Entradas etiquetadas como ‘11-S’

Neil Young piropea a Donald Trump

Trump y Young antes de que el primero fuese elegido presidente - Foto: Instagram

Trump y Young antes de que el primero fuese elegido presidente – Foto: @realDonaldTrump

Los señores de la foto —publicada en la cuenta de Twitter de Donald Trump en junio de 2015, antes de la elección que ha congelado todas las sonrisas de la gente decente del planeta— no son tan antagónicos seres humanos como podríamos suponer.

Del presidente de los EE UU conocemos el lado esperpéntico y, como diría Valle Inclán, “fantocheril”. Ninguna sorpresa que Trump se deje hacer y muestre hiperdentadura mientras choca los cinco con un cantautor roquista, country y ruidista

Lo chocante viene de Young, que, en teoría y según dicen sus fanáticos, es indomable, está ojo avizor ante toda injusticia y despliega una intensa furia contra los enemigos de la libertad.

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Metraje mudo de las Torres Gemelas en construcción

Con cerca de 3.000 muertos, los atentados del 11 de septiembre de 2001 fueron un signo de los tiempos, todo en ellos resultó tan megalómano como los poderosos edificios del neoyorquino World Trade Center. El 11-S se televisó y emitió a una hora conveniente, para que una buena parte del planeta pudiera incluso ver en directo cómo el segundo avión se estellaba contra la Torre Sur.

El fragmento de película que acompaña a este texto tiene un toque corporativo, sería frío y anodino, en todo caso anecdótico para quien conozca el lugar, si no fuera por la historia que hay detrás de las Torres Gemelas. En el film producido por Western Electric (compañía estadounidense de ingeniería eléctrica), la falta de sonido hace pensar que se trata de material bruto para un audiovisual industrial.

Ahora de dominio público y de visionado y descarga libre gracias al Internet Archive, el film documenta cómo se construyeron los colosos y cómo eran los primeros ocupantes. Desde el presente, podemos asociar cada segundo del metraje a la destrucción, el silencio —en otras circunstancias imparcial— contribuye a la incomodidad.

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El himno de EE UU como ópera bufa

Cubierta de la partitura para piano de 'The Star-Spangled Banner' - Filadelfia, 1862 (Project Gutenberg)

Cubierta de la partitura para piano de ‘The Star-Spangled Banner’ – Filadelfia, 1862 (Project Gutenberg)

En 2014 cumplió doscientos años y hace unos días fue escuchado de nuevo con reverencia en muchos rincones de los EE UU para celebrar el 4 de julio, el Día de la Independencia. Al Star-Spangled Banner (La bandera tachonada de estrellas), el himno oficial del país desde 1931 —la letra es de mucho antes, de 1814, y fue adaptada a una melodía popular inglesa—, nos han obligado a reconocerlo por imperialismo cultural y dictadura audiovisual. Identificamos la canción nacional de un país ajeno como si se tratara de un éxito de hit parade.

Nos la han enseñado a la fuerza en miles de actos públicos, deportivos o políticos, esos en que los estadounidenses se redimen de sus pecados para colocar la mano en el corazón y enternecerse mientras corean:

Nuestra causa es el bien, y por eso triunfamos
Siempre fue nuestro lema: «En Dios Confiamos»
¡Y desplegará así su hermosura estrellada
Sobre tierra de libres la bandera sagrada!

Quizá por la repetición y sus riesgos añadidos, la canción patria se ha convertido en una especie de comedia abierta, una ópera bufa durante la cual todo es posible y la frontera entre la gloria y el ridículo se estrecha y resulta peligrosa.

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Vuelve tras 44 años de silencio la musa psicodélica (e higienista dental) Linda Perhacs

"Parallelograms" -  Linda Perhacs, 1970

“Parallelograms” – Linda Perhacs, 1970

Linda Perhacs, una de aquellas hijas de la luna que en los años setenta transportaban los colores a la música como si las tonalidades cromáticas fuesen acordes, grabó un solo disco, Parallelograms (1970), y se perdió en la nada. Viajó a Hawai mientras la casa discográfica, intentaba localizarla en vano para unas cuantas entrevistas promocionales, se casó y divorció, regresó a su California natal y encontró empleo como higienista dental en una clínica de alto copete donde limpió los molares de centenares de clientes, entre ellos los actores Paul Newman y Cary Grant.

Estaba convencida de que había perdido el don de pintar la música y, además, cuando escuchó la copia del disco que le enviaron por correo se encontró con que habían aplanado el sonido, eliminando los amplios matices vocales y recortando los efectos naturales —el soplido del viento, los golpes de las olas, el silencio repleto de vida de un bosque…—. “Lo han destrozado, es como madera muerta”, dijo antes de tirar la copia a la basura.

Perhacs (su nombre de nacimiento es Linda Arnold) se desvaneció. Siempre había sido un poco asilvestrada —creció en una familia conservadora del norte de California y, como el ambiente en casa era pesado, se iba al bosque (“nunca vi la televisión, mi televisión era perderme entre los árboles“)— y jamás había creído, con la inocencia de tantos otros, que el sueño hippie fuese algo más que ruido (“estaba muy ocupada estudiando y siempre me prometía que tras terminar la carrera me enteraría quiénes eran aquellos Beatles de los que todos hablaban, después me olvidé de hacerlo”).

Mientras la descreída Perhacs envejecía y se ganaba la vida en la clínica, la música elusiva, profunda, psicodélica y de navegaciones vocales de Parallelograms empezó a rodar por los canales de Internet, fue reeditada en disco compacto en 1998 —la compañía estuvo dos años intentando localizar a la artista para pagarle derechos— y la cantantautora empezó a ser considerada como precursora del estilo New Weird America, que aunó a los músicos jóvenes que tras el 11-S decidieron dejar de lado el griterío para volver a las fuentes de intensidad suave de las tradiciones del folk y el country estadounidenses.

Mucho menos académica que Joni Mitchell, con quien a menudo se la emparenta por el tono de voz aunque la de Perhacs es más atrevida y sensual, la mujer fue recibiendo inputs extraños que no terminaba de entender: un día alguien le decía que había escuchado una de sus canciones en la película Electroma (2006) de Daft Punk; otro, recibía una invitación para hacer coros para el álbum Smokey Rolls Down Thunder Canyon (2007), de Devendra Banhart y, finalmente, el ecléctico Sufjan Stevens le propuso, a través de su sello Asthmatic Kitty, romper un silencio de 44 años y grabar un disco.

Perhacs, que ha confesado que experimenta un “renacer espiritual” y que no desea entregar simplemente “música recreacional” sino “música para ayudar a los demás”, aceptó la invitación y el disco de regreso, 44 años después del primero, estará a la venta en marzo. La grabación de The Soul of All Natural Things fue larga, porque la cantautora sólo podía ir al estudio los domingos —único día libre en su trabajo como higienista dental—.

Se ha difundido una canción y, como se puede apreciar, Linda Perhacs sigue en los bosques.

Ánxel Grove

Un fotógrafo, su novia soldado y la guerra de Irak

Flying Kiss, Rockport, Maine, 2000 © Guillaume Simoneau

Flying Kiss, Rockport, Maine, 2000 © Guillaume Simoneau

Caroline Annandale y el fotógrafo Guillaume Simoneau acababan de conocerse y estaban enamorados. El beso volante, uno de los códigos universales del cariño, no es la más sólida de las pruebas. Hay señales más claras: por parte de ella, el ofrecimiento de los ojos cerrados, la amplitud del cuello, las manos enlazadas en torno a una madera vieja y blanca; por parte de él, la mirada encendida, la entrada en el territorio íntimo al que sólo accedes cuando amas.

La pareja transnacional —Caroline procede de Georgia, en el sur de los EE UU, y Guillaume es franco-canadiense, de la zona de Quebec— se había conocido en un taller de verano de fotografía en 2000 y el flechazo tuvo la hondura suficiente como para que decidieran hacer planes de cierta envergadura: irse a recorrer mundo con la juventud y el amor como único salvoconducto.

Poco más de un año después, él vuelve a retratarla en un momento preñado de adoración: una habitación sólo iluminada por tres velas en Goa, la zona sureña de la India donde la melancolía de los colonizadores portugueses añadió cierta temperanza a la turbulencia del mundo como sufrimiento que propone el hinduismo. La imagen tiene el color de la miel tras o antes del sexo y, por tanto, quizá no admita que nos fijemos demasiado en la fecha aunque, como veremos, debemos hacerlo: 11 de septiembre de 2001.

En Goa, India, 11 de septiembre de 2001 © Guillaume Simoneau

En Goa, India, 11 de septiembre de 2001 © Guillaume Simoneau

Demos un salto de ocho años. Guillaume vuelve a retratar a Caroline en 2008. No se nos ofrecen explicaciones sobre la relación que mantienen ahora: quizá sigan siendo amigos, quizá todavía haya intimidad. Poco importa el grado dado lo que vemos en la foto frontal y áspera: una muchacha de ventitantos que ha perdido la fosforecencia natural y que nada sabe de la cordialidad como sistema de vida.

Tras el 11-S Caroline se había dejado seducir por una pasión tan tóxica como el amor: el nacionalismo y la llamada bélica de castigo contra los supuestos enemigos de la patria mancillada. Ingresó en el Ejército, combatió varios años en Irak y ahora, en la desconcertante foto de su nuevo ser, es la sargento Caroline Annandale, juramentada, valerosa, capaz de manejar armas sofisticadas, conocedora de olor de la sangre

La mirada militar de Caroline no se dirige a la cámara pero es consciente al cien por cien de la cámara y la evita, desea atraversarla, sabe que ese aparato incruento, sobre todo cuando es manejado por quien te quiere o te quiso, revela lo que has perdido.

Canadian Marine jacket, Kennesaw, Georgia, 2008 © Guillaume Simoneau

Canadian Marine jacket, Kennesaw, Georgia, 2008 © Guillaume Simoneau

El fotolibro Love and War es el intento caótico y desesperado del fotógrafo Simoneau por entender. Lo define como una “síntesis lírica” para mostrar la “inseparable naturaleza del amor, la creatividad y la adversidad” y lo presenta bajo el género del trabajo documental, pero sabemos que también se trata de una expedición hacia las cicatrices interiores y una inútil maniobra para recuperar la noche en que la luz de las velas de Goa dejó de ser un indicio del amor y se convirtió en una caldera de azufre.

Ordenado desde la creencia de que la cronología nada explica excepto la matemática demente de los años, el libro conjuga, sin jerarquía de escaleta temporal, las imágenes —no siempre de Simoneau, hay también instantáneas que Caroline le enviaba desde eso que llaman teatro de operaciones con bastardas intenciones semánticas—, con emails, mensajes telefónicos de texto, cartas manuscritas, metáforas fotográficas que el franco-canadiense elaboraba para no perder la cordura mientras su novia participaba en la guerra…

 © Guillaume Simoneau

“Cuanto más pienso hacia dónde vamos individualmente, más creo que debemos estar juntos” © Guillaume Simoneau

La narrativa rota de Simoneau —con momentos de tanta franqueza dramática como un SMS de la madre de Caroline con este texto: “El 20 de mayo de 2003 [Caroline] se casó con su amigo Joe Hopkins y cambió su nombre por el de Caroline Ralston Hopkins”— contiene suficientes espacios abiertos como para arañar los límites de la literatura. Que el autor haya seguido adorando a la muchacha-soldado, dedicándose a buscar su esencia durante años, añade a Love and War el carácter casi sagrado de una epifanía.

El fotógrafo admite, ¿cómo no hacerlo?, que la guerra convirtió en otra persona a la chica del beso volante y las noches de Goa, pero Simoneau también ha señalado que ahora él es mucho más “indulgente” con los jóvenes que se enrolan. “Entiendo cómo tu contexto social, físico y geográfico pueden llevarte a tomar decisiones que ni siquiera considerarías en un ambiente diferente”, dice en una entrevista.

Wearing army uniform for me, Kennesaw, Georgia, 2008   © Guillaume Simoneau

Wearing army uniform for me, Kennesaw, Georgia, 2008 © Guillaume Simoneau

“Llevando el uniforme militar para mí”, titula el autor de Love and War esta foto, tomada cinco años después de que Caroline se casara. En otra de la misma serie, ella posa con una pistola. En una tercera aparece en la cama, con los ojos vacíos de quien ha ejercitado la vista en exceso, contemplando escenas que nadie debería estar obligado a ver.

El grado de compromiso entre los dos actores de este drama, además de reafirmar que la fotografía es un tónico inexplicable, me recuerda una cita de Camara lúcida, el libro de Roland Barthes, con la cual quiero acabar, porque nada razonable quiero añadir a esta historia tan cruda como hermosa e inexplicable:

La fotografía lleva siempre su referente consigo, estando marcados ambos por la misma inmovilidad amorosa fúnebre: están pegados el uno al otro, miembro a miembro, como el condenado encadenado a un cadáver en ciertos suplicios; o también como esas parejas de peces (los tiburones, creo) que navegan juntos, como unidos por un coito eterno.

Ánxel Grove

On bed, Kennesaw, Georgia, 2008 © Guillaume Simoneau

On bed, Kennesaw, Georgia, 2008 © Guillaume Simoneau

Caroline,  Kennesaw, Georgia, 2008   © Guillaume Simoneau

Caroline, Kennesaw, Georgia, 2008 © Guillaume Simoneau

Caroline,  Kennesaw, Georgia, 2008   © Guillaume Simoneau

Caroline, Kennesaw, Georgia, 2008 © Guillaume Simoneau

Caroline,  Kennesaw, Georgia, 2008   © Guillaume Simoneau

Caroline, Kennesaw, Georgia, 2008 © Guillaume Simoneau

Caroline's world by Joanna R, Rockport, Maine, 2000 © Guillaume Simoneau

Caroline’s world by Joanna R, Rockport, Maine, 2000 © Guillaume Simoneau

El fotógrafo que prefiere los “terribles errores” de una cámara de plástico

Thomas Alleman es un fotógrafo comercial estadounidense. No hay ánimo peyorativo en el adjetivo comercial: cada uno se gana la vida como puede y a él le gusta —y le compensa económicamente después de quince años de ejercicio y una muy sólida reputación— firmar reportajes para revistas ilustradas con nombres que tienen potencia balística (Time, People, Business Week…), pero si Alleman pasa a la historia no lo hará por esos trabajos de mayúscula importancia y producción esmerada, circuntancias que en el mundo de la fotografía comercial están maridadas con la posesión de un equipo digital valorado en cifras de, cuando menos, seis dígitos.

Un pedazo de plástico

Un pedazo de plástico

Lo mejor de Alleman, su prueba de vida, ha salido de una cámara de juguete.

Las fotos con las que el reportero se convierte en un poeta y danza el infinito vals de la luz y la sombra son tomadas con una Holga, la cámara de medio formato que se puede comprar por unos 25 euros. Con ese pedazo de plástico negro en las manos, Alleman es un chamán, un héroe, un niño iluminado…

Fabricada desde 1982, sin licencia ni franquicia, en Hong Kong (la diseñó un tal TM Lee del que nada se sabe y, por supuesto, no tiene Twitter), ha habido maniobras del lobby pijo de Lomography para hacerse con la distribuición mundial exclusiva de la Holga pero hay demasiados talleres en China fabricando las cámaras cada uno por su lado y tanta diversificación no permite el monopolio. Todo objeto es un objeto político y la Holga, en los tiempos de Instagram y los smarthpones, es procomún y proletaria.

Es claro que tener en las manos esta cámara de precio popular y aspecto algo torpe —100% plástica, básica, cuadrada, una especie de ladrillo— no garantiza que funcione la mecánica de fluidos del ars poetica fotográfico, porque si tienes los sentimientos de un rodamiento de plomo, harás fotos plomizas y siempre conviene que llegues al momento de hacer la foto con el alma rota y el corazón supurando, porque, amigo mío, ningún filtro va a hacer el trabajo por ti.

La herida de Allman fue el 11-S. Tras los ataques con los aviones tripulados se sintió perdido y dejó de entender. Necesitado de una mirada de mayor suavidad, de fidelidad baja, empezó a caminar y conducir sin rumbo por la ciudad en la que vive, la megalópolis de Los Ángeles.

Nunca llevaba consigo ninguna de las cámaras para matar con precio de seis dígitos: consideraba que era grosero proponer la alta tecnología como forma de luto y optó por la Holga que hasta entonces consideraba un objeto decorativo, una contradicción. La hermosa serie Sunshine & Noir es el resultado de aquellos viajes nómadas en busca de soledad y muda reflexión.

Con la “muy primitiva tecnología” y los “terribles errores” de la Holga —un adminículo de baja precisión, con distorsiones, superposiciones caprichosas  y entradas no menos azarosas de luz (una copia plástica del alma humana, vaya)—, Alleman aprendió nuevamente a ejercer el derecho a la mirada, sometida a fallos, distracciones y melancólicos retrocesos. No ha roto el compromiso y con la Holga ha retratado Los Ángeles, Nueva York, Mongolia y otros lugares.

Lo que para algunos podría ser un resultado disfuncional empezó a convertirse en el abecedario visual de un niño sorprendido. Ahora Alleman suele dejar siempre en casa a las cámaras serias. No le hace falta nada más que un trozo de plástico negro.

Ánxel Grove

© Thomas Alleman

© Thomas Alleman

© Thomas Alleman

© Thomas Alleman

© Thomas Alleman

© Thomas Alleman

© Thomas Alleman

© Thomas Alleman

© Thomas Alleman

© Thomas Alleman

© Thomas Alleman

© Thomas Alleman

© Thomas Alleman

© Thomas Alleman

© Thomas Alleman

© Thomas Alleman

© Thomas Alleman

© Thomas Alleman

© Thomas Alleman

© Thomas Alleman

© Thomas Alleman

© Thomas Alleman

© Thomas Alleman

© Thomas Alleman

© Thomas Alleman

© Thomas Alleman

© Thomas Alleman

© Thomas Alleman

Lo mejor (y lo peor) de Neil Young

Cubierta de "Waging Heavy Peace"

Cubierta de “Waging Heavy Peace”

El libro de la izquierda —publicado hace unas horas en el mercado anglosajón— será un bestseller. Es la esperada autobiografía de Neil Young, tiene más de 500 páginas y se titula Waging Hevy Peace. Lo edita una filial del poderoso grupo Penguin y en los EE UU cuesta 30 dólares (unos 23 euros) en tapa dura  y 16,99 (13 euros) en edición electrónica.

Young, que el 12 de noviembre cumplirá 67 años, no admite discusión. Es uno de los obligatorios. En algún momento de los últimos años escribí sobre él algunos párrafos que me atrevo a repetir:

Richard Shakey, Ricardo Tembleques, Young tiene sarcasmo suficiente como para mofarse en su alias habitual de la eplilepsia que padece. No es la única herida: diabético, lastrado por una polio infantil, superviviente de un aneurisma casi letal, padre de dos niños con parálisis cerebral…

Hijo de periodistas deportivos, niño enfermizo crecido en el boscoso pueblo canadiense de Winnipeg –donde conoció a uno de sus grandes amores, la cantautora Joni Mitchell–, Shakey se ha atrevido contra todo: echó en cara al rock sureño su complacencia con la segregación racial (Southern Man ), acusó a Nixon de asesino de estudiantes durante protestas antibélicas (Ohio ), relató los estragos de la heroína entre sus compadres generacionales (The Needle and the Damage Done), denunció las barbaridades de los conquistadores españoles (Cortez The Killer )…

La edad no ha mitigado la furia. Hace unas semanas suspendió un concierto en Los Angeles por solidaridad con la huelga de los trabajadores del local y en los últimos años, pese a que conserva la nacionalidad canadiense y podría ser expulsado de EE UU por inmiscuirse en asuntos internos, se ha destapado como el artista más beligerante contra la atroz política de Bush. En 2006 pidió directamente su destitución en Let’s Impeach the President.

¿La autobiografía? No la he leído, aunque lo haré, pero cuentan las reseñas que está bastante mal escrita aunque mitiga la torpeza de estilo con un abundante anecdotario: una jam session con Charles Manson, el líder de la secta de asesinos hippies; sus problemas como inmigrante canadiense en los EE UU —hasta hace relativamente poco no consiguió una green card para poder trabajar legalmente en el país—; el dolor de tener dos hijos (Zeke y Ben, de madres distintas) nacidos con parálisis cerebral no hereditaria…

Con la autobiografía como excusa, intentaré condensar la mareante obra musical de Young —solamente en estudio, unos cuarenta discos— y proponer lo mejor y lo peor de una carrera tan paradójica como el personaje. Para empezar, lo indignante, lo que se debe evitar.

Los tres peores discos de Neil Young:

"Landing on Water"

“Landing on Water”

1. Landing on Water, 1986. Tan malo que duele. La década de los ochenta puede borrarse de la carrera de Young. Estaba perdido, sin inspiración y desganado. Ocultaba con desprecio y cinismo un bache creativo que no deseaba admitir.

Entre los pésimos discos de la época, éste se lleva la palma: una colección de endebles canciones con arreglos de pop mainstream al estilo de Jouney, Kansas y otras bandas épicas sin alma.

Geffen Records, la discográfica en la que grababa desde 1982 el artista, demandó a Young poco después de la edición del álbum y le reclamó algo más de tres millones de dólares, aduciendo que sus discos eran suicidios comerciales y artísticos y no respondían a lo que el público esperaba del músico. El dueño de la empresa, David Geffen, se disculpó más tarde en persona por intentar interferir en las decisiones musicales de Young, pero no tuvo reparos en despedirle.

Aunque ninguna de las diez piezas del álbum es audible y quienes lo compramos en su momento por fidelidad lo hemos condenado a las telarañas, la canción Hippie Dream merece cierta atención por la mala baba de Young hacia sus compañeros de hippismo, a los que acusa de idealismo e inocencia.


"This Note's for You"

“This Note’s for You”

2. This Note’s for You, 1988. Otro producto de la década ominosa y un nuevo desatino de Young, que intentaba ocultar el bache eloborando indigeribles experimentos temáticos sobre géneros musicales.

Había ejercido el ridículo con su emulación del tecno (Trans, 1982), el rockabilly (Everybody’s Rockin’, 1983) y el country & western (Old Ways, 1985) y en This Note’s for You lo intentó con el soul.

Rodeado de coros y salpimentado con supuesta gracia negra —algo de lo que carece Young, que es adusto y sin swing—, el disco blusey del canadiense no alcanza el azul pálido.

Escribiendo letras y vendiendo ideología de andar por casa tampoco estaba en su mejor momento. Algunas estrofas claman a gritos por una tijera redentora o invitan a regalar al compositor un diccionario de rimas: I ain’t singin’ for Pepsi / I ain’t singin’ for Coke / I don’t sing for nobody / Makes me look like a joke (No canto para Pepsi / No canto para Coca Cola / No canto para nadie / Porque me hace sentir como un payaso).

"Are You Passionate?"

“Are You Passionate?”

3. Are You Passionate?, 2002. Intolerable y ridículo disco en el que Young juega a otra de sus desastrosas encarnaciones, la de crooner romántico.

Pese al acompañamiento sólido de Booker T. & The MG’s, una de las piedras angulares del sonido de Stax, aquí sólo hay sacarosa, un patético intento de hacer música de seducción para adultos.

Para empeorar la sensación, el disco contiene la que seguramente sea la peor canción de toda la carrera de Young, Let’s Roll, uno de los primeros temas musicales en abordar los atentados del 11-S, basado en las últimas palabras que pronunció Todd Beamer, uno de los pasajeros del vuelo 93 de United Airlines que se enfrentaron a los secuestradores.

Si las discutibles opiniones ideológicas de Young ya habían quedado patentes en su apoyo a Ronald Reagan en 1984, esta vez quedó marcado para siempre como trovador del patrioterismo menos racional.

Los tres mejores discos de Neil Young:

"Tonight's the Night"

“Tonight’s the Night”

1. Tonight’s the Night, 1975. Uno de los discos más bellos y catárticos de la historia del rock.

Aunque palidezca porque exhibe menos decibelios que los discos más eléctricos de Young, la intensidad desnuda del músico, el dolor palpitante y la miseria existencial sobre la que narra experiencias personales hacen de Tonight’s the Night un álbum irrepetible.

Dedicado a dos amigos y almas gemelas muertos por sobredosis de heroína —el gran músico Danny Whitten, líder de Crazy Horse, y el roadie Bruce Berry—, la gran tragedia generacional que a mediados de los años setenta avistaban los exhippies es el fondo temática de un disco irreprochable y en carne viva que transmite un escalofrío constante.

Despedazado por las desgracias, conocedor de que la velocidad y las mentiras habías sido demasiadas, Young canta en estado trémulo algunas de los mejores temas de su carrera. Pese a todo, la discográfica de turno (Reprise) no lo veía claro y devolvió al músico el proyecto, ordenándalo grabar otro álbum. Sólo después del éxito de las canciones en directo dieron luz verde al proyecto.

"After the Gold Rush"

“After the Gold Rush”

2. After the Gold Rush, 1970. Es difícil elegir entre el anterior y éste: de una elegantísima y cruda belleza.

Cuando editó After the Gold Rush [aquí está completo, al menos por ahora] Neil Young era el elemento más brillante del súpergrupo Crosby, Stills, Nash & Young —con quienes grabó Helpless y Ohio— y despuntaba como una figura imparable y con voz propia.

En un rush creativo pasmoso, se convirtió en el mejor y más prolífico cantautor eléctroacústico. El disco, el tercero en solitario y el segundo con Crazy Horse como músculo, es casi una obra conceptual sobre la soledad, pero contiene puntos de fuga memorables como el volcánico Southern Man.

Disco consistente y de equilibrio perfecto. No conozco a nadie que no se emocione al escucharlo por primera vez. Lo compré cuando lo editaron. Yo tenía 15 años. Mi madre tenía que obligarme a abandonar la habitación para ir a cenar cada noche aunque también a ella le gustaba el disco.


"Rust Never Sleeps"

“Rust Never Sleeps”

3. Rust Never Sleeps, 1979. La solvencia de cataclismo de Neil Young y Crazy Horse en su expresión máxima.

Algunos sostienen, con bastante tino, que Rust Never Sleeps es el único disco realmente punk que se ha editado nunca. Incluso las canciones acústicas tienen un altísimo grado de desesperación.

Fue el gran último momento de Young y también su última predicción solvente: sólo un individualismo con alma nos salvará contra el monstruo hambriento del sistema.

El álbum parece grabado en un polvorín o en la sala de electrochoques de un sanatorio para deshauciados y no tiene una sola grieta.

Cada canción es perfecta, pero entre todas brilla la reflexión ying-yang sobre el pérfido negocio musical: My My, Hey Hey (Out of the Blue) y Hey Hey, My My [Into the Black].

Ánxel Grove

El fotógrafo ‘más polémico’ es un caradura

"The Twins", 2010 © Jonathan Hobin

"The Twins", 2010 © Jonathan Hobin

Dos niños juegan en una de esas placenteras habitaciones infantiles del Primer Mundo donde han pintado nubes en las paredes  como fórmula ritual de mostrar buen gusto y carácter open minded —”no creo en Dios, ¿sabes?, soy ateo, que haya pintado el cuarto de mis hijos como una iglesia es casualidad”—.

Los niños recrean el momento del 11 de septiembre de 2001 en que el vuelo 175 de United está a punto de embestir contra la torre sur del World Trade Center. Hay personas saltando de la primera torre atacada, llamas saliendo del edificio y equipos de rescate en acción. Uno de los críos lleva un casco de bombero, es claramente caucásico y parece inocente. El otro, el que sostiene el avión, lleva capucha y tiene mirada maligna. La foto se titula Las Gemelas (The Twins).

El autor de la foto, el canadiense Jonathan Hobin, está acostumbrado a montarla. Cuando hace dos años expuso la foto de los niños jugando al 11-S le acusaron de manipular y explotar a los críos. Aunque Hobin se defendió con el argumentario habitual —libertad de expresión artística, análisis de la sociedad contemporánea y demás zarandajas—, las fotos huelen a chamusquina, un sustantivo inapropiado si lo relacionamos con los atentados, pero bastante adecuado para juzgar a un artista cuya imaginación tiene la altura del rodapié de la habitación-plató donde escenificó su montaje. Hubo otros, con críos jugando a las torturas en la cárcel de Abu Ghraib o a la indefensión durante el huracán Katrina.

"Little Lady / Little Man", 2012

"The Deathbed", 2012 © Jonathan Hobin

La señora de la foto de la izquierda está a punto de morir en una cama de hospital. Se llamaba Marjorie Ann Merrill, Grammie, y falleció en enero de 2010, a los 91 años, pocos minutos después del click. La foto en el lecho de muerte la hizo su nieto, Jonathan Hobin. Cuatro años antes había retratado el cadáver del marido de Grammie, William Merrill, Pop.

En Ottawa se han alzado voces contra las fotos por sacar partido comercial de la muerte y mostrarla de manera muy explícita.

Una de dos: o en Ottawa, patria chica de Hobin, abundan los meapilas, o el fotógrafo es un calienta conciencias que vive de los clichés que acaso eran tabús para la generación de sus abuelos. En ambos supuestos Hobin queda como un arribista.

Hobin está acreditado para retratar las muertes cercanas y documentarlas desde el dolor, por supuesto, pero toma al resto de los humanos por indocumentados culturales cuando describe su proyecto —se titula Little Lady / Little Man y está expuesto en la galería del ayuntamiento de Otawa, es decir, con dineritos públicos por medio— como la obra fundacional de un género y una exploración pionera sobre la “renuncia de lo físico” y la “evenescencia de la vida”.

"The Last Breath", 2012

"The Last Breath", 2012 © Jonathan Hobin

Por citar a la más mediática —con frecuencia hasta niveles que provocan náusea—, Annie Leibovitz fotografió con ternura, dolor y cariño todas las fases del cáncer que mató a su amante, la rebelde ensayista Susan Sontag (1933-2004). También retrató el cadáver y también expuso la foto, pero en su manera de mostrarla, dentro de “un estuche de imágenes portátiles“, sedimentadas y profundas, no hay nada parecido al estruendo de fanfarria con que Hobin habla de las fotos de sus abuelos, de las que ningún fotógrafo podría estar orgulloso: son efectistas, están forzadas en el enfoque y ni siquiera tienen un corte interesante.

En algún medio he leído que Hobin es “el más polémico artista de Ottawa”. Venden barata la categoría.

Ánxel Grove

Soldados retratados antes, durante y después de la guerra de Afganistán

Claire Felicie - "Here are the Young Men (Marked)"

Claire Felicie - "Here are the Young Men (Marked)"

Cada uno de los trípticos muestra al mismo joven en tres momentos diferentes, críticos pero no demasiado alejados en el tiempo: antes, durante y después de haber combatido en la Guerra de Afganistán.

El proyecto se titula Here are the Young Men (Aquí están los jóvenes), y es una consecuencia del miedo de una madre.

La autora, la fotógrafa holandesa Claire Felicie (45 años), tiene un hijo, Tristan Feij, que se alistó en la Infantería de Marina del Ejército de Holanda, uno de los 48 que forman parte de la llamada Fuerza Internacional de Asistencia para la Seguridad que sigue el compás de los EE UU en la desventura bélica iniciada tras los atentados del 11-S.

Claire Felicie - "Here are the Young Men (Marked)"

Claire Felicie - "Here are the Young Men (Marked)"

La madre estaba segura de que tarde o temprano su hijo sería destinado a Afganistán y ella terminaría recibiendo una llamada comunicando que el joven se había convertido en una víctima más de la guerra, en la que han muerto casi 3.000 soldados de la coalición (además de unos 30.000 civiles).

Aunque Tristan nunca llegó a pisar tierra afgana y fue destinado a labores igualmente castrenses pero menos expuestas a la demencia, Claire Felicie no dejaba de pensar en otros soldados sumidos en la experiencia de la guerra.

El proyecto que llevó adelante tiene la grandeza de lo simple. Retrató a una veintena de marines de la 13ª Compañía de Infantería según un esquema rígido: blanco y negro y planos cerradísimos del rostro. Ningún elemento accesorio. Solamente miradas, piel y gestos.

Claire Felicie - "Here are the Young Men (Marked)"

Claire Felicie - "Here are the Young Men (Marked)"

Hizo las fotos de los soldados en tres tandas: cinco meses antes de que saliesen hacia Afganistán, tres meses después de su llegada al teatro de operaciones (la fotógrafa tuvo que desplazarse a Uruzgan, una zona limítrofe con Kandahar, donde estaban destinados los marines de los Países Bajos), y tras el regreso de las tropas a Holanda, en septiembre de 2010.

El resultado, ordenado en trípticos cronológicos (antes, durante, después) es una constatación pura del trauma, un sobrecogedor testimonio de los efectos de la guerra sobre el alma.

Felicie subdivide la serie en tres colecciones: Marked (Fichados), Armoured (Armados) y Comitted (En misión). Es un error. Las dos últimas sobran y sólo añaden matices propagandísticos a la misión bélica. Parecen responder a un deseo de compensar la confianza del ejército hacia la fotógrafa al permitirle retratar a los soldados. La primera, los trípticos, es tan poderosa que merecería la soledad.

Claire Felicie - "Here are the Young Men (Marked)"

Claire Felicie - "Here are the Young Men (Marked)"

No hay ruido en los retratos, ni armas de asalto, ni uniformes tecnológicos, explosivos y demás instrumental de aniquilación: sólo los semblantes de un puñado de veinteañeros, militares de élite.

Hay un trastorno de base en estos chicos en apariencia sanos (sólo un perturbado opta por una profesión basada en la muerte de un semejante), pero las fotos, su historia troceada en tres tiempos, es veraz como una autopsia a la justicia diabólica de las armas. A partir de un grupo de muchachos holandeses (podrían ser futbolistas, amigos de parranda, modelos..), la guerra, inútil como todas, ha creado seres vacíos y monstruosos.

Ánxel Grove