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Kepler o cómo detectar una mosca posada en el Empire State a 30 km

Por Mar Gulis (CSIC)

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Momento del lanzamiento de Kepler en 2009 / NASA / S. Joseph / K. O’connell

A las 10:49 del 6 de marzo de 2009 la NASA lanzó al espacio, desde Cabo Cañaveral (Florida), el telescopio Kepler. Situado a unos 120 millones de kilómetros de la Tierra, este sofisticado instrumento se diseñó para identificar planetas similares al nuestro orbitando alrededor de estrellas parecidas al Sol y en torno a la zona de habitabilidad de las mismas. En un principio, Kepler apuntó “única y exclusivamente a una pequeña región del firmamento, tomando imágenes cada 30 minutos de alrededor de 150.000 estrellas”, tal y como explicaron David Barrado y Jorge Lillo, del Centro de Astrobiología (CSIC-INTA).  Pero después de varios fallos y de no poder apuntar con precisión a esa área, se entró en la denominada fase K2. Así, “Kepler realiza ahora campañas de tres meses en las que apunta a una región determinada, pero siempre en lo que se denomina la eclíptica, el plano de la órbita de la Tierra”, puntualiza Barrado.

Según estos investigadores, “la precisión del telescopio Kepler es tal que puede detectar disminuciones en el brillo de una estrella del orden de 10 partes por millón”. Para que cualquiera pueda entender estas cifras, ponen el siguiente ejemplo: la sonda sería capaz de detectar, “a una distancia de 30 kilómetros, una mosca posada en una de las ventanas del emblemático edificio Empire State”. Y es esa asombrosa precisión la que permite a Kepler obtener datos que sirven para constatar la existencia de cientos o incluso miles de planetas con tamaños y características semejantes a los de la Tierra.

Estos complejos cálculos se llevan a cabo de la siguiente manera: al medir con exactitud “las variaciones en el brillo de cada astro, se pueden detectar objetos que, al pasar por delante del mismo (como ocurre en los eclipses de Sol), lo oculten parcialmente y produzcan estos descensos de luminosidad. Este es el llamado método de los tránsitos”, afirman Barrado y Lillo. Eso mismo sucede en nuestro sistema solar cuando Mercurio o Venus se proyectan sobre el sol. Como su tamaño es mucho menor que el de nuestro astro, obviamente seguirá siendo de día, pero si se efectúan mediciones con la instrumentación adecuada, se apreciará una disminución del brillo estelar. Con los exoplanetas –aquellos planetas que están fuera de nuestro sistema solar– se procede de la misma manera y, en función de lo grande que sea esa disminución y de cuánto dure, “podemos obtener parámetros del planeta como su radio, el periodo de su órbita o la distancia a la que está de su estrella”, añaden. En general, cuando más pequeño sea el planeta (su masa), más difícil será detectarlo y confirmar su existencia.

Pese a la complejidad de estas mediciones, el pasado mayo los responsables del telescopio Kepler anunciaron el descubrimiento de 1.284 nuevos exoplanetas, el doble de los conocidos hasta la fecha. El hallazgo fue el resultado de un segundo análisis de los datos captados por Kepler en julio de 2015, que señalaban ya unos 4.302 candidatos a planetas. Los científicos emplearon un método estadístico que calcula la probabilidad de que cada planeta detectado exista realmente, es decir, que las señales captadas por el telescopio sean de naturaleza planetaria, y no causadas por estrellas u otros cuerpos celestes. Según los datos obtenidos, que fueron publicados en The Astrophysical Journal, hay más de un 99% de posibilidades de que esos 1.284 planetas sean reales, mientras que los restantes son solo candidatos probables o bien señales que habrían producido otros fenómenos astrofísicos, según la propia NASA.

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Ilustración de la NASA del telescopio Kepler / NASA

Aunque Kepler finalizará su misión en 2018, se prevé que para entonces el equipo de investigadores que trabaja con él habrá elaborado una especie de censo o catálogo de planetas en nuestra galaxia, la Vía Láctea. Kepler ha supuesto un punto de inflexión porque antes de su lanzamiento no se sabía si los exoplanetas eran algo frecuente o una rareza galáctica. “Ahora sabemos que podría haber más planetas que estrellas”, afirmó en mayo Paul Hertz, otro científico de la NASA.

No solo eso. Ya hay evidencias de que de los 1.284 planetas detectados, unas cuantas decenas podrían ser rocosos y de un tamaño similar al de la Tierra. De ellos, la comunidad científica subraya que nueve orbitan en la denominada zona habitable, es decir, la distancia adecuada respecto a su estrella para permitir que tengan agua líquida en la superficie. Así, desde el lanzamiento de Kepler en 2009, se ha constatado la existencia de 21 planetas con esas características. Son los exoplanetas más parecidos a la Tierra y con más posibilidades a albergar algún tipo de vida.

Si se extrapola el número de planetas detectados hasta la fecha a la población de estrellas conocidas, las cifras resultantes apabullan: podrían existir decenas de miles de millones de planetas ‘habitables’ en toda la Vía Láctea.

Como señalan Barrado y Lillo, “si hace solo 10 años era difícil afirmar si seríamos capaces de detectar planetas similares a la Tierra, ¿cuáles serán los siguientes logros de la ciencia en el campo exoplanetario?”. Dado que los planetas del sistema solar no están solos en el universo, tal vez, dicen, “el hallazgo de un gemelo de la Tierra, en cuanto a condiciones y habitabilidad, no esté tan lejos”.

Astrología: ¿verdadero o falso?

M. VillarPor Montserrat Villar (CSIC)*

La creencia en la astrología sigue muy arraigada en la sociedad. Aún hoy de vez en cuando saltan a los titulares instituciones educativas de prestigio que deciden acoger u organizar cursos y congresos dedicados a la astrología, no desde un punto de vista histórico y crítico, sino para la promoción de sus prácticas supuestamente adivinatorias. Quizás el secreto de su popularidad está en esa componente psicológica que apela a las emociones de la gente y su necesidad de aferrarse a algo tangible que dé respuestas y arroje luz sobre un destino incierto. De hecho, es notable la reacción que despierta entre sus numerosos seguidores cualquier argumento que se presente en contra de la astrología. Esto a menudo va seguido de virulentas acusaciones de dogmatismo infundado, inquisición al amparo de la ciencia, censura intelectual, etc.

Según esta pseudociencia, a partir de la observación e interpretación de la posición y el movimiento de los astros, es posible conocer y predecir el destino de los seres humanos y pronosticar los sucesos terrestres. Sostiene, además, que dicha posición en el momento del nacimiento de un individuo influye en su carácter.

Desmontemos la astrología sometiéndola a una serie de pruebas.

Zodiaco

Foto: Chris Lexow

Prueba nº 1. ¿Son estas afirmaciones coherentes con el conocimiento científico?

La respuesta es no.

Si realmente los astros influyen en nuestra personalidad y destino, debe explicarse cómo y por qué sucede esto respetando el conocimiento científico universalmente aceptado. En caso de cuestionarlo, debe aportarse una explicación válida alternativa.

Todos los fenómenos de la naturaleza son consecuencia de cuatro fuerzas o interacciones fundamentales: la gravitatoria, la electromagnética, la débil y la fuerte. La supuesta interacción astrológica entre los planetas y los seres humanos debe por tanto realizarse por medio de una de estas fuerzas. Sin embargo, ninguna puede explicarla. Dado que la Luna ejerce una atracción gravitatoria obvia sobre la Tierra (claramente manifiesta en el fenómeno de la mareas), cabría pensar que esta es la fuerza responsable. Sin embargo, unos cálculos muy sencillos contradicen esta hipótesis, pues las fuerzas ejercidas por los planetas del Sistema Solar sobre el bebé recién nacido son despreciables.

Viéndolo desde otro ángulo, podría ser que los planetas emitieran algún tipo de radiación a través de la cual ejercerían su influencia. Sin embargo, estamos inundados de radiaciones de origen terrestre (artificial o natural) incomparablemente más intensas que cualquier emisión planetaria que pueda alcanzarnos.

FirmamentoNo existe una explicación satisfactoria dentro del conocimiento científico acumulado a lo largo de los siglos. Los defensores de la astrología aducen entonces que hay muchos fenómenos que no se comprenden y esto no significa que no sean reales. ¿Puede la ciencia afirmar que no existe una fuerza o radiación capaz de ejercer esa influencia astrológica? Es decir, ¿puede demostrarse la no-existencia de estas? Siendo totalmente estrictos, y por improbable que pudiera resultar, la respuesta es no.

Bien… Asumamos por un momento que existe una fuerza y/o radiación misteriosa, aún por descubrir, cuya única manifestación conocida es la de la influencia de los astros en el carácter y destino de las personas y los sucesos terrestres; una fuerza o radiación que ha escapado a la detección de los aparatos y experimentos más sensibles, pero que, sorprendentemente, tiene efectos extraordinarios sobre los seres humanos.

Pasemos entonces a la prueba nº 2. ¿Ha sido demostrada la capacidad predictiva de la astrología?

De nuevo la respuesta es negativa. Siempre que se han sometido a tests de diversa naturaleza los supuestos aciertos de la astrología se ha demostrado que son el resultado esperado del simple azar, o de una predicción totalmente obvia o de una interpretación (incluso ejecución) sesgada y errónea de los experimentos realizados. A pesar de los numerosos intentos, nunca se han confirmado las correlaciones esperadas partiendo de las hipótesis astrológicas (por ejemplo, signo zodiacal versus actividad profesional, versus un rasgo particular de la personalidad, etc). Es decir, todos los estudios realizados bajo el escrutinio implacablemente escéptico del rigor científico han mostrado que no hay relación alguna entre la posición de los astros en el momento del nacimiento y la personalidad y el destino de los individuos.

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Personificación de la astrología / Archer M. Huntington Museum Fund, 1984

Finalicemos con la prueba nº 3. ¿Se ha adaptado la astrología al avance del conocimiento científico?

Tampoco. Las doctrinas astrológicas no se han actualizado, salvo algunos burdos intentos que a través de un lenguaje farragoso y ambiguo pretenden transmitir una imagen de modernidad y rigor científico que poco tiene de veraz. Por ejemplo, desde sus comienzos hace varios miles de años, las predicciones astrológicas se basaban en los planetas conocidos entonces, es decir, los que se pueden observar a simple vista: Mercurio, Venus, Marte, Júpiter y Saturno. ¿Qué ocurre con Neptuno y Urano, descubiertos en los siglos XVIII y XIX respectivamente? ¿Qué ocurre con los grandes satélites de los planetas exteriores como Júpiter o Saturno? ¿O con los muchos miles (probablemente millones) de asteroides situados entre las órbitas de Marte y Júpiter?

Continuaremos a la espera de que los astrólogos expliquen qué influencia tienen (o no) y por qué todos estos elementos del Sistema Solar son sistemáticamente ignorados. O por qué se ignoran constelaciones como Ofiuco, que el Sol también atraviesa en su recorrido aparente por la bóveda celeste, además de las del Zodíaco tradicional. Seguiremos a la espera de una explicación de por qué gemelos univitelinos tienen destinos totalmente dispares, o por qué miles de personas de diferente signo zodiacal fallecen el mismo día como consecuencia de una catástrofe natural o por qué… en fin, podríamos seguir hasta el infinito con la lista de incongruencias.

Por tanto:

  • No hay ninguna explicación conocida que pueda sustentar los principios astrológicos.
  • No ha sido demostrado que los planetas influyan en el carácter y el devenir de los seres humanos. Por el contrario, se ha demostrado que la astrología no tiene capacidad predictiva.
  • La astrología continúa estancada en ideas obsoletas que no se han actualizado de acuerdo con los conocimientos científicos adquiridos a lo largo de los siglos, lo cual da lugar a inconsistencias insalvables.

Astrología: ¿verdadero o falso?

Falso.

 

* Montserrat Villar es investigadora en el Centro de Astrobiología (INTA/CSIC) en el grupo de Astrofísica extragaláctica.