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“Todos esos momentos se perderán en el tiempo, como lágrimas en la lluvia…” Roy (Rutger Hauer) ante Deckard (Harrison Ford) en Blade Runner.

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¡Todos a la hoguera!

Ya he dejado fijada aquí mi posición sobre el caso de Harvey Weinstein y no es mi intención repetirme y menos aún añadir leña al fuego. Pero me subleva que el incendio se esté propagando a diestro y siniestro y me temo que vamos a terminar todos –los hombres- achicharrados. Me parece a mí que en la pira de expiación que han montado entre unos y otras no va a haber sitio para tanta gente y no quedará más remedio que habilitar una máquina de turnomatic, ante la cual, como los que hacían cola a los pies del cadalso durante la revolución francesa, nos iremos ubicando educadamente: perdón, ¿es usted el último?, disculpe ¿es ésta la guillotina de los abusadores? ¿la pederastia es aquí o hay otra hoguera?

Iba a escribir: el último en caer de rodillas en el oprobio ha sido Kevin Spacey. Pero, qué va, la lista se va engrosando aceleradamente y antes de que este post se publique seguro que ya han caído unos cuantos más. A Spacey le ha recordado el actor Anthony Rapp que cuando éste tenía 14 años, allá por 1986, el vidrioso Keyser Soze, protagonista de Sospechosos habituales, ya cojeaba de otras inclinaciones imperdonables. Si en American Beauty Spacey le hacía ojitos a una lolita (¡y qué lolita, que era Mena Suvari!), dice Rapp que aquello era pura ficción, que lo que le gustaba en realidad era otro material, vamos, que le echó mano al paquete.

Kevin Spacey y Mena Suvari en American Beauty. UNITED INTERNATIONAL PICTURES

Ah, no, perdón, lo del paquete lo dice el director y productor Tony Montana, a quien no hay que confundir con el protagonista de El precio del poder, de Brian de Palma (1983), que éste hubiera resuelto el asunto con cuatro tiros (de su pistola para Spacey y de coca para él). Montana dice que tuvo que quitarle la mano de su entrepierna, donde se había posado como quien no quiere la cosa, mientras las suyas andaban ocupadas en sostener una bebida y pagar la consumición.

En ardua competición con Harvey Weinstein, a Kevin Spacey le salen damnificados por las esquinas y otro actor no identificado en los medios se ha sumado a la triste fiesta para relatar cositas parecidas, aunque hasta ahora el hombre sólo ha reconocido y solicitado disculpas por el caso Rapp. En 1986 Spacey aún no era nadie artísticamente hablando y se encontraba sobre las tablas en un montaje de Broadway con un título que parece pensado para este momento tan delicado: El largo viaje del día hacia la noche. Por otro lado participó en su primera película, que en España se tituló Se acabó el pastel. O sea que todo era premonitorio porque la suma de ambos títulos dan para visualizar lo que ahora podría decirse de la carrera de este gran actor, que lo uno no quita lo otro.

Kevin Spacey. GTRES

Como ya es costumbre, desde lo del factótum de Miramax, muchas manos han cogido la pala para arrojar su montoncito de tierra sobre la tumba del muerto cuando aún está caliente. La actriz, comediante y presentadora de televisión Rosie O’Donnell le dedicó en un tuit la siguiente lindeza: “¿No recuerdas el incidente de hace treinta años? Vete a tomar por el culo, Kevin, como Harvey, todos sabíamos de ti. Espero que más hombres vayan adelante”. ¡Caramba con miss O’Donnell, tanto tiempo esperando a reconocer que lo sabía y callaba como los demás le han agriado el carácter!

 

La palada más gorda, que ha resonado sobre el ataúd del actor dejando constancia de su carácter irremisible, ha venido sin embargo de Netflix, que ha anunciado perdiendo el culo (con perdón) que ha dado por terminada la serie House of Cards, y que adiós a Francis Underwood y su sarcástica sonrisa. Ni las 53 candidaturas al Emmy acaudaladas por la serie han bastado para contener el pánico. Como colofón a esta cadena de sinsabores, la Academia de Televisión estadounidense le ha retirado el Emmy de honor antes de que pudiera recogerlo el próximo 20 de este mes. Spacey se ha quedado sin su International Emmy Founders Award 2017. La guasa es que este premio se otorga cada año a “un individuo que traspasa los límites para tocar la humanidad”. Pues siendo así, creo yo que deberían habérselo dado con más razón, ¿no creen?

Imagen promocional de la serie House of Cards. Netflix

Todo el mundo reacciona, como se dice ahora, sobreactuando. Este tsunami de denuncias por conductas inapropiadas, que yo no juzgaré porque no soy quién, ni tengo todos los elementos de juicio y entre ellos las alegaciones de los acusados, se lleva por delante a cualquier nombre famoso que parezca cuadrar, por la razón que sea, en este fango inmundo. Se meten en el mismo saco a Woody Allen, a Roman Polanski, e incluso a Bernardo Bertolucci, víctima también de un linchamiento moral a escala planetaria descaradamente desproporcionado. Por poner sólo tres ejemplos.

Allen, acusado por su mujer Mia Farrow de haber abusado de la hija adoptiva de ambos, Dylan Farrow, cuando tenía siete años de edad, dos décadas y media atrás. Nunca fue procesado por tales acusaciones ni por otras. La investigación policial de Connecticut, que duró seis meses con la participación de psicólogos del Hospital de Yale-New Haven determinó que el juez Elliot Wilk cerrara el caso sin llevarlo a los tribunales. Los expertos tenían dos hipótesis: “una, que estas eran declaraciones hechas por una niña perturbada emocionalmente y que se convirtieron en ideas fijas. La otra hipótesis era que había sido entrenada o sugestionada por su madre. No llegamos a ninguna conclusión. Pensamos que era probablemente una combinación de ambas”. Pero Woody Allen sigue siendo sospechoso, o más bien culpable, una estupenda diana contra la que lanzar los dardos del odio.

El director Woody Allen. GTRES

Roman Polanski sigue sufriendo el acoso de un juez norteamericano por un caso de relaciones sexuales consentidas con una menor hace treinta años, el de Samantha Geimer, que en su día dijo haber perdonado al director polaco. Aún así, la persecución se reaviva periódicamente con nuevas denuncias que no llegan judicialmente a nada. Polanski ha tenido que escuchar hace unos días las tonterías de las aguerridas chicas de Femen que perturbaron su homenaje por parte de la Cinemateca Francesa de París porque no necesitan juicios ni pruebas para declararle reo de todo lo que se le acuse, siempre que tenga que ver con algo sexual. Aunque el escrache modalidad tetas al aire es el más benigno de cuantos los exaltados puedan organizarte no debe de ser muy excitante y viene a sumarse a la ingente cantidad de artículos que lo confunden todo y allanan el camino a estos ridículos shows.

 

Y qué decir de Bernardo Bertolucci, arrastrado por los pelos a esta bacanal de lapidaciones, por el gravísimo delito de no haber advertido previamente a su actriz Maria Schneider que en la escena de violación anal (por supuesto, simulada) se utilizaría como supuesto lubricante lo que luego la convirtió en la más famosa escena sexual de la historia del cine. O de cómo volver a ensuciar una de las más bellas y grandes obras del arte cinematográfico. Que si Brando violó a Schneider con mantequilla, que si el trauma de la escena llevó a la actriz a un agujero negro mental, que si Bertolucci es uno más de los pérfidos directores que maltratan a sus actrices y merecen la reprobación universal al grito de ¡feministas y feministos del mundo, uníos! ¡Cuántas insensateces se han dicho y escrito a propósito de la famosa secuencia en contra de este director genial, por el que quiero romper aquí y ahora una lanza!

La famosa secuencia de El último tango en París

La iconoclasia es un bonito deporte últimamente muy practicado por los fanáticos del Islam, los partidarios de la yihad, los muyahidines, o los talibanes que tan pronto derriban los budas de Bamiyan, como la Alhambra de Granada si les dejaran. Ahora nos llega de Hollywood la iconoclastia antiabusadores ilustres, confesos o no, una moda que amenaza con derribar a artistas que son parte del patrimonio universal de la cultura. Hombre, por dios, ¡a ver si distinguimos y afinamos un poco! Y sobre todo, ¡no se me amontonen ni me formen jaurías, por favor!

Algunos vídeos los carga el diablo

Nada, que no hay manera. El Process de nunca acabar nos persigue día tras día y yo no puedo sustraerme a la tentación de dejarlo que se cuele en este cinéfilo rincón. El caso es que a la velocidad que se producen las novedades, vaya usted a saber qué habrá pasado entre el momento en que estoy escribiendo y el momento en que esto sale a la luz, mañana lunes 30 a las 08:00 horas. De momento tenemos una independencia de opereta, un govern cesado y unas elecciones autonómicas convocadas por don Mariano a las que no sabemos qué partidos se van a presentar. El enorme prestigio internacional (y nacional) de Cataluña por los suelos. Bueno, de todos modos, yo tiro hacia adelante.

Uno más de los episodios chuscos de este ridículo sainete en que se ha convertido la política española a raíz de la huida hacia delante de los independentistas catalanes lleva el nombre de una actriz, Anna Maruny, y el título de un video, Help Catalunya. Save Europe. El trabajito es un vergonzante ejemplo de “agit-prop” manipulador, un spot electoral que nos devuelve a los tiempos en que todo estaba por construirse y en las campañas electorales se disputaban los votos con cuchillo en la boca, cuando Suárez presidía la UCD, Felipe González vestía chaqueta de pana y Santiago Carrillo acababa de empeñar su peluca para poder pagar unos carteles.

Para los no avisados, jóvenes que no hayan vivido los agitados tiempos de la transición y años precedentes, ese vocablo era la abreviatura de “agitación y propaganda”, de cuando los comunistas españoles luchaban contra la dictadura sin un duro, ni siquiera de Moscú, y se las arreglaban para confeccionar materiales de comunicación que lógicamente no perdían demasiado tiempo ni energía en matizar los argumentos. Ni falta que hacía, porque la realidad entonces no admitía demasiados matices, tenía la contundencia de las porras de los grises y los disparos al aire que de vez en cuando cazaban a algún manifestante volador. Las películas en 16 mm.que confeccionaba el “colectivo de imagen” del PCE no necesitaban de textos lacrimógenos ni verdades a medias, la dictadura se encargaba de decir las verdades como puños, quiero decir con los puños.

El vídeo en cuestión no merece que se le dediquen ni dos párrafos porque su discurso parece el trabajo de fin de curso de un erasmus diplomado en ciencias políticas abducido tras haberse tomado unas cañas con Gabriel Rufián. Una mezcla grosera de simplezas extraída de algún reportaje de TV3 sobre imágenes de origen en algún caso ajeno a Cataluña, Galicia, por más señas, tanto da, que descaradamente saquea la idea de otro video: I am Ukranian, cuyos autores, opositores ucranianos a Rusia del movimiento Euromaidan de Kiev, consiguieron en 2014 casi nueve millones de visitas. Las diferencias entre el modelo y la copia son peliagudas, como se ve. En el primero, la mujer que se dirigía al exterior pidiendo ayuda no era una actriz, sino la activista Yulia Marushevska que no tenía que esforzarse demasiado en mostrarse afligida porque los rebeldes ucranianos pagaron una factura de un centenar de muertos. Las semejanzas de aquella situación con la opresión de Cataluña parecen patéticamente forzadas y la convierten en un Kosovo con sardana y castellers.

Pero yo traigo aquí el dichoso video, difundido por la organización independentista Omnium Cultural, no por su éxito arrollador en la Red, al parecer 217.000 visualizaciones tan sólo unas pocas horas después de haberse colgado y millón y medio de reproducciones en YouTube hace una semana, cualquiera sabe cuántas lleva ya a fecha de hoy. Lo que me ha removido un poquito los bajos ha sido la historia de su protagonista, Anna Maruny, cuya carrera está pagando los platos rotos en formato lluvia de improperios. Miles de tuiteros de toda España le han llamado de todo menos bonita.

La chica ha desaparecido del mapa como si le hubiese tocado el Euromillón, pero sin aviso de Hacienda para que apoquine su parte. Lo de menos es que haya cancelado sus perfiles públicos en las redes sociales o que ni siquiera responda, según dicen, a los correos electrónicos. Lo jodido es que a ver quién es el productor guapo que la contrata para una serie o película al otro lado del Ebro. Y me temo que los ayuntamientos catalanes rebeldes no van a estar muy boyantes para pagar obras de teatro en gira nacional porque agotarán las partidas dedicadas a cultura en organizar juegos florales para celebrar la república catalana. Por lo menos hasta navidades, que después dios dirá.

26 años, apasionada por Shakespeare, ha estudiado en centros como el Institut del Teatre, la Escuela Superior de Arte Dramático Eòlia y la Escuela de Artes Escénicas Coco Comín de Barcelona, cuatro meses en el Estudio de Actores Stella Adler y también en la compañía teatral Saratoga International Theater Institute (SITI Company), habla tres idiomas, además de catalán, claro está, toca el piano y la guitarra e incluso ha estudiado canto y danza. Su experiencia en cine no es copiosa, aparte de unos cuantos cortometrajes y un spot publicitario para la marca Sanex, pero al menos ha participado como secundaria en una producción norteamericana rodada en Nueva York con un título que no presagia nada bueno: Zombie Pizza! dirigida por un tal Mike Dudko…

El colofón con letras de molde de tan lucido curriculum  es haber sido el rostro mediático-artístico del nuevo estado virtual. Lo malo es que con este honor, si la flamante Arcadia feliz no acaba de cuajar, lo tiene un poco crudo para hacerse un hueco en la industria en suelo español y va a tener que seguir buscándose la vida al otro lado del charco, o donde sea, pero lejos. Y esto, amigos, aunque seamos miembros de la cofradía de Hasta el moño del santísimo Process, hemos de reconocer que no está bien y no podemos aprobarlo.

Porque, reflexionemos: ¿esta persecución a la muchacha a qué se debe? ¿A que la chica hace demasiado bien su papel y parece que lo que dice es trigo de su cosecha? ¿A que su actuación es tan sentida que levanta ampollas en la sensibilidad españolista? ¿O será que la gente no entiende que se puede ser muy  profesional y no por ello asumir la ideología del personaje? ¿O más bien a que su estomagante monólogo se desliza de lo melodramático a lo ridículo y ella no hace nada por evitarlo? Los de Polonia lo tuvieron claro con su parodia, mucho más eficaz, o al menos más inteligente y sin peligro de que les corrieran a gorrazos los intransigentes, a los que la ironía no les es fácil de entender:

Para la madre de Anna Maruny éste era un trabajito más de su hija y no hay que sacar conclusiones precipitadas por ello, qué va a decir la pobre mujer, a ver a quién convence de que la niña no duerme con una estelada en la almohada. La Asociación de Actores y Directores Profesionales de Cataluña (AADPC) ha salido con el capote y ha anunciado que “tomará medidas legales por el asedio” sufrido por una de sus asociadas. Pero poco trapo me parece para semejante morlaco. Va a ser difícil que se evaporen los ecos de tan sonada actuación porque en el punto de tensión al que hemos llegado al que da la cara se la parten. A los miembros de la farándula les sale muy caro identificarse con una causa política, que se lo digan a Willy Toledo, especialista en pisar todos los charcos y salir empapado hasta los calzoncillos. Por cierto, qué gran actor cómico se pierde el cine español con Guillermo; y esto va sin ironía. No he visto muchas reacciones corporativas o solidarias por parte del mundillo de actores o cineastas. Salvo a Alberto San Juan o Antonio de la Torre, no he leído declaraciones contrarias a la persecución que sufre su compañera. Deberían recordar el famoso poema de Friedrich Gustav Emil Martin Niemöller atribuido erróneamente a Bertold Brecht: primero vinieron a buscar a los comunistas, pero yo no dije nada porque no era comunista… (poema al que por cierto se le ha amputado ese primer verso en el Museo del Holocausto en Washington).

Imagen de Anna Maruny en el vídeo Help Catalunya. Save Europe

Lo digo alto y fuerte: no soy partidario de apedrear a los actores que manifiestan sus ideas. De hecho, muchos de ellos siempre me han inspirado mucha simpatía por valientes. Claro que eran otros tiempos y otras causas más honorables a mi entender. Cada uno es muy libre de acudir o no a ver sus trabajos, eso sí, allá cada cual. Lo más probable es que Anna no haya calculado los derroteros por los que iba a ir la cosa y puede que esté arrepentida. O no. Si no fuera el caso, sólo le reprocharía haberse prestado a una farsa tan burda. Nada que no pudiera perdonarle cuando pase un tiempo, madure y caiga en la cuenta de lo absurdo que es creerse distinto a la gente con la que llevas siglos compartiendo el mismo sol y el mismo azul mediterráneo.

Por si le sirve, le regalo una bonita frase del gran actor francés Yves Montand que he leído en algún sitio: “Podría interpretar el papel de fascista en una película antifascista, pero jamás interpretaría el papel de antifascista en una película fascista”.

Federico Luppi: muerte de un coloso

Los colosos mueren por los pies, como Aquiles, pero Federico Luppi, que era un coloso de la interpretación, aún más grande como persona, murió derribado por un golpe en la cabeza, un estúpido accidente doméstico del que no pudo recuperarse. Bien pensado, el destino teje sus hilos de muerte como si pretendiera darnos lecciones para imponernos su incomprensible arbitrariedad: toda la complejidad de la vida se alojaba en la cabeza de este coloso y había que dañarla para acabar simbólicamente con él. Pero el cine, que juega con ventaja frente al teatro, le preservará para siempre de la desaparición porque nos le devuelve con toda su fuerza en cada una de las más de cien películas en las que participó.

Federico Luppi. EFE

Nació en Ramallo, una ciudad de unos 14.000 habitantes al norte de la provincia de Buenos Aires en un año muy significado de la historia española, 1936.  Difícil imaginar que un actor de su talla en realidad tuvo siempre como vocación la de ser dibujante de tebeos y que mantuvo aquella afición durante toda su vida, trazando sus cosas con lápiz en un papel  mientras el pulso le asistió. Y como si necesitara reafirmar esa idea que resultaba sorprendente al interlocutor sostenía que hubiera renunciado a toda la gloria conseguida como actor por ganarse la vida como un sencillo dibujante de cómic porque él se consideraba “un paleto de la cultura”. Pero Federico Luppi era cualquier cosa menos eso que decía de sí mismo, a menos que la sencillez combinada con la lucidez y la honradez, valores tan fundamentales para seguir confiando en el ser humano, se confundan con algo tan básico como ser un paleto.

Un día, en un trabajo publicado en Mundo Obrero en noviembre de 1998, escribí de él que tenía una irreprimible tendencia a tomar cada pregunta como base para una reflexión amplia, profunda y detallada, como las ramas de un frondoso árbol del que brotaran múltiples ideas que inevitablemente adquirían una coloración política, no alineada en términos partidistas, pero sí bien definida a la izquierda. A pesar de lo cual advertía: “Cuando hacemos un cine basado sólo en premisas ideológicas corremos el riesgo -insisto en esta expresión- de ilustrar conceptos y no crear vidas”… Y también: “Yo a veces tengo dificultades con el cine que se plantea solamente la denuncia; la denuncia tiene sentido si además hacemos un bello relato o una bella película. Cuando no alcanzan ese nivel, la denuncia y la película quedan a medio camino. Hay cine bueno y malo. La discusión que esto implica es otro tema, pero el cine o es bueno o es malo.” Esto es lo que yo llamo lucidez.

Federico Luppi en 2015. EFE/archivo/Alberto Martín

Luppi vivió una vida de compromiso con sus ideas, que desgranaba en aquella entrevista, como digo, de manera amplia, torrencial, intercalándose con todo tipo de consideraciones artísticas, de tal modo que uno no sabía dónde comenzaba el perfil del actor y dónde terminaba el del ciudadano preocupado por las naciones famélicas, las multinacionales, la polución o las dictaduras aunque entendía que a ese mundo caníbal había que oponerle con firmeza el mundo de la ficción. Y en ella se había volcado porque entendía que “el arte serio que se plantea descubrir el lado humano del individuo sigue estando vigente, aun como propuesta utópica.”

Ese mundo de ficción se había revelado ante el joven Federico a los diecinueve o veinte años cuando interpretó el Gerard Croft de Llama un inspector, la célebre pieza de J.B.Priestley de 1946.  Mencionarle el personaje era para Luppi recordar que este autor había predicho en la ficción, treinta y tantos años antes, la plaga que desencadenó Margaret Thatcher. J.B.Priestley era un autor de clara identificación marxista y Luppi no rehuía su simpatía hacia el marxismo: “Desde mi punto de vista, del marxismo hay todavía premisas y postulados que tienen que seguir siendo el ambiente de trabajo, como pueden ser Hegel o Kant  o cualquiera de los filósofos que desterraron las concepciones idealistas del mundo”. Y como lo entendía de una manera dinámica, dialéctica, que diría un marxista confeso, Luppi consideraba que las experiencias históricas fallidas debían ser analizadas para aprender de ellas y no repetir los errores.

Pisando en exclusiva el terreno cinematográfico y puesto a destacar de su abundantísima filmografía algunos títulos, le salía una lista considerable de obras que él consideraba valiosas y perdurables: “Recuerdo por ejemplo una película rodada en un arrabal en una provincia, titulada Romance del Aniceto y la Francisca (Leonardo Favio, 1967, por la que obtuvo el Premio al Mejor actor de la Asociación de Cronistas Cinematográficos), que era realmente muy notable. No tiene nada que ver con mi participación, era cosa del director… La Patagonia Rebelde (Héctor Olivera,1974), No habrá más penas ni olvido (Héctor Olivera,1983), Tiempo de revancha (Adolfo Aristarain, 1981, igualmente Premio al Mejor Actor de la Asociación de Cronistas Cinematográficos de Argentina y de los Festivales Internacionales de Chicago y Montreal), Últimos días de la víctima (Adolfo Aristarain, 1982), Plata dulce (Fernando Ayala,1982), El arreglo (Fernando Ayala, 1983), Un lugar en el mundo (Adolfo Aristarain, 1992), Martin Hache (Adolfo Aristarain, 1997)…  películas que tenían esa cualidad que a mí me interesa mucho, que es mostrar al ser humano en todas sus vertientes, y que eran buenas historias. ¿Y por qué eran buenas historias? Porque había  relaciones creíbles y sentimientos que todo el mundo es capaz de identificar.”

En esa relación a Federico Luppi se le olvidó colocar Hombres armados, del director norteamericano John Sayles (1997), en la que su doctor Fuentes adquiere conciencia del mundo en que vive, confortablemente burgués, y emprende un camino hacia la solidaridad pagando el precio más alto. Es ese tipo de personajes con los que uno tiene la sensación de que Luppi hace de Luppi, porque su apariencia noble y bondadosa se resiste a casar con la maldad. Por eso nos emocionaba tanto su Mario de Un lugar en el mundo, exiliado junto con Ana (Cecilia Roth) en un remoto valle que visitaba el geólogo español encarnado por José Sacristán, menudo trío, una de las cumbres de su trabajo, precisamente asociadas al repetido encuentro con el director Adolfo Aristaráin. Nos parecía que el Fernando Robles de Lugares comunes no podía ser otro que Luppi, porque nadie como él podía formar una pareja tan entrañable como la establecida con Liliana Rovira, nuestra Mercedes Sampietro. Por eso mismo tampoco nos extrañó que bajo el durísimo caparazón de Martín Echenique en Martín (Hache), ese insoportable director de cine que detestaba tantas cosas como para detestarse a sí mismo, se ocultara, en el fondo, un alma rota, pero un alma capaz de reencontrarse con lo mejor de sí misma.

Pero nos hubiéramos equivocado si en algún momento hubiéramos pensado que este titán, este coloso equiparable a cualquiera de los monstruos sagrados de cualquier lengua y país, este John Wayne de acento porteño, tenía esa limitación de registros. Porque Luppi dibujó con la misma capacidad de convicción los contornos de una amplísima galería de tipos de dudosa calificación y villanos de diversa calaña. Desde el horror gótico de Cronos, inicio de su amistad con el mejicano Guillermo del Toro, hasta la crueldad del gángster de Nadie hablará de nosotras cuando hayamos muerto, que Agustín Díaz Yanes colocó también en Méjico; pasando por el director de teatro Daniel de Éxtasis, creado por Mariano Barroso, o el actor de televisión, también llamado Daniel, que se jugaba los cuartos con otro actor legendario, en ese duelo en las alturas con Paco Rabal que José García Hernández tituló Divertimento…

En Luppi el dolor, la sabiduría, la conciencia social, la maldad, el odio, las más puras pulsiones humanas y las más oscuras también, o las tibias, o las indefinidas, cualquier noción que sirva para desentrañar lo que somos, se perciben en un instante y caracterizan a su personaje desde que aparece en la pantalla. De cómo se las apañaba para ser tan endemoniadamente versátil no creo que lo supiera ni él mismo. De por qué se le tenía tanto aprecio a pesar de los pesares, no se le ocurriría decir una sola palabra, él que se consideraba en potencia “capaz de lo más execrable, pero mi tarea cotidiana consiste en no serlo”.

Si hay algo más triste que su forma de decirnos adiós, es el estado de ánimo en que se encontraba antes de que se produjera ese fatal y absurdo accidente; muy enfadado con las políticas de Mauricio Macri  y acuciado por problemas económicos, denunciaba la “vergüenza, cinismo, depredación, perversión, impunidad y caradurismo” que según él estaban “a la orden del día” en el Ejecutivo argentino. Llevaba un tiempo, desde su vuelta a Argentina, tras su estancia en España donde se había establecido en 2001 y adquirido la doble nacionalidad, envuelto en polémicas y alineado con el kirchnerismo, aplicando toda la vehemencia de su verbo y la energía de su carácter vitalista, colindante con la tozudez de la edad avanzada, a la defensa sin cuartel de postulados políticos que le granjearon no pocos reproches.

Federico Luppi. EFE

Pero nada de lo que pudiera haberse arrepentido, de haber dispuesto del tiempo y la ocasión, podía oscurecer la descomunal tarea realizada en teatro, televisión y sobre todo en cine. He mencionado algunas más arriba: Un lugar en el mundo, Cronos, Nadie hablará de nosotras cuando hayamos muerto, Martín (Hache), Hombres armados, El espinazo del diablo, Los pasos perdidos, Lugares comunes… sin Federico Luppi, esos fragmentos de la historia más gloriosa del cine hablado en nuestro idioma, quiero decir, en el idioma con que se narran las grandezas y miserias humanas, no son concebibles.

“Estoy decepcionado, amargado, tristón, solitario”, decía poco antes de ser hospitalizado. En algún sitio debería estar escrito con letras de oro que los artistas tan grandes como Federico Luppi tienen prohibido por ley abandonar este mundo siendo infelices.

Con los genios nunca se sabe

Comienza mañana en Valladolid la Semana Internacional de Cine número 62, que conoció tiempos gloriosos en la época en que lo dirigió Fernando Lara. El propio festival reconoció la labor de quien lo dirigió entre 1984 y 2004 otorgándole una Espiga de Oro honorífica. Hoy la SEMINCI intenta levantar de nuevo el vuelo con Javier Angulo a los mandos de la nave, que tomó a partir de 2008, tras el trienio 2005-2007, del fallecido Juan Carlos Frugone. En tiempos de Lara yo asistí durante diez años a este festival y disfruté de una programación que tenía el privilegio de recoger la mejor cosecha de otros festivales (los de Cannes, Berlín, Venecia y San Sebastián son considerados de categoría A). Se le consideraba, por tanto un “Festival de Festivales”, expresión un tanto grandilocuente que cayó en desuso. Tras un paréntesis que duró otra década volví a Valladolid con curiosidad renovada, mucho interés y una punzada de nostalgia. Observé con satisfacción que la SEMINCI estaba en buenas manos y que el amor hacia el cine comprometido y serio, tanto que a veces resultaba plomizo, seguía siendo el santo y seña del certamen.

Uno de los cineastas característicos del encuentro pucelano era el suizo Alain Tanner, hoy ya retirado con una edad avanzada. En 1991 Tanner presentaba su película El hombre que perdió su sombra, coproducción hispano-franco-suiza con el inigualable Paco Rabal que alternaba español y francés con su voz y acento peculiares. Rodada en Almería, en los parajes inundados de sol y el azul de Cabo de Gata, Rabal encarnaba a un viejo comunista regresado del exilio en Francia. Por allí andaban también Ángela Molina y Valeria Bruni-Tedeschi.

Paco Rabal, Valeria Bruni-Tedeschi y Dominic Gould en El hombre que perdió su sombra

Rueda de prensa de presentación de la película. Salón del Hotel Meliá, hasta arriba de periodistas. Grande, inusual expectación. Paco Rabal, la mirada perdida al frente, se arranca y dice con su inigualable gracejo y campechanía: “¡cuánta gente hay en el mundo!”. Risas y roto el hielo de un plumazo. Estaba en forma, en su salsa y dispuesto a dar guerra. Alain Tanner expresa un pensamiento filosófico y de traducción no demasiado evidente. Paco Rabal no está contento con la intérprete, cuyo nombre no recuerdo, mis disculpas, y protesta: que si no ha dicho eso, que si la traducción no es correcta. Tras un nuevo intento, que si así no puede ser, la pobre chica no sabía dónde meterse. Silencio. Una corriente de aire helado sobrevoló por encima de las cabezas de todos los presentes. La jefa de prensa, Carmen Pascual, preguntó públicamente si me encontraba en la sala. Me había advertido de que algo así pudiera pasar y me requería para pedirme que echara una mano con la traducción. ¡Glup! Hoy no me atrevería a algo tan temerario como ejercer un oficio que uno no ha estudiado ni practicado. Pero en aquel momento era imposible negarse y me lancé al ruedo…

Paco Rabal junto a Alain Tanner y Gerardo Herrero en la SEMINCI. Luis Laforga

Pues sí, allí sentado al lado de un director que admiraba desde jovencito, desde que vi su magnífica Messidor (1979) en el país de los banqueros y los relojes de cuco, una road movie nihilista y juvenil impregnada del espíritu que uno percibe en todas las obras de Alain Tanner, y con un cierto canguelo por si el monstruo de Paco Rabal me devoraba como había hecho con la pobre traductora, me dediqué a interpretar las palabras del director suizo con tanta suerte que ya nada extraño interrumpió aquella singular rueda de prensa. Y Paco Rabal siguió mirando al frente sin hablar más que cuando le preguntaban a él.

La mayoría de ustedes saben quién fue, pero igual a algunos, los más jóvenes, su nombre les suene sólo a actor del siglo pasado. Pero que no se engañen: Paco Rabal es eterno, uno de nuestros más grandes genios delante de la cámara. Sólo por su Azarías en Los santos inocentes (1984), de Mario Camus, premiado en Cannes ex aequo con Alfredo Landa, ya merecería estar en el Olimpo. Pero qué decir de su torturado Goya en Burdeos para Carlos Saura (1999), de la serie de televisión Juncal (1989) o de sus pequeños trabajos para su “tío” Buñuel en Viridiana (1961) y Belle de Jour (1967) y sobre todo el gran padre Nazario de Nazarín (1959), por citar alguno de los más conocidos entre muchas, muchas decenas de personajes de todos los tamaños, colores y condición.

Paco Rabal y su milana bonita en Los santos inocentes

Paco Rabal era un tipo genial y verle y escucharle, patriarcal en aquella rueda de prensa, fue un lujo asiático. Pero con los genios, ya se sabe que nunca se sabe.

Cosas de la Academia

En 2011, Televisión Española tuvo a bien encargarme la producción de un documental que celebraba el veinticinco aniversario de la creación de la Academia de Cine. Academia 25 años de Cine, se tituló sin grandes alardes de originalidad. Lo pueden ver aquí. Para su confección no iba a poder contar con muchos medios, o sea, en román paladino, que dados los tiempos que corrían y siguen corriendo para esa casa, un soberbio y noble palacio de la memoria sociocultural española que algunos se han propuesto demoler desde dentro reduciéndolo a la indigencia, me lo iba a tener que guisar y comer yo solo, como Juan Palomo.

Decidí, a la fuerza ahorcan, abordarlo de la manera más económica posible, hacer uso del archivo que contiene las galas anuales de entrega de los premios Goya y describir el proceso histórico que había conducido hasta el momento presente a través de las voces de su Presidente (a la sazón, Enrique González Macho) y  expresidentes vivos, a los que pretendía entrevistar uno por uno. El archivo de Televisión española es la cueva del tesoro tantas veces saqueada y contenedora de valiosos documentos: asambleas y reuniones preparatorias, conversaciones entre algunos miembros fundadores, etc… (Aprovechando el Pisuerga a su paso por Pucela, ¿por qué las imágenes de TVE utilizadas una y otra vez por las privadas, como la irrupción de Tejero en el 23 f, por ejemplo, nunca están acreditadas?).

Escena de Academia, 25 años de Cine. TVE

En el documental se describe la famosa reunión convocada por el productor Alfredo Matas en el Restaurante O’pazo de Madrid, el 12 de noviembre de 1985, origen primigenio y más remoto de la primera idea fundadora. A ella acudieron los directores Luis García Berlanga y Carlos Saura, los directores de producción Marisol Carnicero y Tedy Villalba, los actores José Sacristán y Charo López, los montadores Pablo González del Amo y José Luis Matesanz, el guionista Manuel Matji, el músico José Nieto, el director de fotografía Carlos Suárez y el decorador Ramiro Gómez y fue evocada por algunos de los asistentes diez años después en el mismo lugar. Allí contaron jocosamente ante la cámara de TVE anécdotas sobre la gestación de la Academia y de sus premios Goya, que serían entregados  en las galas cuyo futuro durante años no estuvo garantizado y hoy nos parecen casposas. Seguramente lo fueron. Apréciese si no el olor a naftalina que desprende la imagen de aquí debajo.

Madrid, 16.03.1987.- Los Reyes, Juan Carlos y Sofía posan con los premiados en la primera edición de los premios Goya. EFE/Archivo/R.Pascual/R.Castro

Después, con altibajos, los premios se fueron asentando, los presidentes se sucedieron unos a otros no siempre con armonía y sin fricciones. Hubo momentos duros, momentos de tedio y relajación y momentos dulces.

De todo eso hablan las personas que quisieron colaborar en el documental que celebraba esos 25 años, todos los expresidentes, decía, que estaban vivos. Los fallecidos, pobres, José María González Sinde, que fue el primero de la historia y Fernando Rey, que duró poco porque lo suyo no era la gestión, estaban excusados. Otra excepción comprensible y justificada por enfermedad fue la de José Luis Boráu, que hizo un esfuerzo muy de agradecer pero por desgracia no pudo verse en el documental. Los demás hablaron de cosas jugosas: Fernando Trueba, Antonio Giménez Rico, Gerardo Herrero, Aitana Sánchez Gijón, Mercedes Sampietro, Ángeles González-Sinde, por entonces Ministra de Cultura, Eduardo Campoy, y Enrique González Macho, como he dicho, en aquel momento, Presidente de la Academia, y tiempo después convertido, me da el pálpito que de manera injusta, en cabeza de turco de oscuras maniobras justicieras.

Pero faltaron a la cita Álex de la Iglesia y Marisa Paredes. Del primero nunca supe por qué no contestó a mensajes y llamadas, debía de estar ocupadísimo porque su silencio era llamativo, aunque dispuse de una entrevista muy reciente que yo mismo le había hecho cuando aún detentaba el cargo y con ella me apañé. De Marisa Paredes me llegó una pequeña decepción porque un par de horas antes de la cita, maquilladora, coche y cámara pendientes de ella, anuló la grabación que habíamos acordado, por una inoportuna indisposición, ese tipo de cosas que le pasan a veces inexplicablemente a los actores y actrices. No hubo posibilidad de retomarlo por falta de tiempo y el trabajo se resintió, pero qué se le iba a hacer, más se perdió en Cuba.

Marisa Paredes en el Festival de San Sebastián. GTRES

Antes de ayer la Academia hizo pública su decisión de conceder el Goya de Honor 2018 a Marisa Paredes, que recibirá en la gala de febrero, adornada con el argumentario habitual en estos casos: “una prolífica y prolongada carrera, trayectoria que mantiene con absoluto vigor, apostando en numerosos trabajos por proyectos cinematográficos nacionales e internacionales definidos por el riesgo y el prestigio”. Que no digo yo que no sea cierto, líbreme Dios, muy al contrario.

Paredes es una actriz estupenda y su trabajo merece ese reconocimiento y el de tantos otros premios recibidos y por recibir, como el Premio Nacional de Cinematografía, la Medalla de Oro al Mérito en las Bellas Artes o la Gran Medalla Vermeil de la Villa de París, y un rosario de galardones en festivales como el de Karlovy Vary, Taormina, Gijón o Málaga. Para remate, el viernes comienza en Valladolid la 62ª edición de la Seminci que le obsequiará con su Espiga de Honor, que no le van a caber tantos honores en las estanterías.

Entonces, ¿a qué viene recordar esa –minúscula- anécdota que parece querer hacer de menos a nuestra estrella en un momento de brillo? Nada más lejos de mi intención que menoscabar su fulgor con tan poca cosa. Es un efecto juguetón de la memoria al leer la noticia de su Goya (que por cierto viene a rellenar un vacío, pues es el primero que recibe después de ser candidata en 1995 por La flor de mi secreto y en 1987 por Cara de acelga). Y como le tengo tirria al lenguaje estereotipado, al coro de alabanzas sin cuento que se despliega en ocasiones como ésta, me parece pertinente esta humilde discordancia.

Marisa Paredes e Imanol Arias en La flor de mi secreto. Sony Pictures

Más allá de ceremonias, lo cierto es que el curriculum de Marisa Paredes, estampado en cine, teatro y televisión, no sólo en España sino también allende las fronteras, a lo largo de casi seis décadas, es impresionante tanto en títulos de obras como en nombres de directores a cuyas órdenes se puso, desde Pedro Almodóvar a Agustí Villaronga, desde José María Forqué a Fernando Trueba, desde Amos Gitai a Alain Tanner, desde Manoel de Oliveira a Guillermo del Toro. Tratar de esbozar un listado de sus trabajos más interesantes es una tarea que tira para atrás porque son innumerables.

Fernando Luján y Marisa Paredes en El coronel no tiene quien le escriba. Alta Films

Para no agotar la paciencia del lector me limitaré a mencionar uno de sus personajes, el que de repente me viene a la mente con más fuerza en términos de emoción, aunque podría haber escogido unos cuantos, el de Lola, paciente mujer que sostiene la moral de aquel morigerado militar que no acababa de recibir nunca la tan ansiada pensión de El coronel no tiene quien le escriba, dirigida por Arturo Ripstein. Un personaje a la sombra de otro siempre ofrece a su intérprete una ocasión especial para demostrar su sensibilidad y capaz de creación y crecimiento y Marisa Paredes estaba inconmensurable junto a Fernando Luján; lo estaba por palabra, obra y omisión, por gesto y por dicción, ninguna estridencia, ningún protagonismo, pura discreción traducida en fuerza, en un relato cuya potencia extraída del texto de García Márquez reposa por igual sobre los diálogos medidos y la quietud de la puesta en escena. Enhorabuena, Marisa. La próxima, si puede ser, no me anules entrevistas, por favor, que cuesta un poco mover la maquinaria.

El embrujo de Ricardo Darín

Dice Ricardo Darín de sí mismo que es “un mentiroso que siempre dice la verdad”. Yo no le creo del todo la segunda parte de la oración porque soy testigo de algún pecadillo de súper estrella y alguna pequeña trola para taparlo; nada grave, cosas veniales que conviven en el mismo tipo que, cara a cara, es un encantador de serpientes, alguien a quien le prestarías mil euros sin dudarlo un sólo instante, un buen tipo, buena gente, simpático y dicharachero, amigo de sus amigos y honorable y respetado para sus adversarios. Un tipo guapo para los que gusten de los tipos guapos, un triunfador, un tipo con suerte y sobre todo, y esto sí que lo digo sin pizca de ironía, uno de los mejores actores del mundo. Si Ricardo Darín se expusiera en la carnicería de Hollywood no sería carne de primera A, sería carne de categoría Extra. Espero que me perdone el símil bovino.

En San Sebastián Ricardo Darín recibió el Premio Donostia a toda su carrera y con las emociones y las prisas se olvidó de citar a su mamá en la lista de agradecimientos, aunque luego, con reflejos juveniles, volvió al estrado para rectificar; este hombre es que es un brujo y le aprovechan hasta los errores para caer aún mejor al respetable.

Los nombres de Darín, y de Mónica Bellucci, que cité el viernes, están en una zona de seguridad, pero el de la directora belga Agnès Varda con sus ochenta y nueve años de edad nos recuerda que los responsables del festival ya hace mucho tiempo que se olvidaron de aquel mal fario que durante algunas ediciones convirtió este reconocimiento en la convocatoria al entierro –real, no metafórico- del premiado. A decir verdad, la cosa queda muy atrás: Bette Davis en 1989 sobrevivió una semana al honor. Anthony Perkins en 1991, apenas un año. Lana Turner, poco más o menos en 1994. Por aquella época las viejas glorias debían de estar temblando ante la posibilidad de que les llamaran desde Donosti: no gracias, son ustedes muy amables, pero no me gusta viajar tan lejos, que me resfrío con facilidad y lo paso muy mal; ofrézcanle el premio a algún buen mozo, como Al Pacino. Dicho y hecho, se lo dieron en 1996 cuando aún no rozaba los sesenta, y aquí sigue dando guerra todavía.

Darín presentaba película, además de dejarse agasajar, concretamente una en la que encarna a un presidente de la República Argentina con más pliegues que la piel de un paquidermo, un individuo taimado que oculta su verdadera personalidad detrás de una confortable apariencia. Se trata de La cordillera, coproducción de Argentina, Francia y España, dirigida por el bonaerense Santiago Mitre.

Santiago Mitre introdujo su cámara en la Universidad de Buenos Aires con gran desparpajo y capacidad analítica volcada sobre unas elecciones a consejo universitario que convertía en espejo de cualquier tipo de elección presidencial en El estudiante. Fue una excelente disección de los mecanismos psicológicos que gobiernan al arribista, experto en camuflar su verdadera naturaleza detrás de hermosos principios y altisonantes declaraciones de idealismo. Un justificado Premio a Mejor película en el Festival de Gijón de 2013.

En El estudiante la materia política ocupaba todo el espacio básico de la trama y sobre ella se superponía la psicológica. En La cordillera, estrenada el viernes pasado, la materia política ve  disputada su importancia por la psicológica e incluso la parapsicológica. De la pequeña política universitaria, ecosistema fértil para el surgimiento de especímenes como los retratados, Mitre salta a la gran política. Y de un guion en el que se verbalizaban mucho los pensamientos, era una película “muy hablada”, pasa a otro que privilegia los silencios, las intenciones ocultas, el cinismo y las falsas apariencias, en virtud de un personaje de impresionantes dimensiones mefistofélicas, el presidente de la República Argentina con el que nos obsequia, con la acostumbrada apabullante maestría, Ricardo Darín en cada nueva película.

Entre El estudiante y La cordillera, Santiago Mitre abordaba también en Paulina (2015) la política en otro de sus estratos más pegados a la realidad ciudadana, a través de una joven abogada de izquierdas que decide emplearse como maestra rural y se ve impelida a conjugar su compromiso ético con el terrible drama que padece: la violación por parte de un grupo de alumnos indígenas y el dilema de si debe o no denunciarles, pues ello les expondría a las torturas de los aparatos del Estado.

Argumentalmente La cordillera se apoya sobre dos columnas: la asistencia del presidente argentino a una cumbre de mandatarios del continente sudamericano, cargada de decisiones cruciales, en un hotel chileno –una especie de Overloock Hotel que muta los fantasmas y el resplandor por intrigas policiales no menos pavorosas–  y el encuentro en ese lugar con su hija, que sufre ciertos desequilibrios emocionales.

Las maniobras políticas entre los países, el frágil equilibrio de poderes en la conferencia amenazado por la llegada de un emisario del gobierno de los Estados Unidos, las decisiones controvertidas y las tensiones que provocan son expuestas por Santiago Mitre con una mirada lúcida y dan lugar a secuencias excitantes de espléndidos diálogos dichos por estupendos actores, como el mejicano Daniel Giménez Cacho o el norteamericano Christian Slater, por ejemplo.

Por el contrario, la línea dramática introducida por la hija del presidente no está a la misma altura. El tratamiento de hipnosis que pone al descubierto lo que parece ser un secreto inconfesable de su padre sitúa al filme en una segunda dimensión de tonos irreales, proyecta una sombra de incertidumbres y ambigüedades que acentúa el perfil misterioso con que ya había sido descrito el presidente y lo desvía a un callejón sin salida, sobre el que no se puede ser más explícito para no destripar el misterio, que eso está muy mal visto.

Ricardo Darín en una escena de La cordillera. Warner Bros. Pictures

El retrato del presidente que compone Ricardo Darín es de una inteligencia mayúscula, tanto por el desempeño del actor como por el camino trazado por los guionistas, Mariano Llinás y el propio director, Santiago Mitre. El libreto le regala frases agudas, certeras y cargadas de intencionalidad a las que él saca partido con la contundencia de quien parece estar volcando en ellas sus pensamientos íntimos. Véanse las conversaciones con la periodista española (el personaje de Elena Anaya desaprovechado y dejado de lado de manera repentina), con el presidente mejicano o con el secretario de estado yanqui. Cuando no habla, Darín es capaz de modular un rostro que va de la dulzura impostada a la implacable firmeza negociadora de un canalla, pasando por la fragilidad de padre, compatible a su vez con los otros aspectos mucho más oscuros de su personalidad. Igual cuando dijo aquello de que era un mentiroso y sin embargo siempre decía la verdad era su personaje el que se expresaba por su boca.

Locos por Monica Bellucci

Conozco a un escritor de excelentes novelas y mordaz columnista habitual de un diario digital que está literalmente “colado” por Mónica Bellucci. ¿Quién podría reprochárselo? A nadie puede extrañar. Somos legión quienes pensamos lo que dice de ella, que su exuberante belleza opaca sus grandes virtudes como actriz. Y menos mal que no es rubia, porque de lo contrario el menosprecio, o la desconsideración en el mejor de los casos, de muchos críticos y, no nos engañemos, también de parte del público hubiera encontrado un pretexto más –banal y absurdo- para ensañarse con esta gran actriz italiana.

Monica Bellucci en el Festival de San Sebastián, 2017. EFE

Cuando emergía de entre las sábanas como serpiente venenosa junto a otras dos vampiresas para hacer perder el norte a Keanu Reeves, en Drácula de Bram Stoker (1992), la adaptación del mito romántica hasta la muerte del gran Francis Ford Coppola, yo no la conocía todavía. Volví a repasar aquella secuencia bien pertrechado con el mando de play/pausa cuatro años después, en 1996, cuando el azar y las labores profesionales me llevaron a los cines Princesa de Madrid a hacer unas entrevistas con el equipo de Flash-back (El apartamento), una producción francesa dirigida por Gilles Mimouni, en la que Monica Bellucci se encontró a Vincent Cassel para reeditar la sociedad de la Bella y la Bestia que luego duró 14 años en forma de matrimonio.

Monica Belluci en una escena de Drácula de Bram Stoker

El equipo de cámara y sonido de Televisión Española no pudo llegar a la cita por imponderables que no vienen al caso y allí me encontré yo esperando durante una hora, sin conocer el motivo del retraso, y tratando de entretener a Mimouni, a Cassel y a otros presuntos implicados con una improvisada conversación que amenazaba con agotar mis argumentos para las entrevistas. De repente apareció ella sobre unos tacones altos que estiraban su figura imposible embutida en una mini-mini falda; sus ojos refugiados tras unos cristales oscuros realzaban con naturalidad el misterio que emanaba de aquella fuerza de la naturaleza, para mí completamente desconocida. Ustedes me permitirán que les diga: ¡no se hacen una idea de lo obnubilado que me dejó!

Por entonces, Monica Bellucci era una actriz sobre la que pesaba todavía la mochila de modelo con la que había intentado pagarse los estudios de derecho que, por supuesto, abandonó para volcarse en el cine. ¿Puede uno imaginarse a esta mujer defendiendo pleitos o ataviada con una toga? Por supuesto que sí, pero ¡qué decepcionante es la imagen! Difícil sospechar adónde llegaría en una larga trayectoria, oscilante entre papeles arriesgadísimos y títulos más comerciales, que le ha traído estos días a San Sebastián para recoger el Premio Donostia.

Monica Bellucci en el Festival de San Sebastián

Entre los primeros, Irreversible (2002), de Gaspar Noé, el que más; una secuencia en la que sufre una prolongada violación de una crudeza apabullante, demuestra, si no estaba claro, que la actriz se entregaba a su oficio en cuerpo y alma. Y para ello es necesario estar hecho de una pasta muy noble. Antes había sido protagonista de otra secuencia que probaba claramente esas virtudes; en Malena, de Giuseppe Tornatore (2000) una multitud de envidiosos y resentidos en un pequeño pueblo siciliano, años 40, se abalanzaba sobre ella y la emprendía a golpes sin ningún miramiento arrancándole la ropa y dejándola hecha unos zorros. Valor y carácter de actriz de raza, para pasar por una situación tan humillante y exigente, aunque sea bajo el paraguas de la ficción.

Tuve el privilegio de entrevistarle en Barcelona durante la promoción de Malena y sobre el rodaje de esta escena me decía lo siguiente: “Esta escena fue muy dura para mí tanto física como psicológicamente. La situación era muy difícil porque tenía que estar casi desnuda en una plaza rodeada de mucha gente. Pero lo cierto es que yo me atrevo a hacer esas cosas porque me siento protegida por los personajes que tengo que interpretar. Es como si fueran un escudo que me protege de todo. Pero también es verdad que me resultó muy dura la escena en que tenía que encontrar en mí la fuerza para perdonar a todas esas mujeres que casi me matan; y eso es algo muy difícil de conseguir como mujer de hoy en día”. Ahí queda eso.

Desde Matrix a Spectre, una de las movidas del agente secreto con licencia para matar –de aburrimiento- pasando por una Isabel Coixet romántica (A los que aman) ha llegado a la última sana locura de Emir Kusturica (En la Vía Láctea) y entre medias comedias y dramas de todos los colores y sabores, dejando en cada una de sus películas una forma de gozar y de sufrir, de hacerse amar y desear, que sólo arquitecturas como la suya y un imprescindible saber hacer de actriz son capaces de desplegar. Así lo han sabido ver conspicuos directores como los citados F.F.Coppola, Gaspar Noé, Giuseppe Tornatore, Isabel Coixet, Emir Kusturica y otros como Marco Tulio Giordana, Terry Gilliam, David Lynch e incluso el inefable Mel Gibson, que atinadamente dibujó con su rostro y cuerpo los de la pecadora María Magdalena en la sangrienta Pasión de Cristo con que escandalizó en 2004 a tantos meapilas que andan sueltos por el mundo.

Monica Bellucci entrevista por Malena para Cartelera, TVE

Y todo esto de la creatividad artística, de la grandeza en el oficio, del sacrificio y de los premios –que han sido unos cuantos- como el Donostia, que es un reconocimiento a toda su carrera, serían cuestiones menores, si no fuera porque su discurso durante las entrevistas y ruedas de prensa es inapelablemente inteligente, minimizando en todo momento sin falsa modestia la importancia de la belleza: “Me han preguntado muchas veces sobre la belleza y siempre respondo lo mismo: el impacto dura cinco minutos. Puede que sientas curiosidad por mí si soy guapa, pero si no hay nada detrás no sucederá nada. Estoy a punto de cumplir 53 años y sigo trabajando, así que confío en que lo mío no se trate solo de belleza” (…) “En 25 años he hecho cine comercial y películas que no ha visto nadie, pero todas han sido experiencias que me han hecho crecer”. En San Sebastián se ha comprobado: a sus 53 años, Bellucci sigue dejando a todos boquiabiertos al verla, pero aún es más gozoso escucharla. Que sí, créanme.

Churchill es Brian Cox

Sobre Churchill se ha dicho y escrito tanto que resulta imposible delimitar dónde comienza el mito y dónde termina el ser humano. Teplitzky intenta abordar las zonas de sombra, las esquinas de la identidad de un personaje “bigger than life”, más grande que la propia vida, los aspectos menos conocidos o menos publicitados, si bien lo hace con cuidado y delicadeza: su perseverante práctica del levantamiento de vidrio, en particular, rellenado por un buen whiskie, su comportamiento atrabiliario y mandón, su carácter autoritario y despótico, sus arranques de ira… en este retrato hasta las volutas de humo requisadas al cigarro puro, que semeja ser una prolongación natural de sus labios, parecen estar marcando el territorio de un bulldog, grueso, gruñón y peligroso. Brian Cox se apodera del bombín, el puro y la voz y se transmuta en Churchill y nos hace olvidar su verdadera figura, como si nunca hubiéramos visto otros rasgos del prohombre que los del actor, un monstruo de la escena británica y mundial.

Brian Cox en una escena de Churchill

El actor escocés, alma y soporte fundamental de la película, es uno de esos animales escénicos que  han labrado su carrera a lo largo de muchos años sin tener demasiadas oportunidades de ocupar el centro de la escena él sólo. Algunos de los títulos en los que ha participado en segunda línea son: Braveheart, Troya, El mito de Bourne, Red o Match Point.  No hace mucho le vimos en un producto digno de serie b (si es que aún sigue vigente este término), macabro e inquietante en el que dejaba patente lo que en Churchill es abrumador, su dominio de la escena, de la voz, de la ocupación del espacio con su sola presencia en el papel de un padre consagrado a la medicina forense y enfrentado con la ayuda de su hijo al misterio de un bello cadáver femenino: La autopsia de Jane Doe, dirigido por el noruego  André Øvredal (2016).

Contribuyen a la humanización del mito de Churchill aquellos detalles de la estampa tanto como la relación que establece el dirigente con su esposa, a la que confiesa necesitar para ser él mismo. Y ayuda enormemente a que dejemos a un lado cualquier descreimiento la fabulosa interpretación de Miranda Richardson, otra qué tal, actriz con letras de molde, capaz de darle la réplica al mismo Lucifer que se le pusiera por delante. ¿Recuerdan Herida, de Louis Malle (1992) con la que fue nominada al Oscar? O incluso El sueño del mono loco (1989), aquella maravilla de nuestro Fernando Trueba, su mejor película de largo. Miranda Richardson engrosa las filas de las grandísimas actrices que aún no han sido reconocidas a la altura que merecen porque demasiadas veces aparecen como fieles escuderos de los protagonistas, dando empaque y nobleza a la profundidad de campo con toda discreción.

Ahí tenemos a la pareja, la institución familiar, el eje sobre el que se yergue la tradición. El gigante y a su sombra el apoyo imprescindible. Zonas de sombra sí, en el lado crítico del filme, pero la luz se impone al final cuando las dudas, las vacilaciones, las polémicas con los aliados, los miedos a no estar a la altura de la responsabilidad histórica, el compromiso con el pueblo dispuesto a inmolar a sus mejores jóvenes en la batalla por la libertad… cuando todo eso se aparca y resplandece el discurso del gran estadista, la película adquiere el perfil mitómano que había estado intentando burlar.

¿Recuerdan El discurso del Rey (Tom Hooper, 2010)? Por mucho que Jorge VI tartamudeara y caminara por senderos de cierto cariz estrafalario, el “speech” final, el alegato “histórico” le redimía y elevaba a la estratosfera, donde habitan los héroes. Algo muy similar ocurre con este Churchill, humanizado sí, pero finalmente vuelto a divinizar consagrado por su discurso, el discurso político ante los micrófonos de la BBC y el discurso narrativo que nos lo acerca para volver a alejarlo. Es un discurso patriótico, acorde con los parámetros en los que se entiende comúnmente el término. Si prescindimos de este peaje, este tributo obligado por las convenciones al que el director australiano Jonathan Teplitzky no ha sido capaz de oponerse o resistirse, sólo por ver a estos dos grandes monstruos de la escena que son Brian Cox y Miranda Richardson, yo les recomiendo la película.

Brian Cox y Miranda Richardson en una escena de Churchill

Reportaje en Días de cine, de La 2 de TVE en este enlace.

El beso de los castellers y las tetas de Mathilda May

 

Tenía yo archivada en mi carpeta de buenas fotos ajenas esta imagen de la fotógrafa Mireia Comas. Puede que ustedes no la hayan visto antes y por tanto que no se hayan percatado del detalle magnífico que la artista supo o tuvo la suerte de captar, quién sabe si no lo descubrió mucho tiempo después de hacerla: ese beso entre los dos chicos que ocupan la parte central de la imagen. Sí de acuerdo, lo primero que se preguntan es qué relación guarda la fotografía con los pechos de Mathilda May, a los que golosamente alude el título del post. Y lo segundo, si no estaré dejando algún mensaje subliminal respecto al “valleinclanesco” -en afortunada expresión de Pablo Iglesias- espectáculo vivido anteayer en el Parlament catalán. De esto último ya les digo que se olviden y no vean fantasmas, que el ruedo de la política ya está lleno de ellos. En cuanto a lo otro, vayamos por partes:

Gloriosa, Mathilda May en “La teta y la luna”, de Bigas Luna

A esta actriz un servidor la descubrió hace ya una pila de años en una película de terror y ciencia ficción titulada Lifeforce, Fuerza vital (dirigida en 1985 por Tobe Hooper). Era un relato en el que una alienígena con fabulosos poderes destructivos succionaba a sus víctimas humanas el aliento del que ella se nutría dejándolas convertidas en una piltrafilla. La alargada sombra de Alien, el octavo pasajero (Ridley Scott, 1979) se proyectó en ésta, como en tantas otras, pero lo hizo transmutando el perfume erótico que la teniente Ripley había dejado en la nave de carga Nostromo en un tórrido vendaval.

Vamos, que la jovencísima actriz francesa, que entonces contaba veinte años, desplegaba sus poderes al natural y nos dejó a todos tan pasmados como a los policías que le salían al paso para perecer entre sus brazos. Sus tetas eran de una belleza tan contundente que nuestro añorado Bigas Luna pensó en ella para ofrecerle en 1994 el papel estelar de su canto a la leche materna y a su sublime contenedor que llamó La teta y la luna.

Y precisamente, en La teta y la luna el niño que se enamora de Mathilda May (Biel Durán, con diez añitos) y prueba el néctar divino de sus pechos es el anxaneta de una colla de castellers. Que era adonde queríamos llegar. Porque yo ha sido ver esa foto y recordar una escena en la que fluye la leche de la teta de Mathilda. No me dirán ustedes que no resulta imposible evitar la asociación de ideas. A los amantes del flamenco no se les pasará por alto la aparición de Miguel Poveda, jovencito, jovencito, pero ya dejando muestras de su arte (en el cante, que en la interpretación no tanto), también encaprichado de la belleza francesa.
Por cierto, no se pierdan esta noche el programa de La 2 de TVE Historia de nuestro cine, que precisamente emite este delicioso cuento de Bigas Luna, tristemente fallecido en abril de 2013, uno de nuestros creadores cinematográficos más inspirados y atrevidos; sin duda, uno de los grandes. ¿Quién si no Bigas, podría haber imaginado y puesto en escena un plano como éste? (lamentablemente hurtado en el trailer que os pongo más abajo):

Biel Durán y el pecho de Mathilda May en La teta y la luna

Los que nunca recibirán un Goya

Antes de que demostrara que se puede estar al lado de una gran estrella, Ricardo Darín, y brillar tanto como ella, antes de que nos emocionara casi hasta la lágrima y nos enseñara un poquito más lo que es la verdadera amistad con su Tomás en Truman, portentosa obra cumbre de Cesc Gay (2015),  Javier Cámara, que  fue recompensado con el Goya a Mejor actor de reparto, ya había obtenido ese galardón en la categoría de Mejor Actor a las órdenes de David Trueba en Vivir es fácil con los ojos cerrados.

La semana pasada falleció Juan Carrión, el profesor de inglés en quien se había inspirado Trueba para urdir la historia que protagonizaba Javier Cámara cuyo título (en inglés “Living is easy with eyes closed”) está extraído de la canción de The Beatles Strawberry Fields Forever. Cuando vimos a este buen hombre, el 13 de diciembre de 2014 durante la clausura del Festival Internacional de Cine de Cartagena (FICC), recoger el Goya que el director le entregaba como muestra de agradecimiento supimos que su personalidad no podía andar muy lejos de la que éste había creado con la inestimable ayuda de su actor. Se trataba, en efecto, no había más que verle, de un hombre machadianamente bueno.

Es cierto que los espectadores de la película no conocíamos a Juan Carrión, excepto en lo referido a aquella anécdota que sirve de base a la trama de Vivir es fácil el rodaje en Almería de Cómo gané la guerra, de Richard Lester, en el que John Lennon oficiaba de actor, su entusiasta viaje en busca de un contacto improbable con el cantante, etc. Hemos sabido ahora, tras su fallecimiento, algunos detalles biográficos que nos acercan a su figura con independencia de la imagen que para nosotros perdurará, que es la de su alter ego de ficción. Para bien o para mal, de Juan Carrión todos, salvo sus allegados y familiares, olvidaremos la figura y hasta el nombre, y nos quedará en la memoria el de Antonio San Román y el gesto de héroe humilde y bondadoso inscrito en el rostro de frente despejada  de Javier Cámara.

Javier Cámara en Vivir es fácil con los ojos cerrados. Universal Pictures

El hombre real estaba orgulloso del retrato pergeñado por el hombre de ficción. No es para menos, “es como si me hubiera tocado la lotería”, decía, con esa sencillez desarmante con que se identifica la felicidad sobrevenida con el azar que se nos antoja imposible. De entre las muchas cualidades actorales que Javier Cámara atesora, los variados registros que le conocemos, que enlazan como en una tela de araña su Rafi, el perjudicado ayudante de Torrente (Torrente, el brazo tonto de la ley, Santiago Segura, 1998) con Benigno, el enfermero atraído por la inmovilidad de Leonor Watling (Hable con ella, Pedro Almodóvar, 2002), Simón, el trabajador de la plataforma petrolífera (La vida secreta de las palabras, Isabel Coixet, 2005), Mikel, el ex presidiario que pretende ajustar cuentas con su amigo cubano (Malas temporadas, Manuel Martín Cuenca, 2005) o Ricardo Mazo Torralba, escondido durante años de posguerra en el armario de su casa para eludir la muerte (Los girasoles ciegos, José Luis Cuerda, 2008), sin olvidar al amanerado auxiliar de cabina de Joserra Berasategui (Los amantes pasajeros, Pedro Almodóvar, 2013), por citar sólo unos cuantos, al cómico riojano se le dan de maravilla los personajes tiernos. Y otra cosa tal vez alguien quiera discutirla, pero no que a su profesor de inglés Javier Cámara consigue infundirle un aura de ternura sin resultar estomagante, que más les valdría a otros actores inclinados al exceso tomar nota de lo que significa contención en sus justos términos.

 

Tenía muchos motivos don Juan Carrión para estar contento con el éxito de Vivir es fácil… Seis Goyas nada menos, y de los más importantes, ganó la película, y algún mérito sin duda le correspondía a él, que había regalado a David Trueba limitándose a ser él mismo el alma del argumento, aunque éste se centrara sólo en una anécdota, un acontecido más en una larga vida que alcanzó los 93 años. Las crónicas no revelan en cuántos detalles del retrato no se reconocía del todo, porque en alguna medida, por pequeña que fuera, seguramente no terminaría de agradarle. O eso suponemos tratando de ponernos en su lugar. Acaso hubiera preferido un intérprete con más pelo (¿a quién podría reprochársele esa debilidad?) o un punto mayor de dureza en el rostro, o vaya usted a saber.

No. Tonterías. Don Juan estaba muy satisfecho de que un actorazo como Javier Cámara le hubiera hurtado el corazón y de que un creador tan sensible como David Trueba se hubiera enamorado de su personaje para transmutarlo en don Antonio San Román, maestro de escuela, profesor de inglés y espíritu generoso y comprensivo donde los haya, apasionado de la música de los Beatles y del soplo de oxígeno que ésta representaba para la España gris y amargada de entonces. La humildad y grandeza de la película son el reflejo más fiel del cálido y divertido homenaje que Trueba realizó a personas sencillas y discretas como él, que merecen también un Goya por su abnegada y valiosa labor. Y nunca lo recibirán. Porque la inmensa mayoría de oficios importantes, como esos profesores que siembran nuestra personalidad, e incluso los trascendentes para la vida de las personas, como los doctores que nos operan, las enfermeras que nos cuidan o los investigadores que descubren las fórmulas de los fármacos, ni aspiran a ellos ni reciben aplausos. Don Juan Carrión tuvo la suerte de que le tocara la lotería.