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La reacción de un niño de 8 años a las campañas de moda

A Yolanda Domínguez (Madrid, 1977) se le da bien hacer ruido, ha demostrado ser una maestra de la acción artística callejera. A ojos de los transeúntes, son caricaturescas o producto del desequilibrio mental, por eso ridiculizan con efectividad los estrambóticos cánones de belleza impuestos por la industria de la moda y fuerzan al público a mirar de frente la imagen que se difunde de la mujer en las campañas publicitarias.

En Poses (2011), uno de sus primeros proyectos sonados, una serie de mujeres adoptaban por la calle las posturas extremas y antinaturales de los editoriales de moda de las revistas. Para la acción colectiva Registro (2014), Domínguez puso de acuerdo a mujeres de varias ciudades de España para que registraran su cuerpo como propiedad en el Registro Mercantil de Bienes. Una de sus últimas performances ha sido Accesibles y Accesorias (2015), para la que un grupo de chicas en lencería acudieron a una sede de Multiópticas en respuesta a una campaña publicitaria de la cadena de ópticas que tenía como eslogan “Ten la increíble sensación de estrenar todas las veces que quieras”.

Hace unos días colgó en YouTube un vídeo de su último experimento. Niños vs. Moda pone a niños de 8 años a comentar fotos de las últimas campañas de moda de grandes marcas (Prada, Marc Jacobs, Dior, Balenciaga, Hugo Boss, Pepe Jeans…) y al principio es refrescante descubrir las reacciones infantiles a imágenes supuestamente glamurosas o sofisticadas. Pronto queda claro que sus pensamientos traspasan el punto de vista divertido y genuino, son un ejemplo de objetividad.

“Parece que está asustada”, “como… Si fuera pobre”, “y parece que tiene una enfermedad, porque el brazo lo tiene aquí y aquí está el hombro”, “se siente sola y con hambre”, “le preguntaría a mi madre que cómo podríamos ayudar a que estuviera unos días en alojo para no estar en la calle”. Todas esas observaciones corresponden a una de las imágenes publicitarias de Loewe para la colección primavera/verano 2015: una flaquísima modelo se tapa con el brazo la parte inferior de la cara y permanece tirada al pie de unas escaleras.

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Los niños severos e imperturbables de Zóltan Jókay

© Zoltán Jókay

© Zoltán Jókay

Resumiendo el insumiso lenguaje de la tribu yagán, indígenas canoeros de la zona trastornada de la Tierra del Fuego y, como otros nobles pueblos, extintos por las oleadas colonizadoras europeas, el añorado Bruce Chatwin explica que gozaban de “un verbo dramático para captar cada contracción de los músculos, cada acción posible de la naturaleza o el hombre”. Así, dice el escritor y nómada ingles, iya significa en yagán “amarrar tu canoa a una franja de algas”; okon, “dormir en una canoa flotante”; ukomona, “arrojar tu lanza contra un cardumen de peces sin apuntar a ninguno en particular”; uejna, “estar sujeto o moverse fácilmente como un hueso roto o la hoja de un cuchillo” y también, “deambular, o vagar, como un niño sin hogar o extraviado”…

La lengua yagana era, como todas las formas humana comunicación verbal, un “sistema de navegación”. A diferencia de otras era  precisa e infalible: todos los objetos o acciones eran dotados de nombre como los puntos fijos que, una vez alineados o comparados, permiten que la persona que habla “planee su próximo movimiento” de una forma minuciosa. Los yaganes nombraban obsesivamente cuanto les rodeaba —el crujido del cuchillo contra la madera, la canción que entona la misma hoja afilada al desollar la piel de una presa de caza, las heridas del deshielo sobre el suelo, la temporada en que los cangrejos cambian de caparazón…— , porque sólo nombrando las partes que componen el Paraíso puedes acceder al Paraíso. Lo que no tiene nombre, por deducción, es  infernal.

Las fotos del alemán Zoltán Jókay (1960) son un proyecto de rotulación para navegar a salvo por el mundo. La mejor cartografía del fotógrafo, acaso por sus melancólicos orígenes centroeuropeos, es de niños de una seriedad grave y profunda.

“Debemos fotografiar lo que no se ve y no mostrar todo lo que se ve para que lo obvio no oculte lo esencial“, dice este veterano y fructífero caminante que trabajó primero como asistente social y luego, cuando lo despidieron en una de las tantas olas de recortes presupuestarios, encontró labor como cuidador de ancianos con demencia senil —una de sus series, Mrs. Raab Wants To Go Home, es una persecución del ánima consumida de una paciente—.

Los niños de Jókay, retratados como adultos —frontalmente, a la altura de los ojos, a veces desde ángulos que resaltan la monumentalidad frágil de los críos—, parecen retener el aliento, ensimismados en un más allá que no podemos adivinar porque, maldita sea, hemos olvidado dónde está el foco de la sensibilidad infantil. Tengo la sospecha de que el retratista alemán se afana en buscarlo, darle nombre, para restrablecer su sistema de navegación.

 

 

Con los retratos, admite, desea “acercarse” a su propia niñez y cada componente de las fotos —el tono de baja saturación, los escenarios fríos, la ropa atemporal, las bocas manchadas, los gestos de indecisión…— son un autoflashback. “Mi lenguaje visual es una reminiscencia de mi pasado (…), por eso los protagonistas de los retratos parecen tan de otra época”.

De haber nacido entre los yaganes de Tierra del Fuego, estos niños merecerían la condición de loberos, oseros, navegantes, tramperos, conocedores infalibles de los signos del musgo y las piedras… Saben dónde están con perfección de marineros veteranos y han rotulado cada porción territorial con su propio léxico: quizá la verja sea la puerta de un imperio y la acera un talud y el triste verde del parque un ventero en las cumbres…

Tengo la impresión de que ante la mirada tímida de Jókay (“mis fotos son una lucha contra mi cobardía, camino durante horas antes de atreverme a pedir a alguien que me deje hacerle una foto”), los niños vuelven a ser lo que siempre han deseado antes de ser domesticados: nómadas incansables, severos e imperturbables, fuertes y nervudos, de mirada inclemente y la valentía mezclada con temor con la cual, de modo paradójico, se mueven los héroes. Como diría un yagán, son uejna, niños extraviados y, por tanto, libres.

Ánxel Grove

Arthur Tress, el fotógrafo que vive dentro de las pesadillas de los niños

© ArthurTress

© ArthurTress

Los niños sueñan. En los sueños no siempre los mundos por los que transitan son mansos. A veces son infernales por incomprensibles. Otras, delirantes por probables.  Arthur Tress está siempre allí para retratar el sueño desde adentro.

Niños con raíces en las manos, niños que emergen del barro con el alma cuarteada, niños que se esconden —armados con un rifle— en el mueble de la televisión, niños que han sido víctimas de la ceniza, niños que no tendrían inconveniente en trocearte con el stick de hockey sobre hielo, niños que te acechan…

Tress, nacido en 1940, los conoce a todos y para todos trabaja como mediador entre este mundo y el lado de allá, el del pánico.

El miedo adulto es poliforme pero ordenado por años de educación, urbanidad, relaciones sociolaborales, licores y ansiolíticos. El infantil, que no sufre de ningún lastre, es desparejo, bruto, grosero y perverso como una araña en proceso de caza. Donde el miedo adulto dice angustia, el infantil proclama gusano. Donde el primero advierte dilapidación, el segundo descubre espanto. El miedo adulto es una guerra civil, un ataque terrorista, un desahucio; el infantil es una madre psicópata, un caballo caníbal, una casa sin puerta de salida.

Tress, que empezó como fotógrafo publicitario, advirtió qué soñaban los niños cuando el sueño era torcido durante un taller de fotografía infantil que impartió hace más de cincuenta años. “Vamos a hacer una foto que explique la última pesadilla de cada uno”, sugirió a los alumnos sin saber que las respuestas le cambiarían la vida. Cuando los críos hablaron, el profesor decidió que había encontrado una patria: el lado oscuro de los sueños infantiles.

“Nunca hallarás lugares así dando vueltas por el mundo. Los tuve que recrear y me convertí en un raro, porque aquello empezó en torno a 1970: todos los fotógrafos estaban por entonces locos por callejear y yo era el único que hacía fotos teatralizadas. Buscaba imágenes míticas y arquetípicas, pesadillescas. Se convirtió en mi marca de fábrica durante veinte años: fotografías surreales y perturbadoras”, explica Tress. Que lo cuente con tamaña normalidad también da bastante miedo: parece un vampiro hablando de la sangre.

No le atribuyo al fotógrafo estadounidenbse carácter de demiurgo, pero acaso en esta colección de fotos reproduzca el aullido del lobo que fuimos y el reptar del insecto que somos. Me gusta el onirismo plausible que ejecuta, cercano a la poética del terror primario y ajeno a la intervención del psicoanálisis.

Niños derribados por un caballito de carrusel, niños limpios como boy scouts sosteniendo un dibujo de la hoz y el martillo, niños maniatados por la efigie de un cuervo o aplastados por una pelota gigante…

Otros fotógrafos han explorado el teatro de la mente infantil —acude a la memoria la saga de niños enmascarados y sombríos de Ralph Eugene Meatyard—, pero ninguno como Tress ha sido capaz de mostrar la navaja sobre la que viven nuestros hijos, la víbora que anida en el altar de la niñez.

Ánxel Grove

Una parodia de libro infantil que satiriza el arte moderno

'We Go to the Gallery' - Miriam Elia

No hay nada en la habitación. Peter está confundido. Jane está confundida. Mamá está contenta. “No hay nada en la habitación porque Dios está muerto”, dice mamá. “¡Vaya, hombre!”, dice Peter.

Peter mira la pintura. “Yo podría hacer eso”, dice Peter. “Pero no lo hiciste”, dice mamá.

La madre, con la permanente perfecta y vestida con un abrigo y un sombrero amarillos estilo años cincuenta, lleva a los dos niños (Jane y Peter, ideales y repeinados, ella rubia y con una diadema azul; él con jersey rojo, corbata y pantalones cortos grises) a una galería de arte moderno. La estética idílica y los textos supuestamente educativos contrastan con humor con el “nihilismo” de las obras: una habitación vacía, un conejo disecado, una enorme vagina en primer plano, un cuadro hecho con cuatro brochazos… En el colmo del tópico, la exposición se llama La muerte del significado.

El tomo es una parodia de los libros publicados por la editorial británica de libros infantiles Ladybird (Mariquita), propiedad del grupo Penguin: una institución de la literatura infantil inglesa. Nacida en 1867, comenzó a editar libros para niños en 1915 y en 1940 publicó su primer título de bolsillo y tapa dura característico de su serie más famosa. Las historias estaban ilustradas con esmero y los ejemplares tenían un precio muy asequible. A las narraciones protagonizadas por animales se unieron más tarde los títulos educativos relacionados con la naturaleza, las aficciones de los niños, la historia y los viajes.

Miriam Elia (Londres, 1982) recupera la nostalgia de las épocas más celebradas y recordadas de la editorial y reimagina uno de esos títulos en una sátira sobre el arte moderno que une las ilustraciones clásicas y las construcciones gramaticales sencillas con el sinsentido de las explicaciones de la madre posmoderna que acompaña a los críos.

'We Go to the Gallery' - Miriam Elia

We Go to the Gallery (Vamos a la galería) presenta todos los rasgos característicos de estos cuentos: tiene un estilo educativo, en el pie de cada página hay tres palabras destacadas en el texto para que el niño adquiera vocabulario, los dibujos presentan la plácida candidez de una visita a un museo en la compañía de un adulto instruido…

“Pensé que sería cómico ver a mamá, Peter y Jane acudir a una exposición de arte moderno realmente nihilista”, dice la autora, una humorista consumada que exhibe en piezas artísticas y de diseño un humor siempre cercano al sarcasmo. Para la narración ha imaginado obras que imitan el estilo de Tracey Emin, Jeff Koons, Martin Creed y otras primeras figuras del arte contemporáneo. Con un lenguaje que emula al empleado para acercarse al público infantil, Elia alude a la muerte de Dios, al sexo y a otros temas y obsesiones machacados en el arte posmoderno.

Helena Celdrán

Peter ve la gran vagina. A mamá le gusta la gran vagina. "Las vaginas grandes son feministas", dice mamá. Peter está asustado.

Peter ve la gran vagina. A mamá le gusta la gran vagina. “Las vaginas grandes son feministas”, dice mamá. Peter está asustado.

No hay nada en la habitación. Peter está confundido. Jane está confundida. Mamá está contenta. "No hay nada en la habitación porque Dios está muerto", dice mamá. "¡Vaya, hombre!", dice Peter.

No hay nada en la habitación. Peter está confundido. Jane está confundida. Mamá está contenta. “No hay nada en la habitación porque Dios está muerto”, dice mamá. “¡Vaya, hombre!”, dice Peter.

Jane mira la pintura. Es una pintura bonita. "¿Por qué hay un pene en la pintura?", dice Jane. "Porque Dios está muerto y todo es sexo", dice mamá".

Jane mira la pintura. Es una pintura bonita. “¿Por qué hay un pene en la pintura?”, dice Jane. “Porque Dios está muerto y todo es sexo”, dice mamá”.

 

"¡Mira!", dice Peter. "El conejo está muerto". "Yo creo que está feliz", dice Jane.

“¡Mira!”, dice Peter. “El conejo está muerto”. “Yo creo que está feliz”, dice Jane.

"¿Tú eres una artista?", dice Jane. "No pude ser artista porque te tuve a ti", dice mamá. Peter y Jane se sienten culpables.

“¿Tú eres una artista?”, dice Jane. “No pude ser artista porque te tuve a ti”, dice mamá. Peter y Jane se sienten culpables.

'We Go to the Gallery'

Las fotos de niños desnudos que Facebook no quiere que veas

Acabo de enterarme de que Facebook —esa compañía que facturó el año pasado casi 6.000 millones de euros con los contenidos que le regalamos los usuarios y que la empresa comparte sin rechistar con los servicios de espionaje— acaba de censurar y borrar unas cuantas fotos de niños desnudos que algunos de mis contactos habían colocado en sus muros a partir de la publicación del vínculo a una pieza de la muy popular web de fotografía Feature Shoot, fundada y dirigida por Alison Zavos.

El artículo cuyas imágenes no pasaron el rasero moral de los chicos de Facebook era una reseña sobre el trabajo del fotógrafo francés Alain Laboile (Burdeos, 1968). Se titulaba The Beauty of Carefree Youth Captured In Father’s Portraits of His Six Children (La belleza de la juventud despreocupada en los retratos de un padre a sus seis hijos), un lema demasiado largo que Laboile podría resumir así: fotos de mis hijos desnudos haciendo el cabra y aprendiendo que esa es la mejor manera de vivir —sobre todo si no quieres terminar siendo un ingeniero informático techie de Facebook o de sus cómplices de la mafia del 2.0 con la misma calidad humana que la cota asintónica de un algoritmo, añado yo—.

Algunas de las fotos que la red social no quiere que veamos en nuestros muros saturados de memez, platos de lasagna y todo tipo de fauna aparecen al comienzo de esta entrada. Los envidiables miembros de la familia Laboile juegan en el barro, se lanzan al agua de una charca, se enjabonan en una tina, meten el dedo en la boca de una rana con dulce crueldad y, en fin, son niños haciendo lo que todo niño debiera hacer: interpretar su propia danza estelar de cometas. Pero, y ese es el problema, están desnudos.

En una entrada anterior del blog (Mi pecado, mi alma, Lo-li-ta) hablé de la ortodoxia y la inquisición de lo correcto ejercida por padres y madres con complejo de fiscales que lapidarían a Vladimir Nabokov (“Oh, Lolita, tú eres mi niña, así como Virginia fue la de Poe y Beatriz la de Dante”). Repito dos párrafos de lo que escribí entonces:

La paranoia impone su mandato, amparado por la ley de la corrección. Todo fotógrafo que se acerque a un adolescente (no digamos a un niño) es un pedófilo más culpable que presunto. Ni siquiera el permiso por escrito de los padres o tutores del menor permite el acercamiento de la cámara, del ojo curioso que desea capturar una mínima porción del poder y los nervios del placer al descubierto que atesoran, quizá en exclusiva, los adolescentes.

La sociedad de la polineurosis y la dinámica hipócrita de la protección (esos mismos menores son avasallados por un sistema educativo que promueve la cosificación del individuo y le prepara para la inmoral carrera de ratas de la competencia y el sálvese quien pueda) (…) colocaría [al fotógrafo] frente a una actuación de oficio de la Fiscalía, a petición de un negociado oficial facultado por la Ley Orgánica de Protección Jurídica del Menor, que establece como preceptiva la intervención del ministerio público “en los casos en que la difusión de información o la utilización de imágenes o nombre de menores en los medios de comunicación pueda implicar una intromisión ilegítima en su intimidad, honra o reputación, o que sea contraria a sus intereses, incluso si consta el consentimiento del menor o de sus representantes legales” (el subrayado de la demencial expresión es mío).

El fotógrafo francés ha colocado en su web un texto de Cécile Le Taillandier De Gabory sobre esta bella narración familiar. Se nos indica que la serie de fotos están “liberadas de voyeurismo y de la rigidez de las imágenes diarias” y se afirma, con certeza, que Laboile desea “mostrarnos un mundo de libertad, sorpresas, emociones compartidas”. No es eso lo que aprecian los repartidores de anatemas, que ven pecado y presunto delito donde sólo hay energía, amor y humor.

Cuando la gran fotógrafa Sally Mann estaba a punto de publicar Inmediate Family, el fotoensayo de la vida en libertad de sus tres hijos, todos de menos de diez años y desnudos en muchas de las imágenes, fue alertada de que algunas de las imágenes podrían ser delictivas. La fotógrafa se entrevistó con la fiscalía para pedir una opinión y le dijeron que había evidencia de pornografía infantil. En una decisión dolorosa, decidió posponer el libro diez años. Pero los críos, que también tienen voz aunque casi nadie les pregunte nunca, dijeron que no y la animaron a publicarlo. La obra apareció en 1992 y nadie se querelló contra Mann. La fotógrafa dijo sobre la serie: “Es la visión natural de una madre sobre sus hijos: desnudos, riendo, llorando, sangrando…”.

Como coincido con la tesis y sigo pensando que la maldad y el ánimo depredador están en los ojos de quien mira, publico bajo la firma  de esta entrada una imagen de Mann y dos de sus hijas que Facebook nunca publicaría y los fiscales vocacionales jamás consentirían. Las tres mujeres orinando a carcajadas, creo, resume la revolucionaria actitud que Goethe expuso con simpleza cuando dijo que “la vida es la niñez de nuestra inmortalidad”.

Ánxel Grove

© Sally Mann

© Sally Mann

La hermana de Zuckerberg alerta de la adicción a Internet con un libro para niños

“La tecnología ha cambiado virtualmente cada parte de nuestras vidas: cómo nos relacionamos con los amigos y la familia; cómo criamos a nuestros hijos, cómo anunciamos las noticias más importantes (…). Para nuestra sociedad, esto es como el Salvaje Oeste. Las reglas sociales y la etiqueta están cambiando constantemente mientras nos acostumbramos a vivir con smartphones“, declara Randi Zuckerberg, hermana del creador de Facebook Mark Zuckerberg, que siente cómo ha recuperado el control de su vida tras desengancharse de la red social.

La hermana del creador de Facebook se fue de la empresa —en la que dirigía el departamento de mercadotecnia— tras una baja por maternidad en 2011 y fundó después el grupo Zuckerberg Media, al que pertenece Dot complicated (Punto complicado, en referencia al punto que separa el nombre de la página de la extensión): una web realizada por mujeres, con novedades y artículos relacionados con el modo en que enfrentamos la tecnología, cómo modifica nuestra vida y cómo podemos utilizarla de modo inteligente.

Portada de 'Dot', el libro infantil de Randi Zuckerberg

Portada de ‘Dot’, el libro infantil de Randi Zuckerberg

Concienciada de la excesiva influencia de Internet sobre los niños desde muy pequeños (su hija tiene dos años y ya ha empezado a entrar en contacto con la Red) la empresaria se inicia ahora como escritora de cuentos infantiles con Dot, un libro pensado para niños de 4 a 8 años —con cándidos dibujos del ilustrador inglés Joe Berger y que publicará en los EE UU la editorial HarperCollins el 5 de noviembre— que narra la historia de una niña “obsesionada con sus dispositivos electrónicos“.

Dot apenas separa la mirada de la pantalla y juega siempre con su tableta o con el portátil. “Pero hay vida más allá de la pantalla. Todos necesitamos tiempo para reiniciar, recargarnos y reanudar”, dice la voz en off de la animación que presenta el libro.

Para escribir el cuento, habló “con padres de todo el mundo” y descubrió que, aunque la tecnología es una herramienta “que nos facilita la vida y nos ayuda a mantenernos conectados” hay muchos padres con dudas sobre “cómo criar a sus hijos en esta nueva era digital”.

Randi Zuckerberg

Randi Zuckerberg

Desde que dejó la empresa de su hermano, Zuckerberg alerta del peligroso enganche que podemos sufrir utilizando las redes sociales en exceso.

En la carta de presentación de su página web se define como una exadicta a Facebook: en la red social anunció su compromiso, publicó las fotos de su boda, anunció su embarazo, fue “esa madre que no para de colgar fotos del bebé”… “Incluso hice que una foto familiar se convirtiera en viral durante las vacaciones. ¡Uy!”, dice en referencia a las “confusas” normas de privacidad que provocaron que compartiera una imagen privada con 40.000 personas.

Confiesa que en esa excesiva confianza en Internet hubiera estado bien “tener a alguien” que la alertara de su comportamiento. “Un amigo que me dijera ‘Randi, sentarte junto a tu marido en el sofá cuando los dos estais con el portátil no cuenta como tiempo dedicado a tu pareja’ o ‘¿No crees que pedir amistad en Facebook a alguien a los cinco minutos de conocerlo parece un POCO desesperado?’ o ‘¿REALMENTE querías poner eso en Twitter?”.

Sin caer en la dura crítica, pero sí abriendo una puerta a la reflexión, Zuckerberg intenta ahora hacer llegar el mensaje a los niños para que no se pierdan la infancia mientras navegan por Internet.

Helena Celdrán

La colaboración ‘accidental’ de una ilustradora y su hija de 4 años

La primera 'colaboración' de la ilustradora y su hija

La primera ‘colaboración’ de la ilustradora y su hija

“¡Oh! ¿Es ese el cuaderno de bocetos nuevo? Puedo pintar en ese también, mamá?”. La ilustradora estadounidense Mica Angela Hendricks escribe en su blog, en tono cómico, cómo reaccionó Myla —su hija de 4 años— al descubrir el bloc que su madre había encargado, un cuaderno “de papel oscuro”, ideal “para añadir toques de luz”.

Al ver a la pequeña abstraída en proyectos artísticos propios, se atrevió a sacarlo para dibujar y pensó que pasaría desapercibida, pero tras terminar con un rostro inspirado en una antigua postal de una actriz de Hollywood, el tesoro fue descubierto: “Tengo que admitir que la niña sabe reconocer el buen material cuando lo ve“.

Intentó sin éxito escurrir el bulto diciéndo que aquel cuaderno era especial para mamá y que ella ya tenía su material. No resultó: “En un tono muy serio, me miró y me dijo: ‘si no puedes compartir, a lo mejor hay que quitártelo’, ¡No, no puede ser! ¡La amiguita estaba usando mis frases de madre contra mí!“, recuerda divertida.

La dialéctica de la adversaria era demasiado fuerte, la ilustradora le comentó que se disponía a hacer un cuerpo para la cabeza que había terminado. “Yo lo haré”, contestó con decisión. Resignada, Hendricks pensó en que lo volvería a intentar más tarde, que desecharía el dibujo. La sorpresa fue mayúscula cuando vio que el resultado era libre y refrescante: con un trazo seguro y confiado, Myla había transformado a la actriz de Hollywood en una especie de mujer dinosaurio.

Myla completa uno de los dibujos de su madre

Myla completa uno de los dibujos de su madre

Las obras de Mica Angela Hendricks se acercan a la caricatura clásica con trazos dinámicos y una gama de nostálgicos colores apagados. En sus años como artista ha hecho dibujos para revistas, ilustraciones para libros infantiles, retratos de personajes famosos, diseños para tatuajes…

El experimento con su hija ha evolucionado en una serie de cabezas completadas con los más inesperados atuendos y escenarios. Hay castores espaciales, mujeres y crisálidas femeninas, sirenas, babosas jugando a la rayuela… Al fin de la colaboración, la madre completa la obra pintándola con acrílicos, pero siempre respetando cualquier toque de color que su pareja artística haya agregado con rotuladores.

De la experiencia, lo primero que asegura haber aprendido es “a no ser tan rígida”, y, tal vez tras contemplar la radical seguridad con la que trabaja una niña de 4 años, ha reflexionado sobre la importancia de no tener miedo de dar un giro inesperado, de no pensar que algo es “tan sagrado” como para no poder cambiarlo.

Helena Celdrán

'Outer Face'

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Un alfabeto antiesclavista para niños estadounidenses

Letras A y B del 'Alfabeto antiesclavista' (1946)

Letras A y B del ‘Alfabeto antiesclavista’ (1946)

Escuchad, pequeños niños
Escuchad a nuestra serio llamamiento:
Sois muy jóvenes, eso es cierto,
Pero podéis hacer mucho.
Incluso podéis suplicarle a los hombres
Que no vuelvan a comprar esclavos,
Y que a esos que ya tienen
Con rapidez los liberen.
Puede que escuchen lo que vosotros decís
Aunque con nosotros aparten la mirada.
A veces, cuando volváis del colegio,
Podéis hablar con vuestros compañeros,
Hablarles del destino de los niños esclavos
Sin madre y desolados.

Así comienza el texto introductorio del Anti-Slavery Alphabet (Alfabeto antiesclavista), un sencillo libro infantil editado en 1846 por la Sociedad Antiesclavista Femenina de Filadelfia (EE UU), fundada en 1833 por 18 mujeres y afiliada a la Sociedad Antiesclavista Estadounidense. El tomo fue publicado para “inspirar a una nueva generación de abolicionistas” y se vendió en diciembre de 1846 en una feria organizada por la asociación.

Las autoras del libro, Hannah y Mary Townsend, eran dos hermanas de Filadelfia de la comunidad religiosa de los cuáqueros: cristianos, sin credo establecido, y convencidos de que es necesario vivir rigurosamente en la honradez y en la paz para estar cerca de Dios. Llamados también Sociedad Religiosa de los amigos, estaban (y siguen estando) especialmente presentes en este estado.

A diferencia de muchas de las organizaciones abolicionistas de mujeres, los historiadores destacan que la de Filadelfia —a la que pertenecían las Townsend— fue una de las pocas activas antes de la Guerra Civil, el conflicto que asoló el país entre 1861 y 1865 y que había enfrentando (aunque no como motivo principal) a los estados del Norte (en contra de la esclavitud) con los del Sur (a favor).

Estructurada en un abecedario, en 16 láminas y cosida a mano, la obra repasa con cada letra (pintada también a mano) aspectos de la esclavitud, con personajes y objetos que desgajan los detalles de la situación.

A es un Abolicionista.
Un hombre que quiere liberar
Al desdichado esclavo y dar a todos
La misma libertad.

B es el Hermano con una piel
Con un tono más oscuro
Pero a los ojos del Señor
Tan estimado como tú.

H es el Perro de caza entrenado por su amo,
Que olfatea el rastro
Del infeliz fugitivo
Y lo devuelve tembloroso a su lugar.

I es el Infante
Arrancado de los brazos de su cariñosa madre,
Y, en una subasta pública, vendido
Con caballos, vacas y maíz.

W es la Columna de castigo
Al que atan al esclavo
Mientras en su espalda desnuda, el látigo
Provoca heridas sangrantes.

Z es el hombre entusiasta, sinceroFiel, justo y verdadero;
Un serio defensor de los derechos de los esclavos
¿Lo serás tú también?

A propósito de la celebración este año de los 150 años de la emancipación en los EE UU, el Mississippi Department of Archives and History ha escaneado la obra al completo y la pone a disposición del público en imágenes de gran tamaño.

Helena Celdrán

anti-slavery alphabet - cover

anti-slavery alphabet - C y D

anti-slavery alphabet-Letters U y V

anti-slavery alphabet - Y y Z

Diseños infantiles de sillas hechos realidad

Dibujo infantil y mueble creado por Beveridge y Lake

Desproporción, líneas torcidas, colores chillones, excéntricos apéndices que precisan de una explicación… Las sillas que Jack Beveridge y Joshua Lake —estudiantes de diseño en la Universidad de Kingston (en el suroeste de Londres)— pidieron dibujar a niños de 7 y 8 años resultaron, como era de prever, en un estallido de inesperadas propuestas.

En la línea de iniciativas anteriores —como la de Wendy Tsao, que transforma en peluches las figuras humanas y los animales de los dibujos infantiles— los diseñadores hicieron el experimento con la intención de después elegir dos de los muebles para hacerlos realidad.

En un colegio local, durante la clase, sólo pidieron a los niños que dibujaran una silla. “Una hora después teníamos una preciosa selección de diseños que ni tan siquiera podríamos haber estado cerca de imaginar”, dice Lake. En la galería de propuestas hubo asientos divididos por alturas, en forma de cangrejo y de oso, sillas altas de bar con un toque minimalista, sillones con ventanas…

Beveridge y Lake escogieron un modelo de patas verdes con ruedas y asiento rojo que exhibe en el respaldo un retrato de Daniel el travieso (el británico, no el estadounidense). El otro modelo es una mecedora amarilla con un cojín rojo y una particularidad en el lateral izquierdo: un pequeño acuario.

Helena Celdrán

 

Fotos familiares con cámaras de juguete

Phil Toledano

Phil Toledano

Una de las fotógrafas que ha ahondado todo lo posible en la intimidad familiar, la gran Sally Mann —aquí van tres vínculos de su mirada doméstica  1 | 2 | 3— intentó en una ocasión explicar la bendición de hacer fotos a los más cercanos: se trata de construir “un edén” iluminado por “la luz tenue de la nostalgia, la sexualidad y la muerte”.

La misma idea puede ser aplicada a los participantes en la exposición I’ll Be Your Mirror (Seré tu espejo), que se inagura el próximo sábado en la galería HomeSpace de Nueva Orleans (EE UU) bajo la coordinación de Jennifer Shaw, que esta vez deja de lado las cámaras de juguete con las que hace fotos y se encarga de dirigir la colectiva.

En la muestra participan siete artistas: Angela Bacon-Kidwell, Laura Burlton, Warren Harold, Aline Smithson, Gordon Stettinius, Phil Toledano y Alison Wells. Todos son jóvenes y prefieren explorar los rincones cercanos, en ocasiones tan hondos y complejos como los escenarios más exóticos o ajetreados.

Angela Bacon-Kidwell

Angela Bacon-Kidwell

El más conocido de todo el elenco es Toledano, cuya cobertura del viaje hacia la demencia senil de su padre tuvo un  gran éxito en Internet y luego en formato de libro.

No se quedan atrás en intensidad Harold, autor de Alternating Weekends (Fines de semana alternos), un diario fotográfico en el que narra su experiencia como padre divorciado;  Burlton, que en Chalk Dreams (Sueños de tiza) mira a sus hijos como personajes de una realidad alucinada; Bacon-Kidwell, que documenta un verano con su hijo, o Smithson, autora de la serie Arrangement in Green and Black, Portraits of the Photographer’s Mother (Arreglo en verde y negro, retratos de la madre de la fotógrafa), donde camufla a su madre de 85 años como avatares que protagonizan más de veinte versiones del famoso óleo de Whistler.

Uno de los aciertos de la coordinadora tiene que ver con uno de sus caprichos: optar por autores que prefieren utilizar cámaras Holga, Diana y otros artefactos plásticos, baratos e incapaces de intimidar a nadie. Nada mejor que un juguete para acercarte a quien te quiere.

Ánxel Grove

Gordon Stettinius

Gordon Stettinius

Warren Harold

Warren Harold

Laura Burlton

Laura Burlton

Laura Bulrton

Laura Bulrton

Alison Wells

Alison Wells