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El cuadro que se anticipó a la serie ‘The Terror’

Hielo. Muerte. Hielo. Muerte. Hielo…

La desesperación de la mujer del comandante Sir John Franklin inspiró una canción en 1850. El lamento alargado de una esposa que teme que le confirmen la fatalidad. Aún pueden escucharse en 2018 algunas de las versiones de esta elegía que fue cantada en las costas de Reino Unido, Irlanda y Canadá. Aún hoy pía su lamento como el polluelo que ha caído del nido entre los perros salvajes del Ártico.

 

Canta hacia la tumba desconocida de un marinero en un lugar sin nombre. Llámalo Canadá. Mar de la Reina Maud. Bahía de Baffin. Ártico. O cementerio de los temerarios. Allí murieron todos los tripulantes de la fallida expedición de Franklin que en 1845 pretendían encontrar un paso del Noroeste que uniera el Atlántico con el Pacífico, de Groenlandia al Estrecho de Bering. Pero la esposa no lo sabía entonces. Creía en la benevolencia del témpano, en la experiencia de su marido, que había sobrevivido a desventuras similares. Pensaba que podían haber aguantado bajo la noche del invierno más cruel. Rogaba a la Corona por una operación de rescate. Peleaba contra el tiempo y sobre todo contra el olvido de sus seres queridos.

Esto reza la canción popular

Con cien marineros navegó
Al océano helado en el mes de mayo
Para buscar un pasaje alrededor del Polo
Donde los marineros pobres a veces vamos

 

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30 fotógrafas canadienses seleccionadas como ‘reflejo femenino’ de Mapplethorpe

Janieta Eyre (1966), "Les sœurs Sophie et Sarah" - De la série "Motherhod", 2001 - MBAM

Janieta Eyre (1966), “Les sœurs Sophie et Sarah” – De la série “Motherhod”, 2001 – MBAM

Un par de inteligentes exposiciones de fotografía organizadas en París hace no demasiado sostenían que las mujeres son más “peligrosas que los hombres” con una cámara de fotos. Qui a peur des femmes photographes? (¿Quién teme a las mujeres fotógrafas?), la pregunta que servía de título a las muestras, pretendía mofarse de la idea, todavía muy extendida, según la cual la fotografía, una herramienta de reproducción fisicoquímica, es simplemente una cuestión técnica, y por lo tanto, “una disciplina de hombres”.

Sin embargo y pese a lo que digan los manuales históricos —casi siempre escritos no casualmente por hombres—, las mujeres han jugado un papel importante en la historia de este medio de expresión, quizá, añadían los organizadores, mejor adaptados a la sensibilidad femenina que la pintura o la escultura.

El asunto de exhibir fotos de género, demostrando lo obvio —es posible una historia en imágenes de mujeres tomadas por mujeres y también la puesta en escena de una visión fotográfica femenina—,  vuelve a resurgir en She Photographs (Ella hace fotos), una muestra organizada por el Museo de Bellas Artes de Montreal (Canadá) en cartel hasta el 19 de febrero.

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Un homenaje luminoso al fin de la bombilla clásica

'The Light' - Sarah Beck

‘The Light’, homenaje de Sarah Beck a la bombilla incandescente – Foto: sarabeck.com

En septiembre de 2012 la bombilla incandescente dejó de fabricarse en la Unión Europea. Es una despedida complicada de entender: desde entonces la bombilla de siempre, con un filamento de wolframio en el interior, va camino de ser una pieza de museo, junto al teléfono a disco o la tele de tubo.

Castigada por poco eficiente, se la sustituye poco a poco por la lámpara led, un diodo de fabricación mucho más barata, una luz mucho menos contaminante que permite un ahorro del 70% con respecto a su predecesora. De modo progresivo, se establecía en Europa un periodo entre el 2009 y el 2016 para eliminarlas una vez se agotaran las existencias. Ahora, le llega el turno a los EE UU y Canadá, donde ya no se producirán más.

The Light (La luz), es una pieza escultórica que rinde homenaje al invento en proceso de extinción. “Mientras esto señala un avance en la responsabilidad medioambiental, también señala la muerte de una tecnología que cambió el mundo”, dice la artista canadiense Sarah Beck, autora de la obra.

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John Max, el fotógrafo que lo dejó todo por una bolsa de arroz integral

Retratos subjetivos mediante los cuales, gracias a la intermediación epifánica de la fotografía, el fotógrafo quiere asomarse a sí mismo. Por tanto, retratos-grito. El título de la serie era hijo de la poesía y la desesperación: Open Passport (Pasaporte abierto).

¿Era posible predecir ante las fotos, realizadas entre 1965 y 1972, que su autor, John Max, era un Bartebly de la fotografía y llevaría el “preferiría no hacerlo” a su consecuencia final: la parálisis por hastío?

A comienzos de los años setenta era el gran prodigio de la fotografía canadiense. Robert Frank, con cuya obra situada al límite de lo soportable —porque es una persecución de la imposible divinidad— las fotos de Max mantienen lazos de hermandad, diría con el tiempo: “Era una voz muda en el amplísimo paiasaje vacío de Canadá. Su trabajo procedía de una persona apasionada y pura, las mejores cualidades de un fotógrafo”.

Leonard Cohen por John Max

Leonard Cohen por John Max

Nacido en 1936 en Montreal, en una familia de padres brutos, deshonestos consigo mismos y muy pobres, Max hacía retratos con poder de barbitúricos, teñidos por el hollín de la pesadilla como única forma de lucidez —hay un buen ejemplo con otro canadiense de alma quebradiza ante la cámara, Leonard Cohen—. Hubo un tiempo que ahora parece fruto de algún tipo de ucronía en que esa cualidad tóxica era considerada meritoria y valiente.

Algo sucedió a partir de entonces. Algunos dicen que Max se trastornó; otros, que digirió con excesiva textualiadad los dictados de un fanático retiro zen en Japón; una tercera opinión sostiene que la cámara, las fotos y el cuarto oscuro se convirtieron en accesorios, recuerdos de un satori del pasado

Al regreso de Oriente, Max era un vagabundo que visitaba a los amigos cargando bolsas con arroz integral y los rollos de las fotos que había tomado en Japón. Como el buen bartebly que empezaba a ser, no los había revelado.

— Quiero revelarlos y volver a exponer, pero antes tengo que sacudirme de encima mucha mierda y atar muchos cabos sueltos. Tengo que organizar mi vida para poder revelar mis fotos —dijo a un amigo en 1983.

John Max en 1986 (Foto: © Richard T.S. Wilson)

John Max en 1986 (Foto: © Richard T.S. Wilson)

Un retrato de perfil que le hicieron en 1986 muestra a Max lejano como un asteroide. En el documental John Max, a Portrait (Michael Lamote, 2010), se le ve deambulando entre pilas de libros, basura y teteras oxidadas en un apartamento de Montreal. En algún momento del film se adivinan los 2.500 carretes de fotos todavía sin revelar.

Cuando murió, en 2011, a los 75 años, se publicaron sentidos obituarios en la prensa canadiense y alguna que otra entrada en blogs de fotografía. La expresión “fuego interior” era común en los textos mortuorios. Dado el desinterés por el mundo del fallecido, sonaba a mera combinación de palabras.

Los 2.500 rollos de película sin revelar quizá contengan alguna respuesta. Prefiero imaginar que esas miles de fotos tomadas pero nunca sometidas a la epifanía de luz de la ampliadora son, como acaso sospechaba Max, miles de potenciales gritos insoportables. Mejor no hacerlo.

Ánxel Grove

John Max

John Max

John Max

John Max

John Max

John Max

John Max

John Max

John Max

John Max

John Max

John Max

John Max

John Max

John Max

John Max

John Max

John Max

 

Una casa de muñecas a tamaño natural

'The Dollhouse' - Heather Benning

‘The Dollhouse’ – Heather Benning

Las paredes están pintadas con tonos suaves y los muebles son de una sencillez campestre pero atractiva. La casa de dos habitaciones, cocina y salón perteneció a una familia de granjeros que la abandonó en 1968, tal vez con la falsa ilusión de que la gran ciudad era el futuro. 35 años después, la vivienda de madera era una ruina olvidada en la que se fijó la artista canadiense Heather Benning.

The Dollhouse  fue una instalación artística y ahora es un proyecto fotográfico que presenta la transformación de una granja abandonada en una casa de muñecas a tamaño natural.

La granja casa abandonada

La granja casa abandonada

La construcción de madera estaba en Manitoba (una provincia de la parte central de Canadá), a 30 kilómetros de Redvers (Saskatchewan), donde Benning pasaba en 2008 un año como artista residente. Durante más de un año, limpió escombros, rellenó con yeso las grietas de las paredes, pintó las habitaciones  y se hizo con muebles y decoración que correspondieran a lo que habitualmente se encontraba en una vivienda de los años sesenta, la última década en que la casa fue habitada.

Sustituyó una de las paredes con metacrilato para poder ver desde fuera el interior de cada habitación. El aspecto final era el de una casa recuperada, pero estéril, con objetos excesivamente bien colocados, pocos detalles personales y sobre todo, sin presencia humana. Celebró una exposición para mostrar el edificio a quien quisiera visitarlo y con el proyecto tuvo la sensación de unir dos líneas de tiempo: “Pude enseñar el aspecto que tenía la casa antes de ser abandonada y al mismo tiempo el aspecto que tiene 35 años después”.

Detalle del interior de la casa

Detalle del interior de la casa

La artista (que ha realizado otros trabajos relacionados con la conexión que establecemos con los lugares que habitamos) tiene la certeza de que los lugares moldean nuestras ideas y sentimientos “y al mismo tiempo, nuestras ideas y sentimientos animan los lugares“.

Con la conversión de una casa real en una de muñecas, deja clara la sensación a la que se refiere. En las fotografías, las estancias tienen un aspecto adorable, pero carecen del carácter que se le imprime a diario a cada objeto que contiene un hogar.

Helena Celdrán

El fotógrafo ‘más polémico’ es un caradura

"The Twins", 2010 © Jonathan Hobin

"The Twins", 2010 © Jonathan Hobin

Dos niños juegan en una de esas placenteras habitaciones infantiles del Primer Mundo donde han pintado nubes en las paredes  como fórmula ritual de mostrar buen gusto y carácter open minded —”no creo en Dios, ¿sabes?, soy ateo, que haya pintado el cuarto de mis hijos como una iglesia es casualidad”—.

Los niños recrean el momento del 11 de septiembre de 2001 en que el vuelo 175 de United está a punto de embestir contra la torre sur del World Trade Center. Hay personas saltando de la primera torre atacada, llamas saliendo del edificio y equipos de rescate en acción. Uno de los críos lleva un casco de bombero, es claramente caucásico y parece inocente. El otro, el que sostiene el avión, lleva capucha y tiene mirada maligna. La foto se titula Las Gemelas (The Twins).

El autor de la foto, el canadiense Jonathan Hobin, está acostumbrado a montarla. Cuando hace dos años expuso la foto de los niños jugando al 11-S le acusaron de manipular y explotar a los críos. Aunque Hobin se defendió con el argumentario habitual —libertad de expresión artística, análisis de la sociedad contemporánea y demás zarandajas—, las fotos huelen a chamusquina, un sustantivo inapropiado si lo relacionamos con los atentados, pero bastante adecuado para juzgar a un artista cuya imaginación tiene la altura del rodapié de la habitación-plató donde escenificó su montaje. Hubo otros, con críos jugando a las torturas en la cárcel de Abu Ghraib o a la indefensión durante el huracán Katrina.

"Little Lady / Little Man", 2012

"The Deathbed", 2012 © Jonathan Hobin

La señora de la foto de la izquierda está a punto de morir en una cama de hospital. Se llamaba Marjorie Ann Merrill, Grammie, y falleció en enero de 2010, a los 91 años, pocos minutos después del click. La foto en el lecho de muerte la hizo su nieto, Jonathan Hobin. Cuatro años antes había retratado el cadáver del marido de Grammie, William Merrill, Pop.

En Ottawa se han alzado voces contra las fotos por sacar partido comercial de la muerte y mostrarla de manera muy explícita.

Una de dos: o en Ottawa, patria chica de Hobin, abundan los meapilas, o el fotógrafo es un calienta conciencias que vive de los clichés que acaso eran tabús para la generación de sus abuelos. En ambos supuestos Hobin queda como un arribista.

Hobin está acreditado para retratar las muertes cercanas y documentarlas desde el dolor, por supuesto, pero toma al resto de los humanos por indocumentados culturales cuando describe su proyecto —se titula Little Lady / Little Man y está expuesto en la galería del ayuntamiento de Otawa, es decir, con dineritos públicos por medio— como la obra fundacional de un género y una exploración pionera sobre la “renuncia de lo físico” y la “evenescencia de la vida”.

"The Last Breath", 2012

"The Last Breath", 2012 © Jonathan Hobin

Por citar a la más mediática —con frecuencia hasta niveles que provocan náusea—, Annie Leibovitz fotografió con ternura, dolor y cariño todas las fases del cáncer que mató a su amante, la rebelde ensayista Susan Sontag (1933-2004). También retrató el cadáver y también expuso la foto, pero en su manera de mostrarla, dentro de “un estuche de imágenes portátiles“, sedimentadas y profundas, no hay nada parecido al estruendo de fanfarria con que Hobin habla de las fotos de sus abuelos, de las que ningún fotógrafo podría estar orgulloso: son efectistas, están forzadas en el enfoque y ni siquiera tienen un corte interesante.

En algún medio he leído que Hobin es “el más polémico artista de Ottawa”. Venden barata la categoría.

Ánxel Grove

El mejor fotógrafo de la historia es un renegado

Robert Frank

Robert Frank, autorretrato

Lo rompió todo y de manera definitiva. Varias veces. Todo lo perdió. Varias veces.

Es desde hace décadas una sombra entre la niebla de Nova Scotia, en el Canadá más norteño. En noviembre cumplió 87 años. Vive como un ermitaño en una antigua cabaña de pescadores. Reaparece por impulsos. Tiene un genio cambiante.

Puede ser calificado como el mejor fotógrafo de la historia porque incluso cuando dejó de hacer fotos (porque le cansaban y nada le decían, porque renegó de ellas) siguió siendo el mejor.

Hoy le dedicamos la sección Cotilleando a… a Robert Frank (Suiza, 1924), cuya larga sombra, que se proyecta sobre toda la fotografía de los últimos sesenta años, es notable incluso en la ausencia.

El arte de Frank, como él mismo predicó, es objeto simple, fácil y teorizable. No se puede decir lo mismo de la persona y su reacción, porque la vida, como la fotografía, es una respuesta contra uno mismo.

Cubierta de "40 Fotos", 1946

Cubierta de "40 Fotos", 1946

1. Nace en una familia judía de buena posición económica que lo había perdido todo durante el nazismo y la II Guerra Mundial.

2. Se foguea como aprendiz de fotografía en Suiza. Autoedita su primer libro, 40 Fotos, en 1946. Es un portfolio para intentar venderse como fotógrafo. El estilo, demasiado ecléctico: contiene incluso fotos de otros autores retocadas por Frank. Fue reeditado hace unos años.

3. Viaja por Europa, pero en el continente desolado por la guerra no encuentra receptividad. En febrero de 1947 embarca en Holanda hacia los EE UU (“me voy a América, ¿cómo puede ser uno suizo?”, escribe). Sobrevive en Nueva York hasta que encuentra trabajo como colaborador habitual de la revista Harper’s Bazaar, donde hace bodegones de bolsos, zapaatos y otros accesorios de moda como protegido del gran Alexey Brodovitch, que dió cancha un puñado de los mejores fotógrafos de la segunda mitad del siglo XX (Richard Avedon, Irving Penn, Lisette Model…).

4. Brodovitch le convence para que abandone la poco ágil Rolleiflex bifocal de medio formato y se pase a la Leica III de 135 milímetros, que permite hacer fotos con una sola mano. Esta decisión cambiará la historia de la fotografía.

"Horse and Sun" - Perú, 1948

"Horse and Sun" - Perú, 1948

5. En 1948 comienza el nomadismo de Frank. Entre junio y diciembre recorre Brasil, Cuba, Panamá y, sobre todo, Perú. Autoedita dos cuadernos de espiral con las fotos. El libro Peru, publicado años más tarde, es su primera obra maestra y predice lo que vendrá.

6. Cruza el Atlántico varias veces. Traba amistad con otros buscadores de verdad (Elliott Erwitt y Bill Brandt) y viaja a Francia, Italia, Reino Unido y España. Entre marzo y agosto de 1952 vive con su mujer, la pintora Mary Lockspeiser, y el primer hijo de la pareja, Pablo, en El Grao (Valencia). Hace fotos sobre corridas de toros. Se hospedan en el hotel El Sol y, como no tienen dinero, pagan al propietario con fotos que hace Frank y que nunca han sido localizadas.

"Sobre Valencia", 1950

"Sobre Valencia", 1950

7. En el casi inencontrable catálogo Sobre Valencia, 1950, el parco Frank -muy poco amigo de teorizar- incluye una de sus más detalladas declaraciones de principios: “Blanco y negro son los colores de la fotografía. Para mí simbolizan las alternativas de esperanza y desesperación a las que la humanidad está eternamente sujeta. La mayoría de mis fotografías son de gente, vista de un modo muy simple, como a través de los ojos del hombre de la calle. Eso es algo que la fotografía debe contener: la humanidad del momento. Esa clase de fotografía es realismo. Pero el realismo no es suficiente: ha de estar lleno de visión, y las dos cosas juntas pueden hacer una buena fotografía. Es difícil describir esa tenue línea donde acaba el tema y empieza la propia mente”.

"Funeral. St. Helena, South Carolina, 1955" ("The Americans")

"Funeral. St. Helena, South Carolina, 1955" ("The Americans")

8. En 1954, con el padrinazgo de Walker Evans, fundador del moderno fotoperiodismo, Frank solicita una beca de la fundación Guggenheim. En la memoria indica que desea fotografiar en profundidad, en ciudades y pueblos de los EE UU, el rostro de una “nación cambiante”. Le dan 3.600 dólares (que amplirán en una cantidad similar dos años más tarde). Frank compra un Ford de segunda mano y se embarca en un recorrido de decenas de miles de kilómetros a través de 48 estados del país, que atraviesa de este a oeste, de norte a sur, de oeste a este y en varias direcciones erráticas más. Armado con su fiel Leica dispara 767 rollos de película (unas 27.000 fotos) durante dos años y medio. El resultado será con los años el libro de fotografía más importante de la historia, Los americanos.

"Elevator. Miami Beach, 1955" ("The Americans")

"Elevator. Miami Beach, 1955" ("The Americans")

9. Proteico y metafórico, real y humano, el foto-ensayo habla de política, religión, pobreza, racismo, riqueza, alienación, redención, música, juventud, medios de comunicación, nacimiento, muerte… Pese a todo, es autobiográfico: la mirada de Frank, que fue detenido varias veces por la policía, expulsado de pueblos y amenazado, está en cada foto. “Trabajo todo el tiempo, hablo poco, trato de no ser visto”, escribe en su diario. En algunas etapas embarca a su esposa y sus dos hijos (Andrea, la segunda, había nacido en 1954) en un viaje que parece comenzar eternamente y no tener fin. Duermen en el coche o en moteles baratos, se mueven por impulsos, entran en tiendas y bares, conviven con las paradojas y registran las grandezas. Nunca nadie, ni antes ni después, se tomó tan en serio un recorrido anatómico-fotográfico para diseccionar un país con ternura pero sin piedad.

"City Hall. Reno, Nevada, 1955" ("The Americans")

"City Hall. Reno, Nevada, 1955" ("The Americans")

10. Los americanos -83 imágenes seleccionadas por Frank tras un meticuloso y agotador proceso- provoca miedo. Es un espejo demasiado exacto. Las editoriales califican el libro de “perverso”, “siniestro” y “antiamericano” y ninguna se atreve a publicarlo. En 1958 Frank logra editarlo en Francia. La introducción la escribe Jack Kerouac: “Después de ver estas imágenes, terminas por no saber si un jukebox es más triste que un ataúd (…) Robert Frank, suizo, discreto, amable, con esa pequeña cámara, que levanta y dispara con una mano, se tragó un triste poema desde la misma América y lo pasó a fotografía, haciéndose un sitio entre los grandes poetas trágicos del mundo”, dice. En 1959, cuando el libro aparece en los EE UU, ofende a los críticos. La revista Popular Photography publica siete reseñas en un mismo número. Todas son malas menos una, que destaca el uso del contraste.

Hoja de contactos de "The Americans"

Hoja de contactos de "The Americans"

11. “Una decisión: meto la Leica en el armario. Basta de espiar, de cazar, de atrapar a veces la esencia de lo que es negro, de lo que es blanco, de saber dónde se encuentra el Buen Dios”, escribe Frank en 1960. Había empezado a tantear con el cine el año anterior, con Pull My Daisy, inspirada en un texto de Kerouac.

12. Desde entonces se dedica a destruir lo descriptivo para ahondar en su propio estado de ánimo. Ha vuelto a hacer fotos con película Polaroid o cámaras desechables, pero las interviene, superpone, raya, dibuja y escribe sobre ellas. De vez en cuando acepta encargos extraños, como fotografiar un catálogo de camisas, una convención política o la contraportada para un disco de Tom Waits, pero se muestra esquivo y prefiere pasar el tiempo grabando vídeos en los alrededores de su cabaña de pescador.

13. Andrea, la hija, murió en 1974 en un accidente de avión en Guatemala; Pablo, el primogénito, padeció esquizofrenia y murió en 1994 en un centro siquiátrico. Frank vive desde 1970 con su segunda esposa, la artista June Leaf.

Fotos para el disco "Exile on Main St." (The Rolling Stones, 1972)

Fotos para el disco "Exile on Main St." (The Rolling Stones, 1972)

14. En 1972 hizo las fotos de la portada y las cubiertas interiores del mejor disco de los Rolling Stones, Exile on Main St. Siguió al grupo en la gira de ese mismo año por los EE UU y filmó el documental Cocksucker Blues (El blues de la felación), que fue estrenado en 1975 y proyectado una docena de veces antes de que Mick Jagger y Keith Richard prohibiesen la exhibición por la imagen de brutal amoralidad que se desprende del film. A la hora de escribir esta entrada, el documental está disponible online a partir de este vínculo.

15. Casi todas las películas de Frank también pueden ser encontradas en la red. Son introspectivas y radicales. “Son los mapas de mis viajes por esta vida”, dijo de ellas. Inserto para terminar el bellísimo clip que rodó Frank en 1996 para Patti Smith.

Ánxel Grove