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Emigrar a la ciudad, precaria solución para aves amenazadas

Por Álvaro Luna (CSIC) *

Cuando se piensa en una ciudad, rara vez se hace desde el punto de vista de la naturaleza que alberga. Sin embargo, hoy se estima que el 20% de especies de aves del mundo está presente en ciudades, y cada vez conocemos más casos de plantas y animales en peligro de extinción que encuentran un insospechado refugio en ecosistemas altamente humanizados.

Un ejemplo que recientemente hemos dado a conocer tiene como protagonistas a dos psitácidas (especies normalmente llamadas loros o papagayos). Se trata de dos aves autóctonas de La Española, isla caribeña que engloba a República Dominicana y Haití: la cotorra Amazona ventralis y el perico Psittacara chloropterus.

Pericos de La Española anidan en la ciudad de Santo Domingo. / Álvaro Luna

Pericos de La Española anidan en la ciudad de Santo Domingo. / Álvaro Luna

La transformación del hábitat para uso ganadero y agrícola fue relegando a estos animales a zonas cada vez más recónditas. Para más inri, han sido y son cazados al acudir a comer a los cultivos y, últimamente, el ‘mascotismo’ se ha unido al resto de factores que han llevado al límite a estos loros, convirtiéndose en un terrible problema que diezma las escasas poblaciones restantes a través de la captura ilegal, que se da incluso dentro de espacios protegidos.

Un estudio llevado a cabo por un grupo de investigación de la Estación Biológica de Doñana del CSIC ha profundizado en la alarmante situación de la cotorra y el perico de la isla La Española en sus ecosistemas originarios, y ha detectado escasos ejemplares incluso en las zonas mejor conservadas del país (se visitaron 12 espacios protegidos y todo tipo de hábitats), un escenario que resulta ser aún peor de lo que se estimaba.

Esta situación contrasta con las poblaciones de dichas especies que se han descubierto en las grandes ciudades de República Dominicana, único lugar donde se observa con facilidad a estos animales. Por ejemplo, en Santo Domingo se han censado dormideros con unos 1.500 ejemplares de perico, y en Santiago otro de 50 cotorras. En la naturaleza, por establecer una comparación, en un dormidero encontrado en la reserva de la biosfera, donde a priori están las mejores poblaciones, se contaron solo 137 pericos y 15 cotorras. Así, los datos obtenidos sobre observaciones de estas especies a lo largo y ancho del país arrojan que el perico es 6 veces más abundante en la ciudad que en entornos naturales, y 3 veces más en el caso de la cotorra.

Hábitat de cría usado por las poblaciones de loros urbanos en ciudades de República Dominicana. /Álvaro Luna

Hábitat de cría usado por las poblaciones de loros urbanos en ciudades de República Dominicana. / Álvaro Luna

No obstante, más allá de números, no hay que desatender el hecho de que estas especies realizan unas funciones ecológicas en la naturaleza que además, en el caso actual de esta isla, no pueden desarrollar otras especies, como es la dispersión de semillas de árboles. A modo de ejemplo, durante este estudio se recolectaron 306 semillas pertenecientes a 11 especies diferentes de árboles (el 99.5% aptas para germinar) que habían sido dispersadas por estos loros, y se midieron las distancias entre las semillas y el árbol más cercano de su misma especie. La distancia mínima media de dispersión fueron 37 metros, siendo el 93% de los casos dispersiones en un rango de entre 20-60 metros, con algunos casos de mayores distancias. Prácticamente todos los casos fueron en ciudad, dada la ausencia de las dos especies en el medio natural.

Se podría decir que para estas aves amenazadas puede que la ciudad sea su última baza para evitar la extinción, pero la desaparición de poblaciones viables de su hábitat real y originario acarreará también la extinción de funciones ecológicas en sus ecosistemas naturales, algo sobre lo que casi nadie está reparando. El hecho de que estos loros estén ecológicamente extintos en los bosques de la isla afectará a la estructura y dinámica de los mismos, con repercusiones presentes y futuras negativas.

 

* Álvaro Luna es investigador doctorando en la Estación Biológica de Doñana del CSIC y autor del libro Un leopardo en el jardín. La ciudad: un nuevo ecosistema (Tundra)

El 98% del hábitat de los mamíferos en España, amenazado por las carreteras

Por Mar Gulis (CSIC)

El lince ibérico es una de las especies más afectadas por el aumento de las carreteras / Wikipedia

Mamíferos como el lince ibérico ven deteriorado su hábitat natural por el aumento de las infraestructuras humanas / Wikipedia

En 2050 nuestro planeta tendrá más kilómetros de carreteras asfaltadas que los que nos separan del planeta Marte. Aparte de facilitar el transporte de mercancías y personas, ¿qué otras consecuencias tiene la construcción frenética de estas infraestructuras?

Una investigación del Museo Nacional de Ciencias Naturales (MNCN-CSIC) y de la Concordia University of Montreal analiza sus efectos sobre la vida y supervivencia de aves y mamíferos. El estudio señala que “las carreteras y edificaciones fragmentan y deterioran el medio natural impidiendo que muchas poblaciones animales dispongan de las áreas que necesitan para sobrevivir”.

¿Por qué suponen las carreteras semejante amenaza? Aurora Torres, investigadora principal del proyecto, apunta varias causas, si bien no todas operan por igual en cada una de las especies afectadas. “En primer lugar está la mortalidad por atropello, pero también se ha detectado un efecto barrera; las especies que evitan cruzar las carreteras se quedan cada vez más aisladas, lo que a su vez puede provocar una pérdida de diversidad genética en sus poblaciones”, explica. “Además, estas infraestructuras producen un deterioro del hábitat que puede conllevar una pérdida de recursos para algunos animales”.

Tras cartografiar el entramado de infraestructuras de transporte del continente europeo, la investigación ha constatado una presencia masiva de las mismas. Torres señala que el aumento de carreteras “implica que los animales no tienen muchas posibilidades de vivir alejados de la influencia humana”.

En el caso de España, la situación es paradójica. En nuestro país, igual que en algunos escandinavos y bálticos, todavía existen zonas relativamente grandes alejadas de infraestructuras humanas. Pero, al mismo tiempo, la región mediterránea, una de las de mayor biodiversidad del planeta, es la que más desarrollo urbano ha experimentado en los últimos años. Esa circunstancia tiene un impacto sobre la distribución de especies. Por ejemplo, en la Península Ibérica, “el oso pardo, el águila imperial o el lince ibérico muestran una mayor prevalencia en zonas alejadas del ser humano, de ahí la importancia de conservar las áreas con escasa influencia de infraestructuras”, explica el investigador del MNCN Juan C. Alonso.

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En las próximas décadas, el 90% de las carreteras se construirá en los países en vías de desarrollo / Teo Gómez

A través de análisis que describen cómo se reduce la densidad de aves y mamíferos cerca de las infraestructuras, los autores del estudio estiman que el 98% de hábitat de los mamíferos sufre el impacto de las carreteras. En el caso de las aves, un 55% del territorio que utilizan se ve afectado. Además, los modelos predicen una disminución demográfica global de un 22% para las aves y un 47% para los mamíferos con respecto a lo que ocurriría en una situación ideal, sin infraestructuras. “La mera existencia de carreteras no va a provocar en la mayor parte de los casos la extinción, pero sí puede causar una reducción del número de individuos. Esto, sumado a otras presiones, sí puede poner en peligro a varias especies”, explica Torres.

Realizado el diagnóstico, ¿qué se puede hacer? Básicamente, prevenir la pérdida de biodiversidad. El estudio puede ser una herramienta para evaluar los efectos de futuros desarrollos de infraestructuras en distintos escenarios. Los investigadores miran especialmente a los países en vías de desarrollo, con ecosistemas menos fragmentados y todavía ricos en biodiversidad. “Es en estas áreas donde se construirá el 90% de las carreteras en los próximos 40 años”, señala Torres. “Nuestra investigación puede servir para tomar decisiones más acertadas respecto al de trazado de las carreteras o para determinar si compensa o no la construcción de infraestructuras que comporten una importante pérdida de biodiversidad”, concluye.

Ni monógamas ni pasivas: falsos mitos sobre el reino animal

Por Mar Gulis

A pesar de lo que nos muestran algunos documentales y lo que dictan ciertos prejuicios morales, la ‘fidelidad’ no es lo habitual entre las hembras del reino animal. Más bien lo contrario: lejos de observar lánguidamente mientras los ‘chicos’ se pelean por su cariño para luego entregarse al vencedor, ellas son promiscuas de manera activa, buscan y eligen distintos machos para asegurarse una buena descendencia, y toman la iniciativa en el ciclo reproductor.

Dos charranes árticos, Sterna paradisaea./Wikipedia

Dos charranes árticos, Sterna paradisaea. / Wikipedia

Hablar de esta realidad en ciencia nos ha costado veinte siglos, y no precisamente por falta de medios técnicos, sino por los sesgos culturales arraigados que condicionan la forma de observar del propio investigador. Como explica Daniel Oro, científico del CSIC experto en ecología animal, la promiscuidad fue descrita ya en la Grecia clásica, pero los tapujos morales que se construyeron en Occidente, sobre todo desde la Edad Media, crearon una sociedad que prefería dejar de lado las investigaciones sobre la sexualidad de los animales. Además, “la promiscuidad, si existía, era propia de los machos, mientras que se asumía que las hembras tenían un papel pasivo en estos comportamientos, más bien anómalos y aberrantes”. No fue hasta finales de los años 80 cuando un artículo científico, usando las clásicas observaciones de campo en un pequeño pájaro forestal, demostró que las hembras intentan reproducirse con machos que son mejores que sus parejas. “Luego la biología molecular nos permitió entrar en el mundo hasta entonces oculto de la lucha por el control de la fecundidad”.

Machos y hembras, cada sexo por su lado, buscan la mejor pareja para procrear. Si después encuentran un candidato mejor, que a su vez ya está emparejado, intentarán seducirlo para obtener mejores genes para su descendencia. Siempre hay espacio para el ‘engaño’, y las estrategias son de lo más variadas, empezando por la ‘ceba prenupcial’. En gaviotas, por ejemplo, el macho sale al mar a pescar y vuelve a la colonia para darle de comer a la hembra. Lleva la comida en el buche, así que puede regular la cantidad que entrega. La hembra lo quiere todo, pero el macho no se lo dará, porque eso le supondría salir inmediatamente al mar a por más comida, lo que significa no solo dejar a la hembra sola en la colonia, rodeada por otros machos, sino renunciar a dedicar tiempo a otras hembras vecinas que puedan ser cortejadas. No tienen tanta suerte los charranes machos, otra especie de ave marina que lleva el pez entero en el pico. Los charranes están obligados a darle la pieza completa a su prometida y volver a por más comida, porque en este caso, sin alimento no hay sexo.

Una vez resuelto el cortejo y finalizada la cópula, la lucha continúa. Y aquí hay estrategias para todos los gustos: las hembras de muchas especies tienen la posibilidad de elegir y de controlar la prole con la expulsión de esperma de determinados machos, quedándose con el que les interesa. A su vez, la parte masculina también tiene sus tácticas: la vigilancia (llamada mate guarding) es todo un clásico para que la hembra no vuelva a aparearse con otros. Pero las hay más drásticas. Algunas serpientes tienen en su fluido seminal sustancias antiafrodisíacas que retrasan el siguiente celo de las hembras. Existen especies de insectos cuyo esperma esteriliza a la hembra de por vida; la mosca doméstica es un ejemplo. Después de la cópula, la hembra pondrá los huevos del primer macho pero queda esterilizada para reproducirse con cualquier otro para el resto de su vida.

Lo de tener descendencia da para mucho, hasta para los que viven a tope. La literatura científica recoge el comportamiento de algunos marsupiales insectívoros cuyos machos mueren tras la primera reproducción, porque son tan promiscuos, que el despliegue energético necesario es de tal calibre que llega a matarlos. Lo llaman el suicidio reproductor.

Después de tanto esfuerzo empleado, el siguiente capítulo es la crianza. Pero esto lo contaremos en otro post, porque solo de escribir todas las aventuras por las que pasan ellos y ellas antes de que lleguen ‘los bebés’, yo ya estoy agotada.