Entradas etiquetadas como ‘esclavitud’

Los perros que cantaron las canciones de los Beatles para dominar la Tierra

Hoy, en el Día Internacional del Gato, voy a hablaros de perros.

 

Beatle Barkers. Wikimedia Commons.

Beatle Barkers. Wikimedia Commons.

El perro es un animal que se reproduce sin apenas costes. Son mantenidos por unos chimpancés avanzados a quienes se les fue de las manos el experimento. Mezclaron lobitos y salieron terriers. Terriers diminutos que no trabajan.

 

Perro semihunidad. Francisco de Goya. Wikimedia Commons.

Perro semihundido. Francisco de Goya. Wikimedia Commons.

El humano es esa cosa bípeda que invierte la mitad de su vida en una oficina para alimentar a su mascota. El perro es esa cosa cuadrúpeda estirada en el sofá cuya mascota lo alimenta. Darwin no entiende nada: se tira de los pelos.

Tienen estos animales el comportamiento propio de un parásito, y una relación simbiótica con las personas. Ofrecen algo parecido al amor, y el huésped, engañado, se desvive por ellos. Al perro le importa un carajo el amor, pero ha aprendido que ciertos gestos pueden imitarlo. El humano dejó de ir en busca del fuego por la oxitocina. Y el perro es oxitocina peluda. Dudo que sea ya un animal, en su evolución alcanzó el estatus de hormona de la felicidad. Un neurotransmisor que transporta pelotas.

Solo tuvo que cambiar el fiero colmillo por levantar la patita. Las carreras selváticas por enseñarnos la barriguita.

En síntesis este es el verdadero cometido del perro: dominar a una humanidad necesitada de cariño. Todo esto es conocido, y no debería sorprender a la especie esclavizada dicha afirmación.

Pero quizás sea menos conocido que los perros cantan. Los perros en su afán por subyugarnos se han atrevido con las versiones de los Beatles.

Un perro que levanta la patita, enseña la barriga, y canta She Loves You, es capaz de dominar una galaxia.

 

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Adornos navideños para denunciar el esclavismo

Cadena decorativa con la historia de Asif - Foto: aesopagency.com

Cadena navideña con la historia de Asif – Foto: aesopagency.com

La autoestima desaparece con insultos diarios, palizas, quemaduras, violaciones. Según la Organización Internacional del Trabajo —que pertenece a la ONU—, unas 21 millones de personas son esclavizadas en el mundo, obligadas a trabajar a cambio de nada y bajo amenazas físicas y psicológicas, vendidas como propiedades de quienes las controlan, confinadas a una habitación o a un taller sin poder salir.

Las tiras de papel de la campaña navideña Unseen Christmas (Navidades ocultas) se pueden recortar para cerrarlas en circunferencias y formar con ellas cadenas decorativas, metáforas festivas de las cadenas auténticas.

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Un alfabeto antiesclavista para niños estadounidenses

Letras A y B del 'Alfabeto antiesclavista' (1946)

Letras A y B del ‘Alfabeto antiesclavista’ (1946)

Escuchad, pequeños niños
Escuchad a nuestra serio llamamiento:
Sois muy jóvenes, eso es cierto,
Pero podéis hacer mucho.
Incluso podéis suplicarle a los hombres
Que no vuelvan a comprar esclavos,
Y que a esos que ya tienen
Con rapidez los liberen.
Puede que escuchen lo que vosotros decís
Aunque con nosotros aparten la mirada.
A veces, cuando volváis del colegio,
Podéis hablar con vuestros compañeros,
Hablarles del destino de los niños esclavos
Sin madre y desolados.

Así comienza el texto introductorio del Anti-Slavery Alphabet (Alfabeto antiesclavista), un sencillo libro infantil editado en 1846 por la Sociedad Antiesclavista Femenina de Filadelfia (EE UU), fundada en 1833 por 18 mujeres y afiliada a la Sociedad Antiesclavista Estadounidense. El tomo fue publicado para “inspirar a una nueva generación de abolicionistas” y se vendió en diciembre de 1846 en una feria organizada por la asociación.

Las autoras del libro, Hannah y Mary Townsend, eran dos hermanas de Filadelfia de la comunidad religiosa de los cuáqueros: cristianos, sin credo establecido, y convencidos de que es necesario vivir rigurosamente en la honradez y en la paz para estar cerca de Dios. Llamados también Sociedad Religiosa de los amigos, estaban (y siguen estando) especialmente presentes en este estado.

A diferencia de muchas de las organizaciones abolicionistas de mujeres, los historiadores destacan que la de Filadelfia —a la que pertenecían las Townsend— fue una de las pocas activas antes de la Guerra Civil, el conflicto que asoló el país entre 1861 y 1865 y que había enfrentando (aunque no como motivo principal) a los estados del Norte (en contra de la esclavitud) con los del Sur (a favor).

Estructurada en un abecedario, en 16 láminas y cosida a mano, la obra repasa con cada letra (pintada también a mano) aspectos de la esclavitud, con personajes y objetos que desgajan los detalles de la situación.

A es un Abolicionista.
Un hombre que quiere liberar
Al desdichado esclavo y dar a todos
La misma libertad.

B es el Hermano con una piel
Con un tono más oscuro
Pero a los ojos del Señor
Tan estimado como tú.

H es el Perro de caza entrenado por su amo,
Que olfatea el rastro
Del infeliz fugitivo
Y lo devuelve tembloroso a su lugar.

I es el Infante
Arrancado de los brazos de su cariñosa madre,
Y, en una subasta pública, vendido
Con caballos, vacas y maíz.

W es la Columna de castigo
Al que atan al esclavo
Mientras en su espalda desnuda, el látigo
Provoca heridas sangrantes.

Z es el hombre entusiasta, sinceroFiel, justo y verdadero;
Un serio defensor de los derechos de los esclavos
¿Lo serás tú también?

A propósito de la celebración este año de los 150 años de la emancipación en los EE UU, el Mississippi Department of Archives and History ha escaneado la obra al completo y la pone a disposición del público en imágenes de gran tamaño.

Helena Celdrán

anti-slavery alphabet - cover

anti-slavery alphabet - C y D

anti-slavery alphabet-Letters U y V

anti-slavery alphabet - Y y Z

Los secretos de Dickens: moralista, infiel, mentiroso, racista….

Charles Dickens, mayo de 1852

Charles Dickens, mayo de 1852

La fiebre de las efemérides es como uno de esos amigos que sale del subsuelo en tu cumpleaños tras haber permanecido en la Antártida los 364 días anteriores.

La más reciente gran efeméride ha traido de regreso a quien nunca se había ausentado: Charles Dickens (1812-1870), de cuyo nacimiento se celebró el bicentenario hace unos días.

El término inglés dickensian (dickensiano), dice el diccionario, es aquello que no alcanza las condiciones mínimas de vida o trabajo que garanticen la dignidad humana, pero también puede aplicarse a las trabas burocráticas, la lentitud de la justicia, la vida urbana regida por la cobardía y el individualismo…

En la última temporada de la serie The Wire -que a Dickens le hubiese encantado por su esplendor coral-, un editor de prensa que quiere ganar el Pulitzer antes que contar la verdad se empeña en promover el punto de vista “dickensiano” sobre cualquier tema. Cuando emitieron el último capítulo de la serie, el New York Times, con bastante acierto, tituló la crónica: “Sin  final feliz en la dickensiana Baltimore“.

Dickensiano, como kafkiano, borgiano, términos aceptados por la Academia, o ballardiano, que los académicos, no pidamos milagros en la casa de la artritis literaria, aún no saben lo que significa, son adjetivos que, además de explotar en significados variados, siempre entrevistos a través de los cristales de aumento de las obras de los  escritores, dicen lo obvio: la fusión de un cuerpo literario con la vida, la confusión de lo real con lo imaginado…

Es placentero -y un poco vertiginoso- pensar que los confusos jardines de Babilonia fueron borgianos siglos antes de que un escritor llamado Borges ganara horas a la noche lidiando con la tinta para describirlos con justicia o que la expoliación española de la colonias de ultramar diera lugar a una muy dickensiana madeja de rapiña y abusos sin que ningún Dickens estuviera allí para contarlo.

Dada la dickensmanía del bicentenario -injusta como toda celebración de pum, se acabó- y, sin pretender nada más que aportar unas pinceladas al dibujo de un personaje que a todos nos acompaña de forma contundente exista o no la efeméride, dedicamos este Cotilleando a… -nuestra sección de biopsias– a algunos de los secretos de Charles Dickens, moralista, mentiroso, infiel, mujeriego a la chita callando y con vergüenza, racista, engreído y enorme escritor que, sin ninguna modestia, se refería a si mismo como El Inimitable.

Dibujo de la prisión de Marshalsea, 1729

Dibujo de la prisión de Marshalsea, 1729

1. Hijo de un prisionero. John Dickens, el padre del escritor, empleado en la oficina de pagos de la Armada Real, era un hombre que no sabía administrar sus escasos ingresos y el siglo XIX en Inglaterra era muy peligroso para los deudores. Al señor Dickens lo encarcelaron en 1824 en la tenebrosa y húmeda prisión londinense de Marshalsea, fundada dos siglos antes para encerrar a los acusados de practicar la sodomía y el bestialismo. ¿Delito? Adeudar a un panadero 40 libras y diez chelines.

La mujer del reo y los tres hijos pequeños del matrimonio tuvieron que irse a vivir a la cárcel -injusticia habitual en aquel tiempo- porque no les quedaba nada tras los embargos judiciales.

El primogénito, Charles Dickens, que tenía 12 años, se quedó en casa de una amiga de la familia, tuvo que dejar los estudios y ponerse a trabajar diez horas al día, siete días a la semana, en una fábrica de betún para el calzado. Le pagaban seis chelines a la semana.

Aunque el padre logró salir de la cárcel a los tres meses (recibió la herencia testamentaria de su madre y pagó parte de las deudas), el fantasma de la insolvencia siguió acechando a la familia y Charles, que nunca perdonó a su madre que no trabajara ella, tuvo que seguir produciendo plusvalías: primero como empleado en un juzgado y luego, tras aprender por su cuenta taquigrafía, como cronista judicial y parlamentario para periódicos.

Sintió tanto la humillación de ser hijo de un deudor insolvente que sólo reveló la verdad a su íntimo amigo y editor John Forster, que hizo públicos los hechos cuatro años después de la muerte de Dickens.

Ellen Ternant

Ellen Ternan

2. La amante secreta. Dickens se casó joven, a los 24 años, con una chica tres años más joven, Catherine Thompson Hogarth, hija de un editor de prensa para el que trabajaba el escritor. Tuvieron diez hijos. Todos se marcharon de casa en cuanto les fue posible porque no soportaban el carácter del padre, una persona que exigía a los demás que fuesen como él creía ser, “perfecto”.

Hay constancia de que el marido fue infiel a su mujer en varias ocasiones, pero el gran amor de Dickens fue la actriz Ellen Lawless Ternan, a la que conoció en 1857, cuando él tenía 45 años y ella 18.

Fueron amantes durante 13 años, pero Dickens, al que gustaba su imagen pública como pilar de la sociedad y la moral victorianas, hizo todo lo posible para ocultar la relación: alquiló para Ternan una casa en las afueras de Londres y la veía en secreto.

Más tarde ordenó a Ternan que quemara todas las cartas que le había enviado.

El matrimonio con Catherine Hogarth terminó un año después de que comenzara la aventura, pero el divorcio era impensable para los Dickens, demasiado pendientes del qué dirán, y los cónyuges se separaron.

Seis años después de la muerte del escritor, Ternan, que tenía 37 años se casó con un pastor de 25. Tuvieron dos hijos y ninguno, ni tampoco el marido, supieron nada de la relación de Ellen con Dickens.

Los protagonistas de la historia fueron tan celosos con los rastros del adulterio que sólo en 1991 logró conocerse con detalle la verdad, revelada en el libro de la historiadora Claire Tomalin The Invisible Woman: The Story of Nelly Ternan and Charles Dickens. El libro afirma que la pareja tuvo un hijo en secreto, nacido en Francia y nunca reconocido por Dickens. Otros biógrafos del escritor rechazan esta tesis.

Grabado sobre el accidente de tren de Staplehurst

Grabado sobre el accidente de tren de Staplehurst

3. Héroe (pero mentiroso). El 9 de junio de 1865, Dickens, Ternan y la madre de ésta regresaban a Londres en un vagón de primera clase de un tren que procedía de Francia. En Stapelhurst (Kent), varias unidades del ferrocarril cayeron a un río, en un accidente en el que murieron diez personas y 40 resultaron heridas, entre ellas la amante del escritor. Una de las lesionadas fue la amante del escritor.

Dickens se comportó como un “héroe” ayudando a los moribundos y heridos, dijeron los diarios de la época.

El escritor, que sacó buenos réditos de la fama, no rechazó ninguna entrevista y escribió un relato inspirado en la catástrofe, se encargó de hablar con cada uno de los periodistas que se acercaron al lugar y las autoridades policiales para que ocultasen la identidad de sus acompañantes.

En su fuero interno Dickens resultó tocado por la experiencia y evitó volver a viajar en tren.

El 'Urania Cottage'

El 'Urania Cottage'

4. Una casa para mujeres de mala vida. Gustoso de presentarse como un filántropo preocupado por los “poco favorecidos”, Dickens se embarcó en la promoción de una institución para “redimir” a las “mujeres caídas”, eufemismo que ocultaba la mención directa a las prostitutas, madres solteras, víctimas de delitos sexuales y otras formas de deshonra para la puritana pero hipócrita sociedad victoriana.

Angela Burdett Coutts, heredera de una fortuna procedente de la banca, puso el dinero para la compra del Urania Cottage, en Shepherds Bush (Londres), y Dickens escribió en 1949 un formulario de invitación: “Sabéis lo que son las calles, lo crueles que son las compañías, los vicios que abundan, las consecuencias que pueden acarrear, sobre todo si sois jóvenes”.

Dickens se encargaba de entrevistar a las aspirantes, a las que, aseguraba, sólo utilizaba para perfilar futuros personajes literarios, pero el fondo de la cuestión era discutible: tras pasar unos meses en el cottage, las mujeres (se calcula que unas cien fueron atendidas entre 1847 y 1859) eran obligadas a emigrar a Canadá o Australia, los acostumbrados basureros sociales del Imperio Británico.

Charles Dickens, aprox. 1860

Charles Dickens, aprox. 1860

5. Racista. “Los dos entraron en una habitación de paredes negras y sucias donde un viejo judío de aspecto repugnante estaba friendo salchichas”. La descripción es del anciano Fagin, el director de la escuela de niños-ladrones de Oliver Twist.

En todos capítulos de la novela, Dickens menciona al personaje como El Judío (casi 300 veces). Cuando influyentes lectores de ascendencia judía se quejaron del trato racial nada ecuánime, el escritor insertó en su siguiente novela a un judío bueno.

No fue el único patinazo de un autor que gustaba de presentarse como “campeón” de los pobres y oprimidos y firme defensor de la justicia social.

En las American Notes que publicó tras el primero de sus dos viajes a los EE UU se burla de los modales y formas de un cochero negro, que se mueve, escribió, “como una versión demente de un cochero inglés”.

Aunque se manifestaba como un firme defensor de la abolición de la esclavitud, a veces salía al exterior el conservador que anidaba en él. Apoyó al Sur en la Guerra Civil y en 1868 declaró que otorgar a los negros derecho al voto era “absurdo”.

Algo parecido le sucedía con los habitantes de las colonias inglesas. En una carta a una amiga escribió: “Ojalá fuese el comandante en jefe en la India. Haría todo lo posible por exterminar a esa raza y borrarla de la faz de la tierra”.

Ánxel Grove