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Los escarceos amorosos, disfrazado de mujer, de Napoleón III [Anécdota]

Los escarceos amorosos, disfrazado de mujer, de Napoleón III [Anécdota]En 1832, Carlos Luis Napoleón Bonaparte (que dos décadas después sería nombrado Emperador de los franceses bajo el nombre de Napoleón III) llegó a la ciudad de Roma acompañado de su estricta y estirada madre Hortensia de Beauharnais.

Se instalaron en el Palacio Ruspoli y allí el joven Napoleón seguía recibiendo una severa y disciplinada educación que lo tenía ocupado prácticamente todas las horas del día.

Pero su inquieta juventud (tenía 24 años de edad) podía mucho más que esa asfixiante vida en palacio que le tocaba tener, motivo por el que muchas eran las noches en las que lograba escaparse de la regia residencia y tener algún tipo de diversión lejos del control materno.

En cierta ocasión conoció a Luigia Marzio, la joven esposa de un panadero con la que comenzó a mantener una relación amorosa. Aprovechaba que el marido estaba toda la noche en el horno para ir a visitarla y tener sus encuentros sexuales.

Con el fin de evitar que las vecinas cotillas de la joven pudieran descubrir la identidad aristocrática de Napoleón, decidieron urdir un plan perfecto: él se disfrazaría de mujer y no levantaría sospechas en el vecindario al ir a visitarla.

Varias fueron las ocasiones en las que así lo hizo y todo salió perfecto, hasta que cierto día quien abrió la puerta de la casa fue el propio panadero, encontrándose frente a él al travestido Napoleón, quien intentó poner una voz aguda y se hizo pasar por la modista de su joven esposa.

Evidentemente esa artimaña no le funcionó con el panadero que arrastró al joven Napoleón hasta la calle y allí le pateo el trasero en medio de un buen alboroto.

Al día siguiente la noticia había corrido como la pólvora por toda Roma, llegando incluso hasta oídos del mismísimo papa Gregorio XVI.

 

 

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Fuentes de consulta: repubblica / pilloledistoria / 1001 curiosità sulla storia che non ti hanno mai raccontato de Marco Lucchetti
Fuente de la imagen: Wikimedia commons (la imagen corresponde a Napoleón III a la edad de 50 años debido a que no las hay de su juventud libres de derecho)

El camino hacia la alcoba con un poco de rodeo [Anécdota]

Un camino hacia la alcoba con un poco de rodeo [Anécdota]Cuentan las crónicas que doña María Manuela Kirkpatrick, condesa de Montijo, acudía a todos los actos sociales que se celebraban con el propósito de ‘colocar’ a sus hijas Francisca y Eugenia.

Fue en una de esas recepciones celebradas en el Palacio del Elíseo, en 1849, donde consiguió que Napoleón III (en aquellos momentos Presidente de la República Francesa) fijase sus ojos en su benjamina Eugenia, quedando prendado de ésta.

En un encuentro posterior, el maduro pretendiente quiso ir un poco más allá con la joven, a la que llevaba 18 años de diferencia, por lo que le pregunto por el camino para llegar hasta su alcoba. Fríamente y sin inmutarse Eugenia de Montijo contestó:

«Por la iglesia»

Y parece ser que tal respuesta le funcionó a la muchacha, debido a que el 30 de enero de 1853, él ya siendo Emperador de los franceses, contrajeron matrimonio.

 

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Fuente de la imagen: Wikimedia commons

Vigilando un banco recién pintado durante 40 años [Anécdota]

Vigilando un banco recién pintado durante 40 años [Anécdota]Durante el mandato de Napoleón Bonaparte como Emperador de los franceses, se pintó un banco que se encontraba en los jardines del Palacio de las Tullerías (por aquel entonces residencia imperial). Para evitar que su amada Josefina o alguna de sus damas de compañía pudiesen manchar sus vestidos al sentarse por un descuido ordenó colocar a un soldado de guardia con el propósito de avisar a quien quisiera sentarse de que la pintura todavía estaba fresca.

La anécdota curiosa de esta historia surge cuatro décadas después, cuando la granadina Eugenia de Montijo (por aquel entonces emperatriz del Imperio francés tras haberse casado en 1853 con Napoleón III) se instaló en el Palacio de las Tullerías y paseando un día por sus jardines se percató que había un soldado de guardia frente a un banco.

Tras observar durante varios días seguidos que dicho asiento siempre estaba vigilado por alguno de los soldados del palacio se interesó por el asunto, descubriendo que aquella orden dada por Napoleón I cuarenta años atrás nadie se había ocupado de anularla, por lo que con el transcurrir del tiempo aquel lugar de guardia se había acabado institucionalizando.

Evidentemente, Eugenia de Montijo mandó derogarla y a partir de aquel momento el banco dejó de estar inútilmente vigilado.

 

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Imagen: Cuadro ‘El jardín de las Tullerías’ de Maurice Prendergast (1895) Wikimedia commons

 

Portada Vuelve el listo que todo lo sabe

 

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