Archivo de septiembre, 2021

La reactivación de otro virus latente puede ser una causa de cóvid persistente

En el último año y medio largo el interés de los medios y del público se ha centrado en la mortalidad de la COVID-19, y la baja letalidad del virus ha sido esgrimida como un argumento por parte de los negacionistas. Pero si bien es lógico que la cuestión de vida o muerte sea la que más ha preocupado a los ciudadanos, en cambio hay otro problema que a más largo plazo va a suponer un brutal legado de la pandemia y una carga enorme para muchas personas y para la sociedad en conjunto: la llamada cóvid persistente o larga (Long Covid en inglés); secuelas de la enfermedad que perduran en las personas que han superado la infección y que pueden afectar gravemente a la capacidad física y mental.

Aunque esta particular vertiente de la pandemia ha quedado casi enterrada y oculta bajo las cifras de mortalidad, bajo el dilema de vivir o morir, hay otro contexto en el que cobra mayor importancia: pensemos, por ejemplo, en la diabetes, que puede tratarse y cuyos afectados pueden llevar una vida casi normal, pero que se considera un problema social sanitario de primer orden.

En cambio, la cóvid persistente aún no tiene tratamiento. No se conocen sus mecanismos concretos. Ni siquiera se sabe con certeza a cuántas personas afecta; las estimaciones varían salvajemente desde un 2% de los infectados hasta más de un 63% de los hospitalizados, e incluso el simple hecho de dar positivo en un test de cóvid aumenta el riesgo de padecer este extraño síndrome para el cual se han identificado más de 50 efectos diferentes, pero que con más frecuencia incluye fatiga, debilidad muscular, dolor de cabeza, dificultades para respirar y/o trastornos de atención. Muchas personas sin patologías previas, que solían llevar una vida sana y con gran actividad física, dicen que ahora cualquier pequeño esfuerzo les cuesta un triunfo. A menudo se habla de una especie de neblina mental que a muchos afectados les impide concentrarse y que afecta a su rendimiento en el trabajo.

Por todo ello, y fuera del radar de los medios, la cóvid persistente es uno de los campos que más atención de científicos y médicos está acaparando en esta fase de la pandemia. Sin embargo, todavía no hay resultados demasiado concluyentes, y ni siquiera se sabe con certeza hasta qué punto unos casos de cóvid persistente pueden ser comparables a otros.

Ahora, un nuevo estudio publicado en la revista Pathogens viene a aportar una posible pista interesante: al menos en ciertos casos, los efectos de la cóvid persistente podrían deberse no al propio coronavirus de la cóvid, sino a la reactivación que provoca de otro virus latente que infecta a la inmensa mayoría de los humanos: el virus de Epstein-Barr (EBV).

Fotografía al microscopio electrónico de dos partículas (redondas) del virus de Epstein-Barr. Imagen de Liza Gross / Wikipedia.

Fotografía al microscopio electrónico de dos partículas (redondas) del virus de Epstein-Barr. Imagen de Liza Gross / Wikipedia.

El EBV, un tipo de virus herpes (Gammaherpesvirus Humano 4), es uno de los virus más comunes de la humanidad: afecta a más del 90% de las personas. Y pese a todo, aún es mucho lo que se ignora sobre él. Muchos padres y madres se encuentran con él cuando reciben un diagnóstico de sus hijos adolescentes que dicen encontrarse cansados: mononucleosis infecciosa. Así dicho, el nombre puede sonar alarmante, pero la también conocida tradicionalmente como “enfermedad del beso” –porque el virus se transmite sobre todo por la saliva– se cura sola en poco tiempo y no tiene mayores consecuencias. Sin embargo, la parte más desconocida del EBV es su posible relación con otras enfermedades, como cánceres, trastornos autoinmunes y otras. Pero, en general, la mayoría de las personas suelen contraer el virus durante la infancia o la adolescencia sin síntomas aparentes.

Pero eso sí, el EBV es un compañero de por vida. Una vez superada la infección inicial, el virus queda latente en los linfocitos B, las células que producen los anticuerpos, pero puede reactivarse de forma ocasional o periódica. Y curiosamente, esta reactivación produce algunos síntomas parecidos a los de la cóvid persistente: Observamos que muchos síntomas atribuidos a la cóvid persistente son los mismos, o muy similares, que aquellos que se han asociado con la reactivación del EBV“, escriben los autores del nuevo estudio. Lo cual les llevó a preguntarse: ¿sería posible que la reactivación del EBV esté detrás de esta cóvid larga?

Para testar su hipótesis, los autores examinaron a un pequeño grupo de pacientes, 185 en total. De estos, 56 mostraban síntomas de cóvid persistente, un 30% (interesa destacar que 4 de estos 56 pasaron la infección sin síntomas; es decir, fueron pacientes asintomáticos de cóvid, pero sin embargo después desarrollaron cóvid persistente). Aplicando un kit de test clínicos para analizar la actividad del EBV, los investigadores encontraron que un 67% de los pacientes de cóvid persistente mostraban reactivación de este virus, frente a solo un 10% en los controles. Estos datos se repitieron en dos grupos diferentes de pacientes a distintos tiempos después del diagnóstico de infección por cóvid, menos de tres meses o más de tres meses.

Aunque es un estudio pequeño, no es la primera vez que se observa una reactivación del EBV en los pacientes de cóvid. Los autores mencionan otros estudios previos que han detectado reactivación del EBV en los enfermos de cóvid, con mayor frecuencia a mayor gravedad, desde un 55% de los hospitalizados a un 95% de los pacientes de UCI. Algunos síntomas concretos de la cóvid, como los cutáneos –por ejemplo, los sarpullidos en la piel y en los dedos de los pies–, se han asociado previamente a la reactivación del EBV. Este es quizá el primer estudio, o al menos uno de los primeros, que asocia dicha reactivación también a la cóvid persistente.

Y aunque no se establece un vínculo causal claro entre la cóvid y la reactivación del EBV, se sabe que este virus puede despertar de su latencia por distintos estímulos de estrés al organismo, lo que incluye otras infecciones. Por todo ello, concluyen los autores, merece la pena considerar que una porción de los síntomas de cóvid persistente pueden ser el resultado de una reactivación del EBV inducida por la inflamación asociada a la COVID-19“.

La mala noticia es que el EBV no tiene tratamiento específico, ni vacuna, a pesar de que se describió en los años 60. Tradicionalmente se ha considerado la infección por EBV un problema menor, a lo que se une la complejidad de este virus. Pero el interés por su patología ha crecido a medida que se han ido detectando posibles asociaciones con otras enfermedades más graves a largo plazo.

Si además el EBV llegara a confirmarse como un implicado en los daños que provoca la cóvid, sería de esperar que más investigaciones se volcaran en este virus. Como escriben los autores del nuevo estudio, conocer las asociaciones entre el SARS-CoV-2 y la reactivación del EBV abre nuevas oportunidades para el diagnóstico y los posibles tratamientos de la cóvid persistente“.

El mercado de Wuhan vuelve al centro del origen de la COVID-19

A juzgar por lo que se escucha, muchas personas parecen pensar que el misterio del origen del coronavirus SARS-CoV-2, causante de la COVID-19, ha caído en el olvido. Nada más lejos de la realidad: cientos de investigadores continúan activamente involucrados en la resolución de esta incógnita, analizando datos y publicando estudios.

Por desgracia, se diría que esta cuestión solo suele saltar a los titulares de los medios cuando se echa leña al fuego de las hipótesis sensacionalistas, como la defensa de un origen artificial del virus que hace unos meses lanzaba el controvertido periodista de ciencia Nicholas Wade, algo que ya comenté en su día (aquí y aquí), y que ha sido posteriormente desacreditado por verdaderos expertos.

Por cierto y como también conté entonces, el principal argumento de Wade, la rara –según él– presencia del sitio de corte por furina en el genoma del SARS-CoV-2 (explicación aquí y aquí), se caía por la existencia de esta secuencia en otros betacoronavirus relacionados, algo que Wade parecía ignorar (o bien ocultar deliberadamente) pero que era sobradamente conocido, porque ya estaba publicado.

Esta presunta (falsa) peculiaridad exclusiva del virus de la cóvid fue en su momento descrita por el virólogo molecular y premio Nobel David Baltimore como una “pistola humeante” que apuntaba al origen artificial del virus, lo que a su vez diversos medios esgrimieron como un argumento de autoridad a favor de la hipótesis de Wade. Pero lo cierto es que Baltimore ha retirado posteriormente sus palabras, reconociendo a la revista Science que no estaba enterado de que esta secuencia está presente en otros betacoronavirus; incluso todo un premio Nobel puede caer en la trampa de un fake.

Conviene aclarar que no hay nuevos datos concluyentes para esclarecer el origen del virus. Pero sí hay nuevos movimientos que en parte refuerzan lo ya defendido por la gran mayoría de los expertos, y que solo en un aspecto concreto aportan un nuevo giro de guion: después de haber sido casi desterrada, la idea de que el brote pudo surgir en un mercado de Wuhan vuelve a cobrar fuerza.

Mercado de Huanan, en Wuhan. Imagen de Skoleopgave1 / Wikipedia.

Mercado de Huanan, en Wuhan. Imagen de Skoleopgave1 / Wikipedia.

Recordemos brevemente la historia de esta idea. En un primer momento se detectó un clúster de casos que parecía apuntar al mercado de mariscos de Huanan, en Wuhan, lo que llevó a proponer que aquel lugar era la zona cero de la infección. Pero ninguna investigación logró encontrar pruebas que avalaran esta hipótesis. Al descubrirse después que algunos de los casos más tempranos no parecían tener ninguna relación con el mercado, se puso en duda esta teoría, que quedó prácticamente abandonada cuando se difundió que en Huanan no se vendía ninguna clase de mamífero vivo; sin ser un requisito imprescindible, es más probable que un virus salte a los humanos desde animales vivos que desde la carne vendida para el consumo. A ello se unía la dificultad de aislar coronavirus cultivables de muestras ambientales (como paredes u otras superficies), lo que dejaba un espacio en blanco difícil de rellenar en una posible cadena de contagio iniciada en Huanan. Todo ello llevó a especular que quizá el mercado pudo amplificar el brote, pero que no fue su origen.

Recientemente, esto ha cambiado. En junio, un grupo de investigadores de China, Reino Unido y Canadá reveló en un estudio que entre 2017 y 2019 se vendieron en Huanan y otros mercados de Wuhan más de 47.000 animales, la mayoría vivos. Entre las 38 especies a la venta se encontraban civetas, perros mapache y visones, especies que podrían haber tenido un papel en la aparición del brote. Los investigadores añadían que los animales se vendían sin ningún tipo de control sanitario ni medidas de higiene, y que eran vectores potenciales de varias enfermedades zoonóticas (capaces de saltar de animales a humanos). Por otra parte, la misión de la Organización Mundial de la Salud (OMS) desplazada a China encontró contaminación vírica en los mercados.

Estos nuevos datos tampoco son probatorios, pero sí vienen a rellenar un vacío, lo que ha hecho que, para diversos expertos, la hipótesis del mercado vuelva a subir puestos en la lista de posibles explicaciones sobre el origen del virus.

A finales de agosto, una nueva revisión en Science recopilaba todos los datos publicados hasta la fecha sobre el origen del virus, incluyendo el reciente descubrimiento de tres nuevos coronavirus de murciélagos en la provincia china de Yunnan –a más de 1.500 kilómetros de Wuhan– que ahora son los virus más similares al de la cóvid que se conocen. Aunque, al igual que el virus RaTG13, ya conocido anteriormente, estos nuevos coronavirus no se consideran ancestros del SARS-CoV-2, el hallazgo muestra que existe una notable diversidad de virus relacionados. Y que, dado que en la población humana de esa parte de Yunnan se han encontrado anticuerpos que revelan el salto zoonótico de algunos de esos virus, es más probable que uno de ellos aún desconocido pudiera recorrer el camino evolutivo –hasta el SARS-CoV-2– y geográfico –hasta Wuhan– a través de esas infecciones naturales no detectadas que la hipótesis de que una muestra recogida por investigadores en Yunnan pudiese infectar accidentalmente a un trabajador del laboratorio de Wuhan.

“Este escenario sería extremadamente improbable comparado con la escala de los contactos susceptibles entre humanos y animales que tienen lugar de forma rutinaria en el comercio de animales”, escriben los autores. “En resumen, la causa más probable que la pandemia de COVID-19 es la transmisión de animal a humano de SARSr-CoV [coronavirus relacionados con el SARS] asociada a animales vivos infectados”.

También por las mismas fechas, otra revisión sobre el origen del virus publicada en Cell llega a similares conclusiones: “No hay pruebas de que ningún caso temprano tuvo conexión con el Instituto de Virología de Wuhan, en contraste con los claros vínculos epidemiológicos con los mercados de animales de Wuhan”. Los autores reconocen que “la posibilidad de un accidente de laboratorio no puede descartarse por completo, y puede ser casi imposible de refutar”, pero en línea con la revisión anterior subrayan que “esta vía de aparición es altamente improbable en comparación con los numerosos y repetidos contactos entre humanos y animales que ocurren de forma rutinaria en el comercio de animales”.

También en los días pasados se ha publicado el informe conjunto de las agencias de inteligencia de EEUU encargado por la administración de Joe Biden para emitir un dictamen que sirva como directriz oficial del gobierno de aquel país respecto al origen del virus. Como no podía ser de otra manera, ya que los datos disponibles son los que son y están a disposición de todos los expertos, no hay un veredicto firme y definitivo, pero la conclusión refleja lo ya señalado por los expertos: el virus no fue desarrollado como arma biológica, nada sugiere ni apoya la idea de que fuese manipulado genéticamente en un laboratorio, y la hipótesis más probable sigue siendo el origen natural del virus y su salto accidental a humanos.

En definitiva, todo lo anterior no les sonará demasiado novedoso a muchos, pero tampoco puede ignorarse que esta repetida falta de novedades no hace sino corroborar, parafraseando una cita que el difunto expresidente del gobierno Leopoldo Calvo Sotelo aplicaba a la política, que también en ciencia ocurre a menudo que, lo que parece, es.

Pero por supuesto, todo lo anterior no cierra el caso. De hecho, los propios integrantes de la misión de la OMS han publicado un comentario en Nature en el que urgen a iniciar la fase 2 de la investigación lo antes posible, ya que, dicen, se está cerrando la ventana disponible para emprender ciertos estudios, como el trazado de muestras de animales y humanos dentro y fuera de China; a medida que pasa el tiempo, muchas posibles pruebas podrían dispersarse o desaparecer.

Pero como ya he subrayado aquí antes, nada de esto garantiza que algún día lleguemos a conocer el origen de este virus, como no conocemos el de muchos otros. Como apunta en Science el biólogo de Harvard William Hanage, la gente quiere una historia, pero sobre el origen del SARS-CoV-2 hay y habrá varias; ceñirse a las más probables frente a las más extravagantes, incluso si estas son más apetecibles, es lo que diferencia al rigor de la fantasía, a los hechos de los fakes y a la mente racional de la conspiranoica.