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¿Sabías que el primer “viaje” bajo los efectos del LSD se realizó en bicicleta?

Por José Antonio López Sáez y Mar Gulis (CSIC)*

Corría el año 1938 cuando el prestigioso químico suizo Albert Hofmann (1906-2008), en su búsqueda de aplicaciones medicinales de los alcaloides ergolínicos procedentes del hongo cornezuelo del centeno, consiguió sintetizar un nuevo derivado del ácido lisérgico. Como este nuevo compuesto ocupaba el puesto 25 de la serie de dietilamidas del ácido lisérgico que hasta entonces este eminente investigador había sintetizado en su laboratorio, lo llamó LSD-25.

El consumo de LSD produce notables alteraciones en la percepción visual y auditiva como cambios en el color, forma y brillo de objetos. // Mark Bray. Flickr (modificada)

El consumo de LSD produce notables alteraciones en la percepción visual y auditiva.  / Mark Bray. Flickr (modificada)

En principio, este nuevo alcaloide semisintético pretendía obtener pro­piedades estimulantes de la respiración y la circulación sanguínea. Sin em­bargo, tras numerosos ensayos clínicos acabó siendo desechado por los laboratorios Sandoz, donde trabajaba Hofmann. El LSD fue encerrado en un cajón y pasó a mejor vida, pero el químico no desistió en su empeño: en 1943 decidió sin­tetizar de nuevo el compuesto, a la vez que sintetizaba otro, el LA-111, que resultó ser la ergina, y su isómero isoergina.

Mientras realizaba su trabajo de laboratorio en Basilea (Suiza), sin dar­se cuenta sus dedos se impregnaron de estas tres ergolinas (LSD, ergina e isoergina). De repente comenzó a sentirse extraño, inquieto y mareado, según describió en su propio diario. Dejó el trabajo y se marchó a casa. Allí, tumbado y con los ojos cerrados, comenzaron las alucinaciones: luces deslumbrantes, colores caleidoscópi­cos, imágenes fantásticas… Había descubierto, sin quererlo, el poder alucinógeno de los alcaloides del ergot, aunque a partir de productos sintéticos.

Como buen científico, para estar realmente seguro de lo que había descubierto, unos días después, concretamente el 19 de abril de 1943, decidió hacer un experimento consigo mismo. Ingirió una dosis (que pensaba que era una dosis baja) de 0,25 miligramos (250 microgramos), pero como él mismo narraba más tarde, “resultó que era cinco veces la dosis debida. La dosis normal es 0,05 miligramos, y yo, para mi primer viaje, había tomado cinco veces más”.

Estando en el laboratorio, después de la ingesta, comenzó a sentirse mal. Al parecer se quedó casi sin habla y a duras penas consiguió pedir a su ayudante que le acompañara a casa. Según se cuenta, los vehículos motorizados estaban prohibidos a causa de las restricciones impuestas por la II Guerra Mundial. Así, aquel camino en bicicleta se convertiría en uno de los episodios psicodélicos más emblemáticos de la contracultura de los años 60. “Fue una experiencia terrible, un mal viaje. Todo cambió, y tuve la sensación de que había abandonado mi cuerpo, estaba en el espacio y podía ver mi cuerpo allí, y pensé: tal vez te has vuelto loco, o a lo mejor ya estás muerto. Fue realmente terrible, porque seguía consciente de mi situación y de la realidad cotidiana al mismo tiempo”.

El consumo de LSD produce notables alteraciones en la percepción visual y auditiva como cambios en el color, forma y brillo de objetos. También son frecuentes las sinestesias entre sentidos, es decir, ver un sonido u oír un color. A menudo provoca taquicardias, náu­seas, vómitos y disminución del apetito, incluso temblores y cierta descoordinación motora. Los efectos psicológicos pueden llegar a provocar cambios de ánimo brutales, incapacidad de comunicación, manías o depresio­nes profundas, así como psicosis persistente, cuyos efectos pueden ser devastadores en algunas perso­nas, incapaces de sentir la realidad de su vivir cotidiano y de pensar racionalmente.

El Dr. Albert Hofmann en 2006, con 100 años. // Stepan vía Wikipedia

El Dr. Albert Hofmann en 2006, con 100 años. / Stepan vía Wikipedia.

Prosigue Hofmann el relato de su autoexperimento: “Después de cinco o seis horas volví de nuevo a la normalidad, y entonces realmente me lo pasé muy bien. Disfruté con la sensación de haber vuelto a nacer. Volver de un mundo muy extraño y encontrarme con el mundo cotidiano y familiar. (…) Todas esas cosas que uno no valora en estado normal me parecían bellísimas, me di cuenta de lo bonito que es nuestro mundo, y estaba realmente feliz. Y así fue como descubrí la LSD”.

El LSD es una sustancia líquida, inodora e incolora. Su presentación usual es impregnada en pequeñas planchas de papel secante, que se dividen en cuadraditos o monodosis —conocidos como tripis, ácidos, micropuntos, bichos, secantes, ajos…— que se consumen por vía oral. Los efectos de esta droga psicodélica forman parte del llamado viaje o trip, de ahí que popularmente se la haya co­nocido como “tripi”.

La fecha de aquel viaje en bicicleta, que reveló a Hofmann el descubrimiento de una sustancia psicotrópica de enorme potencia a dosis muy bajas (recordemos que el químico veía el potencial del fármaco como herramienta médica y psiquiátrica, no para uso lúdico), sirvió para que años más tarde, en 1985, se celebrara por primera vez en Illinois (EEUU) el 19 de abril como Día Internacional de la Bicicleta.

Hofmann falleció en su casa de Basilea en 2008 a la increíble edad de 102 años. Un año antes, Lorenzo Veracini, Nandini Nambiar y Marco Avoletta recreaban en el cortometraje de animación A Bicycle Trip lo que pudo ser la experiencia de Hofmann en aquel emblemático viaje:

Aunque el LSD está incluido en la Lista I de los tratados y convenios sobre estupefacientes, es decir, es considerado una sustancia prohibida, la Administración para el Control de Drogas de los Estados Unidos ha aceptado su uso terapéuti­co. En la actualidad se siguen realizando estudios sobre esta sustancia en pacientes con determinadas problemáticas psíquicas, especialmente en aquellos que no han obtenido resultados beneficiosos con tratamientos tradicionales.

 

* José Antonio López Sáez es investigador del Instituto de Historia del CSIC en Madrid y autor del libro Los alucinógenos, disponible en la Editorial CSIC y Los Libros de la Catarata.

Las brujas de Salem: ¿y si fue un hongo el culpable de todo?

Por Mar Gulis (CSIC)

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Ilustración de uno de los juicios que se celebraron en Salem / Wikipedia

Salem, Massachusetts, 1692. De forma repentina se multiplican los juicios contra habitantes de esta localidad, en su mayoría mujeres a las que se acusa de brujería. ¿Cuál es el detonante? Varios casos de niñas con extraños síntomas, como espasmos y alucinaciones, desatan la alarma en la ciudad. En una espiral de histeria colectiva, en la que aparece como trasfondo la pugna entre varias familias por el control político y una fuerte presencia de la religión y el puritanismo, comienza a señalarse a algunas personas como causantes de estos trastornos. El número de acusados supera el centenar, los juicios se multiplican y alrededor de 20 procesos acaban en ejecuciones, a pesar de que las acusaciones se basan más en rumores que en pruebas.

Diferentes han sido las teorías para explicar este episodio. Lo que se consideró un caso de brujería, con el paso del tiempo ha dado lugar a otras interpretaciones. Una de las que cobran más fuerza, y que sostienen algunos investigadores, explica lo sucedido en Salem como una consecuencia del ergotismo. Esta enfermedad, que asoló a poblaciones rurales europeas en la Edad Media, la causa el cornezuelo del centeno, un hongo relacionado históricamente con brujería y toda clase de misterios y leyendas.

Claviceps purpurea –su nombre científico– crece en las espigas del centeno y ha estado presente en el imaginario de muchas comunidades. Durante siglos los campesinos se esforzaron en evitar que aquel espolón negruzco se mezclase con el grano en las cosechas del cereal. Si no lo conseguían, el hongo acababa mezclado con la harina, se incorporaba al pan y era ingerido, provocando la intoxicación. Alucinaciones, delirios, convulsiones e incluso en ciertos casos gangrena eran algunos de los síntomas asociados. Ello se debe a que este organismo contiene alcaloides, unos compuestos químicos orgánicos que, al ser consumidos, tienen efectos sobre el cerebro y el sistema circulatorio que producen esa llamativa sintomatología.

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El cornezuelo, de color negruzco, crece entre las espigas del cereal / Dominique Jacquin / Wikipedia

El cornezuelo ejemplifica esa “leyenda negra” que, según la investigadora del CSIC María Teresa Tellería, ha rodeado a los hongos a lo largo de la historia. En el caso de los juicios de Salem, la hipótesis es que la ingesta del hongo habría provocado en una parte de la población delirios y convulsiones que, de forma consciente o no, se utilizaron para acusar de brujería a los afectados o a quienes supuestamente les ‘embrujaron’.

Tellería considera que estas y otras anécdotas remiten a esa relación de amor-odio que mantenemos los humanos con los hongos, “unos organismos muy mal conocidos e interpretados”, señala. “Cuando se habla de ellos, todo el mundo piensa en su lado gastronómico. Eso es confundir una pequeña parte con el todo”, añade.

Junto a su vertiente culinaria, el otro aspecto que más atención despierta es la toxicidad de algunas especies. Pero en este punto también reina la confusión. Aunque existen pocas que sean venenosas mortales, en general “tenemos una idea muy maniquea de los hongos”, afirma. “Parece que solo los hay buenos y malos, los demás no existen, cuando los comestibles y venenosos son un porcentaje muy pequeño de las 100.000 especies hoy conocidas”, explica.

El propio cornezuelo refleja los peligros de una excesiva simplificación. Aunque puede provocar ergotismo, sus alcaloides también han tenido y tienen usos farmacológicos y terapéuticos. Por ejemplo, por su potente efecto vasoconstrictor se ha utilizado contra las migrañas y para tratar las hemorragias post-parto.

Para rematar los malos entendidos en torno a estos organismos, Tellería, que trabaja como micóloga en el Real Jardín Botánico del CSIC, recuerda otro error habitual: identificar los hongos con plantas. Tanto es así que incluso el diccionario de la RAE patina. “Los describe como plantas talofitas sin clorofila, cuando constituyen un reino independiente más emparentado con los animales. Es lo mismo que afirmar que las ballenas son peces o que los murciélagos son pájaros”, concluye la investigadora.