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Escritores que quemaron sus obras o al menos lo intentaron

Algunos escritores (casi todos) son pirólatras, o adoradores del fuego (ahora lo sabes). Animalillos que azuzan la chimenea prendida y que en algún momento de sus vidas quisieron ordenarle a la noche, a sus amigos o amantes, que sus obras ardieran.

Son numerosos los casos de esta adicción a la catarsis (que viene del griego y significa purificación). La palabra actúa como la morfina: pica, engancha, rinde, hiere. Después es necesario el pertinaz rito de una desintoxicación destructiva.

¡Fuego!

Podríamos llamar al fuego, sin temor a equivocarnos, el mejor lector cuando llega la noche. Es el perrito del escribiente, el gato negro que acompaña al brujo de las palabras.

Tenemos sobrados ejemplos… Personas que odiaron las letras que amaban.

Retrato de Franz Kafka. Wikimedia,

Retrato de Franz Kafka. Wikimedia.

Kafka ordenó a su albacea que quemara todos sus escritos.

Stephen King lanzo a la pira las primeras páginas de su novela Carrie.

Emily Dickinson pidió a su hermana que su legado terminara en las brasas.

Mijaíl Bulgákov tiró al fuego la primera versión de El maestro y Margarita. Lee el resto de la entrada »

¿La mejor novela de vampiros de la historia?

Stephen King

Stephen King

Cuando concedieron en 2003 el National Book Award  al conjunto de la obra de Stephen King por su “distinguida contribución a la literatura” estadounidense, algunos académicos -esos señores que enseñan a Faulkner según patrones matemáticos- pusieron el grito en el cielo.

Harold Bloom, el ángel exterminador de la crítica occidental, dijo que los libros de King son “no literatura” y que otorgarles la categoría de “noveluchas para adolescentes” es actuar con demasiada gentileza.

En la ceremonia de entrega del premio King fue presentado por otro autor que no gusta a los fabricantes de cánones, el escritor hard-boiled Walter Mosley. En el discurso dijo que las obras de King convierten la vida diaria de los compradores de aspirinas en vidas heróicas. Es la más precisa de las descripciones.

Me he encontrado varias veces en la tesitura de tener que defenderme por admirar a King, a quien considero el autor de varias de las mejores novelas del último tercio del siglo XX. En todas las ocasiones (sin una sola excepción) quien me lapidó por el pecado no había leído ninguna de las obras que criticaba. Tampoco el verdugo se interesa por tu vida antes de cortarte el cuello.

"El misterio de Salem's Lot" (Stephen King)

"El misterio de Salem's Lot" (Stephen King)

No encuentro demasiados autores de la generación de King que hayan firmado novelas tan redondas, excitantes, divertidas, terroríficas y cercanas a mí como las tres primeras que editó: Carrie (1974), el debut literario de King y un prodigio de estructura formal en forma de collage pop; El misterio de Salem’s Lot (1975), de la que hablaré más tarde, y El resplandor (1977), que es mucho mejor que la de por sí gloriosa adaptación a cine de Stanley Kubrick.

Sólo por estos tres libros, el novelista de Maine debería ser de obligatoria lectura en los recintos académicos que denigran su obra cíclicamente sin haber tenido la mínima elegancia de leerla antes. No debo extrañarme: el que habla, no sabe; el que sabe, no habla.

Con la querencia por los undead de los últimos años he recordado con frecuencia El misterio de Salem’s Lot, la obra cumbre sobre vampirismo del siglo pasado. Opino que se trata de un libro que debe presidir el sangriento altar del subgénero junto con Melmoth el Errabundo (Charles Maturin, 1820), el Drácula de Bram Stocker (1897) y Soy leyenda (Richard Matheson, 1954).

Nunca olvidaré mi primera lectura del libro de King, que es, por cierto, su hijo literario preferido: el viaje de recuperación del pasado, el escritor en busca de un aliento de sentido para una vida derramada, el encuentro con la adolescencia permanente en la que seguimos habitando hasta la muerte, el retrato de la decadencia inevitable del pequeño pueblo, campo de maniobras perfecto para Kurt Barlow, vampyr y también metáfora de la podredumbre de la alta cultura europea

Salí de Salem’s Lot como se sale de muy pocas novelas: empapado de emociones y dudas, mareado por la proyección, descompuesto por una lengua que adopté como mía, convencido de que yo no debería estar donde estoy…

"Salem's Lot" (Tobbe Hooper, 1979)

"Salem's Lot" (Tobbe Hooper, 1979)

Hay un telefilm sobre el libro, dirigido en 1979 por Tobe Hooper, pero, como ha sucedido con las obras de King trasladadas a imagen en movimiento -las dos excepciones son Cuenta conmigo (1986) y  Misery (1990), ambas dirigidas por otro adulto que se quedó enganchado en la adolescencia, Rob Reiner-, el resultado es desalentador frente a los libros. Falta la palabra.

¿Por qué me llega Stephen King más que cualquiera de los autores encumbrados por los cánones y las capillas académicas del presente (Auster, Ford, McCarthy, DeLillo, Roth, Wallace…)? ¿Por qué lo prefiero a Poe y Lovecraft cuando quiero quemarme con la llamas frías del espanto?

No me hace falta responder a las preguntas y a nadie deben interesar las respuestas posibles porque la literatura es un viaje íntimo y sin compañeros, pero quizá mi devoción tenga que ver con el deseo de entrar, acaso para no volver a salir, en aquel armario que, en mi cuarto de niño callado de 12 años, era la guarida de la rata.

Ánxel Grove