Me cruzaba con él todos los días. Ambos llegábamos a casa desde nuestros respectivos institutos y nos cruzábamos en el mismo punto, a la misma hora. Nos mirábamos. De alguna manera, yo sabía que aquel chaval alto, desgarbado y algo mayor que yo tenía mucho que ver con mi manera adolescente de ver el mundo y, sobre todo, de entender la música. Era de los míos, sin duda, y lo sabía exclusivamente por un elemento de su indumentaria: las zapatillas: Pocos, muy pocos llevábamos ese modelo por aquel entonces. Era un rasgo definitorio, algo más que un simple calzado. Con el tiempo nos hicimos amigos y confirmé nuestra afinidad. Hoy, muchos años después, cientos de jóvenes lucen esas zapatillas. Se venden en grandes superficies y tiendas de moda del centro de la ciudad. Todo ha cambiado y lo sabemos. Pero aun así, no podamos evitar que nos joda un poco.
Ya os habréis enterado: los hermanos José Luis y Miguel Morán, dueños del FIB, han vendido la totalidad del festival al magnate irlandés Vince Power (si algún día soy guiri yo también me quiero llamar así).
Yo, desde este humilde blog, lanzo un par de insustanciales reflexiones al respecto:
- Nunca he ido al FIB. Así que me voy a ahorrar los comentarios del tipo "antes molaba más", "ahora es más comercial", etc. Algún año he tenido la tentación de acercarme, pero al final la pereza, la falta de dinero o simplemente un plan mejor se han interpuesto en mi camino. Qué se le va a hacer.
- No hace falta ser un 'fibber' para saber que hace años que el festival es más británico que español. Hordas de hijos de la gran bretaña toman la localidad mediterránea para desparramar a gusto a ritmo de sus grupos preferidos. Y de paso, disfrutar de unas minivacaciones playeras (y etílicas).
- Vince Power (ya lo dice su nombre) no es más un tiburón de los negocios. Un tipo con ganas de amasar pasta para el que la música es lo de menos. Por si fuera poco, nuestro país le despierta una antipatía de la que ha dado muestra en varias ocasiones. Aquí dejo un par de perlas del amigo para revolver los estómagos de los lectores más patrioteros:
"Los españoles y las autoridades españolas se lo toman todo con calma. Básicamente lo que hacen es dejar hacer y si cometes errores, te meten en la cárcel".
"Las bandas americanas y británicas controlan toda la música popular en Europa. Bueno, hay unas pocas bandas francesas y tenemos una o dos españolas en Benicàssim, pero no les interesan ni a los españoles".
"Es difícil hacer que la gente haga algo en España. Todos están demasiado relajados".
Pues nada, mister Power. Que te quedes el FIB, hombre. Que lo disfrutes. Y que termines de convertirlo en el Marina D'Or de los indipijos de las islas. Seguro que a muchos les da pena, pero a mí, personalmente y siendo sincero, me la trae bastante floja.
Si elaborásemos un top 10 de los personajes más odiados de este país, no me cabe ninguna duda de que en los puestos de Champions estaría José Ramón Julio Martínez Márquez, Ramoncín para los amigos (y para los enemigos también). Cualquier noticia en esta web que tenga como protagonista al que fuera rey del pollo frito genera un alud de comentarios furibundos. Y es que su férrea campaña contra las descargas y su defensa del canon digital llevadas a cabo desde la SGAE no se las perdona nadie. Y eso que hace ya dos años que abandonó el organismo dirigido por Teddy Bautista y dejó de ser el abanderado de la causa, alegando que "ya había tenido bastante".
Esta semana Ramoncín ha vuelto a ser noticia por su polémica con la revista El Jueves. Una vez más, un vídeo que no pasaba de mera anécdota se hace enormemente popular por el intento del afectado de que no se difunda. El tiro por la culata de toda la vida, vamos. Como el que se llevaron en la cara los partidarios de aquella anacrónica retirada de los quiscos del número de la revista en el que se caricaturizaba el coito principesco. Ay, qué ridículo más grande, madre.
Por todo esto, por tener claro que Ramoncín cae a un elevadísimo porcentaje de la población como una patada en los mismos huevos, no deja de sorprenderme que su carrera musical siga adelante con cierto éxito. Y digo cierto éxito porque acaba de publicar un disco de versiones que presenta el día 23 en la madrileña Joy Eslava, una sala que, con un aforo de 1.600 personas, no resulta fácil llenar. Así que nuestro viejo amigo (son casi 54 palos los que gasta ya, aunque no los aparente) tiene más fans de los que muchos se imaginan. No de esos que le tiraron de todo en el Viñarock 2006, no, sino de los que aplauden con furor y entusiasmo sus canciones y trayectoria.
Yo, en convencimiento de que casi nadie merece ser sometido a una lapidación pública como la que ha sufrido el pobre Ramoncín, invito a esos fans a pasarse por los foros de este periódico (o de este blog) a defender el buen nombre de su ídolo. Buena falta le hace.
Llegó el día. Una apisonadora sónica de dimensiones titánicas está a punto de arrollarnos sin piedad a base de atronadores riffs, baterías furiosas y melodías crudas, de esas que se adhieren al cerebro como sanguijuelas sedientas de sangre. El disco de rock más esperado del año aterriza mañana en las tiendas de EE UU y Canada (o lo que es lo mismo, en su Google, Emule o Torrent más cercano). Su nombre: Them Crooked Vultures. Su traducción: la unión de Josh Homme (Queens of the Stone Age), Dave Grohl (Foo Fighters) y John Paul Jones (Led Zeppelin). Agárrense los machos.
Hacía tiempo que no depositaba tantas expectativas un lanzamiento discográfico. Ni el de Chenoa, oyes. Es más, algunos de los discos más esperados de grupos grandes han terminado este año en pequeña decepción, como en el caso de Wilco, o en sonados chascos, como el de Green Day. De hecho, muchas de las grandes alegrías de la temporada han venido de la mano del producto nacional: ahí están las imprescindibles referencias de bandas como The Unfinished Sympathy, Los Coronas o The New Raemon. Pero de eso ya hablamos otro día.
Esta vez no puede haber decepción posible. De una unión así sólo cabe esperar un disco con mayúsculas. Porque no hablamos de un grupo formado de manera puntual o anecdótica, sino de un proyecto nacido hace ya cuatro años y cuyas pocas actuaciones en directo han cautivado a la crítica. ¿Que muchos supergrupos son un fiasco? Así es. Pero algo me dice que el debut de Them Crooked Vultures no entrará en esa categoría. Es más, es posible que estemos ante uno de los discos del año. Y lo digo habiendo oído sólo un par de temas. Así de chulo que es uno.
Es curioso. Hace un par días, con unos amigos, estuve recordando lo mucho que me gustaron Aerosmith en mi preadolescencia. "Get a Grip" fue uno de mis discos de cabecera. Y otros como su debut homónimo, "Pump" o "Toys in the attic" dieron cientos de vueltas en mi walkman. De hecho, todavía me estremezco cuando escucho "Dream On", y eso que reconozco que tenía bastante de hortera, la jodía.
Ahora leo en una noticia que el cantante de la banda, Steven Tyler, ha decidido abandonar el barco. No sólo eso, sino que encima está desaparecido en combate y no contesta a las llamadas del resto de los miembros de la banda, que se han enterado de la noticia a través de Internet.
Del cantante de Aerosmith se pueden afirmar dos cosas. En primer lugar, que a pesar de ser bastante poco agraciado, su hija está como un queso (su aparición en el videoclip de "Crazy" desató la testosterona de millones de adolescentes alrededor del globo. La mía también). Y en segundo, que debe ser un personaje de los de darle de comer aparte.
Sea como fuere, nada enturbia su trayectoria al frente de una banda clave en las últimas tres décadas. Yo, más allá de los mencionados discos, nunca fui un gran fan. Y de hecho, sus últimas referencias me parecieron bastante deplorables. Pero como siempre, al César lo que es del César. Así que desde este humilde blog, vaya por delante mi más sentido homenaje. Sobre todo teniendo en cuenta que, pese a que Joe Perry diga que buscarán otro cantante, es más que probable que Aerosmith hayan firmado su certificado de defunción.
Hoy leo en Internet que Tyler ha desmentido su salida del grupo, calificando la noticia que todos los medios dimos anteayer de "malentendido". El vocalista de Aerosmith apareció por sorpresa en un concierto de Joy Perry en Nueva York para cantar con él "Walk this way" y, de paso, desmentir el asunto.
En fin, que pase lo que pase, Tyler y Perry han conseguido que los medios de este planeta vuelvan a abrir sus secciones de música con Aerosmith. Ya es algo.
Esta mujer de vuestra izquierda se llama Virginia Juge. Y aunque a nadie le suene lo más mínimo su nombre, se acaba de convertir en una de mis heroínas musicales.
No. No se trata de la última penúltima sensación indie (tampoco tiene pinta). Virginia es la ministra de comercio justo de Nueva Gales del Sur (Australia), y acaba de proponer legislar en contra del playback. Y yo desde las antípodas digo: te amo, Virginia.
El detonante del cabreo de nuestra rubia amiga ha sido el playback de otra rubia: Britney Spears, cuyos conciertos han sido definidos por Juge como "actuaciones de Mickey Mouse". La postura de la ministra es clara: si en un concierto va a haber playback, tendrá que avisarse claramente en la entrada.
Yo quiero ir un paso más allá: luchemos por abolir el playback. En todas sus vertientes. Porque provoca vergüenza ajena ver a los grupos en la tele haciendo como que tocan. Porque da grima verles con las guitarras sin enchufar y tratando de acompasar los movimientos de la boca con la letra, como si así fuese menos penoso. Es un insulto a la música. Y apesta. Así que desde aquí os propongo una recogida de firmas en forma de comentarios para luchar por tan loable causa. Me comprometo a hacérselas llegar a González-Sinde.
Y para terminar, Muse. Porque los ingleses son abiertamente anti-playback. Tanto, que cuando alguna vez les las han obligado a hacerlo -es lo que tiene ser grandes-, se han inventado alguna triquiñuela para boicotearlo con gracia y estilo. En esta ocasión, el cantante Matt Bellamy y el batería Dominic Howard intercambiaron sus funciones.
A menudo, cuando entrevisto a un grupo, tras el clásico «¿cómo estáis?» suelo hacer una pregunta recurrente: «¿qué tal lleváis esto de las entrevistas?». Además de romper el hielo, sirve para medir el cansancio de los músicos en una jornada de promoción. La respuesta, en un 90% de los casos, se podría resumir en una frase: «es un coñazo, pero es lo que toca».
Ayer, el rapero sevillano Haze –que llamó a su anterior álbum como yo a esta columna– se quejaba de que «hay que dar 400 entrevistas para que se sepa que sacas disco». Al leerlo, me acordé de lo que una vez me dijo Alaska al respecto: «si a un músico no le gusta dar entrevistas es porque no tiene nada que ofrecer». Y es que parece un precio asequible a pagar a cambio de lo que para muchos es sólo un sueño.
Hace un par de años, el diario gratuito ADN lanzó una campaña con el lema "Me gusta mi ADN, me gustas tú". Sí, sí. La frase suena parecida a la que nos taladró el cerebro hace unos cuántos años más, cuando la tonadilla de Manu Chao se puso tan de moda. Verano de 2001 o así. Madre, qué chapa.
Antes de grabar el spot, la agencia publicitaria The Loves Comes, encargada de realizar la campaña, pidió al músico la canción para usarla en el anuncio, a lo que este se negó. Ante dicha eventualidad, se pidió al compositor Marc Parrot un jingle que mantuviera intactos el lema y el espíritu iniciales.
El anuncio en cuestión quedó así:
Bien. Pues ahora, el Juzgado Mercantil número 3 de Barcelona ha condenado al diario a pagar la friolera de 90.000 euros al músico, por entender que se trata de un plagio. Y es que, aunuqe el juez reconoce que no hay "identidad absoluta", asegura que "de alguna forma recuerda o evoca la canción 'Me gustas tú', especialmente en cuanto al ritmo, la melodía y la armonía".
Y digo yo.
- La canción que utilizó ADN y la original de Manu Chao se parecen como un huevo a una castaña, por mucho que una esté claramente inspirada en la otra. No sé cuánto de "ritmo", "melodía" y "armonía" habrá estudiado el señor juez.
- ADN es un diario cojonudo. Y desde aquí digo alto y claro que me da por saco que le hagan pagar ese pastón por una cosa así.
- Señor Chao, si yo hago una canción que versa "me gusta bailar, me gustas tú" o "me gusta meterme el dedo en la nariz, me gustas tú", no incurro en plagio alguno, por mucho que se parezca a una canción suya. Y esto es extensible al señor juez de instrucción. A ver si ahora va a ser que, por el hecho de que a un músico se le ocurriese en su día juntar cuatro palabras, nadie pueda usarlas en el mismo orden sin su consentimiento.
Dime de qué perroflauteas y te diré de qué careces.
Hoy es un día para felicitar a la revista musical barcelonesa Rockdelux. Un cuarto de siglo no se cumple todos los días, y menos en los tiempos corren. Hablamos de una publicación que, desde 1999, ha llevado a rajatabla su política de regalar un cd con cada ejemplar. Y hablamos también de una publicación que, por su contenido, siempre ha sido fuente de animado debate entre todos los que amamos la música. Porque Rockdelux no es una revista cualquiera. Sus páginas, brillantemente maquetadas y estéticamente sublimes, destilan un halo de elitismo que crispa a algunos y encandila a otros. No hay punto medio. Eso la convierte en una revista necesaria, indispensable en el panorama de los medios especializados, y a la que toca desear que cumpla, por lo menos, otros 25 años más. Felicidades.
Siempre es triste que cierre un medio de comunicación. Lo es, en primer lugar, porque muchos compañeros periodistas se van a la calle. Lo es porque, de alguna manera, certifica que los medios no hemos podido o no hemos sabido subirnos al carro de Internet de la forma necesaria para capear la crisis de anunciantes. Y lo es porque, al irse, dejan un vacío insustituíble, por muchos blogs que se lean o fuentes de cualquier tipo que se consulten. Nunca es lo mismo.
En el caso de Soitu, la pérdida es aún más triste. La web de información liderada por Gumersindo Lafuente nació como una apuesta distinta, fresca, inteligente, abierta y crítica. Desprendía un halo de inconformismo e innovación que se mantuvo intacto durante los 22 meses que ha estado en marcha. Ayer dijo adiós. Y desde aquí le agradezco sus servicios como un humilde lector más.
¿Y qué tiene que ver Soitu con la música?. Mucho. Porque además de su compromiso con la información general, Soitu podía presumir de contar con la mejor sección de música de la prensa online española. Ni más ni menos. Artículos completísimos y profundos. Mainstream y underground en perfecta sintonía y equilibrio. Originalidad a raduales. Desde hace tiempo, leer sus entradas se había convertido en una costumbre ineludible. Un placer del que la crisis nos ha privado.
Lo dicho. Gracias por vuestro trabajo y buena suerte.
Todos vosotros sois adoradores de Satanás. Vuestra música es infernal y merecéis ser castigados. Y yo también. Porque la música 'underground' es basura, y quienes la escuchan serán fustigados. Eso sí, los oyentes de los 40 Principales tienen asegurado el paraíso y siete vírgenes.
Dad gracias por no vivir en Irán, amigos. Dad gracias por no haber nacido en un país que cuenta con una policía dedicada exclusivamente a velar por lo que entienden que es la integridad moral de los ciudadanos. Dad gracias por no estar gobernados por esta panda de energúmenos de la foto.
Y es que ayer, la policía moral iraní detuvo a una docena de jóvenes por escuchar música 'underground' (literalmente) en la localidad de Orumiyeh, en el oeste del país. "Estaban implicados en la promoción del satanismo a través de la música 'underground' y la producción de vídeos blasfemos", adujo un responsable de las fuerzas de seguridad. Esta es la segunda vez en los últimos seis meses que la policía moral iraní realiza una operación de este tipo y detiene a personas a las que acusa de fomentar el satanismo a través de movimientos occidentales relacionados con diferentes tendencias musicales.
Hablamos de un país en el que el consumo de droga está penado con la muerte y el de alcohol con latigazos, así que tampoco es de extrañar que no les haga ni puta gracia que sus ciudadanos escuchen black, death, grind o lo que fuera que estuviera escuchando esta pobre gente. Ser diferente en ciertos lugares del planeta es jodido, muy jodido. Y desde aquí, da rabia no poder hacer nada. Hijos de puta.
Hela aquí. "All along the watchtower". La versión de las versiones. Aquella que debería servir para ilustrar los manuales de cualquier aspirante a músico de rock and roll. El abc de cómo hacer una versión y superar con creces a la original. Así, sin más. Y es que valía la pena recuperar un temón de estas dimensiones para volver a la carga con esta serie, abandonada a su suerte desde hace varios meses.
La original
6 de noviembre de 1967. El estudio Columbia de Nashville está ocupado por tres músicos. Charlie McCoy, célebre por su trabajo junto a Elvis Presley, se hace cargo del bajo. A la batería, Kenneth Buttrey, otro viejo conocido de la escena local. Y a la guitarra acústica y la armónica, el maestro Bob Dylan. Las sesiones de grabación del octavo trabajo de Robert Allen Zimmerman, "John Wesley Harding", fueron testigo de el nacimiento de uno de los grandes himnos de la música universal. "All along the watchtower". Grande, evocadora, mágica. No es extraño que sea la canción que más veces ha tocado en directo el viejo Dylan.
La versión
Fue menos de un año después. En junio de 1968, The Jimi Hendrix Experience entraban a los estudios Olympic de Londres para reinventar el tema de Bob Dylan. Y vaya si lo hicieron. Hendrix sacó un jugo impensable a la sencilla línea de guitarra original. El zurdo guitarrista impartió una imperecedera y magistral lección de cómo aunar pasión y virtuosismo, de cómo técnica y tripas no sólo no están reñidas, sino que son capaces de caminar de la mano en pura y orgiástica armonía. Hendrix hizo suya para siempre "All along the watchtower". Hasta el punto de que, tras su muerte, Dylan reconoce pensar en él cada vez que la canta.
Son decenas las bandas que han reinterpretado a su manera el clásico de Dylan. Desde U2 hasta Dave Mathews Band. Pero coincidiréis conmigo en que ninguna le ha llegado a la suela a la del amigo Hendrix.
Soy un periodista y músico madrileño. Este es un blog para hablar de discos, conciertos, festivales... y de todo lo que surja relacionado con los sonidos que ponen banda sonora a nuestras vidas. Sin prejuicios ni poses. Porque la música es tan subjetiva como cualquier otro arte.