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Las cifras del despilfarro de alimentos

No por repetidas, las cifras que dan los organismos internacionales del despilfarro de alimentos son menos graves o se volatilizan. En esta época de derroche y consumismo exagerado no está de más recordar que mientras el mundo desarrollado desperdicia toneladas de alimentos cada año, la otra mitad del mundo se muere de hambre.

SAVE FOOD, iniciativa mundial sobre la reducción de la pérdida y el desperdicio de alimentos, dependiente de la FAO, señala que alrededor de un tercio de la producción de los alimentos destinados al consumo humano se pierde o desperdicia en todo el mundo, lo que equivale a aproximadamente 1.300 millones de toneladas al año. Esto significa obligatoriamente que cantidades enormes de los recursos destinados a la producción de alimentos se utilizan en vano y que las emisiones de gases de efecto invernadero causadas por la producción de alimentos que se pierden o desperdician también son emisiones en vano.

En la Unión Europea, se desperdician cada año hasta 88 millones de toneladas de alimentos, por lo que el Parlamento Europeo se ha propuesto reducir ese nivel en un 30% para 2025 y en un 50% para 2030.

De acuerdo con la FAO, 793 millones de personas sufren desnutrición en todo el mundo. Y según Eurostat, aproximadamente el 9,6% de la población europea no puede permitirse comprar comida de calidad cada dos días.

Estas cifras resultan preocupantes sobre todo cuando el 20% de los alimentos producidos en la UE se acaba echando a perder o se desperdicia. De media, un ciudadano europeo tira a la basura 173 kilos de alimentos al año.

Se desperdician alimentos durante todas las fases de la cadena alimentaria, desde la producción agrícola hasta el consumo final. Sin embargo, es en los hogares (53%) y en el proceso de procesamiento (19%) donde más desperdicio de alimentos se produce.

El Parlamento Europeo establece en su Resolución sobre cómo evitar el desperdicio de alimentos lo que se entiende como desperdicio alimentario: el conjunto de productos alimenticios descartados de la cadena agroalimentaria por razones económicas, estéticas o por la proximidad de la fecha de caducidad, pero que siguen siendo perfectamente comestibles  y adecuados para el consumo humano y que, a falta de posibles usos alternativos, terminan eliminados como residuos.

Los datos del Ministerio de Agricultura español (MAPA) señalan que durante el periodo comprendido entre octubre 2015 y septiembre 2016, los hogares españoles tiraron a la basura 1.245,9 millones de kilos de alimentos en condiciones de ser consumidos (24 millones de kilos semanales). Una cifra que constata, según el MAPA, la concienciación de las familias en la lucha contra el desperdicio alimentario, ya que supone una reducción del 6% respecto al periodo anterior, es decir, se tiraron a la basura 80,1 millones de kilos menos. En marzo de 2017 los españoles nos habíamos deshecho de un 1,1% menos de alimentos que en esa misma fecha el año anterior.

Desperdiciar alimentos también supone además un uso innecesario de recursos escasos como la tierra, el agua y la energía y contribuye además al cambio climático: por cada kilogramo de alimento producido, 4,5 kg de dióxido de carbono (CO2) se arroja a la atmósfera.

Para comenzar a reducir el desperdicio en los hogares y adquirir conciencia, nada tan fácil que adaptar la lista de la compra a lo que realmente va a consumir, tener en cuenta las fechas de caducidad y de consumo preferente, seguir las recomendaciones de conservación de los alimentos y congelar los alimentos que no vaya a consumir.

Un 83% de los ciudadanos dice que intenta evitar el desperdicio de alimentos

Un 91% de los ciudadanos (3% menos que en el año anterior) señala que el desperdicio de alimentos es una preocupación muy presente en su vida diaria  y un 83% (4% menos que en 2016) afirma que está haciendo algo para evitarlo. El 60% cree que la responsabilidad del desperdicio es de todos los eslabones de la cadena agroalimentaria y, especialmente, de los propios consumidores (20%).

Son datos que revela la Encuesta sobre hábitos de consumo 2017, realizada a más de 2.500 familias de toda España por  la Mesa de Participación, grupo de trabajo constituido por las asociaciones de consumidores Cecu, Fuci, Unae y Cauce junto a Mercadona.

“Estamos ante un consumidor crítico y exigente, ahorrador y preocupado por su salud, el desperdicio de alimentos y la sostenibilidad de la cadena agroalimentaria, a tenor de lo que ha respondido la mayoría de encuestados”, señalan.

Preguntados por diferentes términos relacionados con la sostenibilidad de la cadena agroalimentaria, los consumidores conocen qué son los alimentos transgénicos y el comercio justo, alrededor de la mitad de la población conoce el concepto de huella ecológica, sólo un 31% conoce el término de alimentos irradiados, un 35% el concepto de consumo colaborativo y únicamente una quinta parte ha oído hablar de la soberanía alimentaria.

El estudio refleja  también que los consumidores españoles se muestran preocupados y solidarios en relación a la producción mundial de alimentos. La mitad de los encuestados cree que en el mundo se producen alimentos suficientes para satisfacer las necesidades de sus habitantes y su opción preferida para garantizar el acceso a la alimentación a la mayor parte de la población sería una mayor gestión y concienciación sobre el desperdicio de alimentos, sumada a una compra más racional y eficiente de los consumidores.

Foto EFE.

El volumen mundial de despilfarro de alimentos se calcula en 1.600 millones de toneladas en el equivalente de productos primarios. El despilfarro total de los alimentos -la parte comestible de este volumen- equivale a 1.300 millones de toneladas, según los datos de la Organización de Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO).

La huella de carbono del despilfarro de alimentos se estima en 3.300 millones de toneladas de equivalente de CO2 de gases de efecto invernadero liberados a la atmósfera por año. Y el volumen total de agua que se utiliza cada año para producir los alimentos que se pierden o desperdician (250km3) equivale al caudal anual del río Volga en Rusia o tres veces el volumen del lago de Ginebra.

Del mismo modo, 1.400 millones de hectáreas –el 28% por ciento de la superficie agrícola del mundo- se usan anualmente para producir alimentos que se pierden o desperdician. Y sólo un bajo porcentaje de los alimentos desperdiciados es compostado: una gran parte termina en los vertederos, y representa un porcentaje elevado de los residuos sólidos urbanos. Las emisiones de metano de los vertederos representan una de las mayores fuentes de emisiones de GEI del sector de los residuos.

El escándalo del desperdicio de alimentos

En el conjunto de la Unión Europea se desperdician cada año 88 millones de toneladas de alimentos, 173 kilos por persona. No son cifras nuevas que no hayamos escuchado y leído en los medios de comunicación, pero siguen ahí sin conseguir que los gobernantes aprueben leyes que lo eviten.

Estas cifras escandalosas han llevado a la Comisión de Medio Ambiente del Parlamento Europeo a presentar una propuesta, votada por unanimidad,  en la que piden una serie de medidas para reducir el desperdicio de alimentos y ha pedido a los estados miembros que intensifiquen los esfuerzos en esa dirección.

Entre esas medidas, plantean a la Comisión Europea que estudie los beneficios de eliminar de la fecha de caducidad de algunos productos siempre que no se ponga en riesgo la salud pública o el medio ambiente. En este sentido, la medida va encaminada a que las autoridades nacionales y otros actores eduquen a los consumidores a comprender mejor las fechas de caducidad y la fórmula “consumir preferentemente antes de” y a que se aclare la utilidad de los alimentos una vez superada dicha fecha.

En la misma línea de reducir el desperdicio, se organizan con frecuencia distintas campañas de organizaciones sociales y personas encaminadas al mismo objetivo: que no se tiren alimentos y que se aprovechen para donarlo a quienes pasan hambre. No hay que olvidar que unos 2,6 millones de personas están en situación de pobreza severa en España y que nuestro país tiene una de las tasas más altas de pobreza infantil de la UE y es el tercer país, por detrás de Rumanía y Grecia.

Así, la Organización de Consumidores y Usuarios (OCU) y la Federación de Bancos de Alimentos (Fesbal) han relanzado la Operación Kilo para poder recoger durante todo el mes de mayo donaciones de alimentos, que se hará a través de la plataforma www.notireslacomida.org.

OCU y FESBAL quieren unir fuerzas para conseguir, a través de la colaboración ciudadana, recoger kilos suficientes para poder cubrir la demanda de alimentos al menos durante las próximas semanas.

También, resalta la iniciativa de Cristina Romero, una madre catalana empeñada en que se cambie la ley para que se pueda donar la comida sobrante de los comedores escolares, que ahora no se puede. Su campaña ha llegado hasta el parlamento español.

En  la Unión Europea,  se intenta conseguir reducir un 30 por ciento el desperdicio de alimentos para 2025 y un 50% para 2030, pero no existe una norma única que obligue de la misma forma a los Estados.

Otra de las medidas propuestas por el Parlamento Europeo a Bruselas se dirige a  impulsar las donaciones de alimentos mediante la introducción de exenciones fiscales en el impuesto sobre el valor añadido (IVA). Y en el mismo sentido, han pedido que el Fondo de Ayuda Europea para los Más Necesitados (FEAD) tenga la posibilidad de financiar el coste del transporte, almacenamiento y distribución de donaciones colectivas de alimentos.

En el mundo, un tercio de la comida producida para consumo humano se desperdicia (1.300 millones de toneladas). Un dato muy alarmante, teniendo en cuenta que hay gente que muere de hambre. Este enorme nivel de residuos tiene impacto económico, social y ambiental, ya que causa una pérdida económica de unos 940.000 millones de dólares al año y provoca inseguridad alimentaria y desnutrición.

Además, los alimentos que se desperdician consumen recursos valiosos, por ejemplo, aproximadamente una cuarta parte del agua utilizada para la agricultura. Y se estima que son responsables del ocho por ciento de las emisiones globales de gases de efecto invernadero.