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La silenciosa muerte del escritor Peter Matthiessen

Peter Matthiessen (1927-2014) Foto: Riverside Books

Peter Matthiessen (1927-2014) Foto: Riverhead Books

Pocos días antes del reguero planetario de lágrimas provocado por la muerte de Gabriel García Márquez, otro gran escritor octogenario había fallecido de la misma enfermedad y en una población tan literaria como la capital mexicana donde el Nobel colombiano sucumbió al cáncer. Peter Matthiessen (1927-2014) murió en Sagaponack, una villa atlántica del noreste estadounidense, una zona de luz boreal donde los indios algonquinos cultivaban patatas mucho antes de la llegada de los bárbaros occidentales.

Truman Capote, Kurt Vonnegut y E.L. Doctorov, tres narradores que bastarían para armar una biblioteca autárquica, también eligieron el pueblo como refugio. Maththiesen —que había sido informante de la CIA a los veintitantos, maestro zen desde los cincuenta y en décadas recientes enemigo público de los EE UU por rebelde según el FBI— combatió en una casa frente el océano la leucemia que lo derrotó antes de que viese publicada la novela que había entregado a la imprenta hace unos meses, In Paradise [Riverhead Books], la narración del retiro de búsqueda y oración de un centenar de personas encerradas en los barracones que ocupaban los soldados nazis en un campo de exterminio para meditar sobre las razones de la maldad y los modos blandos de combatirla.

Siento la muerte de Matthiessen —percibida con sordina en España— con la misma intensidad que la de García Márquez. Reconozco que no hay comparación posible en lo literario, aunque la preocupación por el ser humano y la justicia social del colombiano en los foros públicos fuese mejor aplicada y con más coherencia, aunque menor impacto mediático, por el estadounidense, un activista incansable en favor de los pueblos indígenas, el medio ambiente y la sabiduría ancestral. No tengo noticia, aunque quizá alguien pueda sacarme del posible error, de que el autor de Crónica de una muerte anunciada haya pisado de África y Asia, por ejemplo, paisajes distintos a los lobbies de unos cuantos hoteles de lujo, los salones de dos o tres embajadas o algunos rectorados universitarios donde sirven cócteles para que la intelligentsia y la política se arrimen y mariden. Mientras tanto, su coetáneo estadounidense se dejó el alma, la salud y las botas surcando a pie las amplias tierras de los desclasados.

"País de sombras"

“País de sombras”

Hablar de escritura comprometida es un absurdo porque el compromiso, como dejó claro Dostoievski, es inherente a la vida: “Si podemos formularnos la pregunta: ‘¿soy o no responsable de mis actos?’, significa que sí lo somos”. Mathiessen, autor de una treintena de libros, ejerció esa certeza con irreprochable honestidad. No se puede decir lo mismo de algunos escritores laureados por las academias y celebrados por el público a través del corazón y las billeteras.

La cota más alta de la producción literaria de ficción de Matthiessen es País de sombras [Seix Barral, 2010], novela epopéyica —surge de la reescritura de tres obras anteriores— que ganó el National Book Award en 2008, donde el escritor demostró, con una saga en los pantanos de Florida, un territorio donde, como escribí en una crítica, “la inteligencia es animal; la cultura, intuitiva; el corazón, frío; la determinación, nihilista; la vida, aparatosa…”, que era el mejor de su generación en la crónica de la vida salvaje y las no siempre cándidas o mágicas leyes de la naturaleza y la sangre .

Nunca podré separar al literato muerto de otro de sus libros, una obra confesional y doliente: El leopardo de las nieves. Fue publicado en inglés en 1978 y traducido al español, sin que casi nadie se diese por enterado, en 1993 por Siruela. Cuando los editores lo pusieron en el mercado en tapa blanda en 2008, la crítica española descubrió tardíamente a Matthiessen, de quien había sobrada bibliografía en el mercado nacional, por ejemplo la novela Jugando en los campos del Señor (Siruela, 1992), la espléndida y bárbara colección de cuentos En la laguna Estigia y otros relatos (Siruela, 1993) y algunos excelentes ensayos que publicó Olañeta como El árbol en que nació el hombre (1998) y En el espíritu de Caballo Loco (2001). Todos están hoy descatalogados.

"El lepardo de las nieves" (reedición de 2008)

“El leopardo de las nieves” (reedición de 2008)

Han despachado arbitrariedades que rozan la indocumentación sobre El leopardo de las nieves. La primera y crucial es situar esta obra místico-religiosa en el subgénero de los libros de viajes y afirmar que, como tal, puede ser comparado con los productos canónicos de Theroux, Thubron, Robert Byron y Chatwin.

Si bien es cierto que se trata de la crónica de un desplazamiento —en 1973 y al prohibido Dolpo, en el occidente himaláyico de Nepal, en compañía del biólogo George Schaller— y con un fin preciso —la visión en libertad de ejemplares del esquivo felino conocido como leopardo de las nieves (Panthera uncia), que vive como un milagro a 6.000 metros de altura—, el desplazamiento de Matthiessen es de purificación —su mujer había muerto de cáncer meses antes— e importan poco el escenario y la ruta.

“Seguir adelante como si no supieras nada, ni tu edad, ni tu sexo, ni el aspecto que tienes”, escribe Matthiessen en este dietario en pos de la luz mansa e intachable que emana de los ojos del Buda. “Seguir adelante como si estuvieras hecho de gasa…, una niebla que pasa a través y por la que se pasa a través sin que pierda su forma. Una niebla que pierde su forma sin dejar por ello de ser. Una niebla que finalmente se disuelve, desperdigando sus partículas al sol”.

He leído media docena de veces El leopardo de las nieves —empecé con la primera edición de Siruela, porque el libro fue uno de esos que me llamaron desde los estantes, abrí al azar y convinimos en mantener una mútua cautividad—. Está entre los diez libros de mi vida, colocado al abrigo de dos obras que completan la búsqueda de la impermanencia y el equilibrio: el Libro del desasosiego de Fernando Pessoa y los Diarios de John Cheever. No hay en este kit de urgente salvamento literario ninguna obra de García Márquez, al que adoré por otras razones: sabía contar cuentos mejor que nadie, con música de orquestina y colores de almanaque, pero, a diferencia de Matthiessen, no tenía nada que enseñarme sobre el silencioso arte de sobrellevar la tragedia de vivir y la necesidad de subir a las montañas para encontrar la verdad.

Les dejo con tres citas —porque creo que bastan para entender qué le importaba al bendito Mattiessen— de El leopardo de las nieves:

“Sobre el camino, sobre el brillo de la mica y de extrañas piedras resplandecientes, yace la pluma amarilla y gris azulada de un pájaro desconocido. Y acto seguido llega una intuición penetrante, en modo alguno entendida, de que esta pluma sobre la senda plateada, en este ritmo de sonidos de madera y cuero, respiración, sol y viento e ímpetu de río, en este paisaje sin tiempo pasado o futuro, en este instante, en todos los instantes, transitoriedad y eternidad, muerte y vida son una y la misma cosa”.

“El secreto de las montañas es que existen, igual que yo, pero se limitan a existir, cosa que yo no hago. Las montañas no tienen significado, son significado; las montañas son. El sol es redondo. Yo vibro con la vida y las montañas vibran y, si soy capaz de oírlas, hay una vibración que compartimos. Entiendo todo esto, no con la cabeza sino con el corazón, sabiendo cuán absurdo es tratar de captar lo que no se puede expresar, sabiendo que otro día, cuando vuelva a leer esto, sólo quedarán las palabras”.

“Quizá ese miedo a la impermanencia explica el ansia con que consumimos los pocos bocados de experiencia, en carne viva, que nos ofrece la vida moderna, por qué la violencia es libidinosa, por qué la lujuria nos devora, por qué los soldados eligen no olvidar sus días de horror: nos aferramos a esos momentos extremos en los que parece que morimos y en los que, por el contrario, renacemos. En el abandono sexual, al igual que en el peligro, nos vemos empujados, por muy brevemente que sea, a ese presente vital en el que no permanecemos al margen de la vida, sino que somos vida, nuestro ser nos llena; en el éxtasis con otro ser, la soledad desaparece en la eternidad”.

Ánxel Grove

La tragedia tras el cuadro de la nueva novela de Donna Tartt

"Het puttertje" (El jilguero) - Carel Fabritius, 1654

“Het puttertje” (El jilguero) – Carel Fabritius, 1654

El cuadro, un óleo sobre madera, supera sus delicadas dimensiones (33,5 por 22,8 cm) con la luz tangible y la equilibrada composición, más oriental que europea. Se titula Het puttertje (en holandés, El jilguero) y forma parte de la colección permanente del museo Mauritshuis —hogar también de Meisje met de parel (La joven de la perla) de Vermeer y De anatomische les van Dr Nicolaes Tulp (La lección de anatomía), de Rembrandt—. Las tres obras fueron pintados en la edad dorada, la primera mitad del siglo XVI, de la llamada escuela de Delft, una ciudad del sur de Holanda situada a medio camino entre Rotérdam y La Haya.

Es un cuadro tan misterioso, tan sencillo… Realmente tierno… Te invita a mirarlo más de cerca, ¿verdad? Después de todos esos faisanes muertos que hemos dejado atrás, aparece esta pequeña criatura viva.

"El jilguero" - Donna Tart (Lumen, 2014)

“El jilguero” – Donna Tart (Lumen, 2014)

La descripción procede de la novela El jilguero, que acaba de editar Donna Tartt (Greenwood, Misisipí, 1963), esa mujer con traje chaqueta y mirada que atemoriza como una tomografía que más o menos cada diez años nos regala mil páginas  que tienen la solvencia de Dickens, la iluminación de Stevenson y el tono metafísico de baja intensidad de Melville.

Si no han leído El secreto (1992) y Un juego de niños (2002), háganlo. Ambas son descensos de matemática tensión a los mundos abisales de la pubescencia, el autodescubrimiento, el sexo y la sangre.

Pueden seguir con la entrada, no teman, no voy a cometer la grosería de revelar nada fundamental sobre El jilguero, la tercera obra de una escritora de best sellers que, cosa rara, gusta a los escritores —no a los académicos universitarios, que siguen anclados en Joyce y Dos Passos — y que, como el Stephen King de los mejores momentos —El misterio de Salem’s Lot (1975) y El resplandor (1977)—, sobrevuela sin tiznarse las modas del mercado y las normas de la dictadura de los escritores con acné y Twitter que nos ha tocado sufrir.

Me interesa el cuadrito, que juega un papel crucial en la novela, del pájaro amarrado con una cadena a una percha —una costumbre muy extendida en Holanda en aquel tiempo, cuando se entrenaba a los inteligentes jilgueros para que bebiesen de un recipiente escondido en el interior del refugio de madera o para que llevasen en el pico granos de alimento hasta las manos de los dueños—.

Es una obra casi impresionista: el cuadro es más óptico que narrativo, el comportamiento de la luz produce un leve parpadeo, como si las nubes tamizaran con su paso los reflejos solares sobre la superficie y la imitación de las texturas no importa tanto como su calidad: podemos rozar la pared con los dedos, apreciar la densidad de las sombras y su movimiento oblicuo—. Además, está rodeada de misterio: la tabilla es demasiado delgada, hay signos de pequeños clavos en las cuatro esquinas, lo que ha sugerido a algunos historiadores a pensar que se trataba de una obra de encargo para el rótulo de algún tipo de tienda o comercio, y la firma y la fecha están pintadas en un tono levemente menos brillante que la pared, lo que casi impide verlas a no ser que el espactador se aleje unos metros del cuadro.

Carel Fabritius - "Zelfportret", ca. 1645

Carel Fabritius – “Zelfportret”, ca. 1645

El autor del óleo fue Carel Frabritius (1622-1654), discípulo de Rembrandt y profesor de Vermeer. Uno de los mejores pintores de su tiempo, gozó de una gran fama en vida, pero tuvo la mala suerte, en el mismo año en que pintó El jilguero, de no ir a la concurrida feria que se celebraba el lunes 12 de octubre de 1654 en La Haya. Prefirió quedarse en su estudio en Delft porque debía terminar un retrato.

Poco antes del mediodía se registró, a una manzana de la casa del pintor, la explosión de 30 toneladas de pólvora que estaban alojadas en un antiguo convento. El cuidador del polvorín cometió algún tipo de imprudencia y la deflagración fue de tal magnitud que se escuchó a cien kilómetros de distancia. Practicamente todo el casco urbano de Delft quedó en ruinas. Murieron centenares de personas —nunca se precisó la cifra—y hubo miles de heridos.

El suceso conmovió de tal manera a la sociedad holandesa que fue bautizado como La explosión de Delft y la universidad de la ciudad empezó a impartir como materia el estudio de las explosiones y las técnicas para prevenir las accidentales. Uno de los vecinos de Fabritius, el también pintor Egbert van der Poel, enloqueció con la tragedia y durante el resto de su vida sólo pinto, como explica Donna Tart en su novela, un mismo tema:

Distintas versiones de las mismas tierras yermas humeantes: casas calcinadas en ruinas, un molino con las aspas destrozadas, cuervos volando en círculos en cielos ennegrecidos por el humo.

Egbert van der Poel - "Delft Explosion of 1654", ca. 1654

Egbert van der Poel – “Delft Explosion of 1654”, ca. 1654

Al maestro de la luz Carel Fabritius se le derrumbó la casa encima y, aunque fue sacado con vida de entre los escombros, murió en cuestión de minutos.Tenía 33 años y con la destrucción del estudio se perdieron casi todas sus obras. Sólo se conservan docena y media y parte de ellas eran ejercicios juveniles que realizó bajo la tutela de Rembrandt. Destaca una visión de Delft en la que pintó la escena casi tridimensionalmente, convirtiendo la perspectiva en esférica, como si el pintor mirase a través de un objetivo de ojo de pez.

Nadie sabe los detalles de la historia de El Jilguero, la obra magna del superdotado joven que, según testimonios de la época, había enseñado a Vermeer cómo manejar la luz para que fuese perceptible y tuviese densidad. Los historiadores han logrado situar la tabla en 1861 en manos de un tal chevalier Joseph-Guillaume-Jean Camberlyn, quien la legó a sus descendientes. En 1896 fue comprada en una subasta en París por 6.200 francos con la mediación de un marchante que actuaba como intermediario de la colección real holandesa.

La novela de Donna Tart comienza con una explosión terrorista en un museo en el que exponen El Jilguero. La escritora sostiene que no sabía que el autor del cuadro sobre el que gira la acción del libro había muerto tras otra deflagración. Quizá el curioso pajarillo pintado por Fabritrius sepa si es verdad o se trata de un ardid de novelista. No importa demasiado: el cuadro y la novela merecen ser visitados.

Ánxel Grove

El día que Kurt Cobain conoció a su ídolo, William Burroughs

Cubierta de "Nada es verdad, todo está permitido" - Servando Rocha (Alpha Decay, 2014)

Cubierta de “Nada es verdad, todo está permitido” – Servando Rocha (Alpha Decay, 2014)

“Lo que recuerdo es la expresión moribunda de sus mejillas. Él no tenía intención de suicidarse. Por lo que yo sé, ya estaba muerto“, declaró William S. Burroughs (1914-1997) cuando le preguntaron su opinión sobre el fallecimiento prematuro de Kurt Cobain (1967-1994). La dejadez no es la principal de las características del impávido obituario —Burroughs era capaz de percibir el soplo de la muerte en el aliento espiritual de cualquier yonqui: no en vano era un experto con décadas de experiencia en el trato con las muchas formas del opio y sus gemelos sintéticos (“creo que el uso de la droga causa una alteración celular permanente. Una vez yonqui, siempre yonqui“, escribió en una de sus novelas)—. Me parece más notable constatar que el escritor supo el destino balístico que aguardaba a Cobain un año antes, cuando conoció en persona al músico y observó “algo raro en aquel chico” que “fruncía el ceño continuamente y sin razón aparente”.

El encuentro de unas horas, en octubre de 1993, entre San Burroughs, que está entre los, digamos, cinco escritores más brillantes del siglo XX, y Cobain, un wannabe que no pasó de gritar con desgarro unas cuantas buenas canciones antes de llevar a término la muerte autoinflingida, sirve al escritor Servando Rocha (1974) para firmar un volumen de dimensión considerable [380 páginas, 29,9 €], Nada es verdad, todo está pemitido, que acaba de publicar la editorial Alpha Decay. El ensayo, que los implicados han tenido el buen tino mercantil de planear y colocar en el mercado con la misma táctica que han refinado las marcas de Inditex con su ropa, el just in time —el día 5 de febrero se celebró el centenario del nacimiento de Burroughs—, es anunciado como una indagación “en la relación entre música y subversión, arte y rebelión”.

No hace falta ser un nativo semínola experto en rastreo para encontrar en Nada es verdad…, y a montones, huellas, trazos y estigmas provocados por el crítico estadounidense Greil Marcus, en especial por Rastros de carmín [Anagrama, 1993], la historia secreta del siglo XX trazada en flashback desde Johnny Rotten hasta las vanguardias brutas de principios de siglo, dadaísmo et all. La presencia de la voz y las tesis de Marcus en el libro de Rocha, que no cita la obra (aunque sí otras del crítico estadounidense)  en la puntillosa bibliografía, son demasiado tangibles como para considerarlas fantasmales o casuales. No se trata de copia, por supuesto, ya que Rocha domina la edificación de una tesis y demuestra amor por el desarrollo de ésta, pero sí de un influjo que vas palpando aquí y allá. Es lógico: Rastros de carmín, como dije en otra entrada,  es una obra definitiva sobre cómo todos los herejes de la bella Europa revolucionaria de Antonio Gramsci se juramentaron para matar a Bambi.

Esa admiración velada, y algunos errores de bulto sobre la historia del blues —un ensayo que se precie sobre el tema no puede ser tomado en serio si sólo cita una vez, y de modo circunstancial, a Charley Patton, pater familias de los aulladores—, convierten la obra en uno de esos libros a la mode con target específico: los thirtysomething cuya adolescencia fue conmutada por el choque eléctrico contra sus corazones de Cobain y que ahora son consumidores de retronostalgia.

Burroughs y Cobain en la cabaña del primero en Lawrence (Kansas), octubre de 1993

Burroughs y Cobain en la cabaña del primero en Lawrence (Kansas), octubre de 1993

Escrito con dominio y locución interzonal, con un lenguaje helado que gustaría al viejo Burroughs, Nada es verdad… cuenta la vida del multiartista —nada nuevo tampoco por aquí tras las dos grandes biografías complementarias de Barry Miles, William Burroughs: El Hombre Invisible y Call Me Burroughs: A Life y la enorme cantidad de material que los amigos del escritor han ido almacenando en la web cooperativa Reality Studio, sí mencionada por Rocha— e intenta que gravite en torno al encuentro con Cobain del 21 de octubre de 1993 en la cabaña de Lawrence-Kansas donde el escritor vivía con su gato, sus armas (que, por cierto, no se dignó en mostrar al músico) y la metadona que se metía para compensar la heroína que no abundaba, no podía pagar o le hacía demasiado daño a su cuerpo anciano.

Tampoco la reunión es un descubrimiento —lean, si les sobra tiempo porque es inmenso, el dosier online William Burroughs and Kurt Cobain, publicado a partir de 2007 y enriquecido de contínuo—, pero Rocha le añade la pimienta necesaria para convertirla en una suerte de historia nunca revelada o al menos no suficientemente analizada, acaso porque había poco que analizar en esencia: Cobain idolatraba al escritor, pero éste, por cansancio o porque no quería tratos con el atormentado cantante, sólo deseaba ejercer la buena educación y ser anfitrión de quien le había escrito algunas cartas de fan [aquí está el manuscrito digitalizado de una de ellas] pidiendo a Burroughs que apareciera en el vídeo de Nirvana para Heart- Shaped Box —el autor de Ciudades de la Noche Roja, El lugar de los caminos muertos, El almuerzo desnudo y tanto pasmo literario más, se negó con elegancia, aunque había colaborado con músicos de todo pelaje [aquí están las obras musicales más o menos completas de Burroughs], lo que desdice y convierte en cándida la afirmación de Cobain en una entrevista de 1993: “Tan sólo deseo que [a Burroughs] le gusten mis letras, pero no puedo esperar que a alguien de una generación completamente distinta a la mía le guste el rock & roll. No creo que jamás haya confesado ser un amante del rock & roll, sabes”—.

""The 'Priest' They Called Him" - William Burroughs y Kurt Cobain, 1992

“”The ‘Priest’ They Called Him” – William Burroughs y Kurt Cobain, 1992

Aunque el autor de Nada es verdad… intenta presentar al líder de Nirvana como una proyección especular del escritor —”a su manera y en sus inconfundibles estilos, me parecían galaxias heridas (…) una vez conocidos sus respectivos pasados y lo que el futuro les depararía”— y dibujar el trazado de una suerte de conexión umbilical entre ambos, al final nos quedamos con la única verdad de media docena de fotos otoñales de un anciano afilado y un joven desgarbado, “algo raro”, y la canción que habían grabdo a distancia en 1992, The “Priest” They Call Him, con Burroughs recitando la sórdida historia de un Sacerdote que alerta contra la tuberculosis y Cobain haciendo feedbacks con la guitarra.

En el apéndice del libro, que es necesario y valiente por lo que tiene de extraño en la edición española, donde el rock nunca ha sido tomado en serio, Rocha señala: “La mayoría de escritores suele tener tendencia a ocultar sus fuentes e incluso sus métodos de trabajo”. Al terminar de leer el ensayo siento que la frase podría ser uno de los momentos más sinceros de Nada es verdad, todo está pemitido.

Ánxel Grove

Los mejores libros de fotografía de 2013

Quizá quieran y puedan ustedes —ambos verbos son difíciles de conjugar al mismo tiempo en estos momentos de mucho querer y poco poder— contribuir al mantenimiento de esa vieja profesión, la fotografía, regalando a otros o regalándose a sí mismos alguno de los grandes fotoensayos que han sido editados durante el año que termina.

Selecciono mis cinco favoritos. Quizá no sean los mejores (la selección es particular), pero les ayudarán a compartir las miradas de esos poetas del instante congelado que, pese a la universalización del smartphone como cámara, siguen confiando en la fotografía entendida como munición contra la banalidad.

Sergio Larrain

Sergio Larraín

Sergio Larraín [Aperture Foundation. 420 páginas, 40,30 libras en Amazon, unos 48 euros]

Este fue el año de Larraín (los gringos lo escriben sin el acento, ellos se lo pierden), el chileno del que hablé con singular pasión en este blog con la entrada: Sergio Larraín, el fotógrafo vagabundo que lo dejó todo para “rescatar el alma”.

Le dedicaron la mejor exposición de los Encuentros de Arlés, certamen donde compararon el paso por el mundo del fotógrafo como el de “un meteorito” brutal, fugaz, contradictorio, incandescente…

El Queco, como todos le llamaban en su retiro de las montañas chilenas, vivió entre 1931 y 2012, pero desde más o menos 1968 no volvió a hacer fotos. Las que tomó son un pasmo y están entre las mejores del siglo XX.

El monográfico que ha editado Aperture —si se animan deben apurarse, está a punto de agotarse— demuestra por qué el escritor Roberto Bolaño, compatriota de Larraín, lo definió como “rápido, ágil, joven e inerme” y de mirada similar a un “espejo arborescente”.

Errático, pasajero de trenes y autobuses que abordaba sin saber el destino, iluminado, denso, simpático, cultísimo, en este tomo está la vida de un hombre que consideraría un insulto ser llamado fotógrafo. En vida advirtió su verdadero oficio: “Decidí tener profesión de vagabundo para buscar la verdad”.

Veins

Veins

Veins – Anders Petersen y Jacob Aue Sobol [Dewi Lewis Publishing, 144 páginas, 18,2 libras en Amazon, 21,7 euros]

Los más eficaces fotógrafos de Escandinavia, Anders Petersen (Suecia, 1944) y Jacob Aue Sobol (Dinamarca, 1976) —el segundo podría ser hijo del primero— han presentado este año un libro  que demuestra la idiotez de las fronteras generacionales.

Aliados para indagar en la muerte, ambos, como sostiene la prologista del libro, Gerry Badger, sufren la “compulsión de fotografiar a personas en el límite y los márgenes, pero lo hacen con una curiosidad que no tiene nada que ver con el voyeurismo o la lascivia, sino con los sentidos “psicológico o biológico”, como si necesitaran ver “qué hay tras la siguiente curva de la carretera”.

No se ocupan de lo social o las condiciones políticas. Les interesa “acechar dentro de todos nosotros”, buscar “el recuerdo de la totalidad pérdida” y encontrar “las semillas de la muerte”.

Aunque entre uno y otro hay más de veinte años de brecha generacional, sería muy difícil discernir qué fotos son de Petersen y cuáles de Sobol de no ser porque el libro está dividido en dos mitades, una para cada uno de los fotógrafos. De no ser por la certeza de la encuadernación, las imágenes serían intercambiables en temario —los márgenes sociales y la turbulencia de las vidas escondidas tras la normalidad— y también en estilo: riguroso y estricto blanco y negro, contraste elevadísimo, composiciones anormales y grano al borde de lo admisible.

Un libro para perder el miedo al memento mori.

"A Period of Juvenile Prosperity"

“A Period of Juvenile Prosperity”

A Period of Juvenile Prosperity – Mike Brodie [Twin Palms Publisher, 104 páginas, 47,88 dólares en Amazon, 35 euros]

Fotos de polizones de trenes de carga tomadas desde dentro por Mike Brodie —ex The Polaroid Kid—, que rompió un silencio de seis años para editar esta monografía de los runaways nómadas que escapan del sistema por vía ferroviaria.

Cuando me tocó reseñar el libro y la exposición paralela escribí: “En estas fotos imprescindibles hay manos sucias, la inocencia del sueño, la belleza de la juventud en estado salvaje, la voraz curiosidad de ver, sentir y conocer, la alegría de estar fuera de las normas, el alcohol barato, los alimentos que nadie quiere, la inocente inmundicia, el glamour del desastre, el deseo ardiente de seguir adelante… y, sobre todo, la elección de un sueño”.

Durante cuatro años, Brodie recorrió 50.000 kilómetros practicando el train hopping (montarse a la brava en convoyes ferroviarios) junto a otros muchos jóvenes como él. Algunos huían de algo o de alguien; otros deseaban ejercer la rebeldía y algunos más simplemente se dejaban llevar por el placer de que cada día fuese un nuevo invento.Hacía fotos, casi siempre retratos, Polaroid SX-70 Sonar OneStep.

Buen tejedor de narraciones y complicidades, esta nueva serie es de entre 2006 y 2009. Las fotos, tomadas con una eficaz Nikon F3 y película de 135 milímetros, son más epopéyicas.

"Dark Knees"

“Dark Knees”

Dark Knees – Mark Cohen [Le Bal / Editions Xavier Barral, 216 páginas, 46,13 dólares en Amazon, 33,7 euros]

Mark Cohen (1943)  ejecutaba la ley de la lomografía (dispara desde la cadera) cuando los lomógrafos aún no habían sido concebidos.

Le han llamado “intruso” y “depredador” porque no tiene piedad con los sujetos que retrata y ni siquiera cruza una palabra con ellos. Los fusila como un francotirador y se aleja sin decir nada, cuanto antes mejor. “No quiero conversar. Utilizo a la gente de manera transitoria. No me interesan como personas, son solamente fotografías”, dice.

Repetitivo hasta la obsesión. Sus recorridos, siempre determinados de antemano, duran dos horas y terminan cuando ha agotado los tres rollos de película que lleva consigo —siempre trabaja con film químico—. Revela los negativos, cena mientras se secan y luego pasa a papel entre ocho y nueve fotos, eligiendo directamente sobre la película. Calcula que tiene unas 800.000 imágenes que nunca ha visto más que en negativo.

Nunca ha tomado fotos fuera de su ciudad natal, Wilkes Barres, una localidad minera de medio millón de habitantes del estado de Pennsylvania.  Poco conocido en Europa, cuando este año se exhibió su obra en París, escribí: “Este artista del azar se caracteriza porque parece cortar en rodajas el mundo para esculpirlo e imponer una visión a la vez despiada y poética. Rara vez podemos ver la faz o el gesto de sus personajes porque los encuadres son incorrectos con toda la intención: una boca anciana de la que emerge un cigarrillo, un torso infantil sobre una bicicleta, unas manos entrelazadas a la altura del viente…”.

Daido Moriyama [Tate Gallery, 224 páginas, 16,5 libras en Amazon, 19,8 euros]

El catálogo de la Tate es una de las pocas antologías del japonés errante Daido Moriyama que se pueden comprar por un precio razonable.

Fotógrafo del acecho, la intuición y la urgencia, Moriyama expuso a principios de este año en la galería londinense en una retrospectiva dual con otro de los grandes fotógrafos vivos, William Klein. La pinacoteca tuvo el detalle de editar un volumen temático sobre la obra del japonés, una figura admirada hasta el fanatismo e imitado con no menor intensidad.

En La mirada de un criminal, la entrada que escribí sobre Moriyama en este blog, dije: “Merodea. Podría entrar en tu casa mientras duermes, violar el orden de tus objetos, la sagrada y endeble disposición de tu normalidad”.

También cité alguna de sus declaraciones: “Cuando voy a la ciudad no tengo planes. Camino por una calle, tuerzo en una esquina, en otra, en otra más… Soy como un perro. Decido mi camino por el olor”. Y esta otra: “Si un fotógrafo intenta incorporarse felizmente al mundo usando la perspectiva tradicional con la cámara, terminará cayendo en el agujero de la idea que ha excavado por sí mismo. La fotografía es un medio que sólo existe fijando momentáneamente el descubrimiento y la cognición que se encuentran en el imparable mundo exterior”,

Ánxel Grove

La hermana de Zuckerberg alerta de la adicción a Internet con un libro para niños

“La tecnología ha cambiado virtualmente cada parte de nuestras vidas: cómo nos relacionamos con los amigos y la familia; cómo criamos a nuestros hijos, cómo anunciamos las noticias más importantes (…). Para nuestra sociedad, esto es como el Salvaje Oeste. Las reglas sociales y la etiqueta están cambiando constantemente mientras nos acostumbramos a vivir con smartphones“, declara Randi Zuckerberg, hermana del creador de Facebook Mark Zuckerberg, que siente cómo ha recuperado el control de su vida tras desengancharse de la red social.

La hermana del creador de Facebook se fue de la empresa —en la que dirigía el departamento de mercadotecnia— tras una baja por maternidad en 2011 y fundó después el grupo Zuckerberg Media, al que pertenece Dot complicated (Punto complicado, en referencia al punto que separa el nombre de la página de la extensión): una web realizada por mujeres, con novedades y artículos relacionados con el modo en que enfrentamos la tecnología, cómo modifica nuestra vida y cómo podemos utilizarla de modo inteligente.

Portada de 'Dot', el libro infantil de Randi Zuckerberg

Portada de ‘Dot’, el libro infantil de Randi Zuckerberg

Concienciada de la excesiva influencia de Internet sobre los niños desde muy pequeños (su hija tiene dos años y ya ha empezado a entrar en contacto con la Red) la empresaria se inicia ahora como escritora de cuentos infantiles con Dot, un libro pensado para niños de 4 a 8 años —con cándidos dibujos del ilustrador inglés Joe Berger y que publicará en los EE UU la editorial HarperCollins el 5 de noviembre— que narra la historia de una niña “obsesionada con sus dispositivos electrónicos“.

Dot apenas separa la mirada de la pantalla y juega siempre con su tableta o con el portátil. “Pero hay vida más allá de la pantalla. Todos necesitamos tiempo para reiniciar, recargarnos y reanudar”, dice la voz en off de la animación que presenta el libro.

Para escribir el cuento, habló “con padres de todo el mundo” y descubrió que, aunque la tecnología es una herramienta “que nos facilita la vida y nos ayuda a mantenernos conectados” hay muchos padres con dudas sobre “cómo criar a sus hijos en esta nueva era digital”.

Randi Zuckerberg

Randi Zuckerberg

Desde que dejó la empresa de su hermano, Zuckerberg alerta del peligroso enganche que podemos sufrir utilizando las redes sociales en exceso.

En la carta de presentación de su página web se define como una exadicta a Facebook: en la red social anunció su compromiso, publicó las fotos de su boda, anunció su embarazo, fue “esa madre que no para de colgar fotos del bebé”… “Incluso hice que una foto familiar se convirtiera en viral durante las vacaciones. ¡Uy!”, dice en referencia a las “confusas” normas de privacidad que provocaron que compartiera una imagen privada con 40.000 personas.

Confiesa que en esa excesiva confianza en Internet hubiera estado bien “tener a alguien” que la alertara de su comportamiento. “Un amigo que me dijera ‘Randi, sentarte junto a tu marido en el sofá cuando los dos estais con el portátil no cuenta como tiempo dedicado a tu pareja’ o ‘¿No crees que pedir amistad en Facebook a alguien a los cinco minutos de conocerlo parece un POCO desesperado?’ o ‘¿REALMENTE querías poner eso en Twitter?”.

Sin caer en la dura crítica, pero sí abriendo una puerta a la reflexión, Zuckerberg intenta ahora hacer llegar el mensaje a los niños para que no se pierdan la infancia mientras navegan por Internet.

Helena Celdrán

Reeditan el ‘Codex Seraphinianus’, “el libro más raro del mundo”

'Codex Seraphinianus'Lo llaman “el libro más raro del mundo”. El Codex Seraphinianus probablemente ha hecho las delicias de multitud de amantes de las teorías conspiratorias y de los extraterrestres desde su publicación en 1981. El lenguaje de los textos no corresponde a ninguno conocido y las ilustraciones abren la ventana a un universo de fuerte influencia surrealista y de fantasía infantil, pero desde un punto de vista enciclopédico que lo reviste todo de credibilidad.

Su autor, el italiano Luigi Serafini (Roma, 1949) —artista, arquitecto y diseñador— hasta hace poco apenas había soltado prenda sobre los motivos que lo llevaron a invertir 30 meses de su vida en ilustrar y escribir un volumen de 360 páginas que no significan nada, que no se corresponden a la realidad y parecen más producto de un viaje espacial que de un arranque de inspiración.

El libro tiene 11 capítulos que configuran dos secciones. Los cuatro primeros ilustan una flora entre la que hay árboles que se desprenden de la tierra y se lanzan a un lago a nadar, raíces de las que parecen salir escaleras, plantas bulbosas y hojas con filigranas. La fauna no se queda atrás: hay cérvidos que se reproducen en macetas, peces que (medio sumergidos en el agua) parecen ojos con cejas arqueadas… Tras describir las plantas, los animales y los fenómenos físicos del extravagante mundo; Serafini comienza a describir la vida de una civilización parecida a la humana y detalla aspectos de su vestimenta, costumbres, viviendas, tecnología…

Codex Seraphinianus - 7Publicada siempre en pequeñas tiradas de 5.000 ejemplares (en los años 1981, 1983 y 1993) la obra volvió a salir en 2006 con nuevas ilustraciones y una pequeña introducción del autor. Ahora, la editorial Rizzoli anuncia para este mes de octubre la reedición del Codex Seraphinianus con más dibujos añadidos y más declaraciones de Serafini.

Aunque escasa, el italiano ha ido desvelando alguna información sobre el porqué del estrambótico proyecto. En una charla que dio en la Sociedad de Bibliófilos de la Universidad de Oxford en 2009, aseguró que no había nada de misterioso tras los garabatos del idioma que inventó para la obra y que perseguía el objetivo de que el lector recreara ante el libro la sensación que le produce a un niño enfrentarse a páginas llenas de letras que aún no puede entender, sabiendo que tienen un significado para los adultos.

Por otro lado, en la nueva edición, Rizzoli anuncia que el artista sigue jugando a la fantasía. En la introducción del tomo Serafini declara que un gato callejero blanco que conoció en los años setenta fue el verdadero autor del tomo y que él sólo se dejó guiar por las indicaciones telepáticas del felino. Tal vez los garabatos que simulan la escritura manuscrita de las páginas no sean más que representaciones de rabos de ratón enredados.

Para quien tenga la urgencia de consultar el libro completo, este vínculo [PDF de 53,5 megas] contiene una edicion antigua completa.

Helena Celdrán

Codex Seraphinianus - 5

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Codex Seraphinianus

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Una novela narrada por Mohamed Atta, líder del comando yihadista del 11-S

Cubierta de "Atta"

Cubierta de “Atta”

“La voz de la roca. En el nuevo apartamento, el zumbido se hace más fuerte. El acero y el hormigón amplifican su eco. Me pregunto si la voz habla con el beneplácito de Alá o de algún otro. Estas cuestiones me oprimen, hacen que me duelan los huesos”.

La voz del narrador consumido por el zumbido de la argamasa del forjado y el hormigón es la de un villano, acaso uno de los mayores, según nos dicen la información y la propaganda, de la historia reciente: Mohamed Ata, líder de los comandos que ejecutaron los atentados del 11-S y piloto del primero de los aviones que chocaron contra las Torres Gemelas.

El escritor Jarett Kobek, estadounidense hijo de inmigrante turco, se ha atrevido en la novela Atta —recién publicada en España por Alpha Decay— a dar voz al estudiante de arquitectura egipcio que, a los 33 años, comandó el ataque yihadista que cambió nuestra percepción del mundo y estableció la geopolítica de la paranoia global.

El libro es tan alucinado como el personaje. Kobek no escribe con pretensión de reportero ecuánime, pero tampoco con la libertad absoluta de un fabulador. Aunque la mayor parte de los datos responden a la verdad —la mirada asqueada de un islamista radical hacia Nueva York, “la peor cloaca de depravación urbana” y la sociedad del exceso (“demasiada avaricia, demasiada lujuria”)—, el novelista tiene el buen sentido de crear al personaje y hacerlo crecer para combatir el dibujo unidireccional que nos han ofrecido.

“Nueva York es la capital monetaria de Occidente, el teatro en que los judíos tiran firmemente de los hilos del mundo. Times Square es una locura de neón, una lesión sifilítica devorando el cerebro de la bestia (…) Niños obesos de cara rosada gritan por todas partes. Ráfagas de luz. Un vaquero toca un instrumento en ropa interior. Los anuncios cubren cada centímetro cuadrado. Los coches aceleran. Los negros se creen judíos. Comida inmunda se introduce en bocas monstruosas. Escandalosas mujeres semidesnudas. Esta es la tierra de Walt Disney, del Rey León satánico”, escribe Kobek al narrar las primeras impresiones de Atta en la ciudad a la que unos años después asestará una puñalada con un Boing 767.

Visa de los EE UU de Mohamed Atta

Visa de los EE UU de Mohamed Atta

El novelista, que opta por la primera persona para la narración, es implacable en el dibujo de la materia tóxica (por inconcebible, por real) que tiene entre manos: meses antes de los atentados, los jihadistas visitan una base de Al Qaeda en Afganistán y son invitados por Osama Bin Laden a jugar un partido al “deporte favorito de Alá”, el voleivol; la obsesión real de Atta por el libro Walt Disney: Hollywood’s Dark Prince (Walt Disney: el príncipe negro de Hollywood) —”Disney es el rostro humano del neocolonialismo. Atrás han quedado los cañones británicos y belgas, las escaramuzas de los franceses. En su lugar, hay un nuevo caballero oscuro, un hombre que arrodilla a los musulmanes, que los seduce con vicio y blasfemia.”—; una visita, esta vez pura ficción, del terrorista al parque temático de Disneylandia; el visionado incesante y también comprobado de películas gore

El libro concluye con un apéndice profético, una transcripción de la tesis defendida por Atta en 1999 en la Universidad de Hamburgo, dedicada al análisis del desarrollo urbano en una ciudad oriental-islámica (Alepo-Siria) y a la crítica a la sumisión al rascacielos: “Los asentamientos familiares han sido demolidos para dar paso a rascacielos y complejos multinacionales, destruyendo no sólo una forma de vida, sino también los valores y tradiciones que le dan forma”.

Durante su primera visita al escenario de la futura carnicería, el mismo aplicado estudiante de Arquitectura apunta en la novela de Kobek: “Las Torres eclipsan la ciudad. Nueva York es una tierra de gigantes hasta que das con sus titanes. Sólidos rectángulos erectos de arrogancia arquitectónica, entrega total a la fe moderna en la capacidad de los edificios para crear vida, al convencimiento de los arquitectos del control de su visión y de su uso para el bien”.

No es la pregunta sobre el acto de terrorismo como posible acto de protesta contra la desmesura arquitectónica la única que plantea la novela. Atta es un libro valiente que enfrenta al lector al abismo de un personaje, que cómo él mismo afirma, está condenado a vagar porque “su hogar es su tumba”. Sólo por ese mérito, por dar voz y presencia al mal —las cursivas pretenden mostrar mis dudas sobre la certeza del calificativo—, merece ser leído.

Ánxel Grove

Editan en español “Mystery Train”, una de las grandes ‘biblias’ del rock

"Mistery Train" - Greil Marcus (Editorial Contra)

“Mistery Train” – Greil Marcus (Editorial Contra)

Hace dos años, en una entrada de este blog titulada El mejor crítico de música no existe para las editoriales españolas, califiqué de “vergonzoso para los editores y lastimoso para los lectores” que el escritor Greil Marcus (San Francisco-EE UU, 1945) siga siendo un desconocido lejano o un autor al que debes acudir con conocimientos de inglés.

La situación ha mejorado y me parece de justicia referirme a la reciente traducción al español de dos obras de Marcus. En 2012 apareció Escuchando a The Doors [216 pgs., 19,9€], una obra menor y bastante deslabazada, y ahora sale al mercado uno de los libros clave la crítica musical del siglo XX, Mystery Train. Imágenes de América en la música rock & roll [544 pgs., 22,9 €]. Ambas ediciones están publicadas por Contra, una editorial nueva y valiente, de esas que acostumbran a condenar al sonrojo a las major de la edición y su acomodaticia política de lanzamientos basados en la banalidad superventas.

Greil Marcus (Foto: Jose Ángel González)

Greil Marcus (Foto: Jose Ángel González)

Editado por primera vez en 1975, Mystery Train propuso en su momento una tesis totalmente nueva para intentar explicar el poder del rock and roll. Marcus, en cuyos argumentos pueden encontrarse referencias a Herman Melville, Francis Scott Fitzgerald, las novelas negras de Walter Mosley o la televisión, sostiene que la música popular, al igual que cierto tipo de literatura, responde al “sentimiento de lugar” y a las leyes arcaicas y sagradas de la tierra y la sangre —el odio, el amor, el rencor, la venganza, el engaño, la verdad y la culpa— y que algunos de sus intérpretes son “heraldos” que, en el caso de los EE UU, transportan una idea del “espíritu” original del país, sus “posibilidades, límites, perspectivas y encerronas”.

Lo que el lector puede encontrar en el libro no requiere, pues, de un amplio conocimiento del rock o de propensión hacía sus postulados sonoros. Mistery Train no es tanto un ensayo sobre canciones y cantantes como un viaje al territorio cultural y etnográfico estadounidense, un país al que, según Marcus, no se debe aplicar la idea canónica de democracia. “Nuestra democracia”, dice el autor, “no es más que una flagrante contradicción: el credo individualista de cada hombre y mujer que conlleva la soledad y la separación, y la aspiración a la armonía y a la comunidad”.

Arriba, desde la izquierda: Harmonica Frank, Robert Johnson y The Band. Abajo: Sly Stone, Randy Newman y Elvis Presley

Arriba, desde la izquierda: Harmonica Frank, Robert Johnson y The Band. Abajo: Sly Stone, Randy Newman y Elvis Presley

Para desarrollar la hipótesis de que el rock and roll es una “secreta rebelión” contra los fundadores puritanos del país y “contra la autoridad de sus fantasmas”, ejercida mediante la burla de “los límites impuestos por las buenas maneras”, Marcus echa mano a media docena de músicos que pueden ser apreciados como arquetipos de otras tantas formas de un país “sin costuras” y que, ensamblados, podrían ser un collage de eso que llamamos la experiencia estadounidense.

Los seis intérpretes modelan seis formas de insurrección que van siempre soldadas a la expresión roquista. El músico ambulante Harmonica Frank, que tocaba la armónica con un extremo de la boca y cantaba con el otro en ferias, calles y garitos, representa la socarronería y la mordacidad. El bluesman Robert Johnson, el misterio y la aceptación del dolor como materia expresiva. El quinteto The Band, la ruptura con el mundo circundante, la independencia y el eterno peregrinaje a las fuentes originales para volver a contaminarlas. Sly Stone, la llama de la rebelión. Randy Newman, la capacidad reflexiva y construcción de un mundo privado. Elvis Presley, la sexualidad y la “figura suprema”.

Con el añadido de sustanciosas y detalladas discografías comentadas, no pongo casi ningún pero a la edición española de Mystery Train. Sólo echo en falta una traducción que conserve el ritmo entrecortado de Marcus y me pregunto la razón del empleo del término geográfico “América”  y los gentilicios “americano” y “americana” cuando es evidente que el autor los usa para mencionar a un sólo país, que en español tiene una traducción muy precisa: EE UU.

Pero el ensayo puede con ese pequeño lastre y, leido con un reproductor musical o una adecuada lista de reproducción al lado, se convierte en una necesaria biblia para celebrar el circular y necesario sacramento de rebautizo en la nunca muerta religión del rock and roll.

Les dejo con seis canciones que Marcus considera capitales para la ceremonia.

Ánxel Grove

 

Un alfabeto antiesclavista para niños estadounidenses

Letras A y B del 'Alfabeto antiesclavista' (1946)

Letras A y B del ‘Alfabeto antiesclavista’ (1946)

Escuchad, pequeños niños
Escuchad a nuestra serio llamamiento:
Sois muy jóvenes, eso es cierto,
Pero podéis hacer mucho.
Incluso podéis suplicarle a los hombres
Que no vuelvan a comprar esclavos,
Y que a esos que ya tienen
Con rapidez los liberen.
Puede que escuchen lo que vosotros decís
Aunque con nosotros aparten la mirada.
A veces, cuando volváis del colegio,
Podéis hablar con vuestros compañeros,
Hablarles del destino de los niños esclavos
Sin madre y desolados.

Así comienza el texto introductorio del Anti-Slavery Alphabet (Alfabeto antiesclavista), un sencillo libro infantil editado en 1846 por la Sociedad Antiesclavista Femenina de Filadelfia (EE UU), fundada en 1833 por 18 mujeres y afiliada a la Sociedad Antiesclavista Estadounidense. El tomo fue publicado para “inspirar a una nueva generación de abolicionistas” y se vendió en diciembre de 1846 en una feria organizada por la asociación.

Las autoras del libro, Hannah y Mary Townsend, eran dos hermanas de Filadelfia de la comunidad religiosa de los cuáqueros: cristianos, sin credo establecido, y convencidos de que es necesario vivir rigurosamente en la honradez y en la paz para estar cerca de Dios. Llamados también Sociedad Religiosa de los amigos, estaban (y siguen estando) especialmente presentes en este estado.

A diferencia de muchas de las organizaciones abolicionistas de mujeres, los historiadores destacan que la de Filadelfia —a la que pertenecían las Townsend— fue una de las pocas activas antes de la Guerra Civil, el conflicto que asoló el país entre 1861 y 1865 y que había enfrentando (aunque no como motivo principal) a los estados del Norte (en contra de la esclavitud) con los del Sur (a favor).

Estructurada en un abecedario, en 16 láminas y cosida a mano, la obra repasa con cada letra (pintada también a mano) aspectos de la esclavitud, con personajes y objetos que desgajan los detalles de la situación.

A es un Abolicionista.
Un hombre que quiere liberar
Al desdichado esclavo y dar a todos
La misma libertad.

B es el Hermano con una piel
Con un tono más oscuro
Pero a los ojos del Señor
Tan estimado como tú.

H es el Perro de caza entrenado por su amo,
Que olfatea el rastro
Del infeliz fugitivo
Y lo devuelve tembloroso a su lugar.

I es el Infante
Arrancado de los brazos de su cariñosa madre,
Y, en una subasta pública, vendido
Con caballos, vacas y maíz.

W es la Columna de castigo
Al que atan al esclavo
Mientras en su espalda desnuda, el látigo
Provoca heridas sangrantes.

Z es el hombre entusiasta, sinceroFiel, justo y verdadero;
Un serio defensor de los derechos de los esclavos
¿Lo serás tú también?

A propósito de la celebración este año de los 150 años de la emancipación en los EE UU, el Mississippi Department of Archives and History ha escaneado la obra al completo y la pone a disposición del público en imágenes de gran tamaño.

Helena Celdrán

anti-slavery alphabet - cover

anti-slavery alphabet - C y D

anti-slavery alphabet-Letters U y V

anti-slavery alphabet - Y y Z

Subastan el manuscrito del más bello de los discursos del Nobel de Literatura

Discurso de Faulkner

Discurso de Faulkner

No son simples folios, manuscritos y mecanografiados en papel con membrete del hotel Algonquin de Nueva York: es el original de uno de los más bellos y profundos discuros de aceptación del Nobel de Literatura. Lo escribió William Faulkner unos días antes de salir para Noruega, donde le entegaron el galardón en 1950 por su “poderosa y artística contribución única a la novela moderna estadounidense”.

Junto con otros materiales del escritor (cartas, originales, fotos…), el manuscrito será subastado en junio en Nueva York en un lote que la casa Sotheby’s calcula que alcanzará un precio de al menos dos millones de dólares, algo más de 1,5 millones de euros. Me importan muy poco la tasación y los intereses o necesidades monetarias de los herederos del escritor. Las palabras no mueren cuando son vendidas.

Cuando Faulkner escribió el discurso tenía 48 años, ya había publicado casi todas sus grandes obras —El sonido y la furia (1929), Santuario (1931), Palmeras salvajes (1939), buena parte de los relatos y sólo se guardaba en la manga parte de la subyugante trilogía de los Snopes—, sufrido la penosa condición de tener que ganarse la vida como guionista mercenario en Hollywood y bebido el whisky necesario, que fue mucho, para entender que “lo más triste es que la única cosa que se puede hacer durante ocho horas al día es trabajar” y que “se puede confiar en las malas personas… No cambian jamás”. Faltaban nueve años para el acccidente acuestre que le dejó lisiado y roto y  doce para el infarto que lo mataría en 1962.

La máquina portátil Underwood de Faulkner

La máquina portátil Underwood de Faulkner

El discurso de Faulkner en Estocolmo al recibir el Nobel —aquí está grabado en audio— fue pronunciado en voz trémula por una persona tímida e insegura pese a la apariencia tajante de su narrativa. Ya sabía, como declaró en alguna ocasión, que “un hombre es la suma de sus desdichas. Se podría creer que la desdicha terminará un día por cansarse, pero entonces es el tiempo el que se convierte en nuestra desdicha”.

Ante los académicos suecos y la realeza vestida de culta, el escritor de la complejidad del alma —quizá el primer novelista postmoderno— habló en favor de la necesidad de documentar la tragedia existencial como escarmiento contra la necedad de la vida, enarboló la literatura como proyección de la defensa del ser humano y se negó a aceptar que nos sojuzguen mediante el miedo.

Copio parte del discurso. Es una de esas piezas que no tienen tiempo:

Creo que este honor no se confiere a mi persona sino a mi obra, la obra de toda una vida en la agonía y vicisitudes del espíritu humano, no por gloria ni en absoluto por lucro sino por crear de los elementos del espíritu humano algo que no existía. De manera que esta distinción es mía solo en calidad de depósito. No será difícil encontrar, para la parte monetaria que entraña, un destino acorde con los elevados propósitos de su origen.

Pero también me gustaría hacer lo mismo con el renombre, aprovechando este momento como pináculo desde el cual me escuchen los hombres y mujeres jóvenes que se dedican a la misma lucha y afanes entre los cuales ya hay uno que algún día se parará aquí donde yo estoy.

Nuestra tragedia actual es un temor general en todo el mundo, sufrido por tan largo tiempo que ya hemos aprendido a soportarlo. Ya no existen problemas del espíritu; sólo queda esta interrogante: ¿Cuándo estallaré? A causa de ella, el escritor o escritora joven de hoy ha olvidado los problemas de los sentimientos contradictorios del corazón humano, que por sí solos pueden ser tema de buena literatura, ya que únicamente sobre ellos vale la pena de escribir y justifican la agonía y los afanes.

Ese escritor joven debe compenetrarse nuevamente de ellos. Aprender que la máxima debilidad es sentirse temeroso; y después de aprenderlo olvidar ese temor para siempre, no dejar lugar en su arsenal de escritor sino para las antiguas verdades y realidades del corazón, las eternas verdades universales sin las cuales toda historia es efímera y predestinada al fracaso: amor y honor, piedad y orgullo, compasión y sacrificio.

Mientras no lo haga así continuará trabajando bajo una maldición. No escribirá de amor sino de sensualidad, de derrotas en que nadie pierde nada de valor, de victorias sin esperanzas y, lo peor de todo, sin piedad ni compasión. Sus penas no serán penas universales y no dejarán huella. No escribirá acerca del corazón sino de las glándulas.

Mientras no capte de nuevo estas cosas, continuará escribiendo como si estuviera entre los hombres sólo observando el fin de la Humanidad. Yo rehúso aceptar el fin de la Humanidad.

Es fácil decir que el hombre es inmortal porque perdurará; que cuando haya sonado la última clarinada de la destrucción y su eco se haya apagado entre las últimas rocas inservibles que deja la marea y que enrojecen los rayos del crepúsculo, aun entonces se escuchará otro sonido: el de su voz débil e inextinguible todavía hablando.

También me niego a aceptar esto.

Creo que el hombre no perdurará simplemente sino que prevalecerá. Creo que es inmortal no por ser la única criatura que tiene voz inextinguible sino porque tiene un alma, un espíritu capaz de compasión, de sacrificio y de perseverancia.

El deber del poeta y del escritor es escribir sobre estos atributos. Ambos tienen el privilegio de ayudar al hombre a perseverar, exaltando su corazón, recordándole el ánimo y el honor, la esperanza y el orgullo, la compasión, la piedad y el sacrificio que han sido la gloria de su pasado.

La voz del poeta no debe relatar simplemente la historia del hombre, puede servirle de apoyo, ser una de las columnas que lo sostengan para perseverar y prevalecer.

William Faulkner (1897-1962)

William Faulkner (1897-1962)

Tantas veces acusado de complejo por los admiradores de su rival Ernest Hemingway, tantas veces reducido a fórmula por necios académicos que analizan sus obras desde los dictados materialistas-asesinos de la Escuela de Frankfurt, Faulkner habló como hubiera hablado mi abuela, la abuela de cualquiera de ustedes, sobre obligaciones morales, alegría y desdicha, amanecer y muerte.

Con el dinero que acompañaba al galardón, el escritor ayudó a establecer el premio PEN / Faulkner para jóvenes con pasiones literarias. La fama que llegó con el Nobel, tardía y falseada por los piropos de la publicidad, le quemaba las manos. Su hija supo del premio a los 17 años en una conversación de instituto. El padre nunca le había dicho que era la hija de un Nobel.

Ánxel Grove