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A Barbine no le gusta la lluvia

Por María José Agejas

A Barbine no le gusta la lluvia. Después de la última está acatarrada. O quizá sea el paludismo. Casi que le da igual, porque ni puede ir al médico ni tiene dinero para comprar pastillas. Enfermó el otro día, cuando la lluvia y el viento volcaron su tienda de campaña. Barbine no es excursionista, sino desplazada.

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Barbine junto a parte de su familia en el sitio de desplazados de Capucien, Bangui. Imagen de María José Agejas

Menos mal que estaban los árboles para detenerla. A la tienda, digo. Si no, a estas horas habría volado hasta Congo, al otro lado del río Ubangui. Y no es una tienda de esas que se despliegan en dos segundos, sino de las grandes, de las que pesan un montón y que están bien ancladas al suelo. O lo estaban cuando las instalaron en su día en este campo de desplazados de Capucien, a las afueras de Bangui.

Así que ahí está. Barbine, digo. Sentada en el suelo, rodeada por algunos de sus hijos y nietos, tosiendo y limpiando unas hojas de melonera para cocinarlas. Le pido que me explique: “estábamos dentro, comenzó a llover muy fuerte. La tienda se levantó, y salimos para escondernos ahí. Por suerte nadie resultó herido”. ¿Y ahora?, le pregunto, casi avergonzada de la suerte que tengo en la vida. “Ahora no se qué podemos hacer. Dormimos en el suelo. Nosotros no podemos reparar la tienda “.

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Estamos acabadas

Por María Sánchez-Contador Maria Sanchez-Contador

‘Estoy acabada’. Así de rotunda fue la declaración de Maria Ayok, en el campo de desplazados de Baryar, cerca de Wau, en Sudán del Sur. Tuve la oportunidad de compartir una calurosa tarde con ella en el campo. Maria no sabe exactamente la edad que tiene. No es que la quiera esconder por capricho o por ser presumida. La mayoría de mujeres aquí no saben su propia edad. Cuando les preguntas por su edad, todo el grupo alrededor comienza a conversar y discutir hasta llegar a algún cálculo que satisface a la mayoría y entonces alguien contesta con contundencia: ‘37, tiene 37 años’.

Maria Ayoc con un hatillo de paja que quiere llevar para venderlo a la ciudad de Wau, a 10 kilómetros. Imagen: Gabriel Pecot.

Esa frase, ‘Estoy acabada’, retumbó en mi cabeza y me resuena con frecuencia. Sólo tiene 37 años. Maria, mi tocaya y 10 años más joven que yo, es viuda y tuvo siete hijos de los que sólo sobreviven tres. Ella vivía en Abye, una provincia fronteriza entre Sudán y Sudán del Sur. Las milicias atacaron su pueblo por la noche mientras dormían, mataron a su marido, a niños y a animales, robaron todas las pertenencias y destrozaron la población. Desde entonces su vida dio un vuelco total. Ella huyó arrastrando su hija menor, impedida, enferma de polio. Andando de un lugar a otro, más de 200 kilómetros hasta llegar a Wau, donde pudo instalarse en 2011 en el campo de desplazados.

Es una mujer enérgica y comunicativa que lideró al grupo en una conversación animada, y de golpe, se rompió al relatarnos su vida y la situación en la que viven ella, su familia y todas las personas que han huido como ella. Se le arremolinaron los recuerdos y los pensamientos. En un momento de desesperación lo concluye claramente: ‘Mi tiempo ya ha pasado. Nací en guerra, crecí en guerra, moriré en guerra’.

Al atardecer, Maria Ayok cocina algo de sorgo y hojas silvestres que recoge por los alrededores. Imagen: Gabriel Pecot.

Al atardecer, Maria Ayok cocina algo de sorgo y hojas silvestres que recoge por los alrededores. Imagen: Gabriel Pecot.

La contundencia me cortó la respiración. La desesperación y la angustia por no poder dar un futuro a sus hijos, una educación, o ni siquiera tanto: simplemente darles de comer. Maria recuerda el tiempo en el que vivía en Abye, con sus hijos y su marido. En esa época tenían pollos, cabras, vacas, un campo que cultivar, y el marido iba a pescar y traía la leche para los niños. Aquí no tiene nada de eso, ni tiempo para descansar. Ahora para comer depende del reparto mensual del Programa Mundial de Alimentos, cuyas raciones cada vez son menores. Actualmente la ración es de 50 kilos de sorgo, 3 kilos de lentejas y 1  litro de aceite para 4 personas. Lo complementa con frutos y hojas silvestres y, cuando puede, compra algo de azúcar, sal y té en el mercado.

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Maria Ayok, en el campo de desplazados de Baryar, donde vive desde 2011. Imagen de Gabriel Pecot

No tenemos tiempo para nada‘ es una frase que se nos hace cotidiana, pero el quehacer concreto de esta mujer es bien diferente: ‘Desde la mañana hasta la noche estoy ocupada: ir a por agua, hacer las tareas de la casa, ir al bosque a cortar hierbas, cañas, ramas, traerlas aquí, llevarlas al mercado, por la tarde ir a buscar más agua, cuidar de los niños, cocinar…’· La única manera de ganarse la vida es ir a cortar cañas, que luego secan para hacer los tejados de las casas, o ramas para hacer fuego y poder cocinar. Cargan el hatillo sobre su cabeza para venderlo en el mercado, a unos 10 km. y poder sacarse así algo de dinero. Esto es todo lo que tienen.

Maria vive así, en el campo de desplazados, desde hace 4 años. Cada día luchando por sobrevivir un día más. En el campo están seguros, no hay incidentes, pero la vida se hace muy difícil, muy dura, y ella echa de menos a sus antiguos vecinos, parientes y amigos. Quizás  vuelva algún día, pero por el momento el conflicto continúa y no se atreve. Se siente parte de un rebaño sin saber muy bien qué pasa. Le cuesta tener esperanza y es incrédula sobre la paz. Sólo aspira que algún día llegue y que sus hijos no tengan que pasar lo mismo que ella.

Pide ayuda a la comunidad internacional, que puedan dar un futuro a los niños, una educación que les permita una vida mejor, que no tengan que sufrir de hambre. ‘Estábamos en un mundo difícil, y todavía estamos en él’. María es mujer de palabras claras. Se te hace un nudo en la garganta al querer darle ánimos y devolverle la esperanza. La única promesa que le puedo hacer es que contaré su historia, transmitiré su sufrimiento y sus deseos. Y aquí estoy cumpliendo mi palabra. Desde aquí podemos reclamar que realmente haya un esfuerzo internacional para llegar a acuerdos de paz en Sudán del Sur. Sólo así ella podrá volver a empezar.

Sudán del Sur consiguió la independencia el 9 de julio de 2011, tras décadas de guerra con Sudán. Dos años más tarde, en diciembre de 2013, estalló el conflicto interno. La mayoría de la población ha vivido en condiciones de guerra casi toda su vida. Actualmente, más de dos millones viven desplazadas o refugiadas en países vecinos y casi 8 millones sufren hambre. Sudán del Sur es el país más joven y más frágil del mundo. Oxfam, gracias al apoyo de la Comisión Europea, ha realizado instalaciones de agua, letrinas y organizado sesiones de sensibilización en higiene en el campo de desplazados de Baryar. Sin agua, no hay vida.

María Sánchez-Contador, publicista y RRPP, trabaja en el departamento de Comunicación de Oxfam Intermón, con el convencimiento que a partir de la comunicación es posible cambiar vidas que cambian otras vidas. Un efecto multiplicador parar conseguir vivir en el mundo justo que deseamos.

5 lecciones de las mujeres de Sudán del Sur

Por Júlia Serramitjana Julia Serramitjana

Hace unos días volví de Sudán del Sur, un país castigado por un conflicto desde hace casi medio año y que, tras el acuerdo de alto el fuego firmado este fin de semana, debería abrir una brecha de esperanza para millones de personas que lo están sufriendo.

Durante la anterior guerra civil, las mujeres se unieron a través de las fronteras para abogar por la paz y tuvieron un rol esencial en tanto que agentes del cambio.

Las mujeres que conocí allí contaban historias durísimas. Historias difíciles de escuchar.  Mi compañera Laura Hurtado ya contaba hace un tiempo las enormes dificultades a las que tienen que enfrentarse en este país. Y eso que todavía no había empezado la guerra.

Una de las mujeres que conocí en Sudán del Sur: Diing Ajak tiene 44 años, desplazada en Mingkaman, tiene 10 hijos e hijas a su cargo.

Una de las mujeres que conocí en Sudán del Sur: Diing Ajak tiene 44 años, desplazada en Mingkaman, tiene 10 hijos e hijas a su cargo. Imagen: Pablo Tosco / Oxfam Intermón

Admiro a esas mujeres que, en situaciones de conflicto y vulnerabilidad, logran transformar el dolor y el sufrimiento en coraje y valentía para poder seguir adelante. Con la resiliencia como bandera, me sorprende la admirable capacidad que tienen para sobreponerse a largos períodos de dolor emocional y situaciones adversas.

Lo que vi allí me hizo tomar conciencia de esas dificultades, que son aún más apremiantes. Muchas han llegado a los campos de desplazados sin nada. Sus maridos están muertos  o luchando en el frente.

Con varios hijos e hijas a su cargo, se ven ahora obligadas a rehacer sus vidas en un campo de desplazados. Durante los días que estuve en uno de los campos de desplazados del país, Mingkaman, pude darme cuenta de cómo se convierten ahora en el principal motor de la supervivencia de sus familias.  Ellas son las que van a buscar la comida, la leña para el fuego, el agua, de racionar el sorgo y las lentejas. Las que se preocupan por encontrar un techo donde poder resguardar a  sus hijos e hijas de las lluvias.  Observándolas, intentaba imaginarme la situación a la que hacen frente, físicamente agotadora y psicológicamente extenuante.

El 84% de las mujeres de Sudán del Sur son analfabetas y la mayoría carece de conocimientos suficientes para incorporarse al mercado laboral, casi inexistente, lo que las hace depender de sus maridos, siendo todavía más dramática la situación de las miles de viudas que deja la guerra.  De ellas aprendí muchísimo.

Admiré la necesidad de ser autosuficiente que manifestava Mary Bol, quizás la excepción a esa estadística, que me transmitía su frustración: “Antes podía mantenerme yo misma, pero aquí no puedo hacer nada. Solía limpiar oficinas en Bor. Además tenía un terreno donde podía cultivar a la orilla del río y era una fuente de ingresos para mi familia”, contaba con resignación.

Siempre recordaré el atisbo de esperanza que transmitía Mary Abrey, una mujer que dio a luz a su tercer hijo bajo un techo de plástico  y que, a pesar de todo, confiaba en que un día podría llegar a ofrecerle un futuro.

Quedé impresionada por el ímpetu y la valentía de Matha, que había perdido a su marido y ahora debía ocuparse de sus 6 hijos y tenía graves problemas para poder alimentarles y se esforzaba día a día para poder tener una vida lo más normal posible.

Y la serenidad de de Diing, que con 44 años y madre de 10 hijos, con un marido en el frente que, sola en Mingkaman, explicaba cómo, a pesar de todo, estaba segura que podría sobreponerse a todas las dificultades.

Mujeres como Mary Bol, Mary Abrey, Matha o Diing son una parte vital del desarrollo del país.  Y lo que aprendí de todas ellas es que siempre hay que seguir luchando por un futuro mejor.   Son el ejemplo de cómo seguir adelante cuando todo es adverso.

Júlia Serramitjana es periodista y trabaja en Oxfam Intermón

Siria: ‘nunca pensé que esto podría pasarnos’

Por Claire Seaward Claire Seaward

Recientemente he conocido a Reema*, una joven siria de 19 años de edad, en un campo de refugiados de Líbano. En Siria, Reema tenía toda la vida por delante. Acababa de terminar la escuela secundaria y estaba a punto de entrar en la universidad. Estaba ansiosa por trabajar y forjarse un futuro.

Pero en ese momento su casa fue bombardeada y ella, sus padres y hermanas tuvieron que huir. Ahora espera sentada en un campo sin posibilidad de acceder a la educación superior, sin perspectivas de independizarse, y –tal como refleja su mirada- sin esperanza para un futuro mejor.

Lamentablemente, la historia de Reema es solo una de muchas en Siria. En los últimos cuatro meses, he conocido a muchas mujeres refugiadas en el Líbano y Jordania. Me siento honrada de escuchar sus historias. En una crisis como ésta, las opiniones y preocupaciones de la gente común a menudo son difíciles de encontrar. Las voces de las mujeres son especialmente raras.

Muchas mujeres sirias están luchando para hacer frente a esta nueva realidad. Como tú o como yo, tenían casas, trabajo, agua, electricidad, educación y salud. Algunas son profesoras universitarias, arquitectas, y sus maridos son diseñadores de jardines, albañiles y empresarios. Hasta que, un día, todo desapareció.

A muchas madres que he conocido lo que más les preocupa son sus hijos. Muchas huyeron de Siria porque temían por sus vidas. Están preocupadas porque sus hijos e hijas no pueden ir a la escuela, porque el agua que beben les provoca enfermedades, o porque no serán capaces de darles la comida que necesitan. Las mujeres embarazadas están preocupadas por dar a luz y criar a sus bebés en un campo polvoriento y sucio.

Samira se ha visto obligada a vivir en un campo de refugiados de Líbano. © Luca Sola/Oxfam.

Samira se ha visto obligada a vivir en un campo de refugiados de Líbano. © Luca Sola/Oxfam.

Escuchar estas historias hace que sea consciente de la suerte que tengo de haber crecido en un país estable y próspero como Australia. Cuando estoy enferma, voy a ver a mi médico de cabecera. Cuando abro un grifo, tengo agua potable. ¿Qué haría yo si mañana me convirtiera en una refugiada? Sinceramente, no lo sé. Y suelo pensar que eso no me pasará nunca.  Aunque estas mujeres sirias pensaban lo mismo que yo. De hecho, una de las frases que más he escuchado entre las personas refugiadas de Siria es: “Nunca pensé que esto nos iba a pasar a nosotros.”

Desde que comenzó el conflicto hace tres años, 1,8 millones de personas han tenido que abandonar Siria para encontrar seguridad en los países vecinos, a veces con nada más que la ropa que llevaban puesta. Otros 4,25 millones de personas están todavía dentro de Siria, pero han tenido que huir de sus hogares para tratar de encontrar un lugar seguro para vivir.

Oxfam (donde yo trabajo), y muchas otras organizaciones, son capaces de ayudar con los problemas inmediatos que enfrentan las personas refugiadas. Por ejemplo, en Oxfam estamos trabajando con organizaciones locales para proporcionar dinero en efectivo y cupones para que las familias puedan comprar alimentos y tener un techo sobre sus cabezas, aunque ese techo sea un sótano, que forma parte de un edificio abandonado, o láminas de plástico para hacer una tienda de campaña.

Pero la ayuda que dan los gobiernos y las personas individuales es lo que realmente marca la diferencia, es lo que está salvando vidas.

La ONU acaba de pedir a Estados Unidos 5 millones de dólares para proporcionar a las personas afectadas por la crisis de Siria durante el 2013. Se trata de una enorme cantidad de dinero, pero es lo que se necesita para proporcionar la ayuda esencial, como alimentos, agua, refugio y atención médica a millones de personas afectadas.

Lo que Oxfam y otros organismos de ayuda no podemos hacer es que Siria vuelva a ser lo suficientemente segura para que su población pueda volver. Los gobiernos y los grupos de la oposición dentro de Siria tienen que lograrlo y les instamos enérgicamente a encontrar una solución pacífica a la crisis lo antes posible.

Las mujeres con las que he hablado quieren desesperadamente volver a casa. Ellas aman Siria. Pero hasta que no sea seguro volver, se sientan en el limbo, en países como Líbano y Jordania, sin saber cuál será su destino.

Para ayudar a las mujeres como Reema a volver a su hogar, puedes hacer un donativo para la emergencia de Siria.

 

 

* Reema no es su verdadero nombre. Hemos tenido que cambiarlo por motivos de seguridad.

Claire Seaward es responsable de campañas de Oxfam. Durante los últimos 9 años ha trabajado en Gran Bretaña,  África y  Asia. Defiende los derechos de los refugiados sirios en el Líbano y Jordania desde febrero de 2013.

Violaciones y otras violencias: el cuerpo de las mujeres en la guerra

Por Belén de la Banda @bdelabanda

Esta semana he sentido la inmensa emoción de conocer a Yolanda Perea, una de las muchas mujeres víctimas de la peor parte del conflicto armado en Colombia. El testimonio y la fuerza vital de Yolanda impresionan. ¿Cómo puede volver a sonreír una mujer que desde niña fue víctima de una brutal agresión y desde entonces lo ha perdido todo?

Yolanda Perea, en un encuentro en Madrid el pasado miércoles

Yolanda Perea, en un encuentro en Madrid el pasado miércoles. Imagen: Belén de la Banda

Yolanda vivía con su gran familia en una próspera finca la región del Chocó, en Colombia, y un día, con 11 años, fue violada por quien ella llama un actor armado. Su madre protestó ante el responsable, y pocos días más tarde varios miembros del mismo grupo llegaron a la finca y organizaron un tiroteo. Yolanda y parte de su familia echaron a correr hacia el monte. En ese tiroteo mataron a su madre y a su hermana, hirieron a su tío, reclutaron forzadamente a uno de sus hermanos con 14 años.

Los supervivientes tuvieron que salir de su tierra bajo amenazas cumplidas de muerte. Desplazamiento, sufrimiento, persecuciones. Varias veces trató de regresar y de nuevo tuvo que huir. Cuanto intentó organizar su vida de nuevo, el recuerdo de su trauma era tan fuerte que veía por todas partes los ojos de su victimario. Necesitó apoyo psicológico. Ha tenido un niño y una niña. Su primera casa, hecha de maderas y construida en un lote prestado, la tuvo gracias a un proyecto con apoyo de Oxfam. Se la entregaron un día antes de que naciera su hija. Pero duró poco tiempo: cuando intentó que más personas de su entorno consiguieran tierras para vivir y cultivar, de nuevo comenzó a recibir amenazas y tuvo que huir nuevamente. Aún así, sigue trabajando a través de una organización creada en memoria de su madre asesinada, que tiene como objetivo apoyar a las mujeres, niños y niñas en su entorno. Y puede sonreír porque para estas personas ella es un rayo de luz.

En el caso de Yolanda, recibió una reparación que apenas le dio para pagar al abogado y cuidar la salud de su hermano. ‘Yo quiero saber por qué el actor armado  mató a mi mamá, por qué hizo lo que hizo, para que yo pueda dejar de sentirme culpable. Yo sé que no voy a  recuperar a mi familia, me hace falta mi mamá, pero yo no estoy en la misma condición de cuando vivía en mi casa, cuando todos estábamos juntos y éramos felices. Yo no me siento reparada. Yo siento que me han dejado sola con un problema que yo no busqué. No se trata de que nos den unos pesos. Necesitamos tener una casa, un trabajo, una atención psicológica a fondo, salud, apoyo para nuestros hijos. Yo sigo teniendo miedo. Cuando pongo una denuncia me dicen que el riesgo es muy bajo. No investigan desde qué teléfono me llaman para amenazarme.’

En Colombia, dice Diana Arango, de Oxfam,  hay 40 mil mujeres como Yolanda, que han sufrido violencia, desplazamiento, han perdido a sus seres queridos. ‘Entre 2001 y 2009, más de 489 mil mujeres han sido víctimas de algún tipo de violencia sexual, pero el 92% de las mujeres no denuncia: son culpadas por su comunidad, el actor armado sigue amenazándolas, y no tienen confianza con las instituciones del Estado y su capacidad de respuesta cuando van a denunciar‘. Junto con una decena de organizaciones de mujeres y de derechos humanos denuncian esta situación con la campaña Violaciones y otras violencias: saquen mi cuerpo de la guerra que buscan mostrar cómo el cuerpo de las mujeres sigue siendo arma de guerra y lograr que el Gobierno peruano tome medidas.

Todos los días en Colombia se producen nuevas víctimas: desplazamientos, violencia sexual, desapariciones forzadas y algunas ejecuciones extrajudiciales. Las instituciones encargadas de proteger, reconocer la verdad, reparar el daño que han sufrido, asegurar que se hace justicia con sus agresores, no están dando la respuesta adecuada. La impunidad es un motor para que cada día sigan surgiendo nuevas víctimas.  No es posible cerrar los ojos ante esta tragedia. Tenemos que ayudarlas para sacar el cuerpo de todas las  mujeres de la guerra.

 

Belén de la Banda, periodista, trabaja en Intermón Oxfam.