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Trasdós Trasdós

No nos disgusta la definición del término trasdós: la "superficie exterior convexa de un arco o bóveda". En este blog perseguimos estar en alerta y con el objetivo siempre dispuesto para capturar los reflejos, destellos, brillos y fulgores que el arte proyecta.

John Max, el fotógrafo que lo dejó todo por una bolsa de arroz integral

Retratos subjetivos mediante los cuales, gracias a la intermediación epifánica de la fotografía, el fotógrafo quiere asomarse a sí mismo. Por tanto, retratos-grito. El título de la serie era hijo de la poesía y la desesperación: Open Passport (Pasaporte abierto).

¿Era posible predecir ante las fotos, realizadas entre 1965 y 1972, que su autor, John Max, era un Bartebly de la fotografía y llevaría el “preferiría no hacerlo” a su consecuencia final: la parálisis por hastío?

A comienzos de los años setenta era el gran prodigio de la fotografía canadiense. Robert Frank, con cuya obra situada al límite de lo soportable —porque es una persecución de la imposible divinidad— las fotos de Max mantienen lazos de hermandad, diría con el tiempo: “Era una voz muda en el amplísimo paiasaje vacío de Canadá. Su trabajo procedía de una persona apasionada y pura, las mejores cualidades de un fotógrafo”.

Leonard Cohen por John Max

Leonard Cohen por John Max

Nacido en 1936 en Montreal, en una familia de padres brutos, deshonestos consigo mismos y muy pobres, Max hacía retratos con poder de barbitúricos, teñidos por el hollín de la pesadilla como única forma de lucidez —hay un buen ejemplo con otro canadiense de alma quebradiza ante la cámara, Leonard Cohen—. Hubo un tiempo que ahora parece fruto de algún tipo de ucronía en que esa cualidad tóxica era considerada meritoria y valiente.

Algo sucedió a partir de entonces. Algunos dicen que Max se trastornó; otros, que digirió con excesiva textualiadad los dictados de un fanático retiro zen en Japón; una tercera opinión sostiene que la cámara, las fotos y el cuarto oscuro se convirtieron en accesorios, recuerdos de un satori del pasado

Al regreso de Oriente, Max era un vagabundo que visitaba a los amigos cargando bolsas con arroz integral y los rollos de las fotos que había tomado en Japón. Como el buen bartebly que empezaba a ser, no los había revelado.

— Quiero revelarlos y volver a exponer, pero antes tengo que sacudirme de encima mucha mierda y atar muchos cabos sueltos. Tengo que organizar mi vida para poder revelar mis fotos —dijo a un amigo en 1983.

John Max en 1986 (Foto: © Richard T.S. Wilson)

John Max en 1986 (Foto: © Richard T.S. Wilson)

Un retrato de perfil que le hicieron en 1986 muestra a Max lejano como un asteroide. En el documental John Max, a Portrait (Michael Lamote, 2010), se le ve deambulando entre pilas de libros, basura y teteras oxidadas en un apartamento de Montreal. En algún momento del film se adivinan los 2.500 carretes de fotos todavía sin revelar.

Cuando murió, en 2011, a los 75 años, se publicaron sentidos obituarios en la prensa canadiense y alguna que otra entrada en blogs de fotografía. La expresión “fuego interior” era común en los textos mortuorios. Dado el desinterés por el mundo del fallecido, sonaba a mera combinación de palabras.

Los 2.500 rollos de película sin revelar quizá contengan alguna respuesta. Prefiero imaginar que esas miles de fotos tomadas pero nunca sometidas a la epifanía de luz de la ampliadora son, como acaso sospechaba Max, miles de potenciales gritos insoportables. Mejor no hacerlo.

Ánxel Grove

John Max

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John Max

John Max

John Max

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John Max

John Max

John Max

John Max

John Max

John Max

John Max

John Max

John Max

John Max

John Max

 

2 comentarios

  1. Dice ser según

    gracias!!!!!

    28 febrero 2013 | 19:03

  2. Dice ser Ananda

    Muy buen artículo. ¡Gracias!

    No me extraña nada lo que vivió este hombre, este fotógrafo.

    La fotografía puede ser vivida de muchas maneras, pero siempre está intimamente ligada a la psicologia del fotógrafo…

    Aparecen en el texto, en la vida de este artista, fotografía y Zen, juntos… Lo he visto antes, en otros fotógrafos, en otros cantantes, en periodistas, en pintores… El Zen, la meditación, te catapultan hacia adentro de tí mismo y lo exterior se hace insustancial, leve, anecdótico…
    Lo exterior existe, y el artista la percibe, pero es verdad que se produce un “Fuego Interno” y toda la creatividad se queda dentro de uno mismo, sin salir hacia afuera apenas una mínima parte, que cada vez es menos y menos importante.
    “El acto por el acto”. Las fotos ya no se revelan, ¿para qué?, el instante de tomar la foto se justifica por sí mismo (a veces, incluso el mismo acto de apretar el botón desaparece, porque “la foto” se toma en el interior, sin la máquina, en la conciencia y desde la consciencia de que el momento se perdería al interponer algo ajeno entre la escena y el observador); al escribir, los artículos escritos no se firman con el nombre real ni se ordenan ni se clasifican, o al pintar, las pinturas pueden pintarse unas encima de otras…

    Desaparece el artista fundido con el momento y con la obra…pero olvidado totalmente de compartir lo creado con los demás, con el mundo exterior.

    Pero no siempre es así. Es un proceso que algunos -los menos- culminan con éxito, y pasada esa “alquimia” y consolidado ese Fuego Interno, “regresan” a compartir esa creatividad enorme con el mundo exterior, con los demás, después de haber hecho ese especial peregrinaje, que puede llevar décadas… Pero no siempre se vuelve…

    ¡Un saludo!

    01 marzo 2013 | 10:10

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