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Vivir es cabalgar un dragón y disfrutar del viaje

Archivo de octubre, 2017

Doce juegos de terror para jugar con la luz apagada en Halloween

La pasada semana una amiga me pedía sugerencias de juegos de terror para llevar a cabo con niños en Halloween. He estado pensando un poquito y os comparto las actividades que se me han ocurrido, que he hecho en alguna fiesta en casa o que podría hacer perfectamente.

Y os animo a dejar vuestras sugerencias y experiencias en los comentarios. Todo sea por pasar una noche dulcemente aterradora con familia y amigos.

Allá vamos:

1. Juegos tradicionales tenebrosos

Música de miedo, a gusto del consumidor, y a jugar al escondite inglés o al juego de las sillas musicales en la oscuridad absoluta, tapando los ojos a los participantes si es preciso. Es importante liberar de posibles obstáculos la zona y es recomendable la supervisión de los adultos para evitar accidentes. Si de verdad los niños no ven nada de nada, las risas están aseguradas.

También es divertido ponerle la cola al monstruo. Y quien dice cola, dice joroba, alas de murciélago o vacuna curazombies.

(GTRES)

2. La búsqueda del tesoro entre tinieblas

Las búsquedas de tesoros son siempre un triunfo con los niños. Da igual que sean miniaturas de pokemons si es en una fiesta de cumpleaños con esa temática o snitchs doradas (pelotas de pimpón envueltas en papel brillante) si lo que tenemos en casa son pequeños fans de Harry Potter. Lo tengo más que comprobado.

Aquí lo ideal es esconder lo que mejor nos cuadre: pequeñas arañas, muñequitos de zombis o golosinas (mejor sin azúcar, que no quiero que mi compañera Boticaria García venga a regañarme).


Que lo que se esconda sea pequeño y que haya bastante para que todos encuentren algo a base de palpar en la oscuridad es lo importante.

Tenemos la opción cooperativa para evitar conflictos: todos los niños buscan y ponen en común lo que encuentren y luego se reparte por igual entre todos.

3. Leer a oscuras cuentos de miedo

Bajo una gran manta o sábana, de forma opcional, con la linterna a ratos bajo la barbilla y a ratos apuntando al cuento para que todos lo vean. Las historias de fantasmas, brujas y monstruos a oscuras siempre son agradablemente terroríficas.

Es importante elegir bien los cuentos o relatos. Con los niños más pequeños hay cuentos estupendos como Fuera de aquí horrible monstruo verde o ¿Estás ahí, monstruo? que suelo recomendar. En el primero vemos aparecer rasgo a rasgo a un monstruo que el niño hará desaparecer a grito pelado pasando páginas hasta llegar al final: “¡Y no vuelvas más hasta que lo diga yo!”. Es decir, lo que hace es animar a los pequeños a empoderarse, a aprender a decir no, a enfrentarse y a alejar aquello que no les gusta. El segundo permite perder el miedo a lo desconocido, a lo que apenas se ve; tiene en cada página unas solapas que no se abren, metes la mano (si te atreves) para tocar las babas del monstruo, sus garras, su pelaje… que en realidad acaban siendo pintura de papá, un búho, conejitos… Ambos tienen el mismo objetivo: que los niños pierdan el miedo a los monstruos, a la oscuridad en casa.

Para lo más mayores se puede ir subiendo la oscuridad de los relatos según su nivel de tolerancia a la sugestión. Desde los cuentos anteriores hasta presentarles a Chtulu y a Lovecraft, hay todo un mundo. Clásicos como Becker o Poe, tal vez resumidos, nunca fallan. También vale contarles haciendo teatro las películas o libros de terror que más miedo nos hayan dado. Ningún chaval se va a quejar porque les hagamos un spoiler de viejos éxitos como La semilla del diablo, Cujo o La profecía, si son historias en las que salen niños como ellos, más miedo les dará. Mucho ojo y mejor pecar de prudentes rebajando las historias, que no queremos andar con ojeras de las de verdad pasado Halloween por tener a los niños presas de pesadillas nocturnas.

4. Inventar historias

Además de narrar historias ajenas, podemos inventar las nuestras. Con la colaboración de algún voluntario para asustar en el momento que digamos. Al igual que en el caso anterior, adaptando la oscuridad a la capacidad que el grupo de niños tenga de asimilarla.

Y también es buena idea animarles a inventar las suyas. Con concurso incluso para la mas aterradora. Para evitar que se queden en blanco, el juego de Story Cubes puede ser una gran ayuda. Hay una caja con cubos especialmente pensados para historias de miedo, pero cualquiera puede valer. Se lanzan los cubos, se descartan dos y con los elementos que aparecen en el resto hay que improvisar una narración pavorosa.

5. Disfraces a ciegas

No a todos los niños les gusta disfrazarse, pero sí a la mayoría. En fiestas como Halloween esa mayoría es aún mayor. Un juego divertido puede ser apagar las luces, colocar ‘el cofre de los disfraces tenebrosos’ con distintos accesorios, que igual pueden ser comprados que fabricados, y darles un tiempo limitado para que se disfracen a oscuras.

Está también la opción de que se quiten los disfraces que traen, o parte de ellos, los pongan en un montón en común, y jueguen a volver a disfrazarse disparatadamente a oscuras.

6. Los zombies cegatos

Otra modalidad. Pintarse de monstruosamente también a oscuras. No hay mejores zombies, ojeras más terribles y pústulas y cicatrices mejor colocadas, que aquellas que se han pintado sin ver. Pinturas fiables, aptas para uso infantil, eso por supuesto. Se puede hacer por parejas y añadir un photocall para dejar constancia del resultado después.

7. Concurso de risas fantasmagóricas

A oscuras, tal vez tenuemente iluminados por alguna calabaza de sonrisa torcida, el objetivo de la prueba es soltar la risa más fantasmagórica posible. Los adultos pueden ejercer de  jurado. Una variante del juego consiste en que, en lugar depurado, tengan que adivinar qué niño ha emitido cada risa.

Por favor, no dejéis de grabarlas. Es muy divertido oírlas después.

via GIPHY

Podría ser también un concurso de gritos escalofriantes, pero en ese caso lo mismo es mejor avisar previamente a los vecinos.

8. El superviviente de las adivinanzas

Hay que preparar un juego de preguntas o de adivinanzas, de temática relacionada con Halloween preferiblemente. Vamos preguntando y los niños que vayan perdiendo tienen que abandonar la habitación a oscuras, tal vez esperando en otra habitación también a oscuras, hasta que solo quede uno. Se puede jugar por equipos.

via GIPHY

9. Escuela de hechizos

Es fácil encontrar unas varas de plástico llenas de sustancias de diferentes colores que, al quebrarlas, producen una reacción química que se traduce en luminiscencia. También tengo comprobado que no hay niño que se resista a ellas.

De hecho, esas varitas bien pueden ser el objeto que se busque en la caza del tesoro o que se obtenga como recompensa al superar alguna prueba.

El hechizo que deben memorizas y practicar en la oscuridad puede ser para despertar al monstruo: vampiro, zombie, bruja… lo que sea que decida el adulto que se preste a incorporarse de la manera más terrorífica posible.

10. Cata a ciegas

Internet está repleto de sugerencias para crear meriendas infantiles para Halloween: dedos de zombis hechos con salchichas, arañas de tomate cherry, sesos de batata o calabaza asada… ¿Y si los niños se enfrentan a todos esos platos a oscuras? ¿Serán los suficientemente valientes para probar sin ver? ¿Y los suficientemente sagaces para adivinar lo que están devorando?

Boticaria García, esta foto de frutas monstruosas va por ti. (GTRES)

11. Nuestro propio pasaje del terror

A los niños les encantará organizarse para asustar a los adultos que se atrevan a recorrer el pasaje que ellos han preparado. Obviamente, también puede ser al revés: los adultos preparamos un pequeño pasaje del terror que los niños tendrán que recorrer entre tinieblas.

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12. Apagar las luces, encender las linternas y buscar al monstruo

Pequeños detectives de monstruos es un juego de rol ideal para iniciar a los niños y estupendo para desarrollar una partida en vivo rápida y sencilla por la casa. Los niños son investigadores que reúnen pistas para atrapar al monstruo (del tipo simpático que roba objetos brillantes o similar), los adultos pueden interpretar distintos papeles: el monstruo o seres que ayudan o despistan a los investigadores. A oscuras y con linternas es una actividad que les encanta.

Con un poco de imaginación ni siquiera es preciso el juego de rol para hacer un teatrito detectivesco rápido, en el que atrapar monstruos, peligrosos asesinos de calcetines o lo que se tercie.

Y a pasarlo terroríficamente fenomenal.

via GIPHY

Al nuevo calendario solidario los jóvenes de Down Madrid le acompaña la Fuerza de Star Wars

Este domingo 29 de octubre hay fiesta en Madrid para todos aquellos que quieran apoyar a las personas con síndrome de Down.

A las 13.00 horas en el Teatro Barceló (Calle Barceló 11, Madrid) la asociación Down Madrid presenta la edición 2018 de su calendario solidario. Una presentación en la que estará la ya archiconocida Legión 501 Spanish Garrison, que apoya sin dudarlo todo tipo de causas solidarias.

Habrá un desfile de tropas imperiales formado por diferentes personajes de la saga Star Wars, como Darth Vader, Tusken, Shadow Scout y los StormTroopers. Además, los asistentes a la presentación presenciarán el encuentro entre los personajes de la Rebel Legion Spanish Base y el ejército del lado oscuro en un mismo espacio.

Os dejo un par de fotos, para que veáis lo bien que les ha quedado:

Para los que queráis y podáis ir a la presentación, en esta página web tenéis toda la información.

El donativo de la entrada incluye un calendario solidario y una consumición y en las distintas actividades para toda la familia que se han organizado. Pero en la web de Down Madrid también hay información de cómo lograr el calendario aunque no podáis asistir mañana.

El calendario, que nace con el propósito de fomentar la sensibilización social en torno a las personas con síndrome de Down u otra discapacidad intelectual, se podrá conseguir con un donativo de 5 euros en las sedes de Madrid de la Fundación Síndrome de Down.

La Fundación Síndrome de Down de Madrid (Down Madrid) es una entidad sin ánimo de lucro cuya misión es trabajar para la plena inclusión de personas con síndrome de Down u otras discapacidades intelectuales y su plena inclusión social. El trabajo que Down Madrid realiza desde hace más de 25 años no hubiera sido posible sin la colaboración de las personas y entidades que apoyan su labor.

Enseñar a los niños a crear poesía, a jugar con las palabras, de la mano de los haikus

Este martes me presenté en casa con un papel en la mano, un concurso de haiku que está en su 15 edición y que me hizo llegar la embajada de Japón en España, decidida a proponer a Julia a participar en él. Aquí hay más información sobre el concurso y el formulario en español para participar.

Ya sabéis si seguís el blog que me gusta la poesía, que me parece un precioso juguete en manos de los niños cuyo disfrute creo inteligente fomentar.

Claro, la primera pregunta de Julia fue cuando le propuse participar en el concurso fue: ¿Qué es un haiku?. Le expliqué que era un tipo de poesía muy breve, de apenas tres líneas, en la que la rima no es relevante. La animé a investigar en el ordenador lo que era, y pronto dimos con mucha más información, como que grandes poetas españoles como Machado o Lorca también jugaron con los haikus, con su íntima relación con la naturaleza o con su estructura de cinco sílabas (moras), siete en el verso intermedio y cinco de nuevo.

No obstante, mi consejo es no ser rígidos, sobre todo con los niños más pequeños, a la hora de crear haikus. Si hay más golpes silábicos, tampoco pasa nada. Lo importante es pasarlo bien, jugar con las palabras, con lo que evocan y hacen sentir. Aunque falte o sobre alguna sílaba, el éxito con los niños es transmitir que el lenguaje es maleable, flexible, capaz de hacernos soñar. Creando un haiku o ante cualquier otro tipo de estructura. Pero un haiku, por su brevedad y su simplicidad (solo aparente), es una buena apuesta para adentrarse en la música de las palabras.

El sueño, 1912, Museo Thyssen-Bornemisza. Franz Marc.

– Hacer poesía es jugar con las palabras, crear imágenes dentro de la cabeza de la gente o despertar sentimientos en su corazón, a veces ambas cosas. Por ejemplo, dime un animal.

– Los caballos.

– Vale, ¿qué es lo primero que se te viene a la mente cuando piensas en caballos? ¿Cómo son, qué hacen?

– Corren. Los caballos corren.

– Estupendo. ¿Por dónde corren? Cierra los ojos y dime lo que imaginas.

– Pues hay árboles, hierba y cielo azul.

– Muy bien. Los caballos corren entre árboles, sobre la hierba verde y bajo el cielo azul. Pero eso no es un poema, eso es describir lo que ves. Voy a hacer un poema con lo que me has contado, y lo voy a usar una expresión que te inventaste hace tiempo y que era muy bonita, muy poética, “azul frondoso”. Cierra los ojos y escucha:

Árboles vuelan
truenan los caballos
azul frondoso

– ¿Por qué truenan los caballos? Los caballos no truenan.

– ¿Seguro? Si te digo “truenan los caballos”, ¿qué te imaginas?

– Pues que van muy deprisa haciendo mucho ruido.

– ¡Claro! Eso es hacer poesía, jugar con palabras para hacer que la gente imagine y sienta.

Tras la explicación la dejé media hora a solas. Al volver había creado media docena de pequeños poemas, todos con vocación de haikus, y lo había pasado bien haciéndolo. Poemas como

Los gatitos
nacen a la luz
de la luna

Un pequeño
unicornio vuela en
el sol de invierno

Y mi favorito, el que convirtió en dibujo, algo que también es frecuente encontrar en los haikus y que a los niños les suele gustar:

El sol está apagado
quiere ser violeta
como las flores

Es también bonito leer haikus con niños. Julia descubrió que uno de los más conocidos se cree que su autor, el monje budista Onitsura, lo escribió con apenas siete años, solo uno menos que ella:

“Ven, ven”, le dije,
pero la luciérnaga
se fue volando.

Y a mí me llegó hondo el de la poetisa del siglo XVIII Chiyo-Ni, que creó tras ver morir a su hijo pequeño. Y eso que soy consciente de que toda traducción poética hace que el original pierda fuerza.

El cazador de libélulas,
¿hasta qué región
se me habrá ido hoy?

¿Jugamos a dejarnos llevar por la música de la voz y el corazón?

‘Elefante y Miguel’, un cuento para aprender a querer bien, a respetar la felicidad ajena (y contrario a los circos con animales)

Un precioso cuento ha nacido de un post que apareció publicado en este blog. Un post que a su vez nació de otro hermoso cuento. Un juego de muñecas rusas literario y con el propósito de contribuir a hacer de este mundo un lugar un poquito más justo para todos, también para los animales.

El post lo publiqué en diciembre de 2015, se titulaba Carta de una madre al colegio de su hijo por organizar una excursión a un circo con animales y empezaba así:

Ayer estuve con María José Rodríguez en la presentación de Galguiel precioso cuento que ha hecho junto al ilustrador Andrés Arcos que recoge la historia de un perro abandonado. Me contó que el curso pasado organizaron en el colegio de sus hijos una excursión a un circo en el que había animales (elefantes, grandes felinos…). “¡Anda que no habrá opciones de salidas con niños: museos, jardines, otro tipo de espectáculos!”, convinimos ambas.

María José hizo algo me parece especialmente meritorio: escribió una carta al claustro de profesores explicando porqué su hijo no acudiría a esa excursión con la intención de que se replantearan en el futuro repetir salidas semejantes.

Estoy completamente de acuerdo con su postura. Mis hijos tampoco hubieran ido. Circos sí. Circos con animales, rotundamente no. Ni Julia ni Jaime pisarán un sitio así, mientras de mí dependa. Es un tipo de maltrato animal que insensibiliza. Y es especialmente sangrante porque va dirigido eminentemente a un público infantil, un público en el que cultivar la empatía y sensibilidad hacia otros seres vivos, que no los perciban como un objeto que nos tiene que ser útil o entretenernos, sino como un ser vivo con derechos.

Elefante y Miguel, heredero de aquella idea, pronto será realidad porque ha iniciado hoy mismo su andadura en Verkami y no tengo duda de que logrará su objetivo, conseguirá enamorar a suficientes mecenas como para ver la luz y convertirse en el cuento favorito de muchos niños. Niños que ojalá cuando sean adultos vivan en un mundo en el que los circos ya no utilizan a animales salvajes de una manera tan cruel.

Yo creo que sí, que así será, que cuando esos niños que se emocionen leyendo las aventuras de Miguel y de Elefante sean padres y lean este cuento a sus hijos, dentro de dos o tres décadas, tendrán que explicar a una audiencia incrédula que hubo un tiempo no tan lejano en el que cogían tigres y elefantes, los hacían vivir en instalaciones inadecuadas, viajar sin descanso y hacer payasadas hasta que eran descartados si dejaban de ser útiles o rentables.

Pero el cuento seguirá teniendo vigencia, porque atesora la enseñanza de que hay que querer bien. A los animales, pero también a nuestros iguales. Querer bien no implica poseer, dominar, utilizar, tener cerca. Querer bien es un acto de generosidad que busca la felicidad de aquel que amamos. Y así, también, encontramos nuestra propia felicidad.

El cuento es además una maravilla estética, luminosa y atrayente. Su ilustrador, Andrés Arcos, ya creó un inolvidable galgo con cara de lápiz en su anterior colaboración con la escritora y ha vuelto a repetir la proeza con Elefante, que es tiene una personalidad arrolladora.

María José Rodríguez ha tenido la amabilidad, en plena vorágine del lanzamiento de un crowdfunding, de responder un par de preguntas sobre su último libro:

 ¿Qué pretendes conseguir con este cuento?
En primer lugar que los niños entiendan que querer a un animal significa querer hacerle feliz. No solo quererle en el sentido de poseer, de tenerle cerca. Sino quererle en el sentido de hacerle feliz. Es el lema de nuestro cuento: Te quiero feliz. Y ese deseo de hacerle feliz implica satisfacer sus necesidades, que a veces pueden chocar con nuestros propios deseos.

Y para que los niños entiendan esto, primero tienen que ponerse en el lugar de ese animal que está pasándolo mal en un circo, en un zoo, en un chenil, en una jaula… con Elefante y Miguel buscamos que los niños reflexionen sobre qué sentirían ellos en su lugar, en un espacio reducido del que nunca salen, lejos de sus familias. Con esto a los niños les basta para entenderlo, para empatizar con esos animales. Si los niños entienden esto, entenderán que no está bien encerrar a un animal para nuestra diversión o beneficio, ni en un circo, ni en un zoo ni en cualquier otro lugar que no sea su hábitat natural. Y ojalá que, con estos niños, desaparezcan circos, zoos y todos aquellos lugares en los que los animales sufren.

Queremos que los niños miren a los animales a los ojos y comprendan todo lo que son: seres vivos con su carácter, sus preferencias, sus necesidades, su dignidad.

¿Qué te impulsó a convertir tu reclamación en un cuento?
La segunda vez que la tuve que poner, Diego ya era más mayor y entendía mejor las razones por las que nosotros no encontrábamos correcto que fuera a la excursión del colegio a un circo con animales. Él no quería ver animales tristes haciendo tonterías y comprendía que eso estaba mal. Miguel era más pequeño y entendía peor los conceptos, pero tenía claro que a él mismo tampoco le gustaría estar todo el día metido en una habitación y salir sólo para hacer reír a los demás. Después de esa explicación, Miguel jamás ha sentido ni siquiera curiosidad por un circo con animales. Pero tras la excursión, a la que habían ido sus amiguitos y él no, Diego vino a casa diciendo que no entendía porqué sus amigos sí habían ido y encima les había gustado. Que porqué sus padres eran malos y permitían que sus hijos fueran al circo a ver animales tristes. Y que porqué sus amigos decían que esos animales no parecían tristes. Yo tenía clara la respuesta: sus padres y sus amigos no eran malos, simplemente no habían pensado en ello, no habían pensado en cómo habían llegado esos animales allí ni si allí estaban alegres o tristes. Y entonces me quedó clarísimo que para explicárselo bien, no sólo a él y a Miguel, sino a los demás niños y a los padres que nunca habían pensado en eso, había que hacerlo con un cuento. Un cuento que les permitiera reflexionar y entenderlo.

Tras esto decidí que tenía que explicarles a los niños por qué no era correcto ir a circos con animales si amabas a los animales. ¿Y cómo mejor que con un cuento?. Un cuento que les haría pensar antes de opinar.

Y una vez dí con el texto que me gustó (y que me llevó varias versiones… prometo contar algún día dónde surgió la inspiración para el texto definitivo, ¡esa es una buena historia!), necesitaba un ilustrador, y lo tuve muy claro: quería a Andrés Arcos, el ilustrador de Galgui, por supuesto, ¡que afortunadamente se sintió entusiasmado con el proyecto y dijo que sí!. Podréis disfrutar de unas ilustraciones maravillosas, llenas de significado, de expresividad, de color, de vida… Vuelvo a sentirme afortunada de que Andrés esté implicado en hacer este sueño realidad. Las palabras se me quedan cortas, pero podréis entenderme en cuanto tengáis el cuento en vuestras manos y veáis su trabajo.

Y si a Galgui le ayuda un niño llamado Diego (como nuestro hijo mayor, ¡casualidades de la vida!), a Elefante le ayuda un niño llamado Miguel (¡Anda, como nuestro hijo pequeño!, ¡más casualidades!). Y lo que tienen en común ambos niños (aparte de llamarse como nuestros hijos, ¡jeje!) es que ambos deciden actuar, deciden implicarse activamente en buscar el bienestar de sus amigos animales. Porque los quieren felices. Ojalá se nos dé tan bien educar a nuestros hijos en la realidad como soñamos hacerlo en la ficción.

Podéis apoyar el proyecto y disponer de mucha más información sobre cómo es y qué lo motiva desde la web Verkami, yo ya lo he hecho.

Es, además, una iniciativa solidaria: “Si conseguimos más dinero del mínimo que necesitamos para editar el libro, lo invertiremos en la edición y en los mecenas, en pagar parte de nuestro trabajo y en hacer donaciones a cada una de las ocho protectoras asociadas al proyecto, al igual que hicimos con Galgui, que son: Animales Con Un Nuevo Rumbo, Galgos112, El Refugio Escuela Sofía de Sevilla, Arca de Noé de Córdoba, La Madriguera, Doganzo, Animales Rioja y ANAA”.

 

¿Quieres que vayan mujeres científicas al colegio de tus hijos a dar una charla? #enclase11f

Ya sabéis, si me leéis, que estudie en un colegio del que no guardo muy buenos recuerdos. Fui una niña feliz, pese al colegio, que era solo de niñas y del que podría contar anécdotas que ejemplifican lo mal que nos enseñaban hasta aburrir.

(GTRES)

Era un centro en el que recuerdo a una profesora planteándonos como únicas dos opciones en la vida ser madres de familia o monjas, en el que las profesoras en las materias de ciencias eran especialmente incompetentes y se limitaban a cubrir el expediente, del que salíamos con un nivel patético en esas asignaturas, y en el que se nos invitaba directa o indirectamente a ir por letras.

Un ejemplo concreto: el día que contradije a la profesora de ‘naturales’ en cuarto o quinto de EGB. Decía que había animales vivíparos y ovíparos. Yo levanté la mano y aporté que también existían los ovovivíparos, animales cuyos huevos se incubaban en el interior de sus cuerpos y parían a las crías vivas. Lo sabía porque tenía un acuario en casa. Primero me ridiculizó delante de toda la clase diciendo que eso no existía y luego acudió por un libro para rematar la faena. Lo malo es que el libro me dio la razón ante todos. Ella reaccionó de la peor manera posible: castigándome.

Resulta curioso que mi santo estudió en un centro similar, solo de chicos, y pasó algo semejante pero a la inversa. Las ciencias eran de chicos y lo que se descuidaba, donde se metía a enseñar a curas casi jubilados con poco interés en transmitir pasión y conocimientos, era en las humanidades.

Es imposible saber qué hubiera pasado conmigo si hubiera estudiado en otro centro. Tal vez sería bióloga, como quería en un principio, en lugar de periodista. Tal vez mi santo habría estudiado Historia, que no hay nada que más le guste.

En fin, la cuestión es que me rebelo conscientemente respecto a esa vieja creencia, que aun perdura, de que las ciencias son sobre todo para los chicos y las letras para las niñas. Es una mentira obvia.

Por eso he decidido que mi blog sea hoy un altavoz para otros, para aquellos que impulsan una iniciativa estupenda enmarcada y bautizada en torno al 11 de febrero, un día que fue proclamado en 2015 Día Internacional de la Mujer y la Niña en la Ciencia por la Asamblea General de las Naciones Unidas.

Os animo a hablar de este proyecto (que me ha hecho llegar la científica, divulgadora y madre Teresa Valdés-Solís, autora del blog Ciencia y presencia) en los colegios a los que acuden vuestros hijos, para que el próximo 11 de febrero alberguen charlas sobre científicas o de científicas.

Como consecuencia de dicha proclamación, en 2016 se constituyó la iniciativa 11defebrero.org en la que un grupo de investigadoras y comunicadoras científicas coordinan diversas actividades y sirven como punto de encuentro de diversas organizaciones y personas con un mismo fin, lograr el acceso, la plena participación y el empoderamiento de las mujeres y las niñas en la ciencia y visibilizar el trabajo de las científicas, así como fomentar la vocación investigadora en las niñas a través de la creación de referentes femeninos.

Parece increíble, pero hay estudios que muestran que ya a los 6 años las niñas comienzan a considerarse menos aptas para tareas de ciencias y a creer que los niños son más listos y ellas más trabajadoras. Estamos convencidas de que normalizar la presencia femenina en la ciencia, mostrándola en los colegios y al resto de la sociedad, contribuiría a evitar, o al menos reducir esta predisposición negativa que nos autoimponemos a veces.

(Leía el otro día un tuit de alguien diciendo que su hijo no entendía el término médico porque siempre había sido atendido por médicas, un poco esa misma idea buscamos, que la próxima vez que les pidan que dibujen a un científico no salga un señor mayor con el pelo alborotado y mucho humo…)

Esta iniciativa se consolidó el pasado mes de febrero, en el que numerosos colectivos e instituciones llevaron a cabo más de 350 actividades en todas las Comunidades Autónomas.

Las actividades que se realizaron fueron muy diversas porque también fueron muy diversos los organismos que se involucraron: museos, librerías, asociaciones de divulgación, universidades, centros de investigación, colegios e institutos, otras organizaciones públicas y privadas y muchos divulgadores, propusieron y llevaron a cabo actividades tales como talleres para niños y niñas, conferencias, visitas de científicas, concursos, desayunos con científicas, ediciones grupales de la Wikipedia, exposiciones y mesas redondas para peques y adultos.

Todo ello con el mismo objetivo, visibilizar la labor pasada y presente de las mujeres científicas y reducir los sesgos de género que se observan cada vez a edades más tempranas a la hora de considerarse apto para materias técnicas.

¿Qué estamos haciendo ahora para la edición 2018?

Pues hemos empezado intentando movilizar a los coles e institutos con la campaña #enclase11f y el vídeo.

Hay dos tipos de actividades propuestas:

Que pidan charlas (bien científicas que vayan a contar su experiencia, bien charlas sobre científicas – impartidas por chicos o chicas), nosotros actuaremos como escaparate y utilizaremos nuestras redes de contactos cuando sea necesario para intentar la mayor cobertura posible. Las charlas se solicitan aquí.

Que organicen cualquier actividad relacionada y que nos manden la información. Nosotros tenemos propuestas en la web, adaptadas a distintos niveles educativos, y por ejemplo vídeos cortitos de científicas creados para el proyecto.

También si producen un material y nos lo mandan lo compartiremos en la web o en nuestro canal de youtube. Esta información está disponible aquí.

Hemos empezado por #enclase11f porque queremos que salgan muchas actividades en los coles/institutos y somos conscientes de que necesitan tiempo de organización. Pero la iniciativa se ampliará a otros agentes sociales como el año pasado. Intentaremos penetrar en la sociedad lo máximo posible.

Dónde contactar con nosotros en la web www.11defebrero.org, en el correo contacto@11defebrero.org y en redes sociales: Facebook, Twitter e Instagram.

“Mejor ir mentalizada de parir sin epidural”

Fue un consejo de mi matrona, a la que siempre recordaré con cariño como una buena profesional apasionada con su trabajo (tanto que creó su propia página web divulgativa con el nombre Vivir la maternidad), cuando estaba embarazada de Julia. Fue hace ya casi una década, en las clases de preparación al parto.

Nos contó, a la docena de embarazadas que estábamos allí sentadas, aguantando el pis y las incertidumbres, que era mejor ir al parto mentalizadas de hacerlo sin epidural. “¿Pero cómo? Si yo estoy convencida de quererla. Si no tengo ningún interés en intentar parir sin ella”, pensaron muchas y verbalizaron algunas.

Entonces nuestra matrona nos contó que hay muchos motivos por los que nos podemos encontrar en pleno trabajo de parto sin posibilidad de acceder a esta forma de mitigar el dolor. Puede pasar que el anestesista esté atendiendo una urgencia y no pueda acudir a tiempo a atender a la parturienta, puede ser que la dilatación avance deprisa o lleguemos tarde al hospital y ya no proceda ponerla (a partir de los 8 o 9 centímetros de dilatación), puede que el anestesista vea algo que le desanime a ponerla, puede ser que nos la pongan y no funcione…

Pasa con más frecuencia de lo que parece. En una noticia de 2014 publicada en 20minutos se contaba que los partos en los que se emplea la epidural se encuentran alrededor del 80% y que de entre estas mujeres que optan por esa técnica analgésica, en un 75% funcionará bien. Es decir, que en un 25% no lo hará. Una de cada cuatro, que no es poca cosa.

También nos contó que se había encontrado bastantes partos en los que la embarazada iba confiando en la epidural y cuando resultó que no se le podía poner por alguno de estos motivos, se bloquearon, casi colapsaron al darse cuenta de que se les venía un parto encima sin esa ayuda. “Así que mejor ir mentalizada de partir sin epidural por si acaso, por si no puede ser con ella, para no llevarse el susto”.

Recordé sus palabras en mi propio parto. Yo iba intentando citar a conciencia la epidural, porque no quería correr el riesgo de que se prolongase el parto, porque quería ayudar a mi hija, porque quería sentirlo, quería poder moverme (ahora hay más opciones para lograrlo, epidurales mejoradas, no era una opción entonces en mi hospital). Nueve horas después y con una niña de casi cuatro kilos y 90 de percentil de cabeza, la pedí porque no podía más. Y no funcionó. Mejor dicho, solo funcionó en la mitad de mi cuerpo, me impidió levantarme y caminar y no ayudó demasiado.

Las he vuelto a recordar de nuevo hace poco, tras el parto de una amiga en el que la epidural no funcionó en absoluto (no es el único caso que me he encontrado entre medias). Y volví a pensar, casi diez años después, en la razón que tenía mi matrona, que también decía que el parto era más cansado que doloroso y en lo que creo que también tenía razón.

 

Walking epidural (HOSPITAL DE MANISES/CHANAWIT)

¿cómo se pone la epidural? Hay que sentarse o tumbarse sobre el lado izquierdo y permanecer muy quieta. Se limpiará la zona, se inyectará un anestésico local y luego se insertará una aguja en el espacio epidural, entre las vértebras lumbares ojo, que los tatuajes en esa zona pueden impedir el procedimiento).

Luego se colocará un catéter que irá introduciendo la medicación según la pauta decidida por el anestesista. Existe la opción de que la parturienta se suministre las dosis cuando sienta que las necesita (y limitadas, claro).

Existe la opción de lo que llaman ‘walking epidural’, que permite una mayor libertad de movimiento. No obstante, cualquier tipo de epidural afecta a la fuerza, el equilibrio y la capacidad de reacción.

Y para terminar, unos consejos que la que fue mi matrona tiene en su web relacionadas con este tema:

La manera de recibir a un hijo es decisión de la madre y no de los profesionales. Nuestra misión es acompañaros durante todo el proceso de maternidad para que lo viváis de forma saludable y feliz. Existen muchas alternativas para aliviar el dolor durante el parto no farmacológicas. En el siguiente enlace podrás informarte de ello.

Es interesante que ese enlace consultes el documento elaborado por el Ministerio de Sanidad. Ofrece unos consejos sobre estrategias alternativas para aliviar el dolor durante el parto.

También te aconsejamos que lleves tu plan de parto, esto es, un documento escrito que la mujer embarazada utiliza para manifestar sus deseos y expectativas en relación al desarrollo del parto. Puedes consultar el siguiente enlace donde hay plan de partos.

También te recomiendo que visites la maternidad y que te hagan una visita guiada. Seguro que cogerás información muy valiosa. Espero que todo te ayude a que tengas una vivencia como la que habías soñado desde siempre.

Salir del armario del autismo, contar lo que le pasa a tu hijo

El autismo es, con frecuencia, una discapacidad invisible. Sales de casa a dar un paseo y no lo haces empujando una silla de ruedas, las personas con autismo no tienen particularidades físicas, no se acompañan de un perro guía. Incluso en las personas más afectadas, no es algo evidente a menos que hablen y se vea que no lo hacen acorde a su edad, o que no lo hacen en absoluto cuando se les pregunta algo; o que se comporten de manera chocante, tal vez dando rienda suelta a alguna estereotipia, sacudiendo los brazos como si quisieran echar a volar o tapándose los oídos.

Cada vez más padres decimos con naturalidad lo que afecta a nuestros hijos. Queremos normalizar nuestra situación. Existimos y hay muchas razones para hacernos visibles, empezando por desterrar falsos mitos y acabando por luchar por los derechos de las personas con autismo.

Difícilmente se va a poder reivindicar nada si no se nos ve, si seguimos siendo invisibles.

Yo tiendo a decir rápidamente lo que le pasa a mi hijo. Creo que la visibilización es necesaria, por los demás, pero también por uno mismo. ¿Cómo va a ser uno feliz fingiendo ser quién no es, esforzándose por dar una imagen que no se corresponde con la realidad?

Pero entiendo también que es una decisión personal y no siempre es fácil.

Hay que tener en cuenta cómo es mi hijo: un niño dependiente de nosotros, incapaz de comunicarse y relacionarse como él querría y los demás esperan; un niño que cuando tenía dos o tres años podía pasar desapercibido, pero ahora que tiene once las cosas son muy distintas: cualquiera que se fije un par de minutos en él se dará pronto cuenta de que algo le pasa.

Prefiero dar la cara, ir de frente, que acumular miradas extrañas y dar pábulo a las elucubraciones por la espalda cuando su comportamiento no responde a las convenciones sociales.

Pero no todas las personas con autismo son como mi hijo, muchas son completamente autónomas o  no lo son por muy poco. Personas con autismo de alto funcionamiento o síndrome de Asperger. Personas cuyo trastorno a veces no es detectado cuando son niños pequeños, prácticamente bebés, sino más mayores, incluso de adultos.

Su camino es distinto. Todos los caminos marcados por el autismo lo son, porque hay demasiados factores que influyen: el carácter, templanza y determinación de cada miembro de la familia, los apoyos que te tengan, la situación económica, la escolarización, el lugar en el que se viva… Pero cuando hablamos de autismo de alto funcionamiento o Asperger es definitivamente una senda diferente a la que nosotros recorremos con Jaime.

En los casos de más alto funcionamiento, decidir contar que se tiene cualquier manifestación del trastorno del espectro autista es algo muy parecido  a salir del armario.

Me contactan a veces padres que no quieren que se sepa. Y conozco de primera mano a unos cuantos que lo mantienen oculto para la mayoría con la que trata. A veces porque el diagnóstico es aún reciente, en otras ocasiones porque el grado de afectación es leve y no quieren colocar a sus hijos etiquetas que puedan acompañarlos y pesarles de por vida.

Comprensible por completo.

¿Lo entenderán? ¿No supondrá un estigma? ¿No será más fácil si hacemos como si nada?

¿Y si resulta que lo de mi hijo no era autismo y  cambia su diagnóstico a un trastorno del lenguaje o a un retraso madurativo que pueda superar? Si yo he estado contando a todo el mundo que tenía autismo ya quedará señalado de por vida cómo diferente por mucho que yo luego intente aclararlo.

¿Cómo no entenderlo? Yo tardé varios meses en admitirlo en mi blog, aunque mi principal motivo es que primero necesitaba digerirlo yo para poder hablar de ello con comodidad.

¿Y si resulta que mi hijo sí que tiene autismo pero en un grado muy leve? Tal vez no le contraten si saben que tiene autismo, tal vez sus compañeros le hagan la vida imposible, tal vez le cueste más encontrar pareja. ¿Le/Me restará oportunidades de futuro? ¿Se encontrará con prejuicios y exclusión?

A veces me he encontrado con personas que no quieren que se sepa para que no se asocie a su hijo con las connotaciones negativas que arrastra la palabra autismo.

En una ocasión una lectora, una madre de un niño de alto funcionamiento, me recriminó que todo eso de la visibilidad le escocía mucho, que la visión que nos empeñábamos muchos en dar de las personas con autismo que amamos, con importantes retos para adaptarse a lo que consideramos la normalidad, con estereotipias, problemas para acceder a sitios bulliciosos y cerrados, pocos intereses… suponían un impedimento para chavales como su hijo, que cuando se sabía que tenían autismo, quedaban marcados por todo eso. Esta persona aseguraba que a su hijo la visibilidad le perjudicaba, porque cambiaba la mirada que le dirigían los otros, así que se mantenían dentro del armario en lo posible.

Es algo muy delicado y no seré yo la que diga lo que otros deben hacer, entiendo el miedo a encontrar obstáculos por ser considerado diferente, pero creo que negarse a uno mismo o negar a los suyos no conduce a nada bueno.

Prefiero pelear para eliminar esas connotaciones negativas, para que se entienda la complejidad del autismo, para que se mire a la persona antes que al diagnóstico, para que se conozcan las necesidades y reivindicaciones del colectivo y de sus individuos.

Pero no es un camino fácil, no está bien iluminado y es un recorrido muy personal, que cada cual debe decidir cómo y cuándo recorrer.

 

Convierte a tus hijos en elfos o unicornios con ‘Magissa’ (o cómo montar una partida de rol con tus niños sin haber jugado nunca)

En mi anterior post sobre juegos de rol y niños, un post introductorio de otros que irán cayendo en el blog a partir de ahora protagonizados por el rol, os prometí hablar de Magissa. Hay más juegos de rol pensados para disfrutar con niños, convirtiéndolos en adorables y aguerridos osos panda con Guardianes del Pandemonio, en Pequeños detectives de monstruos (un juego, como me apuntaban desde Twitter, ideal para rol en vivo incluso en el interior de casa y de cara a Halloween) o en los personajes de Hora de Aventuras.

Nada impide a padres con experiencia rolera agarrar su StarWars, su Pendragon o su Dungeon&Dragons y adaptar a su antojo las reglas, simplificar las hojas de personajes y ponerse a jugar con los niños, aunque para eso hacen falta más tablas. Los libros de rol que os indico ya vienen pensados para ponerse al nivel de los niños y son, además, una opción estupenda para que los padres también se inicien en eso de ser máster o director de juego sin experimentar demasiado vértigo.

El juego del que os hablo hoy es un excelente ejemplo. Con unas ilustraciones y una edición preciosa, desde la portada hasta la última página, es una adaptación infantil muy bien pensada del clásico mundo de fantasía cuyo ambiente todos conocemos (algunos mucho más que otros) poblado por elfos, enanos, unicornios y lleno magia y retos para los guerreros.

Magissa, ideado por Edanna R. Patsaki y Fernando R. Reyes, se desarrolla en el mundo de Dyss, un mundo plano, vivo y poblado por diferentes razas que parte de la premisa, no obligatoria, de que los adultos han desaparecido de repente por causas desconocidas.

Los niños podrán elegir ser centauros, elfos, enanos, humanos, niños-gato, niños-ciervo, faunos o ponis de unicornio. Elegir su raza implica tener unas características más destacadas que otras (un niño-gato será más ágil pero menos fuerte que un enano), capacidades diferentes (un enano podrá ver mejor en la oscuridad y un elfo siempre sabrá algo de runas antiguas) y predisposición a desempeñar determinados oficios (un poni de unicornio será normalmente mago o sanador, aunque si el niño se empeña en convertirse en un poni guerrero, que lleva la contraria a la costumbre de su raza, nada lo impide).

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Dejad que los niños se acerquen a los juegos de rol

Siempre me fascinó inventar historias y jugarlas cuando era niña, o leerlas, mucho más que los juguetes. Nunca hice demasiado caso a las cosas la verdad, algo que mi hija ha heredado. Y en torno a los catorce o quince años quedé fascinada por Tolkien, una lectura a la que siguieron otras vinculadas a la fantasía y la ciencia ficción: Ursula K. Leguin, la Dragonlance (que nunca me gustó demasiado), Jordan, Herbert, Lovecraft… Lecturas que son, con frecuencia, la puerta de entrada al rol para muchos jugadores.

Tenía dieciséis años cuando me agencié el (precioso) libro del juego de rol de El señor de los anillos, dispuestísima a enterarme de qué era eso del rol que me atraía tanto sin conocerlo realmente. ¡Vaya si me enteré! Pero lo que me quedó más que claro es que no se trataba de un entretenimiento solitario. Había que hacer pandilla para jugar y yo no tenía de eso.

Hija única con primas pequeñas y escolarizada en un centro al que solo íbamos niñas de uniforme, encontrar esa pandilla parecía harto complicado. Solo una de mis amigas compartía mis ‘frikismos’. Y no me sentía del todo capaz de ejercer de máster, no es precisamente el juego de rol más sencillo con el que iniciarse en esas lides desde la nada. Jugar con mis padres estaba descartado, espero que mi hija nunca piense así.

Pero yo quería jugar al rol, como fuera. Me enteré de que había una revista dedicada a esos menesteres, la Dragón, y cargada de ingenuidad escribí una carta a la publicación diciendo que buscaba amiguitos para jugar. Se me ocurrió decir que era un año más mayor, para no parecer tan cría imagino, la verdad es que no lo recuerdo.

La cosa es que la carta apareció publicada de la siguiente manera:

Melisa es una chica (sí, habéis oído bien, una CHICA) de 17 abriles, que se ha comprado el Señor de los Anillos y no sabe por dónde empezar. Busca algún grupo de rol caritativo, ansioso de ayudar a una dama en apuros, dispuesto a adoptarla como principiante. Promete aprender rápido y subir pronto de nivel.

Nota de los de siempre: como nos enteremos de que tratáis mal a esta amiga, nuestros dragones no van a dejar de vosotros ni la tuerquecita del yelmo….

Me imagino perfectamente a los de la redacción de Dragón pensando la que se me iba a venir encima y escribiendo ese post data justo por eso. Yo no tenía ni idea de lo que sucedería a continuación, ya os dije que era una ingenua.

La que se me vino encima, en aquella época previa a internet y los móviles, fueron dos semanas con el buzón tan a reventar de cartas que ni cabían. No exagero. Hubo un veinteañero andaluz que se presentó en la puerta de mi casa con un ramo de flores, que yo se lo agradecí, pero le invité a hacer turismo por Madrid sin mí porque se me hacía raro. La verdad es que todo el mundo que me contactó, que fue mucho, fue muy amable. Tal vez advertencia del dragón funcionó, o creo que sencillamente eran buenos chavales con ganar de compartir afición (puede que algo más, pero eso nunca sucedió). Al final inicié varias partidas por correo, algo más tarde algo más roleé por IRC cuando Internet tuvo a bien aparecer, y me acerqué basándome en criterios de proximidad al incipiente club de rol de mi ciudad, en el que no encajé del todo, todo hay que decirlo. Llegue a dirigir algunas partidas de Pendragon, poquitas.

El IRC fue lo que más duró. La universidad unida a un trabajo de ocho horas me alejaron pronto de todo aquello, pero la espinita quedó. Hace año y poco me pude sumar a una campaña de Star Wars y aproximadamente una vez al mes lo paso estupendamente intentando salvar la galaxia metida en el pellejo de una diplomática rebelde con poca maña con las armas. Gracias desde aquí a ese grupo por abrir la puerta a una extraña que el máster quiso invitar.

Con mi hija, que ahora tiene ocho años, hemos jugado mucho a juegos de mesa desde que era muy pequeña. Juegos de los que os he ido hablando aquí. Alguno similar en cierta medida al rol, como Mice&Mistics.

Ya había probado una pequeña partida de rol en vivo con Pequeños detectives de monstruos en el Festival de Fantasía de Fuenlabrada, pero hace poco, en las Ludo Ergo Sum LES (unas jornadas lúdicas solidarias que os recomiendo), la llevé a que jugase una partida de rol de Hora de Aventuras. Ella salió feliz y yo con el juego de rol Magissa, del que me habían hablado mucho y bien, bajo el brazo. Quiso jugar según llegamos a casa, pero ya le expliqué que era imposible y debía contener su impaciencia.

Ha pasado algún tiempo, ya pude estudiarme el libro y preparar una pequeña campaña y hemos estado jugando algunas partidas. Y jugar al rol es algo que le encanta y que yo estoy empezando a ver con ojos de madre, valorando todo lo bueno que puede aportar a los niños.

¿Por qué creo que el rol es algo tan recomendable para los niños? Pues por muchos motivos: porque supone dejarse llevar por la imaginación, porque permite plantear muchísimas situaciones problemáticas ante las que los niños tendrán que discurrir para intentar salir con bien, porque implica cooperar y negociar, porque los que cooperan y negocian se han convertido en seres de distintas razas (elfos, enanos, humanos, unicornios…) con lo que eso puede ayudar a la tolerancia, porque supone pasar tiempo en familia jugando, porque invita a leer, a escribir y a dibujar. Y no seamos utilitaristas, sobre todo es muy divertido.

Superemos ya la vieja leyenda negra que rodea a estos juegos.

Me he encontrado a mi alrededor mucho desconocimiento de lo que es el rol entre los padres, incluso padres que conocen bien los juegos de mesa. Así que voy a intentar resumir una explicación.

En un juego de mesa convencional, que también es un entretenimiento maravilloso y provechoso, hay unas reglas claras, un tablero, losetas o cartas, a veces también dados, distintas mecánicas, estrategias y mayor o menor necesidad en función del juego de que la suerte nos acompañe. Todos los jugadores participan en igualdad de condiciones. Las reglas dirigen el juego desde el papel impreso con las instrucciones. Creo que todo el mundo lo tiene más o menos claro.

El rol es diferente. Hay muchos dados, sí, también hay reglas que indican cómo conducir la aventura, y un puñado de jugadores sentados a una mesa, pero lo que tenemos es un director de juego o máster que ha estudiado esas reglas, que ejerce de narrador y plantea la aventura que ha preparado a unos jugadores que se meten en el pellejo de los personajes que han ideado. Lo satisfactorio que sea el juego va a depender en gran medida del máster, que conozca bien el juego, que tenga sentido común y sea flexible, que pastoree sin imponerse, que sepa reaccionar a lo que los jugadores, a menudo impredecibles, decidan hacer.

La secuencia sería así. Una vez se tiene el libro de rol, es preciso que el adulto que va a ejercer de director de juego (o un niño a partir de unos doce años en el caso de rol para niños como Hora de Aventuras, Magissa o Guardianes de Pandemonio, que pronto probaremos también), se arremangue y se lo lea enterito, tomando notas digitales o a mano y señalando en el libro aquellas páginas a las que tendrá que recurrir con frecuencia. Luego tendrá que elaborar una historia interesante, con enemigos, un objetivo o varios (incluso objetivos secretos para cada jugador), un recorrido…

Sí, es preciso dedicar algo de tiempo previo y tener ganas de currárselo.

Los jugadores pueden crear sus personajes o el máster puede darles personajes ya creados teniendo en cuenta sus preferencias y que haya un grupo equilibrado (mal vamos a pelear si somos todos sanadores). Aunque los personajes estén creados previamente, los niños pueden definirlos poniéndoles nombre, describiendo su aspecto físico, su personalidad, su historia, dibujándolos…

Una vez el master conoce las normas, tiene su historia preparada y un grupo de jugadores con sus personajes terminados, personajes que irán mejorando según ganen experiencia, solo es preciso disponer de lápices, gomas de borrar, dados y mucha imaginación.Hay más elementos opcionales, como música de ambiente, planos o pizarras, figuritas de Lego o Playmobil que representan a los jugadores.

Y ahí comienza la magia del rol, que consiste en caminar con las botas de los personajes, creerse la historia que el máster plantea y dejar volar la imaginación para decidir qué hacer para llevar la aventura a buen puerto. Todo lo que no choque con la lógica del mundo y de esos personajes, está permitido. Los jugadores tendrán que negociar, colaborar, esforzarse juntos por salir situaciones complicadas, decidir si se fían de ese elfo extraño que el máster se ha sacado la manga….  en libertad. Un máster que tendrá que ser capaz de improvisar, sobre todo si tiene niños delante, para los que jugar de esta manera es tan natural como respirar.

Sí, también tendrán pelear de vez en cuando tirando dados, pero un buen juego de rol no descansa su peso en lo que digan los dados. Y las peleas no tienen que ser ni mortales, ni sangrientas.

Y en mi siguiente post hablo más despacio y detalladamente de Magissa y de cómo iniciarse como máster de niños. Os espero.


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Un año entero sin comprar ropa

(GTRES)

Un día como hoy, hace un año,  asumí el reto de no comprar ropa (tampoco bolsos, complementos o calzado) durante doce meses. Nada a no ser que fuera absolutamente imprescindible tipo “me fui de viaje y me robaron la maleta” o “toda la colada salió de color rosa”. Nada de eso ha sucedido, hoy se ha cumplido el plazo y no he comprado nada. En casa solo han entrado dos camisetas de publicidad, y una de ellas la entregué a otra persona.

También pedí que no se me regalase ropa en navidades o mi cumpleaños, haciendo que mi fama de difícil a la hora de hacer regalos pasará a ser directamente de imposible (algo que jamás he entendido porque tengo muchos intereses, claro que paso de perfumes, maquillajes, accesorios, joyas, balnearios o milongas de MrWonderful. Y no sé qué hacer con las tarjetas regalo del El Corte Inglés salvo dárselas a mi madre para que las aproveche ella).

Pero me voy del tema. La cuestión es que hace un año decidí no comprar nada. ¿Por qué? Fue un impulso más que algo meditado.

Nunca he sido una víctima de la moda, no me interesan las publicaciones sobre el tema, no sigo las tendencias ni a youtubers o instagramers dedicados a este tema. La ropa me dura muchos años, me pongo lo que me gusta dándome igual lo que se lleve o no se lleve y salir de compras no es precisamente mi plan favorito. Aun así, aun siendo ajena a todo eso y prudente en mis compras, en un cambio de armario (ya sabéis, adiós ropa de verano, hola ropa de abrigo, que a ver cuando toca este año) me di cuenta de la cantidad de ropa que tenía, que era mucha, que había cosas que no me ponía hace demasiado, que ni me acordaba casi que tenía.

Ya había leído con anterioridad varios reportajes sobre lo contaminante que es la industria textil, sobre el ‘fast fashion’, la cultura de usar y tirar, de comprar sin pensar o pensando muy poco generando de paso residuos de difícil gestión.

Os dejo unos cuantos enlaces por si el tema os interesa: La industria textil, la segunda más contaminante del planeta, Antes de ir de compras, deberíamos ver #Sweatshop  y “Llegará un momento en que no será ‘cool’ cambiar tanto de ropa”. Os recomiendo especialmente el primero.

Fue entonces cuando decidí embarcarme en este reto. Qué da entre risa y vergüenza llamarlo reto, porque me consta que hay muchísimas personas que lo hacen por obligación año tras año porque tienen otras prioridades en las que gastar el dinero. Tantas o más que otras dedicadas a comprar y descargar prendas de manera constante. Paradojas de nuestro mundo.

¿Cómo ha sido? Pues sorprendentemente fácil. Tanto que podría seguir más tiempo sin mayor problema.

En definitiva, no es ninguna hazaña, soy consciente, pero sí creo que es un reto recomendable, del que se puede aprender bastante .

A mí me ha servido para aprender a dejar de mirar escaparates, para atravesar las tiendas en busca de la zona infantil (mis hijos crecen, rompen y necesitan ropa y calzado cada poco) sin mirar a uno u otro lado tocando y cayendo en la compra de el algo innecesario.

Entrar menos en las tiendas y no mirar escaparates ha evitado también que entraran prendas innecesarias en los armarios de mis hijos. Y me ha valido además para racionalizar y llevar a cabo de manera consciente la compra de ropa para ellos. Tampoco ahí era de tirar la casa por la ventana, pero ahora sé gestionarlo mejor.

También me ha servido para saber qué tengo realmente, qué necesito y qué me sobra. No voy a celebrar el fin de este año sin comprar saliendo a la carrera a llenar varias bolsas. En absoluto. No estoy deseando invertir el tiempo entre perchas y maniquíes. Hay algunas cosas, pocas, que tengo claro que me vendría bien. Tiempo habrá de ir por ellas.

En este año he aprovechado para gastar un poco más en libros, he empezado a leer y disfrutar mangas, que es algo que quería hacer hace mucho. He tenido un poquito más de tiempo para invertir en otros asuntos.

Y al mismo tiempo esa contención me ha servido para contenerme en otro tipo de compras. Es una buena escuela de gestión de impulsos.

Claro que es importante sentirse a gusto con lo que uno se pone encima, sentirse acorde y conforme, pero para lograrlo no creo que sea preciso rendirse a la compra constante, al descarte continuo, a la última tendencia o al perder el norte de lo que se tiene o lo que vale lo que uno va gastando de a pocos.