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Trasdós Trasdós

No nos disgusta la definición del término trasdós: la "superficie exterior convexa de un arco o bóveda". En este blog perseguimos estar en alerta y con el objetivo siempre dispuesto para capturar los reflejos, destellos, brillos y fulgores que el arte proyecta.

Entradas etiquetadas como ‘John Lennon’

Fotomontaje viral de las muertes de 2016

La versión 2016 de 'Sgt. Pepper's Lonely Hearts Club Band' - Christhebarker

La versión 2016 de ‘Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band’ – Christhebarker

En torno al bombo, en el puesto de honor de John Lennon, Ringo Starr, Paul McCartney y George Harrison están Gene Wilder, Lemmy Kilmister, Prince y David Bowie. Aunque enfocada al público británico y con una licencia creativa en el caso de Lemmy (fallecido el 28 de diciembre de 2015),  la imagen es fácilmente identificable como una esquela gráfica del 2016, año de abundantes muertes notables.

Peter Blake y Jan Haworth diseñaron la portada original del LP de los Beatles Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band (1967) según un primer dibujo de McCartney. El grupo posaba con extravagantes uniformes eduardianos. Detrás, un elenco de personajes escogidos por cada Beatle: 57 fotos y nueve figuras de cera componen la foto de familia en la que hay deportistas, actores, gurús, escritores, líderes políticos… Según el musicólogo Ian Inglis, es “una guía de la topografía cultural de la década” que demostraba cómo la frontera entre alta y baja cultura era cada vez más borrosa.

Con el mismo sentido de guía (en este caso de anuario), el montaje que emula la portada mil veces versionada y parodiada del LP es un crudo repaso funerario con imágenes de más de 40 notables fallecidos, algunos de modo tan doloroso y sin sentido como la diputada británica del Partido Laborista Jo Cox. A parte de las muertes, la imagen hace referencia a catarsis como el Brexit —escrito con flores rojas en lugar del nombre del grupo— o la victoria de Donald Trump, representada con una gorra de visera roja con el eslógan de la campaña electoral del ahora presidente electo de los EE UU.

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Solo uno de los Beatles era un músico virtuoso, ¿sabes quién?

The Beatles, 22 de agosto 1970 . Foto: Ethan Russell

The Beatles, 22 de agosto 1970 . Foto: Ethan Rusell

No soy de los que piensan que los Beatles eran buenos músicos. Al contrario, opino que, como desmostraron sus pésimas carreras como solistas tras la separación del grupo, eran poco imaginativos, mediocres, bastante incultos y tenían escasa intuición o sentimiento.

Como unidad, la carencia de uno cualquiera era suplida por el genio de alguno de los otros tres y, en una artesanía combinatoria que parece demostrar la existencia de un destino divino para los cuatro: en tanto se soportasen como personas funcionarían como la mejor de las máquinas de rock. Lo hicieron. Siguen siendo centrales, únicos, pero como grupo.

Encuentro una sola excepción a la medianía musical de los fab four —no hay ninguna, por ejemplo, en su estrechísima vulgaridad como letristas: ninguno era capaz de hilvanar dos versos seguidos sin caer en el lugar común o la vulgaridad verbenera—: el único beatle que me parece un excelente intérprete, un verdadero virtuoso musical, es Paul McCartney, uno de los mejores intérpretes de bajo eléctrico de todos los tiempos, un ejecutante sólido, de gran inventiva en la confección de líneas melódicas, bravo sin ser grosero, generoso con el lucimiento de los demás músicos…

El bajo de Macca gruñe, maulla, susurra y marca. Es el único instrumento tocado por los Beatles que lleva firma: en el ataque inconfundible y el uso novedoso de los silencios —¡esas paradas inesperadas!— y las notas altas.

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¿Qué año salvó al rock and roll del aburrimiento?

Cubierta del libro 'Never a Dull Moment', de David Hepworth

Cubierta del libro ‘Never a Dull Moment’, de David Hepworth

La foto que ocupa la portada del libro encaja con el título, lo describe con hiperrealismo, es una huella digital. El periodista inglés David Hepworth sabía lo que hacía cuando eligió abrir Never a Dull Moment – 1971, The Year that Rock Exploded (Ni un momento aburrido – 1971, el año en que explotó el rock) con la imagen de disoluta belleza de Keith Richards, Gram Parsons y Anita Pallenberg en uno de los lujosos salones de Villa Nellcôte, la mansión de 16 habitaciones de Villefranche sur Mer, en la Costa Azul francesa, donde los Rolling Stones se habían refugiaron para:

  1. Grabar el mejor disco de su carrera y quizá uno de los mejores de todos los tiempos, Exile on Main Street.
  2. Dejar de pagar impuestos en el Reino Unido, donde el gobierno laborista apretaba las tuercas a los multimillonarios sin que desgravará ni un céntimo lo galanre de su porte.
  3. Drogarse en comunidad en una villa con alambicadas yeserías y lámparas de araña en cada aposesnto, acompañados de amigos, allegados y parientes —John Lennon y Yoko Ono se dejaron ver y también el magnate magnate financiero Ahmet Ertegum, fundador de la discográfica Atlantic—. Los proveedores de drogas casi vivían allí.
  4. Grabar sin la presión de horarios y agendas. El estudio movil del grupo, instalado en un camión, estaba aparcado en los jardines y en los sótanos de la casona, con mínimas adaptaciones, se conseguía un sonido pastoso en el cada nota parecía un grito. Algún amante de lo esotérico puede aducir que era lógico el tenebrismo: Villa Nellcôte había sido cuartel general de la Gestapo en la zona y escenario de cuerpos y almas torturados.

Las piernas largas y desnudas de Anita, Lady Rolling Stone, lánguida pin-up, satanista, buscadora de problemas, voraz politoxicómana, modelo, musa y novia intercambiable de Jagger y Richards, tienen la misma indolencia hedonista que la imagen, tomada por Domique Tarlé, fotógrafo al que permitieron moverse con libertad en el escenario belle epoque ocupado por el animalario perverso.

No crean ni por un momento que la estampa de paciente de quirófano de Richards significa que la heroína le hubiese anestesiado los sentidos: durante aquellos meses robó varias canciones al ingenuo y más triste de los vaqueros, Gram Parsons, que, acaso porque actuaba maravillado por tener entrada para el festín, creyó que aquellos malvados ególatras eran sus amigos.

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La única revista hippie en la que el diseño gráfico importaba

Mosaico con portadas de la revista 'Avant Garde'

Mosaico con portadas de la revista contracultural ‘Avant Garde’

Durante los años del posthippismo, la prensa underground entró en el campo de batalla mediático en los EE UU —también en el Reino Unido y Australia—. Se trataba de proponer, tal como estaba ocurriendo con los usos sociales, el arte, la cultura y la política, modelos más veraces, abiertos y desprendidos de los convenios entre de la prensa tradicional y el poder. De la ilusionante edad de las flores y la cándida utopía que proclamaban buena parte de sus hijos, nacieron fanzines, revistas, diarios y panfletos de relajada puntualidad pero contenidos precisos…

Aunque la prensa underground fue de vida corta —la única excepción fue el quincenal Rolling Stone, pero su etapa contracultural fue efímera y en pocos años el éxito la llevó a convertirse en un medio tradicional y masivo, pese a su nómina de grandes reporteros—, algunas revistas merecen un espacio de mérito que no se les concede. Es el caso de Avant Garde, la única revista hippie en la que importaba el diseño gráfico.

Efímera —sólo editó catorce números entre enero de 1968 y julio de 1971—, la colección completa de la revista ha sido ahora delicadamente digitalizada y organizada en un rpoyecto de la archivista Mindy Seu.

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Desert Trip, ¿concierto del siglo o misa de difuntos?

Cartel oficial del festival ©2016 Goldenvoice

Cartel oficial del festival ©2016 Goldenvoice

El rock, al menos como solíamos entenderlo, era caliente como una bala, peligroso como una pistola e instantáneo como un disparo. Solía ser también sexi, adjetivo que cada uno debe rellenar con su propia imaginación.

Entre el 7 y el 9 de octubre se celebrará —jugaré a los opuestos— la más fría, tranquila y perpetua ceremonia que nunca imaginé. Añadiré el antónimo antisexi que falta, pero multiplicado por nueve, que era el número talmúdico de John Lennon: desagradable, asquerosa, repulsiva, hedionda, infecta, inmunda, nauseabunda, pútrida y mugrienta.

Dicen que se trata del concierto del siglo —los maximalismos cuadran bien en esta etapa histórica dominada por doctorandos en los principios de la mercadotecnia de Papá Goebbles—. Es lo opuesto: la misa de difuntos definitiva, el Treblinka del rock and roll.

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Seis preguntas y respuestas sobre el ‘streaming’ de los Beatles

Dadas las albricias globales que escucho y leo, la Navidad parece haber regalado lo que todos habían pedido como primera opción en las listas de deseos.

El desembarco de la música de los Beatles en nueve plataformas de streaming, entre ellas el monstruo Spotify (100 millones de usuarios en el mundo, la quinta parte de ellos, de pago)ha sido recibida con una especie de hurra planetario al que, aunque sólo sea por la ictericia que toda operación de mercadotecnia debería producir, conviene colocar en una justa medida.

1. ¿Está toda la música de los Beatles en streaming?

No. Los propietarios del catálogo han dejado fuera de acceso discos básicos como la colección The Beatles Anthology [volumenes, 1, 2 y 3], editada entre 1995 y 1996, un tesoro que abarca toda la historia del grupo e incluye versiones no grabadas, temas inéditos, descartes y abundante material que, en muchas ocasiones, supera al original y que, sobre todo, demuestra cómo cocinaba el grupo con mejor química de la historia durante el proceso de composición, arreglos, grabación y mezcaldo.

Tampoco está disponible Live at the BBC (1994), el único disco en directo decente del grupo, con 56 canciones, una treintena de las cuales nunca habían sido publicadas.

Y, sobre todo, no hay rastro de las versiones en mono de los discos que el grupo editó en su carrera —todos los álbumes excepto tres— y que fueron primorosamente empaquetados en la caja The Beatles in Mono, publicada en 2009 al mismo tiempo que la versión remasterizada The Beatles  (The Original Studio Recordings), también conocida como The Beatles: Stereo Box. Es de estas remasterizaciones en estéreo de las que se nutre el catálogo parcial colocado en streaming.

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¿Debemos celebrar 1965 ó 1955?

Algunos discos editados en 1955

Algunos discos editados en 1955

Está el historicismo del rock muy apasionado con la celebración del 50º aniversario del milagroso 1965, el año, se nos dice, en que “cambió el pop“.

Las velas encendidas sobre el pastel —el apremiante Like a Rolling Stone, de Bob Dylan; Rubber Soul, el primer disco en el que los Beatles, de los que llegaron a celebrar un falso 50º aniversario hace bien poco, mostraban que no sólo eran un grupo de insustancial yeah yeah yeah; el despegue de los Kinks como nuevos Dickens; el country-rock de The Byrds…—   son luminosas como antorchas y es inútil discutir la potencia con que todavía alumbran y, sobre todo, cómo cegaron a la juventud occidental de hace medio siglo, gente desencantada con la cultura adulta y con más dinero en los bolsillos que nunca en la historia para gastarlo en emociones fuertes. En 1965 los jóvenes de la parte rica del mundo eran un gran nicho virgen para obtener cash flow y en los despachos lo sabían.

Es chocante que no se cite para la salva de aplausos a The Beach Boys Today!, quizá el mejor álbum del año —la estremecedora suite de bolsillo de cinco canciones seguidas en la cara B [Please Let me Wonder, I’m so Young, Kiss Me Baby, She Knows Me Too Well, In the Back of My Mind] , era nueva, compleja y palpitante— y era el prólogo al revolucionario Pet Sounds (1966), el disco que dinamitaría todas las convenciones sobre cómo construir canciones adolescentes con instrumentos clásicos y producción visceral y antiacadémica del genio Brian Wilson, que hoy, como entonces, es ninguneado en favor de los mucho más cool Mick Jagger y John Lennon.

Dado que los aniversarios son un juego con el calendario, me pregunto por qué no celebramos el 60º cumpleaños de 1955, año que fue tan o más rompedor que 1965 y que, como extra, era más inocente, acaso porque la mercadotecnia publicitaria no consideraba todavía al rock un negocio con posibilidades millonarias. Era un problema de “adolescentes salvajes” a los que convenía atar en corto.

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Muere ‘Hoppy’ Hopkins, activista ‘underground’ y gran fotógrafo

John 'Hoppy' Hopkins (1937 - 2015)

John ‘Hoppy’ Hopkins (1937 – 2015)

En un silencioso mutismo mediático sólo roto por unas cuantas publicaciones británicas ha muerto John Hoppy Hopkins. Tenía 78 años y no merece la reserva con la que ha sido sancionado. Su vida fue estruendosa y elegantísima la dignidad con que soportó el olvido de los famosos y famosetes que le aplaudieron durante los alborotados años sesenta y setenta, la última de las épocas en que mereció la pena rondar por el mundo.

Decir que Hoppy era fotógrafo es inexacto. Sin duda lo era: su página web —diseñada según los vetustos dictados de los hippies que llegaron tarde a internet: fondo negro, letras amarillo chillón y ningún sentido de las reglas de la supuesta efectividad comunicativa postelectrónica— guarda parte de su archivo de imágenes.

Dada la calidad de las fotos —inmediatas, potentes, joviales, pruebas de cargo sobre lo bien que creímos hacer una revolución que se quedó en negocio— y el prestigio del elenco —la aristocracia del Swinging London (Lennon & McCartney, Jagger, Jones, Faithfull), los profetas (Ginsberg, Malcolm X), algunos genios tan tormentosos que no necesitan clasificación (Miles, Muddy Waters)…—, parece mentira que el autor no haya muerto en la riqueza de las regalías como otros que retrataron menos pero se vendieron más.

Hoppy (el apodo, bailarín, saltón, estaba justificado por la pimienta de su ánimo y el nervio de sus piernas) se había graduado en Cambridge en Física Nuclear. Terminó la carrera con honores y estaba a punto de elegir alguna de las ofertas de trabajo que le llovieron cuando un amigo, acaso un ángel con piel humana, le regaló una cámara de fotos. Desde el primer disparo, para gloria de nuestra raza, el mundo perdió a un físico y ganó a un agitador.

Se fue a Londres en el mejor momento, a mediados de los sesenta, empezó a moverse en los clubes de música, a fumar marihuana y a empaparse de la locura que, de pronto, había sustituido a la niebla en la capital del Támesis. “Cuando la música cambia, las paredes de las ciudades tiemblan”, diría más tarde para explicar aquella tangible sensación de renacimiento.

Número 2 de "International Times", octubre, 1966.

Número 2 de “International Times”, octubre, 1966.

De la cámara al activismo underground sólo había un paso y Hoppy avanzó sin recelo ni dudas hacia la construcción del nuevo mundo. Fue uno de los fundadores-editores, en 1966, de la revista International Times, que tuvo que reducir la cabecera al acrónimo IT —muy apropiado para el logo, un dibujo de la vamp Theda Bara, la primera depredadora sexual del cine— por una demanda del diario generalista y conservador The Times. El casi fanzine fue el mejor del Reino Unido durante años si querías enterarte de lo que no deseaban enseñarte el poder o tus padres.

No se quedó ahí la contribución del hoy olvidado activista al humanismo: un año antes, en 1965, había organizado la primera edición del festival libertario y muy de la Era de Acuario de Nothing Hill, que entonces era “libre y gratuito” pero con los años ha sido deglutido por la maquinaria de Moloch hasta convertirlo en ese carnaval al que acude el turismo-borrego para sentirse multicultural.

Hoppy también fundó, aliado con el mítico productor Joe Boyd —descubridor de Nick Drake, mano derecha de Fairport Convention y, con el tiempo, socio de R.E.M.—, el club más valiente de Londres, el UFO, situado en un sótano de Tottenham Court Road. Era the place to be para escuchar la música astral de la banda residente, Pink Floyd, y entrar en la dimensión psicodélica mediante el uso pionero de los shows de luces y proyecciones como potenciadores del viaje.

A la policía londinense no le caía nada bien aquel tipejo que no dejaba de montar camorra alternativa, consumía drogas y proclamaba, con su lenguaje pulido en las muy regias aulas de Cambridge, que los tiempos estaban mudando de piel y los viejos reptiles debían o retirarse o ser más tolerantes.

En 1967 fue detenido con una ínfima cantidad de marihuana y juzgado —el consumo era delito entonces en el Reino Unido—. Se negó al derecho a tener abogado y asumió su propia defensa, aduciendo que las drogas eran usadas con fines recreativos o místicos desde la noche de los tiempos y que sus señorías también se ponían hasta las cejas de cerveza y scotch. Tras calificar al magistrado-presidente como “una epidemia social”, el acusado recibió una condena de nueve meses y, aunque no tenía antecedentes y se organizó una campaña para exigir su libertad —apoyada a cara descubierta por los Rolling Stones y, desde el anonimato, por Paul McCartney, que no podía pringarse en público con causas incómodas que mancharan la reputación de chicos buenos de los Beatles—, Hoppy estuvo medio año preso.

El imparable fotógrafo-activista también retrató la vida en las calles del Reino Unido. Sabiendo de su compromiso con la sociedad de base el temario no es sorpresivo: pandillas de moteros, menudeo de drogas blandas, prostitución, niños-pilluelos haciendo de las suyas…

Promotor incansable de caminos de búsqueda, una de las frases que escribió Hoppy en su ensayo Memorias de un ufólogo podría ser usada como apunte mortuorio final: “Siempre estará enamorado de la densidad de la gente”.

Jose Ángel González

La muerte casi paralela de dos grandes retratistas: Phil Stern y Jane Bown

Izquierda, James Dean, 1955 © Phil Stern / Derecha, Samuel Beckett, 1976 © Jane Bow

Izquierda, James Dean, 1955 © Phil Stern / Derecha, Samuel Beckett, 1976 © Jane Bow

Distanciados por más de dos décadas, los dos retratos pueden funcionar como un sumario del siglo XX. A la izquierda, a los 24 años y poco antes de morir al estrellarse al volante de un Porsche 550, los ojos de pícaro de James Dean emergen de un jersey. A su lado, la mirada de bisturí de Samuel Beckett a los setenta años.

En paralelo las fotos admiten la lectura de un rosario de dicotomías: los EE UU y Europa; el bla bla del cine y el silencio del absurdo cotidiano; las opciones de vivir deprisa entre telones de raso o hacerlo en los “aires vivificantes” del fracaso; la forma múltiple de los héroes: un muchacho tan bello como torturado y un arrugado testigo de las preguntas decisivas: “¿Dónde ahora? ¿Cuándo ahora? ¿Quién ahora?”

No me importan hoy los personajes sino los transmisores de sus retratos. Los fotógrafos —el estadounidense Phil Stern y la inglesa Jane Bow— han muerto en los últimos días. El primero, que no superó un ataque cardíaco, en una residencia para veteranos de guerra de Los Ángeles, a los 95 años; la segunda, a cuatro meses de cumplir 90, en su casa de campo en Hampshire sin que hayan trascendido las causas del deceso, aunque estaba muy débil tras una caída reciente.

Izquierda, Phil Stern, Foto: Los Angeles Times / Derecha, Jane Bown – Autorretrato © Jane Bown / The Observer

Izquierda, Phil Stern, Foto: Los Angeles Times / Derecha, Jane Bown – Autorretrato © Jane Bown / The Observer

Eran transcontinentales y, por tanto, opuestos en maneras, manías y formas de vida. Stern, fotógrafo militar en la II Guerra Mundial y después retratista a sueldo de los grandes estudios de Hollywood tenía simpatía, labia e instinto suficientes como para traspasar la frontera estéril de las foto fijas de los rodajes para entrar en los salones, jardines y piscinas, en suma, la intimidad de todas las grandes estrellas de la edad dorada del cine.

Sus fotos eran, en ocasiones, un poco más reveladoras de lo que deseaban las productoras: el amigo de capos mafiosos Frank Sinatra encendiendo un cigarrillo a JFK en el baile de gala posterior a la toma de posesión presidencial de 1961 es una imagen que, sabiendo lo que sabemos sobre la implicación de los bajos fondos en el magnicidio de Dallas, tiene un desenfoque que no sólo sugiere el dinamismo de una festiva borrachera, sino que parece predecir un negro destino.

De Jane Bown escribí en este blog en mayo de 2014 una entrada titulada “Jane Bown, 65 años haciendo inmensos retratos, sin estruendo y para el mismo diario” donde me referí a la humildad, la timidez y el silencio de la retratista inglesa que trabajó toda su vida para The Observer:

Se llama Jane Bown, pero no tiene tarjetas de identidad con su filiación, teléfono, cuenta de correo y demás vanidades —tampoco tiene web personal, ni un perfil de Twitter o Facebook—. Es fotógrafa, quizá la mejor del Reino Unido, pero la calificación le parece cosa de engreídos. Incluso ser llamada “fotógrafa”, opina, es una desmesura. Tiene un lema que no sólo debe aplicarse a las fotos, sino también a la vida: “Se trata de callar, de permanecer en silencio”.

Radical —nunca ha usado el color, jamás se ha visto tentada por las cámaras digitales (le basta desde hace 40 años la vieja Olympus OM-1)—, sin el glamour o la altanería que otros retratistas más jóvenes y con menos mañas esgrimen como dones de elegidos, sencilla y silenciosa, Bown ha trabajado 65 años para el mismo medio, The Observer, el dominical de The Guardian. Ahora tiene 89 y sigue en ello. Nunca ha pensado en el retiro.

Quienes la conocen la recuerdan en la agitada normalidad de la redacción esperando con la humildad de cualquier subordinado que el redactor jefe le asignase el trabajo del día. Nunca se negó a ninguno. Todos los afrontó con el mismo entusiamo.

En aquella entrada citaba también el pasmo de saber, por el entonces recién estrenado documental Looking for Light (Buscando la luz), que la fotógrafa era dueña de una doble vida:

Llevó durante décadas dos existencias paralelas: durante cinco días a la semana era la Señora Moss y vivía con su esposo y tres hijos en una casa de campo, en cuyos alrededores ningún vecino sabía que aquella mujer bajita y seriota era la fotógrafa más famosa del Reino Unido. Los otros dos días bajaba a Londres, entraba en The Observer y esperaba los encargos para la edición del domingo.

Es imposible rechazar la tristeza al hablar de la muerte de este par de fotógrafos inmensos pero sus descesos casi paralelos llevan a pensar que quizá no hubo casualidad dado el oficio que Stern y Bown compartían: hacernos llegar las estampas votivas de nuestros ídolos paganos.

José Ángel González

Yoko Ono te regala en cien idiomas el póster de ‘¡La guerra ha terminado!’

Algunos de los carteles de la campaña

Algunos de los carteles de la campaña

La frase es la misma pero en distintos idiomas: “¡La guerra ha terminado!”. Quizá la acepción más tierna sea la del esperanto, aquella utopía de lengua universal: “Milito estas for!”.

La onmipresente Yoko Ono (1933), viuda de ya saben quién, deja bajar el póster con licencia Creative Commons desde la web Imagine Peace. El cartel está disponible en un centenar de idiomas —del aragonés al tibetano, pasando por el braille, el morse y el lenguaje de signos— y en nueve tamaños: desde pequeños cuadrados de 75 píxeles de lado hasta una dimensión máxima de 3.000 por 4.000 y alta resolución de trescientos puntos por pulgada. También hay salvapantallas para ordenador o teléfono móvil.

La artista —la cursiva obedece a que siempre me costó aplicarle el adjetivo a Ono, que me parece una arribista que, además, vive de un cadáver— dirige al mundo un mensaje escueto:

Queridos amigos,

Descargad, imprimid y exhibid estos pósters en vuestras ventanas, escuelas, lugares de trabajo, coches o en cualquier otro lugar.

Difundidlos en vuestras redes sociales.

Enviadlos como postales a vuestros amigos.

Lo decimos de muchas formas pero somos una sola voz.

¡Os amo!

Carpeta del disco sencillo "Happy Xmas (War Is Over)", 1971

Carpeta del disco sencillo “Happy Xmas (War Is Over)”, 1971

El lema que Ono recupera ahora nació hace 43 años, en la Navidad de 1971, a partir de una campaña del matrimonio Lennon en pro de la paz en el mundo. Incluía el single Happy Xmas (War Is Over) firmado por John y Joko, acompañados por la Plastic Ono Band y los niños de cuatro a 12 años de un coro comunitario del barrio de Harlem. La canción fue grabada en octubre en Nueva York y de la producción, como no cabe duda por el exceso de eco y la gradilocuencia de una pieza que ganaría en efectividad con un acabado menos napoleónico, se encargó Phil Spector.

Lennon y Ono se atribuyeron la composición de la letra y la música del villancico, pero se trata de una mentira descarada, porque la melodía es de la pieza tradicional Stewall [aquí la versionan, por ejemplo, Peter, Paul and Mary]. Dice bastante del poder de la mitomanía que las decenas de cantantes que han vuelto a grabar el tema sigan firmándolo como escrito por John y Yoko mientras algún desconocido bluesman se revuelve en su tumba pensando en los millones que pudo haber ingresado de haber registrado la melodía, una vieja canción de trabajo de los campos agrícolas del sur de los EE UU, terreno al que han acudido a birlar canciones los roqueros blancos una vez tras otra.

Lennon tomó la decisión de lanzar el single tras el bombazo de Imagine, editado como sencillo el 11 de octubre de 1971. Tras un éxito de ventas que no esperaba —sus producciones como solista hasta entonces habían sido sonoros fracasos comerciales— el exbeatle creyó haber encontrado la fórmula del éxito:vestir un mensaje político con un poco de miel” (“put your political message across with a little honey”, declaró a un periodista de Rolling Stone).

Aunque Happy Xmas (War Is Over) era una protesta contra la guerra de Vietnam, como parte de los movimientos publicitarios pacifistas del matrimonio Lennon desde finales de 1969, cuando compraron espacios en revistas, diarios y vallas en lugares públicos [por ejemplo, ésta en Times Square, Nueva York] para publicar el lema “WAR IS OVER (If You Want It), Happy Christmas from John & Yoko”, en español “LA GUERRA HA TERMINADO (si tú quieres), feliz Navidad de John y Yoko”, la canción ha sido deglutida y forma parte de centenares de recopilatorios de ambiente navideño aburguesado.

Lennon no volvió a desarrollar la teoría de “vestir un mensaje político con un poco de miel”. Sus siguientes discos fueron bastante crudos y torpes y tampoco tuvieron éxito comercial hasta Double Fantasy (1980), del que firmó una copia al lunático que lo mató de cuatro tiros. Yoko Ono sí ha perfeccionado la fórmula: una cucharada por cada bang.

Por cierto, si tu idioma no está entre el centenar del mensaje que la viudísima distribuye en pro de la paz mundial y la presencia mediática personal, puedes enviarle la traducción que te plazca a su Flickr de pósters multilingües. Creo que la lengua de la explotación postmortuoria no es una opción.

Jose Ángel González