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La ayahuasca: un brebaje chamánico convertido en reclamo turístico

Por José Antonio López Sáez (CSIC)*

Entre algunos colectivos urbanos cercanos a la filosofía New Age, la ayahuasca ha adquirido cierta notoriedad en nuestros días. Sin embargo, debido a sus efectos psicoactivos, en numerosos pueblos indígenas del Amazonas su uso religioso y ritual tiene miles de años de historia y aún se mantiene en países con cierta libertad de culto. Fuera de este contexto, la venta, distribución y consumo del antiguo brebaje están penados por las leyes internacionales.

Preparación de la ayahuasca. / Awkipuma.

La ayahuasca es una liana o bejuco del Amazonas, Banisteriopsis caapi, de la familia malpigiáceas. Esta vigorosa enredadera habita en las selvas de Bolivia, Brasil, Colombia, Ecuador, Perú y Venezuela. Pero la ayahuasca es también una bebida chamánica que se elabora cociendo a fuego lento porciones de tronco de caa­pi y hojas del arbusto conocido como chacruna (Psychotria viridis). El término ‘ayahuasca’ deriva de dos palabras quechua: aya (muerto) y huasca (soga); por eso, al caapi también se le conoce como soga de los muertos, enredadera de las almas u ombligo de la tierra. Los efectos alucinógenos de esta bebida se deben fundamentalmente a un alcaloide triptamínico pre­sente en ambas especies, dimetiltriptamina o DMT, aunque Banisteriopsis caapi también cuenta con otros β-carbolínicos como harmina, te­trahidroharmina y harmalina.

Vid de ayahuasca en Iquitos (Perú). / Apollo.

Su uso ritual está ligado a la cosmovisión de las tribus indígenas amazónicas, que consideran al yagé –otro de sus nombres comunes– una planta sagrada, espiritual y medicinal capaz de provocar visiones y cambios perceptuales notables. De hecho, se está considerando seriamente su uso terapéutico fren­te a trastornos psiquiátricos de tipo depresivo, así como en el tratamiento de problemas de adicción. En algunos lugares de la selva amazónica están prospe­rando clínicas de desintoxicación mediante tratamientos con ayahuasca. Incluso existen centros que publicitan experiencias extraordinarias con esta droga visionaria y que se ofre­cen dentro de paquetes turísticos por medio de agencias de viajes. Sin entrar en la veracidad de los tratamientos, que en algunos casos han sido constatados como muy beneficio­sos y efectivos mediante ensayos clínicos, lo cierto es que este tipo de turismo está alentando una concepción del mito de la ayahuasca muy diferente y alejada de que la que tuvieron y tienen los chamanes amazónicos. Algunos de ellos incluso han llegado a formar parte de este mercado, renunciando así a la vertiente ritual y espiritual en pos de otra exclusivamente lúdica o recreativa.

Los chamanes amazónicos consideran a la ayahuasca como un vehículo para contactar con los espíritus y el mundo sobrenatural, permitiéndoles a su vez ejercer un poder sanador diagnosticando las causas de las enferme­dades y estableciendo la cura preceptiva. La ayahuasca les dicta los cánticos ceremoniales o ícaros que deben entonar, y los conduce a estados alte­rados de conciencia plagados de visiones que los acercan a un estado de muerte del que renacen como personas nuevas. Visiones que recrean seres ancestrales, míti­cos y sobrenaturales, inclusive con formas animales entre las que predominan los felinos.

Mapa de las zonas de cultivo de ayahuasca. / ayahuasca.com

Los efectos derivados del consumo de ayahuasca com­prenden tres fases. En la primera aparecen síntomas como mareos, salivación, temblor, náuseas, aumenta la pre­sión arterial y la frecuencia cardiaca y se entra ya en un estado alterado de la conciencia, con los primeros efectos psicodéli­cos. A continuación se intensifican los cambios visuales, con visiones de tipo cósmico o místico, fenómenos de tipo geomé­trico y caleidoscopios de colores. Finalmente, el chamán o un potencial consumidor entran en un profundo estado de introspección muy emotivo, donde las ideas fluyen y la me­moria se conserva. También son frecuentes las sinestesias: se escuchan colores y la música fluye como ondas rítmicas en for­ma de extrañas nubes que flotan sobre el cuerpo.

Es importante señalar que la DMT por sí sola, ingerida por vía oral, resulta prácticamente inactiva, pues se degrada muy rápidamente en los intestinos y el hígado; de ahí que ne­cesite las β-carbolinas, que inhiben la enzima que degrada la DMT, para ejercer su efecto alucinógeno. Inhalada, fumada o inyectada, la DMT provoca efectos a los pocos minutos, si bien estos duran menos de una hora.

* José Antonio López Sáez es investigador del Instituto de Historia del CSIC y autor del libro Los alucinógenos de la colección ¿Qué sabemos de?, disponible en la Editorial CSIC y Los Libros de la Catarata.

Las píldoras de la felicidad y la psiquiatría de mercado

Por Mar Gulis

psyberartist / Flickr

psyberartist / Flickr

Actualmente los psicofármacos son los medicamentos más consumidos. Según el Ministerio de Sanidad, alrededor de un 11% de la población española, por encima de la media europea, recurre a ellos. El médico e historiador de la ciencia Rafael Huertas, del CSIC, cree que esta situación remite a “un modelo de sociedad en el que se tolera muy poco la frustración y la tristeza”. Aunque la crisis y la desprotección en la que se encuentran muchos ciudadanos han contribuido a ese incremento, este no se corresponde con un aumento similar de los diagnósticos de depresión y otras enfermedades mentales. ¿Qué está ocurriendo?

En su libro La locura, el investigador del Instituto de Historia (CSIC), cuenta que hoy se dedican muchos recursos humanos y materiales a atender a “gente sana pero desdichada”. Explicar las causas de este fenómeno daría para bastante más que este post, pero él subraya la enorme influencia que ejerce el mercado en la sociedad en general y también en la psiquiatría. En su opinión, el gran arsenal de remedios medicamentosos que se han desarrollado en los últimos tiempos indica que los intereses de las multinacionales farmacéuticas no son ajenos a este fenómeno.

Digamos que la psicofarmacología terapéutica convive hoy con una psicofarmacología cosmética. Esta expresión la utilizó por primera vez el psiquiatra estadounidense Peter Kramer a principios de 1990. Su intención era describir la droga tomada por las personas que estaban clínica y mentalmente sanas. El propósito de estos fármacos sería suministrar a los pacientes una mayor sensación general de bienestar. “Son sustancias antidepresivas destinadas no a tratar un cuadro depresivo, sino a aportar un componente de felicidad a sujetos sanos”, dice Huertas.

Jonathan Silverberg / Flickr

Jonathan Silverberg / Flickr

La analogía que él propone es la siguiente: “Al igual que la cirugía estética es capaz de esculpir un cuerpo a la medida, cierta farmacología –las llamadas píldoras de la felicidad– sería capaz de tallar un aparato psíquico al gusto del consumidor”. Pero, ojo, porque ningún medicamento es inocuo. Además de los efectos secundarios que pueda provocar su consumo, acostumbrarse a estos fármacos moldea nuestra psique de una forma artificial.

Huertas subraya que hoy la tristeza y la melancolía, estados de ánimo normales en la vida de cualquier persona, “tienden a ser evitadas a toda costa en la actual sociedad de consumo, hedonista pero profundamente injusta, en la que la belleza, la felicidad y la salud (física y mental) se asimilan al triunfo individual”.

Cuando sufrimos un revés, nos despiden del trabajo, suspendemos un examen o perdemos a un ser querido, es lógico estar triste o angustiado. Este investigador explica que aunque a veces haya duelos patológicos, en los que sea necesaria la ayuda de un profesional, “sentirse desgraciado o sentirse feliz forma parte de la propia condición humana”. De ahí que resulte inapropiado hablar de trastornos de la felicidad para patologizar y proponer terapias ante las dificultades vitales.

Y es aquí donde juega un papel esencial la denominada psiquiatría de mercado. Junto al enorme despliegue publicitario de estos medicamentos, coexisten unas Administraciones Públicas que, según Huertas, cada vez dejan más en manos de la industria farmacéutica la financiación de las investigaciones científicas. Esto lógicamente condiciona no solo la práctica terapéutica sino también la propia dirección del desarrollo científico de la psiquiatría. O sea, el mercado manda, también en la psiquiatría.