio.

Esa contracción extraordinaria de estos grupos musculares es visible a simple vista por lo que no os debería resultar difícil identificar a qué niño le cuesta respirar si es que presenta tiraje. Con unos videos lo entenderéis mejor.

En este de aquí abajo podéis ver a un lactante con Bronquiolitis en la que se aprecia como al bebé le cuesta respirar y utiliza los músculos de la tripa:

En este otro de aquí abajo se observa a un niño pequeño que esta utilizando las costillas para respirar; como se puede ver las costillas se marcan en cada respiración.

En este último, aunque corresponde a un adulto, se aprecia muy bien como los músculos del cuello se contraen, dando la sensación de que “el cuello se hunde”, uno de los signos habituales de dificultad respiratoria. Este tipo de tiraje es difícil de apreciar en niños pequeños porque tienen el cuello muy corto.

Los ruidos al respirar

Por último, cuando el camino hacia los pulmones se estrecha mucho, el aire en su recorrido puede sufrir alguna turbulencia que podemos identificar con ruidos al respirar. De esta forma, puede aparecer estridor en el caso de las laringitis o pitos/sibilancias en el caso de las bronquitis. Incluso también es frecuente en el caso de que un niño tenga muchos mocos en la nariz. Lo habitual es escuchar estos ruidos solo con el fonendo, pero cuando a un niño le cuesta respirar de forma llamativa se pueden oír sin ningún tipo de aparato médico.

Estos ruidos no aparecen de forma aislada ya que acompañan a los otros signos de dificultad respiratoria (el tiraje y el aumento de la frecuencia respiratoria). Además, a la los médicos nos ayudan a localizar en qué lugar de la vía aérea está la estrechez para realizar un diagnóstico más preciso y así establecer un diagnóstico.

El caso es que observéis que vuestros hijos hacen ruido en reposo al respirar y este no parece que se deba a los mocos que tiene en la nariz (esos ruidos mejorarían al hacer un lavado nasal), debéis consultar con un médico.

¿Y la saturación de oxígeno?

Es cierto que cuando a un niño le cuesta respirar, el oxigeno en sangre le puede disminuir. Para detectarlo podemos utilizar un pulsioxímetro, el cual nos informa de forma indirecta de la cantidad de oxígeno que circula por la sangre.

Sin embargo, ese dato debe valorarse en conjunto con los demás signos de dificultad respiratoria que os hemos contado. De hecho, un niño puede tener el oxígeno en cantidades perfectas en sangre sin que esto sea una garantía de que no le cueste respirar.

Por todo ello, nos creemos que los padres debáis tener en casa uno de estos aparatos y, en todo caso, no deben suplantar nunca a la valoración clínica de la dificultad respiratoria (frecuencia respiratoria, tiraje y ruidos al respirar).


En resumen, la observación de cómo respira un niño es fundamental para establecer si presenta dificultad respiratoria o no. Los padres deben aprender cuáles son estos signos para que puedan tomar la decisión de cuándo acudir al pediatra.

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Melatonina, ¿el remedio para el sueño de los niños?

En los últimos años estamos asistiendo a campañas publicitarias en muchos medios de comunicación que promocionan la melatonia, una hormona que controla el reloj biológico que nos dice cuándo es de noche, como el remedio perfecto para que los niños duerman bien bajo eslóganes del estilo “El sueño llega a su hora”.

No en vano, muchos padres reconocen que en alguna ocasión han pensado que sus hijos duermen mal y las estadísticas apuntan a que uno de cada tres niños presenta en alguna ocasión un trastorno del sueño (sobre todo insomnio de conciliación -cuando al niño le cuesta mucho dormirse al inicio de la noche- o por múltiples despertares nocturnos en los que reclama a sus padres para volver a dormirse).

Con estos datos en la mano, ¿quién no querría ese remedio que se anuncia a bombo y platillo como la mejor solución para el descanso de sus hijos? Seguramente muchos. Sin embargo, la mayoría de estos padres desconocen las verdaderas indicaciones que tiene este medicamento que se vende sin receta y bajo la denominación de complemento alimenticio. Esperamos que este post os sirva para resolver las dudas que a menudo nos habéis trasladado por redes sociales de si es bueno o malo utilizar la melanina para que vuestros hijos concilien el sueño.

¿Qué es la melatonina?

La melatonina es una hormona que sintetiza el cerebro en ausencia de luz. Esto permite a nuestro cuerpo saber cuándo llega la noche y, por tanto, la hora de irnos a la cama. Su secreción se inicia cuando empieza el atardecer y desaparece con los rayos del nuevo día. De esta forma, el reloj biológico de nuestro cuerpo se sincroniza con un ritmo circadiano, es decir, cada 24 horas.

Durante el embarazo, el futuro bebé es capaz de sintetizarla desde la semana 26, pero no será hasta los 5-6 meses de vida en que su secreción esté totalmente regulada y, entonces, el ritmo circadinao no quede establecido completamente. Hasta esa edad, los niños duermen casi las mismas horas de día que de noche y, a partir de entonces, la gran mayoría son capaces de dormir al menos cinco horas seguidas durante la noche, periodo que se irá a largando con el paso de los meses en los que progresivamente dormirán menos siestas diurnas y más tiempo por la noche.

Esta hormona fue descubierta en 1958 y desde entonces se han descubierto muchas funciones que tiene en el organismo además de regular el ritmo circadiano. Entre ellas destacan su colaboración con el control del crecimiento tumoral, propiedades en la protección ósea, facilita la regulación inmunológica o que facilita la liberación de radicales libres.

¿Para qué sirve la melatonina como medicamento?

Desde finales del siglo XX existen preparados comerciales de venta libre en farmacias (sin receta ni prescripción de un médico) que han resultado eficaces en adultos para tratar ciertos trastornos del sueño, sobre todo aquellos en los que el reloj biológico se desajusta, como por ejemplo el jet lag.

La seguridad en adultos de este fármaco está más que comprobada ya que no se han descrito efectos secundarios relevantes y existe muy bajo riesgo de intoxicación (por no decir que inexistente) a las dosis que se emplea. Y en todo caso, daría lugar a mayor somnolencia de la deseada.

En niños, esta comprobado que la melatonina disminuye la latencia del sueño, es decir, el tiempo que tardan desde que se meten en la cama hasta que se quedan dormidos. Si se adelanta el inicio de sueño de forma significativa, esto también implicará que el niño duerma más horas por la noche.

Visto así, parece el remedio perfecto para esos niños a los que les cuesta quedarse dormidos. Sin embargo, las cosas no son tan sencillas como darles unas gotitas y esperar a que hagan efecto…

¿Cuál es el “problema” de la melatonina en niños?

Hace un par de párrafos hemos dicho que la melatonina en adultos es segura. Pero, ¿y en niños? ¿Hay estudios suficientes para afirmar que se puede administrar a los pequeños de la casa sin riesgo?

Los estudios que se han realizado en niños con este fármaco son escasos. Es cierto que demuestran los mismos efectos que en adultos en cuanto a adelantar el inicio del sueño, sin embargo, su efectos secundarios no están establecidos a largo plazo. Lo que sí está claramente demostrado es que si sólo se administra melatonina para que un niño se duerma rápidamente sin abordar otros problemas como la higiene del sueño o las rutinas que tiene para dormirse, el 90% recaerá al suspender el tratamiento. Es decir, pan para hoy y hambre para mañana.

En cuanto a su seguridad en niños, su uso a corto plazo (por debajo de cuatro semanas) parece seguro sin que se hayan observado efectos secundarios diferentes a los del placebo. Sin embargo, los estudios a largo plazo todavía no aportan información suficiente sobre su seguridad. Estudios de seguimiento a tres años no han puesto de manifiesto ningún efecto no deseado, pero no van más allá. Y no debemos de olvidar que, a diferencia de los adultos, los niños durante la infancia deben completar el desarrollo psicomotor, por lo que actualmente no se sabe qué efecto a largo plazo puede tener en él el uso continuado de melatonina.

Entonces, ¿debería dar melatonina a mis hijos para que duerman bien?

En el año 2014 la Asociación Española de Pediatría publicó en su revista Anales de Pediatría un consenso sobre el uso de la melatonina en los niños de las sociedades que con más frecuencia han abordado el problema del sueño infantil, tales como la Sociedad Española del Sueño, la Sociedad Española de Neurología Pediátrica o la Sociedad Española de Pediatría Extrahospitalaria y Atención Primaria.

En este documento queda claro que la melatonina puede resultar útil pero debe usarse siempre como medida de apoyo a la reeducación en las rutinas del sueño de los niños y nunca como única intervención tras analizar cuál es el verdadero problema por el que el niño no se duerme como esperan sus padres y cómo podemos ayudarle. Además, la melatonina nunca debería darse a un niño sin la supervisión de un pediatra.

A veces resulta difícil justificar tales precauciones cuando este medicamento se puede comprar con suma facilidad en una farmacia. En este sentido, la Asociación Española de Pediatria de Atención Primaria publicó hace tiempo un comunicado en que instaba al Ministerio de Sanidad a “tomar la medidas que considere oportunas para que la distribución de los preparados farmacológicos de melatonina se realicen por los cauces ordinarios bajo control del pediatra de atención primaria o el médico experto en sueño”. En resumen, con receta. Por desgracia, su reclamación no ha sido escuchada todavía.

Como padres entendemos perfectamente la desesperación que para muchas familias supone el descanso de sus hijos. Por experiencia sabemos que a todos nos gustaría que nuestros hijos se durmieran rápido y, a poder ser, toda la noche del tirón. Sin embargo, la realidad del sueño en la infancia es muy distinta. Esperamos que después de lo que habéis leído hayáis entendido que la solución al sueño de nuestros hijos no pasa por darles unas gotitas mágicas y sanseacabó.

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Bibliografía:

NOTA: este post esta realizado para esclarecer las implicaciones que puede tener la melatonina en niños sanos. Este fármaco también se emplea como coadyuvante en el tratamiento del insomnio en niños con trastornos nuerospicológicos en los que ha demostrado ser altamente eficaz, como pro ejemplo el trastorno del espectro autista, el síndrome de piernas inquietas o la parálisis cerebral infantil. Si crees que puede ayudar a tu hijo por sus circunstancias especiales, coméntaselo a ti pediatra y/o neurólogo infantil.

No queremos dejar la ocasión de que sigáis en Twitter a Fernando Martín, uno de los neurólogos infantiles que más habla del sueño en la infancia y que, como en este hilo de aquí abajo, aborda el tema de forma magistral.

¿Qué hago con el pecho si me incorporo al trabajo antes de los 6 meses?

La alimentación complementaria es el periodo de la vida en el que la leche ya no es suficiente para cubrir las necesidades del bebé y se hace necesaria la introducción de nuevos alimentos. Las recomendaciones actuales de la Organización Mundial de la Salud y de todas las asociaciones de pediatría señalan que hasta los 6 meses los niños pueden ser alimentados de forma exclusiva con leche, ya sea materna o artificial; pasada esa edad y de forma progresiva, el resto de alimentos cubrirá las necesidades nutricionales que la leche ya no es capaz de alcanzar. Esta transición acaba alrededor del año de vida en el que los niños pueden (y deben) comer de forma similar a los adultos (con contadas limitaciones).

En el caso de las madres que dan lactancia materna y sus bebés cumplen 6 meses, esta teoría no debería ser muy difícil de aplicar: barra libre de teta y que vayan comiendo de lo demás. De hecho, no debería ser muy diferente a los niños que reciben lactancia artificial si tenemos en cuenta que los biberones también se deben dar a demanda. En el caso de una madre que quiere seguir dando el pecho y se incorpora a trabajar pasados los 6 meses de vida de su bebé, la solución pasaría porque el niño comiera “otras cosas” mientras su madre no está en casa y aproveche cuando vuelva del trabajo para realizar las tomas de lactancia materna.

Todo esto es muy bonito y ojalá todas pudiéramos optar a bajas largas para cuidar a nuestros hijos para hacer de estas recomendaciones un camino de rosas. Sin embargo, la realidad es bien distinta. Actualmente en España la baja maternal es de 14 semanas y, en algunos casos, se pueden sumar permisos de lactancia (cerca de otro mes) y vacaciones. Con suerte, algunas de vosotras conseguirá acercarse a los 6 meses de vida de vuestro bebé para comenzar entonces con la alimentación complementaria tal y como está recomendado y mantener el pecho si es que esa es vuestra opción.

Sin embargo, el verdadero reto es qué hacer cuando la madre se incorpora al trabajo entre los 4 y los 6 meses de vida de su hijo. Supuestamente no haría falta darle nada más que leche, pero eso, en muchos casos, obligaría a la introducción de una lactancia mixta en la que la madre daría el pecho mientras está con su bebé, entretanto éste toma biberones de fórmula en su ausencia.

Algunas os preguntaréis: ¿sólo hay esa opción? ¿Con lo que me ha costado llegar hasta aquí, ahora me toca darle fórmula? La respuesta es contundente: no siempre es necesario recurrir a una lactancia mixta si la madre se incorpora al trabajo entre los 4 y 6 meses de vida de su bebé.

Veamos que más opciones hay.

La más “sencilla” es la utilización de sacaleches (con muchas comillas). Seguramente es la “más recomendable” (otra vez con muchas comillas) ya que es la que alarga la lactancia materna hasta los 6 meses del bebé (o ya puestos, hasta el infinito) de tal forma que podríamos llegar a esa edad habiendo recibido sólo leche materna. Para ello, la madre debe sacarse leche en el trabajo y guardarla para al día siguiente, mientras su bebé toma biberones con la leche que su madre hubiera dejado el día anterior. Al volver del trabajo, la madre tendría que seguir ofreciendo el pecho a demanda a su hijo, incluyendo la noche.

Las comillas están puestas porque a veces no es fácil sacarse leche en el trabajo para cubrir la necesidades del bebé o simplemente algunas madres no se apañan con él o no están dispuestas a utilizarlo. Seguro que estáis pensando que hacer un pequeño banco de leche desde el nacimiento del retoño para cuando llegue este momento es lo más conveniente y, aunque puede ser útil, es harto complicado cuando el crío pide a demanda y sacarse leche durante esos meses puede hacer que el bebé coma menos de lo que necesite o sobreestimuléis vuestra producción de leche.

La otra opción que podéis valorar es adelantar el inicio de la alimentación complementaria. Como lo habéis oído. Es cierto que se puede esperar a los 6 meses, pero, como indica el documento sobre alimentación complementaria de la Sociedad Europea de Digestivo y Nutrición Infantil, los niños están preparados desde los 4 meses para aceptar una gran variedad de alimentos distintos a la leche. De esta forma, se abre una ventana de oportunidad para mantener el pecho sin que sea necesario recurrir a la fórmula artificial ni al sacaleches para cubrir el tiempoque la madre no esté con su hijo.

Cómo poner en práctica esta última opción es muy sencillo. Basta con empezar a introducir alimentos distintos a la leche unas semanas antes de que la madre se incorpore al trabajo, siempre y cuando el bebé ya tenga 4 meses, para así poder ofrecerle un puré de verduras o una papilla de frutas en las tomas que la madre no esté. Si optáis por el Baby Led Weaning, sería lo mismo pero con los alimentos enteros en vez de pasados por la minipimer, aunque con esta edad es difícil que estén preparados para ello (ya que no suelen estar sentados, haber perdido el reflejo de extrusión…). Con esta opción, los niños recibirán la leche que necesitan cuando su madre vuelve del trabajo, la cual seguiría ofreciendo el pecho a demanda a su bebé al llegar a su domicilio y durante la noche.

Esta opción que acabáis de leer, la de adelantar la alimentación complementaria, es muy útil para las madres que no pueden utilizar sacaleches en su trabajo o simplemente no quieren hacerlo y han decidido mantener el pecho pero no quieren dar leche de formula a sus hijos.


Como veis, no hay una única opción para sustituir al pecho una vez que os incorporéis al trabajo si vuestro crío no ha cumplido 6 meses. En resumen, podríais optar por alguna de  estas formas o incluso combinarlas:

  • Mantener la lactancia materna exclusiva hasta los 6 meses utilizando sacaleches.
  • Optar por una lactancia mixta hasta llegar a los 6 meses.
  • Adelantar la alimentación complementaria, siempre y cuando el bebé ya tenga 4 meses, para cubrir las tomas en las que mamá no esté en casa.

En esta vida cada persona tiene unas necesidades diferentes. Lo que para una madre es la única y mejor opción, para otra puede ser un imposible. De hecho, igual de respetable es la madre que deja el pecho al iniciar el trabajo que aquellas que nunca lo dieron o que lo han decidido mantener hasta que sus bebés decidan dejarlo por ellos mismos

Bibliografía:

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