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Kodak quiere que regreses a la película Súper-8 (pero solo si eres rico)

Prototipo de la cámara - Foto: fuseproject

Prototipo de la cámara – Foto: fuseproject

La empresa Kodak se aventura por el camino de la nostalgia que tanto frecuentan, y lo saben bien los administradores de la empresa, aquellos que pueden permitirse cualquier capricho. De ese derecho, porque encapricharse no es criticable en principio, estamos desheredados la inmensa mayoría de los demás.

La firma, que en el pasado llegó a controlar el 90% de la venta de aparatos de fotos en el mundo pero que desde 2012 no fabrica cámaras de ningún tipo, acaba de anunciar que trabaja en el desarrollo de un gadget que califican, con bastante desvergüenza, de asombroso: un tomavistas de película Súper-8, el formato de película de cine que se expandió de manera prodigiosa en la década de los años setenta del siglo pasado y con el que comenzaron a trastear muchos cineastas que ahora son estrellas. Una década y media más tarde el film dejó de producirse con normalidad —se puede encontrar, pero no en todos los mercados y siempre a precios altos—.

Con el eslogan de Super 8 Filmmaking Revival Initiative (Iniciativa para revivir la cinematografía en Súper-8), Kodak comunica al mundo que está “rehaciendo” la cámara y que en el otoño de 2016 estarán a la venta las primeras unidades.

Atención al uso de dos palabras-fuerza que suelen poner las registradoras a funcionar, revivir e iniciativa, y que permiten a los promotores de la maniobra eludir los términos negocio y venta, porque mentar el dinero en público es sucio y los poderosos dejan la pelea explícita a muerte por un billete a filipinos, afroamericanos, griegos, ancianos, yonquis y la ya casi inexistente clase media… Los ricos no hablan de dinero: lo degluten.
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Un gato (¡al fin!) que hizo algo decente por el arte fotográfico

Buzzer - Foto: Arnold Genthe. Dominio público

Buzzer – Foto: Arnold Genthe. Dominio público

Arnold Genthe (1869-1942) tiene asegurada una entrada en la historia de la fotografía por las desoladoras imágenes documentales con las que mostró al mundo el terremoto y posterior incendio que destruyó San Francisco en 1906. Había llegado a la ciudad en 1895 desde la natal Berlín para trabajar como profesor de fotografía y cinco años después había añadido al oficio el de retratista de estudio.

El seísmo destruyó el local, pero Genthe adquirió fama con la desgracia. Suya es la foto que quizá condense con mayor énfasis la tragedia, la titulada Looking Down Sacramento Street, San Francisco, April 18, 1906, donde la aberración no viene dada por los efectos drásticos de los entre 7,9 y 8,6 grados de magnitud del gran temblor, sino por las personas que ven las llamas y los cascotes como un espectáculo de fondo, mientras permanecen sentadas en sillas de tijera en una de las altas colinas de la ciudad de la bahía.

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Darío Martínez, un fotógrafo que sabe estar de paso

Darío Martínez ("Snapshot 2011")

Darío Martínez ("Snapshot 2011")

Me atrevo a pensar que el fotógrafo Darío Martínez haría suya una frase del infatigable andarín Bruce Chatwin: “Perder el pasaporte es la menor de las preocupaciones. Perder un cuaderno es un desastre“.

Sé poca cosa registral de Darío Martínez: gijonés de 1983, prefiere el blanco y negro, revela con las manos, tiene una Hasselbald, una Mamiya, acaba de montar una web, en Facebook añade a su identidad un adjetivo de poder litúrgico: Darío Malnacido Martínez…

Me consta que hace fotos con la voluntad de humo de quien está en tránsito, sin pertenecer, como diciendo vamos que esto se acaba, consciente de que el viaje es, debe ser, un fragmento del infierno y que necesitamos encender otro cigarrillo para quemarnos antes de que nos quemen otros.

Darío Martínez está de paso. Su casa primordial es deslizante.

Las series que exhibe son pasajeras. Snapshots 2011 y Snapshots 2012 (en proceso) tienen un carácter eventual de parpadeos, son huidizas como aceite. Parecen insistir en un refrán viejo: “Malo es errar, pero peor es perseverar”.

Darío Martínez ("Cuaderno")

Darío Martínez ("Cuaderno")

Me gustan mucho los Cuadernos (1 y 2), donde las fotos son insertadas, pegadas, sometidas a la dictadura blanda de la página y la frase fugaz.

Es una pena que, al parecer, sean cosa del pasado y el autor no se anime a proseguir con estos diarios que todo dicen con munición humilde. Expresan un ideario (“con tus dudas, selladas en la frente“), trazan una frontera (“entre siempre y jamás“), fomentan la ideología de la perdición (“regalo el Cielo / yo no lo quiero“), manejan el disgusto (“tírale el hueso al perro, no es caridad“)…

En una entrevista de hace casi dos años Martínez confiesa lo que uno deduce al repasar sus fotos: que no está enganchado al resultado, que no le puede la imposible perfección, que el clic es un modo de caminar. “Lo realmente bonito es el recuerdo, dónde estábamos, qué hicimos”, declara en una respuesta no por sencilla menos certera.

Encuentro en la fotografía del presente a pocos narradores del tránsito en la tradición de Robert Frank, aquel afiebrado suizo que renegó de casi todo —también de la patria, gran ramera— para buscar la alquimia humanismo-visión y que dejó anotado en su diario el mandamiento único para quien pretende ser fotógrafo: “Trabajo todo el tiempo, hablo poco, trato de no ser visto”.

"Ada" (Darío Martínez)

"Ada" (Darío Martínez)

Finalmente, los retratos, la prueba final de la intuición y el aliento retenido, la decisión moral mediante la cual los demás tenemos el derecho de juzgar al fotógrafo.

Los de Darío Martínez sobrecogen, son actos de pureza extrema.

“Cuando la gente mira mis fotos quiero que sientan lo mismo que cuando leen un verso de un poema”, decía Robert Frank.

Creo que este malnacido gijonés ha conseguido concretar la pretensión del viejo Frank. Deseo que pueda seguir transitando, pisando con algodón en la suela de las botas, quemándose con el fuego de cada foto en la misma combustión a la que, como espectador, me somete.

Ánxel Grove

Darío Martínez

Darío Martínez

Darío Martínez

Darío Martínez

Darío Martínez

Darío Martínez

Aprovechando la crisis de Kodak, Fuji saca la navaja

Algunas de las películas Fuji. Las cuatro de la derecha ya no se fabrican o están a punto de no ser fabricadas

Algunas de las películas Fuji

Los señores directivos de Fujifilm Holdings Corporation —una megaempresa que el año pasado facturó 2.000 millones de euros y cerró con beneficios pese a la que está cayendo— cultivan la lección de gestión que los distribuidores de opiáceos ilegales han aplicado con tanta maestría a lo largo de la historia: si el clan rival está en peligro y el producto escasea, sube los precios y prepárate para sacar tajada.

El gigante japonés, principal rival histórico de la empresa estadounidense en quiebra Kodak, ha anunciado que subirá sustancialmente (se habla del 100%) toda su gama de películas fotográficas. Quizá sea el primer paso para dejar de fabricarlas. Hace dos años, a traición y con alevosía, Fuji dejó de distribuir en Japón y algunos otros países su película en blanco y negro Neopan de medio formato, una de las más queridas por los fotógrafos —mi favorita, por encima de la mítica Kodak TX—.

¿Razones? La empresa cita varias: la depreciación del yen, el aumento del precio del petroleo, el descenso del uso de película analógica. Añaden que siguen “comprometidos” con la fotografía y que la subida del precio es la única forma de mantener la producción. Permitan que me ría.

¿La verdad? A Fuji no le interesa un mercado que considera residual  —no lo es, hay millones de fotógrafos usando película en el mundo, pero nos hacen creer lo contrario— y que sólo representa una parte menor de su facturación, el 44% de la cual entra en caja gracias a las copiadoras (Xerox es propiedad de Fuji) y las soluciones de oficina.

Otro asunto, para mí inexplicable sin tener en mente la palabra atracador, es el precio de los carretes y el escandaloso margen de beneficio de algunos comerciantes. Vean: para una misma película, la Fuji Pro 400 H de medio formato y color, uno se encuentra con precios que van de los 3,8 euros (en B&H, EE UU), a los 6 (Lomography) o los 7,5 (Fotocasión, Madrid).

Ánxel Grove