Archivo de abril, 2019

¿Quién teme al lobo feroz de la adolescencia de sus hijos?

Todo comenzó con este texto de la psicóloga María Jesús Campos en su recomendable blog.

Os recomiendo su lectura completa, pero os dejo, para hacer boca, un fragmento de su arranque.

Ese cambio de etapa que a los padres y madres, en un porcentaje significativo, les suele dar vértigo por diversos motivos (lo que escuchan, leen, ven en menores cercanos…).

Y ojo, una de las cosas que digo en las charlas que doy sobre este tema es que no hay que tener miedo desproporcionado ni dramatizar (porque a veces se va de las manos), hay que informarse, buscar ayuda si nos encontramos perdidos o desbordados e ir afrontando las situaciones. Anticipar cómo se va a vivir en la casa, dando por hecho conductas y conflictos, sin haber llegado el momento, hace que se genere una predisposición y unas actuaciones que pueden no corresponder con la realidad.

Al tuit de la psicóloga contestó María González (@mariagsanguino en twitter): “Igual deberíamos respetarlos un poco más, ella (su hija) me dice que a veces habláis de nosotros como si no estuviéramos presentes, nos criticáis y es algo muy extendido. Es el sentimiento de muchos adolescentes”.

Y creo que ambas tienen tanta razón, que merecía la pena traer aquí la reflexión.

Es cierto, parece que sea pandemia entre la gran mayoría de los padres temer a la adolescencia de nuestros hijos. Desde que aún van en pañales nos escuchan bromear sobre el terror que nos produce esa etapa, sobre lo mala que es la adolescencia, sobre los peligros que trae y lo egoístas que se hacen, sobre las broncas que tendremos, sobre las pocas ganas que tenemos de que llegue.

¡Qué viene el lobo! ¡Qué viene el lobo!

Y lo peor es que esos comentarios los hacemos delante de nuestros hijos.

No lo dirán, no lo racionalizarán, pero puede ir calándoles el hecho de que en la adolescencia les querremos menos o que, al menos, sus padres los veremos como algo ajeno y molesto. Crecerán sintiéndose una bomba de nitroglicerina con temporizador, porque así lo asumen sus progenitores. Sintiéndose, en cierta medida, traicionados por nosotros. Es fácil acabar estallando; es fácil acabar, como poco, sintiéndose algo cabreados.

También a nosotros nos va calando que será una etapa difícil, que nuestros hijos se alejaran, que nos darán problemas, que cualquier otra fase de la infancia es mejor,que se convertirán en extraños, que perderemos a nuestros queridos niños, cuando no tiene porqué ser así.

Estamos pavimentando el camino a una profecía autocumplida.

También tener un recién nacido es una situación desconocida, que asociamos con llantos, falta de sueño, un reto vital respecto a horarios, planes… pero se recibe con expectación y alegría. Leemos todo tipo de libros y nos preparamos felices para lo que venga.

¿Por qué no hacer lo mismo con la adolescencia? ¿Por qué temer a nuestros propios hijos? ¿Porque tanto miedo a verles crecer cuando es lo natural? ¿Por qué no afrontarlo como un reto que puede traer de la mano momentos divertidos, una evolución del amor que les tenemos?

A fin de cuentas nosotros también fuimos adolescentes. Y hay todo tipo de adolescencias, tantas como personas.

Cuando hablamos de la adolescencia con temor estamos olvidando o minimizando el hecho de que nuestros hijos son, todos ellos, individuos diferentes.

Me acuerdo de adolescentes a los que he visto entrenar o arbitrar a niños más pequeños que ellos en diferentes deportes con cariño y consideración, incluso aunque implique madrugar los fines de semana. Recuerdo las colas de adolescentes ante determinadas casetas de la feria del libro. Tengo presentes también a los que he visto haciendo voluntariados o viniendo al periódico interesados en el periodismo, porque ya están haciendo planes de futuro.

Pienso en esa etapa de encontrarse a sí mismos, de empezar a hacerse adultos, del descubrimiento del amor y del sexo, de tropezar y levantarse, y me resulta hasta tierno.

Nuestra función será otra, será la de ser la red de seguridad de mis pequeños trapecistas. Estar preparados para lo venga, sin malos augurios, dejándoles volar cada vez más lejos. Y bien está que así sea.

No sé vosotros, pero yo me niego a temer al lobo feroz de la adolescencia de mis hijos.

(GTRES)

¿Alguien sabe cómo ser argumentativa sin causar un lío mental a un adolescente?

“Si te sirve, para tu blog”, me dijo una amiga la pasada semana. “Claro que me encaja, es un ejemplo estupendo de cómo habéis conseguido al final negociar”, contesté.

Así que hoy el texto que os traigo no es mío, es de ella, que tiene una parejita, igual que yo, de edades similares a los míos pero a la inversa. Es decir, la niña es la mayor, totalmente adentrada ya en la adolescencia. Una adolescencia que yo conoceré de la mano de mi hija pequeña en poco tiempo, porque a Jaime su autismo nos la está regateando de momento.

Escribir sana y ordena pensamientos, a muchos nos sirve para pisar el mundo con más equilibrio y menos gasto en psicólogo. Siempre es un ejercicio para digerir lo que nos pasa altamente recomendable. Igual que leer vivencias ajenas puestas en negro sobre blanco.

Al turrón. ¿Alguien sabe cómo ser argumentativa sin causar un lío mental a un adolescente? Porque nosotros, el padre y la madre de G. y E. no. Últimamente vamos de bronca en bronca y tiro porque me toca con los dos. Ella de 13, él de 11. Es que creemos que hay que explicárselo todo, pero entonces ellos creen que tienen que rebatirlo todo, y al final el desasosiego es tal que acabas recurriendo al “porque lo digo yo”.

Así acabó anoche la conversación. “Porque tienes trece años y si estudias francés o no en tercero de la ESO lo decidimos nosotros”.

Ella, que está abrumada porque le han metido el miedo con el salto de segundo a tercero, había planeado con sus amigas ir en bloque a una asignatura de esas que llamábamos en el pleistoceno ‘marías’ (que ya podríamos haberlas llamado ‘pepes’, menos  machista sería).

Pero con sus padres se ha topado.

La menor alega –parece que está ante el Tribunal Supremo– que si el profesor de francés de segundo le ha desmotivado, que no le gusta esta asignatura y que no va a tener tiempo para dedicárselo en condiciones con lo difícil que es tercero. Y, además, aporta como prueba a su favor la octavilla del instituto con sus recomendaciones para elegir optativas: las que te gusten, empieza diciendo.

Merde! pensamos nosotros. El instituto público de la zona, al que asiste por cercanía, no es excesivamente exigente, y una clase de francés (dos horas en semana) le puede aportar un idioma que le será más util a futuro, pensamos. Además, ella nunca ha mostrado excesivo interés por el estudio de la música ni de los instrumentos musicales, más allá de la app Tik Tok, de OT y, últimamente en efecto bucle, Rosalía.

Pero, en medio del agrío debate se cuela el verdadero quid de la cuestión: ¿Quién decide qué deben estudian los hijos y desde cuándo? Un máster en psicopedagogía es lo que echamos en falta en ese sofá en ese salón en ese momento.

Varios llantos, argumentos cruzados y algún desplante después, un típex sobre la asignatura de música y una cruz en francés de tercero, terminan con todos, todos, hechos polvo. Padre, madre e hija. que encima se queda sin móvil unas cuantas horas por una salida de tiesto en su reacción a nuestra decisión sobre cómo guiar sus estudios de la mejor manera.

El compromiso final es que en tercero dará francés también (como en primero y en segundo). Y que ella podrá elegir las extraescolares que desee realizar, Y que los lunes, la madre, o sea yo, sacará una hora cada tarde para jugar y repasar francés con la hija.

Y así cada día. Mon dieu.

(GTRES)

A los padres que quieren que alguien cure la homosexualidad de sus hijos

Estos días es noticia que aún hoy, bien entrando ya el siglo XXI y en una España que aparece en muchas guías turísticas como un destino gayfriendly, hay todavía gente pretendiendo curar la homosexualidad, pretendiendo ser capaces de devolver al recto camino de la heterosexualidad a nuestros jóvenes.

No es algo que me sorprenda. Tengo una amiga que es sexóloga y orientadora escolar que ya me había hablado hace un par de años de la existencia de estos timadores sin escrúpulos, que pretenden ser capaces de programar el amor y el deseo sexual del otro.

Gente que se mueve en un prisma de homofobia, intolerancia, estafa, incapacidad para sentir empatía y preceptos mal entendidos. Gente en la que anida la maldad porque les da igual el daño, tal vez indeleble, que puedan causar a otra persona.

Pero no es a ellos a los que va este texto. Es a los padres que llevan a sus hijos de la mano a estos lugares a los que quiero dirigirme. Muchos de los pobres chicos y chicas que acaban en manos de estos desaprensivos son jóvenes e incluso menores a los que sus padres han llevado allí.

¿Cómo pudisteis?

Ojalá los padres empecemos a entender de una maldita vez que nuestros hijos no son nuestra posesión, que no hay que depositar en ellos más expectativas que que sean felices y pisen este mundo sin dañar al otro.

No son nuestros, somos los guardianes de su bienestar. Nuestro mayor éxito como padres es que crezcan fieles a sí mismos, queriéndose como son por dentro y por fuera. Ayudarles en ese cometido implica entender que vivirán su propia vida, tomarán sus decisiones y amarán a otros. Que ese amor esté dirigido a personas del mismo sexo o el contrario debería ser para nosotros algo irrelevante.

Ser gay, ser bisexual o ser lesbiana no es una enfermedad, no es algo que se pueda curar. Es algo tan obvio que resulta hasta absurdo tener que ponerlo en negro sobre blanco. Pretender que alguien los cure de ser como son es el mejor camino para hacerlos infelices. ¿Qué padre que ama a su hijo querría eso?

No os equivoquéis, si descubrir que a vuestro hijo le gustan los chicos o a vuestra hija las chicas os duele, os provoca rechazo, os hace creer que le hará infeliz y hay que luchar contra ello, los que necesitáis ir a un terapeuta para cambiar sois vosotros.

Y ese tipo de terapias sí que existen dentro de la legalidad, son éticas y eficaces.

(GTRES)

Termino con un fragmento de la nota de prensa que la Federación Estatal de Lesbianas, Gais, Trans y Bisexuales (FELGTB) envió este miércoles, denunciando que las terapias LGTBIfóbicas como las realizadas por el Obispado de Alcalá quedarían impunes en las Comunidades Autónomas en las que aún no existe legislación específica para proteger los derechos de las personas LGTBI.

Según la Federación, las prácticas ejercidas en Alcalá han podido ser denunciadas por diversas entidades como FACUA, Más Madrid, COGAM o Arcópoli porque violan el artículo 70 de la Ley de Protección Integral contra la LGTBIfobia de la Comunidad de Madrid, aprobada en 2016. Sin embargo, la presidenta de la FELGTB, Uge Sangil, alerta de que “nos encontramos sin herramientas para hacer efectiva la denuncia ante la Fiscalía General del Estado al no tener una legislación estatal que condene este tipo de acciones”.

En este sentido, la presidenta explica que, de igual modo, la ausencia de una legislación estatal que dé respuesta a las necesidades específicas del colectivo, como es el caso de tener que hacer frente a este tipo de amenazas, deja desprotegidas a las personas residentes en Comunidades Autónomas como La Rioja, Asturias, Cantabria, Castilla y León, Canarias o Castilla–La Mancha, donde aún no existen legislaciones autonómicas para proteger los derechos LGTBI.

Sangil alerta de que “hay personas que, debido a la terrible presión o al rechazo que reciben por parte de su entorno más cercano, son susceptibles de acabar siendo víctimas este tipo de prácticas que, tal y como el Consejo General de la Psicología de España y otros expertos han denunciado, son muy peligrosas ya que pueden generar ansiedad, depresión o incluso pensamientos suicidas”. Así, la presidenta defiende que “no podemos dejar desprotegidas a posibles víctimas de estas mal llamadas terapias que destruyen la autoestima de quien las recibe y pueden generar profundas consecuencias en su salud mental”.

La FELGTB recuerda que, tal y como dictan numerosos estudios clínicos, la Organización Mundial de la Salud y la American Psychological Assotiation (APA), entre otros, la homosexualidad no es una enfermedad y, por tanto, solo se puede condenar y perseguir este tipo de prácticas que atentan contra la dignidad y la integridad de las personas.

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“Jaime es mi hermano. Jaime tiene autismo”

Ayer, dos de abril, fue el día designado para visibilizar el autismo y para concienciar al mundo sobre lo que es y sobre lo que no es, para entender y desterrar mitos.

Ayer todos salimos en casa vestidos de azul. Julia preparó la noche anterior la ropa que llevaría al colegio, y la estrella de su atuendo era la camiseta que conseguimos en la última carrera por el autismo, otro evento al que acude toda la familia y muchos amigos.

También se llevó un lazo azul que, tras hablar con su tutora, se colocó en clase. En el colegio de Jaime, un colegio específico para niños con TEA, nos habían entregado dos para atar en la verja del colegio a su llegada. Decidimos que Jaime llevaría uno y su hermana otro para hacer el autismo presente en su aula ordinaria.

Cuando Julia regresó del colegio, sin lazo y con su camiseta azul, tenía la tarea de escribir una redacción, así que se metió en su cuadro y se puso de forma espontánea a describir a su hermano y hablar del autismo, de que era el día mundial y de la carrera del domingo.

¿Me la como o me la meriendo?, pregunté al contarlo en redes sociales. Me emociona la sensibilidad de mi hija, lo natural y positiva que es su relación con Jaime, ese hermano mayor que no habla pero le pide cosquillas. Me emociona pero a estas alturas, a sus diez años, no me sorprende lo más mínimo.

Se ha hablado y escrito mucho sobre los hermanos de la sociedad personas con TEA, sobre los retos que supone y cómo afrontarlos. Siempre he creído que el mejor consejo, el más importante, es no olvidar que cada individuo, con o sin autismo, es único, igual que es única cada familia, y no hay fórmulas mágicas más allá de respetar esas individualidades.

Viviana Fernández: “Mi niño no dibuja ni escribe, tampoco lo intenta“ #DíaMundialAutismo

La periodista gallega Viviana Fernández es autora de tres libros. Dos son novelas, Taradas (2010) y La voluptuosidad de la tristeza (2012). El tercero, el más reciente, es Te dibujaré una armadura (La esfera de los libros’, que define como “una obra autobiográfica y poética en la que relato la relación que tengo con mi hijo Otto de diez años de edad y diagnosticado de Trastorno del Espectro Autista”.

Este 2 de abril, día mundial del autismo, su libro merece cobrar protagonismo. Lo merece porque escribir sana. La sana a ella al hacerlo, igual que me ayuda a mí, pero leerlo también puedes ser bálsamo, compañía, para muchas otras personas.

Viviana me ha permitido compartir aquí, con vosotros, tres fragmentos escogidos en los que la prosa poética de prosa poética en los que se aprecia el amor por su hijo, el peso de unos sentimientos que levantan el vuelo, ya ligeros, con el paso del tiempo y la reflexión.

Tres ejemplos de lo que pueden ser sentir el tener un hijo con autismo.

XIX
A la felicidad hay que ponerle anzuelos, porque está por todas partes, pero rara vez en la superficie. Está en el doble fondo de las cosas, en las personas, si las miras al trasluz, en el sonido de algunas palabras cuando dejan de ser pronunciadas.

Hay una alegría instantánea siempre que cogemos el metro, por ejemplo, o el tranvía en Lisboa, también cuando persigues palomas en las plazas.

Y vamos profanando dolores que ya no duelen, tapando heridas con lo cotidiano, esparadrapo de actualidad. Mi niño pasa por la vida todo de algodón y trapo. Nada le lastima. Nadie le hiere. Y yo voy volviéndome de acero rosa.

La noche ruge y nosotros dormidos abrazados.

XXVI
Otto, amor infinito, un océano de vocales y consonantes nos separan y no consigo traerte a la orilla, a mi lado del mundo que es el único que conozco. Y tú me llevas de tu manita a lugares inexistentes que sólo tu ves, a mi propia infancia que has despertado y alejado para siempre, al dolor más profundo porque en él te quiero aún más fuerte. Ottiño, avivas lo que en mí hay de salvaje y bárbaro, para protegerte, lo más dócil y tierno, cuando me abrazas y nos encontramos fugazmente en el lenguaje universal del amor. Mi Otto, eres la medida de mi alma y de mi universo, no hay nada entre tú y yo, salvo el mar de palabras que te tiene preso en tu isla mágica, y vas al encuentro de la vida y no puedo acompañarte nunca del todo, con tu risa inmensa, con tus ojos inmensos, con tu amor inmenso, y tu genio, y tu curiosidad y tus rabietas. El mundo es un enigma para ti y tú para el mundo. Deidad, ninfa, sirenas, Otto. Quererte en tu orilla de luz, secar este mar, separarlo, llegar hasta ti, al encuentro efímero de mis dos carnes. Te veo crecer, jugar, sonreír y me enamoro más de ti, si cabe, de tus ojos redondos y de tu piel blanca y el mar de palabras ahogadas e inertes me atraviesa y me deja sola, terriblemente sola en mi lugar del mund

XXI
Mi niño no dibuja ni escribe, tampoco lo intenta. Coge el lápiz o la cera, hace una raya y con eso es suficiente. Entonces le obligo a hacer sus cuadernos de caligrafía, a unir puntos, a crear formas. Se concentra, se esmera, pone interés y después vuelve corriendo a su lado de la orilla, a donde quiera que él vive, adonde no puedo acompañarle.

Otto desclasado entre los niños, fuera de su tribu es, sin embargo, poeta y hace juegos de palabras. Dice, por ejemplo, que quiere ir al bosque encantado de conocerte y nos ponemos contentos, un rato, y nos reímos, a penas unos segundos, y después nos quedamos tristes y pensativos mucho tiempo, ningún poema ha conseguido emocionarnos tanto, ni hacernos reflexionar, ni Salinas, ni Neruda, nadie. Ottiño nos lleva a donde no hemos estado nunca y quisiéramos regresar con él lo antes posible a casa.

El niño sobre el cuaderno, violentado, abrumado, desprendido de sí mismo. Soy mi padre obligándome a hacer las tareas, a mirar el libro, a memorizar textos, en definitiva, a entrar de nuevo en la fila recta de la infancia, a estarme quieta en la escalera mecánica con dirección a la selva laboriosa y jerarquizada de los adultos.

Pero Otto no es yo y solloza sobre la libreta. Le abrazo horrorizada de mi propia brutalidad, de mis ansias de retenerle en la cinta de acero para que suba peldaños, para que entre cuanto antes en el gremio de los niños que pintan y escriben y conocen las letras.
Mi hijo es un pájaro silvestre en una jaula para canarios que es la civilización y la gramática y yo soy su triste carcelero.

Mi hijo es el árbol salvaje enderezado por el palo, podado por un jardinero sin alma.
Mi hijo es el balcón abierto y primaveral al que he de poner persianas y barrotes.

Qué estúpida laboriosidad del día con su cielo de trampantojo, las ideas, los conceptos, la ortografía. Todo sobra y estorba. Cerramos el libro.

¿Dónde quedó el plan de acción estratégico para el autismo que el Gobierno aprobó en 2015?

Pasa un minuto de la medianoche, así que ya es 2 de abril y Día Internacional del Autismo. Un día que nunca paso por alto desde este blog. Un día necesario para explicar lo que es este trastorno tan difícil de entender, para desterrar falsos mitos, para hacer reivindicaciones.

Es un día azul, el más azul del año. Ese color simboliza el autismo y se nos invita a hacer gala de él, en nuestra vestimenta, engalanando terrazas y ventanas, iluminando edificios. Pero no solo hay que teñirse de azul, también hay que hablar, concienciar, de viva voz y desde redes sociales.

Confederación Autismo España ha lanzado una campaña de sensibilidad este año, apoyada por Fundación ONCE y el Ministerio de Sanidad, Consumo y Bienestar Social, que recuerda tres objetivos prioritarios:

1. Aumentar la concienciación social sobre el autismo y promover un mejor conocimiento de cómo todos podemos contribuir a la inclusión de las personas con TEA.
2. Aumentar la concienciación de los representantes políticos en torno al TEA, especialmente de cara a las Elecciones Generales, al Parlamento Europeo y a las elecciones autonómicas y locales, con el fin de incluyan las principales demandas del colectivo en sus programas electorales.
3. Reclamar la aprobación y puesta en marcha del Plan de acción de la Estrategia Española en TEA, estableciendo los recursos necesarios y fijando un calendario en el que se prioricen las acciones más urgentes, así como de una Estrategia Europea en autismo que promueva la total implantación de la Convención de Naciones Unidas sobre los Derechos de las Personas con Discapacidad.

Fue a comienzos de noviembre de 2015 cuando el gobierno de Rajoy aprobó en Consejo de Ministros la Estrategia Española en Trastornos del Espectro del Autismo (TEA), una estrategia que contemplaba líneas de acción en 15 áreas estratégicas, entre ellas, en el ámbito de la sanidad, la educación, la formación, el empleo, la vida adulta, la vivienda, la accesibilidad, el apoyo a las familias y la calidad y sostenibilidad de los servicios, entre otros.

Se hablaba de una mejor atención temprana, una pronta intervención, mayor inclusión, los apoyos necesarios, empleo, viviendas independientes… una música precioss que no se concretó en nada por falta de voluntad y recursos.

Desde este mismo blog me preguntaba poco después si sería algo más que una declaración de buenas intenciones que no iba a llegar a ningún sitio. Lamento no haberme equivocado, mis temores cristalizaron y nada de aquello ancló a buen puerto.

Resulta oportuno recuperarlo. Hace bien Confederación Autismo España, que fue una de las instituciones que colaboró en la elaboración de aquel plan, en preguntarse que habrá sido de esa estrategia y querer recuperarla.

¿Tendrá eco en esta época preelectoral? Sigo siendo escéptica, por mucho que sea algo que afecte a medio millón de familias.

Dejando de lado el recuerdo de planes rimbombantes y fallidos, aunque no por ello menos necesarios, Autismo España también pide que hagamos un pequeño gesto en redes sociales, como la actriz Nadia de Santiago en este vídeo:

Puede ser ese gesto, hacerse #unselfieporelautismo, mejor si es vestido de azul. Puede ser compartir contenidos que nos parezcan interesantes o útiles con el hashtag oficial #DíaMundialAutismo, hacer hilos interesantes en Twitter, llenar de globos la terraza, apuntarse a carreras solidarias como la de este domingo en Madrid o salir a ver las ediciones iluminadas.

Un pequeño gesto vale mucho y estos días tienen sentido si los usamos con bien, si sirven para visibilizar realidades normalmente ocultas a menos que te haya tocado a ti.

Ya sabéis que a mí sí me tocó, que tengo un hijo de doce años con autismo y un alto grado de dependencia, un niño dorado y feliz camino de convertirse en un adolescente igualmente de oro y que pisa contento el mundo.

Lo conté en un libro, Tener un hijo con autismo (Plataforma Editorial), que se publicó hace dos años. Un libro solidario porque la mitad de lo que ingresa va destinado a distintas asociaciones que luchan por el bienestar de las personas con autismo y sus familias. Ese es uno de mis gestos.

¿Cuál será el vuestro?