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Un fallo de Flickr dejó al aire fotos privadas durante 20 días

Correo de Brett Wayn

Correo de Brett Wayn

Acabo de recibir un correo de uno de los vicepresidentes de Flickr. El señor Brett Wayn, a quien no tengo el gusto y, estoy seguro, le importo un carajo, me comunica mediante el mail interno de la veterana comunidad fotográfica del grupo Yahoo que mis fotos marcadas como privadas estuvieron a la vista de cualquier internauta entre el 18 de enero y el 7 de febrero.

Como siempre que los amos del 2.0 cometen un desliz la culpa es achacada al culpable más fácil —por inasible—: un “software bug” (fallo de programa informático).

El asunto tiene tela. Flickr, un servicio con 51 millones de usuarios registrados, 80 millones de visitantes únicos y más de 6.000 millones de fotos alojadas (una cifra importante pese a estar muy lejos de los 100.000 millones de imágenes, de otra calaña, es verdad, que almacena Facebook), me cobra una cuota anual (barata, menos de 25 dólares, pero con plena validez jurídica como contrato de servicios y obligaciones) a cambio de la cual me permite guardar fotos sin límite de espacio virtual. Ese es el uso prioritario que me interesa: un cajón donde depositar las imágenes con determinadas claves que le vienen bien a mi mala memoria —fecha, geotag, motivo…—.

El 'organizr' de mi cuenta

El ‘organizr’ de mi cuenta

En estos momentos tengo en mi cuenta, que abrí en diciembre de 2004, antes de que Flickr fuese comprada por Yahoo en uno de los grandes pelotazos de la era de Internet, 5.038 fotografías, pero solamente 28 son públicas. No me interesa que las demás estén al aire. El fallo de la compañía ha puesto mis 5.010 fotos marcadas como privadas en circulación, durante veinte días, en el cotilla y curioso hasta la grosería mundo de la red. Desde luego, las imágenes también han entrado en los rastreos de los motores de búsqueda, como el señor Wayn me comunica en su tan educado como inútil correo.

El clamoroso descuido de la empresa hacia sus clientes —Flickr no ha informado públicamente del problema, ni tampoco ha cuantificado el número de cuentas afectadas aunque los foros internos del servicio revientan con las protestas individuales— sólo me ha dañado como cualquier incumplimiento de contrato podría hacerlo (y tengo derecho a un resarcimiento económico por un fallo en la prestación de un servicio), pero la anomalía seguramente ha tenido efectos mucho más perniciosos para aquellos usuarios que tuviesen marcadas como privadas fotos íntimas, personales, delicadas o, sencillamente, dañinas o dolorosas para terceros.

Captura del blog de Flickr

Captura del blog de Flickr

Con los nervios de punta, a los responsables de la comunidad fotográfica —ya expliqué en el blog mi impresión: Flickr se ha verbenizado y convertido en un inmenso gimnasio para ejercer la egolatría y no la fotografía— no se les ocurrió otra cosa en plena crisis que marcar como privadas todas las fotos de las cuentas afectadas. Con el movimiento espasmódico convirtieron el garajal en garajal y medio: los enlaces en blogs o webs a fotos que antes eran públicas se rompieron para convertirse en caminos hacia el oops, foto no disponible.

“Estamos profundamente apenados porque esto haya ocurrido. Como ávido usuario de Flickr, estoy personalmente comprometido en asegurar que sus recuerdos están seguros. Nuestro equipo ha trabajado duro para ganar su confianza y nos lo tomamos muy en serio. Hemos puesto en marcha una serie de medidas adicionales para evitar que esto vuelva a suceder”, me dice Wyan.

Señor Wyan, no le creo. Me parece que le sigo importando un carajo.

Ánxel Grove

Fotos familiares con cámaras de juguete

Phil Toledano

Phil Toledano

Una de las fotógrafas que ha ahondado todo lo posible en la intimidad familiar, la gran Sally Mann —aquí van tres vínculos de su mirada doméstica  1 | 2 | 3— intentó en una ocasión explicar la bendición de hacer fotos a los más cercanos: se trata de construir “un edén” iluminado por “la luz tenue de la nostalgia, la sexualidad y la muerte”.

La misma idea puede ser aplicada a los participantes en la exposición I’ll Be Your Mirror (Seré tu espejo), que se inagura el próximo sábado en la galería HomeSpace de Nueva Orleans (EE UU) bajo la coordinación de Jennifer Shaw, que esta vez deja de lado las cámaras de juguete con las que hace fotos y se encarga de dirigir la colectiva.

En la muestra participan siete artistas: Angela Bacon-Kidwell, Laura Burlton, Warren Harold, Aline Smithson, Gordon Stettinius, Phil Toledano y Alison Wells. Todos son jóvenes y prefieren explorar los rincones cercanos, en ocasiones tan hondos y complejos como los escenarios más exóticos o ajetreados.

Angela Bacon-Kidwell

Angela Bacon-Kidwell

El más conocido de todo el elenco es Toledano, cuya cobertura del viaje hacia la demencia senil de su padre tuvo un  gran éxito en Internet y luego en formato de libro.

No se quedan atrás en intensidad Harold, autor de Alternating Weekends (Fines de semana alternos), un diario fotográfico en el que narra su experiencia como padre divorciado;  Burlton, que en Chalk Dreams (Sueños de tiza) mira a sus hijos como personajes de una realidad alucinada; Bacon-Kidwell, que documenta un verano con su hijo, o Smithson, autora de la serie Arrangement in Green and Black, Portraits of the Photographer’s Mother (Arreglo en verde y negro, retratos de la madre de la fotógrafa), donde camufla a su madre de 85 años como avatares que protagonizan más de veinte versiones del famoso óleo de Whistler.

Uno de los aciertos de la coordinadora tiene que ver con uno de sus caprichos: optar por autores que prefieren utilizar cámaras Holga, Diana y otros artefactos plásticos, baratos e incapaces de intimidar a nadie. Nada mejor que un juguete para acercarte a quien te quiere.

Ánxel Grove

Gordon Stettinius

Gordon Stettinius

Warren Harold

Warren Harold

Laura Burlton

Laura Burlton

Laura Bulrton

Laura Bulrton

Alison Wells

Alison Wells

El “pequeño mundo” foto-compartido de una pareja en Estambul

My Pen World

My Pen World

Hojear un álbum de fotos privadas de cuyos protagonistas sólo sabes lo que las imágenes revelan: Estambul, una pareja de clase media-alta, muchos discos de jazz (Archie Shepp, Charles Earland, Milt Jackson, Stan Getz, Roy Ayers, John Coltrane, Miles Davis, Thelonious Monk…), todos en el necesario soporte del vinilo y ninguno demasiado previsible, cigarrillos orgullosos de quien se sabe hijo de la intoxicación, envidiable tiempo libre, todas las bifurcaciones de todos los caminos, inmigrantes (¿italianos?, ¿franceses?) quizá por motivos laborales, relación de marido-mujer, un “pequeño mundo”, una vida “solitaria pero colorida”

Es difícil saber más. Su ventana al mundo es un microblog, My Pen World, que apenas evidencia nada y, al tiempo, todo lo deja ver. Me apasiona con rigor tóxico desde que lo encontré, hace algo más de dos años, en los superpoblados y a menudo confusos suburbios de Tumblr.

My Pen World

My Pen World

La donación de la vida —de cierto porcentaje de ella al menos, porque nadie está dispuesto a la entrega sin límite— es un acto de valentía. Entregar también la forma de mirar lo convierte además en un acto generoso.

Ella, la modelo; él, el fotógrafo: toman el ferry, se pierden en el zoco, pasean al lado del mar, entran en cafés, dejan que les venza, entre naranjales o mezquitas, la lenta embriaguez de la ciudad milenaria que marca el fin y el principio, que es puerta y clausura…

No está descaminado quien sostiene que los mejores retratos necesitan estar sujetos por el amor —completo, físico y emocional— entre quien hace la foto y quien está ante la cámara. Las piezas del diario de cabotaje de My Pen World son una prueba de ese argumento.

My Pen World

My Pen World

Me gusta que las imágenes sean carnales, que no tengan otra pretensión —ni siquiera los nombres o la autoría— que permitir palpar la humedad, las sonrisas, el vuelo de los pañuelos, el roce de los dedos sobre las páginas de un libro, la llegada brusca del cansancio o la dinamita de una carcajada.

También, claro, que desarrollen el único tema que importa: la inspiración que ella despierta en él y la forma en que él la retrata a ella.

Suelo acudir a las hermosas fotos de My Pen World con el mismo ánimo con que me acercaría a leer el improbable cuarto volumen del Cuarteto de Alejandría de Lawrence Durrell, sabiendo, como él, que “una ciudad se hace un mundo cuando uno ama a uno de sus habitantes”.

Ánxel Grove

My Pen World

My Pen World

My Pen World

My Pen World

My Pen World

My Pen World

My Pen World

My Pen World

My Pen World

My Pen World

My Pen World

My Pen World

My Pen World

My Pen World

My Pen World

My Pen World

My Pen World

My Pen World