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¿Sabías que un ácaro es el animal más rápido de la Tierra?

Foto Gustavo70x70Por Gustavo A. Schwartz (CSIC)

Si nos preguntaran cuál es el animal más rápido de nuestro planeta, casi todos responderíamos que el guepardo (o chita), con una velocidad máxima de entre 95 y 115 kilómetros/hora. Ahora bien, ¿podemos decir que un animal es rápido (o lento) porque recorre una determinada cantidad de kilómetros por hora? ¿Tienen estas unidades (kilómetros y horas), inventadas por el homo sapiens, alguna importancia para el resto de los animales? ¿Cómo podemos comparar la velocidad de un elefante con la de un pulgón?

Quizás una opción más apropiada para medir la velocidad consista en determinar a cuántos ‘cuerpos’ (longitudes de su propio cuerpo) por segundo se mueve cada animal; de esta manera, ligaríamos la velocidad al tamaño del bicho. Esto no es algo muy complicado de calcular en el caso de elefantes, guepardos o personas; pero la cosa se complica cuando el ‘animalejo’ en cuestión mide menos de un milímetro.

acaro rapido

Imagen del ‘velocista’ Paratarsotomus macropalpis / Pomona College.

Recientemente un grupo de estudiantes del sur de California (Estados Unidos), dirigido por el profesor Jonathan Wright, ha logrado medir, mediante una cámara de alta velocidad, a cuántos cuerpos por segundo se desplaza un cierto tipo de ácaro, en concreto el paratarsotomus macropalpis, endémico de la zona del sur de California. El resultado es un valor asombrosamente alto: nada más y nada menos que a 322 cuerpos por segundo, lo que lo convierte en el animal más rápido (en relación a su tamaño) sobre la faz de la Tierra.

Para tener una idea de cuán rápido se mueve este ácaro, pensemos que para un ser humano esto equivaldría a cerca de 2.000 kilómetros/hora. Cabe también señalar que, en relación a su tamaño, el veloz guepardo se mueve a una velocidad de 16 cuerpos por segundo y nuestro admirado atleta Usain Bolt a tan sólo 6 cuerpos por segundo. Transportados al mundo del ácaro, ambos parecerían tortugas.

Este descubrimiento, aparentemente anecdótico, no sólo establece nuevos límites para la velocidad de los seres vivos, sino que además replantea cuestiones sobre la fisiología del movimiento de los animales y abre las puertas para nuevos diseños en robótica y biomimética.

*Gustavo Ariel Schwartz es científico del CSIC en el Centro de Física de Materiales, dirige el Programa Mestizajes y mantiene un blog sobre Arte, Literatura y Ciencia.

Ni monógamas ni pasivas: falsos mitos sobre el reino animal

Por Mar Gulis

A pesar de lo que nos muestran algunos documentales y lo que dictan ciertos prejuicios morales, la ‘fidelidad’ no es lo habitual entre las hembras del reino animal. Más bien lo contrario: lejos de observar lánguidamente mientras los ‘chicos’ se pelean por su cariño para luego entregarse al vencedor, ellas son promiscuas de manera activa, buscan y eligen distintos machos para asegurarse una buena descendencia, y toman la iniciativa en el ciclo reproductor.

Dos charranes árticos, Sterna paradisaea./Wikipedia

Dos charranes árticos, Sterna paradisaea. / Wikipedia

Hablar de esta realidad en ciencia nos ha costado veinte siglos, y no precisamente por falta de medios técnicos, sino por los sesgos culturales arraigados que condicionan la forma de observar del propio investigador. Como explica Daniel Oro, científico del CSIC experto en ecología animal, la promiscuidad fue descrita ya en la Grecia clásica, pero los tapujos morales que se construyeron en Occidente, sobre todo desde la Edad Media, crearon una sociedad que prefería dejar de lado las investigaciones sobre la sexualidad de los animales. Además, “la promiscuidad, si existía, era propia de los machos, mientras que se asumía que las hembras tenían un papel pasivo en estos comportamientos, más bien anómalos y aberrantes”. No fue hasta finales de los años 80 cuando un artículo científico, usando las clásicas observaciones de campo en un pequeño pájaro forestal, demostró que las hembras intentan reproducirse con machos que son mejores que sus parejas. “Luego la biología molecular nos permitió entrar en el mundo hasta entonces oculto de la lucha por el control de la fecundidad”.

Machos y hembras, cada sexo por su lado, buscan la mejor pareja para procrear. Si después encuentran un candidato mejor, que a su vez ya está emparejado, intentarán seducirlo para obtener mejores genes para su descendencia. Siempre hay espacio para el ‘engaño’, y las estrategias son de lo más variadas, empezando por la ‘ceba prenupcial’. En gaviotas, por ejemplo, el macho sale al mar a pescar y vuelve a la colonia para darle de comer a la hembra. Lleva la comida en el buche, así que puede regular la cantidad que entrega. La hembra lo quiere todo, pero el macho no se lo dará, porque eso le supondría salir inmediatamente al mar a por más comida, lo que significa no solo dejar a la hembra sola en la colonia, rodeada por otros machos, sino renunciar a dedicar tiempo a otras hembras vecinas que puedan ser cortejadas. No tienen tanta suerte los charranes machos, otra especie de ave marina que lleva el pez entero en el pico. Los charranes están obligados a darle la pieza completa a su prometida y volver a por más comida, porque en este caso, sin alimento no hay sexo.

Una vez resuelto el cortejo y finalizada la cópula, la lucha continúa. Y aquí hay estrategias para todos los gustos: las hembras de muchas especies tienen la posibilidad de elegir y de controlar la prole con la expulsión de esperma de determinados machos, quedándose con el que les interesa. A su vez, la parte masculina también tiene sus tácticas: la vigilancia (llamada mate guarding) es todo un clásico para que la hembra no vuelva a aparearse con otros. Pero las hay más drásticas. Algunas serpientes tienen en su fluido seminal sustancias antiafrodisíacas que retrasan el siguiente celo de las hembras. Existen especies de insectos cuyo esperma esteriliza a la hembra de por vida; la mosca doméstica es un ejemplo. Después de la cópula, la hembra pondrá los huevos del primer macho pero queda esterilizada para reproducirse con cualquier otro para el resto de su vida.

Lo de tener descendencia da para mucho, hasta para los que viven a tope. La literatura científica recoge el comportamiento de algunos marsupiales insectívoros cuyos machos mueren tras la primera reproducción, porque son tan promiscuos, que el despliegue energético necesario es de tal calibre que llega a matarlos. Lo llaman el suicidio reproductor.

Después de tanto esfuerzo empleado, el siguiente capítulo es la crianza. Pero esto lo contaremos en otro post, porque solo de escribir todas las aventuras por las que pasan ellos y ellas antes de que lleguen ‘los bebés’, yo ya estoy agotada.