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Hernán Zin está de viaje por los lugares más violentos del siglo XXI.El horror de la guerra a través del testimonio de sus víctimas.

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Música para las mujeres en guerra

No fueron fáciles los tres años de rodaje del documental “La guerra contra las mujeres”, como en este blog os fui contando día a día desde la República Democrática del Congo, Kenia, Sudán, Uganda, Bosnia y EEUU.

Bebe, Carlos Jean y Hernán Zin en la grabación de "César debe morir", tema original del documental LA GUERRA CONTRA LAS MUJERES.

Bebe, Carlos Jean y Hernán Zin en la grabación de “César debe morir”, tema original del documental LA GUERRA CONTRA LAS MUJERES.

Hubo momentos, como los vividos en uno de los tantos viajes a la provincia de Kivu, en que la violencia, la corrupción y la falta de infraestructuras parecían decirnos que el trabajo era imposible de realizar.

Tampoco fueron fáciles los dos años que siguieron de postproducción, volver sobre testimonios tan terribles nunca es agradable – por supuesto que nada en comparación con el brutal sufrimiento y trauma de las víctimas – ni llevar el peso de saber que esas mujeres han hecho un gran sacrificio al regalarte su palabra. La crisis económica tampoco nos allanó el camino en la recta final de edición y distribución.

Quizás por eso, el proceso que estoy viviendo ahora sea tan estimulante. Por momentos me siento como un niño en Disneylandia. El documental terminado con un guión mucho más complejo y profundo gracias a labor de Ana Pincus, su productora, y con una factura excepcional gracias al fantástico trabajo de La Caña Brothers y la música original de Carlos Martín.

Asimismo, “César debe morir”, un tema original que compusimos con Bebe y Carlos Jean para los títulos de cierre, y que ha entrado en competición a los Goya como el propio documental.

Después, el apoyo continuado de la Junta de Castilla y León y de África Directo, y ahora de TVE en su emisión y Warner en la distribución de su música. El estreno será el 1 de diciembre en La 2 de TVE. Y en los cines de Madrid el 22 de noviembre.

Un proceso muy gratificante en lo profesional, pero sobre todo en lo humano, pues finalmente la voz de estas mujeres verá la luz, y lo hará con los mayores apoyos posibles, que es lo que merecen.

Apuntes del país más miserable del mundo

De todos los países desde los que he escrito este blog, la República Democrática del Congo es en el que más tiempo he pasado. Una nación tan vasta como caótica e ingobernable. Paradójicamente, rica como pocas en su subsuelo. Y ya, de manera oficial, la más pobre del planeta. Merecedora del último puesto del nuevo Índice de Desarrollo Humano de la ONU.

Soldados del Ejército del Congo en patrulla en minas de coltán en Maroc, Kivu Sur. Foto: Hernán Zin.

Soldados del Ejército del Congo en patrulla en minas de coltán en Maroc, Kivu Sur. Foto: Hernán Zin.

Paupérrima, sobre todo en la zona oriental, en la región de los Kivus, epicentro de la guerra que costó la vida a más de cinco millones de personas – la mayoría murió no por la violencia sino por el hambre – y escenario habitual de las historias que tantas veces he plasmado en estas páginas.

Pero no se trata de una pobreza evidente como aquella ciudad de Calcuta en la que viví a principios de los noventa. No hay gente famélica, mendigando, enferma, tirada en las calles. De tierra roja, montañas coronadas siempre por nubes y magníficos lagos, las provincias de Kivu Norte y Kivu Sur resultan a primera vista deslumbrantes, como también lo son las provisiones de sus minas de oro, diamantes, coltán o casiterita.

El aspecto general de las ciudades y los pueblos es humilde pero sin acercarse de lejos a las estampas infernales de niños harapientos, montañas de basura y barrios de chabolas de tantos lugares del mundo como los que retraté en el documental Villas Miseria. Inclusive Kadutu, que es la barriada más grande Bukavu, goza de cierto orden y limpieza.

Miseria subyacente

Aunque no destaca en el primer encuentro, la pobreza en la RD del Congo existe, de eso no hay dudas. Se vislumbra en los trajes apolillados que usa la gente; en esos mercados callejeros en los que quizás en un puesto alguien tiene como toda mercadería apenas cinco tomates; en las carreteras sin asfaltar y los edificios públicos que se caen a pedazos.

Recuerdo que tomé conciencia de la dimensión de la ausencia de recursos entre la gente común del Congo cuando seguí de cerca a Vumilia Balangaliza, mujer víctima de la guerra, cuya historia conté en este blog en 2008, 2009 y 2010 (fallecería en 2011). Difícil olvidar que el almuerzo que preparaba a sus niños cada día no consistía más que en un puñado de alubias colocadas en un cuenco con agua fría.

Rapiña propia y vecina

Desde tiempos de Leopoldo II, la historia del vasto territorio que recorre el río Congo es esa para la población local: la de un rancio plato de alubias contra un paisaje tan extraordinariamente bello como generoso. El rey de Bélgica provocó la muerte a más de diez millones de congoleños mientras decía que estaba brindando ayuda humanitaria. Lo único que le interesaba era la extracción del caucho de un territorio que le había sido entregado por la Conferencia de Berlín a título personal.

Conguito minero

Después vino Mobutu Sese Seko, cabeza de una cleptocracia feroz, que llegó al poder tras el asesinato de Patrick Lumbumba por orden de la CIA. Uno de los hijos de Mobutu manejaba su Ferrari por el aeropuerto de Kinshasa, pues no había otra ruta pavimentada, mientras la gente de a pie malvivía en la indigencia. Eso lo dice todo sobre un regimen que mantuvo al país en el atraso más absoluto y en una corrupción crónica que aún continúa a todo nivel de la administración pública.

“Les petites Mobutus”, bauticé en este blog hace cuatro años a esos policías y funcionarios que a todas horas y por las más peregrinas de las razones, nos querían sacar dinero. Para mordernos como fuera. Alguna que otra vez, inclusive metiéndome en prisión. Un cáncer, sin duda, para la sociedad congoleña.

Tres años antes de que Mobutu dejara el poder para terminar enterrado en Marruecos, el genocidio de Ruanda traspasó las fronteras del Congo sumiéndolo en un conflicto armado que en dos fases duraría hasta 2003.

Hecho este que abriría también la veda a las naciones vecinas para disputarse los recursos de los Kivus, lo que generó una guerra de baja intensidad llevada a cabo por milicias – FDLR, Mai Mai, CNDP ahora transformado en M23 – que se dedican a expoliar los minerales de la zona y que suelen emplear la violación como método de control de las poblaciones locales.

La mano del hombre

Originario de Calcuta, el premio nobel de economía Amartya Sen sostuvo en algunas de sus obras capitales que las grandes hambrunas del siglo XX no han sido consecuencias directas de la naturaleza, pues se contaba con recursos suficientes para alimentar a la población, sino de la acción del hombre, tanto la especulación con los precios como la violencia.

La República Democrática del Congo, que se estrena en el último puesto del famoso índice del PNUD, parece ser el ejemplo por antonomasia. Un plato de alubias frente a un paisaje extraordinario, que nos recuerda también que si bien hay partes de África que están experimentando un deslumbrante crecimiento, hay otras que siguen varadas en la perversa lógica de tiempos pretéritos.

La censura silencia una de las mejores emisoras de África: Radio Okapi

Radio Okapi está íntimamente ligada a este blog y a mi experiencia en la República Democrática del Congo.

Patrulla de tropas paquistaníes de la ONU en Kivu Sur, RDC. Foto: HERNÁN ZIN

En junio de 2008, cuando desembarqué por primera vez en la ciudad de Bukavu, fue de los profesionales de esta radio – situada en el interior de la base de la misión de Naciones Unidas, en aquel momento llamada MONUC – que recibí los primeros conejos e indicaciones sobre cómo moverme y buscar historias en aquella zona del país.

Una zona nada sencilla para trabajar, tanto por la presencia de numerosos grupos armados como por la reticencia del Gobierno de dejar a los periodistas realizar su labor. De hecho, dos años más tarde, en la enésima visita a la ciudad, terminaría detenido por la policía secreta. Pero esa es otra historia.

Hoy la historia es la de un joven periodista de Radio Okapi, Didace Namujimbo, que me ayudó aquel día en que aparecí en el cuartel de la ONU bastante desorientado, con más preguntas que respuestas, y con la ambición de empezar a rodar un documental sobre la violación como arma de guerra.

Didace, que era un hombre sumamente amable, humilde, contenido en las formas, y generoso en la información que brindaba, llevaba la voz cantante en la emisora. Quien no conociera la historia de la radio o el potente contenido de su programación, nunca hubiese pensado que aquel hombre se estaba jugando la vida. Literalmente, pues un año antes, otro integrante de Radio Okapi, Serge Maheshe, había sido asesinado.

A los dos meses de mi partida de Bukavu, como conté entonces en estas páginas, varios pistoleros esperaron al alba a Didace en la puerta de la radio y lo asesinaron. Didace, que hablaba alto y claro en los micrófonos de Radio Okapi, tanto fuera de violaciones, como de expolio mineral o de corrupción, se había ganado enemigos desde los militares del FARDC hasta los rebeldes hutus del FDRL, tutsis del CNDP y mai mai.

¿Voz a los rebeldes?

En un país caótico, disfuncional y paupérrimo hasta el paroxismo como la República Democrática del Congo, Radio Okapi es una de las pocas cosas que funciona con eficiencia y profesionalidad (junto al tráfico de minerales, que debe ser de los más eficientes del planeta).

Se trata de la radio en francés más escuchada del África subsahariana, que cuenta con el respaldo de la misión de Naciones Unidas para el Congo, ahora llamada MONUSCO, y que es financiada por la fundación suiza Hirondelle.

O mejor dicho, se trataba, pues tras el alzamiento rebelde del M23, cuyos hombres tomaron durante diez días el control de la ciudad de Goma, el gobierno de Kinshasa ha decidido poner fin a las emisiones de Radio Okapi.

Las razones que ha dado, ante las quejas del Enviado Especial de Naciones Unidas, es que durante los días de toma de la urbe que yace a los pies del volcán Virunga la emisora dio voz a los “terroristas”. Algo que sus locutores niegan. Ellos sostienen que solo se dedicaron a orientar a la población civil ante la incertidumbre de una nueva invasión militar (en 2008, Laurent Nkunda llegó hasta las puertas de la Goma con los soldados del CNDP, provocando el éxodo de 300 mil refugiados. Años antes, durante la Segunda Guerra del Congo, la milicia tutsi RCD causó estragos en la urbe).

Con unas riquezas en el subsuelo valoradas en 28 billones de euros, el 30% de las reservas mundiales de diamantes y el 70% de las de coltán, la RDC no debería estar en el último puesto de los 187 países analizados en el Índice de Desarrollo Humano de Naciones Unidas.

Quizás sea hora, además de sancionar con dureza a Ruanda por su constante expolio y desestabilización de la RDC, de sentarse a reflexionar seriamente sobre si tiene sentido un Estado tan vasto e ingobernable.

Y si no sería conveniente dividirlo para que pueda ser mejor gestionado en lugar de seguir respetando las fronteras trazadas por la Conferencia de Berlín en 1884, que crearon el Estado Libre del Congo para usufructo personal de Leopoldo II.

Pregunta que se hacía Peter Pham hace dos días en el NYT y que quizás deberíamos empezar a formularnos seriamente a la luz de la terrible situación que ancianos, hombres, mujeres y niños, llevan padeciendo en las provincias orientales del país desde 1994. Cinco millones de muertos, el 80% de las violaciones del planeta, hambre y miseria sobre una tierra extraordinariamente rica.

Guía rápida para entender la ofensiva rebelde del M23 en el Congo (2)

En la entrada anterior vimos cómo tras varios procesos de paz algunas de las principales fuerzas rebeldes del Este del país se desarmaron o pasaron a sumarse al ejército nacional, conocido como FARDC.

Mina de oro explotada por rebeldes en Kivu Sur, RD Congo. Foto: Hernán Zin

Pero parte de los guerrilleros tutsis, enrolados tras la captura del excéntrico Laurent Nkunda en enero de 2009, nunca se sintieron cómodos o confiados en esta absorción del CNDP por parte del Gobierno con el apoyo de la ONU. Han sido desde entonces una suerte de ejército dentro del ejército.

Estas han sido las principales tensiones entre los guerrilleros tutsis, ahora llamados M23, y el gobierno central de la República Democrática del Congo:

. Tras ganar nuevamente la elecciones en 2011, el gobierno de Kabila empezó a recibir presiones para que entregara a la Justicia Internacional a Bosco Ntaganda, líder de los tutsis.

. El plan de Kinshasa era reemplazar a Bosco por un líder tutsis moderado.

. Los tutsis del CNDP, mantenían su propia línea de mando aunque formaban parte del FARDC, con Bosco Ntaganda a la cabeza.

. Otra cuestión que creaba tensiones entre los antiguos rebeldes tutsis y el Gobierno era el despliegue de tropas. Los tutsis temían que si se los dividía y enviaba a distintos puntos del país perderían su fuerza.

. En abril de este año, el primer contingente tutsi fue destinado fuera de los Kivus, y allí estalló la insurrección.

Insurrección provocada básicamente por estos dos elementos:

1. Defensa de su líder, Bosco Ntaganda.

2. Defesa de su estatus como grupo autónomo y cohesionado dentro del ejército regular del Congo.

Pero estas no son las únicas razones del alzamiento. De fondo está, como sucedía con el CNPD de Laurent Nkunda, y como ha pasado tantas veces en el pasado, la injerencia de Ruanda en los asuntos de su gran vecino, pues considera que la zona de los Kivus le pertenece.

Ruanda, país sin un subsuelo rico, lleva años exportando toda clase de minerales extraídos ilegalmente del Congo gracias a milicias aliadas a las que brinda apoyo logístico y armas. Un reciente informe del Panel de Expertos de la ONU lo denuncia sin lugar a dudas.

Sin embargo, a diferencias de otros levantamientos tutsis, en esta ocasión la respuesta de la región ha sido muy distinta, lo que muestra las extraordinarias transformaciones que está experimentando el continente. Lo veremos en la próxima entrada…

Guía rápida para entender la ofensiva rebelde del M23 en el Congo (1)

Con el apoyo de la comunidad internacional, en el año 2008 el gobierno de la República Democrática del Congo puso en marcha una estrategia para tratar de terminar con los grupos armados que en las provincias orientales de este vasto y desarticulado país llevan años aterrorizando a la población civil, especialmente a través de violaciones masivas de mujeres, y enriqueciéndose de la explotación y tráfico de minerales como el coltán, el oro y la casiterita.

Soldados del Ejército del Congo en patrulla en minas de coltán en Maroc, Kivu Sur. Foto: Hernán Zin.

El punto de partida fueron los Acuerdos de Goma, firmados en enero de 2008 por 22 grupos armados. A los que siguieron varios procesos llamados de paz que en este blog fuimos describiendo desde el mismo Congo. Procesos con significativos nombres en kisuajili como Umoja Wetu (Nuestra Unidad), Kimia I, Kimia II (Paz) y Amani Leo (Paz Hoy).

Grupos armados que son:

. CNDP

Milicia de mayoría tutsi banyamulenge – nombre con el que se conoce a los tutsis congoleños – que se mueve principalmente por la provincia de Kivu norte y que está estrechamente vinculada a Ruanda. Argumenta sus acciones como una forma de defensa de los hutus, pero al igual que todos los grupos armados, el expolio de los minerales tiene un papel destacado en su agenda.

. MAI MAI

Los mai mai son milicias populares que tomaron un gran protagonismo durante la Segunda Guerra del Congo cuando se enfrentaron las tropas ruandesas al invadir estas el antiguo Zaire en 1998. En 2001 se estimaba que había unos 30 mil mai mai en una docena de grupos.

. FDLR

Sus líderes son hutus que llegaron huyendo de Ruanda tras haber participado en el genocidio de más de 800 mil tutsis y hutus moderados en la vecina Ruanda. Los antiguos Interhamwe, que llevan desde 1994 internados en las zonas más inaccesibles de la provincia de Kivu Sur. Ellos nunca han sido invitados a sumarse al FARDC. Es más, la operación Kimia II buscaba vencerlos militarmente. Aquí una entrevista que hicimos con el Coronel Delphin Kahimbi, su responsable, en Bukavu.

De Laurent Nkunda a Kagame y el M23

A los seis meses de la firma de los Acuerdos de Goma, el CNDP protagonizó un levantamiento que lo llevó hasta las puertas de Goma. Su líder, el excéntrico Laurent Nkunda, buscaba provocar una negociación directa con el Gobierno de Kinshasa.

En aquella ocasión, Goma no cayó en manos rebeldes, por lo que el pasado lunes algunos analistas creían que el movimiento M23, también tutsi, tampoco se animaría a entrar y lo que intentaba de provocar era nuevas negociaciones con el presidente Kabila, electo en 2006 y reelecto en 2011.

Lo que sí significó aquel levantamiento rebelde, además de provocar el desplazamiento de 300 mil personas, fue el final de Nkunda. Tras la publicación de un durísimo informe de la ONU en octubre de 2008 que vinculaba a Ruanda y Uganda con el expolio de minerales en las provincias orientales del Congo, Nkunda comenzó a ser visto por Paul Kagame, el presidente de Ruanda, como una figura demasiado altisonante y ambiciosa.

Recordemos que casi el 45% del PIB de Ruanda deriva de la ayuda al desarrollo de EEUU y Europa, por lo que el expolio de los recursos del Este del Congo, territorio que Kigale considera que le pertenece, debe ser realizado con discreción.

El origen del M23

Gracias a la mediación de Obama, y con el permiso explícito de Kinshasa de permanecer no más de un mes en su territorio, en enero de 2009 Ruanda lanzó una operación militar en el Congo para capturar a Nkunda. Conseguido el objetivo, los miembros del CNDP empezaron a pasarse a las filas del FARDC, el ejército regular del Congo.

Como explicaré en la próxima entrada, los tutsis no llegaron a sentirse nunca integrados en el FARDC, por lo que en abril de este año crearon el movimiento rebelde M23, que está encabezado por Bosco Ntaganda, El Exterminador, un personaje mucho más violento que Nkunda.

Mientras tanto os dejo dos series de reportajes que publiqué en este blog sobre el coltán y sobre el coste que este conflicto olvidado tiene sobre el cuerpo de las mujeres.

Sobre la detención de militares acusados de violaciones en el Congo

Nuestro último desembarco en la República Democrática del Congo, el pasado mes de agosto, coincidió con una noticia que conmocionó a la opinión pública internacional: la violación de 240 mujeres en la región de Walikale, provincia de Kivu Norte, ante la pasividad de la MONUSCO.

En estas páginas en las que llevamos cuatro años entrevistando a víctimas de esta práctica atroz, y siguiendo los erráticos esfuerzos del gobierno de Kinshasa y de la ONU para intentar ponerle fin, nos llamó la atención que el hecho alcanzara la portada de los principales periódicos del mundo, cuando antes nunca había ocurrido así.

No sin cautela, interpretamos este interés como una señal positiva, de progreso en la lucha contra la impunidad de la que gozan los grupos armados en el oriente del Congo, donde tiene lugar el 75% de las violaciones del planeta. Quizás lo que ocurrió el pasado viernes apunte en la misma dirección.

Ocho soldados detenidos

Según narra Al Jazeera, que es sin dudas la cadena internacional con mejor cobertura en África, el 1 de enero un soldado ebrio habría disparado a un civil en un bar en el pueblo de Fizi, provincia de Kivu Sur. En respuesta, los vecinos mataron al militar del FARDC. Horas más tarde, miembros del destacamento del militar muerto se lanzaron sobre el pueblo: saquearon casas y violaron a más de cincuenta mujeres.

Las mujeres fueron atadas con cuerdas o fueron golpeadas con las culatas de armas hasta quedar inconscientes antes de ser atacadas, algunas frente a sus hijos.

Añade Médicos Sin Fronteras, que en los últimos años ha multiplicado sus proyectos para asistir a las víctimas de la violación.

Hace dos días, el viernes, ocho soldados fueron detenidos por estos crímenes. Entre ellos un oficial, el teniente coronel Kibibi Mutware, antiguo integrante de las milicias tutsis banyamulenge de Laurent Nkunda.

No es la primera vez que estos ocurre. Pero sí la forma en la que se ha hecho y la repercusión de la detención a nivel internacional, incluido The New York Times, permiten atisbar un cierto cambio. Seguramente tardío, incompleto, si tenemos en cuenta que más de 15 mil mujeres fueron violadas en 2009, pero ante el abandono, la corrupción provocada por el expolio mineral y la violencia generalizada que sufre la región desde 1994, digno de valorar y alentar para que se sigan tomando más medidas en la misma dirección.

Doble filo

La ecuación que sufre el este del Congo lleva años probando ser funesta: grupos armados irregulares y vastos yacimientos de minerales en una región ausente de control estatal.

El acuerdo de Goma, firmado el 2 de enero de 2008 por 22 grupos armados, y el proceso de Amani, que en kiswajili quiere decir “paz”, desmovilizaron a más de tres mil integrantes de estos grupos, tanto pertenecientes a las autodefensas conocidas como Mai Mai como al ya desaparecido CNDP de Laurent Nkunda (arrestado en una acción conjunta de Congo y Ruanda en 2009). Como parte de la negociación, muchos aceptaron pasar a formar parte del FARDC, el ejército regular del Congo.

En su momento se alertaba de los riesgos que entrañaba sumar este contingente de soldados sin disciplina, formados en el pillaje y la violación, sin olvidar que ya de por sí el FARDC es una fuerza caótica y paupérrima.

En la entrevista que mantuvimos con el coronel Delphin Kahimbi, comandante de la operación militar Kimia II – destinada a capturar y repatriar a los hutus del FDLR, los antiguos Iterharamwe que llegaron tras el genocidio de Ruanda en 1994 – nos aseguró en 2009 que tendrían un política de cero tolerancia hacia los abusos sexuales por parte de sus soldados. A Kimia II le sucedió el pasado año la operación Amani Leo, que con el apoyo de la MONUSCO, intentaba alcanzar los mismos objetivos.

La construcción de un Estado eficiente en Congo, con una administración que gestione de manera eficiente los recursos minerales – redistribuyendo los beneficios entre la población – y con un ejército que sea capaz de proteger de una vez por todas a sus ciudadanos, parecen ser la clave para la resolución a largo plazo de este conflicto, más allá del debate sobre la eficacia de la intervención de la MONUSCO (que está articulando un programa de respuesta inmediata ante los ataques a civiles, liderado por el contigente uruguayo de la misión).

Un Estado articulado, presente, democrático. Aquello que tal vez hubiese sido capaz de lograr Patrice Lumumba de no haber sido sacado del poder por orden de la CIA. Otra página nefasta de la historia de la interferencia extranjera en la región – y van tantas desde que Leopoldo II provocase la muerte de más de 10 millones de congoleños – de la que la semana pasada se cumplieron cincuenta años.

Foto: Soldado del FARDC en las minas de oro de Mwenga (Hernán Zin)

Volar para contarla: un cocodrilo en el pasaje

Comparto largas jornadas con los pilotos que me llevan a primero a Mogadiscio, y luego en un extenuante periplo por el centro y norte del país que incluye Hargeisa, Bosaso, Garowe y Galkayo.

Todos tienen años de experiencia volando en zonas de conflicto. Interminables anécdotas sobre aterrizajes de emergencia, intentos de secuestro, accidentes y disparos desde tierra. Todos coinciden en que Somalia es el lugar más peligro del mundo y en que la República Democrática del Congo – que tantas veces hemos recorrido en este blog, aunque siempre por tierra desde Ruanda – es sin dudas el más caótico.

Ninguna de las dos afirmaciones resulta sorprendente. En el caso del Congo, si tomamos en cuenta que se trata de un territorio vasto como Europa Occidental pero desarticulado, carente de poder central eficiente, ausente de elementos tan imprescindibles como un servicio fiable de corriente eléctrica y de correos, que ha sufrido y sufre una guerra que ha dejado cinco millones de muertos, en que el “kitu kidogo”, la mordida, la corrupción, parece ser lo único en que las autoridades ponen esfuerzo y ciertamente funciona, lo que ocurre en su espacio aéreo no es más que el certero reflejo de esta realidad.

Del caos y la precariedad del espacio aéreo congoleño da cuenta el hecho que se sus 57 líneas aéreas hayan sido vetadas por la Unión Europea (incluida aquella que con desbordante optimismo sus dueños bautizaron como Safe Air Company). El país con el mayor número de accidentes del planeta seguido por esos otros paradigmas de la aviación segura que son Indonesia y Pakistán.

Jaques Barrot, antiguo comisario de aviación de la UE llamó “ataúdes voladores” a las aeronaves de las compañías prohibidas por Bruselas.

Despegar en el Congo

En el 2008, año del levantamiento y posterior desaparición de Joseph Nkund y el CNDP, tuvieron lugar ocho accidentes según la Aircraft Crashes Record Office, con base en Ginebra.

Uno de los más aparatosos fue el de un McDonnell Douglas DC-9 de la aerolínea Hew Bora Airways que se estrelló en 2008 en la ciudad de Goma. Algo falló en el momento del despegue que hizo que no pudiese remontar vuelo y terminase desplomándose sobre el barrio de Birere (que ya había sufrido en 2002 las lavas del volcán Viruga). Los muertos alcanzaron la veintena.

Meses antes, un Antonov AN-26 terminó también cayendo sobre una zona altamente poblada de la capital, Kinshasa. Las víctimas mortales superaron el medio centenar. Es el accidente número 19 de este modelo de Antonov según la base de datos de Air Disaster.

Quédate en la bolsa

El último accidente sucedió el pasado 25 de agosto. Los pilotos que me llevan por Somalia – y que han volado en misiones humanitarias en la República Democrática del Congo – no dejan de mencionarlo, ya que tiene características sumamente peculiares.

Danny Philemotte, piloto belga de 62 años de edad y propietario del avión checo Let L-410 Turbolet (del que hay unos 1.100 en el mundo), volaba una día más entre Kinshasa y Bandundu. A su lado, de copiloto, iba el primer oficial Chris Wilson, británico de 39 años.

Según el testimonio del único superviviente – que salió a la luz el pasado 22 de octubre – la aeronave se desplomó como consecuencia de la presencia de un cocodrilo en el pasaje. El animal salió de la bolsa de deportas en que alguien lo llevaba escondido provocando una estampida hacia la cabina del piloto.

Algunos expertos británicos han manifestado su incredulidad sobre esta versión de los hechos, si bien existe información objetiva de la invasión de la cabina por parte de los pasajeros. Mi primera reacción, cuando me contaron la historia, fue también desconfiar de que sea cierta. Pero también es verdad que mi propia experiencia me dice que en el Congo todo es posible, como bien defendería el señor Kurtz de Joseph Conrad.

Idea para un documental en el Congo

Una rotonda que coches y camiones circunvalan a paso de hombre, entre nubes de polvo y hordas de peatones, ascendiendo y descendiendo sobre los baches que pueblan la carretera, como si protagonizaran una torpe y descoordinada danza.

Una vasta protuberancia de tierra roja en la que convergen la arteria que conduce a Uvira, la que lleva al barrio de chabolas de Kadutu y la que dirige al centro de la ciudad de Bukavu, siempre dando tumbos sobre las abruptas irregularidades del suelo, siempre abriéndose paso entre la multitud que a todas horas del día se aprieta frente a las tiendas.

Cada vez que pasamos por ella para ir al hospital de Panzi – donde llevamos tres años rodando historias de mujeres víctimas de la violación como arma de guerra – fantaseamos sobre otro documental que nos gustaría hacer en este país. Un documental más abstracto, más contemplativo, que el de la violencia masiva contra las mujeres.

Fantaseamos en voz alta mientras giramos también alrededor de la rotonda, dando tumbos, cogiéndonos de las puertas del vetusto Toyota Corolla para no rompernos la crisma contra el techo, respirando en la nuca del vehículo que nos precede y sintiendo la respiración del que viene a nuestras espaldas.

Nos decimos que colocaríamos la cámara en una camioneta. Y que la haríamos dar vueltas durante horas, durante días. Así lograríamos retratar el fascinante universo que se congrega en la rotonda y que es un reflejo de la realidad del Congo. Jeeps atiborrados de soldados paquistaníes de la ONU; camiones que llegan desde las minas cargados de oro, coltán o casiterita; matatus apretados de trabajadores que viajan desde la periferia al centro de la ciudad.

Girar y girar y girar

Debatimos sobre el sistema de estabilización que tendríamos que emplear para amortiguar que los abruptos desniveles del suelo afecten a la cámara. Nos preguntamos si debemos ocultarla o no de la mirada de la gente, en especial de las autoridades, tan predispuestas como de costumbre a pedir una mordida, un kitu kidogo ante cualquier actividad fuera de lo normal.

Tratamos de vislumbrar cuántas horas, o cuántas jornadas de rodaje deberíamos demorar antes de cambiar la perspectiva de la cámara. Queremos captar la vida en los comercios de CD piratas, de ropa de segunda mano, gallina y huevos, que rodean a la rotonda.

Deseamos retratar a la muchedumbre que también se congrega en el centro. Un pastor evangelista que habla con vehemencia a sus fieles; un grupo de desafiantes jóvenes soldados del FARDC; un precario negocio en el que varios muchachos se dedica a hinchar neumáticos de coches a cambios de unos francos congoleños.

No puede faltar la gasolinera abandonada, destruida en la guerra, por la que la gente llama “Essence” a la rotonda, aunque su nombre oficial es Major Bangu. Tampoco podemos privarnos de rodar de noche, pues Selemani me dice que se trata de uno de los lugares más peligrosos de Bukavu, en el que resulta extraño que no suceda algo digno de contar.

Edición circular

El montaje lo tengo clarísimo: será obstinadamente circular, repetitivo, hasta desorientar al espectador del mismo modo en que nos sentimos mareados y confusos los que recorremos la rotonda entre la multitud de viandantes cargados de fardos y ruinosos coches que no pasarían la ITV en un millón de año. Y sobre la música, que enfatizarían la sensación de estar en un gigantesco bucle, escucharíamos las voces de la gente que se encuentra en la rotonda. Nos contarían sus anhelos, sus historias y emociones.

Por las noches, de regreso en el hotel Coco Lodge tomo apuntes en un cuaderno que tengo exclusivamente para proyectos futuros, donde ya se acumulan decenas de libros, reportajes y documentales que en su mayoría se quedarán allí, en el ámbito de las intenciones, de los sueños, de lo vivido a través de la fantasía.

Al tiempo en que escribo tomo conciencia de que el montaje circular tendría otra finalidad también: mostrar esa sensación de estar atrapado, cautivo, que muchas veces produce la República Democrática del Congo. Cada año escucho – y creo con esperanzas en lo que me dicen – que la situación va a mejorar, que la violencia va a terminar, que la normalidad volverá y con ella se podrá hacer algo de una vez por todas contra la miseria. Ya sea por la influencia de Obama, por la renovada amistad entre Kabila y Kagame, por la operación militar Kimia II.

Pero lo cierto es que cada año descubro que poco o nada ha cambiado, que la realidad sigue girando infernalmente obcecada, perseverante, alrededor del mismo dolor, de las mismas frustraciones.

Foto: Rotonda major Bangu, Bukavu, RDC (HZ)

Venturas y desventuras de rodar con cámaras digitales en África

Cámara Panasonic AG-HVX201: 4.500€

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Programa descarga Shot Put Pro: 80 €

Vela: 500 francos congoñelos.

Sí, vela para sentarse otra noche henchida de calor y mosquitos pletóricos de malaria en la habitación del hotel a ver cómo la ausencia de corriente eléctrica impide transferir las tarjetas P2 – problema que no teníamos hace apenas un par de años, cuando registrábamos la información en cintas – y recargar las baterías para el próximo día de rodaje.

Para todo lo demás – incluida la música atronadora que sale de un garito vecino que sí tiene luz y que no nos permite pegar ojo hasta las dos de la mañana -, enormes dosis de paciencia, como parece requerir siempre África a quienes estamos de paso, pero principalmente a los propios africanos.

Foto: HZ

Sobre cómo no conseguir una acreditación de prensa en el Congo (2)

Continúa de la entrada anterior…

Antes de dejarnos marchar con la promesa de que apenas llegue la autorización de Kinshasa nos contactará por teléfono, Gertrude me lanza varias preguntas sobre la situación del país. Como no podía ser de otra manera, mis respuestas son todas positivas. “En los años que llevo viniendo al Congo he visto grande mejorías. Este país prosperara por minutos”. Sólo me falta decir que hay momentos en los que no sé si estoy en la República Democrática del Congo o en Suiza.

– Espero su llamada Mamá Gertrude, necesito ese permiso, no me falle – le digo y el vuelvo a coger la mano, aunque en esta ocasión no se la beso.

Salimos del despacho de la primera planta. Paredes descascaradas, sillas de patas oxidadas, baldosas resquebrajadas, tambaleantes. En el interior de una habitación – donde se entregan los certificados de buena conducta para los pasaportes – un hombre enjuto, calvo, toma notas en un cuaderno de lo que va diciendo una señora mayor a la que acompaña un joven que, por el parecido físico, debe ser su hijo. El resto de los presentes escucha indiferente.

Entre el desorden y el polvo destacan las pilas de carpetas que crecen desde la baldosas, se inclinan y se apoyan contra las paredes. Legajos de criminales que por el color amarillento de las hojas no pueden más que estar cumpliendo alguna condena divina. El único ordenador de la policía secreta de Bukavu – tan secreta que todo el mundo sabe dónde queda – es el que Gertrude tiene en su oficina. Lo demás, esmerada caligrafía.

Entre mordidas

Hace tiempo que aprendí que si al recorrer un edificio público del Congo muestras cierta vacilación, preocupación o debilidad, entonces puedes empezar a escuchar en tu imaginación la música de los documentales de Félix Rodríguez de la Fuente. Estás a punto de ser perseguido, cazado y devorado a dentelladas (sí, las famosas mordidas). Es como si los funcionarios olieran la sangre de la potencial víctima y no pudieran evitar el instinto natural de lanzarse sobre ella.

Selemani entrega un par de billetes de 500 francos congoleños al empleado de andar flemático y respuestas monosilábicas que nos recibió una hora antes y a una joven funcionaria de la policía secreta que se inventa no sé que historia sobre el uniforme escolar de su hijo. Esquiva a tres espontáneos más que piden su parte de lo que ellos consideran su botín y yo mi presupuesto de rodaje, y se detiene en seco frente a la salida.

Hasta el conserje – con su sombrerillo triangular a lo Mobutu, sus ojos vidriosos y su aliento a cerveza Primus – se siente con derecho a un regalo. A cambio de abrirnos la puerta y dejarnos volver a la calle quiere mi gorro (ya las gafas de sol me las robaron tres días antes rodando en la prisión Central de Bukavu).

Los pequeños mobutu

De regreso al hotel la policía de tráfico nos detiene en tres rotondas distintas. Nos asaltan los agentes de amarillo acerca de los cuales ya escribí en este blog: los pequeños mobutu de Bukavu. Hoy van a la yugular, no se andan con argucias ni excusas, quieren dinero.

Hoy, finalmente caemos en la cuenta, es sábado, día en el que todo aquel que detenta cierto poder parece desesperado por conseguir una mordida, un soborno, para salir a cenar con la familia, irse de putas, emborracharse (o las tres cosas al mismo tiempo). De allí esta suerte de presión colectiva sobre los recursos ajenos.

En la última de las rotondas en la que nos detiene la policía para pedirnos otra vez los papeles del coche, un hombre golpea con premura la ventanilla. Es Leonard, el empleado de Migraciones que lleva cinco días persiguiéndonos por la ciudad. Sostiene que de nada nos servirá el permiso de filmación del ANR si no pasamos por su oficina a registrarnos también.

En realidad, el permiso original para filmar lo otorgaba la Radio y Televisión pública. Después lo empezó a dar la ANR. Y ahora Migraciones se quiere sumar también. Una suerte de lucha entre instituciones a ver quién saca más dinero a los extranjeros. La primera vez que Leonard nos abordó en la calle intenté razonar con él:

– Son 150 dólares del visado. Otros 10 dólares por registrarnos en la frontera. Y 75 dólares más en la policía secreta. Si desplumáis de esta forma a cada muzungu que pasa por aquí nunca va a venir el turismo. Y con el lago y los gorilas, Bukavu tiene un gran potencial turístico.

Leonard me mira. Piensa. Por un instante acarició la esperanza de que claudique y admita que tengo razón y que el obstinado pillaje al que tantos congoleños están dedicados a tiempo completo no es más que una forma de suicidio colectivo.

– Tengo la comunicación oficial en mi oficina. Dice que cada extranjero tiene que registrarse en el departamento de inmigración. Son 30 dólares.

Todo se arregla con dinero

Nos deshacemos del último policía corrupto del día y de Leonard, al que prometemos que el lunes iremos a ver a su despacho, y seguimos camino al hotel en esta nublada tarde de sábado. Nos invade cierta tristeza. Duele descubrir un país sin reglas, sin pacto social, como el Congo, en el que se malgastan tantos esfuerzos y recursos en la labor diaria por engañar al otro, por timarlo, por quitarle lo que tiene. Esfuerzos y recursos que deberían ser destinados a luchar contra la miseria generalizada que aquí impera.

En la penumbra de la recepción, con una cerveza Primus de por medio, debatimos sobre si debemos a o no ir a la minas ya que carecemos de permiso de rodaje. Evaluamos riesgos, posibles complicaciones. Al final nos decimos que sí, que debemos ir. En el peor de los casos, si nos detiene el ejército o la policía secreta, no necesitaremos más que dinero para poder abrirnos camino.