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¿Qué es la marea roja que afecta a algunas playas?

Por Elena Ibáñez y Miguel Herrero (CSIC)*

En La Jolla (San Diego, California), el mar adquiere un tono rojizo debido a las proliferaciones algales / Alejandro Díaz.

A veces, el mar cambia su tonalidad azul hacia el verde, el marrón, el rojo o el blanco. Este episodio, conocido como marea roja, se debe al crecimiento masi­vo de unas algas microscópicas: el fitoplancton. La proliferación masiva de las algas se produce cuando se dan condiciones ambientales favora­bles de luz, temperatura, salinidad y disponibilidad de nu­trientes. Bajo estas circunstancias, algunas algas pueden crecer y alcanzar concentraciones muy elevadas (del orden de miles o millones de células por litro) en comparación a su concentración natural en el ambiente (decenas o centenas de células por litro). A este suceso se le denomina prolife­ración algal y su color (si lo posee) dependerá del tipo de pigmento predominante del alga, así como de su concentración.

Muchas proliferaciones algales son beneficio­sas, ya que proporcionan alimento a peces y organismos marinos; sin embargo, algunas algas con características nocivas para otros seres vivos generan proliferaciones algales nocivas (PAN) o algal Bloom. Estas especies perjudiciales pueden impactar negativamente en la salud tanto del ser humano como de animales debido a la producción de potentes toxinas naturales y/o provocar graves pérdidas económicas y ecológicas. De entre las 5.000 especies descritas de fito­plancton marino, unas 300 son susceptibles de provocar proliferaciones capaces de cambiar el color del mar, y solo unas 60 pueden pro­ducir toxinas, algunas de ellas con un elevado potencial tóxico.

Los impactos de las PAN son diversos. Las algal Bloom asociadas a un elevado contenido en bio­masa suelen implicar la reducción del oxígeno disponible en el fondo de las aguas. Cuando la proliferación llega a su fin, las algas se hunden y son las bacterias quienes las descomponen y consumen todo el oxí­geno disponible en el agua, por lo que los peces y otros organismos no pueden respirar. Si las concentraciones de biomasa son tan grandes que las podemos ver a simple vista, la luz no podrá penetrar en la columna de agua, alcanzando solo la su­perficie. Esto provoca que otras plantas, fuente de alimento para muchos peces, no puedan crecer y se altere el hábitat natural.

Las algal bloom, también presentes en agua dulce, pueden ser una amenaza para los seres vivos que habitan en las aguas afectadas / Lamiot.

También existen especies que producen PAN con bajas concentraciones de biomasa y que pueden ser nocivas debido a la producción de biotoxinas paralizantes, diarreicas, amnésicas, etc., que provocan un envenenamiento con efectos sobre el sistema nervioso y digestivo de mejillones, almejas, navajas y otros organismos que se alimentan de fitoplancton. Por tanto, las toxinas pueden llegar a afectar al ser humano por ingesta de marisco contaminado.

Aunque los organismos responsables de las PAN existen desde hace siglos, ahora se observa una mayor actividad de los mismos. Esto puede ser debido, en parte, a que disponemos de mejores métodos de detección e identifica­ción de toxinas y más observadores pendientes de estos sucesos. Al mismo tiempo, la mayor parte de la comuni­dad científica cree que la polución y la actividad humana son responsables del aumento de las PAN. Sin embargo, no siempre existe una relación directa. En muchos casos, la introducción inicial de las especies tó­xicas se ha debido a corrientes oceánicas u otros fenómenos naturales como los huracanes. No obstante, no podemos obviar la relación entre un aumento en los nutrientes de las aguas costeras con la proliferación de algas que pueden originar los blooms. Algunos investigadores argumentan que los nutrientes que llegan a las aguas coste­ras, producto de las actividades humanas, son tan distintos a los que habría de forma natural que solo algunos grupos de algas ven favorecido su crecimiento, por su mejor capacidad de adaptación. Entre estos grupos se encuentran algunas de las especies responsables de las PAN, como el dinoflagelado Pfiesteria, cuya proliferación se ve fa­vorecida en aguas contaminadas.

También las crecientes áreas de recreo cos­teras (playas con espigones o puertos deportivos) dan lugar a zonas donde la tasa de renovación del agua es baja, una de las condiciones para que los blooms se desarrollen. Otro factor importante es la dispersión geográfica de especies tóxicas mediante embarcaciones de recreo, residuos de plásticos flo­tantes, etc. Pero tampoco hay que caer en el alarmismo. Aunque parece que las PAN son cada vez más comunes en nuestras playas, la mayoría de estas proliferaciones no son tóxicas y sólo producen un cambio de coloración en el agua. Esto puede resultar desagradable, pero no peligroso.

 

* Elena Ibáñez y Miguel Herrero trabajan en el Instituto de Investigación en Ciencias de la Alimentación (CSIC) y son autores del libro Las algas que comemos (CSIC-Catarata).

Peces cada vez más ‘pezqueñines’: los efectos de la pesca

andrea-blogPor Andrea Campos-Candela (CSIC)*

Que tanta gente haya tarareado alguna vez el soniquete de la memorable cancioncilla “PEZqueñines no gracias, hay que dejarlos crecer”, refleja la importancia que tiene la concienciación del consumidor para el éxito de las medidas reguladoras de la pesca. Esta campaña tenía como objetivo evitar la pesca, comercialización y consumo de peces que no superaran una talla mínima específica según la especie. Trataba de asegurar así la supervivencia de los peces más pequeños, los más jóvenes. Pero, ¿dónde situar el límite? ¿Son siempre los peces pequeños los más jóvenes? ¿Cómo crece un pez? ¿Qué pasa realmente en el fondo de nuestros mares? La comunidad científica ha encontrado la respuesta a estas cuestiones en los otolitos.

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Pescar solo peces grandes puede provocar graves desequilibrios en la estructura de edad y talla de las poblaciones. / Youtube.

Los otolitos son unas estructuras calcáreas que se encuentran en el oído interno del pez, responsables de la audición y del equilibrio. Estas estructuras crecen diariamente por deposición de finas capas de carbonato cálcico, formando anillos similares a los anillos de los troncos de los árboles. Al igual que los humanos, ni todos los peces crecen de la misma manera, ni son igual de grandes a la misma edad, ni maduran al mismo tiempo. En las poblaciones de peces, como en las nuestras, existe gran variabilidad en los rasgos de vida entre individuos. Contando los anillos de crecimiento de los otolitos se puede saber cuántos años tiene un pez y, especialmente, cómo fue su crecimiento. Hay individuos que crecen muy rápido y siendo todavía muy jóvenes presentan cuerpos mucho más grandes que otros de crecimiento más lento.

En condiciones naturales crecer rápido y tener un cuerpo grande tiene muchísimas ventajas. Los peces de mayor tamaño son más difíciles de comer por parte de un depredador y pueden escapar más fácilmente; por eso presentan menor tasa de depredación y viven menos amenazados. Esto les permite alimentarse tranquilamente y adquirir mayores reservas de energía para resistir mejor a las épocas de escasez. Por otro lado, los individuos que a la misma edad son más pequeños, viven en continua amenaza y deben vigilar mientras comen para no ser comidos. Todavía más importante, la fecundidad de los peces aumenta exponencialmente con el tamaño de la hembra. Comparadas con las hembras más pequeñas y enjutas, las grandes hembras, gracias a sus efectos maternales (dedican mayor proporción de reservas a la reproducción), producen un mayor número de huevos que dan lugar a larvas con mejor aptitud biológica, crecimiento más rápido y más resistentes a las épocas de escasez. Estas larvas contribuirán mucho más a la dinámica y estabilidad natural de la población. Son las futuras generaciones.

La selectividad de la pesca

Pero cuando llegan los pescadores y lanzan anzuelos y redes las ventajas de tener un tamaño grande desaparecen. En ambientes afectados por la pesca la supervivencia de los peces más grandes disminuye, simplemente porque son pescados (la pesca selecciona a los más grandes). Cuando los pescadores se marchan, quedan en el fondo los individuos que fueron capaces de escapar a través de las redes gracias a su menor tamaño.

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Otolito de individuo adulto de ‘Serranus scriba’, especie marina de aguas costeras, vulnerable a la pesca recreativa. / Andrea Campos.

El estudio de los otolitos ha permitido revelar que muchas veces estos peces supervivientes de menor tamaño no son los más jóvenes e inmaduros, sino que se trata de peces adultos con un crecimiento lento. Dado que estos rasgos de vida presentan heredabilidad (parte de su variabilidad se debe a causas genéticas), los peces supervivientes de crecimiento lento tendrán descendencia de crecimiento lento también. Vamos, que de padres pequeños nacerán hijos pequeños.

Después de años y años de pesca, el tamaño de los peces en el mar es cada vez menor. Se pescan los más grandes y los supervivientes tienen una capacidad de crecimiento menor. Este proceso de selección artificial inducida por la pesca puede provocar graves desequilibrios en la estructura de edad y talla de las poblaciones de peces y, en los peores casos, un colapso irreversible de sus poblaciones.

La gestión pesquera necesita conservar a los peces más pequeños e inmaduros, como canta la canción, pero también a los más grandes y maduros, especialmente a las madres grandes para frenar el descenso en las poblaciones de peces y mantenerlas en condiciones óptimas que permitan su supervivencia y explotación sostenible. Para conseguir este gran reto se proponen varias opciones: limitar las tasas de explotación, aplicar límites de talla mínima y máxima, y establecer reservas marinas.

A día de hoy, probablemente las redes de reservas marinas sean la respuesta más efectiva para asegurar la supervivencia de los individuos más grandes y maduros. Estas reservas actuarían como centros de exportación de larvas que tendrán diversidad en tamaños y tasas de crecimiento, repoblando así las zonas explotadas y contrarrestando los efectos negativos de la selectividad de la pesca. Así podremos seguir disfrutando del delicioso ‘pescaíto frito’ a la orilla del mar por muchos años sin desencajar las piezas del ecosistema marino.

 

* Andrea Campos-Candela es investigadora del Instituto Mediterráneo de Estudios Avanzados (CSIC-UIB) y fue finalista del concurso de monólogos científicos Famelab 2016.