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Ni monógamas ni pasivas: falsos mitos sobre el reino animal

Por Mar Gulis

A pesar de lo que nos muestran algunos documentales y lo que dictan ciertos prejuicios morales, la ‘fidelidad’ no es lo habitual entre las hembras del reino animal. Más bien lo contrario: lejos de observar lánguidamente mientras los ‘chicos’ se pelean por su cariño para luego entregarse al vencedor, ellas son promiscuas de manera activa, buscan y eligen distintos machos para asegurarse una buena descendencia, y toman la iniciativa en el ciclo reproductor.

Dos charranes árticos, Sterna paradisaea./Wikipedia

Dos charranes árticos, Sterna paradisaea. / Wikipedia

Hablar de esta realidad en ciencia nos ha costado veinte siglos, y no precisamente por falta de medios técnicos, sino por los sesgos culturales arraigados que condicionan la forma de observar del propio investigador. Como explica Daniel Oro, científico del CSIC experto en ecología animal, la promiscuidad fue descrita ya en la Grecia clásica, pero los tapujos morales que se construyeron en Occidente, sobre todo desde la Edad Media, crearon una sociedad que prefería dejar de lado las investigaciones sobre la sexualidad de los animales. Además, “la promiscuidad, si existía, era propia de los machos, mientras que se asumía que las hembras tenían un papel pasivo en estos comportamientos, más bien anómalos y aberrantes”. No fue hasta finales de los años 80 cuando un artículo científico, usando las clásicas observaciones de campo en un pequeño pájaro forestal, demostró que las hembras intentan reproducirse con machos que son mejores que sus parejas. “Luego la biología molecular nos permitió entrar en el mundo hasta entonces oculto de la lucha por el control de la fecundidad”.

Machos y hembras, cada sexo por su lado, buscan la mejor pareja para procrear. Si después encuentran un candidato mejor, que a su vez ya está emparejado, intentarán seducirlo para obtener mejores genes para su descendencia. Siempre hay espacio para el ‘engaño’, y las estrategias son de lo más variadas, empezando por la ‘ceba prenupcial’. En gaviotas, por ejemplo, el macho sale al mar a pescar y vuelve a la colonia para darle de comer a la hembra. Lleva la comida en el buche, así que puede regular la cantidad que entrega. La hembra lo quiere todo, pero el macho no se lo dará, porque eso le supondría salir inmediatamente al mar a por más comida, lo que significa no solo dejar a la hembra sola en la colonia, rodeada por otros machos, sino renunciar a dedicar tiempo a otras hembras vecinas que puedan ser cortejadas. No tienen tanta suerte los charranes machos, otra especie de ave marina que lleva el pez entero en el pico. Los charranes están obligados a darle la pieza completa a su prometida y volver a por más comida, porque en este caso, sin alimento no hay sexo.

Una vez resuelto el cortejo y finalizada la cópula, la lucha continúa. Y aquí hay estrategias para todos los gustos: las hembras de muchas especies tienen la posibilidad de elegir y de controlar la prole con la expulsión de esperma de determinados machos, quedándose con el que les interesa. A su vez, la parte masculina también tiene sus tácticas: la vigilancia (llamada mate guarding) es todo un clásico para que la hembra no vuelva a aparearse con otros. Pero las hay más drásticas. Algunas serpientes tienen en su fluido seminal sustancias antiafrodisíacas que retrasan el siguiente celo de las hembras. Existen especies de insectos cuyo esperma esteriliza a la hembra de por vida; la mosca doméstica es un ejemplo. Después de la cópula, la hembra pondrá los huevos del primer macho pero queda esterilizada para reproducirse con cualquier otro para el resto de su vida.

Lo de tener descendencia da para mucho, hasta para los que viven a tope. La literatura científica recoge el comportamiento de algunos marsupiales insectívoros cuyos machos mueren tras la primera reproducción, porque son tan promiscuos, que el despliegue energético necesario es de tal calibre que llega a matarlos. Lo llaman el suicidio reproductor.

Después de tanto esfuerzo empleado, el siguiente capítulo es la crianza. Pero esto lo contaremos en otro post, porque solo de escribir todas las aventuras por las que pasan ellos y ellas antes de que lleguen ‘los bebés’, yo ya estoy agotada.

 

¿Sabías que el sexo nos protege de los parásitos?

Por Mar Gulis

Pulgas, ladillas y cosas peores… Hoy sabemos que la actividad sexual practicada en malas condiciones de higiene entraña el riesgo de contraer molestos inquilinos. Sin embargo, la historia de la vida en la Tierra viene a decirnos que el sexo ha sido y es un importante arma en la lucha contra los parásitos.

Uña de garrapata

Uña de garrapata / Carolina Bolívar Medina (FOTCIENCIA)

El parasitismo es un modo de vida mucho más extendido en la naturaleza de lo que se tiende a pensar. El 60% de las especies conocidas son parásitos y prácticamente ningún ser vivo se libra de sufrirlos, porque incluso la mayoría de los organismos que consideramos parásitos son explotados por otros. La garrapata que le chupa la sangre a nuestro perro, por ejemplo, sirve de alimento a pequeños ácaros, de los que a su vez se aprovechan hongos y bacterias…

En su libro Parasitismo (CSIC-Catarata), el biólogo Juan José Soler explica que las especies hospedadoras y sus molestos huéspedes llevan librando, generación tras generación, una intensa batalla que ha influido de manera decisiva en su evolución. Las adaptaciones de los hospedadores para defenderse de los parásitos han sido ‘contestadas’ por estos últimos con nuevas adaptaciones que a su vez han obligado a sus anfitriones a adaptarse… Y así, en una especie de carrera enloquecida, los hospedadores han tenido que seguir corriendo para que los parásitos no les saquen demasiada ventaja. El fenómeno es conocido como el de la Reina Roja, por la explicación que este personaje de Alicia en el país de las maravillas da a la protagonista del relato tras una extenuante carrera: “En este lugar hace falta correr todo cuanto una pueda para permanecer en el mismo sitio”.

La principal dificultad de los hospedadores es que su ritmo de reproducción suele ser menor que el de los parásitos –por cada generación de seres humanos pueden vivir entre 70 y 270 generaciones de pulgas–. Esto significa que una mutación que ofrezca ventajas adaptativas a una pulga, puede generalizarse a toda la especie a un ritmo mucho mayor que en los humanos.

"En este lugar hay que correr todo lo que puedas para mantenerse en el mismo sitio"

“En este lugar hay que correr todo lo que puedas para mantenerse en el mismo sitio”.

Según la hipótesis de la Reina Roja, es el sexo lo que hace a los hospedadores no perder la carrera. Desde este punto de vista la razón por la que todos los animales y la mayoría de las plantas se reproducen sexualmente en lugar de clonarse –algo que energéticamente resulta mucho más ‘barato’– es que el sexo favorece la variabilidad genética de las poblaciones. Gracias a esa variabilidad, las especies contarían con un amplio repertorio de respuestas inmunitarias para hacer frente a las amenazas parasitarias. Pensemos, por ejemplo, en una nueva cepa bacteriana virulenta. Si en una población unos pocos individuos tuvieran una variante genética que les permitiera sobrevivir a ella, se evitaría la extinción porque los descendientes de estos individuos serían resistentes a la infección.

Si, además de reproducirse sexualmente, los individuos de una especie se sintieran atraídos por los que tienen las mejores defensas, el efecto antiparasitario del sexo aumentaría. Los estudios realizados en aves como el pavo real o las golondrinas han demostrado que los parásitos influyen en su comportamiento sexual: las hembras prefieren a los machos con las colas más grandes y llamativas porque dichos caracteres indican que esos individuos sufren un bajo grado de parasitismo.

Vamos, que a las múltiples bondades conocidas del sexo tenemos que añadir una más: su potente efecto desparasitador.