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El día en que una elefanta saltó del tranvía volador

¡Tuffi está loca! ¡Tuffi se cree Dumbo! ¡Tuffi baila con la muerte…!

Seguramente sea uno de los intentos de suicidio más extraños de la historia animal. Cayó desde una altura considerable, pero la fortaleza propia del elefante le evitó males mayores. Puede que se tratara de una huida desesperada, como en las películas de espías o presidarios, un doble o nada, salto al agua y a ver qué ocurre.

Es imposible pensar como un elefante. Sentir como un paquidermo. Escuchar las llamadas suicidas en la demencia de sentirte atrapada en un diminuto vagón de tren.

Es paradójico querer meterse en la mente de esta elefanta inverosímil.

Solo deberían importarnos unos segundos de caída libre

Fotomontaje del salto de Tuffi.

Fotomontaje del salto de Tuffi.

Un tren aéreo, un dragón de acero, no es lugar para una elefanta; un camión o un circo, no se engañen, tampoco. Tenía motivos de peso. Unas estaciones repletas de ojos. Una trompa que expulsó quejidos flamencos. Y ese río teñido de negro.

Esta podría haber sido su esquela si el azar y un fondo de fango no la hubieran protegido:

El animal se tiró desde el ferrocarril colgante en marcha, en la ciudad alemana de Wuppertal, centro económico, industrial y cultural del Condado del Monte (Renania del Norte-Westfalia). Cayó al frío río Wupper desde una altura de más de 10 metros.

Pudo atraerla el brillo del Wupper por el recuerdo imantado de su India natal (los elefantes son seres memoriosos y los ríos se parecen en todas partes del mundo). Seguro que estaría harta de ser el monstruo de feria (también son orgullosos). Se puso nerviosa frente a los cables que parecían serpientes siniestras (lejos del paisaje ocre y del olor a especias, en la mecánica Alemania).

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El primer artista indio que pintó óleos y mezcló la pintura de su país con la europea

'Murugan' - Raja Ravi Varma

‘Murugan’ – Raja Ravi Varma

En los rasgos, expresiones y actitudes las mujeres se ajustan a un ideal indio que no ha variado en siglos. El realismo, las pinceladas y la perspectiva o los juegos de luz y sombra indican un contacto con el arte europeo. Recargados y excesivos, son el sueño de un coleccionista occidental que se decante por lo kitsch, pero también es posible encontrar en estas obras el atractivo de la rareza histórica.

Considerado como el más sobresaliente pintor realista indio y uno de los artistas nacionales de cabecera, Raja Ravi Varma (1848-1906) fue también el primero en usar el óleo y mezclar la temática tradicional con el estilo pictórico del viejo continente.

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Tres días y cuatro noches en el trayecto en tren más largo de la India

© Ed Hanley

© Ed Hanley

El recorrido del expreso Dibrugarh-Kanyakumari Vivek es el viaje en tren más largo de la India: 4.273 kilómetros. Discurre en paralelo a la costa oriental del país, desde Dibrugarh, en el estado de Assam, en la esquina noreste, hasta Kanyakumari, en Tamil Nadu, el más sureño de los territorios administrativos del país-continente.

El convoy, arrastrado por una locomotora WAP-4 y compuesto por 21 vagones capaces de admitir a 1.800 pasajeros —entre tres y cuatro veces la capacidad de un reactor— tarda poco menos de 85 horas en culminar el recorrido. Parte de Dibrugarh a las 22.45 horas del sábado y llega a Kanyakumari a las 11 del miércoles siguiente, tres días y cuatro noches después de la partida.

En el trazado, que atraviesa siete estados, hay 57 paradas. El mapa es en sí mismo una tentación para cualquiera que ame los viajes en tren y sueñe con la vibración incesante de la India.

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¿Indios de la India o indios de los EE UU?

A la izquierda, foto de hace cien años de una madre india con su hija. A la derecha, una abuela actual de la India con su nieta.

A la izquierda, foto de hace cien años de una madre india con su hija. A la derecha, una madre actual de la India con su hija adoptiva estadounidense.

Annu Palakunnathu Matthew (1964) nació en Inglaterra en una familia llegada de la India. Desde hace años reside en los EE UU y debe soportar el equívoco semántico que despierta su respuesta cuando alguien le pregunta de dónde procede. “Soy india” no basta, debe aclarar que es india de la India y no india nativa norteamericana.

Como estaba bastante cansada de la insistencia y le parecía “extraño” que perdurase una confusión que empezó cuando Cristobal Colón creyó que había descubierto las Indias, acomodando el gentilicio a partir de entonces al mal cálculo del navegante, la fotógrafa decidió jugar con su otredad india utilizando fotos antiguas de nativos de lo que hoy son los EE UU tomadas a finales del siglo XIX y principios del XX.

El proyecto An Indian from India (Una india de la India) llevó a esta fotógrafa y pedagoga a trasladar al presente los estereotipos y aplicar con los indios de la India la misma visión de los indios de los praderas de las fotos clásicas —seres dignos, serios, de mirada lejana y gestos hieráticos—. Durante la búsqueda de fotos en los archivos encontró que la manera en que los nativoamericanos eran retratados, la forma en que los recién llegados rostros pálidos los veían, era casi la misma que los colonialistas ingleses aplicaban a los indios de la India en la misma época.

Con un sentido del humor que no hurta la crítica a los discursos simplistas sobre la oleadas migratorias, la fotógrafa contrapone en la imagen que abre la entrada el retrato antiguo de una madre india con su hija con el moderno de otra madre, esta nacida en la India y residente en los EE UU, con su hija adoptiva estadounidense. La impresión es que las fronteras del tiempo y los dictados de tanto discurso racista se han evaporado.

© Annu Palakunnathu Matthew

© Annu Palakunnathu Matthew

Roland Barthes anotó los cuatro “imaginarios” que se cruzan en un retrato: “Ante el objetivo soy a la vez: aquel que creo ser, aquel que quisiera que crean, aquel que el fotógrafo cree que soy y aquel de quien ser sirve para exhibir su arte”. Esa incomodidad deriva en que los retratados, sobre todo por los fotógrafos pioneros que trabajaban, por imperativos técnicos, con largas exposiciones y extrema quietud de los modelos, parezcan imitaciones de sí mismos.

En los cuatro retratos de arriba vemos, a la derecha, al indio navajo Tom Torlino (arriba, cuando entró a estudiar en un centro educativo y abajo tres años después), y a su lado a la fotógrafa Annu Palakunnathu Matthew, dispuesta también a entrar en el juego (arriba, cuando llegó por primera vez a los EE UU y abajo tres años más tarde). Lo aparentemente inerte de las imágenes, la incomodidad de los modelos, son los mismos.

El ánimo de distorsión de la memoria es también aplicado por Annu Palakunnathu Matthew en el proyecto Re-Generation, en el que, mediante montajes digitales de máxima simpleza —fundidos y mezclas— manipula la memoria visual de los álbumes familiares, juntando pasado y presente en el mismo espacio.

“Cuando hojeamos un álbum de familia, nos volvemos más conscientes de las historias y los recuerdos. Mi trabajo se basa en la presunción de veracidad de las fotografías para estimular una reflexión crítica sobre el poder de la fotografía y su efecto sobre la percepción de la memoria, la familia y la deformación de las culturas a través del tiempo”, explica la autora, cuyos vídeos pueden verse en un canal de Vimeo.

Estas conmovedoras animaciones distorsionan la historia —mujeres de tres generaciones, por ejemplo, se encuentran en una misma imagen—, pero la convierten en un fluido, quizá la forma más cercana a lo que nunca dejará de ser. Por mucho que nos cuenten los portavoces de la dictadura del presente, todos nosotros vivimos dentro de las fotos de nuestros abuelos.

Ánxel Grove

El tigre autómata del sultán Tipu, una obra de arte macabra

'El tigre de Tipu' del Museo Victoria and Albert de Londres

‘El tigre de Tipu’, en el Museo Victoria and Albert de Londres

El tigre devora a su víctima, un hombre joven de atuendo europeo que intenta en vano defenderse con el brazo izquierdo a pesar de saber que su muerte es ya inevitable. Las fauces de la fiera están clavadas en el cuello y no hay posibilidad de sobrevivir.

Algunas de las rayas que componen el estampado del animal están huecas. La figura es en realidad una caja de resonancia para un órgano de teclas básicas y sonido aflautado. Los fuelles, controlados con una manivela que regula el aire, simulan con confusos sonidos los rugidos del tigre y los lamentos del humano. El mecanismo también activa el brazo del hombre, que sube y baja sin lograr que el depredador se inmute.

Detalle del 'Tigre de Tipu'

Detalle del ‘Tigre de Tipu’

Tipu’s Tiger (El tigre de Tipu), una de las piezas más curiosas del museo Victoria & Albert de Londres es un autómata de finales del siglo XVIII, casi a tamaño real y de madera que llama la atención por el dramatismo de la situación que recrea.

La elaborada pieza fue un encargo de Fateh Ali Tipu (1750-1799), sultán de la ciudad de Mysore y del sur de la India de 1782 a su muerte. Era enemigo acérrimo de la Compañía Británica de las Indias Orientales, una sociedad de inversores que tenía el monopolio del comercio en la zona y extendía así el dominio británico por el país. Tipu armó a su ejército contra el imperialismo y pronto fue conocido en Europa por su anglofobia y por su obsesión por los tigres, que adornaban la mayoría de sus posesiones y se habían convertido en el símbolo real del sultán.

Tipu Saib

Tipu Saib

Durante las varias guerras que lo enfrentaron al ejército de la Compañía Británica de las Indias Orientales, parece ser que Tipu tuvo noticia de un macabro suceso en 1793, ampliamente difundido en la India y en el Reino Unido. Un hombre joven de nacionalidad inglesa que cazaba cerca de Calcuta había sido atacado por un enorme tigre que, según las crónicas, medía “1,37 metros de alto y 2,74 de largo” que le provocó la muerte. La víctima era el único hijo del general Hector Munro, rival de Tipu en una de las guerras contra los británicos en  Mysore. Hechizado por la historia, el dirigente mandó construir el autómata.

Tipu, apodado el Tigre de Mysore, comenzó ganando en la ciudad de Haidar y luchaba con fiereza por derrotar a los ingleses en Seringapatam (capital de su reino), donde ordenó pintar en las casas escenas de tigres atacando a europeos, guardaba a los animales vivos preparados para el asedio e incluso se dice que tenía pozos llenos de tigres hambrientos que despedazaban a los prisioneros. Para la batalla, el sultán vestía una armadura con figuras de la fiera y equipaba a sus soldados con trabucos, cañones, armaduras y sables que mostraban al felino en actitud poderosa y agresiva.

Murió en Seringapatam en 1799, en la última de las cuatro batallas que libró contra los británicos, que destruyeron la fortaleza que protegía la ciudadela de la capital. El autómata terminó en Londres y una bomba alemana en la II Guerra Mundial causó un gran daño al mecanismo de fuelles, que ya no reproduce los rugidos ni los lamentos de los protagonistas de la escena.

Helena Celdrán

Los secretos de Dickens: moralista, infiel, mentiroso, racista….

Charles Dickens, mayo de 1852

Charles Dickens, mayo de 1852

La fiebre de las efemérides es como uno de esos amigos que sale del subsuelo en tu cumpleaños tras haber permanecido en la Antártida los 364 días anteriores.

La más reciente gran efeméride ha traido de regreso a quien nunca se había ausentado: Charles Dickens (1812-1870), de cuyo nacimiento se celebró el bicentenario hace unos días.

El término inglés dickensian (dickensiano), dice el diccionario, es aquello que no alcanza las condiciones mínimas de vida o trabajo que garanticen la dignidad humana, pero también puede aplicarse a las trabas burocráticas, la lentitud de la justicia, la vida urbana regida por la cobardía y el individualismo…

En la última temporada de la serie The Wire -que a Dickens le hubiese encantado por su esplendor coral-, un editor de prensa que quiere ganar el Pulitzer antes que contar la verdad se empeña en promover el punto de vista “dickensiano” sobre cualquier tema. Cuando emitieron el último capítulo de la serie, el New York Times, con bastante acierto, tituló la crónica: “Sin  final feliz en la dickensiana Baltimore“.

Dickensiano, como kafkiano, borgiano, términos aceptados por la Academia, o ballardiano, que los académicos, no pidamos milagros en la casa de la artritis literaria, aún no saben lo que significa, son adjetivos que, además de explotar en significados variados, siempre entrevistos a través de los cristales de aumento de las obras de los  escritores, dicen lo obvio: la fusión de un cuerpo literario con la vida, la confusión de lo real con lo imaginado…

Es placentero -y un poco vertiginoso- pensar que los confusos jardines de Babilonia fueron borgianos siglos antes de que un escritor llamado Borges ganara horas a la noche lidiando con la tinta para describirlos con justicia o que la expoliación española de la colonias de ultramar diera lugar a una muy dickensiana madeja de rapiña y abusos sin que ningún Dickens estuviera allí para contarlo.

Dada la dickensmanía del bicentenario -injusta como toda celebración de pum, se acabó- y, sin pretender nada más que aportar unas pinceladas al dibujo de un personaje que a todos nos acompaña de forma contundente exista o no la efeméride, dedicamos este Cotilleando a… -nuestra sección de biopsias– a algunos de los secretos de Charles Dickens, moralista, mentiroso, infiel, mujeriego a la chita callando y con vergüenza, racista, engreído y enorme escritor que, sin ninguna modestia, se refería a si mismo como El Inimitable.

Dibujo de la prisión de Marshalsea, 1729

Dibujo de la prisión de Marshalsea, 1729

1. Hijo de un prisionero. John Dickens, el padre del escritor, empleado en la oficina de pagos de la Armada Real, era un hombre que no sabía administrar sus escasos ingresos y el siglo XIX en Inglaterra era muy peligroso para los deudores. Al señor Dickens lo encarcelaron en 1824 en la tenebrosa y húmeda prisión londinense de Marshalsea, fundada dos siglos antes para encerrar a los acusados de practicar la sodomía y el bestialismo. ¿Delito? Adeudar a un panadero 40 libras y diez chelines.

La mujer del reo y los tres hijos pequeños del matrimonio tuvieron que irse a vivir a la cárcel -injusticia habitual en aquel tiempo- porque no les quedaba nada tras los embargos judiciales.

El primogénito, Charles Dickens, que tenía 12 años, se quedó en casa de una amiga de la familia, tuvo que dejar los estudios y ponerse a trabajar diez horas al día, siete días a la semana, en una fábrica de betún para el calzado. Le pagaban seis chelines a la semana.

Aunque el padre logró salir de la cárcel a los tres meses (recibió la herencia testamentaria de su madre y pagó parte de las deudas), el fantasma de la insolvencia siguió acechando a la familia y Charles, que nunca perdonó a su madre que no trabajara ella, tuvo que seguir produciendo plusvalías: primero como empleado en un juzgado y luego, tras aprender por su cuenta taquigrafía, como cronista judicial y parlamentario para periódicos.

Sintió tanto la humillación de ser hijo de un deudor insolvente que sólo reveló la verdad a su íntimo amigo y editor John Forster, que hizo públicos los hechos cuatro años después de la muerte de Dickens.

Ellen Ternant

Ellen Ternan

2. La amante secreta. Dickens se casó joven, a los 24 años, con una chica tres años más joven, Catherine Thompson Hogarth, hija de un editor de prensa para el que trabajaba el escritor. Tuvieron diez hijos. Todos se marcharon de casa en cuanto les fue posible porque no soportaban el carácter del padre, una persona que exigía a los demás que fuesen como él creía ser, “perfecto”.

Hay constancia de que el marido fue infiel a su mujer en varias ocasiones, pero el gran amor de Dickens fue la actriz Ellen Lawless Ternan, a la que conoció en 1857, cuando él tenía 45 años y ella 18.

Fueron amantes durante 13 años, pero Dickens, al que gustaba su imagen pública como pilar de la sociedad y la moral victorianas, hizo todo lo posible para ocultar la relación: alquiló para Ternan una casa en las afueras de Londres y la veía en secreto.

Más tarde ordenó a Ternan que quemara todas las cartas que le había enviado.

El matrimonio con Catherine Hogarth terminó un año después de que comenzara la aventura, pero el divorcio era impensable para los Dickens, demasiado pendientes del qué dirán, y los cónyuges se separaron.

Seis años después de la muerte del escritor, Ternan, que tenía 37 años se casó con un pastor de 25. Tuvieron dos hijos y ninguno, ni tampoco el marido, supieron nada de la relación de Ellen con Dickens.

Los protagonistas de la historia fueron tan celosos con los rastros del adulterio que sólo en 1991 logró conocerse con detalle la verdad, revelada en el libro de la historiadora Claire Tomalin The Invisible Woman: The Story of Nelly Ternan and Charles Dickens. El libro afirma que la pareja tuvo un hijo en secreto, nacido en Francia y nunca reconocido por Dickens. Otros biógrafos del escritor rechazan esta tesis.

Grabado sobre el accidente de tren de Staplehurst

Grabado sobre el accidente de tren de Staplehurst

3. Héroe (pero mentiroso). El 9 de junio de 1865, Dickens, Ternan y la madre de ésta regresaban a Londres en un vagón de primera clase de un tren que procedía de Francia. En Stapelhurst (Kent), varias unidades del ferrocarril cayeron a un río, en un accidente en el que murieron diez personas y 40 resultaron heridas, entre ellas la amante del escritor. Una de las lesionadas fue la amante del escritor.

Dickens se comportó como un “héroe” ayudando a los moribundos y heridos, dijeron los diarios de la época.

El escritor, que sacó buenos réditos de la fama, no rechazó ninguna entrevista y escribió un relato inspirado en la catástrofe, se encargó de hablar con cada uno de los periodistas que se acercaron al lugar y las autoridades policiales para que ocultasen la identidad de sus acompañantes.

En su fuero interno Dickens resultó tocado por la experiencia y evitó volver a viajar en tren.

El 'Urania Cottage'

El 'Urania Cottage'

4. Una casa para mujeres de mala vida. Gustoso de presentarse como un filántropo preocupado por los “poco favorecidos”, Dickens se embarcó en la promoción de una institución para “redimir” a las “mujeres caídas”, eufemismo que ocultaba la mención directa a las prostitutas, madres solteras, víctimas de delitos sexuales y otras formas de deshonra para la puritana pero hipócrita sociedad victoriana.

Angela Burdett Coutts, heredera de una fortuna procedente de la banca, puso el dinero para la compra del Urania Cottage, en Shepherds Bush (Londres), y Dickens escribió en 1949 un formulario de invitación: “Sabéis lo que son las calles, lo crueles que son las compañías, los vicios que abundan, las consecuencias que pueden acarrear, sobre todo si sois jóvenes”.

Dickens se encargaba de entrevistar a las aspirantes, a las que, aseguraba, sólo utilizaba para perfilar futuros personajes literarios, pero el fondo de la cuestión era discutible: tras pasar unos meses en el cottage, las mujeres (se calcula que unas cien fueron atendidas entre 1847 y 1859) eran obligadas a emigrar a Canadá o Australia, los acostumbrados basureros sociales del Imperio Británico.

Charles Dickens, aprox. 1860

Charles Dickens, aprox. 1860

5. Racista. “Los dos entraron en una habitación de paredes negras y sucias donde un viejo judío de aspecto repugnante estaba friendo salchichas”. La descripción es del anciano Fagin, el director de la escuela de niños-ladrones de Oliver Twist.

En todos capítulos de la novela, Dickens menciona al personaje como El Judío (casi 300 veces). Cuando influyentes lectores de ascendencia judía se quejaron del trato racial nada ecuánime, el escritor insertó en su siguiente novela a un judío bueno.

No fue el único patinazo de un autor que gustaba de presentarse como “campeón” de los pobres y oprimidos y firme defensor de la justicia social.

En las American Notes que publicó tras el primero de sus dos viajes a los EE UU se burla de los modales y formas de un cochero negro, que se mueve, escribió, “como una versión demente de un cochero inglés”.

Aunque se manifestaba como un firme defensor de la abolición de la esclavitud, a veces salía al exterior el conservador que anidaba en él. Apoyó al Sur en la Guerra Civil y en 1868 declaró que otorgar a los negros derecho al voto era “absurdo”.

Algo parecido le sucedía con los habitantes de las colonias inglesas. En una carta a una amiga escribió: “Ojalá fuese el comandante en jefe en la India. Haría todo lo posible por exterminar a esa raza y borrarla de la faz de la tierra”.

Ánxel Grove

Los Kinks llegaron a la India antes que los Beatles

The Kinks - "See My Friends" (Julio, 1965)

The Kinks - "See My Friends" (Julio, 1965)

El punto de encuentro entre el rock y los raga de la India suele situarse en una canción de los Beatles, Norwegian Wood, grabada en octubre de 1965 y editada dos meses más tarde, en el sexto álbum del grupo, Rubber Soul.

Los Beatles, más allá de todos sus dones -que fueron muchos-, tienen la capacidad de subvertir la historia. Como a algunos próceres laicos, se les atribuyen milagros que nunca practicaron.

Flashback. Fecha: julio de 1965, meses antes de que los Cuatro Fabulosos grabasen Norwegian Wood.  Lugar: Londres. Paul McCartney, John Lennon y George Harrison escuchan un single que acaba de traer el primero. Es el mismo que figura en la ilustración de la izquierda.

Al acabar la canción, Lennon dice: “Esa guitarra suena como un sitar. Debemos hacer algo parecido”.

La escena la cuenta un testigo presencial al que no se puede acusar de parcialidad, Barry Fantoni, músico, locutor de la BBC y amigo íntimo de los Beatles.

La canción que abrió los oídos de los ingleses al hipnotismo de la escala carnática fue See My Friends. La interpretaban The Kinks.

Es el primer crossover entre el rock occidental y la música de la India. Luego llegarían muchos otros: los años setenta estuvieron plagados de intérpretes blancos que intentaron, con bastante poca fortuna, insertar el modelo de melodías sinuosas y abiertas del subcontinente en la psicodelia musical hippie y post-hippie.

La canción de los Kinks, compuesta (letra y música), por Ray Davies, proyección en clave de pop de Charles Dickens, fue una extraña disonancia que descompusó la sensibilidad del momento y apuntó en la dirección contraria (este) a la que todos miraban (oeste – EE UU).

The Kinks, 1965

The Kinks, 1965. Ray Davies, a la derecha.

La inspiración para la melodía ondulante de See My Friends le llegó a Davies en Bombay, durante la gira asiática del grupo en 1965, cuando escuchó la canción de trabajo de unos pescadores que recogían las redes.

La letra (Ella se ha ido / Se ha ido para siempre / Y sólo me quedan / Mis amigos jugando en el río) es el rescoldo de una tragedia. Está dedicada a Rene, la hermana mayor del compositor, que acababa de morir mientras bailaba en un club nocturno. Padecía de una enfermedad cardíaca, diagnosticada tarde y mal. Ella había regalado la primera guitarra a Davies en su 13º cumpleaños.

Eran tiempos duros para el torturado compositor –el más literario, quizá el único que merezca el calificativo, de todos los músicos de la british invasion-.

La primera gira del grupo por los EE UU había sido un calvario: actuaciones mal programadas (una de ellas, organizada por el futuro asesino en serie de adolescentes John Wayne Gacy, que se prendó de Davies), ruptura con su agente, un veto del sindicato de músicos porque los Kinks se negaron a pagar la cuota por tocar en televisión y el desengaño de no lograr conquistar al mercado yanqui.

Davies sufrió un colapso nervioso y debió retirarse de las actuaciones durante unos meses. El padecimiento dió frutos relucientes. El siguiente disco del grupo, Face to Face (1966) es todavía uno de los mejores de su carrera: íntimo, maduro y con inolvidables canciones reflexivas.

Ánxel Grove