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¿Quién es el hombre que aparece en estos 445 fotomatones?

Nueve de los 445 retratos - Collection of Donald Lokuta

Nueve de los 445 retratos – Collection of Donald Lokuta

¿Sabe usted quién es este hombre? Sí tiene alguna idea, por mínima o parcial que sea, hará un gran favor a los organizadores de Striking Resemblance: The Changing Art of Portraiture (Parecido sorprendente: el cambiante arte del retrato), que muestra 445 retratos realizados en fotomatón por el desconocido modelo. La colección, comprada hace un par de años a un anticuario de Nueva York, se exhibe como parte de la citada exposición sobre la historia de los retratos, hasta el 13 de julio en el Zimmerli Art Museum de la Universidad Rutgers de New Brunswick (Nueva Jersey, EE UU).

Los organizadores desean conocer la identidad del modelo y las circunstancias que le llevaron a hacerse autorretatos durante tres décadas, desde los años cuarenta hasta la década de los sesenta, utilizando máquinas callejeras automáticas. El dueño de la colección, el historiador y fotógrafo Donald Lokuta, pide a cualquiera que pueda ayudar a identificar al risueño modelo —el gesto apenas cambia y la mirada aparece iluminada y feliz desde la juventud a la vejez— que aporte los datos para dar respuesta al gran interrogante: ¿quién es el hombre de los 445 fotomatones?.

Collection of Donald Lokuta

Collection of Donald Lokuta

Con marcos metálicos, de cartón o plásticos, las fotos son un recorrido subyugante por la historia de las máquinas callejeras de fotografía, la primera de las cuales fue patentada en 1926 por Anatol Josepho, un emigrante ruso establecido en Nueva York, que instaló en la calle Brodway un primer fotomatón (ocho fotos en ocho minutos por 25 céntimos) y, dado el éxito, vendió el invento a un grupo de inversores por un millón de dólares.

“Es el mismo tipo y ves como envejece poco a poco, pierde el pelo, lleva ropa de invierno o de verano… Mira a la cámara como mirándose a un espejo cada mañana. La repetición hace que la colección sea única. Cuando ves las imágenes en conjunto te quedas sin aliento”, dice Lokuta en unas declaraciones a la web de la Universidad de Rutgers.

El coleccionista ha sugerido que podemos estar frente a un caso similar al presentado en la película Amélie (Jean-Pierre Jeunet, 2001), donde un mecánico de fotomatones hacía los selfies para probar los ajustes de la máquina. La teoría tiene un pero: de ser así y tratarse de una obligación profesional, ¿por qué el hombre misterioso guardaba los retratos?.

Ánxel Grove

Collection of Donald Lokuta

Collection of Donald Lokuta

La tragedia tras el cuadro de la nueva novela de Donna Tartt

"Het puttertje" (El jilguero) - Carel Fabritius, 1654

“Het puttertje” (El jilguero) – Carel Fabritius, 1654

El cuadro, un óleo sobre madera, supera sus delicadas dimensiones (33,5 por 22,8 cm) con la luz tangible y la equilibrada composición, más oriental que europea. Se titula Het puttertje (en holandés, El jilguero) y forma parte de la colección permanente del museo Mauritshuis —hogar también de Meisje met de parel (La joven de la perla) de Vermeer y De anatomische les van Dr Nicolaes Tulp (La lección de anatomía), de Rembrandt—. Las tres obras fueron pintados en la edad dorada, la primera mitad del siglo XVI, de la llamada escuela de Delft, una ciudad del sur de Holanda situada a medio camino entre Rotérdam y La Haya.

Es un cuadro tan misterioso, tan sencillo… Realmente tierno… Te invita a mirarlo más de cerca, ¿verdad? Después de todos esos faisanes muertos que hemos dejado atrás, aparece esta pequeña criatura viva.

"El jilguero" - Donna Tart (Lumen, 2014)

“El jilguero” – Donna Tart (Lumen, 2014)

La descripción procede de la novela El jilguero, que acaba de editar Donna Tartt (Greenwood, Misisipí, 1963), esa mujer con traje chaqueta y mirada que atemoriza como una tomografía que más o menos cada diez años nos regala mil páginas  que tienen la solvencia de Dickens, la iluminación de Stevenson y el tono metafísico de baja intensidad de Melville.

Si no han leído El secreto (1992) y Un juego de niños (2002), háganlo. Ambas son descensos de matemática tensión a los mundos abisales de la pubescencia, el autodescubrimiento, el sexo y la sangre.

Pueden seguir con la entrada, no teman, no voy a cometer la grosería de revelar nada fundamental sobre El jilguero, la tercera obra de una escritora de best sellers que, cosa rara, gusta a los escritores —no a los académicos universitarios, que siguen anclados en Joyce y Dos Passos — y que, como el Stephen King de los mejores momentos —El misterio de Salem’s Lot (1975) y El resplandor (1977)—, sobrevuela sin tiznarse las modas del mercado y las normas de la dictadura de los escritores con acné y Twitter que nos ha tocado sufrir.

Me interesa el cuadrito, que juega un papel crucial en la novela, del pájaro amarrado con una cadena a una percha —una costumbre muy extendida en Holanda en aquel tiempo, cuando se entrenaba a los inteligentes jilgueros para que bebiesen de un recipiente escondido en el interior del refugio de madera o para que llevasen en el pico granos de alimento hasta las manos de los dueños—.

Es una obra casi impresionista: el cuadro es más óptico que narrativo, el comportamiento de la luz produce un leve parpadeo, como si las nubes tamizaran con su paso los reflejos solares sobre la superficie y la imitación de las texturas no importa tanto como su calidad: podemos rozar la pared con los dedos, apreciar la densidad de las sombras y su movimiento oblicuo—. Además, está rodeada de misterio: la tabilla es demasiado delgada, hay signos de pequeños clavos en las cuatro esquinas, lo que ha sugerido a algunos historiadores a pensar que se trataba de una obra de encargo para el rótulo de algún tipo de tienda o comercio, y la firma y la fecha están pintadas en un tono levemente menos brillante que la pared, lo que casi impide verlas a no ser que el espactador se aleje unos metros del cuadro.

Carel Fabritius - "Zelfportret", ca. 1645

Carel Fabritius – “Zelfportret”, ca. 1645

El autor del óleo fue Carel Frabritius (1622-1654), discípulo de Rembrandt y profesor de Vermeer. Uno de los mejores pintores de su tiempo, gozó de una gran fama en vida, pero tuvo la mala suerte, en el mismo año en que pintó El jilguero, de no ir a la concurrida feria que se celebraba el lunes 12 de octubre de 1654 en La Haya. Prefirió quedarse en su estudio en Delft porque debía terminar un retrato.

Poco antes del mediodía se registró, a una manzana de la casa del pintor, la explosión de 30 toneladas de pólvora que estaban alojadas en un antiguo convento. El cuidador del polvorín cometió algún tipo de imprudencia y la deflagración fue de tal magnitud que se escuchó a cien kilómetros de distancia. Practicamente todo el casco urbano de Delft quedó en ruinas. Murieron centenares de personas —nunca se precisó la cifra—y hubo miles de heridos.

El suceso conmovió de tal manera a la sociedad holandesa que fue bautizado como La explosión de Delft y la universidad de la ciudad empezó a impartir como materia el estudio de las explosiones y las técnicas para prevenir las accidentales. Uno de los vecinos de Fabritius, el también pintor Egbert van der Poel, enloqueció con la tragedia y durante el resto de su vida sólo pinto, como explica Donna Tart en su novela, un mismo tema:

Distintas versiones de las mismas tierras yermas humeantes: casas calcinadas en ruinas, un molino con las aspas destrozadas, cuervos volando en círculos en cielos ennegrecidos por el humo.

Egbert van der Poel - "Delft Explosion of 1654", ca. 1654

Egbert van der Poel – “Delft Explosion of 1654”, ca. 1654

Al maestro de la luz Carel Fabritius se le derrumbó la casa encima y, aunque fue sacado con vida de entre los escombros, murió en cuestión de minutos.Tenía 33 años y con la destrucción del estudio se perdieron casi todas sus obras. Sólo se conservan docena y media y parte de ellas eran ejercicios juveniles que realizó bajo la tutela de Rembrandt. Destaca una visión de Delft en la que pintó la escena casi tridimensionalmente, convirtiendo la perspectiva en esférica, como si el pintor mirase a través de un objetivo de ojo de pez.

Nadie sabe los detalles de la historia de El Jilguero, la obra magna del superdotado joven que, según testimonios de la época, había enseñado a Vermeer cómo manejar la luz para que fuese perceptible y tuviese densidad. Los historiadores han logrado situar la tabla en 1861 en manos de un tal chevalier Joseph-Guillaume-Jean Camberlyn, quien la legó a sus descendientes. En 1896 fue comprada en una subasta en París por 6.200 francos con la mediación de un marchante que actuaba como intermediario de la colección real holandesa.

La novela de Donna Tart comienza con una explosión terrorista en un museo en el que exponen El Jilguero. La escritora sostiene que no sabía que el autor del cuadro sobre el que gira la acción del libro había muerto tras otra deflagración. Quizá el curioso pajarillo pintado por Fabritrius sepa si es verdad o se trata de un ardid de novelista. No importa demasiado: el cuadro y la novela merecen ser visitados.

Ánxel Grove

John Max, el fotógrafo que lo dejó todo por una bolsa de arroz integral

Retratos subjetivos mediante los cuales, gracias a la intermediación epifánica de la fotografía, el fotógrafo quiere asomarse a sí mismo. Por tanto, retratos-grito. El título de la serie era hijo de la poesía y la desesperación: Open Passport (Pasaporte abierto).

¿Era posible predecir ante las fotos, realizadas entre 1965 y 1972, que su autor, John Max, era un Bartebly de la fotografía y llevaría el “preferiría no hacerlo” a su consecuencia final: la parálisis por hastío?

A comienzos de los años setenta era el gran prodigio de la fotografía canadiense. Robert Frank, con cuya obra situada al límite de lo soportable —porque es una persecución de la imposible divinidad— las fotos de Max mantienen lazos de hermandad, diría con el tiempo: “Era una voz muda en el amplísimo paiasaje vacío de Canadá. Su trabajo procedía de una persona apasionada y pura, las mejores cualidades de un fotógrafo”.

Leonard Cohen por John Max

Leonard Cohen por John Max

Nacido en 1936 en Montreal, en una familia de padres brutos, deshonestos consigo mismos y muy pobres, Max hacía retratos con poder de barbitúricos, teñidos por el hollín de la pesadilla como única forma de lucidez —hay un buen ejemplo con otro canadiense de alma quebradiza ante la cámara, Leonard Cohen—. Hubo un tiempo que ahora parece fruto de algún tipo de ucronía en que esa cualidad tóxica era considerada meritoria y valiente.

Algo sucedió a partir de entonces. Algunos dicen que Max se trastornó; otros, que digirió con excesiva textualiadad los dictados de un fanático retiro zen en Japón; una tercera opinión sostiene que la cámara, las fotos y el cuarto oscuro se convirtieron en accesorios, recuerdos de un satori del pasado

Al regreso de Oriente, Max era un vagabundo que visitaba a los amigos cargando bolsas con arroz integral y los rollos de las fotos que había tomado en Japón. Como el buen bartebly que empezaba a ser, no los había revelado.

— Quiero revelarlos y volver a exponer, pero antes tengo que sacudirme de encima mucha mierda y atar muchos cabos sueltos. Tengo que organizar mi vida para poder revelar mis fotos —dijo a un amigo en 1983.

John Max en 1986 (Foto: © Richard T.S. Wilson)

John Max en 1986 (Foto: © Richard T.S. Wilson)

Un retrato de perfil que le hicieron en 1986 muestra a Max lejano como un asteroide. En el documental John Max, a Portrait (Michael Lamote, 2010), se le ve deambulando entre pilas de libros, basura y teteras oxidadas en un apartamento de Montreal. En algún momento del film se adivinan los 2.500 carretes de fotos todavía sin revelar.

Cuando murió, en 2011, a los 75 años, se publicaron sentidos obituarios en la prensa canadiense y alguna que otra entrada en blogs de fotografía. La expresión “fuego interior” era común en los textos mortuorios. Dado el desinterés por el mundo del fallecido, sonaba a mera combinación de palabras.

Los 2.500 rollos de película sin revelar quizá contengan alguna respuesta. Prefiero imaginar que esas miles de fotos tomadas pero nunca sometidas a la epifanía de luz de la ampliadora son, como acaso sospechaba Max, miles de potenciales gritos insoportables. Mejor no hacerlo.

Ánxel Grove

John Max

John Max

John Max

John Max

John Max

John Max

John Max

John Max

John Max

John Max

John Max

John Max

John Max

John Max

John Max

John Max

John Max

John Max

 

Wilfred Sätty, el mejor ilustrador de Edgar Allan Poe

"The Illustrated Edgar Allan Poe"

“The Illustrated Edgar Allan Poe”

El libro de la izquierda es difícil de encontrar y no está editado en español.

Además, The Illustrated Edgar Allan Poe, editado en 1976, debe competir con dos grandes rivales que supieron venderse antes y mejor a la hora de llevar al dibujo los cuentos de misterio y terror de Poe: Harry Clarke y Aubrey Beardsley, aplaudidos masivamente como los ilustradores canónicos de los mórbidos ambientes del autor estadounidense.

Creo que es injusto no introducir en la ecuación a Wilfred Sätty (1939-1982), un artista alemán alucinado cuya trayectoria vital se empareja a la de Poe, a quien ilustró en el más torvo de los estilos y, según creo, con resultados menos amanerados y más al servicio del espíritu de la narración que Clarke y Beardsley.

Dibujo de Sätty para 'La caída de la Casa Usher'

Dibujo de Sätty para ‘La caída de la Casa Usher’

Nacido en Bremen (Alemania), los indiscriminados bombardeos aliados sobre la ciudad durante la II Guerra Mundial (más de 500 toneladas de bombas al día) hicieron mella en la niñez de Wilfred Podreich -nombre real de Sätty- y le marcaron de por vida (“la ciudad era un inmenso campo de juegos surrealista”).

En los años sesenta se estableció en San Francisco (EE UU), ciudad en la que vivió hasta la muerte.

De los años hippies heredó el gusto por el ocultismo y la sicodelia.

En una ciudad donde la excentricidad es un valor, Sätty -que eligió nombre artístico en honor a un faraón egipcio- se convirtió en el anfitrión de fabulosas fiestas-experiencia donde la bohemia era bienvenida y el LSD se consumía con normalidad.

Sus “collages-mágicos” alcanzaron cierta notoriedad para ilustrar cartelería. También publicó algunos libros (Cosmic Bicycle, Time Zone, The annotated Dracula…) y colocó colaboraciones gráficas en revistas como Rolling Stone.

Nunca intentó vivir como artista, consideraba absurda la idea de la reproducción masiva de una obra y prefería que cada pieza tuviese un carácter único.

Dibujo de Sätty para 'Los asesinatos de la calle Morgue'

Dibujo de Sätty para ‘Los asesinatos de la calle Morgue’

Los últimos años de Sätty fueron erráticos. Se aficionó al alcohol y la soledad, sufrió una racha de percances absurdos y murió en un accidente doméstico al caer por una escalera.

Sus ilustraciones para los relatos más conocidos de Poe tienen aire germano y ambiente de fiebre.

Olvidado y oculto -por eso asomo su figura a la sección Top Secret de cada lunes-, Sätty ha sufrido una injusta omisión en un área donde abunda el aplauso fácil: las narraciones de Poe, siempre agradecidas y plásticas para la ilustración gráfica.

Ánxel Grove

 

Las ‘sombras’ sexuales de la escritora que prefería ser hombre

Patricia Highsmith, 1942

Patricia Highsmith, 1942, retratada por Rolf Tietgens

La chica que posa desnuda en 1942 tiene 21 años y todavía se llama Mary Patricia Plangman. Cuatro años después adoptará legalmente el apellido de su padrastro y empezará a usar la identidad por la que todos la conocemos: Patricia Highsmith (1921-1995).

La foto, el ánimo de suave orgullo y autoconfianza de muchacha salvaje de la modelo son anomalías excepcionales: Pat, como prefería que la llamasen, odiaba su aspecto y sentía bastante asco hacia los humanos, sobre todo hacia las mujeres. “Son sucias, físicamente sucias”, dijo en una ocasión. “Me aburren”, añadió en otra.

Vivió obsesionada con el disgusto certero de que el mundo es una sociedad de detritus y dejó sin escribir la novela que quizá se acercase más a sus sentimientos profundos. Tenía claro que el personaje principal sería alguien aquejado de neurosis hacia los desechos: basuras, fetos, deposiciones biológicas, pañales, compresas, toallas de papel, tumores, órganos extirpados…

Pat en Nueva York, a comienzos de los años treinta

Pat en Nueva York, a comienzos de los años treinta

La “poeta de la aprensión”, como la llamó con exactitud Graham Greene, basó su imponente obra (más de veinte novelas, ocho colecciones de relatos y algún ensayo) en la perversidad del infundio, en el equívoco de la felicidad, en la creencia en el pesimismo más radical, en la adhesión a la idea de que sólo somos quienes realmente deseamos ser cuando residimos en la intranquilidad de la Bella Sombra, nombre revelador de la casita de alta burguesía, con clavicémbalo en la sala de música y obras de arte en las paredes, en la que vivía en los libros de Highsmith el más famoso de sus personajes, el encantador y amoral asesino Tom Ripley.

Sin llegar a insertar nunca una escena sexual en sus tramas, toda la obra de la escritora supura sexo y late como carne febril. Ripley tiene los ojos de un reptil y goza en un éxtasis frío cuando mata a seres “supestamente humanos”.

Hoy dedicamos la sección Cotilleando a… a las bellas sombras sexuales de Patricia Highsmith. Con ellas a mano es más fácil entender a una mujer que vivía con dos gatos porque los prefería a los humanos, tomaba una botella de whisky al día, se sentía como un hombre en un cuerpo de mujer e hizo el amor con muchas y con casi todas acabó peleada.

Acaso el tono de esta pieza abuse del cacareo rosa de los secretos de alcoba, pero, además de que todos los protagonistas están muertos y han hablado sin tapujos ante los biográfos de la escritora, considero que a Tom Ripley le encantaría este catálogo de las debilidades de su señora madre malencarada.

Rolf Tietgens

Rolf Tietgens

1. El amante gay. En el verano de 1942, Pat conoció al fotógrafo alemán Rolf Tietgens (1911-1984). Se prendó de su estilo (alto, bien parecido, moreno), aunque sabía que era homosexual y ella también lo era. “Algún día me casaré con un hombre como él”, escribió en su diario. Se dejó retratar por Rolf -el desnudo del inicio de esta entrada, por ejemplo- porque él consideraba que el aspecto de ella era “muy de chico” y Pat se sintió halagada por el piropo. Le confesó los grandes secretos del pasado: el borroso suceso de abusos deshonestos cuando tenía seis años (cuyos detalles no lograba precisar pero presentía como reales entre la niebla de los recuerdos), los contactos lésbicos en el instituto, el miedo a la locura, la falta de confianza en sus habilidades como escritora… Leían en voz alta a Kafka y, aunque pasaron muchas noches juntos, nunca lograron hacer el amor con penetración sexual, porque Rolf era incapaz de la erección con una chica. En 1953 volvieron a verse por casualidad en Nueva York y tuvieron un lío de una vez que, según Highsmith, “fue muy placentero”. Tietgens, que se dedicó a la fotografía comercial cuando aceptó que no estaba dotado para la artística, nunca olvidó a Pat.

Marc Brandel

Marc Brandel

2. El prometido traidor. El segundo hombre en la vida de Pat fue el escritor inglés de tercera categoría Marc Brandel (1919-1994), al que había conocido durante una estancia en la colonia de artistas de Yaddo. Él era tan insistente en mostrarle lo enamorado que estaba, que Pat se sometió a un delirante tratamiento de psicoterapia freudiana para intentar ser heterosexual. Llegaron a estar prometidos, viajaron a Inglaterra para que la novia conociese a la familia Brandel y señalaron una fecha para la boda: el día de Navidad de 1949. La ceremonia no llegó a celebrarse por las dudas de Pat, que no estaba convencida del todo. La amistad entre ambos se enfrió cuando Brandel cometió la bellaquería de publicar una novela, The Choice (1950), en la que uno de los personajes es una torturada lesbiana que deseaba ser escritora pero no pasaba de los guiones para cómics, trabajo que Highsmith hizo para ganarse la vida entre 1942 y 1943 (escribió tramas para episodios de, entre otros superhéroes, Golden Arrow, Spy Smasher y Captain Midnight). Lo más productivo que obtuvo Pat de su relación con Brandel fue conocer Europa, continente con cuya callada decadencia se quedó prendada. Desde 1963 hasta su muerte vivió en varios países europeos y está enterrada, por su expreso deseo, en un pequeño pueblo suizo.

Virginia Kent

Virginia Kent

3. La millonaria alcohólica. La mujer que hizo más feliz a Pat fue Virginia Kent (1951-2002), hija de una familia de la alta sociedad de Filadelfia, educada en París y habitual en los ecos de sociedad de la época. Se casó con un banquero pero se divorciaron en 1941 tras la intervención de detectives y fotógrafos pagados por el marido en un encuentro sexual entre Victoria y otra mujer. Pat la conoció tres años más tarde en una fiesta y fueron amantes inseparables durante dos años. Rompieron porque Virginia, alcohólica y autodestructiva, se lío con otra y Pat las econtró en la cama. Pensó en matar a su rival (“el crimen llena mi corazón esta noche”, escribió en su diario), pero decidió retirarse, concentrarse en escribir y cultivar el recuerdo de Virginia, que ocuparía en el futuro un lugar central en sus obras y cuya proyección puede verse, por ejemplo, en los personajes centrales de El temblor de la falsificación (1969), El diario de Edith (1977) y, mucho antes, en El precio de la sal, la novela sobre amores prohibidos entre mujeres que Pat publicó en 1952 con seudónimo (Claire Morgan) y se convirtió en un éxito underground entre los grupos de lesbianas en los años cincuenta [En 1990 republicó el libro con su nombre real y otro título, Carol].

Kathleen Senn y el libro que inspiró

Kathleen Senn y el libro que inspiró sin saberlo

4. Carol. Las más turbadora y hermosa de las muchas historias de amor de Pat fue platónica y no implicó ni siquiera un intercambio casual de palabras. En diciembre de 1948, pocos días después de haber empezado a trabajar en el departamento de juguetes de Bloomingdale’s, se quedó prendada de una cliente elegante y rubia con un abrigo de visón que eligió una muñeca para una de sus hijas y dejó el nombre y la dirección para que la enviaran. Pat, que no la había atendido porque estaba demasiado aturdida por el flechazo, tomó buena nota de los detalles y los anotó en su diario. Sentía que había experimentado “una visión” y estaba “enamorada” de ella. Al día siguiente se manifestaron los primeros síntomas de una varicela. “Con el germen vino la fiebre y con la fiebre vino el libro”. A partir de la clienta (de cuya imagen y rescoldo no podía apartarse) inició la redacción de El precio de la sal. Fue tanto el impacto que, dos años más tarde, Pat seguía obsesionada. Para completar la novela -un libro complicado y delicado, uno de los primeros en tratar abiertamente el lesbianismo-, se dedicó a espiar a la mujer, que vivía, con su marido e hijas, en un suburbio de Nueva Jersey. Pudo verla, siempre a escondidas, sin hacerse notar pero temblando de deseo. “Me sentí cerca del asesinato (…) El asesinato es una forma de hacer el amor (…) Quise asaltarla, poner mis manos en su garganta, que en realidad quiero besar, hacerle una foto, dejarla en un instante fría y rígida como una estatua“, escribió tras una de aquellas expediciones. El precio de la sal es la obra más autobiográfica de Pat, que combinó en la figura de una de las protagonistas, Carol, a varias de sus amantes, aunque la referencia inspiradora central fue la mujer de la juguetería, de la que nunca pudo olvidarse aunque sólo conocía su nombre, Kathleen Senn, y la dirección del domicilio familiar. Andrew Wilson, autor de Beautiful Shadow, la mejor de las biografías de la escritora, completó el epílogo de la historia. Kathleen Senn nunca tuvo oportunidad de leer la novela que inspiró. El 30 de octubre de 1951 entró en el garaje, cerró las puertas, encendió el contacto del coche y se dejó morir. Nunca supo que era la musa y el amor platónico de una escritora. Pat también murió sin saber que su Carol de la vida real, quizá incapaz de luchar contra las bellas sombras, se había suicidado.

Ellen Hill

Ellen Hill

5. La socióloga esnob. En 1951 Pat conoció en Munich (Alemania) a la socióloga Ellen Hill, inteligente, estirada y algo esnob. En la segunda cita hicieron el amor. Estuvieron juntas durante cuatro años seguidos y gozaron tanto como para olvidar las muchas crisis de celos y peleas. Ellen opinaba que Pat era “la mejor amante del mundo” y afirmaba que nunca había tenido sexo con nadie tan apasionado y experto. Viajaron y vivieron juntas en Italia, París y México. Los problemas eran constantes y Ellen criticaba a Pat cualquier descuido o nadería, pero el sexo lo solucionaba todo. Cuando Ellen intentó suicidarse por segunda vez en un ceremonial que parecía escenificado para llamar la atención, Pat decidió dejarla. Para entonces tenía un grave problema de alcoholismo porque, casi sin enterarse, había intentado mitigar la angustia y la presión de cuatro años de amor enfermo bebiendo sin parar. Entre 1954 y 1962 Pat abandonó una de las costumbres que más placer le producían: escribir cada día en su diario. Tenía miedo de que Ellen, como había sucedido durante su vida en común, lo leyese a sus espaldas y le echase algo en cara. La socióloga, que sobrevivió a su amante, no perdonó la ruptura y no asistió al funeral de Pat.

Mariom Aboudaram

Mariom Aboudaram

6. La falsa periodista. Entre 1975 y 1978 Pat estuvo liada con la traductora Mariom Aboudaram. La diferencia de edad (56 y 35 años) asustó a la novelista en un primer momento, pero Mariom la adoraba y había leído varias veces cada una de sus novelas. Traductora y escritora, había accedido a Pat con un engaño: le dijo que quería entrevistarla por encargo de Cosmopolitan, una soberana mentira. Durante su apasionado noviazgo hacían el mucho el amor, se escribían cuando estaban separadas y se hacían regalos de cumpleaños: en el caso de Mariom, delicados (un clavicémbalo), y en el de Pat, extraños (una fregona y una escoba). La escritora seguía bebiendo desde que se despertaba ginebra, whisky y cerveza (“pobrecilla, te has casado con una borracha”, decía a su pareja), se negaba a instalar calefacción en su casa de las montañas suizas y, según Mariom, era refractaria a las relaciones duraderas: “Tenía miedo a abrirse y convertir las relaciones en rutinarias. Necesitaba cambiar de pareja tanto como escribir un nuevo libro”. Cuando supo que sobraba en la vida de Pat, Mariom se apartó en silencio.

Tabea Blumenschein

Tabea Blumenschein

7. Madame X. Uno de los últimos affaires sexuales de Pat fue otoñal y descarado. Se lió en 1978 con la actriz alemana de películas lésbicas Tabea Blumenschein (estrella del film de culto Madame X), que tenía por entonces 25 años, cultivaba una estética punk y no establecía límites para sus experiencias vitales. Pat le gustaba (“es algo ruda, pero muy guapa, se parece a Gertrude Stein“) y la idea de mantener un idilio con una escritora de fama le gustaba más aún. Viajaron juntas a Londres, compraron discos en mercadillos y se pavonearon por algunas reuniones literarias en la ciudad. Pat se enganchó de modo enfermizo a su joven partenaire. “Me gustaría tirarte a una piscina y ahogarte. Lo haría con una sonrisa”, le escribió en una carta. “Tus besos me llenan de terror”, le dijo en otra.  Cuando la llama se apagó y la novedad dejó de serlo, Tabea cortó la relación por escrito, con un mensaje brutal pero honesto (“las cosas duran lo que duran”). Pat se hundió en una profunda depresión, un “abismo de miseria”.

Ánxel Grove

¿Quién demonios es Elmo Tide?

Elmo Tide

Elmo Tide

Del tipo que traigo esta semana a la sección Xpo todo se reduce a una pregunta:

¿Quién demonios es Elmo Tide?

Alguien capaz de hacer fotos como las suyas, lubricadas con grasa y niebla, manchadas de culpa y semen, tiene todo el derecho del mundo a ejercer el silencio.

No hace falta documento de identidad si fue Dios quien sopló sobre tus ojos.

“Soy el ojo de Dios”, podría decir Elmo Tide.

Pero el espectador de sus fotos, afiebrado, caliente, desconcertado después de viajar en el ascensor del infierno, tiene todo el derecho del mundo a preguntarse:

Elmo Tide

Elmo Tide

¿Quién demonios es Elmo Tide?

Un blogger de la NPR (National Public Radio, en EE UU también hay medios públicos, aunque en Europa sigan sin enterarse) se hizo la pregunta que nos hacemos todos y decidió ponerse en contacto con Elmo Tide del único modo posible (no todos tenemos un perfil social con tantas membranas como un delta): escribiendo al correo electrónico que el fotógrafo anota en su perfil de Flickr.

El blogger recibió una respuesta negativa a la petición de entrevista formal, pero Elmo Tide se avino a contestar unas pocas preguntas por escrito. Transcribo y traduzco el intercambio:

Elmo Tide

Elmo Tide

¿Quién es Elmo Tide? ¿Por qué el misterio?
Elmo Tide vive en sombras evanescentes y se arrepiente.

¿Tienes sueños o pesadillas recurrentes? ¿Cómo son?
Elmo tenía sueños. Provocaron que la ira se hiciese pasión y el miedo fuese saludado como ironía. En los sueños se sentía superior y, en sus pensamientos eufóricos sobre la inmortalidad, temió perderse totalmente. Luchó con tubos de pegamento de miniaturas vacías de aviones hasta que despertar era tan imposible como terminar algo que nunca había empezado.

Elmo Tide

Elmo Tide

¿Trabajas tras un escritorio?
Un trabajo de escritorio es como una cirugía nasal o un aumento de pechos [juego de palabras con desk job, nose job, boob job], cuando no somos felices y nos escondemos tras la creación de otro. Hice una mesa muy pequeña con una caja de cerillas y cuatro palillos. La llevo en el bolsillo. Dentro de la mesa hay un tomo escrito en árabe clásico que no puedo leer.

¿Qué quieres ser cuando seas pequeño?
Cuando era pequeño quería crecer para ser joven. O quemarme.

Un buen pájaro, ya lo habrán notado. Que hable de sí mismo en tercera persona no es agradable. Es una desgracia gramatical que ejercen algunos novelistas y bastantes jefes de Estado dementes.

Que cambie a la primera persona en la última respuesta es un camino de esperanza: nos permite imaginar que hay algo de niño, de enredo, de leche tibia, en el alma que Elmo Tide nos hurta.

Elmo Tide

Elmo Tide

Pese a la información y dado el cariz errático de las respuestas, la pregunta sigue siendo la misma:

¿Quién demonios es Elmo Tide?

Lo que sabemos se puede enunciar sin tomar aliento: tiene una cuenta gratuita en Flickr desde junio de 1998, el avatar es una foto de un niño sano, rubio, sonriente. No ha creado sets, galerías u otras pendejadas de supuesta socialización.

Tampoco añade etiquetas o geo-etiquetas a las imágenes. Para el perfil del usuario medio de comportamiento compulsivo de Flickr, Elmo Tide es un místico: tiene 190 contactos (soy uno de ellos: me gusta la idea de estar en el santoral de los perversos) y apenas ha favoriteado 19 fotos (una de Henri Cartier-Bresson, otra de Dorothea Lange, dos de John McNab…).

Elmo Tide

Elmo Tide

Sólo ha subido a su stream dos tandas de imágenes: 46 fotos en junio de 2008 y otras 36 en agosto de 2010.

La obra conocida de Elmo Tide se reduce a esas escuetas 82 piezas. No hace falta gritar si eres el ojo de Dios.

Las fotos son, como los encefalogramas y el desatino, en blanco y negro, cargadas de grano, épicas en el sentido pantagruélico, torvas como si algo fuese a suceder tras el disparo, como si ese algo incumbiese al fotógrafo: quizá le partieron la cara, él se la partió a alguien, le ofrecieron una pizza de pepperoni, le escupieron, le llamaron “pendejo”, “hijo mío”, “hijo de la chingada”…

Algo ha sucedido, eso no estoy dispuesto a discutirlo. Es imposible que no haya sexo si dos están desnudos. La mirada también frota, acaricia, penetra… La mirada también es jugo.

Elmo Tide

Elmo Tide

Hay dos series de fotos en el mundo bronco y opaco de Elmo Tide (tiene dos cuentas más en Flickr, medio escondidas, para exponer las series por separado).

La primera colección está dedicada al VaVOOM, una combinación de lucha libre mexicana, burlesque y tinglado pornográfico.

La segunda, al festival Lucent L’Amour, una noche de parranda organizada por la pandilla de ravers renegados del DoLab de Los Angeles (California-EE UU).

Por aquí, máscaras, lipstick y jugo de ingles. Por allá, secuenciadores, metanfetamina y agua mineral.

Siempre formulo una pregunta tras recibir la coz inicial de una foto: ¿Publicarían esta foto en un periódico? Sólo si la respuesta es no -un no indudable, máximo, 100%-, decido que la foto puede venir a dormir a mi cuarto.

Las que prefiero de Elmo Tilde también han sido sometidas a la dictadura de mi capricho. De las publicadas en esta entrada me gustan todas, pero sólo las menos narrativas, las más fastasmáticas, tienen derecho a disponer de mi voluntad y poseerme.

He dejado intencionadamente para el final mi top three de este fotógrafo en sombras, este Señor Misterio enmascarado.

Elmo Tide

Elmo Tide

La pareja de bailarines tristes es todo tensión, incertidumbre. ¿Es él un gigoló o un wallflower que cambia un billete de tendollars por un slow fox? ¿La desafía con la mirada-navaja levemente dirigida a la boca de ella o se trata de un gesto teatral, argentino? ¿Tiene ella tantas arrugas como nos indica la mano-garra que podría utilizar de modo implacable en cualquier momento?

¿Qué le acaba de decir a él? ¿Aún no ha terminado de decírselo? ¿Es ella una wasp, una white american? Y aquellos dos del fondo, ¿están cotorreando de la que se traen nuestros bailarines?

¿Qué clase de schmerz presagia la escena? ¿Qué cable está a punto de romperse?

Elmo Tide

Elmo Tide

La segunda es una pieza de chatarrería urbana, un residuo.

¿Cuántas veces hemos visto a un homeless con un carrito de supermercado (el gran templo religioso de la sociedad de la diabetes y el colesterol), vagando, recolectando desperdicios para componer el único puzzle miserable con el que dejamos que algunos jueguen?

La foto Elmo Tide responde a la pregunta sustancial, la única pertinente: ¿de qué manera miramos al homeless?

Le vemos así: a la distancia prudente que impone el miedo, el asco; envuelto en la bruma de nuestro desentendimiento; de espaldas, caminando en sentido contrario, sin posible interesección.

Elmo Tide

Elmo Tide

Para acabar, el jinete crepuscular.

No voy a hablar de esta foto. Sólo recomendaré un ejercicio, una calistenia medular: pongan esta canción del moribundo Johnny Cash, miren la foto de Elmo Tide y recen porque su nombre no esté en la lista.

Entonces, ¿quién demonios es Elmo Tide?

Puedo responder a la cuestión complementaria:

¿Quién no es Elmo Tide?

No es un pamplinas, no se cree doctor honoris causa. No es un hijo de papá ni un experto en trabajar en capas y filtros de Photoshop y llamar a esa ordinariez de FP fotografía. No es un hijo del siglo, no sabe qué significa trendy, se atraganta con tus ídolos de mesilla de noche, dejaría a Bono en pelotas en una mesa de póker. No le gustaría irse de cañas con tu pandilla. No habla de sí mismo: se queda en silencio y espera. No tiene Twitter, es un hombre, no un apéndice.

Elmo Tide, demonios.

Ánxel Grove