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“Todos esos momentos se perderán en el tiempo, como lágrimas en la lluvia…” Roy (Rutger Hauer) ante Deckard (Harrison Ford) en Blade Runner.

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Amar, antes de morir

Cuando vi por primera vez Lo importante es amar no sabía casi nada de Romy Schneider, aquella actriz que muy temprano se convirtió en estrella gracias a su papel de Sissy, primero princesa Isabel de Baviera y después Emperatriz de Austria, en la cursi, almibarada y rancia colección de estampas, en forma de trilogía, del Imperio austríaco de los Habsburgo. Menos aún me decía el nombre de Andrzej Zulawski, director polaco que ya nunca olvidaría, aposentado de manera definitiva en un rincón de mi cinefilia incipiente a partir de sus dos siguientes títulos, La posesión (1981) y La mujer pública (1984).

Zulawski se convirtió para mí en eso que ahora se denomina “director de culto”, que viene a ser como un pope de esta religión laica que practicamos sin obligación ni sentimientos de culpa, clérigo que embutió su doctrina apasionada y febril en esa trinidad fílmica con un poder de sugestión que nunca soñó el cura que nos confesaba de niños. Posteriormente, la dificultad de acceder a su filmografía con regularidad me hizo perderle un tanto el rastro que ya sólo recuperaría con menos entusiasmo que nostalgia.

Muchos años después, en 2015, Zulawski iba a presentar en el Festival de Sitges la que sería su última obra, Cosmos, basada en una novela de Gombrowicz, su regreso al cine tras quince años de silencio cinematográfico. Por desgracia, el cáncer que acabó con él tan sólo unos meses más tarde, a la edad de 65 años, se interpuso y ello me privó de conocerle de cerca y entrevistarle para el programa “Días de cine”, como tenía previsto.

Andrzej Zulawski. Fotografía F.E EFE

Lo importante es amar, flanqueada por las otras dos películas, habían sobrevivido al embate de los años y permanecido agazapadas en mi memoria, erigidas en uno de los más preciados bienes que yo salvaré si algún día tengo que abandonarlo todo en un naufragio y me hubiera gustado mucho compartir mis emociones con su autor. Porque Zulawski fue un director autor con todas las de la ley; excesivo en fondo y forma, desbordante y vehemente a lomos de una cámara que a veces parecía empujar más que seguir a los actores en su loca carrera por todos los rincones del decorado, poseídos por personajes siempre fogosos, en ocasiones violentos y siempre hechizados.

Resulta paradójico que un título que roza la cursilería merced a su extremada belleza, un título que resume en cuatro palabras el secreto que nos redime de nuestra miserable condición, que expresa tan certeramente como una flecha en el corazón de la diana el principio y final de la vida, Lo importante es amar, uno de los más hermosos títulos de la historia del arte narrativo, fuera idea de los distribuidores y de la productora y que el director, enemigo acérrimo del engaño, se lamentara porque en su opinión traicionaba a su público haciéndole creer que se trataba de un filme del estilo (entiéndase “sentimental”) de Claude Lelouch, director de Un hombre y una mujer (1966) y Los unos y los otros (1981) entre otros muchos.

Romy Schneider en un fotograma de Lo importante es amar

Ese título, adaptación libre de la novela La noche americana de Christopher Frank, encargo de la productora, Albina du Boisrouvray, a Zulawski, abraza el drama y la comedia, la tragedia y la farsa, el dolor y el gozo que encierra la patética historia de Nadine Chevalier, la actriz desgarrada que se encuentra interpretando papeles indignos para sobrevivir. Romy Schneider en el verdadero rol de su vida, en la otra esquina de la galaxia en que habitaba Sissy, triste, desmaquillada, afeada y pese a todo arrebatadoramente sensual, taladrando con su mirada a Fabio Testi para atarle sin proponérselo a su destino.

Ese papel colocó a Romy en el punto álgido de su carrera, le hizo obtener un Cesar a Mejor Actriz en 1976 y marcó el inicio de un declive personal trágico que terminaría en una muerte sembrada de dudas el 29 de mayo de 1982, un año después del espantoso fallecimiento de su hijo David, atravesado por los barrotes de la verja que intentaba saltar en su casa. Es casi imposible sustraerse a la idea de que ese dolor postrero, que algunos creen detonante de un suicidio no demostrado, despuntaba ya en la afligida mirada de Nadine Chevalier.

Romy Schneider con Fabio Testi y Jacques Dutronc en Lo importante es amar

Cuando Laurent Pétin, su último compañero, la encontró en su apartamento de París, la escena que estaba interpretando parecía haberse deslizado de las páginas de un viejo guion romántico: un trazo de tinta derramada sobre el papel en el que se disculpaba por anular una sesión de fotos, la pluma caída en el suelo, alguna botella de alcohol por aquí, unos frascos de medicamentos por allá. Los detalles diabólicos de una realidad tal vez sencilla convertidos en señuelo para imaginar un desenlace desolador. Romy tenía entonces 43 años de edad.

Nunca hubo tanto sereno desconsuelo como en los ojos de Romy Schneider clavados en los del fotógrafo free lance que interpreta Fabio Testi, entrelazadas la tristeza de una y el estupor del otro por las conmovedoras notas de Georges Delerue. “No me haga fotos, por favor… yo soy una actriz y sé actuar, esto lo hago para comer”.  Prueben a ver el tráiler que les regalo aquí debajo, o mejor aún, entréguense si les es posible a la película entera que en su primera secuencia, abreviada en el montaje publicitario, les muestra esta rara, por perfecta y sobrecogedora, conjunción de música y actuaciones.

Durante el rodaje, Romy entabló una relación con Jacques Dutronc, su angustiado marido en la pantalla, que puso en jaque su matrimonio con Françoise Hardy: “Ella ha debido ser feliz, pero no muy a menudo. Parecía desconfiada. Vivía la película fuera de ella y daba todo sin recibir nada a cambio. Era una mujer extraordinaria, nada que ver con las otras actrices, pasteurizadas. Era una mujer herida y al rodar esa película herí a otra, la mía”.

Romy Schneider y Jacques Dutronc en Lo importante es amar

Zulawski desvela que –nuevas paradojas- Romy detestaba a Fabio Testi, por entonces compañero de Ursula Andress, desde la primera vuelta de manivela y su animadversión quedó plasmada con toda crudeza sobre el rostro del italiano en la escena del depósito de cadáveres. La vida jugueteando una vez más a imitar al cine y desvanecer las líneas de demarcación entre realidad y ficción. Aún me queda en la penumbra cómo debieron ser las relaciones entre el especialísimo director polaco y el no menos singular Klaus Kinski, también presente en Lo importante es amar, dos volcanes a punto de erupción frente a frente.

Buenas y malas noticias

2017 se fue cargado de malos augurios para la libertad de expresión y creación, como peaje innecesario y equivocado a pagar por alzar la voz contra los déspotas y abusadores, y 2018 continúa discurriendo por la misma senda. Las malas noticias abundan y las buenas escasean. Una buena es que esta noche el programa Días de Cine, sin proponérselo, va a enmendar la plana a una Academia de Cine que colectivamente hablando ha tenido la pésima e incomprensible idea de no considerar ni siquiera nominado a Juan Diego a los Premios Goya. El programa de la 2 de TVE, por el contrario, le otorga su humilde pero muy exigente y meditado premio al mejor actor español del año por su emocionante trabajo en la dura, aunque reconfortante, No sé decir adiós, ópera prima de Lino Escalera.

Juan Diego en No sé decir adiós. Super8 Media

Lo bueno de este caso es que no se trata de un reconocimiento de los que tanta grima les causan a los artistas: “en homenaje a toda una carrera…”, que ellos, con frecuencia supersticiosos, entienden como indirecta insinuación de una jubilación forzada. No, no se trata aquí de otra cosa sino de aplaudir con todo entusiasmo un trabajo impresionante de creación, el de un individuo que ve abrirse la puerta del abismo a sus pies y trata de mantener la dignidad ante sus hijas, que intenta seguir siendo fiel a sí mismo, a su cachazuda manera, con unas maneras austeras y obstinadas como pocos actores saben recrear en la escena y ante la cámara. La buena noticia es que en la atribución de este premio no hay componendas, cálculos de comercialidad ni aliados que votan al unísono a tal o cual candidato porque es lo que corresponde y así está mandado. Aquí es limpio en fondo y forma. Un honrado saludo al trabajo bien hecho. Un ¡bravo! a Juan Diego, uno de los más grandes, que sigue superándose a sí mismo.

Les parecerá tal vez que magnifico la importancia de esta noticia positiva, pero es que cuando miro a la prensa no veo más que malos rollos. Sigue, por ejemplo el monotema cinematográfico, pues no sólo la política española y catalana los gastan. El sábado Liam Neeson se quejaba de que estamos asistiendo a una auténtica caza de brujas que persigue a los actores por auténticas tonterías, sin despreciar, por supuesto, los casos probados de barrabasadas cometidas por otros, que han despertado legítimamente la conciencia de repulsa ante los abusos sexuales en el seno de la industria norteamericana. Neeson se colocaba en la misma honda del manifiesto parisino del que yo les hablé la semana pasada, publicado en Le Monde y encabezado por Catherine Deneuve, que denunciaba el puritanismo agazapado al socaire del movimiento #MeToo. Parece que Deneuve ha sido sensible a la presión y en el diario Libération ha publicado una carta en la que afirma, sin retractarse de lo firmado: “saludo cálidamente a las víctimas de estos crímenes desdeñables que pudieron haberse sentido ofendidas por la carta que fue publicada en (el diario) Le Monde; es a ellas y nada más que a ellas a quienes les ofrezco mis disculpas”. Uno piensa, que nada hay en el manifiesto que exija pedir disculpas a nadie, porque en ningún caso se alude críticamente en el mismo a las víctimas reales de abusos, mujeres y hombres, que se han rebelado con razón venciendo el miedo y el silencio.

Catherine Deneuve en Libération: “Soy una mujer libre y continuaré siéndolo”

Por si a algunos les suena exagerado lo de “caza de brujas”, rápidamente ha venido a confirmarlo la aparición de una web que ofrece a los usuarios una herramienta justiciera para que sepan hacia dónde dirigir sus dardos en campañas de boicot y otras lindezas, y así puedan conseguir triunfos tan denigrantes como la exclusión de actores de proyectos en marcha, la expulsión de sospechosos de series de éxito y la condena moral sin juicio previo de cualquiera que pueda tener a alguien cabreado por razones más o menos presentables. El sitio web en cuestión calificará de Rotten Apple, o manzana podrida, a toda aquella película que tenga a alguien de su equipo acusado de algún delito, o falta, de índole sexual. Si la producción está sana y reluciente la cinta se calificará como manzana fresca. ¿A que no se imaginaban ustedes lo divertido que puede ser este juguetito? Prueben a introducir su película favorita y comprueben el resultado. Pueden hacer apuestas. Lástima que no se abre una web similar en España para detectar ranas en la charca de los corruptos; seguro que arrasaba con la pana.

Búsqueda de Girls en Rotten Apples

No, no se escandalicen. Aún no hemos visto nada. Lo del teatro Maggio Musicale de Florencia marcará otro hito en la historia de la infamia cometida en nombre de la más noble causa. Acabemos con los acosadores, abusadores y violadores a base de borrarlos de las obras de arte. Para denunciar la lacra terrible de los feminicidios a alguien (parece ser que al director de escena Leo Muscato) se le ocurrió modificar el final de la ópera Carmen y decidió que la protagonista no muriera, sino que matara ella misma a su maltratador empuñando una pistola. Aparte del respeto obligado a la obra clásica, ¿a nadie se le ocurrió explicarle que el mal se denuncia con mayor eficacia mostrándolo tal y como es y no haciendo que el bien triunfe? ¿Hace falta ir a la Universidad para darse cuenta del disparate que supone semejante idea si se aplica a diestro y siniestro?

 

Como un resultado más de la ola de insensateces levantada como reacción pendular ante los siglos de opresión contra las mujeres, alguien se preguntaba si era lícito poder disfrutar de la obra de quien está acusado de los nefandos crímenes que guardan relación –clara u oscura, lo mismo da- con la entrepierna. ¡Nunca más me reiré con un chiste de Woody Allen! ¡No volveré jamás a pisar en una sala en la que pongan una película de Roman Polanski!… y así sucesivamente. No sabemos a cuántos artistas engullirá el sunami, cuántos justos pagarán por pecadores, pero espero que Liam Neeson no dé con sus huesos en el paro. Que son capaces de intentar borrarle de las varias películas que tiene por estrenar en 2018, como a Kevin Spacey. No le va a servir de atenuante ni haber encarnado a Oskar Schindler.

Las estrellas pujan por ir al cielo

Brad Pitt pujó en una subasta benéfica y ofreció hasta 120.000 dólares de vellón por disfrutar de la compañía de Emilia Clarke y ver juntos un capítulo de la serie de HBO Juego de Tronos. Así lo ha recogido toda la prensa mundial y, por supuesto, también este periódico.

Emilia Clarke y Kit Harington en los Globos de Oro 2018. | Jordan Strauss / GTRES

La noticia me recuerda aquel sindiós de película que con el título de Una proposición indecente perpetró Adrian Lyne en 1993. Les refresco la memoria: Demi Moore, que tres años despues vendería muy cara en otro artefacto fílmico la exposición de su piel (Striptease), era una agente inmobiliaria casada con un arquitecto, interpretado por Woody Harrelson, que no quedaba en posición muy lucida porque a su mujer se le ocurre salir del atolladero económico en que se encontraban aceptando una de esas ofertas que pocos pueden permitirse el lujo de rechazar: un patético millonetis, con la máscara apergaminada de Robert Redford, les ofrece nada menos que un millón de dólares por pasar la noche con ella.

Como digo, la película sería perfectamente olvidable de no ser porque semejante punto de partida me parece a mí escandaloso. No por lo que las personas conservadoras puedan pensar, sino por lo contrario: pienso yo que ni el polvo del siglo puede cotizarse tanto porque no podría garantizarse que la velada culminara en un orgasmo que igualara esas proporciones estratosféricas. Aunque claro, los súpermillonarios, que tienen el dinero por castigo, como diría De la Morena, son así de rumbosos. ¿En qué otra cosa más glamourosa podrían derrochar los beneficios de sus acciones? En España, desde luego, hemos visto alternativas bastante más cutres con los de las tarjetas black y eso… Pero no nos desviemos…

Decía que la noticia me recordó aquel despropósito pero debo admitir que no admite comparación. Porque vamos a ver: ¿qué pretendía el ex de Angelina con esa apuesta? ¿Se trataba de comentar el trabajo de Emilia en el mencionado episodio mientras hacía manitas con ella o pensaban ambos estar muy atentos a la pantalla y sólo a la pantalla? ¿El tema era desmenuzar los intríngulis de Daenerys con sus fieles súbditos o contemplar de cerca los ojitos de la Targaryen?

Porque hay un detalle de la noticia que no se aclara y es qué pasó con la insuficiente cantidad que Brad puso sobre la mesa, habida cuenta de que el ganador de la subasta subió hasta la bonita cifra de 160.000 dólares. ¿Dijo Pitt, “ah, pues si no gano me lo ahorro” o de todos modos los donó para la bella causa a la que iban destinados los billetes verdes? Porque recordemos que la iniciativa en auxilio de los pobres más pobres del mundo, los haitianos, a los que todo se les vuelven pulgas, había sido idea de Sean Penn, que además de actor genial e interesantísimo director, es un tipo muy comprometido con estas cosas. Pero digo yo que qué falta hacía ese tejemaneje de subasta. Mejor hubiera estado que todos apoquinaran el parné directamente sin tantas ceremonias, ¿no?

Nota: un terremoto provocó 316.000 muertos en Haití en 2010. Y no contentos con ello los dioses enviaron a darse un paseo por allí a los huracanes Matthew e Irma en 2016 y 2017 para asegurarse de que los supervivientes no cayeran en la molicie y se dieran a la mala vida.

Devastación provocada por el terremoto en Haiti en 2010. EFE

Esta gente de la farándula es muy dada a estos saraos, sobre todo por aquellos lares, me dirá mi pepito grillo personal. No hay tampoco necesidad de andar metiéndose con ellos cuando deciden hacer algo positivo. Y no le faltaría algo de razón, no lo niego. Lo que pasa es que me cuesta un poquito digerir el espectáculo montado en torno a la miseria de los miserables, aunque sea para su propio bien. Da la impresión de que los ricos necesitan divertirse aunque sea con el pretexto de sacar brillo a su conciencia y entregarse al papel de buen samaritano. Hay un punto de exhibicionismo en todo esto, no me negarán. Pero, ¡ojo! ¡Que sigan haciéndolo, eh! Que menos da una piedra y no seré yo quien proteste.

A la movida de Emilia se sumó Kit Harington, que venía de pasar una noche calentita en un bar de Nueva York, empeñado en golpear las bolas de una mesa billar con su espada de Jon Snow, o Jon Nieve, sin percatarse de que él no era uno de los jugadores y de que quienes sí lo eran no caían rendidos a sus encantos, como parece que debe de estar acostumbrado a observar. Los famosos es lo que tienen, con unas copitas de más no distinguen entre fans y simples ciudadanos. Bueno, debería decir algunos famosos. Así es que queda dicho. Superada la cogorza, o vaya usted a saber si por efecto de la resaca, Kit decidió sumar generosamente su agradable compañía a la de Emilia, para que el ganador disfrutara de un lote de dos estrellas por el precio de una, aunque en la crónica no consta si eso entusiasmó al afortunado o provocó su profunda decepción.

Luego la subasta continuó con apuestas cruzadas entre la exultante Emilia (así me la imagino al comprobar el nivel de fogosidad que levantan sus huesitos) y Leonardo di Caprio, otro actor de quien sólo caben alabanzas, tanto en su desenvolvimiento profesional (¡quién lo hubiera dicho cuando se hundía con el Titanic!) como en su compromiso a prueba de maledicencias en la lucha por la preservación del medio ambiente y contra el cambio climático (subrayo que estas líneas no llevan ni pizca de ironía). Entre la khaleesi y Di Caprio intercambiaron unos envites por hacerse con unas pinturas y cada uno se llevó la suya. Mira qué bien. Una buena acción y un lienzo para las paredes, o para regalar, que así queda uno dos veces bien. Que no se diga que las estrellas no son generosas.

Chaplin fue enterrado dos veces

El día de Navidad de hace exactamente cuarenta años murió Charles Chaplin. De haber vivido en nuestros días se hubiera visto envuelto con toda probabilidad en la actual vorágine de denuncias por delitos sexuales que día sí, día no hace brotar nuevos casos.  Podemos suponerlo porque su vida sentimental fue cualquier cosa menos convencional, su vida artística, lo más próximo a la genialidad y su compromiso con la sociedad y el progreso de los hombres, absolutamente incondicional: tres requisitos que lo convertirían en diana potencial.

Cuatro matrimonios y once hijos es un dato que permite atisbar la pasión que esclaviza al más pintado. Me imagino a Chaplin regalando piropos a diestro y siniestro, cosa que hoy está muy mal vista, especialmente a mujeres jóvenes si nos atenemos a la edad de aquellas con las que probó suerte. Mildred Harris, dieciséis años, por veintinueve del artista; Lolita McMurray, actriz de sobrenombre Lita Grey, diecisiete, él treinta y cinco; Paulette Godard, también actriz, pero ésta memorable, con quien encadenó sentimientos y películas, 26 años ella y 47 él. Sin abandonar el oficio, Chaplin, que desconocía el viejo consejo de donde tengas la olla no introduzcas nada muy personal, tuvo que afrontar un litigio con Joan Barry que le atribuyó la paternidad de su hija, Carol Ann; 23 años la madre, 57 el supuesto progenitor. Chaplin pagó una pensión a Carol Ann, la niña de la discordia, hasta que ésta cumplió 21 añitos, a pesar de que las pruebas biológicas no fueron concluyentes.

Charles Chaplin y Edgar Neville en California en 1930. EFE

Con cincuenta y cuatro primaveras (no es tópico, Chaplin nació en abril) en 1943 firmó su último compromiso matrimonial con la hija del eminente escritor Eugene O’Neill, de nombre Oona y de edad dieciocho. Después de dejar atrás los ataques de chismosas profesionales de la época, como Hedda Hooper y Louella Parsons, y sobre todo el irrespirable ambiente creado por el Comité de Actividades Antiamericanas que le hizo comparecer acusado de comunista en 1949, se estableció en Vevey, Suiza. Ni pensar quiero en hasta qué punto sería hoy el inmortal creador pasto de sospechas, acusaciones y persecuciones. En una tormenta con el aparato eléctrico que se ha desatado en nuestros días, la figura de Chaplin sería el pararrayos de la torre Eiffel.

De su intimidad con Edna Purviance, su musa, su amor, su amiga del alma (treinta filmes lo atestiguan, de entre los cuales The Kid señala la cumbre en 1921), no se insinúa ninguna habladuría, nada improcedente. Al contrario, se subraya que Chaplin hizo todo lo posible por relanzar su carrera cuando ésta se hundió, involucrada en un oscuro suceso de amoríos enfrentados por el magnate del petróleo Courtland Dines con otra actriz que disparó contra él, y le mantuvo su sueldo después de su retirada en 1926, hasta que murió en 1958.

Charles Chaplin y Edna Purviance en Charlot en el balneario. Pinterest

De recordar la obra del genio ya se encargan todas las enciclopedias, artículos y necrológicas. Inabarcable casi, inconmensurable por tantos títulos. Yo, por abreviar, entresaco arbitrariamente tres y me quedo tan ancho: El chico, 1921, Tiempos modernos, 1936, y El gran dictador, 1939. De la primera emocionan los ecos de la infancia, pobre de solemnidad, del propio autor. De la segunda, la crítica acerada, desternillante y tragicómica al capitalismo de entreguerras. De la tercera, el ataque frontal al fascismo ascendente y a todos los totalitarismos… la valentía al llevarla a cabo, tantas secuencias memorables… y el discurso final, henchido de idealismo palpitante y conmovedor, que pueden ver por encima del párrafo anterior.

Tiempos modernos levantó la liebre para el FBI que vio en las proclamas a favor de los trabajadores explotados, culminadas con la gloriosa secuencia en la que Charlot enarbola la bandera roja al frente de la manifestación, la prueba evidente de la filiación comunista de Chaplin. Añádanle que defendió a la Unión Soviética como último baluarte contra Hitler, escribió pidiéndole ayuda una carta a Picasso, otro rojo irredento, se codeaó con Bertold Brecht e introdujo malévolos a la vez que divertidísimos diálogos en sus películas como el que pueden ver en Un rey en Nueva York (1957), que les pongo aquí debajo, y comprenderán por qué los sabuesos afinaban el olfato para descubrir al infiltrado, que, como en España predicaban los franquistas, ocultaba cuernos y rabo bajo toneladas de sublime celuloide.

La enormidad de Chaplin se desparramó como un Amazonas incontenible más allá de las riberas del cinema. Su genio alimentó leyendas y dio alimento a los noticieros hasta después de su muerte. El robo de su cadáver, “uno de los hechos delictivos más macabros y rocambolescos de los últimos tiempos”, según relataba con grandilocuencia el diario ABC  en marzo de 1978, terminó de fundir la inmortalidad del personaje con la patética condición humana. Como se describe en El precio de la fama, una agradable comedia firmada por Xavier Beauvois en 2014, dos delincuentes de poca monta profanaron la tumba de Chaplin la madrugada del 2 de marzo de 1978. Dejaron un enorme hueco donde reposaba el ataúd pero se toparon con la firmeza de la viuda, Oona O’Neill, que no estaba dispuesta a pagar un céntimo por los huesos del finado. Hasta las fronteras del más allá llegó la tragicomedia del genio, que volvió por segunda vez a su descanso eterno cinco meses después en una jugada rocambolesca del destino que él mismo hubiera filmado.

Aquella historia esperpéntica de dos pobres ridículos, dos mecánicos de nacionalidad polaca y búlgara, tan chapuzas que después de robar el cadáver no supieron qué hacer con él y acabaron dando con sus huesos en la cárcel, fue tan cierta como que la muerte junto con el nacimiento, como escribe David Torres en su libro recién publicado, Palos de ciego, son los dos momentos esenciales de los que no sabemos nada. Menos clara, pero no menos chapliniana es la fábula del concurso de imitadores de Charlot al que supuestamente se presentó el propio y verdadero “vagabundo” (“The Tramp”, como se usa en inglés) sin ser capaz de convencer al Jurado de que merecía pasar la primera criba.

Concurso de imitadores de Chaplin.

Cuentan las crónicas que allá por 1915, cuando la fama del cómico ya llegaba a todos los rincones del planeta, o a casi todos, para qué vamos a exagerar, el propio interesado sucumbió a la curiosidad de competir contra la caterva de aficionados suplantadores de identidad que afloraban por entonces como setas después de un chaparrón. Su sorpresa hubiera sido morrocotuda al ver que le achacaban torpeza en el arte de emularse a sí mismo de no ser por que… probablemente sea un bulo del que incluso hay dos versiones, o varias, vaya usted a saber. En la más conocida habría quedado en el puesto número veinte; en la segunda, habría conseguido alcanzar el tercero. En realidad se trata de una sucesión de supuestos de los que no existe prueba testimonial alguna; ni recortes de prensa de la imaginaria entrevista que Chaplin habría concedido al Chicago Herald en 1915, según anécdota contada por un tal Lord Desborough, ni de aquella según la cual que habría sido Mary Pickford, su amiga, quien en 1918 lo contó a la prensa porque lo sabía de primera mano. Para rizar el rizo, en la revista Women’s Home Companion de julio de 1934, la escritora Alva Johnston extendió la especie de que Chaplin ganó varios premios en concursos de imitadores y era conocido como el segundo mejor Charles Chaplin de mentira de Kansas City. “Dicen que alguien dice que conoce a alguien que sabe que…” Pero no hay nada que lo demuestre. Y sin embargo ¿a quién no le gustaría que fuera cierta?

Recorte de prensa sobre concurso de imitadores de Chaplin en Dublin.

Hace unos meses más de seiscientas personas de toda edad, sexo y condición acudieron a la llamada del museo Chaplin’s World, que cumplía un año desde que abrió sus puertas en Corsier-sur-Vevey, el pueblecito suizo que alberga la tumba del imperecedero Charlot y donde vivió sus últimos años, para celebrar el 128 aniversario de su nacimiento. A los participantes se les proveía del sombrero hongo, un bigotito y un bastón, no fuera a ser que a alguno se le ocurriera disfrazarse del Hynkel de El gran dictador y el gobierno de Israel se ofendiera por ver en ello apología del nazismo, que cosas más extrañas se han visto.

Asistentes al homenaje a Chaplin convocado por el Museo Chaplin’s World. EFE

El museo se encuentra en las riberas del lago Lemán, en la misma finca en la que vivieron Chaplin y su familia, conocida como “La Manoir”, que los hijos decidieron vender en el año 2000, tras la muerte de Oona O’Neill. Me produce una mezcla extraña de melancolía y frustración ver a tanta gente rindiendo de esta manera homenaje y admiración a ese gran cineasta cuya obra reivindica la dignidad de los pobres y los explotados y la lucha contra las injusticias de un sistema político-económico que hoy más que nunca se revela cruel e inhumano.

Asistentes al homenaje convocado por el Museo Chaplin’s World. EFE

Tengo la sensación de que esa institucionalización de su icono equivale a la anulación de su potencial revolucionario. La misma contradicción que me suscitan los doce minutos de aplausos del público puesto en pie, que Chaplin recibió en 1972 cuando la Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas de Hollywood le otorgó un Oscar honorario “por la incalculable influencia que ha tenido en la manera de hacer cine”. Antes, sólo había recibido una estatuilla, pero fue en 1952 por la música de Candilejas. En la secuencia final del camerino Charles Chaplin y Buster Keaton, contradiciendo la leyenda de su enfrentamiento, trataban de ocultar con maquillaje las infinitas heridas infligidas por la vida en el rostro de los dos comediantes; un sentido homenaje al noble oficio de promover la subversión mediante la risa y a las personas que lo ejercen.

Charles Chaplin y Buster Keaton en Candilejas

En Instagram no se mama

En este blog afirmé ufano un día que era para mí un gran honor haber sido censurado ¡al fin! por Facebook. Debo admitir que la cosa no tenía mérito alguno por mi parte. Simplemente había colocado en un post anterior una fotografía, o varias, o el contenido entero –en puridad, no lo sé- de Mathilda May luciendo su maravillosa teta, tal como Bigas Luna la había homenajeado en su película La teta y la luna. Era una teta colmada de nutritivo alimento, pero una teta al fin, y eso está prohibido en esa red social, cuyo puritanismo y contradicciones yo traté humildemente de denunciar y combatir. Y yo, reincidente que soy, vuelvo al tema.

Mathilda May en La teta y la luna

Bueno, pues el mismo virus hace de las suyas también en Instagram y por tanto es menester desaprobarlo aquí. Para empezar, no debe sorprendernos porque los dueños de ambas redes son los mismos, ya que Facebook compró Instagram en 2012 por la irrisoria cantidad de 715 millones de euros. Bueno, por entonces era una cantidad astronómica y todo el mundo de las finanzas pensó que Zuckerberg se había vuelto loco, pero si se piensa que este año cuenta con obtener unos 3200 millones de nada, no me dirán que no fue una bicoca.

Pero volviendo al asunto que nos ocupa, Instagram practica la misma y ortopédica filosofía que Facebook y anda por ahí censurando fotos o perfiles con la misma alegría que padecimos durante la larga noche del franquismo, y por los mismos motivos; desde 2013, según sus Normas Comunitarias:

“Somos conscientes de que es posible que algunas personas quieran compartir imágenes de desnudos de carácter artístico o creativo; sin embargo, por diversos motivos, no permitimos que se publiquen desnudos en Instagram. Esta restricción se aplica a fotos, vídeos y determinado contenido digital que muestren actos sexuales, genitales y primeros planos de nalgas totalmente al descubierto. También se aplica a algunas fotos de pezones femeninos; sin embargo, sí se permiten fotos de cicatrices de mastectomías y de lactancia materna. También se aceptan desnudos en fotos de cuadros y esculturas”.

¡Ja! “También se aplica a algunas fotos de pezones femeninos; sin embargo, sí se permiten fotos de cicatrices de mastectomías y de lactancia materna”. Mienten como bellacos. ¿Qué tipo de pezones de lactancia materna sí se permiten? Que se lo digan a la actriz Marta Larralde, censurada en Instagram por publicar esta fotografía tan tierna con su bebe:

Marta Larralde. Blog Corre nena corre

Larralde es una aguerrida defensora de la lactancia materna de la que ha hecho caballo de batalla en su blog Corre nena corre, un espacio en el que ha publicado unas cuantas fotografías y textos que dan cuenta tanto de sus cambios fisiológicos durante el embarazo como de las alegrías y contrariedades que éste conlleva. El poder de la teta, en dos entregas; así es como tituló su experiencia relatada con todo lujo de detalles y consejos.  Cometió el error de llevar algunas de esas fotos a su cuenta de Instagram y el resultado fue tan penoso y ridículo –para la red, no para ella- como esta imagen, en la que el pezón se convierte en algo vergonzoso que hay que ocultar:

Marta Larralde, censurada. Instagram

Conscientes de ello, muchas famosas, de entre las cuales sólo citaré, a modo de ejemplo, a la actriz Úrsula Corberó, se las arreglan con posturitas, encuadres, una mano por acá otra mano por allí, o juegos de luces para poder deslizar imágenes de sus bellas anatomías sin que la tijera del censor se active, inmunda tarea para la cual alienta a los chivatos y fomenta la delación con esta sibilina sugerencia que figura en el apartado “Ayúdanos a mantener unida la comunidad” de las Condiciones de Uso de Instagram: “Si ves algo que consideras que infringe nuestras normas, comunícanoslo utilizando nuestra opción de denuncia integrada. Contamos con un equipo internacional que revisa estas denuncias y trabaja con la mayor celeridad posible para retirar el contenido que incumpla nuestras normas”.

 

Aquí, en tetis y flipándolo heavy con las vistazas del @w_barcelona ❤️ Robado de @chinodarin 👫

Una publicación compartida de Úrsula Corberó 🐣 (@ursulolita) el 26 de Jun de 2017 a la(s) 9:33 PDT

Ya nos lo avisó el antiguo empleado de la CIA, hoy refugiado en Rusia, Edward Snowden (un héroe que merece el Premio Nobel), cuando desveló varios programas de vigilancia masiva de la NSA (la Agencia de Seguridad norteamericana), entre ellos el PRISM y XKeyscore. 1984 se quedó muy atrás pero el Gran Hermano nos vigila gracias a la colaboración de las grandes compañías de telecomunicaciones, tecnología y de Internet, como Microsoft, Google, Apple, Facebook, etc. No sólo nos vigilan; algunas, como las que son objeto de este post, también nos quieren castos y puros, a salvo de las tentaciones de la carne, que como ellos suponen se esconde en la pecaminosa forma de los pezones femeninos, con leche o sin leche materna, que tanto da.

Y no digamos ya si a algunas artistas les da por el satanismo, o lo que sea que practicara María Forqué, hija de la veterana actriz Verónica Forqué y el director de cine Manuel Iborra, que con tanta sangre sobre su cuerpo desnudo, la cosa sólo podía tratarse de brujería diabólica, debieron de pensar en la Compañía. ¿Qué me dice usted de “performances artísticas”, de arte multidisciplinar, ni qué niño muerto?, seguramente se preguntó el CEO de la app fotográfica, Kevin Systrom, en el supuesto de que este buen hombre hubiera tenido la posibilidad –más que improbable- de haber visto y opinado acerca de las fotos de esta chica tan traviesa. Por cierto, el anglicismo CEO (otra de las estúpidas modas de nuestro tiempo en España) quiere decir Chief Executive Officer, que literalmente en español significa Oficial Ejecutivo en Jefe”, quizás menos vistoso y pinturero pero más fácil de comprender para los no angloparlantes.

María Forqué. Instagram

María Forqué sufrió en sus carnes la estrechez de conductos mentales de la que nos estamos quejando y vio suprimida su cuenta de Instagram cuando llevaba reunidos tropecientos mil seguidores, ¡con lo que cuesta que a uno le sigan unos pocos!, porque colgó algunas fotografías muy calentitas que hubieran podido ilustrar el poster de películas ambientadas en el castillo del famoso conde transilvano. A mí me encantan, aprovecho para decirlo, pero al sabueso ocasional del señorito Systrom debió de causarle algún vuelco al corazón y decidió cerrar la puerta de la compañía bajo siete llaves para que María no entrara. Y hasta puede que imitara al PP y quemara los discos duros en los que se guardaban las imágenes, con lo que se organizó un buen cabreo entre los seguidores de la artista agrupados bajo la etiqueta #Freemariaforque1 para reivindicar su trabajo e indignarse por la impresentable decisión.

María Forqué. Instagram

No muy orgulloso de su código de buenas conductas, resulta que el señorito Systrom le echa las culpas del integrismo preconciliar a Apple. Parece ser que durante un acto organizado por Dazed Media, una marca líder en Medios de Moda y Cultura, este caballero dijo que la App Store de Apple obliga a observar esas medidas tan absurdas a quienes requieren sus servicios y que de no haberlo hecho Instagram hubiera sido desterrada de su paraíso. Así son ellos de chulos, la cosa no va de moral, va de pasta. ¡Como si nos pillara por sorpresa!

No es un travelo ¡Es una mujer!

El pasado 30 de noviembre el Congreso de los Diputados aprobó la toma en consideración de una proposición de ley del PSOE para que los menores transexuales puedan cambiar su nombre y sexo en el registro civil sin tener que presentar informes médicos. El resultado de la votación fue una goleada de 203 votos a favor y 130 en contra. Adivinen quién votó en contra. Pues sí, han acertado, el Partido Popular y algún otro diputado suelto. Es un paso limitado pero importante para sentar las bases que acaben con situaciones como las que han vivido en este santo país las personas que llevan siglos cosechando desprecios, humillaciones, torturas, personas a las que condenó al nacer su condición de “travelo”, de “tío con tetas y polla”, como les llaman quienes con infinita ignorancia les maltratan.

Cuando esa proposición se convierta en Ley efectiva, tal vez deje de haber denuncias como la de Claudia García Díaz, de 20 años de edad, contra el Servicio de Salud del Principado de Asturias (SESPA) por haber sido objeto de “trato vejatorio, sexista y humillante” por parte de la Unidad de Tratamiento de Identidad de Género, donde se queja de que se le preguntara por cosas como la profundidad de su vagina o sus posiciones sexuales favoritas. Denuncia probablemente similar a otras que se presentan en toda España contra las Unidades de Tratamiento de Identidad de Género, que son las encargadas de la evaluación psiquiátrica de las personas transexuales.

Daniela Vega en Una mujer fantástica. BTEAM PICTURES

El drama de estas personas no es, claro está, un problema que se limite a España. Según una encuesta de la American Foundation for Suicide Prevention y  el Instituto Williams con la Universidad de UCLA, Estados Unidos, más del 80 % de las mujeres transexuales fueron víctimas de delitos de odio y en 2016 más del 40 % intentaron quitarse la vida. Los hombres transexuales incluso superan esas cifras.

He contemplado estos datos para tener una contextualización de urgencia de la película Una mujer fantástica, de Sebastián Lelio, flamante ganadora de los galardones a la Mejor Dirección, Mejor Película y Mejor Actriz para Daniela Vega en los Premios Fénix de Cine Iberoamericano celebrados el pasado miércoles 6 en México.

El director chileno argentino Sebastián Lelio despliega una sensibilidad exquisita en el retrato de su protagonista, Marina, esa mujer transgénero que Daniela Vega encarna con su cuerpo, con su voz y con toda su alma. No menos delicado y cuidadoso con el detalle en los pliegues más íntimos de la personalidad de su criatura había demostrado en Gloria, su cuarta película y todo un descubrimiento en el Festival de Berlín, donde triunfó su actriz, Paulina García y recibió  de propina dos premios más. Dos mujeres fuertes y luchadoras, contra los prejuicios, contra las injusticias, contra el propio yo cuando se siente desfallecer ante la inmensa crueldad del enemigo. Y dos actrices cuyo trabajo es imposible de olvidar al encenderse las luces de la sala, de ahí que sean reconocidos en los certámenes y festivales.

Gloria era una mujer de 60 años cumplidos que no se resignaba a dejar de disfrutar de la vida, del sexo, del amor y de lo que diablos le apeteciera. Marina es una mujer de apariencia no homologada para los obtusos de mente, para los y las machistas que la tratan como una perversión del orden de las cosas, para los meapilas católicos que rezan en la iglesia y se ciscan en el sentido humanista de su religión; y Marina no está dispuesta a dejarse doblegar ni con buenas palabras, ni bajo amenazas, ni bajo extorsión policial, ni siquiera cuando es maltratada físicamente. Debajo del rostro desfigurado no saben los bárbaros agresores la fuerza que Marina esconde, el coraje de un ser orgulloso y noble, imbuido de una misión: sobreponerse a la desgracia y mirar hacia adelante… la vida sigue. No teman los espectadores ningún atisbo de sordidez en la historia de esta mujer.

Daniela Vega en Una mujer fantásticaBTEAM PICTURES

Sebastián Lelio tenía ante los pies el abismo en el que suelen precipitarse las mejores intenciones cuando se trata de abordar dramas como el de esta mujer fantástica. Abordarlo con realismo, con la dureza que el tema exige porque es imposible evitarla, y a la vez con una mirada no paternalista ni complaciente no era una tarea fácil. Lelio se aproxima al precipicio con prudencia en algunas secuencias, pertrechado con un estilo seco y policial al principio y después entregando los trastos al carisma de su personaje, que oscila entre el drama vindicativo, su exigencia del derecho a rendir un último homenaje a un ser amado contra el desafío de su ex mujer y del resto de la familia, y momentos de surrealismo y poética ensoñación. En su manual tiene un papel preponderante el uso impresionista y ecléctico de la música que alterna sin complejos una banda sonora incidental con canciones y con temas del repertorio clásico; la música de alas para elevarse por encima de la miseria moral de la sociedad. Gloria también cantaba para sobrevolar la grisura y mediocridad, sin importar el cariz de las canciones

Daniel Vega en Una mujer fantástica. BETEAM PICTURES

Con pausa, sin prisas, la cámara siempre pendiente de esa extraña belleza que irradia la dignidad de Marina, acompañándola en su dolor, en su valentía y en su empeño por hacer lo que debe hacer, se pongan como se pongan quienes se opongan a ella. Marina es un gran personaje, como lo era Gloria. Daniela Vega es una gran actriz, como lo es Paulina García. Ambas se han encontrado con el papel de sus vidas gracias a Sebastián Lelio. No se puede decir más ni mejor a favor de la tolerancia, de la comprensión, del respeto a la diversidad y de la admiración hacia las mujeres que no se rinden, como lo ha hecho Lelio en Gloria y en Una mujer fantástica. Para esos cineclubs, vestigios y rescoldos de una forma de disfrutar del cine que aún resisten vivos en algunos lugares, he ahí un magnífico programa doble.

Lo correcto, lo ridículo, la hipocresía

Bajo la apariencia de la corrección se oculta la hipocresía. En nombre de la rectitud se hacen muchas tonterías. A veces resulta difícil discernir si la tontería y la hipocresía van de la mano en alegre comandita, o dónde comienza lo uno y acaba lo otro. Un día leemos que una senadora francesa, de nombre Nadine Grelet-Certenais, acusaba al cine patrio de ayudar a la venta de tabaco, no con publicidad encubierta sino porque los personajes fuman mucho. Nada menos que “el 70 % de las películas francesas nuevas tienen al menos una escena con alguien fumando”, afirmaba, lo que según ella “más o menos ayuda a hacer su uso banal, incluso a promoverlo entre niños y adolescentes”.

No se sabe si a su vez ella se encontraría bajo los efectos del cigarrillo de la risa u otras sustancias más incapacitantes pero se amparaba, al parecer, en un estudio según el cual el 35 % de los adolescentes se inician en ese vicio porque salen de la sala abducidos por el encanto del humo en las bocas de sus actores y actrices favoritos. Como si escucharan encandilados a Sara Montiel cantar en El último cuplé:

Fumar es un placer genial, sensual.
Fumando espero al hombre a quien yo quiero
tras los cristales de alegres ventanales
y mientras fumo mi vida no consumo
porque flotando el humo me suele adormecer.

La ministra de Sanidad, Agnès Buzyn,  se lo tomó en serio, que en lo tocante a estudios absurdos sobre materias dudosas, no hay ministro que se resista; y ya vemos que no estoy hablando necesariamente de los nombrados por Rajoy. La buena mujer decía no entender por qué los cigarros son tan importantes en el cine francés, que es como preguntarse por qué la gente dice tacos o le da con fruición a la botella al otro lado de la pantalla. Digo yo si será porque los de este lado también lo hacen.

Esta manía de querer corregir los males de la sociedad a base de hacerlos desaparecer de las historias de ficción me parece a mí bastante poco avispada. Se aduce que el común de los mortales imita lo que ve en las películas, que era lo que los curas de antaño pensaban y por eso se mostraban tan celosos censurando besos y cualquier otra expresión de la carnalidad. Esperemos que a los franceses no les dé por aplicar un efecto retroactivo y quieran eliminar de la televisión cualquier imagen de los grandes fumadores con Serge Gainsbourg a la cabeza, que sin sus Gitanes no era nadie.

Serge Gainsbourg en 1981. Wikipedia

En semejante despropósito, el de pensar que el mundo se corrige evitando mostrar cosas poco ejemplares en la ficción y que ésta debe de ser pulcra para evitar las tentaciones de la chavalería, caen incluso los más grandes artistas. Y algunos luego se arrepienten, como Steven Spielberg. Recordarán ustedes que el director de aquella fábula un poquito ñoña que rompió records de taquilla quiso hacerle un ligero lifting a E.T . El extraterrestre con ocasión del 20 aniversario de su estreno y se le ocurrieron cosas tan estrafalarias como hacer uso de algunos retoques digitales para sustituir las escopetas de los agentes por walkies-talkies, no fueran los niños a pensar que la policía es violenta y peligrosa, menudo desatino. Más pureta todavía resultaba borrarle en un plano al mono marciano la peineta que graciosamente dibujaban sus dedos. Y todo esto en 2002. En fin… Ya digo que el buen hombre se arrepintió, pero demasiado tarde, cuando la pifia había quedado registrada para los anales en clara sintonía con la tendencia al exceso de ternura que le achacamos con frecuencia.

E.T. El extraterrestre antes y después del lifting. Universal Pictures

Otro que me parece a mí debería arrepentirse con el tiempo es Ridley Scott, a quien no sé si los productores habrán impuesto, o por el contrario habrá sido idea suya, la sustitución de Kevin Spacey por Christopher Plummer en su última película, a las puertas mismas del estreno de All the Money in the World (22 de diciembre en Estados Unidos y 19 de enero en España). Hasta ahora conocíamos casos en los que por causas de fuerza mayor o menor un actor debía ocupar el lugar de otro volviendo a rodar escenas ya rodadas, pero lo sucedido con Spacey en esta ocasión eleva el listón de lo disparatado a niveles estratosféricos para evitar el previsible boicot a la película.

Que sepamos en el cine no hay precedentes. En política sí: Stalin ordenó que hicieran desaparecer de la faz de la tierra a Trotsky y no se contentó con asesinarlo sino que aquella orden incluía borrar todo rastro del revolucionario en las fotografías oficiales. Más recientemente, el que no sale en la foto, o sólo sus piernas, porque alguien hizo la chapuza luego corregida, es Santi Vila, Conseller de Empresa del cesado Govern. Vila tuvo la desgracia de alejarse un poquito de la línea oficial y ahí lo tienen, desvanecido a golpe de photoshop.

Lo que mueve a los productores de Scott, incluido a él mismo con su productora Scott Free Films, a rodar con Plummer todas las escenas que ya había rodado Spacey para poder eliminar su nombre y presencia de Todo el dinero del mundo no es otra cosa que puro cálculo económico, sin molestarse siquiera en argüir razones de orden moral.

Kevin Spacey y Christopher Plummer en Todo el dinero del mundo. Sony Pictures Entertainment.

Y como del cerdo se aprovecha todo, nada me extrañaría que algún día, cuando ceda la presión del sunami, se editara en blu-ray (o en dvd, si aún existe) la versión original, como había quedado antes del 30 de octubre de este año, cuando saltó a la luz el escándalo que ha llevado a los infiernos del descrédito al protagonista de American Beauty; un valioso extra incluido en el paquete. De momento hay un tráiler, que está ahí para recordarnos que el multimillonario Jean Paul Getty tuvo inicialmente la cara (muy maquillada, irreconocible) de Kevin Spacey. También está el otro, más oficial que el primero, para los amantes de las comparaciones.

El listón de la impostura ya lo había puesto tan alto Netflix fulminando su participación en la sexta temporada de House of Cards y cancelando el biopic de Gore Vidal que Spacey ya había rodado, que hasta la joven actriz Clara Lago lo veía claro: “También me parece muy hipócrita que ahora cancelen todo lo que iban a hacer Louis C.K. o Kevin Spacey, cuando lo suyo era un secreto a voces. Los productores que contrataron a Spacey hace un año sabían lo que había hecho. Ahí no estás valorando los actos de la persona, solo tu interés económico como empresa”.

KevinSpacey en House of Cards. Netflix

Con Todo el dinero del mundo, título premonitorio y revelador de qué estamos hablando aquí, se ha ido mucho más lejos. Hay que temerse que según esa misma lógica en años venideros alguien considerase congruente un despliegue de “retoques digitales”, como hizo Spielberg con su inocente extraterrestre, para reemplazar a Kevin Spacey de sus películas anteriores por otro actor, éste sí, de intachable decencia. Técnicamente no parece imposible y dada la dinámica absurda en la que nos encontramos tampoco resulta impensable.

Puerto Rico, ¡yo voy a tí!

Según el diario cubano Granma tras el paso del huracán María el pasado 20 de septiembre, la tasa de pobreza en la isla caribeña se incrementó de 44,3 por ciento a 52,3 por ciento. Como ya veo el gesto de escepticismo dibujado en la cara de muchos lectores, les aclararé que la fuente originaria es un estudio de la Universidad de Puerto Rico (UPR), en su campus de Cayey (centro). Leo también en la web del canal CNN una información de 21 septiembre, 2017 : “Hace dos semanas el huracán Irma devastó el Caribe con vientos sostenidos de 297 km/h dejando destrucción a lo largo de islas exuberantes que son hogar de aproximadamente 1,2 millones de personas. Luego, el huracán María le está siguiendo los pasos a Irma, desencadenando su furia sobre Puerto Rico, después de dejar al menos 15 muertos y “amplia devastación” en la isla de Dominica”. En rtve.es el 4 de octubre: El número de víctimas mortales por María en Puerto Rico se duplica de 16 a 34. Además, ha ocasionado daños materiales en torno a 90.000 millones de dólares.

Captura de pantalla del vídeo “Yo voy a ti” (#PRYoVoyATi)

Tras esta hecatombe se han activado las energías solidarias de mucha gente y, por lo que nos toca, entre ellas un grupo de actores españoles que desmienten los prejuicios de la derechona contra el mundo de la farándula cinematográfica, a la que con frecuencia en su afán simplificador identifica despectivamente como los “titiriteros de la ceja”, ávidos de subvenciones para vivir del cuento (esa gran mentira).

Penélope Cruz, Maribel Verdú, Oscar Martinez, Carmen Machi, Juana Acosta, Daniel Guzmán, Paulina García, Quim Gutiérrez, Inma Cuesta, Jorge Perugorría, Eduardo Casanova, Mirtha Ibarra, Gracia Olayo, Eduardo Noriega, Javier Cámara, Paco León, Marcos Carnavale, Maru Valdivieso y Jesús Olmedo  son algunos de los artistas que aparecen en el video de la campaña “Yo voy a ti” (#PRYoVoyATi) promovida por la distribuidora cinematográfica Wiesner Distribution en el que expresan su apoyo a la recuperación de Puerto Rico.

En ese video reconocemos la voz de Micaela Nevárez, la bella actriz puertorriqueña que ganó el Goya en 2006 por su papel de la prostituta que le daba la réplica a Candela Peña en Princesas, de Fernando León de Aranoa. De fondo, el tema de El Wanabi, de la agrupación puertorriqueña Fiel a la Vega.

Wiesner Distribution distribuye en Puerto Rico, el Caribe y Centroamérica cine independiente a nivel mundial. Desde el año 2000 la empresa con base en Puerto Rico participa en los principales festivales de cine para seleccionar los títulos de su catálogo. En su catálogo he encontrado títulos españoles e hispanoamericanos de mayor y menor interés: La reina de España, de Fernando Trueba, Los miércoles no existen, de Peris Romano, Casi leyendas, de Gabriel Nesci, Villaviciosa de al lado, de Nacho G. Velilla, Mamá se fue de viaje, de Ariel Winograd o la italiana Locas de alegría, de Paolo Virzi. Del 4 al 10 de mayo organizó por segundo año la Semana de Cine Español en Puerto Rico.

La campaña se ideó con el propósito de apoyar el Fondo Comunitario creado por la organización puertorriqueña sin fines de lucro Para La Naturaleza,  dirigido a apoyar la recuperación de las comunidades aledañas a sus reservas naturales para llevar ayuda directa a sectores severamente impactados por el huracán y apoyar esfuerzos de agroecología, reforestación y restauración de hábitats en estas zonas.

Y por supuesto no reclama sólo la atención de los famosos de todo el mundo reunidos, sino de todas las personas que sientan un gramo de dolor al comprobar cómo las catástrofes siempre se ceban en los más débiles y deseen demostrarlo con hechos, es decir con una contribución por mínima que sea. Yo ya he hecho la mía, que conste. Todas las aportaciones al Fondo se pueden hacer en línea, desde cualquier lugar del planeta, visitando la página www.paralanaturaleza.orgEl cien por ciento de lo recaudado irá directamente a estas comunidades y a apoyar esfuerzos de agricultura sostenible, reforestación y restauración de hábitats

Ha habido muchas otras campañas de recogidas de fondos y otros famosos que se han involucrado con mayor o menor empeño. Uno de ellos es Ricky Martin, quien en su muy activa cuenta de Twitter anima a arrimar el hombro y ofrece la posibilidad de hacerlo a través de su fundación.

 

Jennifer López encontró un hueco en su muy ajetreada vida para poner un tuit que decía así:

Parece que le encomienda a su deidad que se ocupe de aquellos a los que desatendió, tal vez porque andaba ocupado en vigilar al inquilino de la Casa Blanca, que no las tiene todas con él. Digo yo que ella bien podría echar una manita además de rezar. No sé, no sé, no quiero recelar, pero he buscado ese tuit en su cuenta y alguien ha debido de borrarlo.

Podría la cantante y actriz, o actriz y cantante, que no sé muy bien en qué orden de calidades ponerlo, tomar ejemplo del actor puertorriqueño Luis Guzmán que dice en traducción libre: “Hagamos lo que sabemos hacer, vayamos juntos y aportemos nuestro grano”, a la par que invita a artistas, músicos  e intérpretes a participar en un evento con el fin de recabar fondos para Puerto Rico. Estaría bien que Jennifer se apuntara al concierto y nos cerrara la boca a todos los malpensados.

 

Precisamente el lunes próximo, 4 de diciembre, la Academia reúne a nombres destacados del ámbito social y cinematográfico que prestan su aliento en favor de causas sociales, humanitarias o medioambientales. En una primera mesa redonda, moderada por Jorge Martínez (publicista y creador de la campaña Pastillas contra el dolor ajeno), Paco Arango, Manuel Burque, José Carnero (presidente de la Fundación Uno entre Cien Mil), Mónica Esteban (fundadora y presidenta de Juegaterapia) y Mabel Lozano compartirán sus experiencias.

Elena Anaya, Javier Bardem, Javier Corcuera, Paula Farias (expresidenta de Médicos sin Fronteras), Fernando León de Aranoa y Dani Rovira participarán en una segunda mesa redonda, en la que se analizará el potencial de actores, actrices, directores y directoras al dar voz a los que no son escuchados. El encuentro será moderado por Elena S. Sánchez, periodista y presentadora de Días de cine.

En fin, muchos son los llamados a apoyar buenas causas con su popularidad y muchos menos los que lo hacen. Por eso es justo y necesario reconocérselo y no quedarse mirando. ¡Apoya a Puerto Rico!

¡Ole, ole y ole, Rosa María!

Me levanto tempranito en Gijón, aún es de noche en la calle, aunque falta poco para que la claridad se imponga. Me encuentro en esta bella y tranquila ciudad asturiana invitado por el Festival para realizar un reportaje para el programa Días de Cine, de Televisión española y tengo un rato para echar un vistazo a la prensa, antes de encaminarme al autobús que nos llevará a un grupo de periodistas al sur de la villa donde podremos asistir a un pase de la película correspondiente. Esto es lo que tiene la desaparición de las salas de cine que antaño daban vida cultural y entretenimiento en el corazón de las ciudades y ahora ceden sus edificios a la especulación: para ver una pantalla grande hay que alejarse mucho del centro. El festival lo sufre, queda muy poco espacio cinematográfico que no se encuadre en complejos comerciales del extrarradio; el teatro Jovellanos aún resiste.

Una entrevista ante la fachada del teatro Jovellanos de Gijón

El día que escribo ésto, el lunes 20, me desayuno con la noticia de que Rosa María Sardá devolvió el 24 de julio pasado su Cruz de Sant Jordi a la Generalitat de Cataluña, que le había sido entregada hace 23 años. ¡Qué grande eres, Rosa María! Nos lo contaba Isabel Coixet, y toda la prensa se hacía eco, el domingo 19 en El País (islotes de decencia que perduran agazapados en las páginas de ese diario), con su cálido y lírico estilo y en un relato guionizado que parecía sustraído a Rafael Azcona (¡qué grande eres, Rafael Azcona!):

—¿En qué puedo ayudarla, señora Sardà?

—Es por la Cruz de Sant Jordi.

—Creo que ha habido un error. Me ha dicho mi colega que quiere devolverla.

—No, no es un error. La quiero devolver, exactamente, aquí la tiene.

¡Jajaja! ¡Rosa María, tenías que haber grabado la cara de ese funcionario con tu teléfono móvil! ¡Por dios! ¿no pensaste en el tesoro que se estaban perdiendo las escuelas de interpretación? ¿Cómo imaginar lo que se le pasó a ese buen señor por la cabeza –y su reflejo en el rostro, anonadado- al coger la carpeta con la condecoración y escuchar tu petición de un recibo?

—¿Un recibo?

—Sí, un recibo, conforme la he devuelto.

—Sí, claro… Un momento.

¡Cómo no vamos a tener buenos guionistas en España, si la realidad nos proporciona los mejores materiales al abrir los periódicos! La indignidad está a la orden del día, pero por fortuna todavía quedan personas que nos resarcen de la miseria moral a través de ejemplos  demostrativos de su talla de gigantes. ¡Qué grande eres, Rosa María! Con absoluta discreción, sin pregonarlo, sin presumir de nada, simplemente por coherencia, Sardá, devolvió tan alta distinción y exigió a los correspondientes funcionarios que no se les ocurriera publicar ninguna esquela cuando ella muera, porque no podía aceptar que su nombre siguiera vinculado de esa manera a una institución que pretendía por las bravas escindir a Cataluña de España.

Rosa María Sardá recibe la Medalla de Oro de la Academia. Toni Albir / EFE

Y escindirle a ella, que casi fue presidenta de la Academia de las Ciencias y las artes Cinematográficas de España, que ganó el Goya en dos ocasiones y presentó la Gala en tres (1993, 1998 y 2001) con aquel gracejo tan personal y lenitivo que nos permitía aguantar los largos y soporíferos momentos sólo por verla reaparecer en escena. Sardá descubrió una veta a los diseñadores  de las ceremonias y señaló un camino a sus presentadores para que semejante invento se sustentara contra el viento y la marea de unos condecorados que siempre parecen estar aprovechando la ocasión para congraciarse con la familia a la que no hablaban desde años atrás, o suplicando a los productores que el trabajo no se les agote.

A Sardá, que recibió la Medalla de Oro al mérito en las Bellas Artes del Ministerio de Cultura de España (hay ocasiones en que hasta el más ciego abre los ojos y ve), no le cuadra dejar de ser una de las más grandes artistas españolas, fraguada su carrera a lo largo de casi seis décadas en todos los frentes de batalla, sean los escenarios teatrales, catódicos o fílmicos, y no encaja en las estrechuras mentales de quienes abjuran de todos los lazos contraídos a lo largo de siglos con los demás ciudadanos de este torturado país, el nuestro, el que tenemos, el que amamos y odiamos pero luchamos para mejorarlo, España. Claro que, pensando bien lo de la Medalla ministerial… algunos de los señores que han venido ocupando el sillón ofrecen razones suficientes a cualquiera para  impulsarle a hacer lo mismo que Rosa María con la de Sant Jordi.

Yo respeto las ideas políticas de todo el mundo con la única condición de que se expresen con respeto y sean a su vez respetuosas con las de los demás. Pero no comprendo a algunos actores o directores catalanes de nuestro cine, como Juanjo Puigcorbé, Sergi López o Ventura Pons, pongamos por caso.

Juanjo Puigcorbé, vecino de la capital del reino durante muchos años, se presentó en 2015 en las listas de ERC en las municipales de Barcelona, nada menos que en el número dos y salió elegido concejal para dejar claro que se puede mimetizar al emérito en la estomagante serie Felipe y Letizia y hacerle una peineta a toda una trayectoria vistiendo la camiseta de la selección, como Guardiola. Una cosa es pisar el terreno para ganarse las habichuelas y otra es ver la luz de un mundo mejor, con su república pizpireta y sus Jordis patriotas, como el molt honorable senyor Pujol (de los que están en chirona no hablo, salvo para decir que, con la misma vara de medir, si merecen estar en la cárcel por lo que han hecho, otros merecerían poder elegir entre hoguera o garrote por el daño que han hecho a millones de inocentes ciudadanos). Dice Puigcorbé que le pasará factura su independentismo, pero que no tiene miedo. Tranquilo, Juanjo, tranquilo, tal vez se reduzca el abanico de tus personajes, pero a cambio seguro que te aclamarán en las manifestaciones de la Diada. No te olvides llevar la estelada.

Juanjo Puigcorbé durante la presentación de la serie Felipe y Leticia. Telecinco

Y qué me dicen de ese pedazo de actor catalán que se salía en Harry, un amigo que os quiere, en Francia, donde más y mejor se le ha reconocido, o en El laberinto del fauno, memorable a las órdenes de Guillermo del Toro. Coño, Sergi López, no te lo perdono. Tú, que eres lo más parecido que me puedo imaginar a un cenetista (de la CNT histórica, la de la República), españolazo y disfrutón, medio francés (¡qué buenos trabajos te han dado allí, canalla!) y lo que haga falta, catalán, sí, por supuesto, pero de los que ven mucho más allá de sus narices cuatribarradas. ¿Embarcado tú en el velero pirata de la CUP? Te puedo imaginar capitán general de un ejército libertario silbando la Internacional, amarrado tu destino al de todos tus colegas de profesión sin fronteras, ¡pero uniendo, no separando, compadre! En fin, allá tú.

Sergi López en el rodaje de La vida lliure, de Marc Recha. Splendor Films

Ventura Pons, director de cine al que TVE ha prestado apoyo en no pocas de sus películas –con acierto en este caso, sí señor, en defensa del cine hablado en catalán y con vocación de escapar a las rutinas comerciales más baratas– fue asesor del Ministerio de Cultura con cuatro directores generales y también vicepresidente de la Academia de las Artes y Ciencias Cinematográficas de España. En sus declaraciones a la prensa y en su última película, Sabates grosses, una comedia que no he visto (por lo que me abstendré de calificarla) y que describen sus actrices, Amparo Moreno y Vicky Peña, como una especie de 13, Rue del Percebe, deja meridianamente claro su alineamiento con el independentismo.

Ventura Pons y Teresa Gimpera. ANDREU DALMAU / EFE

Pues qué quieres que te diga, Ventura, macho. Cuando he hablado contigo de tu cine no te imaginaba la miopía pequeño burguesa, provinciana y con complejo de superioridad que para mí esconden las aspiraciones nacionalistas. Siempre he dado por hecho que el artista y el intelectual de verdad tienen un corazón universalista y abominan de las ideologías que establecen fronteras, que pintan rayas en el suelo para distinguir a las personas según conceptos tan obstusos como “mi pueblo”, “mi país”, “mi bandera”.

Por cierto, Ventura, si lo de la República catalana no prospera, ¿seguiría gustándote la idea de… no sé, por decir algo, ganar unos cuántos cabezones para que tus películas se vendieran mejor en el conjunto de España? Qué corte, ¿no?

¡Todos a la hoguera!

Ya he dejado fijada aquí mi posición sobre el caso de Harvey Weinstein y no es mi intención repetirme y menos aún añadir leña al fuego. Pero me subleva que el incendio se esté propagando a diestro y siniestro y me temo que vamos a terminar todos –los hombres- achicharrados. Me parece a mí que en la pira de expiación que han montado entre unos y otras no va a haber sitio para tanta gente y no quedará más remedio que habilitar una máquina de turnomatic, ante la cual, como los que hacían cola a los pies del cadalso durante la revolución francesa, nos iremos ubicando educadamente: perdón, ¿es usted el último?, disculpe ¿es ésta la guillotina de los abusadores? ¿la pederastia es aquí o hay otra hoguera?

Iba a escribir: el último en caer de rodillas en el oprobio ha sido Kevin Spacey. Pero, qué va, la lista se va engrosando aceleradamente y antes de que este post se publique seguro que ya han caído unos cuantos más. A Spacey le ha recordado el actor Anthony Rapp que cuando éste tenía 14 años, allá por 1986, el vidrioso Keyser Soze, protagonista de Sospechosos habituales, ya cojeaba de otras inclinaciones imperdonables. Si en American Beauty Spacey le hacía ojitos a una lolita (¡y qué lolita, que era Mena Suvari!), dice Rapp que aquello era pura ficción, que lo que le gustaba en realidad era otro material, vamos, que le echó mano al paquete.

Kevin Spacey y Mena Suvari en American Beauty. UNITED INTERNATIONAL PICTURES

Ah, no, perdón, lo del paquete lo dice el director y productor Tony Montana, a quien no hay que confundir con el protagonista de El precio del poder, de Brian de Palma (1983), que éste hubiera resuelto el asunto con cuatro tiros (de su pistola para Spacey y de coca para él). Montana dice que tuvo que quitarle la mano de su entrepierna, donde se había posado como quien no quiere la cosa, mientras las suyas andaban ocupadas en sostener una bebida y pagar la consumición.

En ardua competición con Harvey Weinstein, a Kevin Spacey le salen damnificados por las esquinas y otro actor no identificado en los medios se ha sumado a la triste fiesta para relatar cositas parecidas, aunque hasta ahora el hombre sólo ha reconocido y solicitado disculpas por el caso Rapp. En 1986 Spacey aún no era nadie artísticamente hablando y se encontraba sobre las tablas en un montaje de Broadway con un título que parece pensado para este momento tan delicado: El largo viaje del día hacia la noche. Por otro lado participó en su primera película, que en España se tituló Se acabó el pastel. O sea que todo era premonitorio porque la suma de ambos títulos dan para visualizar lo que ahora podría decirse de la carrera de este gran actor, que lo uno no quita lo otro.

Kevin Spacey. GTRES

Como ya es costumbre, desde lo del factótum de Miramax, muchas manos han cogido la pala para arrojar su montoncito de tierra sobre la tumba del muerto cuando aún está caliente. La actriz, comediante y presentadora de televisión Rosie O’Donnell le dedicó en un tuit la siguiente lindeza: “¿No recuerdas el incidente de hace treinta años? Vete a tomar por el culo, Kevin, como Harvey, todos sabíamos de ti. Espero que más hombres vayan adelante”. ¡Caramba con miss O’Donnell, tanto tiempo esperando a reconocer que lo sabía y callaba como los demás le han agriado el carácter!

 

La palada más gorda, que ha resonado sobre el ataúd del actor dejando constancia de su carácter irremisible, ha venido sin embargo de Netflix, que ha anunciado perdiendo el culo (con perdón) que ha dado por terminada la serie House of Cards, y que adiós a Francis Underwood y su sarcástica sonrisa. Ni las 53 candidaturas al Emmy acaudaladas por la serie han bastado para contener el pánico. Como colofón a esta cadena de sinsabores, la Academia de Televisión estadounidense le ha retirado el Emmy de honor antes de que pudiera recogerlo el próximo 20 de este mes. Spacey se ha quedado sin su International Emmy Founders Award 2017. La guasa es que este premio se otorga cada año a “un individuo que traspasa los límites para tocar la humanidad”. Pues siendo así, creo yo que deberían habérselo dado con más razón, ¿no creen?

Imagen promocional de la serie House of Cards. Netflix

Todo el mundo reacciona, como se dice ahora, sobreactuando. Este tsunami de denuncias por conductas inapropiadas, que yo no juzgaré porque no soy quién, ni tengo todos los elementos de juicio y entre ellos las alegaciones de los acusados, se lleva por delante a cualquier nombre famoso que parezca cuadrar, por la razón que sea, en este fango inmundo. Se meten en el mismo saco a Woody Allen, a Roman Polanski, e incluso a Bernardo Bertolucci, víctima también de un linchamiento moral a escala planetaria descaradamente desproporcionado. Por poner sólo tres ejemplos.

Allen, acusado por su mujer Mia Farrow de haber abusado de la hija adoptiva de ambos, Dylan Farrow, cuando tenía siete años de edad, dos décadas y media atrás. Nunca fue procesado por tales acusaciones ni por otras. La investigación policial de Connecticut, que duró seis meses con la participación de psicólogos del Hospital de Yale-New Haven determinó que el juez Elliot Wilk cerrara el caso sin llevarlo a los tribunales. Los expertos tenían dos hipótesis: “una, que estas eran declaraciones hechas por una niña perturbada emocionalmente y que se convirtieron en ideas fijas. La otra hipótesis era que había sido entrenada o sugestionada por su madre. No llegamos a ninguna conclusión. Pensamos que era probablemente una combinación de ambas”. Pero Woody Allen sigue siendo sospechoso, o más bien culpable, una estupenda diana contra la que lanzar los dardos del odio.

El director Woody Allen. GTRES

Roman Polanski sigue sufriendo el acoso de un juez norteamericano por un caso de relaciones sexuales consentidas con una menor hace treinta años, el de Samantha Geimer, que en su día dijo haber perdonado al director polaco. Aún así, la persecución se reaviva periódicamente con nuevas denuncias que no llegan judicialmente a nada. Polanski ha tenido que escuchar hace unos días las tonterías de las aguerridas chicas de Femen que perturbaron su homenaje por parte de la Cinemateca Francesa de París porque no necesitan juicios ni pruebas para declararle reo de todo lo que se le acuse, siempre que tenga que ver con algo sexual. Aunque el escrache modalidad tetas al aire es el más benigno de cuantos los exaltados puedan organizarte no debe de ser muy excitante y viene a sumarse a la ingente cantidad de artículos que lo confunden todo y allanan el camino a estos ridículos shows.

 

Y qué decir de Bernardo Bertolucci, arrastrado por los pelos a esta bacanal de lapidaciones, por el gravísimo delito de no haber advertido previamente a su actriz Maria Schneider que en la escena de violación anal (por supuesto, simulada) se utilizaría como supuesto lubricante lo que luego la convirtió en la más famosa escena sexual de la historia del cine. O de cómo volver a ensuciar una de las más bellas y grandes obras del arte cinematográfico. Que si Brando violó a Schneider con mantequilla, que si el trauma de la escena llevó a la actriz a un agujero negro mental, que si Bertolucci es uno más de los pérfidos directores que maltratan a sus actrices y merecen la reprobación universal al grito de ¡feministas y feministos del mundo, uníos! ¡Cuántas insensateces se han dicho y escrito a propósito de la famosa secuencia en contra de este director genial, por el que quiero romper aquí y ahora una lanza!

La famosa secuencia de El último tango en París

La iconoclasia es un bonito deporte últimamente muy practicado por los fanáticos del Islam, los partidarios de la yihad, los muyahidines, o los talibanes que tan pronto derriban los budas de Bamiyan, como la Alhambra de Granada si les dejaran. Ahora nos llega de Hollywood la iconoclastia antiabusadores ilustres, confesos o no, una moda que amenaza con derribar a artistas que son parte del patrimonio universal de la cultura. Hombre, por dios, ¡a ver si distinguimos y afinamos un poco! Y sobre todo, ¡no se me amontonen ni me formen jaurías, por favor!