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Fabrican guitarras eléctricas con madera de las ruinas de Detroit

Tres de las guitarras eléctricas - Courtesy Wallace Guitars

Tres de las guitarras eléctricas – Courtesy Wallace Guitars

El glorioso Captain Beefheart —en mi opinión el mejor músico de rock del siglo XX— redactó en algún momento de su reptar por el mundo los diez mandamientos necesarios para tener buenos tratos con una guitarra.

Porque escribo esta entrada en domingo, día correcto para la súplica y la reverencia hacia el mundo y todos sus seres vivos, reptiles incluídos, no puedo evitar copiar y pegar el decálogo:

  1. Escucha a los pájaros, de ellos procede toda la música.
  2. Tu guitarra no es una guitarra, es una vara mágica que busca espíritus en el otro mundo. También es una caña de pescar.
  3. Ensaya ante un arbusto. Esperea que la luna se esconda. Come pan integral y toca la guitarra para el arbusto. Si el arbusto no baila, come más pan.
  4. Camina con el Diablo. Los viejos músicos de blues do Delta llamaban a los amplificadores cajas del Diablo. Estaban en lo cierto. La electricidad atrae a demonios y diablos. Otros instrumentos atraen a diferentes espíritus. Las guitarras acústicas, a Cásper; las mandolinas, a Wendy… Pero las guitarras eléctricas, a Belcebú.
  5. Si piensas, estás perdido. Cuando el cerebro participa no hay nada que hacer.
  6. Nunca apuntes con la guitarra a nadie. El instrumento es más bofetada que trono. Toca un acorde y corre a escucharlo al aire libre, pero asegúrate de que no estás a campo abierto.
  7. Lleva siempre contigo la llave de una iglesia. Como hacía Una Cuerda Sam. Era único: un músico ambulante de Detroit de los años cincuenta que tocaba con una guitarra hecha a mano. Su canción I need a hundred dollars es como un bizcocho caliente… Otro que lleva lleva llave de iglesia es Hubert Sumlin, el guitarrista de Howlin’ Wolf.
  8. No seques el sudor de la guitarra. Necesita el hedor. Tienes que añadir ese hedor a la música.
  9. Guarda la guitarra en un lugar oscuro. Cuando no estés tocando, tápala. Si dejas de tocar durante más de un día, asegúrate de dejar al lado de la guitarra un plato con agua.
  10. Necesitas una capilla para tu máquina. No te quites el sombrero. Los sombreros mantienen la presión. Si tienes una casa con tejado el aire caliente no se escapa.
Casas abandonadas de Detroit - Foto:  GooBing Detroit

Casas abandonadas de Detroit – Foto: GooBing Detroit

La recién creada empresa Wallace Detroit Guitars ha concluido que la madera de las decenas de miles de casas arruinadas y abandonadas de Detroit contiene un porcentaje de humanidad suficiente como para merecer un destino mejor que la podredumbre. La firma ha salvado de los escombros tablones para fabricar guitarras eléctricas.

Es verdad, el negocio parece redondo y oportunista: la madera es gratuita, solamente es necesario rebuscar entre las viviendas caídas o derribadas, unas 90.000, en la ciudad que se declaró en bancarrota y suspensión de pagos en 2013 con una deuda insostenible de 18.000 millones de dólares (unos 13.7000 millones de euros).

Los promotores de las guitarras eligen materia prima de primera calidad, madera con más de un siglo de antiguedad y procedente de los otrora bosques vírgenes de Virginia. Para partes especialmente importantes, como el mástil, utilizan solamente arce y palisandro. Todo el proceso de fabricación es manual.

Aunque las guitarras no son precisamente baratas —los primeros modelos cuestan 1.995 dólares—, los fabricantes opinan que una ciudad como Detroit —hogar natal de la música de seda de Motown, la brutalidad de Alice Cooper, Iggy Pop & The Stooges, MC 5 y los White Stripes, y el lugar donde fue concebido y ensamblado el Mustang T, una máquina tan bella como la Venus de Samotracia— debe haber transferido algo de su geodesia única a las maderas de las viviendas.

Montura de gafas con madera de Detroit - Foto: Home Eyeware

Montura de gafas con madera de Detroit – Foto: Home Eyeware

La gente de Wallace Detroit Guitars no es la única que ha aprovechado la ganga del material abandonado y el poder magnético de la motor city como reclamo comercial.

Worshop Detroit vende una línea de muebles hip fabricados con madera de las ruinas y la empresa Homes Eyewear comercializa monturas de gafas con el mismo material.

La sensación es ambivalente. No está mal que de las ruinas emerjan nuevas criaturas, pero no es posible dejar de pensar que quizá estén pobladas por los fantasmas de quienes han sido barridos por la quiebra, la injusticia y la especulación y que guitarras o mesitas de café no son capillas dignas para madera tan sagrada.

Ánxel Grove

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Algunos tesoros semiescondidos de The Black Keys

Discografía de los Black Keys (2002-2014)

Discografía de los Black Keys (2002-2014)

Pese a que no alcanzaron los dudosos galones de la aceptación masiva hasta 2010 cuando su sexto álbum, el siempre socorrido para animar todo tipo verbenas y colmar palacios de deportes Brothers —donde las trifulcas personales de los dos llaves negras, las domésticas con sus parejas, los consiguientes divorcios, el alcoholismo, la rugosa producción del mago Danger Mouse, la grabación en un galpón con poder de sagrario (los estudios Muscle Schoals de Alabama, puestos a funcionar para la ocasión tras 30 años de parón) y, sobre todo, la docena y pico de soberbias canciones nacidas del blues 100% fuzz y la psicodelia de garaje cocinaron un brebaje tóxico—, The Black Keys no son unos niñatos recién llegados a la fiesta sin invitación.

En 2002

En 2002

Dan Auerbach, el guitarrista-cantante-compositor-aquí-mando-yo, tiene 34 años, y su colega Peter Carney, batería-compositor-lo-que-tú-digas-Dan, uno menos. La historia es de fábula: amigos desde la infancia, nacidos en Akron (Ohio) —ese lugar donde algo deben añadir al agua del sistema municipal de abastecimiento que fomenta el rock y la demencia (200.00 habitantes y, entre ellos, Devo, Chrissie Hynde, David Allan Coe y The Black Keys)—.

Hijos de familias acomodadas (los padres del primero son una profesora de francés y un marchante antigüedades y los del segundo, periodistas), montaron el dúo en 2001. Es fácil imaginar el panorama natal: el garaje paterno, los watios ensordeciendo al vecindario suburbano, la luz de la cerveza como faro y el humo de la marihuana trenzando volutas espaciales. Los “pringados del instituto”, como ellos mismos se definen recordando aquel tiempo, eran los reyes del mundo allí dentro.

No voy a proseguir con los detalles de la historia. The Black Keys me gustaron desde el primer disco y siempre los antepuse, en la infértil encuesta sobre cuál es el mejor dúo del rock and roll contemporáneo, a The White Stripes, que me parecían en exceso pendientes de la pose arty de portada de dominical y de enamorar a los modernos con el corte del vestuario. Donde los primeros ofrecían sudor, los segundos ponían diseño y el rock siempre ha preferido a la gente que se deja la piel antes que a la gente preocupada por las pieles.

Ahora que sale a la venta Turn Blue, el octavo álbum de Auerbach y Carney, con Danger Mouse otra vez a los mandos —sólo he escuchado el single Fever— me parece un buen momento para recordar algunas obras semiescondidas de la pareja.

"Chulahoma: The Songs of Junior Kimbrough", 2006

“Chulahoma: The Songs of Junior Kimbrough”, 2006

Chulahoma: The Songs of Junior Kimbrough
The Black Keys, 2006
Siete versiones en extremo respetuosas, casi siguiendo el canon del blues más profundo, en un extended play editado en 2006 como homenaje a uno de los grandes héroes del dúo, Junior Kimbrough (1930-1998), un bluesman canalla y de vida torrencial: cuando murió, a los 67 años, tenía 36 hijos de varias mujeres y regentaba el tugurio Junior’s Place, en Chulahoma, una localidad rural del norte de Misisipi con una importancia musical no acorde con su tamaño —el local lo regentaron algunos de los muchos herederos del propietario pero ardió hasta los cimientos en un incendio en 2000—.

Los Black Keys ya habían versionado canciones de Kimbrough, cuyo estilo sincopado y profundo (no muy diferente al de John Lee Hooker) es una notable influencia en el sonido del dúo, en discos anteriores —Do the Rump en el primer álbum y Everywhere I Go en el segundoy en 2005 participaron en el homenaje Sunday Nights: The Songs of Junior Kimbrough con My Mind is Ramblin.

Grabado en directo en el local de ensayo de la banda, un sótano de Akron, fue el último disco que publicaron con su primera discográfica, la independiente Fat Possum Records, muy poco antes de firmar con la major Nonesuch que les llevó a la fama universal.

"Keep It Hid", 2009

“Keep It Hid”, 2009

Keep It Hid
Dan Auerbach, 2009

El primer y único disco en solitario del inquieto Auerbach es una consecuencia de una muy mala racha. El guitarrista no se hablaba con Carney porque no soportaba a la esposa de éste (“la odié desde el primer momento, no quería tener nada que ver con ella”) y la estabilidad del grupo estaba en peligro.

Auerbach decidió poner distancia para tratar de enfriar las diferencias, montó un estudio propio en Akron y lo estrenó grabando esta magnífica colección de canciones, que son, al tiempo, similares en estructura a las de The Black Keys pero diferentes. La falta de la pegada terrorífica del batería es aprovechada con inteligencia por el guitarrista-cantante para dar espacio a los temas, moverlos con menos ímpetu y abrir el abanico de estilos hacia el pop y la psicodelia.

Cuando Carney se enteró de la grabación, de la que no fue avisado, pilló un mosqueo de mil demonios y, como consecuencia, decidió montar también un proyecto paralelo.

"Feel Good Together", 2009

“Feel Good Together”, 2009

Feel Good Together
Drummer, 2009

Con mucha ironía y cierta mala baba, Carney respondió a su colega montando el grupo Drummer (en inglés, bateria) juntando a cinco intérpretes del instrumento de otras tantas bandas de Akron. Él decidió tocar el bajo.

El disco que editaron pocos meses después del de Auerbach —con una vitríolica referencia en el título, Sentirse bien juntos no oculta que los implicados dominan las formas de crear y mantener ritmos: las canciones son pegadizas por lo métrico de su estructura.

Esas mismas virtudes lastran el álbum con cierta torpeza mecánica, solamente rota en un par de temas: Mature Fantasy, una balada muy sobria y tensa, y Every Nineteen Minutes, que tiene cadencia épica.

Después de algunas actuaciones, la banda se separó tal como había nacido, en un guiño, y Carney y Auerbach, una vez divorciado el primero —que durante el proceso se entregó a la diletancia alcohólica y engordó más de quince kilos en pocos meses— hicieron las paces.

"Blakroc", 2009

“Blakroc”, 2009

Blakroc
(The Black Keys
y 11 invitados), 2009

Si tuviera que colocarme en la tesitura de elegir un sólo disco de The Black Keys, sería éste. Más allá de que las canciones me parezcan sublimes, Blakroc demuestra que el dúo es permeable y no comulga con el integrismo de quienes denigran al hip-hop sin conocimiento de causa y, al tiempo, es una prueba de que el rap conlleva el mismo espíritu de éxtasis físico y ardor que el rock.

Con once músicos y cantantes de hip-hop —entre ellos Raekwon, RZA y el fallecido Ol’ Dirty Bastard (los tres de Wu-Tang Clan), Jim Jones y NOE (de ByrdGang), Mos Def, Nicole Wray, Pharoahe Monch, Ludacris y Q-Tip (de A Tribe Called Quest)—, esta obra abierta quita el aliento por su descarada frescura, nacida y gestada en el estudio durante sesiones abiertas, nocturnas y alimentadas con todo tipo de sustancias donde se mezclaron la efervescencia del rhythm & blues con el nuevo soul callejero.

El ambiente colaborativo y chispeante fue grabado en un documental que puede verse aquí. Dejo abajo los vídeos de algunas de las canciones de esta explosión atómica en la que advierto la reunión probable de Elvis Presley y Otis Redding.

Ánxel Grove

El regreso del gran Bobby Womack a los 68 años


Quizá recuerden la secuencia. A mi entender es la mejor que ha dirigido Quentin Tarantino.

Es la cabecera de créditos de Jackie Brown (1997) y no dice mucho en favor de las dotes como cineasta del deslenguado director que la tensión dramática la sostengan la presencia robusta de la gran actriz Pam Grier, musa de la blaxploitation, y la soberbía canción que suena de fondo, Across 110th Street.

La pieza ya había sido el tema central, 25 años antes, de la película del mismo título (no en España, donde los traductores hicieron de las suyas, volvieron a pensar que los espectadores necesitamos anzuelos semánticos y la llamaron Pánico en la calle 110).

El poder de la canción es de alto calibre. En 2007 volvió  a ser elegido como tema musical principal de American Gangster (Riddley Scott), un thriller sobre el negocio de la heroína en Nueva York en los años setenta.

El hombre que canta Across 110th Street, la canción tantas veces reclamada por su capacidad de sugerencia, cumplirá 68 años en marzo.

Si la semana pasada dediqué la sección Top Secret que publicamos cada lunes al fallecido cantante Howard Tate, muerto en el semi olvido de una residencia de ancianos, hoy le toca a un trovador de la misma escuela -la hondura sagrada del soul-, Bobby Womack.

Bobby Womack

Bobby Womack

Esta vez no se trata de dar cuenta de un póstumo obituario. La buena nueva es que Womack, después de una docena de años sin conseguir los medios o la confianza empresarial para grabar un disco, está a punto de editar The Bravest Man in the Universe, anunciado para abril por la discográfica británica XL Recordings.

El álbum, ya terminado, está coproducido por Damon Albarn (Blur, Gorillaz) y Richard Russell, el fundador de XL y colaborador de, entre otros, Radiohead, The White Stripes, Dizzee Rascal, M.I.A., Vampire Weekend y Adele.

Womack, bregado con sus cuatro hermanos en los coros gospel de los oficios dominicales, fue descubierto hace cincuenta años por Sam Cooke, que ficho al grupo para su empresa editora, SAR Records, donde los chicos grabaron como The Valentinos.

Single de los Valentinos

Single de los Valentinos

En 1964 les favoreció la ceguera que padecía el Reino Unido, donde los Rolling Stones se colocaron por primera vez en el número uno de los hit parade de las canciones más vendidas con It’s All Over Now, compuesta por Womack y editada por los Valentinos unos meses antes. La versión original era sólida, salvaje. La de los Stones, amanerada y sin aristas.

Descorazonado por la dureza del camino contra la industria y sus caprichos, Womack se refugió en el trabajo de guitarrista de estudio. Tenía una de las técnicas más depuradas de la época. Zurdo, como su amigo y admirador Jimi Hendrix, tocaba con las cuerdas al revés (las graves, abajo).”Tocas como una persona caminando de espaldas”, le decía Hendrix.

Acompañó a Aretha Fraklin (de Womack es la inolvidable guitarra de Chain of Fools), Ray Charles, James Brown y Wilson Pickett, cedió una de sus canciones a Janis Joplin y es una de las piezas claves del histórico There’s a Riot Goin’ On (Sly & The Family Stone, 1971), la gran puerta de entrada al funk de los años setenta.

Bobby Womack

Bobby Womack

Los movimientos de Womack desde entonces han sido erráticos. En 1971 firmó un excelente disco, Communication (con la caliente That’s the Way I feel About Cha), pero a partir de ahí pareció naufragar e incluso regresó al seguro refugio de los circuitos de gospel.

Hace dos años colaboró con Gorillaz en la canción Stylo, les acompañó en algunos conciertos en directo y cimentó la relación con Albarn que ha dado lugar al disco de renacimiento.

No he escuchado aún The Bravest Man in the Universe y admito que algunos detalles (el dúo con la desleída Lana Del Rey, por ejemplo) me hacen temer lo peor, pero a Womack le concedo el crédito de haber compuesto y cantado una de las canciones más tensas y dramáticas de la música negra, Across 110th Street, un medio tiempo de tenso suspense sobre la historia de un hijo del gueto, un soul-hablado que comunica tanto como varias películas juntas.

Ánxel Grove