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“Todos esos momentos se perderán en el tiempo, como lágrimas en la lluvia…” Roy (Rutger Hauer) ante Deckard (Harrison Ford) en Blade Runner.

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Dos siglos de vida

Fue un guion firmado por Víctor Erice y Ángel Fernández Santos. Un director maldito, que hizo dos obras maestras y ya casi nada más, El espíritu de la colmena y El sur, no por falta de voluntad, sino por los muros que otros levantan para separar a los grandes artistas de las obras que podrían haber hecho (la última, que yo sepa, la adaptación de El embrujo de Shanghai, de Juan Marsé, que terminó realizando Fernando Trueba). Y un magistral crítico de cine del que varias generaciones aprendimos a inhalar de una manera más analítica el perfume del celuloide. En la dirección del libreto Erice le puso alma y tempo y Luis Cuadrado la melancolía de su luz. Ana Torrent, sus ojazos de niña de seis años de la inmediata posguerra, asustada pero curiosa, que no paraba de hacer preguntas a su hermana Isabel, de ocho, acerca de un monstruo que, herido, se ocultaba a las gentes del pueblo castellano. Fernando Fernán Gómez, ese hombre taciturno que entierra sus penas en la colmena de abejas a la que consagra sus días. Y Teresa Gimpera, una mujer triste por un amor perdido al que dirige cartas como lanza botellas al mar un náufrago, sin apenas esperanza de que lleguen a su amado.

Ana Torrent e Isabel Tellería en El espíritu de la colmena.

Las niñas, y en particular Ana, descubren la vida al tiempo que se topan con la muerte. Han visto una película en la que un monstruo encuentra a una niña al borde del río. En el silencio de la noche Ana le pregunta susurrante a Isabel: “¿Por qué mata a la niña y luego le matan a él?”. Isabel trata de tranquilizarla con la sabiduría de hermana mayor: “No le matan. Además, en el cine todo es mentira”. Pero Ana no parará hasta ver al hombre que se esconde, el monstruo de carne y hueso que anda cerca y al que ella no teme, porque hierven sus entrañas de curiosidad. La ominosa sombra de la guerra civil y la implacable persecución a quienes la perdieron se proyectan sobre las miradas inocentes de las dos hermanas.

El espíritu de la colmena es una de las más sublimes obras de nuestro cine, en la que reverberan brillos de la obra maestra que el primer día del año cumplió dos siglos desde que se publicó por primera vez, el Frankenstein o el moderno Prometeo​ de Mary Shelley. La novela gótica, parida como resultado de una apuesta entre una joven apenas veinteañera y el poeta romántico Lord Byron, tuvo que esperar a que se inventara el cine para atravesar un velo invisible de eternidad que zurció, como tantas otras veces desde entonces, el mundo de las sombras literarias con el de las luces de la pantalla. Antes de llegar al cinema había sido adaptada al teatro, pero la proyección de decenas y decenas de películas que mamaban de la historia de aquel engendro solitario y desvalido elevaron definitivamente a la novela, transformada en cine, al olimpo de la cultura popular.

La primera vez la cosa no fue muy fiel al original. El director, J. Searle Dawley, en 1910, lo hizo hervir en un caldero y tal vez por eso la criatura, escaldada, le salió muy agresiva. La electricidad de un rayo en noche de tormenta dio el aliento al ser al que no dejaban vivir tras haber sido creado por un doctor visionario en otras traslaciones más próximas a la invención de Mary Shelley, que acentuaba el cariz de víctima entrañable aunque temida de la criatura. De entre todas sobresale aquella que deslumbró a las niñas Ana e Isabel, la de James Whale, de 1931, protagonizada por Boris Karloff. ¡Está vivo, está vivo! Fue el eslogan de El doctor Frankenstein, que la Universal proclamó para golpear con fuerza en las puertas de las salas de todo el mundo.

Boris Karloff y la niña Marilyn Harris en El doctor Frankenstein, de James Whale

Fue tan intenso el destello de la creación que las secuelas, remakes, versiones y derivaciones a las que dio lugar llegan hasta nuestros días procedentes de múltiples países y envueltas en variopintos ropajes. El área de influencia, confesada o no, abarca todas aquellas obras de ciencia ficción y horror en las que alguien, hombre o máquina,  le pregunte a su progenitor por el sentido de la vida, por el origen y el final, por la obediencia al creador o la libertad de los esclavos. Y también cualquier película que nos haga cuestionarnos por el concepto de monstruo y fealdad. Esto extiende hilos que enlazan desde El hombre elefante, de David Lynch, o A.I. Inteligencia artificial, de Steven Spielberg hasta la saga Terminator o Blade Runner 2046,  por citar rápidamente algunos títulos más conocidos; sin contar con los que vuelven directamente a las fuentes, como Victor Frankenstein (Paul McGuigan, 2015), Yo, Frankenstein (Stuart Beattie, 2014) o el Frankenstein de Mary Shelley apañado por Kenneth Branagh (1994). En la soledad del gigantón de Altzo, la recién estrenada Handia, también se perciben ecos, no virulentos, eso sí, del pobre e incomprendido Víctor.

Ya que estamos en España, Gonzalo Suárez, otro de los intrépidos cineastas que tendrá que ver reconocidos como es debido sus méritos desde el más allá, esperemos que tarde, recreó en el castillo suizo de Chillon, a orillas del Lago Leman no muy lejos de Ginebra, la velada en noche borrascosa de noviembre de 1816,  en la que Lord Byron, Percey Shelley y su esposa Mary se dedicaban a contarse historias de terror, simiente fecunda de la que surgiría el legendario relato. Suárez rodó Remando al viento en inglés, que por entonces no era algo tan usual como hoy en nuestra industria, y mezcló a Hugh Grant, Elizabeth Hurley y Lizzy McInnerny con Aitana Sánchez Gijón, Josep María Pou y Miguel Picazo en una producción que ha soportado muy bien los embates de las tormentas que el tiempo desata sobre las películas a medida que cumplen años. Doscientos son muchos para envejecer con dignidad pero hay obras vacunadas contra ese mal. Las inmortales como Frankenstein.

Nunca vemos dos veces la misma película

Dice Gonzalo Suárez, uno de nuestros directores más originales y con mayor personalidad, en el documental de la serie “Imprescindibles” de TVE, El extraño caso de Gonzalo Suárez, excelente autorretrato dirigido y realizado por mis compañeros Alberto Bermejo y David Herranz: “Nunca vemos la misma película por segunda vez, igual que no nos bañamos en el mismo río”.

Es lo que tiene la gente con cabeza, los pensadores, porque el director de Remando al viento (1998) es, además de escritor y director de cine y otras muchas cosas, todo un filósofo, en el supuesto caso de que lo sea quien demuestra afán de conocimiento de la vida y sabe expresarse de manera inteligente. Y así, iluminado por esa frase, de repente acabo de encontrar una sencilla formulación del hecho, tantas veces acontecido, de que nunca me han causado el mismo efecto las escasas películas que he vuelto a visitar después de haberlas abandonado en la sala o en la televisión.

Gonzalo Suárez en una imagen de Imprescindibles. TVE

Si uno ejerce la crítica, pensaba yo antes con cierto complejo de culpa, no debe de ser muy presentable cambiar hoy de opinión, así por las buenas,  sobre lo que viste ayer, quién iba a fiarse de tu criterio… Y el caso es que sin llegar al extremo de odiar lo que antes amabas, es muy normal que te pase lo que he vuelto a constatar recientemente, algo que tenía muy verificado desde hace mucho tiempo: que las condiciones subjetivas en que vemos cine configuran el modo en que se va a depositar en nuestro cerebro, dejan buen o mal sabor, tiñen nuestro juicio, arbitrario por más sesudo que se pretenda, de razones y argumentos para defender una obra o atacarla.

Esto me sucedió hace relativamente poco con Frantz, del siempre interesante director francés François Ozon, un director que siempre sumerge la pasión bajo una capa de sólido hielo, salvo en esta ocasión que resulta un romántico de la muerte : la primera vez la vi con sueño y me aburrió; la segunda vez –motivado por el trabajo quise asegurarme de no haberme equivocado- pude descubrir en ella muchas capas de lectura y virtudes que me habían pasado desapercibidas. Me había quedado en la superficie y por fortuna tuve oportunidad de zambullirme más a fondo en ella. En el reportaje que dejo a continuación me explico con más detalle sobre esta revisitación de un tema tratado en 1932 por Ernst Lubitsch (Remordimiento), a partir de la obra de teatro L’homme que j’ai tué (El hombre que yo he matado) de Maurice Rostand, puesta en escena por primera vez en 1930.

Con Las inocentes, un drama basado en hechos históricos dirigido por la francesa Anne Fontaine , me sucedió un poquito lo mismo pero en menor medida. Curiosamente, Ozon nos sitúa al final de la 2ª Guerra Mundial y Fontaine justo al acabar la 1ª Gran Guerra. Dos interesantes películas llegadas del país vecino que yo había visto con las gafas empañadas, una con más vaho que la otra.

No siempre sucede esto. Mejor dicho, casi nunca me ha pasado cambiar el signo de mi percepción con tanta rapidez. Pero si las cosas que nos importan cambian con el tiempo de color y su importancia se relativiza, o si pierden la fuerza y el impacto con que nos impresionaron en el pasado, nada debe extrañarnos que las películas que un día tanto amamos puedan llegar en el peor de los casos incluso a decepcionarnos. O en la más común de las ocasiones a dejarnos una sensación en el cuerpo menos intensa que la primera vez. En tales casos nada ni nadie podría convencernos de no haber visto dos películas distintas.