Entradas etiquetadas como ‘fotografía analógica’

Muere Tshi, un fotógrafo de «ángeles del jazz»

Los retratos de Tshi predecían una grieta interior. También era un elemento de alarma su predilección por los «ángeles del jazz», como les llamaba, los músicos que no piensan, al contrario que los roqueros, en términos de melodías tarareables sino en oraciones circulares y confusas. Una de las grandes amigas del fotógrafo era Lhasa de Sela, la moderna chanteuse del dolor profundo, muerta en 2010 tras 21 meses de lucha sin victoria contra un cáncer de mama. Tshi la grabó en una marea de profundidad negra para un vídeo promocional en el que la cantante formulaba una advertencia: El camino es negro.

Tshi acaba de morir. Encontraron el cadáver en la casa en la que habitaba su madre, en La Rochelle (Francia). Ella había muerto en 2011 y el hijo, para cuidarla, lo había dejado todo, incluso la fotografía que tanto necesitaba para no rondar el camino negro sobre el que advertía Lhasa. Desde que falleció la madre Tshi había resbalado por la grasa vieja de la tristeza y estaba tan deprimido que no era capaz de salir a la calle. Pensar que no han trascendido los resultados de la autopsia del cadáver del fotógrafo conduce a la esterilidad. Todo parece indicar que Tshi murió por su propia mano o, en una forma de hablar más cercana al jazz o a las torch songs que tanto le gustaban, se dejó morir.

Autorretrato de Tshi @ Tshi

Autorretrato de Tshi @ Tshi

Se llamaba Éric-Charles Simonneau y había nacido y sido un niño en Mohammedia, la antigua Fdala («la favorable a Dios»), en la costa atlántica marroquí, pero nunca firmó una sola foto con el nombre que mostraban los papeles, ni tampoco asistió a ninguna clase donde tuviesen la insana pretensión de enseñar fotografía, una manera, como el jazz, de tontear con lo infinito, de jugar a ser rey de tu propio imperio. Se licenció en Filosofía, viajó por el mundo para entender que ninguna filosofía lo contiene ni lo explica, y se estableció en Quebec, en el Canadá francófono.

Hizo fotos con el hambre de quien hace fotos para no dar dentelladas al prójimo. Era integrista y primario. Solamente dos cámaras: una réflex de 135 y una destartalada Hasselblad que pedía a gritos un viaje final a la chatarrería. Siempre película química, nada de e-gadgets para incapaces. ¿Técnica? La distancia focal más corta —mientras de lejos, miras, de cerca ves y la invasión del espacio personal del retratado. Sospecho no se quitaba el cigarrillo de los labios porque quería zarandear con el humo a sus víctimas, cegarlas y decirles con las intoxicantes volutas: «¡Quiero verte sin el antifaz, saber de qué eres capaz!».

Desde 2001 fue uno de los fotógrafos de la gran agencia VU. Ganó algunos premios, colaboró sin ánimo de lucro, por puro peregrinaje espiritual, en la organización de muchas ediciones del Festival de Jazz de Quebec e hizo fotos de una larga nómina de notables (Oscar Peterson, Dee Dee Bridgewater, Diana Krall, Jimmy Scott, Leonard Cohen…). En su página web, en la que todavía no consta la muerte, hay ejemplos de su trabajo en conciertos en directo, tan contrastado e instintivo como los retratos.

La agencia del fotógrafo muerto anuncia un libro que compendia su obra. Creo que a Tshi, que sólo soportó este mundo durante 48 años, no le disgustaría que tres versos de Lhasa de Sela sean labrados como título: Voy montada en la marea alta / La cabeza está llena / Pero el corazón no es suficiente.

Ánxel Grove

El fotógrafo que prefiere los «terribles errores» de una cámara de plástico

Thomas Alleman es un fotógrafo comercial estadounidense. No hay ánimo peyorativo en el adjetivo comercial: cada uno se gana la vida como puede y a él le gusta —y le compensa económicamente después de quince años de ejercicio y una muy sólida reputación— firmar reportajes para revistas ilustradas con nombres que tienen potencia balística (Time, People, Business Week…), pero si Alleman pasa a la historia no lo hará por esos trabajos de mayúscula importancia y producción esmerada, circuntancias que en el mundo de la fotografía comercial están maridadas con la posesión de un equipo digital valorado en cifras de, cuando menos, seis dígitos.

Un pedazo de plástico

Un pedazo de plástico

Lo mejor de Alleman, su prueba de vida, ha salido de una cámara de juguete.

Las fotos con las que el reportero se convierte en un poeta y danza el infinito vals de la luz y la sombra son tomadas con una Holga, la cámara de medio formato que se puede comprar por unos 25 euros. Con ese pedazo de plástico negro en las manos, Alleman es un chamán, un héroe, un niño iluminado…

Fabricada desde 1982, sin licencia ni franquicia, en Hong Kong (la diseñó un tal TM Lee del que nada se sabe y, por supuesto, no tiene Twitter), ha habido maniobras del lobby pijo de Lomography para hacerse con la distribuición mundial exclusiva de la Holga pero hay demasiados talleres en China fabricando las cámaras cada uno por su lado y tanta diversificación no permite el monopolio. Todo objeto es un objeto político y la Holga, en los tiempos de Instagram y los smarthpones, es procomún y proletaria.

Es claro que tener en las manos esta cámara de precio popular y aspecto algo torpe —100% plástica, básica, cuadrada, una especie de ladrillo— no garantiza que funcione la mecánica de fluidos del ars poetica fotográfico, porque si tienes los sentimientos de un rodamiento de plomo, harás fotos plomizas y siempre conviene que llegues al momento de hacer la foto con el alma rota y el corazón supurando, porque, amigo mío, ningún filtro va a hacer el trabajo por ti.

La herida de Allman fue el 11-S. Tras los ataques con los aviones tripulados se sintió perdido y dejó de entender. Necesitado de una mirada de mayor suavidad, de fidelidad baja, empezó a caminar y conducir sin rumbo por la ciudad en la que vive, la megalópolis de Los Ángeles.

Nunca llevaba consigo ninguna de las cámaras para matar con precio de seis dígitos: consideraba que era grosero proponer la alta tecnología como forma de luto y optó por la Holga que hasta entonces consideraba un objeto decorativo, una contradicción. La hermosa serie Sunshine & Noir es el resultado de aquellos viajes nómadas en busca de soledad y muda reflexión.

Con la «muy primitiva tecnología» y los «terribles errores» de la Holga —un adminículo de baja precisión, con distorsiones, superposiciones caprichosas  y entradas no menos azarosas de luz (una copia plástica del alma humana, vaya)—, Alleman aprendió nuevamente a ejercer el derecho a la mirada, sometida a fallos, distracciones y melancólicos retrocesos. No ha roto el compromiso y con la Holga ha retratado Los Ángeles, Nueva York, Mongolia y otros lugares.

Lo que para algunos podría ser un resultado disfuncional empezó a convertirse en el abecedario visual de un niño sorprendido. Ahora Alleman suele dejar siempre en casa a las cámaras serias. No le hace falta nada más que un trozo de plástico negro.

Ánxel Grove

© Thomas Alleman

© Thomas Alleman

© Thomas Alleman

© Thomas Alleman

© Thomas Alleman

© Thomas Alleman

© Thomas Alleman

© Thomas Alleman

© Thomas Alleman

© Thomas Alleman

© Thomas Alleman

© Thomas Alleman

© Thomas Alleman

© Thomas Alleman

© Thomas Alleman

© Thomas Alleman

© Thomas Alleman

© Thomas Alleman

© Thomas Alleman

© Thomas Alleman

© Thomas Alleman

© Thomas Alleman

© Thomas Alleman

© Thomas Alleman

© Thomas Alleman

© Thomas Alleman

© Thomas Alleman

© Thomas Alleman

Olivia Bee (18 años), la última estrella de la fotografía en los EE UU

Tiene nombre de dibujo animado y edad para que le guste. Es Olivia Bee, 18 años, neoyorquina de Brooklyn («y a veces de Portland», advierte, lo cual parece muy adecuado porque la capital de Oergón es el nuevo bastión de lo cool), la última estrella de la fotografía comercial de los EE UU. Pueden ver su carita lavada en la pimera foto de arriba a la izquierda.

A veces he considerado que la adolescencia es una condición que conlleva todo lo necesario para hacer buenas fotos.  El delicioso desorden en el que habitan los teen, el tribalismo que profesan con embriaguez, la ufana seguridad que padecen y esgrimen como frontera para ejercer el ninguneo sobre el rest0 del mundo, la propensión tóxica a utilizar un sólo pronombre personal en las conversaciones (yo, por supuesto, ¿hay otro?), el salvoconducto social para que hagan el mono y tengas que reir la gracia, el poderío económico de la dictadura de lo joven es hermoso, la falta de cultura que les envalentona pero la entienden como actitud

En suma, la deificación de las gonadotropinas y la espermogénesis en el altar de la trivialidad occidental, contribuyen a que puedas ser fotógrafo si eres adolescente: tú lo vales y el pasado no existe.

En su declaración de principios Olivia Bee comenta: «La vida es bella, perfecta y cinemática si te fijas en los momentos adecuados». En veinte años hablamos, Olivia.

La muchacha, que acaba de dejar el instituto y cuya agenda es gestionada por una agencia de postín, es autosuficiente económicamente gracias a las fotos que hace y le compran. Se pelean por sus servicios y en los últimos meses ha firmado encargos para The New York Times, Zeit y Vice —lo de esta última revista no es demasiado meritorio: si tienes menos de 20 y amigos molones que enseñen bragas (ellas) y calzoncillos (ellos) estás dentro— y trabajos publicitarios para Levi’s, Converse, Nike, Fiat y Hermès. En algunas de las sesiones la acompañó un profesor-tutor. No había cumplido 18 años y las normas impiden que los niños trabajen (excepto los que cosen por unas rupias las piezas que componen los bellos zapatos de casual wear para teens occidentales).

Olivia Bee pertenece a su tiempo: tiene un Tumblr donde rinde culto a Elvis Presley, un Soundcloud en el que versiona a Neil Young y los Strokes, una cuenta de Twitter con casi tres mil followers y un perfil de Facebook abierto con otros tantos amigos. El Flickr en el que empezó en 2007, con 13 años, a colgar fotos y mediante el cual fue contactada, a los 15, por la empresa de publicidad que le encargó el primer trabajo, supera los 13.000 contactos.

En diciembre, la fotógrafa teen dió una conferencia en Amsterdam organizada por la división femenina de TedX en la capital holandesa. Ante 300 mujeres y conveniente ataviada con un collar de pinchos, compensado con una cantidad de maquillaje que quizá supere a la que se pone su abuela, reveló el secreto del éxito: «Nada se interpone en mi camino, porque no dejo que nada se interponga en mi camino». Aplausos.

Las fotos de Olivia Bee me gustan, sobre todo las que no ejecuta desde la obligación de un contrato. Todas, por ejemplo, las que ennoblecen esta entrada me parecen dignas.

Tiene una mirada atrevida sobre sus colegas (en Lovers retrata momentos de intimidad con gracia y ternura), se atreve a experimentar y forzar los límites (Dreams) y ha tanteado con la foto-documental con valentía (Spitting Image). Además, es una declarada partidaria de la película analógica, lo cual es un valor añadido desde mi punto de vista de enamorado de la vieja química.

Pero no comparto la opinión de que Olivia Bee es una genio en ciernes. Le sobra adolescencia —es decir, correción política en este régimen totalitario donde cualquiera con espinillas es dios— y tiende a solazarse en la belleza supuesta de sus sanos, bien alimentados y cinemáticos amigos.  Me gusta la gente dispuesta a tropezar, insegura de sí misma, fea, absurda, inquietante, loca, deprimida, recorriendo caminos plenos de obstáculos y tropezando con ellos. Gente con el alma vieja, muy vieja…

 Ánxel Grove

© Olivia Bee

© Olivia Bee

© Olivia Bee

© Olivia Bee

© Olivia Bee

© Olivia Bee

© Olivia Bee

© Olivia Bee

© Olivia Bee

© Olivia Bee

© Olivia Bee

© Olivia Bee

Fotos familiares con cámaras de juguete

Phil Toledano

Phil Toledano

Una de las fotógrafas que ha ahondado todo lo posible en la intimidad familiar, la gran Sally Mann —aquí van tres vínculos de su mirada doméstica  1 | 2 | 3— intentó en una ocasión explicar la bendición de hacer fotos a los más cercanos: se trata de construir «un edén» iluminado por «la luz tenue de la nostalgia, la sexualidad y la muerte».

La misma idea puede ser aplicada a los participantes en la exposición I’ll Be Your Mirror (Seré tu espejo), que se inagura el próximo sábado en la galería HomeSpace de Nueva Orleans (EE UU) bajo la coordinación de Jennifer Shaw, que esta vez deja de lado las cámaras de juguete con las que hace fotos y se encarga de dirigir la colectiva.

En la muestra participan siete artistas: Angela Bacon-Kidwell, Laura Burlton, Warren Harold, Aline Smithson, Gordon Stettinius, Phil Toledano y Alison Wells. Todos son jóvenes y prefieren explorar los rincones cercanos, en ocasiones tan hondos y complejos como los escenarios más exóticos o ajetreados.

Angela Bacon-Kidwell

Angela Bacon-Kidwell

El más conocido de todo el elenco es Toledano, cuya cobertura del viaje hacia la demencia senil de su padre tuvo un  gran éxito en Internet y luego en formato de libro.

No se quedan atrás en intensidad Harold, autor de Alternating Weekends (Fines de semana alternos), un diario fotográfico en el que narra su experiencia como padre divorciado;  Burlton, que en Chalk Dreams (Sueños de tiza) mira a sus hijos como personajes de una realidad alucinada; Bacon-Kidwell, que documenta un verano con su hijo, o Smithson, autora de la serie Arrangement in Green and Black, Portraits of the Photographer’s Mother (Arreglo en verde y negro, retratos de la madre de la fotógrafa), donde camufla a su madre de 85 años como avatares que protagonizan más de veinte versiones del famoso óleo de Whistler.

Uno de los aciertos de la coordinadora tiene que ver con uno de sus caprichos: optar por autores que prefieren utilizar cámaras Holga, Diana y otros artefactos plásticos, baratos e incapaces de intimidar a nadie. Nada mejor que un juguete para acercarte a quien te quiere.

Ánxel Grove

Gordon Stettinius

Gordon Stettinius

Warren Harold

Warren Harold

Laura Burlton

Laura Burlton

Laura Bulrton

Laura Bulrton

Alison Wells

Alison Wells

Susu Laroche, las fotos de una niña ofídica

Susu Laroche

Susu Laroche

Susu Laroche, el nombre que utiliza, es, según explica en alguna de sus muy escasas apariciones virtuales, un anagrama de la frase Chaos Lure Us Chaos Rule Us (caos, atráenos; caos, domínanos).

Es una niña ofídica y amante de lo arcano. Abundan. No es casual que Susu haya retratado a Ellen Rodgers, otra de las cofrades de la nigromancia fotográfica. Ambas ascienden en el mercado, sobre todo recibiendo encargos de empresas de moda. Como sabemos desde Becquer, la negrura vende bien entre la adolescencia tatuada.

Susu Laroche

Susu Laroche

El personaje forma parte de la obra. Susu Laroche se autorretrata: sin ojos, incinerándose, víctima de un maleficio, poseída por un íncubo perversor, atravesada por haces de luz obscura, oficiando una ceremonia de un culto que los espectadores no merecemos conocer, levitando, yaciendo… Las fotos no relatan, se imponen.

Trabaja en analógico y hace vídeos que no difieren de las fotos excepto en el inevitable movimiento de la imagen y el añadido de una banda sonora necesariamente espesa.

Susu Laroche

Susu Laroche

Me gusta como maltrata las piezas —rasgadas, manchadas, fallidas pero dadas por buenas, afásicas—, aunque advierto cierta postura estética, es decir, cierto amaneramiento, en la raya por la raya, la mancha por la mancha, una afectación que me recuerda a esas personas que desprecían toda foto que esté enfocada como basura realista, cuando cualquiera puede advertir que la peor pesadilla es estar despierto.

Susu Laroche se oculta. Poco puedo añadir a la reseña si la capilla donde reza está cerrada. Me queda una intuición a la que tengo derecho por la propensión de la fotógrafa al disimulo y el encierro: creo que l0s más negros rituales, los realmente bárbaros, son perversamente ordenados, matemáticos, dictados por una disciplina estricta que no sería compatible con tanta mancha. Susu, las serpientes siempre llevan uniformes bien planchados.

Ánxel Grove

Susu Laroche

Susu Laroche

Susu Laroche

Susu Laroche

Susu Laroche

Susu Laroche

Susu Laroche

Susu Laroche

Susu Laroche

Susu Laroche

Darío Martínez, un fotógrafo que sabe estar de paso

Darío Martínez ("Snapshot 2011")

Darío Martínez ("Snapshot 2011")

Me atrevo a pensar que el fotógrafo Darío Martínez haría suya una frase del infatigable andarín Bruce Chatwin: «Perder el pasaporte es la menor de las preocupaciones. Perder un cuaderno es un desastre«.

Sé poca cosa registral de Darío Martínez: gijonés de 1983, prefiere el blanco y negro, revela con las manos, tiene una Hasselbald, una Mamiya, acaba de montar una web, en Facebook añade a su identidad un adjetivo de poder litúrgico: Darío Malnacido Martínez…

Me consta que hace fotos con la voluntad de humo de quien está en tránsito, sin pertenecer, como diciendo vamos que esto se acaba, consciente de que el viaje es, debe ser, un fragmento del infierno y que necesitamos encender otro cigarrillo para quemarnos antes de que nos quemen otros.

Darío Martínez está de paso. Su casa primordial es deslizante.

Las series que exhibe son pasajeras. Snapshots 2011 y Snapshots 2012 (en proceso) tienen un carácter eventual de parpadeos, son huidizas como aceite. Parecen insistir en un refrán viejo: «Malo es errar, pero peor es perseverar».

Darío Martínez ("Cuaderno")

Darío Martínez ("Cuaderno")

Me gustan mucho los Cuadernos (1 y 2), donde las fotos son insertadas, pegadas, sometidas a la dictadura blanda de la página y la frase fugaz.

Es una pena que, al parecer, sean cosa del pasado y el autor no se anime a proseguir con estos diarios que todo dicen con munición humilde. Expresan un ideario («con tus dudas, selladas en la frente«), trazan una frontera («entre siempre y jamás«), fomentan la ideología de la perdición («regalo el Cielo / yo no lo quiero«), manejan el disgusto («tírale el hueso al perro, no es caridad«)…

En una entrevista de hace casi dos años Martínez confiesa lo que uno deduce al repasar sus fotos: que no está enganchado al resultado, que no le puede la imposible perfección, que el clic es un modo de caminar. «Lo realmente bonito es el recuerdo, dónde estábamos, qué hicimos», declara en una respuesta no por sencilla menos certera.

Encuentro en la fotografía del presente a pocos narradores del tránsito en la tradición de Robert Frank, aquel afiebrado suizo que renegó de casi todo —también de la patria, gran ramera— para buscar la alquimia humanismo-visión y que dejó anotado en su diario el mandamiento único para quien pretende ser fotógrafo: «Trabajo todo el tiempo, hablo poco, trato de no ser visto».

"Ada" (Darío Martínez)

"Ada" (Darío Martínez)

Finalmente, los retratos, la prueba final de la intuición y el aliento retenido, la decisión moral mediante la cual los demás tenemos el derecho de juzgar al fotógrafo.

Los de Darío Martínez sobrecogen, son actos de pureza extrema.

«Cuando la gente mira mis fotos quiero que sientan lo mismo que cuando leen un verso de un poema», decía Robert Frank.

Creo que este malnacido gijonés ha conseguido concretar la pretensión del viejo Frank. Deseo que pueda seguir transitando, pisando con algodón en la suela de las botas, quemándose con el fuego de cada foto en la misma combustión a la que, como espectador, me somete.

Ánxel Grove

Darío Martínez

Darío Martínez

Darío Martínez

Darío Martínez

Darío Martínez

Darío Martínez

Aprovechando la crisis de Kodak, Fuji saca la navaja

Algunas de las películas Fuji. Las cuatro de la derecha ya no se fabrican o están a punto de no ser fabricadas

Algunas de las películas Fuji

Los señores directivos de Fujifilm Holdings Corporation —una megaempresa que el año pasado facturó 2.000 millones de euros y cerró con beneficios pese a la que está cayendo— cultivan la lección de gestión que los distribuidores de opiáceos ilegales han aplicado con tanta maestría a lo largo de la historia: si el clan rival está en peligro y el producto escasea, sube los precios y prepárate para sacar tajada.

El gigante japonés, principal rival histórico de la empresa estadounidense en quiebra Kodak, ha anunciado que subirá sustancialmente (se habla del 100%) toda su gama de películas fotográficas. Quizá sea el primer paso para dejar de fabricarlas. Hace dos años, a traición y con alevosía, Fuji dejó de distribuir en Japón y algunos otros países su película en blanco y negro Neopan de medio formato, una de las más queridas por los fotógrafos —mi favorita, por encima de la mítica Kodak TX—.

¿Razones? La empresa cita varias: la depreciación del yen, el aumento del precio del petroleo, el descenso del uso de película analógica. Añaden que siguen «comprometidos» con la fotografía y que la subida del precio es la única forma de mantener la producción. Permitan que me ría.

¿La verdad? A Fuji no le interesa un mercado que considera residual  —no lo es, hay millones de fotógrafos usando película en el mundo, pero nos hacen creer lo contrario— y que sólo representa una parte menor de su facturación, el 44% de la cual entra en caja gracias a las copiadoras (Xerox es propiedad de Fuji) y las soluciones de oficina.

Otro asunto, para mí inexplicable sin tener en mente la palabra atracador, es el precio de los carretes y el escandaloso margen de beneficio de algunos comerciantes. Vean: para una misma película, la Fuji Pro 400 H de medio formato y color, uno se encuentra con precios que van de los 3,8 euros (en B&H, EE UU), a los 6 (Lomography) o los 7,5 (Fotocasión, Madrid).

Ánxel Grove

Diez ‘momentos Kodak’: la anunciada muerte de la empresa fotográfica más importante de la historia

Anuncio de Kodak, 1900

Anuncio de Kodak, 1900

Lo inventaron o patentaron todo, desde la cámara portátil y barata y la película en rollo (que fue clave, a su vez, para el desarrollo del celuloide cinematográfico), hasta la point-and-shoot, el primer sensor de un megapíxel de resolución y la cámara digital.

Pintaron casi un siglo de memoria colectiva con los tonos cálidos de su temperatura color -el glorioso Kodachrome que, como decía la canción, «hace que el mundo parezca un día de sol»-.

Llegaron a controlar la venta del 90 por ciento de película y el 85 por ciento de todas las cámaras y son dueños de 1.100 registros industriales, entre ellos todos los básicos para la captura y procesado de fotos y vídeo que usan el resto de fabricantes.

La lista de productos que fabrican y comercializan provoca el vértigo de lo interminable.

Kodak. La marca no es un emblema corporativo. Es una palabra con sentido propio (luz, recuerdo, nostalgia, presencia…) que ha entrado en la vida privada de gran parte de la humanidad.

Aprovechando la solicitud de quiebra voluntaria de la empresa fotográfica más importante de la historia, emprendamos un Cotilleando a… Kodak.

George Eastman

George Eastman

1. La obsesión (y las malas artes) de un hijo de granjeros. George Eatsman (1854-1932), el fundador del imperio, no nació con la fortuna en el biberón. Era hijo de granjeros, sólo fue a la escuela hasta los ocho años, le recomendaron no continuar porque no estaba «especialmente dotado» para el estudio y vivió una infancia trágica: el padre muerto de una enfermedad degenerativa y una hermana fallecida de polio.

Trabajó como recadero en una empresa de seguros. A los 14 entró en un banco como empleado y se dedicó a abrir bien los oídos.

La obsesión por la fotografía del self-made-man Eastman nació de una casualidad. Cuando tenía 25 años planeó un viaje a la República Dominicana y quiso llevar una cámara para documentar el recorrido. Cuando compró el equipo se dió cuenta de que pesaba varias decenas de kilos, que necesitaría un caballo para transportarlo y que cada foto le saldría por unos 5 dólares, el equivalente al salario semanal de muchos empleados.

Aunque no llegó a hacer el viaje, el empeñó fue creciente: deseaba eliminar el farragoso sistema de hacer fotos con placas de cristal humedecidas con químicos abrasivos y peligrosos.

En el invento de la película en rollo, que con frecuencia se le atribuye, Eastman fue un mero vivales que compró (5.000 dólares) las patentes de un genio, David Houston (1841-1906), también granjero, primer desarrollador del film fotográfico moderno y de una veintena de las partes fundamentales de la cámara de fotos portátil.

Patente 388,850, 4 de septiembre de 1888

Patente 388,850, 4 de septiembre de 1888

2. «Me gusta la letra K». Aunque ya había montado una sociedad en 1880, la Eastman Dry Plate Company, el empresario ansiaba un anagrama poderoso, que no significase nada pero que no diera lugar al equívoco.

Acaso sin conocer al protagonista de las novelas afiebradas de Kafka, a Eastman le gustaba la letra ‘K’ («fuerte e incisiva») y encontró la marca Kodak jugando con su madre con unas fichas de Scrabble.

Algunos historiadores no pintan la historia con tonos tan casuales y sostienen que Eastman birló el nombre al desprendido inventor Houston, de cuyo estado de nacimiento, North Dakota, (NoDak, en una forma de contracción), puede derivar la marca.

Sea como fuere, Eastman siempre iba más rápido en la tramitación. Registró el nombre en 1888, al mismo tiempo que patentó y puso en el mercado la primera cámara Kodak: una caja negra de focal fija capaz de cargar un rollo de película de celulosa fotosensible donde cabían cien negativos cuadrados de 6,4 centímetros.

Aunque la Kodak Nº 1, como fue llamada, era aún cara para la época (25 dólares, más otros 10 de cada rollo de película), la cámara marcó el inicio del camino hacia la instantánea amateur y popular, democratizando la expresión fotográfica, hasta entonces en manos de las élites artisticas y adineradas.

Una niña retrata a un perro con una Kodak de fuelle. Años veinte.

Una niña retrata a un perro con una Kodak de fuelle. Años veinte.

3. «Usted apriete el botón. Nosotros hacemos el resto». Desde finales del siglo XIX la estrategia de Kodak fue abaratar las cámaras, hacerlas manejables y convertirlas en un objeto cotidiano al alcance de cualquier bolsillo y cualquiera que fuesen las habilidades fotográficas del usuario. El eslogan de la compañía, la frase con la que comienza este párrafo, era una invitación a hacer fotos por el simple placer de hacerlas.

Kodak tanteó con muchos modelos de cámaras hasta dar con la que sería su gran serie: las Brownie, que se fabricaron durante casi ocho décadas a partir de 1900.  Diseñadas por el gran Frank A. Brownell (1859-1939), costaban una miseria (un dólar), eran versátiles -las hubo de hasta seis tipos de película, entre ellas el film de 120, que todavía es hoy en día el estándar del formato medio– y volvieron loco al público.

Tres modelos de Brownie. Desde la izquierda, Starlet, Starflash y Starmite.

Tres modelos de Brownie. Desde la izquierda, Starlet, Starflash y Starmite.

La serie Star -que se fabricó entre 1957 y 1962- puso en circulación la cámara como objeto pop. En todos los sentidos: por el bello diseño plástico (con posibilidades combinatorias de colores y flashes) y por la enorme cantidad de unidades vendidas: sólo en los EE UU y sólo de los tres modelos que aparecen en la foto de la izquierda, unos 10 millones.

Practicamente todas las cámaras de juguete de la llamada lomografía por la que suspiran los modernos del mundo están inspiradas en las Brownie Star, cámaras que celebraban la alegría de hacer fotos y llamaban a capturar instantes felices. Hay una diferencia sustancial con el catálogo de Lomo: las Brownie eran populares (en precio) y no engañaban al consumidor (el bokeh de una lente de plástico no va a conseguir que una mala foto sea ni siquiera un poco mejor).

Anuncio de la Kodak Instamatic

Anuncio de la Kodak Instamatic

4. «Se carga como una pistola». El eslógan publicitario de dudoso gusto fue elegido por Kodak en 1963 para lanzar la que sería su serie de cámaras más vendida: las Instamatic, las primeras point-and-shoot compactas.

Baratísimas, pequeñas, sin necesidad de ajustes previos, adaptadas a un carrete con carcasa (de 126 milímetros) que se podía cargar en cualquier circunstancia, incluso bajo la luz directa del sol, sin temor a las peligros del velado, las Instamatic se hicieron con el mercado mundial. Cálculos conservadores cuantifican en 50 millones el número de unidades vendidas.

Aunque Kodak fabricó muchos modelos de Instamatic y todas las marcas de la competencia le pagaban jugosas ganancias por el uso del cartucho de 126 mm, la empresa no se detuvo en su avance.

En diciembre de 1975 uno de los ingenieros en la plantilla de la compañía, Steven Sasson, de 25 años, dió respuesta a la pregunta que le había formulado meses antes uno de sus jefes: ¿se podría construir una cámara con un sensor electrónico que recogiera información óptica?.

El prototipo de la primera cámara digital

El prototipo de la primera cámara digital

5. El futuro en 1975. Este aparato de la izquierda es la primera cámara digital de la historia. La diseñó y construyó Sasson para Kodak.

Utilizó un microchip sensor de imágen (CCD) que había desarrollado dos años antes la empresa Fairchil, una lente de un tomavistas Kodak y una carcasa construida para la ocasión.

El prototipo de la cámara, que pesaba casi cuatro kilos, grababa imágenes en blanco y negro en una cinta de casete y tenía una resolución de 0,01 megapíxeles (10.000 píxeles), tardó 23 segundos en capturar los datos de su primera foto, el retrato de una ayudante de Sasson. Sólo se veía la silueta de su pelo. «Nos queda bastante trabajo», dijo la modelo al ver la foto.

Aunque Kodak patentó el invento, la empresa, que siempre se había adelantado a la competencia, no apostó con decisión por desarrollar la tecnología digital aplicada a la captura de imágenes, convencida de que la transición de la fotografía analógica a la digital sería lentísima o ni siquiera llegaría a consumarse. Fue el principio del fin.

Cuando quisieron reaccionar (en 1986, por ejemplo, inventaron el primer sensor CCD en superar el umbral del megapíxel: 1,4, lo que permitía una copia impresa a calidad aceptable de 12,5 por 17,5 centímetros), los competidores asiáticos, sobre todo Canon y Sony, les habían comido el terreno. En 1999 Kodak tenía el 27 por ciento del mercado fotográfico mundial. Los porcentajes bajaron al 15 en 2003 y al 7 en 2010.

Intentaron una alianza con Apple para comercializar en 1994 la línea de cámaras digitales QuickTake, pero fue un batacazo: demasiado caras, mala resolución, compatibilidad exclusiva con ordenadores Mac. Se dejaron de fabricar a los tres años.

Sede central de Kodak en Rochester

Sede central de Kodak en Rochester

6. Crecimiento equivocado. El cuartel general de Kodak se ve desde el cielo: ocupa una enorme manzana en Rochester, en el estado de Nueva York. Es el mismo lugar -aunque ha sido ampliado varias veces- donde a finales del siglo XX George Eastman alquiló una planta para montar su negocio.

La corporación tiene delegaciones y filiales en casi todos los países del mundo. En un momento dado se llegó a conocer a la compañía como El Gigante Amarillo: 60.000 empleados sólo en la zona de Rochester. Ahora no quedan más que 7.000. En el mundo la plantilla ha pasado de 145.000 a 19.000.

La empresa funcionó como la seda durante casi un siglo. El dinero inundaba las arcas con creciente constancia. Incluso hace pocos años, en 2003, Kodak ingresó 3.000 millones de dólares (unos 2.300 millones de euros) solamente en indemnizaciones de fabricantes de teléfonos móviles y cámaras por uso indebido de patentes.

Película Kodachrome de 135 mm

Película Kodachrome de 135 mm

Dos años después, en 2005, todavía era líder de ventas de cámaras compactas digitales en los EE UU. En 2009 decidió dejar de fabricar la película Kodachrome, un valor seguro en el pequeño pero fiel y sostenido mercado de la fotografía analógica.

A día de hoy los activos de la corporación ascienden a 5.100 millones de dólares (3.900 millones de euros), pero la deuda es de 6.700 (5.100). El principal acreedor es el fondo de pensiones de los empleados, con una tercera parte de la deuda.

¿Causas? La primera: el teléfono móvil. Desde que en 1999 se puso a la venta el primer camera-phone, el Kyocera VP210, las fotos tomadas con móviles crecen mientras bajan las de cámaras. Un estudio del NPD Group señala que entre 2010 y 2011 el porcentaje de fotos realizadas con teléfonos pasó del 17 al 27 por ciento, mientras que las tomadas desde cámaras descendieron del 24 al 44.

Evolución de los logotipos de Kodak

Evolución de los logotipos de Kodak

La segunda: un modelo equivocado de reconversión. Desde 2005, Kodak se concentra en las líneas de impresoras domésticas y los servicios de impresión online, ambas demasiado saturadas y con competidores feroces, sin mencionar el problema primordial: los usuarios no imprimen las fotografías, cada vez se limitan más a mantenerlas en formatos digitales.

7. Una empresa tóxica. La imagen pública reciente de Kodak tampoco ha ayudado a mejorar sus resultados económicos.

La empresa ha sido señalada como una de las más contaminantes de los EE UU y ha tenido que afrontar varias sanciones administrativas por delitos medioambientales en los últimos veinte años.

En 1990 Kodak admitió haber violado las disposiciones de protección ambiental y, según organizaciomnes ecologistas, es la más contaminante del Estado de Nueva York, con más de dos millones de desechos químicos vertidos al agua y la atmósfera.

Antonio M. Pérez

Antonio M. Pérez

8. El hombre-jet. El señor de la foto -no realizada con Kodachrome, desde luego, pues fue él quien mandó al cementerio a la mítica película-, se llama Antonio M. Pérez, nació en Vigo (Pontevedra) en 1947, estudió Ingeniería Electrónica en la Universidad Politécnica de Madrid, tiene ciudadanía de los EE UU y es CEO de Kodak desde 2005.

Hace menos de un año pronunció una conferencia en Madrid sobre el «proceso de modernización» que estaba, dijo, aplicando en la empresa.

Sin soltar ni prenda de la bancarrota en ciernes y entre otras ocurrencias (Pérez suele fomentar el valor de la sonrisa), el pope del Gigante Amarillo declaró que la crisis de la empresa puede entenderse como una aplicación de la teoría del cisne negro sobre el miedo a lo desconocido. «Kodak se comportó con la cámara digital como Superman con la kriptonita: la escondió en el Polo Norte porque pensó que era algo malo. Pero los malos siempre la encuentran», precisó.

Aplaudieron mucho la salida comiquera los empresarios presentes y las dos ministras del último Gobierno de Zapatero que engalanaban el acto, la de Innovación y Tecnología, Cristina Garmendia, y la de Cultura, Ángeles González Sinde, que de cisnes negros sabe bastante.

Al menos dos portales de Internet dedicados al análisis de la gestión empresarial y las inversiones, Streeinsider y The Motley Fool, colocaron a Pérez entre los peores directores generales del año 2011. «Si quiere usted invertir en una empresa donde la dirección estratégica del CEO consiste en cruzar los dedos y rezar para que los tribunales te hagan un favor, entonces quizá Antonio Pérez sea su CEO. Para el resto de nosotros, (…) es un testarudo decorativo que ha sido el mayor responsable de la caída de lo que una vez fue una gran compañía, Eastman Kodak», dice la segunda web.

Además de por su desnortada gestión, Pérez también es un habitual en los media en los EE UU por la prodigalidad con que usa con fines particulares el jet privado de Kodak. En 2006 lo utilizó para ir a la Casa Blanca con su esposa y asistir a una fiesta durante la retransmisión de la final de la Super Bowl. En octubre se desveló que también lo utilizó desde 2007 (justo cuando empezó la caída en picado de la empresa) para desplazarse de vacaciones a Vigo hasta cuatro veces al año.

Nota de suicidio de George Eastman

Nota de suicidio de George Eastman

9. «Mi trabajo está hecho. ¿Por qué esperar?». La fortuna personal del fundador de Kodak llegó a ser estimada en 95 millones de dólares (72 millones de euros), una de las mayores de los EE UU.

Cuando George Eastman se pegó un tiro en el corazón, el 4 de marzo de 1932, incapaz de soportar el intenso dolor de una larga y penosa estenosis espinal, había destinado otro tanto a obras filantrópicas. En 1919 había regalado la tercera parte de sus acciones en Kodak -por valor de 10 millones (7,6 millones de euros)- a los trabajadores de la empresa.

En la nota de suicidio escribió un mensaje lacónico: «A mis amigos. Mi trabajo está hecho. ¿Por qué esperar?».

De un carácter empresarial de otro tiempo: paternal y cuidadoso, no le faltaban maneras de zorro -no de otro modo se explican sus manejos con las patentes iniciales que le permitieron arrancar con ventaja-, pero tampoco era un arribista. Le encantaba la fotografía.

Su mansión, que donó a la Universidad de Rochester, es la sede del más antiguo de los museos del mundo dedicados a fotografía , la George Eastman House.

Productos de Kodak

Productos de Kodak

10. También el Oscar deja a Kodak.  ¿Qué pasará con Kodak? La cosa pinta mal. En una maniobra que se parece demasiado a los movimientos espasmódicos de un cadáver antes de la muerte, Pérez ha arreciado con las demandas judiciales contra la competencia. En las últimas semanas ha denunciado a Samsung, Apple y HTC, a los que acusa de haber violado patentes relacionadas con la transmisión de imagen digital.

Los analistas dicen que la supervicencia de la empresa pasa por buscar un comprador para sus patentes, que pueden costar entre 2.000 y 3.000 millones de dólares (entre 1.500 y 2.300 millones de euros), pero la gran duda es si Kodak podrá sobrevivir sin lo único que tiene.

Para cerrar el círculo negro, la gala de entrega de los Oscar del 26 de febrero podría ser la última en celebrarse en el Teatro Kodak, sede de la ceremonia final de los premios desde 2002.

No está claro que Kodak pueda seguir pagando los 75 millones de dólares al año (57 millones de euros) que desembolsa porque su nombre aparezca asociado al teatro, ubicado en la intersección de Hollywood Boulevard y la avenida Highland.

La ceremonia de 2013 podría trasladarse al centro de la Los Ángeles, a la suntuosa plaza LA Live y, en concreto, al Teatro Nokia, donde ya se celebran los Emmy. Para una marca que, como Kodak, tiene tanto que ver con el paisaje sentimental estadounidense, ¿qué mejor metáfora del inevitable final?.

 Ánxel Grove

La misteriosa fotógrafa Brittany Markert

"Nida" - Britanny Market

"Nida" - Britanny Markert

«Bañada en negro y obsesionada por respirar, detenida en el largo pasillo iluminado en una noche que no olvidará».

Esta frase, acaso críptica, acompaña como única explicación literaria a la primera foto –la Polaroid de la izquierda– que vi de Britanny Markert.

Sucedió hace unos meses, en un vagabundeo sin destino por los arcanos pasillos de Flickr, donde las sorpresas son cada día menos frecuentes y el rayo de la revelación debe ser consumado: si encuentras algo, agótalo.

Supe que Britanny Markert era estadounidense -el paisaje fotográfico así lo indicaba-; joven -el tanteo, la inseguridad, el juego amable con la belleza-; que quizá provenga de un entorno económico saneado -el vestuario, los hoteles, la gente hermosa y bien alimentada que puebla sus fotos-; que goza con el tenebrismo y los rincones a los que no llega la mirada; que explora la sexualidad y el morbo…

Como vivo cerca de dónde ella vive, le escribí un mensaje interno. Una proposición decente: quedar para hacer fotos juntos. No recibí respuesta. Tampoco la esperaba. Creo que a Britanny Markert no le hacen falta los juegos en colectividad.

"Serenade Sublimina" - Britanny Market

"Serenade Sublimina" - Britanny Markert

Ahora descubro que la fotógrafa, a la que he seguido en silencio, participa en la edición de este año de la exposición colectiva 30 Under 30 | Women Photographers (30 de menos de 30 | Mujeres fotógrafas).

La foto de la izquierda, una joven yacente, paralizada por una contractura que parece radicar en el alma, es una de las que incluye en su slideshow. Forma parte de la serie Serenade Sublimina (Serenata Subliminal).

Mediante el texto informativo-biográfico que aporta a la exposición, he añadido algunos detalles al retrato interior y, por tanto, parcial, que me hago de Brittany Markert.

"Me" - Britanny Market

"Me" - Britanny Markert

Hace un año le regalaron una cámara réflex de 135 milímetros y se ha dedicado desde entonces a «estudiar fotografía analógica».

Su condición de novicia sólo añade asombro a la capacidad palpable de esta muchacha por revelarse, por mucho que, como en este autorretrato, sólo admita mostrarse desde el espejo deformante de la oscuridad.

El pequeño stament es previsible. En lo que a mí respecta, sobra frente a la oscura prosa de las imágenes: «Uso la fotografía para explorar un estado subliminal de la mente, un mundo con frecuencia saturado con recuerdos desvaídos y sueños obsesivos. Muchas de mis imágenes tiene que ver con mi interés en el estudio de los deseos insconscientes, el voyeurismo, la intimidad, la nostalgia y los desos no lineales del pasado, el futuro y el presente».

"Jamie" - Brittany Market

"Jamie" - Brittany Markert

No me hace falta tanto conceptualismo davidlynchiano y me quedo con el atestado vacío de las fotos de Markert: las chicas de ojos cerrados o consumidas por una luz extraterrenal, la acción esquiva cuyo centro ha sido removido y no resulta posible  encontrar, la falta absoluta de mientras tanto, la certeza de que no importa lo que esté sucediendo porque, en cualquier caso, nos arrasará sin remedio hagamos lo que hagamos y será eterno.

Para completar mi idea de Brittany Markert me son de más utilidad los «estímulos inspiradores» que cita la fotógrafa con deliciosa simpleza escolar:  «luz aislada, huecos de escaleras, bañeras, películas antiguas, edificios desolados, moteles, cortinas, ropa vieja y árboles que pierden las hojas».

(Sin título) - Britanny Market

(Sin título) - Britanny Markert

Leídos por segunda vez, haciendo de la enumeración un improbable poema, los sustantivos -siempre más elocuentes que los adjetivos y su indeterminación- adquieren el sentido atávico de una cadena.

Lean de nuevo los estímulos de Britanny Markert y, entre uno y el siguiente, inhalen, obsesionados, como la larga mujer de aquella primera Polaroid, por respirar: luz aislada / huecos de  escaleras / bañeras / películas antiguas / edificios desolados / moteles / cortinas / ropa vieja / árboles que pierden las hojas.

Ahora, con el último aliento, habrán encontrado a la gran narradora fotográfica en la que se convertirá muy pronto Britanny Markert.

Ánxel Grove

Tendencia al acecho: se llama colodión

Foto: Tom Craig

Foto: Tom Craig

La reciente foto muestra a la actriz Thandie Newton en una toma publicitaria para la compañía Louis Vuitton -cuya probada colaboración con los nazis no parece importar a las celebrities-. La campaña se llama Double Exposure y comenzó en 2010 con la seudo artista Sam Taylor Wood como musa.

Nada inspirador: ni los protagonistas (millonarios con fortunas cimentadas durante los años del terror ciego, actrices de segunda o artistillas que convocan a la prensa para rascarse un grano), ni las fotos, vulgares pese a la dulce y apasionada textura del colodión húmedo, una técnica del siglo XIX que emplea placas de vidrio como soporte para la imagen.

Me interesan algunos fotógrafos que utilizan el colodión, pero suelo sospechar de los arrebatos nostálgicos cuando los ejercen los poderosos. Si hicieron tratos con el régimen de Hitler, me mosqueo todavía más.

Esta misma semana recibí otro indicio de que se está escribiendo el prólogo de otro crimen trendy. «A Haunting Old Photographic Process Reappears» (Reaparece un viejo y evocador proceso fotográfico), titulaba el New York Times. Me escaman, casi tanto como Hitler y sin excepción, algunos adjetivos: impactante, orgánico, minimalista, poliédrico y ecléctico.

Veterano de guerra y su mujer (fotógrafo anónimo, 1860)

Veterano de guerra y su mujer (fotógrafo anónimo, 1860)

Evocador, sobre todo si va encadenado a viejo, también está en la lista. Lo viejo no evoca, demonios, lo viejo enseña. Vean la foto de la pareja de la izquierda, también un colodión, de 1860, compárenla con la idiotez de arriba y denme la razón.

Con la fotografía está sucediendo algo parecido al delito moral que ha cometido la mafia gay contra el barrio de Chueca: compras todos los locales comerciales de una zona miserable y condenada por los poderes públicos, te trabajas la imagen gracias a tu red de contactos, empiezas a hacer caja y terminas convertido en rey del Monopoly (los viejos del cuarto piso, puerta centro ya habrán sido deshauciados por entonces o, con suerte, pasaron por la incineradora).

Los yanquis llaman al asunto gentrification, verbo que aún no tiene traducción española, acaso porque viene a ser lo de siempre: el que es perico, dondequiera es verde, y el que es tarugo, dondequiera pierde.

Los modernos pagan y pagan bien por lo evocador. Basta convencerles de que hacen lo que se lleva. Las cámaras de juguete -varios pedazos de plástico insertados unos a otros- cuestan veinte veces lo que costaban desde que se venden como Lomography y son tendencia. En los talleres de introducción te convencen de que cualquiera puede ser fotógrafo y nadie te explica que es la profundidad de campo, la proporción aúrea o el número f. ¿Para qué necesitas saberlo si las las imágenes serán muy vintage, muy evocadoras?

Foto: Isa Marcelli

Foto: Isa Marcelli

Temo que con el colodión suceda otro tanto, que se gentrifique. Advierto los síntomas: cursos de inicición, alquiler de laboratorios, bla bla mediático, galerías afilando los colmillos…

Decir «me encanta el colodión» tiene tanto sentido como decir «me encanta el vino» mientras bebes una sangría.

Ni una cámara ni un proceso hacen una foto. El artefacto no garantiza nada.

Conozco desde hace años la obra de la fotógrafa francesa Isa Marcelli. La he visto crecer: empezar con una cámara digital, pasar a las analógicas de medio formato,  a las estenopéicas y luego al colodión. Es su mirada la que ha buscado acomodo para finalmente encontrar sentido en el espectro de luces azules del proceso.

En una ocasión me dijo que cuando se dejó llevar por el hábito de experimentar con la cámara-agujero de infinita profundidad sintió que llegaba a un terreno “nuevo y familiar al mismo tiempo”, que las fotografías estenopeicas habitan en una cercanía que las asemeja a las difusas imágenes “que guardamos en nuestros recuerdos o en nuestras almas”.

Otro fotógrafo al que admiro, Christopher Perez, también ha elegido el colodión.

Foto: Christopher Perez

Foto: Christopher Perez

«Las cámaras no siempre hacen lo que tú quieres que hagan. Por eso me gusta desarmarlas y reconstruirlas, añadirles ópticas… Ahora estoy experimentando con una cámara de madera y placas de colodión húmedo (…) La fotografía es el modo que he elegido para mirar al mundo y la vida, que están llenos de imperfecciones. Por eso opto por las cámaras hechas a mano, porque permiten que la imperfección participe en el juego», señaló cuando le pregunté los motivos de su querencia oldtimer.

Hay muchos otros que ejercen el ritual del revelado húmedo sobre placas de vidrio, que piden a sus modelos que se mantengan quietos durante diez o quince minutos, que se tomen tiempo para abrirse: Mark Sink, Sally Mann, Jill Enfield, Roman Kravchenko

En las fotos de todos ellos me reafirmo en que es el alma quién elige el proceso. Lo evocador está en la foto, nunca en el soporte.

Ánxel Grove