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Una ‘playlist’ con las 336 canciones que Springsteen menciona en su autobiografía

Cubierta de 'Born to Run', la autobiografía de Bruce Springsteen - Foto: Random House Mondadori

Cubierta de ‘Born to Run’, la autobiografía de Bruce Springsteen – Foto: Random House Mondadori

En la autobiografía Born to Run, que convierte al venerado bardo Bruce Springsteen en best seller también en literatura —la beatificación llega en un buen momento: en lo musical, la pobreza del cantante y compositor va cuesta abajo desde hace años—, el músico vuelve a confirmar el auto de fe roquista que nadie pone en duda y que puede resumirse en una obviedad irrebatible: Elvis Presley fue el cuerpo, Bob Dylan fue el cerebro, el soul fue el sexo y el Boss agitó la coctelera.

Nacido en un buen momento, quizá el mejor (1949), para crecer con la educación sulfurosa del rock and roll y todo su linaje, oficial o bastardo, el Boss menciona en el libro 336 canciones. Todas están en una lista de reproducción que acaba de colgar la plataforma de streaming musical Spotify.

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Un pueblo lisérgico mallorquín en el franquismo

Deià


Deià

Ningún poeta adquiere conciencia de la Musa
si no es por medio de su experiencia con una mujer
en la que la Diosa reside hasta cierto punto

El escritor inglés Robert Graves culminó con este epílogo La Diosa Blanca, el libro donde intentó compendiar una gramática sobre las formas físicas y metafísicas de Ella, la Madre, la que gobierna y nos gobierna desde la sombra del bosque, las zonas huecas de los parques y la selva de algas del mar, la Diosa Mujer llamada por civilizaciones sucesivas Danae, Danú, Cotio, Deméter, Perséfone, Cibeles, Luna, Atenea, Neith, Ngame, Albina (“lepra blanca opaca”, “cebada perlada”), de la cual la Virgen es sólo una proyección manipulada por el cristianismo para satisfacer la necesidad atávica de una Diosa-Madre.

Graves, trastornado por una mujer, la poetisa-bruja Laura Riding, que lo trataba como a un perro y lo humillaba con encantamientos sexuales, escribió la obra en Deià, un pueblo de la isla de Mallorca cuya descripción geográfica es un susurro con cadencia de oración:

… situado en el flanco noroeste de la Serra de Tramuntana entre Valldemossa, Sóller y Bunyola. Abarca 5 kilómetros de costa, e incluye los puntos de Sa Foradada y de Deyà, la Cala de Deià y la pequeña Cala de Llucalcari. La aldea está construida sobre una colina situada en un valle de la Sierra de Tramuntana. El Teix, la segunda montaña más alta de Mallorca, se eleva sobre el valle. La Sierra de Tramuntana están cubierta por una extensa red de senderos utilizados por los fabricantes de carbón cuando se trabajan en los bosques, por lo que es el lugar de vacaciones ideal para los excursionistas fuera de los meses de verano.

Laura Riding y Robert Graves

Laura Riding y Robert Graves

La pareja —en principio un trío en el que también participaba la mujer de Graves, la pintora Nancy Nicholson— se estableció en Deià, en una edificación que ahora es un museo pero que en 1929 era poco más que una casucha de labradores. Con la interrupción de los años de la Guerra Civil española, cuando no convenía hacerse notar y marcharon a Londres, siguieron residiendo en el pueblo, que consideraban un lugar “verdaderamente mágico”.

Si algunos creen que la masa del Teix, rica en hierro, es una dinamo de electromagnetismo, en los años de la II Guerra Mundial eran los pseudopoderes de Riding los que empezaron a atraer a Deià las primeras tropas de excéntricos. Entre los ambientes teosóficos de la intelectualidad académica sajona se extendió la creencia de la bruja Riding era una mediodora  con línea directa con los ultramundos.

Mucho más carnal que diosa, Riding dejó a Graves en la estacada y enfrentado, además, a la Guardia Civil mallorquina por montar demasiado bulllicio, y se largó a los EE UU con un crítico literario al que vampirizó a su gusto. Desde EE UU escribió con vengativa furia que Graves nunca dejaría de ser un “Frankestein” creado por ella.

El folletín psicosexual y los libros de Graves —las novelas históricas Yo, Claudio (1934) y Rey Jesús (1946); los ensayos Los mitos griegos (1955), y los asombrosos y delicados poemas— aumentaron la popularidad de Deià en la intelectualidad europea. Entre 1960 y 1980 el pueblo tenía la misma categoría que Lhasa pero estaba a tiro de piedra de Londres y París. Incluso Grace Kelly y Rainiero de Mónacó se dejaron caer unos días por el lugar durante su luna de miel.

El franquismo y los hippies que empezaron a peregrinar hacia la aldea tramontana se entendieron. Al régimen le venía bien vender apertura y aquellos peludos no estaban a favor de boicotear o molestar a la dictadura —preferían la revolución interior de la marihuana y el LSD— y no tenían ni idea de quién era el dictador y cuáles sus métodos. Sospecho que algunos, dado el grado de intoxicación, ni siquiera tenían claro a qué país pertenecía aquella isla. Es fácil borrar las fronteras cuando vuelas.

Desde la izquierda, Kevin Ayers, Robert Wyatt y Daevid Allen

Desde la izquierda, Kevin Ayers, Robert Wyatt y Daevid Allen

En Deià se establecieron decenas de artistas o aspirantes a serlo. Escritores, músicos y plásticos llegaron a docenas. Con ellos desembarcaron también los vividores, como el tanguista Juan Tajes, que recuerda el tiempo de vino y rosas con acento porteño:

Desentendido del pasado, el futuro era un presente interminable. Mar, fiestas, música, cenas, mar, más fiestas, y jardines bajo la atenta mirada de la luna llena y los guardianes de piedra. Mientras no ligaras con las chicas locales o te cayeras por un risco, todo estaba bien. La Guardia Civil te dejaba en paz si tú los dejabas en paz.

Los vecinos más notables, además del viejo Graves, fallecido en 1985, a los 90 años, de un fallo cardíaco en su casa, hoy un museo-fundación, fueron músicos atrevidos y sin patria: Daevid Allen, Robert Wyatt y Kevin Ayers (que tocaron juntos en la primera encarnación de Soft Machine, cuando eran patafísicos antes que jazzísticos).

Ayers fue quien más aguantó. Decidió irse a principios del siglo XXI porque Deià era un “parque de turistas ricos e idiotas”. Murió en 2013 a los 68, mientras dormía en su casa del pueblo francés de Montolieu, una villa medieval poblada por librerías e imprentas en donde quiso encontrar un imposible espejo de lo que había sido Deià.

"Grain of Sand" - Matti Klarwein, 1963-1965

“Grain of Sand” – Matti Klarwein, 1963-1965

Quizá el más lisérgico de los habitantes del pueblo mallorquín de los locos fue el pintor alemán Matti Klarwein, autor del mandala Grano de arena de arriba, que él mismo describió así:

Quería hacer un cuadro para colgar en cualquier sentido, un universo rotatorio sin parte de arriba ni parte de abajo. Pensé en una especie de película, una comedia musical, con una danza sánscrita de miles de iconos, con la actaución de Marilyn Monroe, Anita Ekberg, Ray Charles, Pablo Picasso, Brigitte Bardot, Roland Kirk, Cannonball Adderly, Ahmed Abdul Malik, Wonderwoman, la niña del cementerio de Delacroix, el torero El Litri y sus corridas de mierda, Socrates, Dalí, Rama, Vishnu, Ganesh…

Klarwein, que pintaba cuadros psicodélicos años antes de la psicodelia y que cuando tomó su primer ácido se sintió profundamente decepcionado (“me habían hablado mucho del viaje, pero yo tengo visiones mucho más divertidas sin tomar nada”), vivió durante largas temporadas en Deià, organizó fiestas de las que todavía se habla, frecuentó la amistad de Miles Davis, se cambió el nombre legalmente por Matti Abdul Karwein por “solidaridad con Palestina”, visitó todos los lugares del mundo donde el misticismo adquiría formas tangibles o sensoriales y murió en el pueblo mallorquín en 2002, a los 69 años, mientras dormía.

Antes había pintado decenas de cuadros abigarrados de sensaciones humanas y divinas, terrenales y astrales. Alguno fueron portadas de discos y también pertenecen al poder estrafalario que emerge de Deiá.

"Annunciation (Abraxas)" - Matti Klarwein, 1961

“Annunciation” (portada de ‘Abraxas’, de Santana) – Matti Klarwein, 1961

"Bitches Brew" -  Matti Klarwein, 1970

“Bitches Brew” (portada del mismo título de Miles Davis) – Matti Klarwein, 1970

La página web Deià Heydays mantiene viva la llama hippie del pueblito mallorquín con nostálgica inocencia pese a que ahora es un refugio de milmillonarios — tienen mansiones de infarto en la zona Richard Branson, el dueño de Virgin, y el matrimonio, al parecer reconciliado, de Michael Douglas y Catherine Zeta-Jones— y de turistas en busca de placeres mundanos. La web Deia Info dice, sin la tilde para evitar confusiones a los sajones:

Deia es un paraíso. Combina las bellezas naturales con los placeres terrenales, la armonía social y maravillosos restaurantes y cafés.

El tradicional centro social hippie, Sa Fonda, donde Wyatt, Ayers, Allen e invitados —Mike Oldfield era habitual, Mick Jagger se dejó ver—, promete cercanía con celebrities.

El ayuntamiento soba el lema “un  paraíso por descubrir” en inglés, alemán y francés.

Estoy convencido de que la diosa, en cualquiera de sus formas (Tecum, Cariátide, Domnia, Quina…) regresará con el cabello rizado y soplará savia verde sobre ellos, los mercaderes que violan el lugar del mito. La destrucción implicará renovación.

Jose Ángel González

James Booker: gay, negro, tuerto, heroinómano… y el mejor pianista de la historia

James Booker (1939-1983) - Foto: Anton Corbijn

James Booker (1939-1983) – Foto: Anton Corbijn

Una declaración: “James Booker vivió 430 años en 43 años”.

Otra: “Podía tocar una pieza asombrosamente y luego tocarla al revés aún mejor”.

Otra: “Era capaz de tocar un concierto de Rachmaninoff o Junco Partner como si ambas composiciones fuese parte de su DNA”.

Una más: “Era como mezclar a Chopin con Ray Charles“.

Una última: “Era un hombre orquesta. El dedo meñique de su mano izquierda era como el pedal de bajo de un órgano Hammond. Los otros cuatro dedos eran la guitarra rítmica y el piano. La mano derecha era Aretha Franklin, Ray Charles, Fats Domino, Ernesto Lecuona, Jelly Roll Morton y el Professor Longhair

Apodos (todos merecidos): Príncipe del Piano de Nueva OrleansMarajá del Bayou, Liberace Negro, Mr. Misterio y Gonzo (por su single de 1960, muy anterior al periodismo gonzo, bautizado por Hunter S. Thompson en honor a la canción, que el periodista veneraba).

James Booker nació en 1939, poco antes de la Navidad. El momento epifánico guarda equilibrio con la genealogía (era nieto de un pastor evangelista) y el lugar, Nueva Orleans, húmedo y grasiento pesebre de todas las músicas que valen la pena.

A los nueve años fue atropellado por una ambulancia. Tuvieron que administrarle morfina durante más de tres meses. Se enganchó a la heroína a los veinte años, tras la muerte, sucesiva y en cuestión de días, de las dos personas a la que más quería: su madre y su hermana.

James Booker

James Booker

Era gay, heroinómano, negro, tuerto —rumor nunca confirmado 1: perdió el ojo izquierdo en una pelea postalcohólica con el exbeatle Ringo Starr; rumor nunca confirmado 2: en una trifulca con Jackie Kennedy —, paranoico (alertaba a los asistentes a los conciertos sobre planes maquiavélicos de la CIA) y, con probabilidad (nunca le trataron médicamente) esquizofrénico o, como poco, bipolar.

Lo encerraron durante varios meses en la temible penitenciaria de Angola, una de las formas del infierno en la tierra, por posesión de heroína. La Policía de Nueva Orleans le marcó como si se tratará del quarterback del equipo rival. Allá donde fuese Booker había un par de oficiales con los ojos bien abiertos.

En vida enseñó a tocar nada menos que a Dr. John y fue pianista para Aretha Franklin, Fats Domino, Little Richard, Earl King, The Coasters, Ray Charles, Lionel Hampton, Jerry Garcia, Labelle, Lloyd Price…

También dió las primeras clases de piano a Harry Connick Jr. Fue un trueque: el padre del chaval, el abogado Harry Connick Sr., defendió a Booker en algunos asuntos judiciales.

Introdujo unas cuantas onzas de marihuana en la República Democrática de Alemania escondiendo la hierba en la melena afro.

Dejémoslo en este punto si su idea de buen pianista de ragtime y boogie es Hugh Laurie —admirador fanático de Booker e intérprete del televisivo doctor Lupus House—.

A veces Booker parecía tocar como un prodigioso avatar de Shiva con cuatro manos. Tenía la habilidad de un virtuoso de conservatorio (Arthur Rubinstein, que lo escuchó cuando Booker tenía 18 años, dijo que “hace cosas imposibles que me obligan a replantearme mi oficio”) o un maestro del jazz, pero, tocase lo que tocase, nunca se alejaba del blues asilvestrado de Nueva Orleans.

Tenía estilo. Gastaba buena parte del caché de los bolos en alquilar un Rolls para llegar y marcharse como el príncipe que era.

No tenía una gran voz pero cantaba convirtiendo las canciones en peligrosas y desesperadas. El pianista Tom McDermott opina que la intensidad emocional de la voz de Booker superaba a la de Frank Sinatra.

Este es el trailer de Bayou Maharajah: The Tragic Genious of James Booker, el documental que acaba de estrenar la cineasta Lilly Keber —con ayuda financiera de una abrumadoramente exitosa campaña de crowdfunding—. La directora no podía entender el olvido en torno a la figura de un músico tan decisivo. “El estilo de Booker, uno de los músicos más innovadores de los EE UU, combina a la perfección jazz, R&B , soul, gospel, música clásica y los ritmos de Nueva Orleans, sintetizándolos de manera que trascienden todas las reglas y cánnones. Todas las personas que le conocieron, a pesar de la vida frustrante y difícil que llevó, le recuerdan con amabilidad y una sonrisa”.

Guía de uso. La discografía de Booker tiene tantos meandros como el delta del Misisipi. Aunque abundan las malas grabaciones en directo con las que intentaba ganarse la vida y pagar las dependencias, hay piezas celestiales. Una selección básica debería incluir More Than All the 45’s (selección de singles de los años cincuenta y sesenta, entre ellos Gonzo), Junco Partner (el trabajo más coherente, con versiones afiladas de Goodnight Irene, Pixie  y Junco Partner que no dejarán a nadie sentado durante la fiesta), New Orleans Piano Wizard: Live! (grabado en Suiza en 1977) y The Lost Paramount Tapes (con grupo y echando chispas).

En directo. Inserto tras la entrada tres vídeos de una misma actuación de Booker en el Maple Leaf Bar de Nueva Orleans, el bar-guarida donde siempre le dieron cancha. Vean y vuelen.

James Booker, quizá el mejor pianista de la historia, murió a los 43 años, el 8 de noviembre de 1983, en la ruina e ignorado y olvidado por casi todos. La causa de la muerte fue un fallo renal complicado con un largo historial de alcoholismo y consumo de heroína. Estaba sentado en una silla de ruedas en la sala de emergencias del hospital de la beneficencia de Nueva Orleans y falleció antes de que llegasen a atenderle.

Si Dios quisiera aprender a tocar el piano, intentaría que Booker fuese su profesor. Primera lección: “deja que cada uno de tus dedos sea una araña con vida independiente”.

Ánxel Grove

Las diez mejores canciones de ‘Soulandia’

Logotipo de Stax

Logotipo de Stax

Algunas direcciones deberían tener carácter sacramental. Un ejemplo: 926 East McLemore Avenue, Memphis. En la casa de planta baja había una tienda de discos. En el sótano jugaban los dioses.

El inmueble, no hay casualidades cuando hablamos de las posibles variaciones que adopta el cielo cuando se reproduce en la tierra, había acogido un cine, un cofre para encerrarse con los sueños. De esa vida anterior, el local mantenía la marquesina y pronto colgaron de ella orgullosas letras rojas que bautizaban la sede musical: Soulville USA, algo así como Soulandia, EE UU.

Stax. Las marcas a veces lo dicen todo. El chasquido del ritmo primordial: rozas los dedos y haces música.

Stax fue el mejor sello discográfico de soul de la historia, la alternativa rugiente a la blandenguería coetánea de Motown, cuyos artistas aprendían buenos modales en clases pagadas por la empresa, vestían como responsables jóvenes negros que nunca participarían en un disturbio racial y eran contratados sin miedo en los hoteles de los millonarios blancos. No es posible imaginar a Diana Ross robando una cartera.

En Motown sonreían, en Stax sudaban. Motown era el gueto absorbido por el sistema; Stax, la revolución en marcha. Los nombres de las sedes entregaban indicios suficientes sobre las diferencias: Motown operaba desde Hitsville, Exitolandia. Stax, ya lo he dicho, en Soulville. La máquina registradora contra el alma.

Las canciones de Stax fueron la pólvora de los años sesenta. Cada disco que salía del sótano de la avenida East McLemore era un huracán y, pese a las zancadillas de Atlantic, a quien habían entregado la distribución para concentrarse en la música y sin sospechar que la potente discográfica minimizaría a los artistas de Stax para que no hicieran sombra a los suyos (entre ellos a su buque insignia, la dama del soul Aretha Franklin, que competía en la misma liga), se coló en la banda sonora de la época para no ser desbancado jamás.

Sede de Stax, 'Soulandia'

Sede de Stax, ‘Soulandia’

Antes de entrar en materia, un apunte aclaratorio: soy fanático de Motown (una discográfica de negros que cantaban para blancos) y sigo escuchando con harta frecuencia las ñoñerías sublimes de The Supremes y las telenovelas de tres minutos de Smokey Robinson and The Miracles. Me pasma como algunos intérpretes del sello de Detroit se atrevieron a acercarse a la sensibilidad lisérgica de los hippies (sobre todo los inolvidables The Temptations) y como otros, con el tiempo, se enfrentaron a las reglas morales de la casa: respeto eterno e inmutable para Marvin Gaye y What’s Going On, llamado con justicia el Sgt. Pepper’s negro.

Pero, aún así, me quedo con la bravuconería de Stax, una discográfica fundada por blancos —Jim Stewart y su hermana Estelle Axton: STewart/AXton = Stax— pero entregada sin reservas a la sensibilidad negra: baile y sensualidad. Y sin perdir perdón.

Este es, en cuenta atrás, mi top ten de Soulandia.

10.
Who’s Making Love
– Johnny Taylor, 1968

¿Quién está haciendo el amor a mi chica / Mientras yo estoy por ahí haciendo el amor?, se pregunta el Filósofo del Soul, Johnny Taylor, una máquina de gemidos que no tenía nada que envidiar a James  Brown. Who’s Making Love fue su mayor éxito y uno de los primeros de Stax tras la ruptura de la empresa con Atlantic. En la grabación puede escucharse al siempre carnoso grupo de la casa, Booker T. & the MG’s, y al piano es posible adivinar al por entonces todavía desconocido para las masas Isaac Hayes. Taylor, un gran vocalista injustamente colocado entre los segundones del soul, era también un baladista seductor. Murió en 2000, a los 66 años, de un ataque al corazón.

9.
634-5789
– Wilson Pickett, 1966

Palabras mayores. Wilson Pickett (1941-2006), intérprete de al menos medio centenar de canciones fundamentales, encontró en Stax la casa que necesitaba para soltarse como vocalista brioso y funky, uno de los grandes. Quizá este medio tiempo —titulado con el número real de telefóno de la discográfica— no sea una de sus canciones más conocidas, pero sirve para comprobar la amplísima expresividad de su voz, educada, como puede apreciarse, en los coros de gospel de las parroquias y convertida en aullido en las calles.

8.
Everybody Loves a Winner
– William Bell, 1967

William Bell fue uno de los más activos músicos de Stax, a quienes había entregado en 1961 uno de los primeros grandes éxitos de la casa, You Don’t Miss Your Water. Prefiero Everybody Loves a Winner, un lamento contenido sobre la delgada línea que separa la fama y la bancarrota (Todos aman a un gandaor / Pero cuando pierdes, pierdes en soledad).


7.
Green Onions – Booker T & The MG’s, 1962

¡Esto es de 1962, cuando los Beatles aún sonaban como una rondalla! El riff de guitarra de Steve Crooper es un martillo económico pero radical (¡por ese solo darían la vida muchos!), el bajo de Donald Duck Dunn rompe las paredes, la batería de Al Jackson asusta y el órgano de Booker T. Jones es la esencia de lo impecable. Todo el porvenir está en este instrumental: las filigranas de Hendrix, el orgullo de los mod, la estampa del mejor R&B, el ánimo cool del bebopBooker T & The MG’s, la banda de negros y blancos que tocaba en casi todas las canciones de Stax, fue el primer supergrupo de la historia. Hicieron tanto y tan intensamente que parecen de otro planeta. Muchos creen que fueron el mejor grupo de la historia. No es exagerado pensarlo.


6.
Walking the Dog – Rufus Thomas, 1963

Mentor y padrino de gran parte de las figuras del northern soul, pionero del rock and roll, padre de Carla Thomas —importante por sí misma—, Rufus Thomas empezó como comediante y nunca dejó de lado la vis cómica en sus canciones directas y divertidas en las que circulaba por el lado brillante de la vida. Walking the Dog, que los Rolling Stones versionaron con nula intensidad en su primer disco, fue uno de los grandes éxitos que grabó en los primeros tiempos de Stax.

5.
I’ve Been Loving You Too Long – Otis Redding, 1963

Es muy probable que la evolución musical del soul y el R&B hubiese cambiado de no mediar la prematura muerte del más rutilante y dotado de sus intérpretes, Otis Redding, víctima mortal de un accidente de avioneta en diciembre de 1967, poco después de cumplir 26 años. Es tanta y tan enorme la obra de Redding pese a la tragedia que la truncó antes de tiempo, que esta lista podría limitarse solamente a sus canciones, pero, puestos a elegir, I’ve Been Loving You Too Long es una apuesta segura. Redding, que era un gran compositor —a diferencia de buena parte de los vocalistas de soul, que sólo ponían garganta y sentimiento—, escribió la pieza en la soledad nocturna de un hotel y a medias con Jerry Buttler, el cantante de los Impressions. La lejanía de la persona amada y el sentido de separación que multiplica la entrega y la dependencia brotan, palpables, de la intrepretación, que dejó a los hippies con la boca abierta y en ridículo cuando Redding cantó el tema, unos meses antes de morir, en el Festival de Monterey, demostrando que no es necesario quemar una guitarra en el escenario cuando es tu alma la que está ardiendo. La canción ha sido ampliamente versionada: los Rolling Stones hicieron el ridículo al enfrentarse a una pieza que les viene demasiado grande —Redding les devolvió al favor mejorando Satisfaction con gasolina negra—, mientras que Ike and Tina Turner se pasaron de revoluciones lúbricas —ya se sabe que la contención no es una de las virtudes de Tina—.

4.
In the Midnight Hour
– Wilson Pickett, 1965

Segunda aparición en este top ten de Pickett —otro que merece un hit parade exclusivo—, esta vez con la inevitable In the Midnight Hour, que el cantante coescribió con Steve Crooper, el guitarrista de Booker T and The MG’s, en un cuarto del motel Lorraine de Memphis, donde en 1968 sería asesinado Martin Luther King. La canción es una de las más recurridas de todos los tiempos (la han tocado desde The Jam —nada mal pese a la reconversión a estilo mod— hasta Roxy Music —patéticos en una recreación de burdel—) pero los copistas harían bien en borrar de la memoria humana todas las versiones: nadie sabe cantar esta propuesta de sexo a medianoche como Pickett, roto y recompuesto en cada verso.

3.
Knock on Wood – Eddie Floyd, 1966

La quintaesencia del estilo energético del soul de Stax contenida en tres minutos. Compuesta por Eddie Floyd con la ayuda, otra vez, del incansable Cropper, el primero la canta con poderío, suficiencia y un increible cromatismo. El tema era tan bueno que todo el elenco de cantantes de la casa quiso cantarlo, pero ni siquiera la versión a dúo de Otis Redding y Carla Thomas se acerca a la original.

2.
Hold On, I’m Comin’ – Sam & Dave, 1966

Samuel David Moore y Dave Prater, tenor alto y barítono respectívamente, cantaban juntos como Sam & Dave sin mayor gloria desde 1961. Todo cambió cuando ficharon para Stax cuatro años más tarde y uno de los tándems de compositores de la casa, David Porter e Isaac Hayes, comenzó a entregarles canciones resueltas, altivas y animosas que empujan a la ceremonia del baile desde la primera progresión de acordes. Hold On, I’m Comin’ es uno de esos himnos, quizá el más potente, y demuestra la influencia de las candentes maneras interpretativas del dúo en artistas posteriores como Bruce Springsteen, que siempre ha señalado a Sam & Dave como referencia.

1.
(Sittin’ On) The Dock of the Bay – Otis Redding, 1968

Una de esas canciones que son patrimonio de la humanidad con más merecimiento que cualquier catedral gótica. Conocida, no creo exagerar, por nueve de cada diez habitantes del planeta, contiene un mensaje de dulce saudade que todos merecemos compartir. Grabada pocos días antes de la muerte de Redding y editada pocas semanas después del entierro —fue el primer número uno póstumo de la historia de las listas de éxito—, nadie creía en la sencillez pop de la balada, ni siquiera la viuda del cantante, que hizo todo lo posible por evitar la publicación porque estaba convencida de que decepcionaría a los seguidores del cantante más carismático de Stax. Redding y Steve Cropper —ya sabemos quién era el genio musical de la discográfica— compusieron el tema en una casa flotante de la bahía de San Francisco, donde descansaban tras el Festival de Monterey. Redding, un tipo físico (190 cm. de altura y 100 kilos de peso) pero muy abierto a las emociones, estaba convencido de que el soul debería migrar, como lo estaba haciendo el rock, hacia terrenos más eclécticos y menos dominados por la fórmula. Le encantaban los discos psicodélicos de los Beatles y pretendía hacer algo parecido con el R&B.

La sagrada biblia

La sagrada biblia

Adenda
The Complete Stax/Volt Singles: 1959-1968
Stax Tour of Norway, 1967
Otis Redding live at Montery

La abigarrada historia de Stax no merece el límite de diez canciones que le ha otorgado esta entrada. Para quienes deseen inmersión completa, el cofre de diez discos The Complete Stax/Volt Singles: 1959-1968 es la opción definitiva: permite apagar la luz, cerrar los ojos y someterse.

Los necesitados de comprobación audiovisual del tóxico poder del mejor soul de la historia pueden acudir a la visión de la lista de reproducción de vídeos que inserto más abajo: 45 minutos con los cabezas de cartel de la discográfica tocando y cantando en directo en la televisión noruega en 1967. Atención a la temperatura ascendente de la fiebre del público: dos centenares de jóvenes nórdicos que empiezan el concierto con cierto aire de arrogante escepticismo y acaban queriendo llevarse con ellos a casa a Otis Redding.

Dos vídeos más cierran el post con la memorable actuación de Redding en el festival de Monterey, quizá una de las mejores descargas en directo de la historia del pop.

Ánxel Grove

Bert Berns, el productor maravilla al que Van Morrison rompió el corazón

Bert Berns

Bert Berns

La culpa la tuvieron el barrio, los vecinos y una fiebre reumática.

Bert Berns, hijo de judíos rusos y nacido en Nueva York con la Depresión de 1929, iba para pianista clásico por decisión paterna, pero en eso cayó enfermo de una fiebre reumática que le dejó secuelas en el corazón y le obligó a muchas horas de reposo. Desde el tedio de la cama, el niño escuchaba la música que salía de las otras viviendas del edificio del caliente barrio del Bronx, donde los caribeños eran mayoría. La guajira fue la mejor medicina y el crío mandó a paseo para siempre a Mozart y Chopin.

Se tomó la pasión cubana muy en serio, empezó a frecuentar a pianistas y soneros, a visitar clubes humeantes de tabaco y sexo y a sincopar —la forma rítmica de la sabiduría musical—. En 1958 le propusieron comprar un club en La Habana, consiguió un préstamo y se lanzó a la aventura. Cuando llegó a la isla se enteró de dos cosas: el club, como la ciudad casi entera, era un burdel para gringos y había una revolución en marcha. Tuvo que regresar a los EE UU poco después de la entrada de los castristas en la ciudad, pero dió por buena la experiencia.

Como siendo consciente de que tenía los días contados —la dolencia cardíaca era incurable—, Berns se dedicó sin tregua a componer y producir canciones. En casi todos los casos parecían una descarga cubana. Primero como empleado a sueldo de la discográfica Atlantic, una de las madrigueras mayores del soul, y después como jefe de sus propios sellos, Bang y Shout, se convirtió en uno de aquellos taumaturgos que, durante la primera mitad de los años sesenta, fabricaban música que parecía caida del cielo por lo numerosa y cautivadora.

Bert Berns (izquierda) y Jerry Wexler

Bert Berns (izquierda) y Jerry Wexler

Aunque tuvo una huella pública menor que otros de los creadores de su tiempo, entre 1961 y 1966 Berns hizo —y hablamos de un tiempo en que el verbo hacer era textual: desde la composición de la pieza hasta el acabado final en el estudio, pasando por los arreglos e incluso la decisión del tono anímico que los intérpretes debían manejar— canciones que podrían ser la obra de una vida entera: Twist and Shout (Isley Brothers), Brown Eyed Girl (Van Morrison), Piece Of My Heart (Erma Franklin, hermana de Aretha), Cry Baby (Garnet Mimms and The Enchanters), Cherry Cherry (Neil Diamond), Cry To Me (Solomon Burke), Hang on Sloopy (The McCoys), I Want Candy (The Strangeloves), Here Comes the Night (Them)

Algunos de los discos con música y producción de Berns

Algunos de los discos con música y producción de Berns

Músicos de instinto afilado para la rapiña de buenos temas ajenos como los Beatles y los Rolling Stones o cantantes en busca de repertorio para lucir garganta (Janis Joplin) se aprovecharon de la inspiración imparable de Berns y la calentura emocional de sus piezas, muchas basadas en las progresiones rítmicas caribeñas a las que estaba enganchado desde niño.

Durante sus corto tiempo de gloria, Berns era infalible y buscado por todos los intérpretes que deseaban un hit. Además, era un tipo juerguista y de buen talante que en el estudio no se comportaba con los modales de tirano de otros jóvenes productores maravilla —el ejemplo más extremo es Phil Spector y su complejo de Napoleón— y dejaba que los músicos interviniesen en la cocción de las canciones.

Bert Berns, con una copa en la mano, y Van Morrison, en una fiesta en Nueva York, 1965

Bert Berns, con una copa en la mano, y Van Morrison, en una fiesta en Nueva York en 1967. La chica es Janet Planet, futura esposa de Morrison

La desgracia para Berns llegó desde Irlanda. En una estancia de trabajo en Londres había producido algún single para Them, el grupo que encabezaba el portentoso cantante Van Morrison, el único músico de la british invasion que cantaba con la misma intensidad  que un negro.

Fascinado con la exaltación de aquel muchacho, Berns le ofreció un  contrato de grabación con Bang y se lo llevó a Nueva York para producir un álbum como solista, Blowin’ Your Mind Up. En el disco había piezas tan complicadas e insólitas como TB Sheets, una larga derivación bluesy en la que un amante rumia en torno a la contemplación de las manchas de sangre en las sábanas de una novia tuberculosa.


Morrison, cuyo carácter desabrido es proverbial, fue el primer artista que le plantó cara a Berns. La grabación estuvo llena de interrupciones derivadas de un choque de pareceres de fondo: el productor quería un producto pop porque consideraba que Morrison era “el Solomon Burke blanco” y podía hincharse a vender discos, pero el cantante prefería buscar una forma expresiva más abierta, cercana al jazz y la improvisación libre. Las discusiones eran constantes y el disco salió adelante de milagro después de sesiones de las que todos salían descontentos y con la sensación de haber cedido demasiado.

Berns y Solomon Burke

Berns y Solomon Burke

No era el único problema al que hacía frente el bueno de Berns. Atlantic hacía maniobras financieras para tomar el control de Bang y otro de los cantantes de la casa, Neil Diamond, exigía la misma libertad creativa de la que gozaba Morrison. El modelo del pop estaba cambiando: los fabricantes de éxitos instantáneos languidecían y emergía la figura del autor.

El 30 de diciembre de 1967, después de una semana agotadora de discusiones encendidas con Morrison, Berns se sintió indispuesto y alquiló un cuarto de hotel para descansar unas horas. En algún momento durante la siesta sufrió un fatal ataque al corazón. Tenía 38 años pero en las últimas fotos parecía un hombre de 60. Al entierro  asistieron todas las luminarias del pop neoyorquino pero Morrison no se dejó ver.

Tras el oficio funebre, la viuda de Berns echó la culpa al cantante de haber ejercido maniobras de acoso que terminaron matando a su marido y denunció a Morrison ante Inmigración por no tener los papeles en regla, exigiendo la deportación. El músico solventó el problema casándose con su novia, la estadounidense Janet Planet Rigsbee, logró anular el contrato con Bang y grabó el mejor disco de su carrera —y uno de los mejores de todos los tiempos— Astral Weeks. Ni rastro de guajira.

La obra de Berns, que en conjunto sigue siendo un milagro, puede encontrarse compendiada, en The Bert Berns Story, un par de volúmenes editados por el sello Ace.

Ánxel Grove

El regreso del gran Bobby Womack a los 68 años


Quizá recuerden la secuencia. A mi entender es la mejor que ha dirigido Quentin Tarantino.

Es la cabecera de créditos de Jackie Brown (1997) y no dice mucho en favor de las dotes como cineasta del deslenguado director que la tensión dramática la sostengan la presencia robusta de la gran actriz Pam Grier, musa de la blaxploitation, y la soberbía canción que suena de fondo, Across 110th Street.

La pieza ya había sido el tema central, 25 años antes, de la película del mismo título (no en España, donde los traductores hicieron de las suyas, volvieron a pensar que los espectadores necesitamos anzuelos semánticos y la llamaron Pánico en la calle 110).

El poder de la canción es de alto calibre. En 2007 volvió  a ser elegido como tema musical principal de American Gangster (Riddley Scott), un thriller sobre el negocio de la heroína en Nueva York en los años setenta.

El hombre que canta Across 110th Street, la canción tantas veces reclamada por su capacidad de sugerencia, cumplirá 68 años en marzo.

Si la semana pasada dediqué la sección Top Secret que publicamos cada lunes al fallecido cantante Howard Tate, muerto en el semi olvido de una residencia de ancianos, hoy le toca a un trovador de la misma escuela -la hondura sagrada del soul-, Bobby Womack.

Bobby Womack

Bobby Womack

Esta vez no se trata de dar cuenta de un póstumo obituario. La buena nueva es que Womack, después de una docena de años sin conseguir los medios o la confianza empresarial para grabar un disco, está a punto de editar The Bravest Man in the Universe, anunciado para abril por la discográfica británica XL Recordings.

El álbum, ya terminado, está coproducido por Damon Albarn (Blur, Gorillaz) y Richard Russell, el fundador de XL y colaborador de, entre otros, Radiohead, The White Stripes, Dizzee Rascal, M.I.A., Vampire Weekend y Adele.

Womack, bregado con sus cuatro hermanos en los coros gospel de los oficios dominicales, fue descubierto hace cincuenta años por Sam Cooke, que ficho al grupo para su empresa editora, SAR Records, donde los chicos grabaron como The Valentinos.

Single de los Valentinos

Single de los Valentinos

En 1964 les favoreció la ceguera que padecía el Reino Unido, donde los Rolling Stones se colocaron por primera vez en el número uno de los hit parade de las canciones más vendidas con It’s All Over Now, compuesta por Womack y editada por los Valentinos unos meses antes. La versión original era sólida, salvaje. La de los Stones, amanerada y sin aristas.

Descorazonado por la dureza del camino contra la industria y sus caprichos, Womack se refugió en el trabajo de guitarrista de estudio. Tenía una de las técnicas más depuradas de la época. Zurdo, como su amigo y admirador Jimi Hendrix, tocaba con las cuerdas al revés (las graves, abajo).”Tocas como una persona caminando de espaldas”, le decía Hendrix.

Acompañó a Aretha Fraklin (de Womack es la inolvidable guitarra de Chain of Fools), Ray Charles, James Brown y Wilson Pickett, cedió una de sus canciones a Janis Joplin y es una de las piezas claves del histórico There’s a Riot Goin’ On (Sly & The Family Stone, 1971), la gran puerta de entrada al funk de los años setenta.

Bobby Womack

Bobby Womack

Los movimientos de Womack desde entonces han sido erráticos. En 1971 firmó un excelente disco, Communication (con la caliente That’s the Way I feel About Cha), pero a partir de ahí pareció naufragar e incluso regresó al seguro refugio de los circuitos de gospel.

Hace dos años colaboró con Gorillaz en la canción Stylo, les acompañó en algunos conciertos en directo y cimentó la relación con Albarn que ha dado lugar al disco de renacimiento.

No he escuchado aún The Bravest Man in the Universe y admito que algunos detalles (el dúo con la desleída Lana Del Rey, por ejemplo) me hacen temer lo peor, pero a Womack le concedo el crédito de haber compuesto y cantado una de las canciones más tensas y dramáticas de la música negra, Across 110th Street, un medio tiempo de tenso suspense sobre la historia de un hijo del gueto, un soul-hablado que comunica tanto como varias películas juntas.

Ánxel Grove

¿Quién es la chica que juega al Monopoly con los Beatles?

Jackie DeShannon y Paul Harrison, 1964

Jackie DeShannon y George Harrison, 1964

Agosto de 1964. Los reyes del mundo son los Beatles. Acaban de aterrizar en los Estados Unidos para una gira de treinta conciertos. Habían conquistado al país durante la primera visita, en febrero, pero entonces se dedicaron, sobre todo, a aparecer en televisión. Ahora, en verano, la pretensión era llenar estadios con el tirón de la beatlemanía.

La gira, planeada al dedillo por el agente e ideólogo del grupo, Brian Espstein, fue un éxito en términos económicos, con un millón de dólares de ingresos limpios en entradas vendidas, pero un desastre en lo musical.

A Epstein, demasiado pendiente de la caja registradora, le importaba poco el sonido del grupo. Alquiló equipos de amplificación de escasa potencia para recintos abiertos con entre 10 y 20.000 asistentes. Anulada por la algarabía de la fanaticada, la música no se escuchaba.

Aunque los Beatles eran tratados como celebridades en todas las localidades y ningún capricho les era negado, las exigencias del grupo eran escasas. Una de las pocas condiciones de Lennon y Paul McCartney fue elegir a la telonera que abriría los shows de la gira. No lo dudaron: querían a Jackie DeShannon.

Jackie DeShannon, 1967

Jackie DeShannon, 1967

La elección tenía sentido: se trataba de una de las mejores cantantes-compositoras de la época y brillaba. Acababa de editar Needles and Pins, una balada de tono soul que se convertiría en éxito mundial en la versión (mucho más blanda y sin aristas) de los Searchers.

DeShannon acompañó a los Beatles durante el tour. En las actuaciones demostró que tenía rodaje y arrestos. Los ciegos fans del cuarteto inglés no dejaban de chillar reclamando al grupo. En esas incómodas condiciones, la cantante y su grupo interpretaban tres temas. Lennon y McCartney no se perdieron desde el backstage ni una de las actuaciones y felicitaron efusivamente a la telonera.

“No entiendo al público. Tus canciones son mejores que las nuestras“, le dijo McCartney.

Quedaron pocas pruebas de la participación de DeShannon en los eventos. Los ojos mediáticos eran para los Beatles y la telonera no le importaba a casi nadie. Su buena relación con el grupo inglés puede apenas ser comprobada en algunas fotos en las que que aparece, moderna y pop,  jugando al Monopoly con George Harrison en un hotel.

"When You Walk in the Room"

"When You Walk in the Room"

Jackie de Shannon regresa a la música en septiembre con un nuevo disco, When You Walk in the Room, el primero en once años.

Es injusto recordarla por la circunstancial condición de ser telonera de los Beatles en las caóticas actuaciones de  1964.

Sus canciones han sido interpretadas por Bruce Springsteen y Al Green; cantó con Elvis Presley, los Byrds, Randy Newman, Burt Bacharach y Jimmy Page, el líder de Led Zeppelin, que años después le dedicó la más hermosa de las canciones del grupo, Tangerine; editó docenas de canciones intensas e inteligentes (entre ellas Bette Davis Eyes, que sería superventas global en la versión, mucho menos inspirada, de Kim Carnes); superó las trabas de ser una chica en un mundo de hombres; inspiró a Aretha Franklin, Joni Mitchell y Carole King; firmó uno de los mejores discos de los años hippies, Laurel Canyon (1968)…

Escúchenla aquí cantando con alma negra entre tontos blanquitos o aquí y aquí, arrebatada como una hija del gueto.

Hoy dedicamos este Top Secret a una intérprete y compositora que hizo bastante más que jugar al Monopoly con los Beatles.

Ánxel Grove

¿Saben lo que hacen cuando dan a Cohen el Príncipe de Asturias?

Leonard Cohen

Leonard Cohen

¿Sabían lo que hacían Luis María Ansón Anson,  J. J. Armas Marcelo, Carmen Caffarel Serra, Fernando Sánchez Dragó, Víctor García de la Concha y algunos otros con menos alcurnia pero similar nómina cuando hace unas semanas concedieron el Premio Príncipe de Asturias de las Letras?

Lo pregunto porque buena parte de los citados parece no saber lo que está haciendo casi nunca (pese a las nóminas, que deberían garantizar cierta dedicación al oficio de residir en el mundo).

El acta del jurado acojona, la verdad.

“Por una obra literaria que ha influido en tres generaciones de todo el mundo, a través de la creación de un imaginario sentimental en el que la poesía y la música se funden en un valor inalterable. El paso del tiempo, las relaciones amorosas, la tradición mística de Oriente y Occidente y la vida contada como una balada interminable configuran una obra identificada con unos momentos de cambio decisivo a finales del siglo XX y principios del XXI”.

“La vida contada como una balada interminable”. Tremendo titular. Acaso Sánchez Dragó y Ansón Anson hayan utilizado sus reconocidas artes periodísticas para componerlo. No veo la mano de Cafferel. Lo suyo es la polka de la sopa boba.

Leonard Cohen, 1975

Leonard Cohen, 1975

Retorno al inicio, que me pierdo. ¿Sabían lo que hacían al conceder a Leonard Cohen el galardón?

Uno recorre la lista de premiados en la categoría de Letras y se encuentra con el más correcto de los elencos: escritores que entendían la heterodoxia como el arte de tirarse pedos por cualquier orificio corporal (Cela), la práxis como la práctica de vilipendiar al vecino (Umbral) o el desarrollo de las tramas como un ejercicio de copismo hipster (Auster).

Ya sé: ahí está Rulfo, el gran Don Juan, pero parece tan solito como si estuviera en el cementerio de Comala. Entre muertos (algunos, muertos en vida).

Cohen es un animal. Habla de vaginas y sexo anal, de hombres que se comportan como hienas y mujeres que piden precisamente eso, de profetas ensangrentados y reyes asesinados…

La “balada interminable” mola como titular poético, pero de informativo no tiene un pelo. Cohen es un macho dominante, un tipo incorrecto, un poeta de vísceras… El tiempo le ha domesticado, es cierto, pero las obras no entienden de relojes y siguen siendo tan lúcidamente groseras como siempre.

¿Sabían lo que hacían los señores del jurado de la Fundación Príncipe de Asturias (cuyo patronato, por cierto, congrega a la crema de la crema de la indignidad señalada con acierto por el 15-M)?

Hay dos formas de verlo.Uno: sí, sabían lo que hacían, y han sido valientes como un inmigrante de patera al lanzarse a la mar brava para llegar a Europa antes de que manden a Schengen al demonio.

Dos: no tenían ni idea y actuaron al dictado. ¿De quién? No lo sé. Nunca llegaré a saberlo. Las cosas palaciegas son tan nebulosas como la mirada de Doña Letizia.

La ocasión pide un Cotilleando a… Leonard Cohen. Se lo merece como antesala a su visita a Oviedo en otoño para recoger los 50.000 euros del real premio, el pin para la solapa, la estatuilla amorfa de Joan Miró y compartir un choca esos cinco del rumboso mecenas de las artes Felipe de Borbón.

1. Leonard por tradición. Se llama Leonard Norman Cohen. Nace a las siete menos cuarto de la mañana del 21 de septiembre de 1934 en Montreal (Canadá). A su familia materna le gustaba que los nombres de los varones empezasen con la letra ele. El bisabuelo, Lazarus. El abuelo, Lyon. Ambas ramas de la familia eran judías. La madre, Masha, había nacido en Lituania. Era enfermera. El padre, Nathan, combatió en la I Guerra Mundial, cultivó la melancolía e hizo una pequeña fortuna con la empresa textil de la familia. “Moriré pronto. No veré el Bar Mitzvah de Leonard“, pronostrica con acierto. Fallece en 1944, a los 52 años. El hijo no ha cumplido diez.

2. Tinkie. El mejor amigo de Cohen durante sus primeros 15 años de vida es su perro, el terrier escocés Tinkie. Una noche, cuando el perro tenía 13 años, rasca la puerta, pidiendo salir al parque Murray Hill, enfrente de casa. Nunca regresa. Cohen está convencido de que se fue de casa para morir en una soledad sin lágrimas humanas.

Expediente universitario de García Lorca

Expediente universitario de García Lorca

3.Vela y oración. La familia es cien por cien kosher. El abuelo materno, que vive pared con pared con Leonard, es un rabino especialista en estudios gramaticales talmúdicos. Al niño le gustan la escuela de hebreo y la sinagoga. “Las velas, las oraciones, el ritual…”, recordará años después, con muchos puntos suspensivos -como siempre que habla del judaísmo-. En la casa hay dinero suficiente para pagar los salarios de un chófer-jardinero (negro) y una nanny (irlandesa). Es obligatorio cenar de traje y corbata.

4. Gacela. Cúbreme por la aurora con un velo, / porque me arrojará puñados de hormigas / y moja con agua dura mis zapatos / para que resbale la pinza de su alacrán. Cuando el adolescente Cohen (14) lee Gacela de la muerte oscura siente que un arado le abre un surco en el pecho. Federico García Lorca se le mete en la herida y la emponzoña. El niño, iluminado, decide ser poeta. “Nunca dejé el mundo de Lorca”, declaró hace pocos años.

5. Guitarrista suicida. Un año más tarde quiere aprender a tocar flamenco. Un emigrante español que vive  en Montreal le da cuatro o cinco clases. Cuando Cohen aparece para recibir la sexta le informan que el guitarrista se ha suicidado.

"Let Us Compare Mythologies", primera edición

"Let Us Compare Mythologies", primera edición

6. Voz de arena. El primer libro (44 poemas, 58 páginas) es publicado en 1956 en una pequeña editorial de Montreal. Let Us Compare Mythologies alcanza categoría de éxito local: 500 ejemplares vendidos en un año.  La voz de arena empieza a tomar forma: Cuando los jóvenes cristianos me contaron / Como clavamos a Jesús / Como una adorable mariposa contra la madera. Cohen dedica el libro a su padre. Está publicado en España por Visor, la editorial que creyó en el valor literario del canadiense mucho antes de las verbenas.

7. On the road. Viaja astralmente (peyote, LSD, hongos) y sobre el terreno: visita Nueva York y se queda a vivir unos meses. No necesitaba trabajar: su padre le había dejado en un estipendio anual vitalicio de 750 dólares. Gana una beca del gobierno canadiense para jóvenes literatos (3.000) y se va a Londres “a escribir”. Hace demasiado frío y decide moverse hacia el Este. Se establece en la isla griega Hydra, poblada por bohemios nómadas. Conoce al primer gran amor de su vida, la noruega Marianne Ihlen, casada con el escritor Axel Jensen. Los tres viven juntos en una relación abierta. Cohen compra una casa por cuatro perras, se dedica a fatigar la Olivetti portátil con poemas y algo que podría ser una novela y toca la guitarra y canta todas las noches para los amigos. El farmacéutico le vende sin problemas Maxitom y Mandrax, una anfetamina y un sedante-hipnótico. Combina la subida con la bajada, como si quisiera anular ambas. Marianne es más epicúrea. “Tomábamos el sol, nos tumbábamos al sol, nos bañábamos, escuchábamos música, bebíamos, hablábamos… Paseábamos a caballo y hacíamos el amor (…) Durante cinco años me permití un único lujo: no usar zapatos ni un sólo día”, dijo años más tarde en una entrevista. Cohen y Marianne lo dejaron sin despecho en 1966. El le dedicó una hermosa canción de despedida.

Foto de pasaporte de Marianne

Foto de pasaporte de Marianne

8. Entre castristas. En 1961 tiene que regresar de Hydra a Canadá para renegociar la beca que le permitía vivir. Las editoriales rechazan el manuscrito de su primera novela. Se desespera y se monta en un avión hacia La Habana. Va vestido de verde oliva y se deja barba. Quiere apoyar a la naciente revolución castrista. En el ambiente de paranoia de la isla (EE UU acaba de decretar el embargo), la policía política le detiene y le deportan a Montreal después de varios días en un calabozo. “Creí que aquello iba ser como mi Guerra Civil Española. Fue una estúpidez romántica”, explicó años después.

9. El escritor (y el speed). Entre 1961 y 1966, consumiendo con arrebato anfetaminas, edita sus mejores libros: los poemarios The Spice Box of Earth (La caja de las especias de la tierra) y Flowers for Hitler (Flores para Hitler) y las novelas The Favourite Game (El juego favorito) y Beautiful Losers (Los hermosos vencidos, descatalogado en España). Quien no los haya leído se pierde una de las obras básicas de la literatura del siglo XX. Existe un curioso y poco conocido documental que muestra a Cohen en su quinquenio dorado. No volvió a escribir nada decente. Tampoco volvió a tomar speed con tanta fruición. Se pasó al vodka.

Suzanne Verdal

Suzanne Verdal

10. Habitante de un póster nazi. En 1967 se establece en Nueva York (aunque su destino inicial y desatinado era Nashville, la capital del country and western estadounidense). Se prenda de la Diosa de la Tragedia, Nico, la corrupta modelo alemana que intenta hacer carrera como cantante con la Velvet Underground. Viven un tórrido y complicado romance. “Parece la habitante de un póster nazi”, dice él. Ella le desprecia (“¿33 años? Eres demasiado viejo”) y prefiere al epatante Iggy Pop o al imberbe Jackson Browne. Cohen compone letanías de pérdida y erecciones no reparadas en el Hotel Chelsea, hogar de los villanos.

11. A ciegas. Se embarca en un amor platónico e imposible con Suzzane Verdal, una canadiense casada. Le escribe una canción: Y quieres viajar con ella, / Y quieres viajar a ciegas. Es el primer éxito de Cohen como músico, pero a través de la versión de almíbar de la pieza que hace Judy Collins.

12. Tres discos. Bajo el padrinazgo del productor y cazatalentos John H. Hammond (descubridor de Billie Holyday, Aretha Franklin, Bob Dylan, Bruce Springsteen y muchos más) graba sus mejores discos, los tres primeros, Songs of Leonard Cohen (1967), Songs from a Room (1969) y Songs of Love and Hate (1971). Nunca los superará y aún vive a costa de ellos. Alguna vez escribí en 20 minutos que, “fluyentes de semen y flujo vaginal”, están llenos de canciones elementales que “pueden llevarte a la muerte, aconsejarte cómo ser un buen padre, convencerte de que todo hijo es un traidor…”. Todos le admiran. “Si no fuese yo, quisiera ser Leonard Cohen”, dice Dios Dylan.

13. Sionista. Llama bastante la atención la premura de alguno de los organismos cercanos a la Embajada de Israel en España en ponerse la medalla del Premio Príncipe de Asturias como si fuese suya. No es extraño. Cohen es de los pocos artistas pop que siguen tocando en Israel pese al boicot artístico internacional y el alto stablisment sionista no olvida el apoyo del cantante a los soldados (“mis hermanos luchando en el desierto”, les llamó antes de componer en su honor la canción Lover Lover Lover: Que el espíritu de esta canción / Sea un escudo contra el enemigo) ante los que actuó durante la Guerra de Yom Kipur de 1973, escenario de un encuentro que el músico no quiere comentar: las copas de coñac que compartió con Ariel Sharon, entonces general y luego promotor de matanzas.

"Death Of A Ladie's Man"

"Death Of A Ladies' Man"

14. Productor con pistola. Para el disco Death of a Ladies’ Man (1978) Cohen contrata al productor Phil Spector, que habita en las montañas de la locura y se empeña, pistola en mano, a imponer sus arreglos catedralicios. Cohen se desentiende de la promoción del álbum, pero algunas de las canciones (Iodine, por ejemplo) son hermosísimas. La aberración es Don’t Go Home With Your Hard-On (No vayas a casa con una erección), una especie de calipso de fraternidad universitaria donde hacen coros Bob Dylan y Allen Ginsberg. La mujer morena de la portada, a la derecha, es Suzzane Elrod, madre de los dos hijos de Cohen: Adam (1972) y Lorca (1974). Ya se imaginan por qué se llama así la segunda.

15. Señor de la droga. En 1986, Cohen actúa en un capítulo de Miami Vice. Interpreta a un capo de las drogas. Cuándo le preguntaron por qué dijo que la serie le encantaba a sus hijos.

16. Leonardo Silencio. En 1994 se retira del mundo durante cinco años para aprender zen. Alcanza el grado de monje y tomó el nombre de Jikan (Silencio).

17. Mujeriego. Ha estado liado con la fotógrafa francesa Dominique Issermann, la retratista de confianza de Carla Bruni; la actriz Rebecca De Mornay (la mala de La mano que mece la cuna), y la cantante Anjani Thomas.

En penumbra

En penumbra

18. Entre polacos. En Polonia le consideran una especie de Mesías. Es quizá el país, junto con Israel, donde más le veneran. En 1981, cuando tocó por primera vez en el país, se presentó ante la multitud diciendo: “No me merezco tanto. Sólo soy un cantante un poco mejor que Hitler“.

19. La gran biblioteca. Quien desee indagar en cualquier matiz de la carrera y la vida de Cohen debe consultar la web The Leonard Cohen Files, una completísima (y complaciente) base de datos en la que colabora con frecuencia, enviando material inédito o contestando personalmente en el foro, el propio cantante.

20. Abuelo entre mecheros. En 2005 Cohen se declaró en bancarrota y acusó a su agente, Kelley Lynch, de robarle cinco millones de dólares. Hay todavía algunos pleitos en marcha. La situación obligó al abuelo a lanzarse a la carretera y dar conciertos con una frecuencia un tanto sospechosa. Aparece rodeado de una orquestina, convierte su cancionero en ceremonial de mecheros alzados y decepciona a muchos de quienes le preferíamos tímido, neurótico y en la elegante soledad de los años setenta. Le va bien. Sólo en la gira de 2009 facturó 9,5 millones de dólares. En otoño le dan otros 50.000.

Ánxel Grove