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“Todos esos momentos se perderán en el tiempo, como lágrimas en la lluvia…” Roy (Rutger Hauer) ante Deckard (Harrison Ford) en Blade Runner.

Churchill es Brian Cox

Sobre Churchill se ha dicho y escrito tanto que resulta imposible delimitar dónde comienza el mito y dónde termina el ser humano. Teplitzky intenta abordar las zonas de sombra, las esquinas de la identidad de un personaje “bigger than life”, más grande que la propia vida, los aspectos menos conocidos o menos publicitados, si bien lo hace con cuidado y delicadeza: su perseverante práctica del levantamiento de vidrio, en particular, rellenado por un buen whiskie, su comportamiento atrabiliario y mandón, su carácter autoritario y despótico, sus arranques de ira… en este retrato hasta las volutas de humo requisadas al cigarro puro, que semeja ser una prolongación natural de sus labios, parecen estar marcando el territorio de un bulldog, grueso, gruñón y peligroso. Brian Cox se apodera del bombín, el puro y la voz y se transmuta en Churchill y nos hace olvidar su verdadera figura, como si nunca hubiéramos visto otros rasgos del prohombre que los del actor, un monstruo de la escena británica y mundial.

Brian Cox en una escena de Churchill

El actor escocés, alma y soporte fundamental de la película, es uno de esos animales escénicos que  han labrado su carrera a lo largo de muchos años sin tener demasiadas oportunidades de ocupar el centro de la escena él sólo. Algunos de los títulos en los que ha participado en segunda línea son: Braveheart, Troya, El mito de Bourne, Red o Match Point.  No hace mucho le vimos en un producto digno de serie b (si es que aún sigue vigente este término), macabro e inquietante en el que dejaba patente lo que en Churchill es abrumador, su dominio de la escena, de la voz, de la ocupación del espacio con su sola presencia en el papel de un padre consagrado a la medicina forense y enfrentado con la ayuda de su hijo al misterio de un bello cadáver femenino: La autopsia de Jane Doe, dirigido por el noruego  André Øvredal (2016).

Contribuyen a la humanización del mito de Churchill aquellos detalles de la estampa tanto como la relación que establece el dirigente con su esposa, a la que confiesa necesitar para ser él mismo. Y ayuda enormemente a que dejemos a un lado cualquier descreimiento la fabulosa interpretación de Miranda Richardson, otra qué tal, actriz con letras de molde, capaz de darle la réplica al mismo Lucifer que se le pusiera por delante. ¿Recuerdan Herida, de Louis Malle (1992) con la que fue nominada al Oscar? O incluso El sueño del mono loco (1989), aquella maravilla de nuestro Fernando Trueba, su mejor película de largo. Miranda Richardson engrosa las filas de las grandísimas actrices que aún no han sido reconocidas a la altura que merecen porque demasiadas veces aparecen como fieles escuderos de los protagonistas, dando empaque y nobleza a la profundidad de campo con toda discreción.

Ahí tenemos a la pareja, la institución familiar, el eje sobre el que se yergue la tradición. El gigante y a su sombra el apoyo imprescindible. Zonas de sombra sí, en el lado crítico del filme, pero la luz se impone al final cuando las dudas, las vacilaciones, las polémicas con los aliados, los miedos a no estar a la altura de la responsabilidad histórica, el compromiso con el pueblo dispuesto a inmolar a sus mejores jóvenes en la batalla por la libertad… cuando todo eso se aparca y resplandece el discurso del gran estadista, la película adquiere el perfil mitómano que había estado intentando burlar.

¿Recuerdan El discurso del Rey (Tom Hooper, 2010)? Por mucho que Jorge VI tartamudeara y caminara por senderos de cierto cariz estrafalario, el “speech” final, el alegato “histórico” le redimía y elevaba a la estratosfera, donde habitan los héroes. Algo muy similar ocurre con este Churchill, humanizado sí, pero finalmente vuelto a divinizar consagrado por su discurso, el discurso político ante los micrófonos de la BBC y el discurso narrativo que nos lo acerca para volver a alejarlo. Es un discurso patriótico, acorde con los parámetros en los que se entiende comúnmente el término. Si prescindimos de este peaje, este tributo obligado por las convenciones al que el director australiano Jonathan Teplitzky no ha sido capaz de oponerse o resistirse, sólo por ver a estos dos grandes monstruos de la escena que son Brian Cox y Miranda Richardson, yo les recomiendo la película.

Brian Cox y Miranda Richardson en una escena de Churchill

Reportaje en Días de cine, de La 2 de TVE en este enlace.

1 comentario · Escribe aquí tu comentario

  1. Dice ser Javier Fernández Alcalde

    Vi la película el sábado día 16.

    El conjunto director-productores parece pretender que un político de primer nivel de una potencia envuelta en una guerra tiene “sensibilidad sobre la cantidad de jóvenes que envía su país a la muerte”.

    Estamos hartos de comprobar que ningún político tiene ninguna sensibilidad hacia ningún tipo de sufrimiento que recaiga en sus ciudadanos, sea de la clase que sea y afecte a pocos o muchos. Su única preocupación es pervivir en un puesto que le permita, a título personal, el enriquecimiento y la impunidad cualesquiera que sean sus actos.

    Aparte de que el tema, en la versión ofrecida, es absolutamente de ciencia ficción, o mejor de fantasía, la película en sí resulta infumable.

    Largos monólogos absurdos con la cara de un actor ocupando casi toda la pantalla, incluso teniendo que cortar parte de dicha cara para conseguir que ocupe lo máximo posible. Han conseguido que esta ¿película? carezca de movimiento, con unos actores ya amortizados, y con sólo algún paisaje de playas desoladoras. Eso sí, los vehículos utilizados, igualmente en larguísimas escenas sin nada más que un coche antiguo circulando por caminos supuestamente de una campiña sin nada agradable a la vista.

    En resumen, un petardo de los gordos, recomendable sólo a enemigos, para que se fastidien.

    18 septiembre 2017 | 18:50

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