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“Todos esos momentos se perderán en el tiempo, como lágrimas en la lluvia…” Roy (Rutger Hauer) ante Deckard (Harrison Ford) en Blade Runner.

Ferrara y el asesino de Pasolini

Las noticias se agrupan caprichosamente en las capas profundas de la memoria buscando, como hilos de agua que confluyen en los ríos tras la lluvia, el modo de revelar un mapa emocional que se va construyendo a base de fragmentos heterogéneos, a veces gozosos, a veces dolorosos. La visita de Abel Ferrara a Madrid, hace unos días, me recordó un titular de prensa de hace unos meses que parecía extraído de la crónica de sucesos: la muerte del asesino de Pasolini.

La semana pasada, Abel Ferrara desafinaba como un descosido en un concierto que perpetró en la sala Moby Dick. No le habían traído a la capital sus lamentables condiciones vocales, sino que vino a matar dos pájaros de un tiro, responder a la invitación por parte de Filmoteca Española a participar en una retrospectiva de toda su filmografía y de paso aprovechar el viaje para promocionar un documental que anteriormente había presentado en el pasado Festival de Cannes, Alive in France. Este trabajo se organiza en torno a algunos conciertos en los que con el grupo del mismo nombre interpretaba piezas, voz y guitarra por su parte, de las bandas sonoras compuestas para su cine. Por lo que he visto en algunos videos me da la sensación de que las cuerdas vocales del cineasta agradecían en esas actuaciones no haberse vistos castigadas por el consumo de sustancias –legales, que él dice haberse desenganchado de las otras-. O sea, que no canta tan mal. En Madrid, desde luego, fue otra cosa, imagino que una auténtica tortura para los asistentes y para los músicos locales de los que se hizo acompañar.

Pero no se llamen a engaño, que podría parecer que Ferrara no es santo de mi devoción. Todo lo contrario, es un director cuya obra cinematográfica, me parece cuando menos muy interesante, provocadora y apasionada, un poco torturada tal vez, endemoniada quizás a veces, otras sorprendentemente serena, como es el caso de su película Pasolini, crónica de las últimas horas de vida y sentido homenaje a la figura del poeta comunista, revolucionario y gran director de cine italiano, vilmente asesinado hace más de treinta años. Esta película está programada en el Ciclo que Filmoteca Española denomina “Adictos a Ferrara”, que incluye títulos como Teniente corrupto (1992), la que más fama le granjeó, El funeral (1996), que yo considero su mejor película, The adiction (1995), fiel reflejo de las cadenas psicotrópicas con las que tuvo que batallar, o Welcome to New York (2014), de la que les hablé en otro post titulado “Un sátrapa en Nueva York”.

Pasolini está rodada en inglés y el carismático personaje lo interpreta Willem Dafoe, un magnífico actor que, puestos a tomarse la olímpica licencia del idioma, delito de alta traición podríamos considerar si nos pusiéramos puristas (pero no lo haremos), consigue darle la dignidad y gravedad que requiere, sin restarle el punto de dulzura exigido por una figura de exquisita y extremada sensibilidad. Logrado salvar lo más difícil, elegir un rostro, un habla, un cuerpo y sus andares que no conspiren contra el mito, porque Pier Paolo Pasolini lo es por muchas razones y también en la medida en que lo son todos los asesinados en circunstancias que favorecen todo tipo de teorías conspiratorias, a Ferrara le quedaba determinar la estrategia narrativa.

El embite era de órdago, cómo abarcar en toda su extensión el inmenso talento del artista trágico, vertido en tantos campos: literatura, lingüística, política, pintura y por supuesto cine, en el que sus obras se contaban por escándalos. Por otra parte, su compromiso con todas las causas de la izquierda, su marxismo y espiritualidad cristiana, su vitalismo y su homosexualidad planteaban serios escollos para su fidedigna representación en la pantalla sin incurrir en manidos lugares comunes. Ferrara decide hacer un retrato poético de Pasolini en el que el espíritu del personaje se funde con las obras que tiene entre manos en esos momentos, al tiempo que lo acompaña en su tristísimo recorrido por los caminos que conducen a la playa de Ostia, en las afueras de Roma, directamente abocado a una muerte atroz. No despeja todas las brumas en que se vio envuelto aquel trágico final, porque, por desgracia, el único participante seguro en el asesinato, Pino Pelosi, falleció este verano sin querer ayudar nunca a despejar todas las incógnitas, pero su aproximación al director de Saló o los 120 días de Sodoma cumple con nota las exigencias. Les sugiero comprobarlo en este reportaje de Días de cine.

Cuando la noche del 2 de noviembre de 1975 Giuseppe Pino Pelosi, carne de miseria, hijo del arrabal, chapero  homicida, pasó por encima del cuerpo de Pasolini con el Alfa Romeo del poeta que les había conducido a aquel lugar, dejando tras de sí un amasijo irreconocible de carne sangre y huesos, no tenía la menor idea de que se iba a convertir en un asesino ilustre, un abyecto vampiro cuyo nombre quedaría para siempre asociado al de la vida que estaba arrebatando, como hicieran Charles Manson, en la orgía sanguinaria que detrozó con dieciocho puñaladas a Sharon Tate, 26 años de edad, embarazada de Roman Polanski, en su domicilio de Beverly Hills, una ciudad del condado de Los Angeles, California, el 8 de agosto de 1969; o Mark David Chapman, cuando disparó contra John Lennon delante del edificio Dakota de Nueva York, y apagó la voz del ex Beatle para siempre, el 8 de diciembre de 1980.

El cadáver de Pasolini yace en la playa de Ostia, Roma.

Manson, Pelosi, Chapman… Si creyéramos en el diablo habría que tomarles forzosamente por mercenarios suyos. Nunca debería uno alegrarse con la muerte de otro, pero gentuza como ésta lo pone muy difícil. Pelosi gestionaba un bar en el centro de Roma cuando se fue al infierno el 20 de julio pasado, a los 59 años de edad, dejando al cáncer la honorable tarea de limpiar la basura. Ni siquiera quiso pedirle al mundo la segunda oportunidad de un inmerecido perdón confesando la verdad de los hechos de su execrable crimen.

Espero que el pobre Ferrara me disculpe por haber encadenado en este post sus berridos en la sala Moby Dick (una mala noche la tiene cualquiera) con la evocación del infame Pelosi. Culpa suya, por compartir conmigo la admiración por Pasolini.

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