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“Todos esos momentos se perderán en el tiempo, como lágrimas en la lluvia…” Roy (Rutger Hauer) ante Deckard (Harrison Ford) en Blade Runner.

Chaplin fue enterrado dos veces

El día de Navidad de hace exactamente cuarenta años murió Charles Chaplin. De haber vivido en nuestros días se hubiera visto envuelto con toda probabilidad en la actual vorágine de denuncias por delitos sexuales que día sí, día no hace brotar nuevos casos.  Podemos suponerlo porque su vida sentimental fue cualquier cosa menos convencional, su vida artística, lo más próximo a la genialidad y su compromiso con la sociedad y el progreso de los hombres, absolutamente incondicional: tres requisitos que lo convertirían en diana potencial.

Cuatro matrimonios y once hijos es un dato que permite atisbar la pasión que esclaviza al más pintado. Me imagino a Chaplin regalando piropos a diestro y siniestro, cosa que hoy está muy mal vista, especialmente a mujeres jóvenes si nos atenemos a la edad de aquellas con las que probó suerte. Mildred Harris, dieciséis años, por veintinueve del artista; Lolita McMurray, actriz de sobrenombre Lita Grey, diecisiete, él treinta y cinco; Paulette Godard, también actriz, pero ésta memorable, con quien encadenó sentimientos y películas, 26 años ella y 47 él. Sin abandonar el oficio, Chaplin, que desconocía el viejo consejo de donde tengas la olla no introduzcas nada muy personal, tuvo que afrontar un litigio con Joan Barry que le atribuyó la paternidad de su hija, Carol Ann; 23 años la madre, 57 el supuesto progenitor. Chaplin pagó una pensión a Carol Ann, la niña de la discordia, hasta que ésta cumplió 21 añitos, a pesar de que las pruebas biológicas no fueron concluyentes.

Charles Chaplin y Edgar Neville en California en 1930. EFE

Con cincuenta y cuatro primaveras (no es tópico, Chaplin nació en abril) en 1943 firmó su último compromiso matrimonial con la hija del eminente escritor Eugene O’Neill, de nombre Oona y de edad dieciocho. Después de dejar atrás los ataques de chismosas profesionales de la época, como Hedda Hooper y Louella Parsons, y sobre todo el irrespirable ambiente creado por el Comité de Actividades Antiamericanas que le hizo comparecer acusado de comunista en 1949, se estableció en Vevey, Suiza. Ni pensar quiero en hasta qué punto sería hoy el inmortal creador pasto de sospechas, acusaciones y persecuciones. En una tormenta con el aparato eléctrico que se ha desatado en nuestros días, la figura de Chaplin sería el pararrayos de la torre Eiffel.

De su intimidad con Edna Purviance, su musa, su amor, su amiga del alma (treinta filmes lo atestiguan, de entre los cuales The Kid señala la cumbre en 1921), no se insinúa ninguna habladuría, nada improcedente. Al contrario, se subraya que Chaplin hizo todo lo posible por relanzar su carrera cuando ésta se hundió, involucrada en un oscuro suceso de amoríos enfrentados por el magnate del petróleo Courtland Dines con otra actriz que disparó contra él, y le mantuvo su sueldo después de su retirada en 1926, hasta que murió en 1958.

Charles Chaplin y Edna Purviance en Charlot en el balneario. Pinterest

De recordar la obra del genio ya se encargan todas las enciclopedias, artículos y necrológicas. Inabarcable casi, inconmensurable por tantos títulos. Yo, por abreviar, entresaco arbitrariamente tres y me quedo tan ancho: El chico, 1921, Tiempos modernos, 1936, y El gran dictador, 1939. De la primera emocionan los ecos de la infancia, pobre de solemnidad, del propio autor. De la segunda, la crítica acerada, desternillante y tragicómica al capitalismo de entreguerras. De la tercera, el ataque frontal al fascismo ascendente y a todos los totalitarismos… la valentía al llevarla a cabo, tantas secuencias memorables… y el discurso final, henchido de idealismo palpitante y conmovedor, que pueden ver por encima del párrafo anterior.

Tiempos modernos levantó la liebre para el FBI que vio en las proclamas a favor de los trabajadores explotados, culminadas con la gloriosa secuencia en la que Charlot enarbola la bandera roja al frente de la manifestación, la prueba evidente de la filiación comunista de Chaplin. Añádanle que defendió a la Unión Soviética como último baluarte contra Hitler, escribió pidiéndole ayuda una carta a Picasso, otro rojo irredento, se codeaó con Bertold Brecht e introdujo malévolos a la vez que divertidísimos diálogos en sus películas como el que pueden ver en Un rey en Nueva York (1957), que les pongo aquí debajo, y comprenderán por qué los sabuesos afinaban el olfato para descubrir al infiltrado, que, como en España predicaban los franquistas, ocultaba cuernos y rabo bajo toneladas de sublime celuloide.

La enormidad de Chaplin se desparramó como un Amazonas incontenible más allá de las riberas del cinema. Su genio alimentó leyendas y dio alimento a los noticieros hasta después de su muerte. El robo de su cadáver, “uno de los hechos delictivos más macabros y rocambolescos de los últimos tiempos”, según relataba con grandilocuencia el diario ABC  en marzo de 1978, terminó de fundir la inmortalidad del personaje con la patética condición humana. Como se describe en El precio de la fama, una agradable comedia firmada por Xavier Beauvois en 2014, dos delincuentes de poca monta profanaron la tumba de Chaplin la madrugada del 2 de marzo de 1978. Dejaron un enorme hueco donde reposaba el ataúd pero se toparon con la firmeza de la viuda, Oona O’Neill, que no estaba dispuesta a pagar un céntimo por los huesos del finado. Hasta las fronteras del más allá llegó la tragicomedia del genio, que volvió por segunda vez a su descanso eterno cinco meses después en una jugada rocambolesca del destino que él mismo hubiera filmado.

Aquella historia esperpéntica de dos pobres ridículos, dos mecánicos de nacionalidad polaca y búlgara, tan chapuzas que después de robar el cadáver no supieron qué hacer con él y acabaron dando con sus huesos en la cárcel, fue tan cierta como que la muerte junto con el nacimiento, como escribe David Torres en su libro recién publicado, Palos de ciego, son los dos momentos esenciales de los que no sabemos nada. Menos clara, pero no menos chapliniana es la fábula del concurso de imitadores de Charlot al que supuestamente se presentó el propio y verdadero “vagabundo” (“The Tramp”, como se usa en inglés) sin ser capaz de convencer al Jurado de que merecía pasar la primera criba.

Concurso de imitadores de Chaplin.

Cuentan las crónicas que allá por 1915, cuando la fama del cómico ya llegaba a todos los rincones del planeta, o a casi todos, para qué vamos a exagerar, el propio interesado sucumbió a la curiosidad de competir contra la caterva de aficionados suplantadores de identidad que afloraban por entonces como setas después de un chaparrón. Su sorpresa hubiera sido morrocotuda al ver que le achacaban torpeza en el arte de emularse a sí mismo de no ser por que… probablemente sea un bulo del que incluso hay dos versiones, o varias, vaya usted a saber. En la más conocida habría quedado en el puesto número veinte; en la segunda, habría conseguido alcanzar el tercero. En realidad se trata de una sucesión de supuestos de los que no existe prueba testimonial alguna; ni recortes de prensa de la imaginaria entrevista que Chaplin habría concedido al Chicago Herald en 1915, según anécdota contada por un tal Lord Desborough, ni de aquella según la cual que habría sido Mary Pickford, su amiga, quien en 1918 lo contó a la prensa porque lo sabía de primera mano. Para rizar el rizo, en la revista Women’s Home Companion de julio de 1934, la escritora Alva Johnston extendió la especie de que Chaplin ganó varios premios en concursos de imitadores y era conocido como el segundo mejor Charles Chaplin de mentira de Kansas City. “Dicen que alguien dice que conoce a alguien que sabe que…” Pero no hay nada que lo demuestre. Y sin embargo ¿a quién no le gustaría que fuera cierta?

Recorte de prensa sobre concurso de imitadores de Chaplin en Dublin.

Hace unos meses más de seiscientas personas de toda edad, sexo y condición acudieron a la llamada del museo Chaplin’s World, que cumplía un año desde que abrió sus puertas en Corsier-sur-Vevey, el pueblecito suizo que alberga la tumba del imperecedero Charlot y donde vivió sus últimos años, para celebrar el 128 aniversario de su nacimiento. A los participantes se les proveía del sombrero hongo, un bigotito y un bastón, no fuera a ser que a alguno se le ocurriera disfrazarse del Hynkel de El gran dictador y el gobierno de Israel se ofendiera por ver en ello apología del nazismo, que cosas más extrañas se han visto.

Asistentes al homenaje a Chaplin convocado por el Museo Chaplin’s World. EFE

El museo se encuentra en las riberas del lago Lemán, en la misma finca en la que vivieron Chaplin y su familia, conocida como “La Manoir”, que los hijos decidieron vender en el año 2000, tras la muerte de Oona O’Neill. Me produce una mezcla extraña de melancolía y frustración ver a tanta gente rindiendo de esta manera homenaje y admiración a ese gran cineasta cuya obra reivindica la dignidad de los pobres y los explotados y la lucha contra las injusticias de un sistema político-económico que hoy más que nunca se revela cruel e inhumano.

Asistentes al homenaje convocado por el Museo Chaplin’s World. EFE

Tengo la sensación de que esa institucionalización de su icono equivale a la anulación de su potencial revolucionario. La misma contradicción que me suscitan los doce minutos de aplausos del público puesto en pie, que Chaplin recibió en 1972 cuando la Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas de Hollywood le otorgó un Oscar honorario “por la incalculable influencia que ha tenido en la manera de hacer cine”. Antes, sólo había recibido una estatuilla, pero fue en 1952 por la música de Candilejas. En la secuencia final del camerino Charles Chaplin y Buster Keaton, contradiciendo la leyenda de su enfrentamiento, trataban de ocultar con maquillaje las infinitas heridas infligidas por la vida en el rostro de los dos comediantes; un sentido homenaje al noble oficio de promover la subversión mediante la risa y a las personas que lo ejercen.

Charles Chaplin y Buster Keaton en Candilejas

1 comentario · Escribe aquí tu comentario

  1. Dice ser Lola

    En la actualidad a Chaplin se le habría acusado de pedófilo. Quitando esa parte oscura de su vida, fue un verdadero genio que ha encandilado a varias generaciones. Mi película preferida es Tiempos Modernos.

    27 diciembre 2017 | 09:38

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